Conan el bucanero

Robert E Howard · Capítulo 18 de 22

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Conan el bucanero

Capítulo 16

El árbol devorador

Conan parpadeó bajo la luz del sol que en esos momentos se asomaba por encima de las copas de los árboles de la selva. Luego miró con curiosidad a su alrededor.

Las amazonas los habían arrastrado a él y a la joven zingaria hasta la plaza central de Gamburu. A un lado se alzaba el palacio real, con las dos estatuas flanqueando la puerta. Conan estaba acostado en el amplio hoyo que había en el centro de la plaza, y que tenía el suelo de arena Cuando lo vio a su entrada en la ciudad, había notado el parecido de aquella palestra con la que había visto en su época de mercenario en la ciudad argosea de Messantia. Pero allí había puertas de las que surgían gladiadores o fieras que luego salían a luchar a la arena En Gamburu no había fosos como ésos.

También el grupo de árboles que había en el centro del hoyo tenía un aspecto extraño. Debían de ser los árboles kulamtu mencionados por la reina Nzinga. Examinó el que estaba más cerca de él y se dio cuenta de que era diferente de todos los que había visto hasta entonces; sin embargo, se parecía un poco al banano. El tronco tenía una superficie suave y fibrosa Pero, en lugar de terminar en finas ramas, aquel árbol acababa en un orificio redondo y húmedo, que parecía una boca.

Debajo de este orificio había un círculo de hojas enormes, del tamaño de un hombre. Eran hojas largas, anchas y gruesas, con la superficie superior cubierta de filamentos que parecían pelos, del tamaño de un dedo.

Las amazonas, resplandecientes con sus pieles de leopardo, vistosos plumajes y magníficas joyas, ocupaban lentamente los asientos libres que aún quedaban en la plaza. Había algunas que Conan conocía bien por haber acudido a las fiestas de la reina.

El cimmerio probó disimuladamente la resistencia de sus ligaduras.

Los músculos de sus bronceados brazos se pusieron en tensión por el esfuerzo. Pero las sogas tejidas resistieron; cedían un poco, pero seguían reteniendo implacables a su presa por los brazos y las piernas, que también estaban atadas, a la altura de los tobillos. Conan pensó con ironía que en otros tiempos había sido capaz de romper cadenas de

hierro, y en ese momento no podía con unas simples sogas de hierba tejida. Quienes lo habían atado, sin duda conocían bien su oficio.

Los bancos de la plaza estaban casi llenos. Ante una orden de la reina Nzinga, que estaba sentada en las gradas, los guardias arrastraron a Conan y a Chabela más cerca del grupo de extraños árboles. Luego se retiraron apresuradamente, dejando a los dos prisioneros sobre la arena.

Las amazonas hablaban animadamente en la plaza. Señalaban a las dos víctimas, se reían a carcajadas y gritaban.

Chabela gritó. En ese momento, Conan sintió que algo le tocaba el pie y quiso averiguar de qué se trataba.

–¡Por Crom! – exclamó.

Una de las enormes hojas del árbol kulamtu había avanzado y en ese preciso momento le rodeaba un tobillo. Chabela volvió a gritar, y Conan vio que las extremidades de la joven estaban siendo rodeadas por una de las monstruosas hojas.

Conan apretó los dientes. Aquello le resultaba absolutamente desconocido y extraño. Pero años atrás, cuando había asolado la Costa Negra en compañía de Belit, oyó, de labios de los negros de su tripulación, historias horrorosas acerca de lo que ocurría en el interior de la selva. También había rumores acerca de un árbol devorador de hombres, pero Conan nunca había prestado demasiada atención a lo que él suponía que era una leyenda de los supersticiosos negros.

De repente se puso pálido, y comprendió a qué se debía la presencia de los huesos blancos que había al pie de los árboles. Las pegajosas hojas se doblarían alrededor de su cuerpo y lo levantarían hasta aquel espantoso orificio para engullirlo. El árbol diabólico lo tragaría vivo.

Los ácidos segregados por éste le desintegrarían la carne, y el árbol vomitaría finalmente sus huesos completamente limpios.

Tres enormes hojas se habían curvado sobre su cuerpo a pesar de los esfuerzos que hacía por alejarse rodando, y lo levantaron lentamente por los aires. Cada una de las prolongaciones de las hojas picaba como el aguijón de una avispa allí donde tocaba. Pero el horror y el asco le infundieron fuerzas.

Entonces, en medio de los gritos del público, Conan oyó un débil sonido que dio nuevo vigor a sus músculos. Obedecía al estallido de una

de las sogas al romperse. Al cabo de dos segundos cedió otra.

Conan se dio cuenta rápidamente de que las hojas también segregaban un líquido corrosivo, y que aquel fluido disolvía y debilitaba las sogas de hierba tejida. Luchó frenéticamente y cedieron más sogas. Liberó un brazo y apartó una hoja que comenzaba a envolverle la cabeza. Luego apartó algunas hojas más y finalmente cayó sobre la arena. Las partes de su cuerpo que habían estado en contacto con las hojas estaban cubiertas de señales rojas.

A juzgar por los gritos y por el clamor general que estalló entre los espectadores, Conan dedujo que aquello jamás había sucedido antes.

Sin duda las amazonas habían sido lo suficientemente prudentes como para alimentar a los árboles carnívoros con víctimas debilitadas por la tortura y la prisión. Nunca habían ofrecido a los árboles-verdugos un hombre del tamaño y la fuerza de Conan, en plena posesión de sus facultades. Apartando la última hoja, que todavía le rodeaba las piernas, el cimmerio decidió aprovecharse del error de las amazonas.

Chabela, que en ese momento estaba envuelta de pies a cabeza por las hojas como una momia, fue ayudada por Conan cuando el árbol ya la había levantado a medio camino del espantoso orificio. El cimmerio cogió las hojas que rodeaban a la joven y cayó de un salto sobre ellas.

Éstas no pudieron soportar su peso y se quebraron. Algunas se partieron por la mitad y otras se soltaron del tronco. Conan cayó boca abajo sobre la arena caliente, sosteniendo a la muchacha en los brazos.

La liberó rápidamente de las hojas que aún la envolvían y que, al caer al suelo, se retorcieron como si sintieran un terrible dolor.

La piel de la princesa, al igual que la del cimmerio, estaba cubierta de manchas rojas por el contacto con las hojas. Acto seguido, Conan examinó rápidamente las ligaduras de la joven. Al igual que las suyas, estaban casi disueltas, de manera que no le resultó difícil romperlas, liberando así a Chabela.

En ese momento, las amazonas acababan de estallar en un terrible clamor. Algunas mujeres guardianes habían saltado a la arena y avanzaban hacia él. El sol se reflejaba sobre sus armaduras de bronce.

Conan apartó la última hoja del rostro de Chabela para que pudiera respirar, y luego saltó para hacer frente a sus adversarias más cercanas.

Tal como él esperaba, no se abalanzaron con lanzas ni con machetes de madera. Se detuvieron a pocos metros de él, empuñando sus armas y gritando frenéticamente. Entonces se dio cuenta de que no era a él, que estaba desnudo y con las manos vacías ante el enemigo, a quien temían, sino a los árboles que se alzaban detrás de él. Sus dudas parecían nacer del simple temor a las plantas carnívoras, o a los árboles que probablemente consideraban como dioses. Fuera cual fuese el motivo, aquella duda le dio una idea al cimmerio.

Se dio media vuelta y apoyó un hombro contra el árbol que había intentado devorarlo. La enorme planta se retorcía y agitaba el resto de sus hojas como si sintiera un terrible dolor, sin hacer el menor esfuerzo por alcanzar a Conan. El tronco tenía aspecto fibroso y quizá no era más fuerte que el tallo de cualquier planta joven.

Conan empujó con fuerza y sintió que el tronco cedía ligeramente, sin hacer el menor ruido. Dio otro empujón, y el tronco saltó junto con un montón de arena que rodeaba sus raíces de color blanco.

De las gradas surgió un alarido cuando Conan derribó la planta.

Luego la tomó bajo el brazo, como si se tratara de un ariete. Tendría unos tres metros de largo desde las raíces a la boca, unos treinta centímetros de ancho y no pesaba mucho.

Conan atacó a las mujeres guerreras empleando el árbol como ariete. Éstas rompieron filas y salieron corriendo. Conan se rió de buena gana. Era evidente que las amazonas sentían horror ante su árbol sagrado y se alejaban de él. Conan se dio media vuelta y derribó a dos guardianas con un rápido movimiento del tronco. Las demás huyeron en dirección a las tribunas.

Entonces comenzaron a caer jabalinas a su alrededor, como una lluvia mortal. Una de ellas se clavó en el tronco, muy cerca de su mano.

Algunos cuchillos pasaron silbando junto a su cabeza.

–¡Chabela! – gritó-. ¡Toma una de esas lanzas y sígueme!

Conan corrió hacia las gradas, y la muchacha lo siguió. Un grupo de amazonas que había delante de él se dispersó cuando el cimmerio les arrojó el tronco, del que caían gotas de savia corrosiva. Luego subieron por las gradas que rodeaban la plaza y se dirigieron a la calle que conducía a la Puerta Occidental.

Cuando salieron del hoyo, Conan esperaba ver a medio ejército de Gamburu reunido para atacarlos. Pero en lugar de esto, sus ojos contemplaron un espectáculo totalmente distinto. Cinco flechas atravesaron el aire. Los tejados cercanos hervían de gente. Había una docena de cadáveres tendidos en la calle, con lanzas atravesadas en el pecho. Los gritos de guerra se oían por todas partes. La ciudad de las amazonas estaba siendo atacada.

Un grupo de guerreros negros, todos hombres, entraba por la calle y se dirigía a la Puerta Occidental. Avanzaban en filas disciplinadas, marchando al estilo militar, disparando lluvias de flechas y derribando a los grupos de amazonas que intentaban contraatacar.

Por encima de las cabezas de los arqueros, Conan descubrió a su viejo camarada Juma y lo llamó a gritos. Juma también lo vio, sonrió y bramó una orden en la lengua de su pueblo. Las filas se abrieron para rodear y proteger a Conan y a la muchacha zingaria. El cimmerio arrojó a un lado el tronco que llevaba bajo el brazo. Entonces las fuerzas comenzaron a retirarse por donde habían venido, efectuando una operación de despliegue de su retaguardia para contrarrestar un posible ataque de las desorganizadas amazonas.

Conan se echó a reír y le dio una afectuosa palmada a Juma en la espalda.

–Me estaba preguntando cuándo vendrías -dijo-. ¡Y llegaste justo a tiempo!

Juma también se rió, al tiempo que una flecha amazona se estrellaba contra su escudo de piel de rinoceronte.

–No estoy muy seguro de ello, Conan. Las cosas parecían irte bien.

Al retroceder hacia la Puerta Occidental, Juma explicó que sus hombres habían perseguido a los mercaderes de esclavos hasta Gamburu. Entonces había reunido un grupo de guerreros negros para atacar la capital de las amazonas.

–Temía no encontrarte vivo -concluyó-. Debía saber que Conan estaría, como siempre, en plena batalla, atacando la ciudad de las amazonas con las manos vacías.

Al llegar a la puerta, Conan vio la barba pelirroja y los ojos azules de Sigurd, que se había quedado allí con un grupo de marineros armados para facilitar la retirada del ejército negro. Conan y Sigurd se

saludaron gritando y levantando la mano, pero no había tiempo para explicaciones.

Cuando traspasó el umbral, Conan sonrió feliz al ver por última vez la ciudad de la reina Nzinga. Era una mujer magnífica y había sido una amante extraordinaria, pero Conan jamás estuvo satisfecho con su papel de consorte. Sospechaba que más de un hombre habría sido pasto de los árboles carnívoros al cansarse Nzinga de sus abrazos.

–Ahora entiendo lo que querías decir cuando hablabas de instruir a tus hombres en el manejo de las armas al estilo turanio -le dijo ajuma.

En ese momento, un numeroso grupo de amazonas salió en persecución de los hombres de Juma, pero éstos se desplegaron en perfecto orden de combate y dispararon una lluvia de flechas, cerraron filas rápidamente y vieron como las pocas sobrevivientes que quedaban huían en dirección a la ciudad.

Los guerreros negros se acercaron a los árboles. Allí se detuvieron para respirar tranquilamente. Entonces, Conan y Sigurd se saludaron alegremente. Sigurd miró a Chabela y se arrodilló.

–¡Princesa! – exclamó-. ¡Por Ishtar y por Moloch, deberías ponerte algo encima! ¿Qué pensaría el rey si te viera desnuda? ¡Toma, ponte esto!

El marinero se quitó la camisa y cubrió el esbelto cuerpo de la muchacha con ella.

–Gracias, Sigurd -dijo la joven-. Me he visto obligada a andar desnuda durante tanto tiempo que me he acostumbrado a ello.

–¿Y ahora adonde vamos, Conan? – le pregunto Sigurd al cimmerio-. No sé lo que piensas tú, pero yo estoy harto de estas selvas.

Si no nos comen los mosquitos, nos devorarán los leones.

–Regresaremos a Kulalo -dijo Conan-, y luego embarcaremos en el

Holgazán sin pérdida de tiempo. Si los hombres que han quedado allí zarparon con el buque, los despellejaré vivos.

–¡Supongo que celebrarás la victoria con nosotros! – protestó Juma-. Ahora que mis guerreros han derrotado a las amazonas de Gamburu, estoy casi seguro de que puedo dominar toda la zona. Mis hombres están deseosos de beber un buen licor de banana…

Conan respondió negativamente con un movimiento de cabeza.

–Gracias, pero me temo que no disponemos de tanto tiempo, viejo amigo. Es preciso que regresemos cuanto antes a Zingara Allí hay una conspiración contra el rey Ferdrugo, el padre de la princesa Chabela, y debemos llevarla al palacio enseguida. Parece ser que se han reunido varios magos de Estigia para llevar a cabo el plan De modo que la celebración tendrá que esperar.

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