Conan el bucanero
Capítulo 9
Viento en el aparejo
Durante días el Holgazán permaneció inmóvil en calma chicha en los alrededores de la Isla sin Nombre Los hombres estaban sentados detrás de la borda y arrojaban las cañas de pescar al agua A unos metros del barco, la tripulación del bote sudaba sobre los remos remolcando al Holgazán, sujeto por la proa, centímetro a centímetro, hacia las playas desconocidas.
Conan maldecía e invocaba a los dioses de su salvaje Cimmeria, pero todo era en vano Las velas seguían colgando flojas, día tras día, sin que las agitara la menor ráfaga de viento Las suaves olas lamían el casco sin hacer ruido Hacia el sur se oían truenos, y por la noche los relámpagos iluminaban el firmamento, pero en el lugar en el que se encontraba el Holgazán todo era calma.
El fornido Conan estaba preocupado El barco de Zarono podría atacarlo, a menos que la misma calma detuviera a ambos buques También era probable que el zingario estuviera detenido con su barco en el horizonte, o que hubiera tomado otro rumbo al abandonar la isla, perdiendo de vista al Holgazán.
Por otro lado, estaban Sigurd y su tripulación Conan simpatizaba mucho con el marinero pelirrojo de Vanaheim, y le había ofrecido colchonetas para que descansara entre los hombres de su propia tripulación. Sabía por anticipado que eso causaría molestias, y así fue.
Entre los bucaneros de Zingara y los piratas había una feroz rivalidad… Los piratas eran en su mayoría argoseos de las islas. Había constantes peleas entre los hombres, que difícilmente podría convertirse en una simpatía mutua.
Sin embargo, los marineros tenían un sentido de código del honor propio. Por muy duro que fuera en muchos sentidos, Conan era incapaz de levar el ancla y marcharse, dejando allí solos a aquellos hombres, completamente abandonados a su suerte. Había confiado en que él y Sigurd podrían mantener la paz. Pero no lo consiguieron. Al principio los zingarios habían provocado a los náufragos, hasta que finalmente estalló el conflicto. Algunas veces, tanto Conan como Sigurd interrumpían una pelea y los dos capitanes obligaban a ambos
contendientes a entrar en razón, pero, al cabo de poco tiempo, estallaba otra disputa.
Aquella maldita calma chicha aumentaba aún más la tensión entre los grupos rivales de corsarios. Conan, furioso, gritaba maldiciones crispando los puños sobre la borda. Esperaba que se levantara viento para dar trabajo a los hombres y así mantenerlos tan ocupados que no pudieran pensar en pelear.
Además, le preocupaba otro problema. Chabela le había confiado todo lo que sabía sobre Zarono y su hechicero estigio, el hombre con ojos de serpiente. En parte se trataba de información que ella había escuchado y que se les había escapado a ambos hombres, y en parte de lo que ella intuía acerca de las razones del viaje de Zarono y la captura del barco, que preocupaba mucho al cimmerio. La lúcida joven comprendió que se tramaba una conspiración contra la corona, y se lo hizo saber a Conan.
En esos momentos, el cimmerio se encontraba en un dilema. Él era un simple bucanero, y los conflictos dinásticos de los reinos le tenían sin cuidado. Por otro lado, le debía muy poco al rey Ferdrugo de Zingara.
Es verdad que el viejo monarca le había hecho un encargo real como marinero de la corona, y Kordava proporcionaba a Conan un puerto seguro después de sus viajes. Pero, en realidad, era lo menos que podía esperar del rey de Zingara. En casi todos los casos, Conan cobraba un pequeño porcentaje de sus botines.
Sin embargo, en esos asuntos, la caballerosidad cimmeria se contraponía a sus intereses personales. Un hombre bárbaro no podía quedarse de brazos cruzados ignorando los ruegos de una hermosa princesa zingaria, mientras su padre caminaba hacia la muerte con la ayuda de la brujería estigia. En consecuencia, aunque no sabía nada de lo que en realidad se estaba tramando, Conan decidió ayudar a la joven.
Evidentemente, no era sólo el altruismo el que movía al cimmerio.
También él tenía sus ambiciones. No pensaba seguir siendo pirata toda su vida. Si salvaba al rey de Zingara y a su hija de manos de los traidores, fortaleciendo así el tambaleante trono, ¿qué podría solicitar como recompensa? ¿Un ducado? ¿Un almirantazgo?
Conan incluso pensaba en la posibilidad de pedir la mano de Chabela y convertirse en príncipe consorte. ¿Por qué no? En su vida aventurera, muchas mujeres le habían dado a Conan su más íntima hospitalidad. Pero aunque el cimmerio trataba a las mujeres con una caballerosidad un tanto ruda, siempre había evitado el yugo del matrimonio. Para un hombre cuya vida había estado llena de viajes, aventuras y batallas, la idea de sentirse atado a un hogar y la obligación de pensar en el bienestar de una familia le resultaban insoportables.
Sin embargo, ya había cumplido los treinta y cinco años y se habían calmado los impulsos y ardores de la juventud. Aunque no mostraba huellas de cansancio o de desgaste físico, salvo las numerosas cicatrices que marcaban su poderoso cuerpo, pensaba que no podía seguir mucho tiempo más con ese tipo de vida. En consecuencia, era necesario pensar en el futuro. Chabela era una muchacha inteligente, hermosa y audaz, y además, parecía gustarle. Los proyectos que Conan comenzaba a albergar no eran nada descabellados…
Conan se apartó de la borda frunciendo el ceño, sumido en sus pensamientos, bajó a su camarote y se dejó caer en una silla. Sus ojos se posaron en las piedras preciosas y sonrió un tanto amargamente. Algo había ganado con sus esfuerzos. Sobre la mesa, delante de él, centelleaba la Corona de la Cobra bajo los rayos de sol que se filtraban por uno de los ojos de buey. La luz arrancaba de sus gemas verdaderas llamaradas de fuego.
Al regresar del acantilado por el que se había despeñado el ídolo, Conan y sus compañeros habían pasado una vez más delante del templo negro. Entonces les pareció que el aura maligna que reinaba allí había desaparecido completamente. El edificio de piedra negra brillaba, bañado por la luz del sol. Ya no producía un escalofrío de horror a quien lo contemplara.
Conan había vuelto a entrar cautelosamente en el siniestro templo.
En el lugar en el que había estado durante siglos el dios-sapo había un oscuro agujero. Cuando Conan se inclinó para asomarse a la cavidad, sus avisados ojos notaron el brillo de las gemas. ¿Acaso Zarono se habría olvidado de llevarse algo? Conan introdujo la mano en el hueco y extrajo la Corona de la Cobra.
Se trataba de un cono de oro hueco con miles de gemas incrustadas.
Conan pensó que aquellas piedras preciosas parecían diamantes, aunque el arte de cortarlos y pulirlos no era conocido por los artesanos de su tiempo. La Corona tenía la forma de una serpiente enroscada, con la cabeza levantándose por detrás y curvándose por encima, de modo que casi colgaba sobre la frente de quien se la pusiera. Miles de gemas adornaban la Corona, y su valor era incalculable. Después de todo, el viaje a la Isla sin Nombre había producido beneficios.
Un rugido de excitación apartó al bucanero de sus sombríos pensamientos.
–¡Por Frigga y por Shaitán!
Conan sonrió al reconocer la voz de Sigurd. Un momento después, el rostro del barbudo pelirrojo enrojecía emocionado mientras miraba a Conan desde el umbral del camarote Antes de que ninguno de los dos pudiera decir algo, roñan se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo.
Hasta sus oídos llegaron los atronadores latigazos del velamen al tensarse y la música del viento en el aparejo. El camarote se inclinó al ponerse en movimiento la nave. Por fin había llegado el viento.
¡Y qué viento! Durante dos días y una noche, el Holgazán capeó la tormenta arrastrado por un terrible simún, un viento que hacía que los marinos de la Edad Hiboria evitaran aquellos mares.
Cuando amainó el viento, el Holgazán ancló en una pequeña ensenada. Conan no sabía dónde se encontraba realmente, porque no había sol ni estrellas en el firmamento, que estaba encapotado. Sólo sabía que habían navegado rumbo al este. A juzgar por el aspecto de la costa, con abundante vegetación, pensó que seguramente se encontraban al sur de las praderas de Shem. Pero no sabían si aquella ensenada pertenecía a Estigia o al reino de Kush, o tal vez a los países negros situados más al sur aún.
–Es un lugar un poco extraño, capitán -comentó Zeltran, el segundo de a bordo-. ¿Dónde estaremos?
–Sólo el diablo lo sabe, y él se ocupará de explicarlo -repuso Conan con un gruñido-. Lo importante ahora es encontrar agua. Los pellejos están casi vacíos. Nombra un grupo de desembarco para que cargue con las barricas. ¡Deprisa!
Zeltran corrió hacia la cubierta principal para reunir a los hombres. Cuando el grupo descendió a los botes, Sigurd miró hacia la costa frunciendo el ceño, al tiempo que gruñía una de sus maldiciones favoritas. El fornido pelirrojo cargaba con un pellejo vacío.
–¿Qué te ocurre, amigo? – preguntó Conan. Sigurd se encogió de hombros.
–Puede que no sea nada, Conan, pero esta tierra no se parece en absoluto a las costas de Kush.
–¿Y qué hay de malo en eso? Si manteníamos el rumbo este, igual hubiéramos llegado a Kush.
–Si es así, estas tierras no serán puerto seguro para marineros honrados. Los diablos negros se comen a los hombres. Y se dice que hay mujeres guerreras en el interior que son mucho mas crueles y duras que los hombres.
Conan miró en dirección al primer bote que estaba llegando a tierra.
–Puede que sea así, pero, ante todo, debemos conseguir agua. Y
nuestras provisiones tampoco son muy abundantes. Cuando tengamos la bodega llena, pondremos rumbo hacia el norte, una vez mas, en dirección a Kordava.
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