Conan el bucanero

Robert E Howard · Capítulo 4 de 22

Páginas del PDF

Conan el bucanero

Capítulo 2

Un cuchillo en la oscuridad

Comenzaba a amanecer. La tormenta había cesado y en ese momento unas nubes oscuras, casi negras, cubrían el cielo sombrío Algunas estrellas titilaban a lo lejos, reflejándose en los charcos de agua y lodo que se habían formado en las calles de Kordava.

Zarono, patrón del velero Petrel y agente secreto del duque de Kordava, atravesó las encharcadas calles malhumorado La pelea con el gigantesco bucanero cimmerio no había suavizado su estado de ánimo, y su enfado había aumentado al perderse la cena. Las imprecaciones que le lanzara su amo, el duque, habían sido el principal motivo de su disgusto, pero además de eso tenía un ojo morado, mucho sueño y un hambre realmente atroz. Al caminar por la calle se agachaba para evitar las goteras de los canalones, levantando al mismo tiempo el borde de su capa para no mancharla de barro. De repente sintió que su cólera iba en aumento, sin saber por qué. Deseaba encontrarse con alguien en quien pudiera descargar su ira. Menkhara caminaba a su lado en silencio.

Un hombre pequeño y esquelético, cuyas piernas desnudas asomaban por debajo del rasgado borde de la casaca llena de remiendos, luchaba por mantener un paso uniforme sobre el empedrado grasiento y resbaladizo. Sus sandalias chapoteaban sobre las piedras mojadas. Con una mano sostenía una especie de viejo pañuelo sobre su delgado pecho, y en la otra llevaba un trozo de soga, empapada en alquitrán encendido, para iluminar el camino.

El hombre rezaba en silencio la letanía del amanecer en honor a Mitra. Para él esas palabras eran solamente un conjunto de sonidos sin sentido, ya que su pensamiento estaba en otra parte. De ese modo, Ninus, sacerdote menor del templo de Mitra, corría por las húmedas calles de la ciudad hacia su destino.

Ninus se había levantado de su jergón antes del amanecer y, eludiendo al preceptor de la orden, había trepado por uno de los muros del templo e ido a dar a un solitario callejón lleno de barro. Desde allí se abrió camino hacia el puerto de Kordava para asistir a su cita con el corsario extranjero Conan el cimmerio.

El hombrecillo, a pesar de su delgadez, tenía un vientre abultado y piernas largas. Sus ojos acuosos miraban al frente. La especie de pañuelo que lo envolvía era, en realidad, la harapienta túnica de los sacerdotes del culto mitraico sospechosamente manchada de vino. En sus primeros años, antes de llegar a ver la luz de Mitra, Ninus había sido uno de los mejores ladrones de joyas de las tierras hiborias. Así conoció a Conan. El cimmerio, si bien no frecuentaba los templos, también había sido ladrón, por lo que se habían hecho amigos. Aunque Ninus creía que su vocación al sacerdocio era sincera, jamás había logrado dominar los apetitos de la carne, de los que tanto abusara en su vida anterior.

Muy cerca de su esquelético pecho, el pequeño sacerdote guardaba el documento que Conan le prometiera comprar. El corsario necesitaba el tesoro y Ninus exigía oro… o, por lo menos, plata. Hacía mucho tiempo que ese mapa estaba en posesión de Ninus. En sus épocas de ladrón, el hombrecillo había pensado muchas veces en seguir aquel camino marcado con tinta hasta encontrar las fabulosas riquezas cuyo escondite sería revelado por ese documento. Pero una vez inmerso en su nueva profesión, parecía poco probable que volviera a dedicarse a la búsqueda de tesoros. ¿Por qué, pues, no vender el mapa?

Su mente, llena de prometedoras visiones -buenos vinos, fabulosas carnes asadas y hermosas mujeres-, no estaba ocupada más que en el dinero que esperaba recibir de Conan, con el que, sin duda, podría obtener todos esos caprichos. Ninus dobló la esquina y tropezó con dos hombres cubiertos con capas negras, que se apartaron para dejarlo pasar. Murmurando una disculpa, el pequeño sacerdote miró con ojos de miope a uno de los hombres, cuya capucha había caído hacia atrás por la fuerza del encontronazo. Entonces, el asombro lo impulsó a abandonar su habitual prudencia.

–¡Menkhara, el setita! – exclamó-. ¿Tú aquí? ¡Vil adorador de serpientes! ¿Cómo te atreves…?

Ninus levantó la voz, furioso, y gritó con todas sus fuerzas llamando a los guardias.

Zarono bramó una maldición y aferró a su compañero por un brazo para huir de allí, pero el estigio se soltó de un fuerte tirón y lo miró, diciendo:

–¡Este pequeño cerdo me ha reconocido! ¡Mátalo inmediatamente, o de lo contrario estamos perdidos!

Zarono dudó un instante, luego desenvainó su espada y atacó. La vida de un pobre sacerdote no significaba nada para él. Lo que importaba realmente era no responder a las preguntas de los guardias.

El brillo de la hoja de acero, sobre la que se reflejó la pálida luz del amanecer, desapareció entre las ropas del sacerdote de Mitra. Ninus se tambaleó y cayó hacia atrás con un grito ahogado, después abrió la boca como si intentara llenar de aire los pulmones y se derrumbó sobre el húmedo empedrado. De sus labios brotó un hilo de sangre.

El estigio escupió y dijo:

–¡Que así desaparezcan todos los seres abominables como tú!

Mirando nerviosamente a su alrededor, Zarono limpió con cuidado la hoja de acero con las ropas de su víctima y gruñó:

–¡Vámonos de aquí!

Pero los ojos del estigio se habían clavado en algo que asomaba de la túnica de Ninus. Se agachó y cogió un pequeño pergamino de entre las ropas del sacerdote de Mitra. Luego extendió el documento con ambas manos.

–Es un mapa, una carta de viajes -musitó el brujo-. Creo que podré descifrarlo, si lo estudio con calma…

–¡Más tarde! ¡Más tarde! – insistió Zarono-. ¡Date prisa, o nos cogerán los guardias!

Menkhara asintió con un movimiento de la cabeza y se guardó el pergamino enrollado. Luego los dos hombres desaparecieron entre la rojiza bruma del amanecer, dejando a Ninus tendido sobre el empedrado.

Bebiendo un vino malo, un tanto irritado por la pelea con el impertinente Zarono y cansado de esperar tantas horas, el humor de Conan había ido empeorando lentamente. Se paseaba inquieto como un gato salvaje por el salón de la posada, una sala llena de humo cuyo techo casi tocaba con la cabeza. Aunque la posada Nueve Espadas había estado llena de gente en las primeras horas de la noche, ahora sólo quedaban unos pocos clientes, entre ellos un trío de marineros borrachos tendidos en un rincón. Dos de ellos entonaban canciones, desafinando terriblemente, mientras el tercero dormía.

Estaba a punto de amanecer. Ninus se había retrasado varias horas.

Algo debía haberle ocurrido al pequeño sacerdote, que jamás llegaba tarde a una cita si había dinero en juego. Hablando en zingario con acento bárbaro, Conan soltó un gruñido y se dirigió al fornido tabernero:

–¡Sabral! Voy a salir a respirar un poco de aire fresco. Si alguien pregunta por mí, dile que regresaré pronto.

Afuera, la lluvia había amainado. El oscuro manto de nubes se había roto y la luna plateada iluminaba las últimas hojas de la noche.

De los charcos de agua se levantaban pequeñas nubecillas de vapor.

Soltando un poderoso y saludable eructo, Conan caminó con dificultad sobre el húmedo empedrado con la intención de dar una vuelta a la manzana de edificios en la que se hallaba la posada Nueve Espadas. Maldijo a Ninus entre dientes. Ese estúpido sacerdote lo obligaría a perderse la brisa del amanecer que habría impulsado al

Holgazán fuera del puerto de Kordava. Sin viento, tendría que sacar la embarcación de su lugar de amarre con remolques.

Conan se detuvo súbitamente. Sobre las empapadas piedras de la calle había un informe montón de ropas sucias, del que sobresalían unos delgados miembros.

Los ojos de Conan recorrieron con una rápida mirada los tejados circundantes, los quicios de las puertas y las entradas de las bocacalles en busca de los agresores. Apartó con calma la capa que lo protegía de la lluvia y se ajustó el cinturón que sostenía su espada envainada. No era nada sorprendente encontrar un cadáver en aquella zona de la ciudad. Era un barrio de calles serpenteantes y estrechas que habitualmente albergaba a asesinos, ladrones y todo tipo de escoria humana. Sin embargo, allí donde yace una víctima existe siempre la posibilidad de que, en las cercanías, esté su agresor. Conan había aprendido desde hacía mucho tiempo a tener sumo cuidado en esos asuntos.

El cimmerio caminó silencioso entre las sombras como un leopardo al acecho y después se arrodilló junto al cuerpo caído. Lo puso boca arriba y la sangre todavía fresca brilló a la luz del amanecer.

–¡Por Crom! – exclamó Conan.

Se encontraba delante del cadáver del ex ladrón y sacerdote Ninus de Messantia, a quien Conan estaba esperando desde hacía horas.

El cimmerio registró rápidamente el cadáver. Faltaba el mapa que el sacerdote había prometido llevar a la cita.

Conan se sentó sobre sus talones, reflexionando, y pensó quién podría desear matar al insignificante sacerdote, que probablemente, sólo llevaría en su bolsa unas pocas monedas. El mapa era la única cosa de valor que tenía. Y dado que la carta de viajes había desaparecido, era lógico suponer que el inofensivo Ninus había sido acuchillado por alguien que quería apoderarse del mapa.

Con la salida del sol, los bordes de los tejados y las torres de Kordava se pintaron de color carmesí. Los ojos fogosos de Conan se convirtieron en una feroz llama azul. Cerrando uno de sus poderosos puños, el gigantesco cimmerio juró que alguien pagaría con sangre aquella hazaña.

Conan levantó con cuidado el pequeño cuerpo con sus poderosos brazos y regresó rápidamente al Nueve Espadas. Al entrar en la sala, le gritó al tabernero:

–¡Sabral! ¡Una habitación y un cirujano! ¡Rápido!

El tabernero sabía que, cuando empleaba ese tono, el cimmerio no admitía demoras. Se apresuró a conducirlo escalera arriba, hasta que llegaron al segundo piso.

Los pocos clientes que había en la taberna a esas horas los siguieron con la mirada. Vieron a un gigante de rostro oscuro lleno de cicatrices, perfectamente afeitado, con una gastada gorra de marinero y el rostro bronceado por el sol, enmarcado por una negra melena cuadrada. Los profundos ojos que asomaban bajo las espesas cejas negras eran azules.

El bucanero llevaba aquel cuerpo entre sus brazos con tan poco esfuerzo como si se tratara del de un niño.

Ninguno de los hombres de la tripulación de Conan se encontraba en la taberna. El cimmerio se había asegurado de ello al concertar la cita con Ninus, porque no deseaba que la noticia acerca del tesoro se extendiese entre la tripulación antes de que él pudiera comunicársela personalmente.

Sabral condujo a Conan a la habitación que reservaba para los huéspedes especiales. El gigante comenzó a colocar a Ninus sobre la

cama, pero se detuvo cuando el tabernero apartó apresuradamente la cubierta del lecho diciendo:

–¡Nada de sangre sobre la colcha!

–¡Que el diablo se lleve tu colcha! – repuso Conan, depositando a Ninus sobre la cama.

Mientras Sabral doblaba la colcha, el cimmerio examinó al sacerdote. El ex ladrón aún respiraba débilmente. Su pulso era irregular.

–Al menos está vivo -dijo Conan con un gruñido-. Lárgate, amigo.

Ve en busca de un médico. ¡No te quedes ahí con la boca abierta como un idiota!

El tabernero desapareció silenciosamente. Conan desnudó el pecho del sacerdote y vendó torpemente la herida, de la que aún manaba sangre.

Al cabo de un rato volvió a entrar Sabral en compañía de un médico, vestido con una bata, que bostezaba. De su gorro de dormir asomaba una mata de cabellos grises.

–El buen doctor Gratos -anunció el tabernero. El médico quitó la venda que había puesto Conan, limpió la herida y luego la volvió a vendar con una tela limpia.

–Afortunadamente -dijo-, la puñalada no le tocó el corazón ni los vasos sanguíneos. Creo que sólo le ha rozado un pulmón. Con un poco de cuidado vivirá. ¿Paga usted por él, capitán?

Conan asintió con un gruñido. Ninus recobró el conocimiento después de beber unos tragos de vino. Con una voz que casi era un murmullo, el sacerdote hizo un relato de los hechos.

–Tropecé… con dos hombres en la calle. Uno era… Menkhara, el sacerdote de Set. Grité… y grité, pero le dijo a su acompañante que me matara.

–¿Quién era el otro? – preguntó Conan.

–Estaba envuelto en una capa, y el sombrero que llevaba era de ala ancha… Creo que se trataba del bucanero Zarono…

Conan frunció el ceño. ¡Zarono! Ése era el tipo con el que había discutido hacía unas horas. ¿Se habría enterado Zarono de su cita con Ninus y asaltó al sacerdote para robarle el mapa? Todo parecía una conspiración para arrebatar a Conan el secreto del tesoro.

El cimmerio se incorporó, rojo de ira.

–¡Toma! – exclamó, entregando a Gratos un puñado de monedas que extrajo de su bolsa.

Luego dejó algunas más en la palma de la mano de Sabral y advirtió:

–¡Vosotros dos, cuidad de él! Cuando regrese, veré lo que habéis hecho y os arrancaré el pellejo a ambos si las cosas no marchan bien.

Pero si se muere, enterradlo según el rito de Mitra. Ahora, tengo que irme.

Conan desapareció de la habitación como un fantasma, bajó corriendo la escalera y acto seguido abandonó la posada Nueve Espadas. Caminó deprisa, con la ancha capa rozando suavemente sus altas botas.

Cuando el sol naciente iluminó los mástiles y los cordajes de los barcos, el puerto comenzó a hervir de actividad. Los marineros subían y bajaban por las escalas, los oficiales daban órdenes con altavoces hechos de pergamino, y crujían los cabrestantes manejados por los musculosos remeros, que cargaban bultos del muelle a la cubierta.

Conan llegó por fin al muelle. En respuesta a una pregunta, el jefe de los guardias del puerto respondió que el Petrel de Zarono había zarpado hacía una hora y que ya había doblado el cabo oriental del puerto. Conan dio las gracias y luego se dirigió apresuradamente hacia la pasarela de embarque de su propio buque, el Holgazán.

–¡Zeltran! – llamó.

–¿Sí, capitán? – dijo un hombre que estaba dirigiendo el embarque y la colocación de provisiones en la bodega.

Zeltran era un zingario de baja estatura, fornido y con un enorme bigote negro. A pesar de estar gordo, se movía con la agilidad de un gato.

–¡Organiza a la tripulación! ¡Zarparemos en cuanto podamos!

Al cabo de un rato, todos los bucaneros se reunían en la segunda cubierta. La mayoría eran zingarios con sangre de otras razas.

Faltaban tres hombres. Inmediatamente se envió al muchacho de a bordo a buscarlos y a sacarlos de los burdeles en los que disfrutaban de su libertad. El resto de la tripulación reanudó las faenas de carga bajo las órdenes de Conan.

Finalmente se presentaron los tres hombres que faltaban. Se almacenó el último bulto de la carga y se soltaron amarras. Ocho marineros se inclinaron sobre los largos remos para llevar al Holgazán

a alta mar. Cuando las primeras ráfagas de viento comenzaron a hinchar las velas, los hombres abandonaron los remos.

El Holgazán, con todas las velas al viento, inició la singladura. Las suaves ondas que producía su proa sobre el agua enseguida se convirtieron en blanca espuma. La embarcación se balanceó suave y rítmicamente cuando se encontró en mar abierto. Los alegres chillidos de las gaviotas que volaban en círculo se mezclaron con el crujido de los maderos, de los cordajes y con los suspiros del viento en el aparejo.

Conan se hallaba en pie cerca del castillo de proa, apoyado sobre la borda, mirando hacia el lejano horizonte. Después de repetir a la tripulación el rumbo ordenado por Conan y ya organizados los turnos de servicio, Zeltran se acercó al cimmerio.

–Y bien, capitán -dijo-. ¿Adonde vamos esta vez?

–¿Conoces el Petrel de Zarono? – preguntó Conan.

–¿Ese enorme pedazo de madera que zarpó hace una hora, antes de que tú llegaras a bordo? Sí, lo conozco. Dicen que Zarono es un hábil marino, pero un hombre duro y de negras entrañas. Tiene amigos entre los nobles menores, pero, según dicen, lo han expulsado de su círculo por haber hecho algo que incluso esos tipos de alta cuna no soportaron.

Así fue como se convirtió en bucanero. ¿Reñir con el capitán Zarono?

No es cosa para tomarse a la ligera.

–Guárdate tus opiniones hasta que yo te pregunte -repuso Conan.

A continuación, el cimmerio le explicó lo que le había ocurrido a Ninus, y el robo del mapa relacionado con Zarono.

–De manera que si lo cazo en alta mar -agregó-, le haré probar una medicina que no le gustará. Si bien el Petrel es más grande que el

Holgazán, éste tiene mejor línea y toma mejor el viento.

–¡Oh, sí que lo podremos cazar! – exclamó Zeltran retorciéndose furiosamente el bigote-. Y no me cabe la menor duda de que yo solo podría liquidar a seis o siete de los bribones que acompañan a Zarono Pero, capitán, ¿no sería más prudente seguirlo de cerca para que nos conduzca hasta el lugar del tesoro?

Conan miró al segundo con los ojos entrecerrados. Luego sonrió y le dio una fuerte palmada de asentimiento al hombre en la espalda.

–¡Por Crom y por Manannan, muchacho! – rugió-. ¡Te has ganado tu paga!

Conan miró hacia arriba, donde había un grupo de marineros al lado de la vela superior esperando la orden de soltarla.

–¡Fuera de ahí! – bramó el cimmerio-. ¡Todos a cubierta! Luego se volvió hacia Zeltran.

–No aparejaremos la vela superior porque podemos navegar sin ella a la misma velocidad que lo hará Zarono.

«Además, podría verla de lejos. ¿Quién era ese hombre que me dijiste que tenía vista de águila?

–¿Riego de Jerida?

–Sí. Lo pondrás en la torre de vigía para que nos informe de lo que ve.

El joven marinero zingario se hallaba en ese momento de vigía, observando el horizonte sudeste, y de repente gritó:

–¡Barco a la vista, capitán! Veo su vela superior, y cuando sube el mar, distingo un casco negro.

–Ése es el Petrel -dijo Conan-. Firme en ese rumbo, timonel.

A continuación le dijo a Zeltran, que se retorcía nerviosamente el bigote:

–Mantendremos el mismo rumbo durante el día, y por la noche aumentaremos la velocidad para estar cerca de sus luces de popa Con un poco de suerte ni siquiera nos verán.

Conan sonrió irónicamente, con un brillo de placer en los ojos Suspiró hondo y pensó que eso era vivir: una fuerte cubierta bajo los pies, medio centenar de bribones a sus órdenes, un mar para navegar y un enemigo contra el cual luchar… ¡y la aventura permanente en el horizonte!

Con todas las velas al viento menos la superior, el Holgazán se deslizó velozmente siguiendo al Petrel, bajo un esplendoroso sol y rodeado de delfines que saltaban alegremente en el aire esperando algún resto de comida, para hundirse nuevamente en el mar de color esmeralda.

OceanofPDF.com