Conan de Aquilonia

Robert E Howard · Capítulo 3 de 43

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Conan de Aquilonia

3. Los sanguinarios signos rúnicos

3. Los sanguinarios signos rúnicos Conan, sentado sobre la montura, y con la espalda encorvada, masticaba ávidamente un trozo de jabalí asado. Se le acercó Eurico, el jefe de los monteros.

El rey se incorporó preocupado, escupió un trozo de cartílago y se limpió la boca con el dorso de la mano.

–¿Se sabe algo? – gruñó.

El viejo montero asintió con la cabeza y le extendió un objeto extraño.

–Esto -respondió.

Conan lo examinó cuidadosamente. Era una máscara de marfil delicadamente esculpida para que encajase con exactitud en una cara humana de mandíbulas alargadas, pómulos salientes y mentón estrecho. Lo extraño era que estaba modelada sin facciones, mostrando

-salvo en lo relativo a las órbitas- un óvalo liso de marfil pulido hasta los ojos. A Conan no le gustó nada su aspecto.

–Trabajo hiperbóreo -dictaminó-. ¿Hay algo más? El viejo montero asintió con la cabeza.

–Sangre en la hierba aplastada, pisadas de potrillo y… esto.

La fiera mirada de Conan se apagó, y su cara quedó demudada.

Era la cimitarra que le había regalado a Conn al cumplir éste los doce años. En la guarnición de plata estaba grabada la corona de príncipe aquilonio.

–¿Nada más?

–Los perros están siguiendo una pista -dijo Eurico.

Conan hizo un gesto de preocupación.

–Cuando hayan descubierto las huellas, haz sonar tu cuerno y reúne a los hombres -ordenó.

El sol se hallaba alto en el firmamento; la hierba olía a mojado; el aire estaba húmedo. Pero nueva mente el rey de Aquilonia se estremeció como si una invisible comente de aire glacial le soplara en el corazón.

Transcurrió más de una hora antes de que encontraran el cadáver.

Había sido enterrado cuidadosamente al pie de una hondonada, debajo de un montón de hojas muertas y de tierra húmeda. Pero los bravos

perros, con su singular olfato, lo descubrieron y lanzaron sus clásicos ladridos para llamar a los cazadores.

Conan galopó hasta la parte baja de la hondonada para examinar el cadáver. El cuerpo estaba desnudo. El hombre medía más de seis pies y era sumamente delgado. Su piel blanca parecía de pergamino. Su pelo, también blanco, era muy sedoso. Le habían cortado la garganta.

Eurico se agachó sobre el cadáver cubierto de lodo, olió la sangre e introdujo los dedos en la herida, frotando luego pensativamente las ensangrentadas yemas. Conan esperaba en malhumorado silencio.

Finalmente, el viejo se enderezó, limpiándose las manos.

–Todo ha sucedido durante la noche pasada, señor -dijo.

Conan observó el cadáver de arriba abajo, deteniendo la mirada en las alargadas mandíbulas, los pómulos salientes y el estrecho mentón.

El hombre era un hiperbóreo: su elevada estatura, su extraña palidez y el descolorido cabello sedoso así lo indicaban. Los ojos muertos, de color verde, miraban fijamente hacia arriba desde la tierra húmeda en la que yacía.

–Suelta a los perros de nuevo, Eurico. ¡Próspero! Di a los hombres que estén atentos. Nos están llevando hacia algo -dijo Conan.

Continuaron cabalgando juntos. Tras unos momentos, el general poitanio carraspeó.

–Señor, ¿creéis que dejaron aposta la máscara y la cimitarra.

–Lo sé perfectamente -dijo Conan con voz ronca-. Lo siento en mis huesos, del mismo modo que un viejo soldado con una pata de palo sabe cuándo va a llover. Allí, a lo lejos, hay una legión de demonios blancos. Tienen a mi hijo en su poder. ¡Y malditos sean, nos están arrastrando hacia ellos!

–¿Hacia una emboscada? – preguntó Próspero.

Conan sopesó la idea en silencio, pero luego negó con la cabeza.

–Lo dudo. Durante esta última hora hemos cabal gado sin inconvenientes, y hemos pasado por tres lugares idóneos para una trampa de esa naturaleza. No, tienen algún otro propósito en la cabeza.

Un mensaje, tal vez, que nos espera en el sitio adonde nos conduce la pista.

Próspero se quedó pensando en ello. – Podría ser que retuvieran al príncipe para exigir un rescate.

–O para emplearlo como anzuelo -dijo Conan, cu yos ojos brillaban como los de una fiera-. Fui una vez cautivo de los hiperbóreos, y lo que sufrí a sus manos no me dio ningún motivo para sentir aprecio por esos esqueléticos demonios, ¡Y lo que yo les hice como recompensa por su hospitalidad no creo que les haya inspirado ningún cariño hacia mí!

–¿Qué significa esa máscara de marfil? Conan escupió y apuró un trago de vino tibio.

–Es un tenebroso país de demonios. Tierra muerta y estéril, siempre envuelta en una pegajosa niebla y gobernada por el terror puro y maléfico. El culto so brenatural de los hiperbóreos es practicado por bru jos asesinos, vestidos con negros hábitos, que ejercen el poder mediante el terror inspirado por sus miste riosas artes. Matan sin dejar huella y luchan armados únicamente con bastones de madera que llevan en la punta una bola de un metal pesado, gris y raro llama do platino, que abunda en su país. Su reina-sacerdoti sa es una vieja mujer; creen que es la reencarnación de su diosa muerta. Los que sirven en sus sórdidas le giones de tenebrosos asesinos someten su mente, cuerpo y voluntad a extrañas disciplinas. Las máscaras son un ejemplo de su fanatismo. Son los guerreros más peligrosos del mundo.

Su ciega fe en dioses satánicos los hace inmunes al miedo y al dolor.

Continuaron galopando sin decir más. En la men te de ambos anidaba una terrible imagen: la de un muchacho indefenso, cautivo en un país de fanáticos adoradores de la muerte, cuya reina-bruja alimentaba desde hacía años un odio implacable contra Conan.

Hacia el comienzo de la tarde, los árboles se hicie ron más escasos, y la parte oriental de la selva de Gunderland dio paso a páramos cretáceos cubiertos aquí y allá por matorrales de helechos. Se acercaban a los límites de los dominios de Conan. No lejos de aquella zona, se encontraban las fronteras de Aquilo nia, Cimmeria, el Reino Fronterizo y Nemedia.

El cielo estaba encapotado, y el aire no presagiaba nada bueno. El viento sacudía los helechos con re pentinas y frías ráfagas, y el sol parecía un disco gris, débil y sin calor. Allá lejos, en los páramos, se oían los roncos graznidos de los pájaros. Era una tierra inhóspita y desolada.

Conan marchaba al frente. De pronto, frenó a su asustado caballo y levantó un brazo para que la comitiva se detuviera. Al instante se agachó sobre la montura, observando torvamente el objeto que bloqueaba su camino. Sus hombres fueron desmontan do uno a uno y se acercaron para ver qué era lo que Conan había visto.

Se trataba de una jabalina liviana de madera de sau ce, del tipo de las que un muchacho podría elegir para cazar un venado. La punta se hallaba profunda mente enterrada en los helechos y de su mango so bresalía, enrollado, un rollo de pergamino blanco.

Eurico desató el pergamino con mano ágil y se lo tendió al rey, que seguía montado en su corcel con cara preocupada. Crujió sonoramente cuando éste lo desenrolló.

El mensaje estaba toscamente garabateado en lengua aquilonia.

Conan lo examinó en silencio con ros tro adusto y se lo pasó luego a Próspero, que lo fue le yendo lentamente para que lo oyeran los hombres.

EL REY DEBE SEGUIR SÓLO HASTA POHIOLA. Si OBEDECE

ESTAS INDICACIONES NO SE LE HARÁ NINGÚN DAÑO AL

HIJO QUE LLEVA SU MISMA SANGRE. Si NO CUMPLE CON

NUESTRAS INDICACIONES, EL NIÑO MORIRÁ DE UNA

MANERA IMPOSIBLE DE DESCRIBIR. EL REY DEBE SEGUIR

EL SENDERO SEÑALADO CON UNA MANO BLANCA.

Próspero estudió los torpes garabatos, escritos con caracteres rúnicos, y profirió una exclamación de disgusto. El mensaje estaba escrito con sangre.

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