Conan el bucanero

Robert E Howard · Capítulo 16 de 22

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Conan el bucanero

Capítulo 14

Bajo el látigo

Durante algunos días, el tiempo transcurrió sin incidentes Después.

Nzinga se hallaba tendida sobre unos cojines en sus aposentos Durante dos días, a Chabela, la esclava blanca de Zingara, se le habían asignado las tareas más degradantes y agotadoras Todo el trabajo se realizaba delante de Conan Nzinga se cuidó de que así fuese mediante un sistema de subterfugios minuciosamente planeados.

Sabiéndose objeto de la atención de la reina, el cimmerio se escondía tras una máscara de indiferencia, aunque en su interior hervía en deseos de defender a la princesa cautiva.

Al no lograr ninguna reacción por parte del cimmerio, la reina negra planeó una escena para poner en evidencia los verdaderos sentimientos de Conan Anunció la celebración de una fiesta para varias oficiales amazonas Se trataba de mujeres corpulentas, llenas de cicatrices y de aspecto horrible, que resultaban tan femeninas como un hacha de guerra.

Durante la fiesta, la joven zingaria sirvió a su dueña y al amigo de ésta Cuando estaba escanciando vino, una de las amazonas adelantó un pie calzado con una sandalia y le hizo dar un traspié.

Chabela ahogó un grito, perdió el equilibrio y volcó una jarra de vino sobre varias comensales. Una de éstas, una fornida oficial llamada Tuta, se puso en pie lanzando un juramento y le dio a la joven esclava una terrible bofetada en la cara. La muchacha cayó al suelo desencajada.

Un brillo sádico se reflejó en los ojos de la fornida amazona. El espectáculo que ofrecía la muchacha blanca, encogida en el suelo, aumentaba su furia. En medio de un silencio impresionante se acercó a Chabela, con el andar de una pantera al acecho de su presa. Una de sus musculosas manos buscó la daga de bronce que colgaba de su cintura.

La habitación estaba sumida en un profundo silencio, excepto el suave sonido que hizo el arma al salir de la vaina. Tuta, cuyo rostro era una máscara sedienta de sangre, se inclinó sobre la muchacha y levantó la daga.

Extrañamente fascinada, Chabela vio cómo el arma se acercaba a ella. Sabía que lo que tenía que hacer en ese momento era ponerse en pie de un salto y correr, aunque estaba segura de que la cogerían. Pero el horror y la desesperación la paralizaron, y lo único que hizo fue mirar a la amazona fijamente, como hipnotizada. En pocos segundos, la hoja de bronce se hundiría en su jadeante pecho.

Entonces, Tuta quedó inmovilizada cuando dos formidables brazos la aferraron por la nuca y por la muñeca… La terrible presión de aquellas enormes manos la paralizó, igual que su presencia había electrizado a Chabela. La daga cayó al suelo produciendo un sonido metálico. Luego, haciendo un terrible esfuerzo, Conan la lanzó a través del salón y la amazona cayó boca abajo, medio aturdida, después de chocar con la pared de enfrente.

Conan estaba perfectamente enterado de la maniobra de Nzinga, pero no podía permitir que la hija del rey Ferdrugo muriese apuñalada. Por otro lado, se daba cuenta de que su intervención sería para Nzinga una prueba de su interés por la muchacha y que se vengaría por ello. El cimmerio esbozó una sonrisa forzada.

–Seguramente, la reina de Gamburu no es tan desprendida como para dejar que maten a sus esclavas por haber volcado unas gotas de vino -dijo con el tono de voz más jovial que pudo.

La reina Nzinga lo miró fríamente. Luego hizo una señal a Chabela, que se puso en pie y desapareció rápidamente de la habitación. La tensión se relajó. Conan ocupó su lugar una vez más. Circularon las jarras de vino, y se reanudó la conversación.

Conan esperaba que aquel momento de tensión hubiera pasado.

Trató de ocultar sus pensamientos bebiendo abundantemente, pero no dejó de notar que la reina Nzinga lo miraba de vez en cuando, con expresión dura.

Cuando Chabela abandonó el salón, unas poderosas manos negras la cogieron y la inmovilizaron. Antes que pudiera gritar, le taparon la boca con un trozo de tela gruesa, que le ataron alrededor de la cabeza.

Luego la cubrieron con un saco. Le ataron las muñecas a la espalda con unas correas de cuero y después la levantaron y la trasladaron por serpenteantes corredores, y la bajaron por una escalera hasta un lugar que ella no conocía. Allí le dejaron las manos libres, para luego

sujetárselas a una anilla de cobre suspendida con una cadena del techo.

Después, la dejaron sola.

El dolor que sentía en las manos fue disminuyendo lentamente a medida que las correas de cuero interrumpían la circulación de la sangre y se las dejaba entumecidas. La muchacha quedó colgada en la silenciosa estancia, rogando que Conan se enterase de alguna manera de su situación.

Pero Conan también se encontraba absolutamente desamparado en esos momentos, tumbado sobre los cojines del salón-comedor. Tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, y roncaba sonoramente.

Aunque había bebido con moderación, lo invadió una extraña lasitud.

A pesar del sueño, tuvo fuerzas suficientes para sospechar que tal vez Nzinga lo había drogado. Pero antes que pudiera evitarlo, cayó en un sueño tan profundo que ni siquiera un terremoto lo habría despertado.

Nzinga lo miró con los ojos entornados y ordenó que lo sacaran de la habitación. Entonces la reina se puso en pie y avanzó por los corredores de su palacio hasta llegar al cuarto en el que se encontraba Chabela colgada de las anillas.

Alguien le quitó a la muchacha el saco que le cubría la cabeza y luego le destaparon la boca. Chabela vio ante sí los ojos centelleantes y la salvaje sonrisa de Nzinga. La esclava blanca gritó aterrada. La amazona soltó una carcajada.

–Grita todo lo que quieras, zingaria con sangre de horchata. ¡No te servirá de nada!

Nzinga se quedó mirando el blanco cuerpo colgado de la cadena.

Luego se dio media vuelta y eligió un látigo entre varios instrumentos que colgaban de los ganchos que había en la pared. El látigo de piel de hipopótamo restalló sobre el suelo como si fuera una serpiente. Chabela gritó de nuevo. La reina Nzinga sonrió.

–Los labios de Conan nunca te han excitado tanto como este cachorro mío. Ni sus manos te habrán acariciado como lo hará este látigo.

–¿Qué te he hecho para que me atormentes así?

–Me has arrebatado el corazón de Conan desde el principio -musitó la reina-. Jamás he conocido a un hombre como él. Pero sus brazos te han apretado contra su pecho… Sé todo eso… ¡y no lo puedo soportar!

Una vez que hayas desaparecido, él volverá a mí. Lo convertiré en rey de Gamburu… dignidad que ningún hombre ha ostentado en mil años.

Después de pronunciar estas palabras, la reina chasqueó el látigo, probándolo en el aire.

–¡No es verdad! – se quejó Chabela-. ¡Jamás me ha tocado!

–¡Mientes! Pero los besos de mi látigo te arrancarán la verdad!

Nzinga echó su brazo hacia atrás y el látigo se enroscó en la cintura de Chabela. La joven lanzó un alarido de dolor. El látigo dejó una huella de color escarlata, de la que brotaron algunas gotas de sangre.

El látigo silbó una vez más, y la esclava volvió a gritar de dolor cuando se sintió golpeada en las caderas. Nzinga la miraba con una extraña expresión de placer en su bello rostro, mientras la joven se retorcía inútilmente. La reina volvió a golpear con furia. Su cuerpo de ébano se estaba cubriendo de sudor. Chabela gritaba y la reina se reía a carcajadas, pasándose la punta de la lengua por los labios resecos.

–¡Grita todo lo que quieras, maldita esclava! Nadie te oirá. Y

aunque él te oyera, no podría venir en tu ayuda. Conan está durmiendo profundamente y no despertará en varias horas. ¡No hay nadie en el mundo que pueda ayudarte!

El rostro de ébano de la reina reflejaba un odio mortal. La amazona acarició el cuerpo sangrante de la esclava con la mirada, al tiempo que la golpeaba una y otra vez, presa de un extraño frenesí.

Chabela jamás había imaginado que la carne pudiera soportar semejante tormento. Debilitada por los lujos de la corte, la princesa jamás había sentido ninguna clase de dolor. A la agonía de su carne se sumaba el tormento de la vergüenza. Como hija única de un rey cariñoso y de edad avanzada, siempre había hecho lo que había querido, sin que nadie se lo impidiera. Ahora, su espíritu se abría a la humillación, de la misma manera que la carne se abría bajo el látigo.

La nobleza zingaria normalmente utilizaba esclavos kushitas traídos del sur por mercaderes estigios y shemitas. Chabela sabía que muchas veces eran castigados, ya sea por faltas reales o imaginarias, de la misma manera que la estaban castigando a ella, pero jamás hubiera imaginado que algún día se invertirían los papeles y que una mujer negra la azotaría como si ella fuera la última de las esclavas de una plantación zingaria.

Mientras sentía los latigazos en su cuerpo, Chabela fijó su mirada, a través de la bruma rojiza del dolor, en un objeto brillante que se encontraba sobre una mesa pequeña, en el otro extremo de la habitación. Era un tocado de oro en forma de serpiente, lleno de piedras preciosas incrustadas. Chabela reconoció inmediatamente la Corona de la Cobra que Conan había tomado del templo negro de la Isla sin Nombre. Hizo un poderoso esfuerzo para centrar su atención en la Corona y contrarrestar así el dolor de los azotes…

Recordaba vagamente que la Corona le había sido robada a Conan en Kulalo… ¿hacía cuánto tiempo? Parecían haber transcurrido siglos.

¿Y cómo habría llegado hasta allí? Los mercaderes que la habían capturado a ella y a Conan se la habrían quitado al negro que se la robó al cimmerio.

Nzinga se detuvo un momento para beber un sorbo de vino, e inmediatamente volvió a coger el látigo para atacar una vez más con terrible sadismo. Mientras esperaba los golpes, Chabela hizo un esfuerzo por abrir los ojos. A través de sus enmarañados cabellos contempló una escena fantástica.

Detrás de la casi desnuda Nzinga estaba ocurriendo algo extraño.

Primero vio una tenue luz fosforescente, y después brilló un fulgor verde que se extendió poco a poco por la habitación. Al cabo de cinco o seis segundos se formó una espiral de la altura de un hombre.

Chabela abrió la boca asombrada. Al ver que la joven estaba mirando algo que había detrás, Nzinga se dio media vuelta. Al hacerlo, la espiral brilló con mucha más intensidad hasta convertirse en una cegadora llama de color esmeralda. Luego se esfumó súbitamente. En su lugar había un hombre de pie.

Tenía la piel oscura, y era alto y fornido. Su rostro parecía una máscara de bronce, tenía ojos negros y nariz aguileña. Su cabeza había sido afeitada recientemente. Vestía una simple túnica de lino blanco que dejaba al desnudo sus musculosos brazos.

Toth-Amon parecía mucho más viejo que cuando Zarono y Menkhara lo habían visitado en el salón subterráneo del trono.

Numerosas gotas de sudor le cubrían la frente, ya que la operación mágica que lo había transportado desde el oasis de Khajar constituía una de las más importantes llevadas a cabo por un hechicero de su

categoría. Muy pocos brujos eran capaces de realizarla, y el esfuerzo mental que implicaba lo había dejado exhausto.

Nzinga se asombró de que un extraño, y además un despreciable varón, entrara sin ser anunciado en la celda de castigo. Era una afrenta increíble, por lo que inmediatamente decidió decapitar al intruso.

Abrió la boca para llamar a los guardias mientras levantaba el látigo para golpearlo.

El estigio la miraba con una sonrisa pacífica y enigmática. Su rostro era sombrío. Cuando ella levantó el látigo, el mago extendió una mano hacia la reina negra. De sus dedos surgió un resplandor de color verde jade que creció hasta convertirse en un rayo de luz esmeralda y finalmente envolvió a la reina Nzinga de Gamburu.

Ésta profirió un grito ronco, se tensó como si acabara de recibir una puñalada, cayó al suelo rígida como una muñeca y quedó tendida inmóvil boca abajo.

Una oscura premonición hizo que Chabela casi perdiese el conocimiento mientras seguía colgada de la cadena. Su cabeza cayó hacia adelante y sus abundantes cabellos negros le cubrieron el rostro.

Toth-Amon apenas si la miró. Se trataba, evidentemente, de una esclava que estaba recibiendo un castigo por alguna falta cometida.

Puesto que nunca había visto a Chabela en la realidad, Toth-Amon no se dio cuenta de que se trataba de la princesa que Menkhara y Zarono estaban buscando por toda la Costa Negra. A los hechiceros, al igual…

que al resto de los mortales, también se les escapan algunas cosas.

Cuando Toth-Amon envió su ka al plano akáshico, Conan y Chabela todavía estaban en Kulalo. Bwatu aún no había robado la Corona de la Cobra. En ese momento, el mago no alcanzó a ver el futuro con claridad.

Después de que sus acólitos partieran en expedición para capturar a la princesa, Toth-Amon volvió a reflexionar profundamente. Deseaba localizar la Corona de la Cobra antes de realizar la operación de magia que lo transportara al lugar exacto. Puesto que sólo podría permanecer allí por un tiempo limitado, no debía materializarse hasta que no se encontrar cerca del objeto que buscaba.

Mientras tanto, Bwatu había robado la Corona y había sido asesinado por los mercaderes de esclavos. Luego, Zuru la escondió

entre sus enseres para llevarla a Gamburu, donde la reina Nzinga le había pagado por ella suficientes plumas de oro como para convertirlo en un hombre rico. Por ello, cuando Toth-Amon busco la rica diadema con su bola de cristal, descubrió con sorpresa que la fantástica joya ya no estaba en Kulalo, sino en Gamburu.

No le preocupaban en absoluto Conan ni Chabela. Suponía que la joven estaría todavía en Kulalo y que Menkhara y Zarono se harían cargo de ella a su debido tiempo. En cualquier caso, la operación de magia que lo había llevado hasta Gamburu no le permitiría llevarse a nadie consigo cuando regresara al oasis.

Toth-Amon consideraba al cimmerio como un estorbo menor. Si Conan se interponía en su camino, Toth-Amon lo apartaría como si fuera un mosquito, pero en ningún momento se desviaría de su sendero para perseguirlo. Se jugaba cosas muchísimo más importantes que la vida de un aventurero bárbaro.

Si Toth-Amon se hubiera fijado bien en la muchacha, enseguida hubiera adivinado su identidad. Sin embargo, en ese momento centraba toda su atención en la Corona de la Cobra. En su rostro se reflejó un inmenso placer cuando reconoció la famosa diadema. Rápidamente cruzó la habitación, pasando al lado del cuerpo de la inerte amazona, hasta el lugar en el que se encontraba la Corona. Luego la levantó y la examinó a la luz de la antorcha, acariciando las enormes gemas blancas que la adornaban.

–¡Por fin! – exclamó, con el fuego de la ambición reflejado en sus ojos-. ¡Con esto tengo a mi alcance el mundo entero! ¡El culto del Padre Set será restaurado en la Tierra!

Una sonrisa iluminó el rostro de Toth-Amon, habitualmente imperturbable, y luego pronunció una palabra mágica e hizo un gesto.

Un gran resplandor verdoso le envolvió el cuerpo. La luz se fue apagando, a la vez que cobraba forma de fina espiral. Luego desapareció completamente.

Chabela se repuso de su estupor mientras observaba el cuerpo inerte de la reina. Descubrió que, si se ponía de puntillas, disminuía la presión de las correas que tenía atadas a las muñecas. Aunque los nudos se habían hecho con sumo cuidado, sus manos y antebrazos estaban tan cubiertos de sudor que las ligaduras se deslizaban sobre

ellos. La joven luchó primero con un brazo y luego con el otro. Después de unos esfuerzos que le parecieron eternos, consiguió liberar una mano. Chabela no tardó mucho en liberar la otra.

La joven cayó al suelo, agotada. Tenía las manos tan entumecidas que ni siquiera podía flexionar los dedos. Pero enseguida volvió a circular la sangre.

Chabela sintió un dolor tan agudo que casi le hizo gritar, pero se contuvo por miedo a que la reina negra despertara.

Poco a poco, la muchacha volvió a sentir sus manos. Luego se incorporó, tambaleándose, y se inclinó sobre el cuerpo de Nzinga.

Chabela atravesó cojeando la habitación y se acercó a la jarra de vino de la que había bebido anteriormente la amazona. Luego, los ojos de la joven se fijaron en la daga que colgaba del cinturón de Nzinga.

¿Debería cogerla para hundirla en el pecho de la negra? Chabela temblaba de odio. Deseaba matarla y la odiaba con una intensidad que jamás había sentido contra ningún ser humano.

Pero dudó. Ignoraba cuán profundo sería el sueño de Nzinga.

Suponiendo que lograra desenvainar la daga, era probable que el movimiento despertara a la reina que, siendo más fuerte y corpulenta que ella, la cogería en sus brazos para matarla o llamaría gritando a los guardianes. Aun cuando Chabela se apoderara de la daga sin despertar a su enemiga, la primera puñalada debería ser necesariamente mortal.

De lo contrario, la reina podría gritar pidiendo ayuda antes de morir.

También la contuvo otra consideración. El código de honor de Zingara, que le habían enseñado desde niña, prohibía matar a un enemigo dormido. Es verdad que los zingarios violaban sus propias normas con frecuencia, al igual que los hombres de otros pueblos, pero Chabela siempre había intentado vivir de acuerdo con los más altos ideales de su raza.

Aunque hubiera podido matar a la reina sin peligro, se habría sentido asqueada ante tal acto de traición, una repugnancia tal que le habría resultado difícil olvidar Sin embargo, tal como estaban las cosas.

Cruzó rápidamente la habitación y apartó la cortina que ocultaba la puerta de entrada Armándose de coraje, la joven salió al oscuro corredor.

En la habitación ardían tenuemente las antorchas, y su luz se reflejó en la anilla vacía que colgaba del techo, en el látigo ensangrentado y en el cuerpo inmóvil de la reina negra.

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