Conducta migratoria

Barbara Kingsolver · Capítulo 2 de 15

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Conducta migratoria

2 Territorio familiar

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Territorio familiar

 

LA mañana del día del esquileo amaneció fresca y agradable. Solamente por eso, por unos pocos grados más de temperatura, las nubes grises se escabulleron hacia lugares desconocidos, como una tropa de gatos vagabundos. La pesada tarea de hacer pasar noventa ovejas e incontables corderos por la caseta del esquilador se convirtió en una buena jornada de trabajo y no en el suplicio que todos esperaban. Hasta donde le alcanzaba la memoria, Dellarobia no recordaba ningún otro esquileo otoñal tan agradable. Después de todos los meses de lluvia, el aire en el interior del establo parecía extrañamente seco. Mechas flotantes de lana moteaban los rayos de luz que se derramaban por las ventanas altas, y el aire olía sobre todo a lanolina, más que a orina o a barro. El vellón cortado estaba lo bastante seco para limpiarlo, apalearlo y mondarlo cuando aún conservaba el calor de la oveja. Dellarobia estaba frente a su suegra en la mesa de limpieza, al lado de otras cuatro mujeres, ocupada en quitar con las manos las impurezas de la lana extendida ante ellas. Las seis se habían dispuesto ordenadamente alrededor de la mesa, como los números de un reloj, pero como manecillas que apuntaban hacia el centro y no hacia fuera.

No cabía duda de que el buen tiempo había sido una suerte. Si las ovejas hubiesen tenido que esperar toda la mañana bajo la lluvia para ser trasquiladas, parte de la lana se habría embarrado demasiado para venderla, y por unos pocos milímetros de lluvia se habrían perdido buenos ingresos. Pero la suerte era una explicación demasiado simple para Hester, que para entonces estaba declarando que Dios les había mandado el buen tiempo. Dellarobia encontró irritante su autocomplacencia.

—Entonces ¿crees que Dios hizo parar la lluvia solamente por nosotros? —le preguntó.

—Dios nuestro Señor es todopoderoso —replicó Hester, que podría haberse pasado la vida enlazando unas citas bíblicas con otras.

Estaba imponente, con su blusa roja de cuadros con botones nacarados y ribetes blancos. Todos los demás se habían puesto ropa de trabajo, en cambio Hester casi siempre se vestía como si después fuera a asistir a una fiesta country. Pero la fiesta nunca se materializaba.

—Entonces, Dios debe de odiar a los Cook.

La insolencia le arreboló las mejillas a Dellarobia, como si hubiera bebido una segunda cerveza con el estómago vacío. Si su suegra sugería que Dios participaba en las buenas o malas rachas de los granjeros, tenía que aceptar entonces todas las consecuencias de su afirmación. La cosecha de tomates de los vecinos se había disuelto en una pestilencia líquida en la propia planta por culpa de las lluvias incesantes del verano, y su huerto se había cubierto de una membrana fúngica gris que estaba matando la fruta a la vez que sofocaba a los árboles.

Valia Estep y su melenuda hija, Crystal, bajaron la vista, lo mismo que las dos Norwood, concentradas en quitar las vedijas sucias, las pajas y los abrojos del blanco vellón, como si el mundo entero dependiera de la erradicación de esas pequeñas imperfecciones. Los vecinos solían acudir los días de esquileo, que empezaban a las seis de la mañana con bocaditos de jamón y café. Todos menos los desafortunados Cook, que en los cinco años transcurridos desde que se habían instalado en la granja no habían conseguido ganarse la aprobación de Hester. La granja de los Norwood lindaba con la finca de los Turnbow al otro lado de la montaña, y ellos también criaban ovejas desde hacía generaciones, por lo que la ayuda prestada les sería devuelta cuando esquilaran a sus animales. Valia y Crystal acudían únicamente por amistad, a menos que tuvieran alguna vaga deuda que nadie hubiera mencionado. Todos pertenecían a la misma iglesia que Hester, que vista por Dellarobia era un complicado esquema piramidal de deudas y créditos morales, con el Señor como último responsable, pero con un montón de mandos intermedios.

—Yo no he dicho ni una palabra de los Cook —se defendió Hester, que no estaba dispuesta a dejarlo correr—. Valia, ¿tú has oído que yo dijera algo de los Cook?

—No, me parece que no —replicó Valia tímidamente.

Dellarobia sabía que su suegra podía contar con el apoyo ilimitado de esas mujeres. La confianza de Hester en su propio juicio era francamente muy poco femenina. Nunca dudaba de sí misma, ni siquiera de su guardarropa. Tenía botas de cowboy de muchos colores, incluidas unas con las puntas redondeadas de piel de lagarto verde lima. Pero lo que a Dellarobia le fastidiaba en ese momento era su lógica egoísta. Si Hester y Bear tenían una mala racha, como la terrible sucesión de catarros que habían sufrido el invierno anterior, culpaban al técnico que no había sabido repararles la caldera y les había cobrado de todas formas. Pero cuando ese mismo invierno le diagnosticaron cáncer al pequeño de los Cook, Hester insinuó que Dios había tenido algo que ver en su enfermedad. Dellarobia había dejado pasar durante años ese tipo de comentarios, demostrando en la práctica tan poco carácter como Valia o el resto de las ranas que croaban en el coro de su suegra.

Pero ya no.

—Pensé que era eso lo que querías decir —replicó—: que Dios paró la lluvia para nosotros, pero no para los Cook. Debemos de gustarle más que ellos.

—No sé qué te ha dado últimamente, pero sea lo que sea no es bueno. Deberías hacer examen de conciencia y recordar que Dios te ha mandado respetar a tus mayores —dijo Hester con vos gangosa.

Se imponía a los demás desde su altura de un modo que jamás habría conseguido su hijo, que medía por lo menos cuarenta centímetros más que ella. Solo Hester lograba que su nuera se sintiera reducida a su verdadero tamaño: el de una persona que se compraba las sudaderas en la sección infantil para ahorrar dinero.

—Los Cook también son mayores que yo —respondió Dellarobia serenamente—. Y siento lo que les está pasando.

Ella tampoco sabía qué le había dado últimamente, pero las réplicas que antes se tragaba como una ración diaria de piedras habían empezado a saltarle de la boca como batracios. La extraña experiencia vivida en la montaña había obrado en ella el efecto de una terapia de choque. A Dovey, su mejor amiga, le había contado que ese día había ido a ver a alguien, pero ni siquiera Dovey sabía lo que se había encontrado: una potente deflagración brotando de un bosque corriente. No sabía qué nombre darle. No tenía palabras que inscribir en unas tablas como las de Moisés cuando bajó de su montaña. Pero lo mismo que Moisés, ella había vuelto a casa trastornada y sin paciencia para las pequeñas mezquindades cotidianas de la gente. Se sentía avergonzada por su pasión artificial y por el daño que había estado dispuesta a causar. Hester no era la única que vivía en un mundo de fantasía con la justicia de su parte; había mucha gente como ella en esa familia y quizá en todas las demás. Se fabricaban sus pequeñas casas de autocomplacencia y bendiciones especiales, se metían dentro y cerraban la puerta de golpe, sin saber que la montaña a sus espaldas estaba en llamas. Dellarobia se sentía expulsada de la autosatisfacción, como si hubiese salido despedida de un vehículo en un accidente de tráfico. Se había alejado de aquel valle de fuego sintiéndose a la vez poderosa y desamparada. Se sentía peor que años atrás, cuando el bebé nacido muerto la había hecho volver a casa con complicadas heridas que ni siquiera podía describir. Pero ni entonces ni ahora Hester se había interesado por sus problemas personales. No era ese tipo de persona. Parecía ignorar esa vertiente del pensamiento.

Valia las interrumpió:

—¿Habéis visto el episodio de «Jackass» en el que intentan hacer esquí acuático en un lago helado? ¡El jeep rompió el hielo y se hundió!

Siempre se podía contar con las Estep para cambiar de tema en una conversación.

—No entiendo cómo dejan a la gente ir a la tele para hacer esas tonterías —intervino Crystal, sacudiendo su masa de rizos—. Con ese criterio, mis hijos tendrían que ser famosos.

Crystal era un producto del fracaso escolar, con dos hijos, ningún marido en su historial y un conocido problema con la bebida; pero había podido empezar de nuevo, tras ser salvada por Alcohólicos Anónimos y la iglesia evangélica de la Comunidad de la Montaña. Ahora se mordía constantemente el labio inferior, como si siempre estuviera a punto de darle un puñetazo a alguien. La salvación tenía su precio, evidentemente.

Hester se llevó las manos a la nuca, se dividió en dos la fina coleta gris y tiró de las dos mitades al mismo tiempo y con fuerza para ajustarse el peinado. Era uno de los más o menos cinco mil hábitos personales de su suegra que irritaban a Dellarobia. ¿Por qué no se compraba una goma que apretara más? Hester usaba los tirones de la coleta como una especie de señal: «La próxima vez te lo haré a ti». Si Dellarobia pensaba consumir su esperanza de vida en el seno de esa familia, su nueva política de decir lo que pensaba iba a resultarle terriblemente incómoda, porque los ponía a todos en tensión, incluida a ella misma. Pero tenía la sensación de que no podía elegir. Algo se había abierto en su interior, y ella se sentía caer calamitosamente, como el jeep a través del hielo. Jimmy había desaparecido de su vida, como también habían desaparecido —tenía que reconocerlo— varios hombres antes que él.

Nunca le había sido infiel a Cub, al menos de una forma física, pero a lo largo de su vida de casada había tenido que olvidarse varias veces de algunos hombres, del mismo modo que otros intentan una y otra vez dejar el tabaco. Por eso, en ambos casos, podía aplicarse el mismo chiste: lo había hecho tantas veces que sabía hacerlo muy bien. Había dejado de atender las llamadas de Jimmy y él tampoco había insistido. Todavía se quedaba despierta por la noche, pero tras los párpados cerrados ya no veía a un amante que casi podía tocar, sino unas llamas que formaban dibujos de ondas y torbellinos. Un lago de fuego.

Inhaló el aire oloroso a lanolina para quitarse de la cabeza el fuego y las inundaciones. Con su distracción, estaba ralentizando el ritmo del trabajo. Su tarea consistía en dejar cada pocos minutos la mesa de limpieza para ir a buscar más lana al otro lado del establo. Pasó junto al contenedor de madera que había acondicionado como parque de juegos para Cordie, le tocó levemente los suaves pelillos de la cabeza y entró en los dominios de los hombres. En una de las puertas de la caseta de esquileo intensamente iluminada, su marido sujetaba una oveja blanca grande, a la espera de ponerla en manos del esquilador, mientras Peanut Norwood, el escuálido vecino, aguardaba en la puerta de enfrente, listo para llevarse al animal en cuanto estuviera esquilado. Dellarobia sonrió al ver la camisa de fieltro rosa que lucía el larguirucho de su marido. Durante muchos días de colada, a lo largo de los años, había visto cómo esa camisa pasaba del burdeos al rosa fuerte, pero su marido todavía la llamaba su «camisa roja» y, probablemente, la veía de ese color. Cub no era un hombre que vistiera de rosa adrede.

Su marido le hizo un gesto para que se acercara y la estrechó rápidamente con un brazo, quizá como simple maniobra para evitar que se pusiera en medio y molestara. El estruendo de balidos nerviosos impedía cualquier conversación, pero ella se quedó un minuto, observando atentamente al esquilador, Luther Holly. No era que Luther fuera atractivo de ninguna manera corriente. Era un hombre hogareño, casado y con nietos. Había practicado la lucha grecorromana en el colegio y tenía cincuenta y muchos años, o tal vez más de sesenta. Era bajo, con la cara llena de pecas y las piernas ligeramente arqueadas. Pero cuando manejaba las tijeras de esquilar, sus movimientos podían hacer concebir pensamientos pecaminosos a cualquier mujer. Le quitó a Cub la lanuda oveja de las manos y el animal se debatió durante cinco segundos antes de someterse con un suspiro y dejar que Luther lo hiciera apoyar los cuartos traseros sobre el tapete de esquileo. El hombre inmovilizó a la oveja rodeándole el pecho con un brazo mientras con la otra mano le pasaba suavemente la vibrante esquiladora, desde el cuello hasta el abdomen, con movimientos largos y cuidadosos, como los que habría usado para afeitarse. La esquiladora eléctrica parecía antiquísima, con su tembloroso cilindro de acero y el cabezal suspendido de un trípode; pero en manos de Luther, era un instrumento de gran delicadeza.

Dellarobia observó que, antes de pasar por la rampa para cumplir con su deber, cada oveja hacía una pausa, bajaba los cuartos traseros y orinaba, tomándose su tiempo para asimilar la situación, antes de entrar por la puerta. «Observa y aprende», pensó, sintiendo una simpatía poco habitual por esas bestias, cuyo tonto desamparo en general la fastidiaba. Pero en ese momento le parecieron más listas que las personas. Si el bosque a sus espaldas se incendiaba, las ovejas sabrían de inmediato lo que debían hacer. Ya fuera huir o acurrucarse unas contra otras, tomarían la mejor decisión no sin antes llenarse la barriga de hierba, por si acaso. Eran mucho más realistas que las personas. Y también lo eran los border collies. Sabían observar, con las orejas en posición de alerta y las patas delanteras bien plantadas, soportando con paciencia el caos generado por los indisciplinados humanos, mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor.

Su suegro se mantenía a distancia de la imponente presencia de Luther, cerca de la puerta del establo, donde les arreglaba las pezuñas a las ovejas y las inspeccionaba ostensiblemente en busca de heridas de la esquiladora antes de enviarlas al campo con una palmada en el cuarto trasero. Luther era demasiado habilidoso para causarles cortes a los animales, pero Dellarobia observó que Bear abría aparatosamente el frasco grande de tintura de yodo y aplicaba el desinfectante sobre una mera sospecha de herida. Bear Turnbow tenía un talento especial para prestar atención a los errores más nimios.

Los collies, Roy y Charlie, se movían en laboriosas órbitas alrededor de los hombres, perpetuamente atentos a la circulación del ganado y a los deseos de sus amos. A un silbido de Bear, los dos se fundían en un torrente blanco y negro de autoridad canina que empujaba al rebaño por el laberinto de paneles y puertas estrechas, como el contenido de un reloj de arena. Hester quería que las ovejas llegaran ordenadas por color: primero, las blancas; después, las grises; a continuación, las pardas, y por último, las negras, para facilitar la clasificación de la lana. Las ovejas islandesas tenían todos los matices del mal carácter, como le gustaba decir a Cub, pero a Dellarobia le gustaba el aspecto variopinto que presentaban en el campo y también la poca importancia que daban al color de sus congéneres. Las ovejas pardas podían parir corderitos blancos, o a la inversa, y a veces incluso daban a luz mellizos de diferentes colores sin que tal cosa fuera motivo de escándalo. La oveja blanca que había traído Cub llevaba a la zaga un cordero grande de color gris azulado que a los seis meses aún pretendía mamar. Los más persistentes eran los corderos machos, mamones insaciables. Preston había sido igual. Todavía le suplicaba que lo amamantara cuando su hermana ya había nacido y lloraba a gritos al ver en su lugar a una intrusa. Ella conservaba aún la sensación de estar hueca después de los años que había pasado con un niño que chillaba para sacarle la leche y otro que monopolizaba su cuerpo por dentro. Había sido como someterse a la vez a obras de minería profunda y a cielo abierto. Pero los corderos machos no iban a tener que enfrentarse con sus sucesores porque al cabo de diez días irían al matadero. Había que retirarles la leche a las ovejas antes de que llegaran los carneros sementales, y los corderos no podían quedarse en el prado común, a menos que estuvieran castrados. Así pues, a fin de cuentas, el matadero tenía sus ventajas.

Luther inclinó la cabeza en dirección a Dellarobia mientras daba un puntapié a la lana corta acumulada en el tapete para desecharla. El gesto podía significar «Hola, señora Turnbow» o «¡Ponte a barrer!», o quizá ambas cosas a la vez. Ella cogió la escoba y barrió la lana desechada hacia la pila que se amontonaba en un rincón de la caseta. Tras eliminar la porción inútil de la lana, Luther le dio la vuelta a la oveja para quitarle el resto del vellón de una sola pieza, del cuello a la cola y de lado a lado, moviéndose como si estuviera enzarzado con su ayudante en un combate de lucha libre. La postura inclinada hacia adelante habría hecho llorar a la mayoría de los hombres, pero él la mantenía todo el día y hacía que pareciera sencilla.

Sin embargo, una mujer no podía eternizarse allí, parada con sus zapatos de trabajo, observando a Luther. Dellarobia recogió una brazada de lana desechada, la sacó de la caseta del esquilador y fue a echarla al contenedor de madera que había apartado para Cordie.

—¡Eh, chiquitita! ¡Mira esto! —canturreó mientras dejaba caer mechones de lana sobre su hija, como si fueran copos de nieve.

Recordó que de niña pensaba que la nieve debería ser así, suave y agradable, y no fría y húmeda como era en realidad. Entusiasmada, Cordie se puso a coger puñados de lana y a arrojarlos por el aire con tanta fuerza que cada vez que lo hacía se caía de espaldas.

Dellarobia se apresuró a volver a la caseta del esquilador para recoger el vellón que Luther había terminado de separar. Lo enrolló como si fuera una alfombrilla de baño para llevarlo a la mesa de limpieza. Antes de que terminara el día, limpiarían alrededor de doscientos vellones, quitándoles los restos de paja y otras impurezas, así como las imperfecciones provocadas por el corte. Las mujeres trabajaban deprisa. Extendían cada nuevo vellón sobre la mesa y se inclinaban encima como animales absortos en la tarea de espulgar a sus crías. Tiraban los residuos al suelo del establo, y los restos variopintos se les iban acumulando alrededor de las piernas. Era el segundo esquileo del año. También llamaban a Luther en primavera, después de la parición, para librar a las ovejas de los vellones densos y fieltrados del invierno y dejar el terreno libre para que crecieran limpios los finos vellones del verano, mucho más valiosos. Este segundo esquileo, el del final del otoño, era el que les procuraba ganancias. Cuando los vellones estuvieran limpios, empaquetados y amontonados en grandes pilas delante del establo, Cub y Bear los meterían en contenedores de madera para enviarlos a la hilandería.

Sabía que Luther tardaría solo unos minutos en trasquilar al cordero que le pasarían a continuación, después de su madre, por lo que volvió corriendo para recoger la suave lana gris y apartarla del resto de los vellones. La lana del primer y único esquileo de los corderos machos era más fina y valiosa que la lana corriente. Hester podía conseguir hasta cincuenta dólares por los vellones de lana virgen vendiéndolos por internet a hilanderías artesanales. El año anterior había amortizado de ese modo el precio del ordenador en una sola temporada. La carne de los corderos ya estaba vendida a una cadena de supermercados, y la gente se la comería en Navidad, pero su lana seguiría abrigando durante muchos años.

Dellarobia volvió a su puesto en la mesa de limpieza, a tiempo para oír el final de una de las innumerables anécdotas que siempre acaban igual: «¿Te puedes creer tamaño descaro?». La «descarada» era evidentemente una amiga de Crystal, pero los detalles resultaban confusos. La mujer había venido a visitarla y había sufrido algún tipo de daño por culpa de sus hijos.

—Estaban haciendo el tonto como siempre, ¿no? —Crystal tenía la desagradable costumbre de terminar cada frase con una pregunta—. Jugando con las pistolas de agua, ¿no? Y Jazon se escapa de su hermano, ¿verdad? Y supongo que ella intenta escaparse de los dos, ¿no es así? Por eso, cuando Mical la cerró de golpe, ella ya estaba gritando: «¡Chicos, vais a arruinarme el abrigo!». Y entonces, ¡bam! ¡Y a llorar! Estaba preocupadísima porque le fueran a mojar la chaqueta de seda que, después de todo, no tendría que haberse puesto para venir a mi casa, porque, vamos a ver, tengo hijos, ¿o no?

Dellarobia estaba habituada al discurso sembrado de preguntas de Crystal y a su mezcla constante de tiempos verbales, pero aun así no consiguió entender del todo lo que había sucedido. Desvió la mirada hacia las Norwood, dos señoras entradas en años, cuyas idénticas melenas teñidas de negro quedaban divididas por la mitad por una franja de raíces blancas.

—¿Qué fue lo que cerraron de golpe? —preguntó al ver que nadie se ofrecía para explicárselo.

—La puerta del coche que le pilló la mano —replicó Crystal con voz cansada en un canturreado tono descendente. Parecía cansada de la historia, a pesar de contarla con tanto entusiasmo.

—¡Uy!

—Lo que quiero decir —se empeñó Crystal— es que siento mucho que Brenda se haya roto varios dedos, ¡pero los accidentes ocurren! Podría haber pasado lo mismo aunque mis hijos no hubiesen estado allí.

—Brenda quiere que Crystal le pague los gastos médicos, pero ella se niega —explicó en voz baja una de las Norwood, como si Dellarobia fuera una espectadora que hubiera entrado al cine con la película empezada.

—Ya sabes quién es Brenda. Su madre y ella trabajan en la escuela dominical de la iglesia —dijo la otra.

Una de las Norwood era la mujer de Peanut y la otra, su hermana. ¿Cómo era posible que se parecieran tanto? Debía de ser por el tinte y las sempiternas raíces blancas. Dellarobia solía llamarlas en secreto «las mofetas».

—A ver si lo he entendido bien, Crystal —dijo—. ¿Crees que si Mical no hubiese estado allí, Brenda se habría pillado los dedos ella sola?

—Los accidentes ocurren —repitió Crystal en tono más enérgico.

—Claro que sí. Y prueba de ello son los hijos que tienen algunas.

Molesta todavía por la discusión anterior, Hester le lanzó una mirada asesina a Dellarobia. Estaba a punto de tirarse de la coleta.

—Tú mejor ocúpate de los tuyos —dijo.

Dellarobia sintió indignación. Su hija estaba perfectamente feliz revolcándose en la caja de lana desechada, como una diminuta paciente de psiquiátrico en una celda acolchada, y Preston corría en círculos por allí cerca profiriendo esa especie de zumbido que producen los niños cuando quieren hacer ver que van a toda velocidad. Los que iban como locos por todo el establo eran los hijos de Crystal, dos niños pecosos demasiado corpulentos para sus edades, con el pelo cortado al rape y camisetas que se les habían quedado pequeñas. Jazon y Mical. ¿Qué clase de madre bautiza adrede a sus hijos con faltas de ortografía? Dellarobia los había visto hacía un momento, estaban saltando desde el altillo con sacos vacíos de pienso anudados sobre los hombros, como capas de superhéroes. Pero habían desaparecido y eso no era buena señal. Roy, uno de los collies, solía permanecer atento a los niños y ahora parecía preocupado.

—Preston, ven aquí un minuto —lo llamó Dellarobia—. ¿Dónde están tus amiguitos?

Su hijo se le acercó jadeando ostensiblemente, con el flequillo recto pegado a la frente y las gafitas torcidas.

—Fuera. Querían pisar la caca de oveja, pero el señor Norwood no los ha dejado. ¡Mira!

Con un vigoroso salto, Preston les dio la espalda y reveló que llevaba echado sobre los hombros un vellón blanco entero a modo de capa.

—Vas a estropear la lana —le dijo Hester.

Pero el pequeño se volvió y, con la voz de un personaje de dibujos animados, gritó:

—¡Soy Lanamán!

—¿Ah, sí? ¿Y qué superpoderes tienes? —le preguntó Dellarobia, pero Lanamán ya se había puesto otra vez en órbita alrededor de la mesa de limpieza y estaba gritando la respuesta mientras corría. Le decía, entre otras cosas, que era «difícil de manejar» y que podía comer hierba.

Sus diabluras destrozaron el vellón en menos de un minuto, tal como Hester había pronosticado, y eso fue suficiente para acabar con la paz familiar. Hester le ordenó a su nuera que se llevara a casa a Preston, Cordie y los otros dos niños, y no los dejara salir por el resto del día.

Ofendida, Dellarobia habría estado dispuesta a discutir, pero reconoció la autoridad de Hester y dejó que Crystal ocupara su puesto de transportadora de vellones. Ya no tendría ocasión de contemplar los bíceps de Luther Holly hasta el próximo esquileo primaveral. Fue a buscar a los niños y avisó a Cub de que los habían mandado castigados a casa para que no se preocupara si no los veía. Su ira se desmoronó, se transformó en una familiar tristeza sin fondo. Había sido solamente un vellón y ni siquiera era muy valioso. Una abuela más amable se lo habría dejado a Preston todo el día para que jugara, ya que era evidente que lo hacía muy feliz. Pero esa mujer no tenía la menor sensibilidad para la alegría de los niños. Era capaz de quitarle toda la diversión a los helados, al barro o a la pesca con lombrices. Estar con Hester evocaba en Dellarobia la angustia de la infancia de Cub. Habría querido recogerlo también a él para llevárselo lejos. Probablemente, ahí habían empezado todos sus problemas familiares.

A las cinco y media, estaba tumbada en el incómodo sofá de sus suegros, con Cordie dormida sobre el pecho. La tostada con mermelada que Mical le había pedido y no se había comido yacía aplastada en el plato, justo en el suelo, donde Jazon la había pisoteado y después se había negado violentamente a que ella le quitara la zapatilla deportiva para limpiarla. Había llegado a amenazarla con los puños. Aunque estaba en tercero de primaria, el personaje de matón de Jazon no era ninguna broma, ya que medía y pesaba prácticamente lo mismo que ella. Probablemente, los profesores habían retrasado su ingreso en el parvulario para posponer lo inevitable. Dellarobia había tenido que ceder y pasar gran parte de la tarde andando a gatas por el cuarto de estar, con una bayeta mojada en la mano, persiguiendo las huellas pegajosas del pie izquierdo de Jazon impresas en las alfombras, el suelo y los cojines del sofá, e imaginando la ira de Hester si se le escapaba una sola. Cuando Jazon empezó a correr y saltar contra la pared para averiguar hasta qué altura podía dejar una huella de mermelada, el pobre y obediente Preston perdió los nervios, se echó a llorar y provocó también el llanto de Cordelia. Al final, Dellarobia les enseñó a todos un juego de cartas por dinero (una medida desesperada) en el que los niños podían apostar los zapatos. Cuando ganó la zapatilla pringosa, la escondió en el piso de arriba, en la cesta de la ropa sucia.

Tenía la cabeza momentáneamente ausente por culpa del barullo cuando la sobresaltó su teléfono, que con su frenético tintineo la llamaba desde algún lugar debajo de los cojines del sofá. El propio aparato debía de haberse arrojado al abismo desde su bolsillo, tratando de huir. Intentó mover a Cordie sin despertarla, pero el teléfono dejó de sonar antes de que pudiera encontrarlo. Dovey. Pulsó la tecla de llamada.

—Socorro —gimió—. Estoy atrapada en un episodio de «La dimensión desconocida», encerrada con un niño que tiene poderes mentales sobre los mayores y ha convertido a un vecino en ardilla gigante con tres cabezas.

—¡Cómo me fastidia cuando pasa eso! —respondió Dovey—. ¿Y ahora cómo está? ¿También tiene tres culos?

Dovey y Dellarobia habían llegado al mundo con los apellidos Carver y Causey, y habían asistido a una escuela donde los niños se sentaban por orden alfabético. Desde entonces, nadie había podido separarlas.

—¿Dónde estás? —preguntó Dovey.

—En casa de Hester y Bear, que es como decir en el infierno, en la sección de cuidados infantiles. ¿No podrías venir? Te juro que me estoy volviendo loca.

—No, no puedo. Estoy en un descanso del trabajo. He tenido que venir porque hay tres compañeros que están de baja por enfermedad.

—¿Tres? Entonces ¿tendréis que cerrar en sábado? ¡Qué fastidio!

Dovey trabajaba en la carnicería del Cash Club, un mundo masculino donde los hubiera, y era de constitución tan frágil que tenía que subirse a un cajón para usar la picadora. Pero se hacía respetar. «Sé amable, pero lleva siempre un cuchillo afilado» era su lema.

—Esta tarde hay partido —dijo Dovey—. Estoy segura de que se han quedado en casa por eso: la gripe del baloncesto. Así que, ya ves, tendré que cerrar y, sí, estamos desbordados. Por eso no pude contestarte cuando me mandaste algo así como… dieciséis mensajes. Te pasaste un poco.

—Lo siento.

Dellarobia volvió a tumbarse en el sofá y apoyó otra vez a Cordie sobre su pecho, boca abajo, sin interrumpir el reconcentrado sueño de la niña.

—Pero esos angelitos tuyos no pueden ser el problema —dijo Dovey—. El problema eres tú.

—En realidad, el problema son los dos hijos de Crystal Estep. Valia y ella vinieron para el esquileo y Hester aprovechó la ocasión para ponerme en mi sitio.

—¡Dios! ¿Te ha colocado a las dos joyitas? ¿Cómo se llamaban? ¿Jazz y Micro?

—Eso mismo. Tengo bajo mi custodia a dos hombrecitos con subfusiles de plástico que planean venderme en el mercado de esclavos.

—No entiendo para qué fabrican ese tipo de juguetes.

—Dice Crystal que Jazon y Mical se disfrazarán de terroristas en Halloween.

—Entonces, no irán disfrazados. Bueno, te daré un consejo: tienes que sacar la fiera que llevas dentro. Es lo que dice el instructor en el vídeo de kickboxing. Y recuerda: apunta siempre a la entrepierna.

Dellarobia bajó la voz.

—Si quieres que te diga la verdad, los hijos de Crystal me dan un poco de miedo. Ella misma nos contó que a una amiga suya que fue a visitarlos le rompieron los dedos de una mano con la puerta del coche.

—Huye mientras puedas. Pero antes, ponles un vídeo de una película muy larga, para tener tiempo de llegar a la frontera del Estado antes de que reaccionen.

—¿Un vídeo? ¿Estás de broma? Jazon y Mical me odian porque aquí en casa de Hester no hay X-Box. Lo único medio infantil que tiene mi suegra es un DVD que llevan horas poniendo, probablemente para vengarse de mí. Sale esa especie de teleñeco con el pelo rojo apelmazado y voz chillona.

—¿Quieres que te confiese una cosa? Ese muñeco es la razón por la que no he tenido hijos. Esa voz es una treta de la industria farmacéutica para vender tranquilizantes a los padres de niños pequeños.

—Tengo que reconocer que mis hijos tienen mejor gusto. Escucha — replicó Dellarobia, levantando el teléfono.

Preston se había metido los dedos en los oídos y estaba caminando en círculos mientras cantaba a gritos una canción sobre un canguro y un elefante.

—¿Lo oyes? Es mi hijo. Al pobre lo están volviendo loco. Por suerte, su hermana estuvo un ratito mordisqueando el perrito de peluche y se quedó dormida enseguida.

—Te aconsejo que hagas lo mismo. Ahora tengo que irme. Se me está acabando la pausa.

—De acuerdo. Ya estoy mordisqueando el perrito de peluche, ¿lo oyes?

—Dellarobia…

—¿Qué?

—Ahora no, pero en algún otro momento, ¿vamos a hablar de eso?

—¿De qué?

—De ti.

—¿De mí y de qué más?

—De lo que pasó hace dos viernes. Con el tipo del teléfono.

—No pasó nada. Ya te lo dije. Se acabó.

—¡Pero si tenías una obsesión de categoría cinco en la escala de los huracanes! ¿Cómo es posible que se haya acabado sin más?

Se lo había contado a Dovey cuando el tormento le atenazaba de tal modo la garganta que se creía a punto de morir ahogada. Y si su amiga había visto algún motivo de crítica, se lo había callado. Lo mejor de una amistad podía ser la capacidad de mantener la boca cerrada ante la perspectiva de la autodestrucción. Dovey había capeado con fortuna desigual sus propias tormentas con los hombres y parecía entender su tendencia a la aniquilación. Lo que la desconcertaba era la vuelta a la cordura, y Dellarobia lo comprendía. De las dos noticias, la última era la que más parecía alejarse del guion estándar.

—Si tuviera una explicación razonable, te la contaría, Dovey. Lo único que puedo decirte es que no fue decisión mía. Pasó algo. Estaba ciega y ahora veo.

—Ahora sí que estás hablando como una loca. ¿Tiene algo que ver con la religión?

Le costó mucho responder. En veinte años, nunca le había ocultado nada a Dovey, pero no había palabras que lo explicaran. «Cuando pases por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti». Era del libro de Isaías.

—No, no tiene nada que ver con la religión —contestó.

—Te conozco —dijo Dovey— y no puedo entenderlo.

—Yo tampoco.

—De acuerdo, pero seguiremos hablando de esto.

—Sí, claro. Ve a trabajar, anda. Oigo que viene la brigada de rescate.

Los esquiladores ya debían de haber terminado. Dellarobia los oía frente a la puerta delantera, quitándose el barro de las botas. Sabía que tenía que parecer activa para que Hester no la llamara perezosa, pero el dulce peso del cuerpecito dormido de su hija la mantuvo inmóvil en el sofá. Los collies entraron corriendo y se pusieron a dar vueltas por el salón sembrado de juguetes, como habrían hecho los ayudantes del sheriff en una vieja película del oeste al llegar al campamento de los comanches. Después, se retiraron al piso de arriba. Las patas de los perros por la escalera sonaron como una catarata invertida.

Desde su posición horizontal, Dellarobia vio que Bear se cernía sobre Luther en actitud amenazadora, aparentemente por no estar de acuerdo con el pago exigido. Estaba segura de que Bear no insistiría demasiado. Los criadores de ovejas vivían con el temor permanente de enemistarse con Luther por alguna infracción cometida, como la de rebajar el número de ovejas esquiladas al extenderle el cheque. Luther era el único esquilador del condado y sus habilidades tenían más demanda que las de un médico o un traficante de drogas. De hecho, Dellarobia y Cub tuvieron que cambiar la fecha de su apresurada boda cuando descubrieron que coincidía con el día que Luther tenía reservado para los Turnbow en su agenda. Dellarobia había discutido por eso con Hester, y todavía se sentía humillada por las prioridades de la familia, pero aun así había tenido que trasladar la boda de octubre a noviembre, es decir, del primer trimestre al segundo. Tampoco en noviembre se le notaba mucho, pero haber tenido que hacer esa concesión no le parecía un detalle menor. Habían pasado más de diez años y ya por aquel entonces Luther era el único esquilador de los alrededores. Los jóvenes no querían saber nada de un trabajo tan duro y preferían conducir un camión o estar sentados delante de una pantalla.

Buscó a Cub, pero todavía no había vuelto. Hester lo habría dejado en el establo, barriendo. Su suegra y las otras mujeres estaban reunidas en torno al fregadero de la cocina, pero Crystal no estaba con ellas. Probablemente estaría haciendo lo posible para tener otro hijo horrendo y colocárselo también a Dellarobia. Supuso que nadie le daría las gracias. Se sentó lentamente y dejó a Cordie sobre los cojines del sofá, pidiéndole a Preston que la vigilara y la protegiera de los juegos violentos. Para entonces, Jazon y Mical estaban usando el canto de un cedé para hacer saltar por los aires unas piezas de Lego. Estiró la espalda rígida mientras esperaba que alguna persona mayor de edad expresara de alguna forma su reconocimiento.

—De nada —anunció por fin—. Voy a ver si mi marido necesita ayuda.

Las cuatro mujeres se volvieron simultáneamente para mirarla con la boca abierta, como si su vida se hubiera convertido, de pronto, en una aburrida función de teatro escolar.

—Los niños tienen hambre —añadió—. Si vais a comer algo, pensad también en ellos, ya que estáis.

Fuera de la casa, en el prolongado crepúsculo invernal, las sombras eran más largas de lo que esperaba. Los perros que Bear tenía encerrados resoplaban y gruñían por lo bajo, tal vez porque habían olido algún mapache que les habría gustado perseguir y despedazar. El viento sacudía las puertas de la construcción metálica donde Bear tenía su taller, detrás de la casa, en medio de lo que parecía un cementerio de camiones. Dellarobia nunca había entrado en ese taller porque sabía que le habría infundido nostalgia del otro taller donde su padre fabricaba muebles, mucho tiempo atrás. Incluso ese pensamiento fugaz, mezclado con el ruido de las puertas golpeándose, la hizo verse a sí misma sentada sobre sus hombros, tocando los remates de los cabeceros de cama que su padre producía con la magia del torno.

Se sacó del bolsillo trasero de los vaqueros un paquete de cigarrillos muy aplastado y encendió uno, dispuesta a insultar a cualquiera que se atreviera a pedirle que esperara un minuto más. Estaba intentando con todas sus fuerzas no fumar delante de los niños. En más de seis horas se había escapado solamente un par de veces, una de ellas cuando había subido al piso de arriba para esconder la zapatilla de Jazon. A decir verdad, el reproche que le había hecho Hester el otro día le había dejado huella. Pero ahora Dellarobia sintió que se le despejaba la cabeza, mientras atravesaba el terreno fangoso, antes de entrar en la tormenta algodonosa del establo, donde refulgía la luz de los fluorescentes y era como si hubiera nevado en un espacio cerrado. Encontró la escoba exactamente donde la había dejado, junto al rastrillo para las hojas y al lado de las cajas de bolsas de basura. Si Cub estaba limpiando, lo debía de estar haciendo sin ninguna ayuda tecnológica. ¿Dónde se habría metido? Cuando abrió la boca para llamarlo, tuvo la extraña sensación de que iba a salirle la voz chillona del teleñeco y de que él iba a contestarle con voz de niño. Dellarobia no había nacido en esa familia y eso era motivo suficiente para explicar su bajo rango en la jerarquía familiar, pero sus suegros no tenían perdón por tratar a Cub como lo trataban. ¿Cómo podía un hombre llegar a ser alguien si lo máximo a lo que sus padres aspiraban para él era que barriera lana en un establo? Ella tampoco habría tenido mucho empuje si la hubiera criado una madre como Hester. Su suegra usaba la misma fusta para todos los caballos. Esa mañana incluso había lanzado varias indirectas al esquilador sobre la necesidad de hacer segundos cortes, pero él no le hizo caso, como tampoco había hecho caso a los aspavientos de Bear con la tintura de yodo. Puede que el ruido del cilindro metálico vibratorio que tenía al lado del cráneo sofocara las voces de toda la familia. A Dellarobia le habría venido bien algo así.

—¿Cub? —llamó y oyó una respuesta lejana, no sabía si de un animal o de su marido.

Miró en los corrales, uno tras otro, y en ninguno había ovejas. En la caseta de esquileo, la lana desechada le llegaba a la altura de las rodillas, por lo que dedujo que Crystal había debido abandonar su puesto de chica de la limpieza más o menos a los diez segundos de empezar. Tenía suerte. Podía desertar sin que nadie le organizara un consejo de guerra. Dellarobia llamó a Cub varias veces más y en cada ocasión oyó una respuesta, hasta que por fin se dio cuenta de que la voz venía de arriba. Subió al altillo por la estrecha escalera y allí se lo encontró, tumbado de espaldas sobre una fila de fardos de heno. En esa época del año, el heno debería haber ocupado todo el altillo, como en el apretado interior de una maleta, de pared a pared y desde el suelo hasta el techo, pero más de la mitad del cavernoso recinto estaba vacío. Habían perdido la siega del final del verano porque para segar hacían falta tres días consecutivos sin lluvia, para cortar, limpiar y empaquetar el heno. Todos los granjeros de los alrededores habían estado siguiendo con atención los informes meteorológicos como si hubiesen sido los pronósticos de una casa de apuestas, a la espera de una racha de tres días secos. Los que se arriesgaron a segar habían perdido porque el heno se les había empapado. Pero los que esperaron también habían perdido porque se habían quedado sin segar.

—Cub, cariño, ¿qué te pasa? ¿Estás muerto?

—Más o menos.

—Otras veces te he visto más agotado que ahora y, aun así, has resucitado al ver una cerveza fría.

Cub se incorporó.

—¿Traes cerveza?

—¿De la cocina de tu madre? ¿Tú qué crees?

Su marido volvió a desplomarse en el heno mientras se quitaba la gorra de John Deere y se la ponía encima de la cara. Ella se sentó enfrente, sobre la hilera más baja de fardos, apilados en forma de ancha escalera que llegaba hasta las vigas del techo. No quedaban muchas granjas con el equipamiento para producir fardos cuadrados, en lugar de rollos grandes, mucho más fáciles de mover con tractor o con carretilla mecánica. Pero los fardos cuadrados eran perfectos como mobiliario. Acercó uno para usarlo de reposapiés, apoyó encima las piernas y se recostó en la pinchosa pared de heno, esperando a que su marido diera nuevas señales de vida. Tumbado de espaldas, parecía una montaña: alto en el centro y en suave declive hacia los dos extremos. Cub se tapó un poco más la cara con la gorra.

—Lo que pasa es que estás cansado —sugirió ella.

—No, es más que eso.

—¿Estás enfermo?

—Estoy harto.

—¿De qué?

—De la granja.

—Te entiendo.

Era consciente de su cigarrillo encendido y de que solo un imbécil o alguien de la ciudad habría fumado en un henar, que podía incendiarse en un santiamén. Sin embargo, fumar habría sido un peligro en cualquier otro momento, pero no ese año, cuando hasta las tortugas mordedoras se habían arrastrado fuera de los charcos enfangados en busca de terrenos más altos y secos. Quizá un poco de humo de tabaco ayudara a secar el heno. Era evidente que a Cub no le importaba que fumara, porque siguió tumbado sin decir nada. Al cabo de un momento, habló debajo de la gorra.

—Papá está negociando un contrato con una maderera.

—¿Para talar árboles? ¿Dónde?

—En la ladera detrás de nuestra casa. Hasta arriba de todo, ha dicho.

—¿Por qué se la ha ocurrido eso ahora? Esos árboles siempre han estado ahí.

—Han subido los impuestos y dentro de poco vence una letra del préstamo para comprar maquinaria. Tú y yo estamos atrasados con los pagos de la casa. Estamos ingresando todavía menos dinero que el año pasado. Y es posible que tengamos que comprar heno en Missouri para el invierno, después de perder la mayor parte del nuestro.

Ella se miró el dorso de las manos.

—Tú y yo debemos solamente un mes.

Esperaba que Bear y Hester no se hubieran dado cuenta del retraso en el pago, pero cada centavo ganado o perdido en la granja quedaba registrado en el mismo libro. Sus suegros conocían cada detalle de sus vidas, igual que los vecinos y, en último término, todo el pueblo, gracias al equipo de reporteras de la peluquería.

—Estuve hablando con el hombre del banco por lo del pago —dijo ella—. Ed Cameron, ya lo conoces. Ha dicho que no importa, siempre que nos pongamos al día antes de fin de año.

—Pero la ejecución hipotecaria de la maquinaria de mi padre sí que importa.

Dellarobia sintió que algo se derrumbaba en su interior.

—¿Puede pasar?

—Es lo que ha dicho papá.

Habría querido tirarle algo a alguien, aunque no necesariamente a Cub. Le molestaba profundamente que sus suegros nunca les dijeran nada, ni siquiera cuando se trataba de algo importante. Bear ganaba tanto o más con su taller de metalurgia y reparación de máquinas que con cualquier cosa que pudiera pasar en ese establo. Durante años había firmado varios contratos para fabricar piezas de repuesto para diferentes empresas e incluso para el Departamento de Transportes. Les había suministrado soportes para los quitamiedos de la carretera, según tenía entendido. Dellarobia no se inmiscuía. Bear le daba más importancia a esos contratos que al trabajo corriente de la granja, tal vez porque había aprendido el oficio de soldador en el ejército. Había pedido un crédito enorme para ampliar el taller, pocos meses antes de que todos los departamentos de transporte se quedaran sin presupuesto, porque de pronto todo el mundo condenaba el gasto público. El préstamo para equipamiento estaba vinculado a una hipoteca sobre la finca.

—Entonces ¿qué pasará con nosotros si hay que abandonar la granja de la noche a la mañana?

Su marido siguió tumbado y silencioso sobre su cama de heno. El único dinero que ganaba Cub fuera de la granja era el que le pagaban por conducir un camión de transporte de grava, y eso lo hacía muy de vez en cuando, ya que últimamente tampoco esa empresa estaba muy activa. Desde que la economía se había venido abajo, la gente se conformaba con lo que tenía. Ya nadie cambiaba la grava de los senderos.

Su impasibilidad ante la crisis era previsible. En caso de incendio, lo primero era echarse una siesta. Dellarobia volvió a intentarlo con una pregunta más sencilla:

—¿Cómo te has enterado?

—Escuchando. Papá habla más con Peanut Norwood en un día que conmigo en todo un año.

—¡Dios mío, si le está contando sus problemas a los vecinos, es que estamos al borde del abismo! Ya sabes cómo es tu padre.

—Sí, ya lo sé.

—No hay mala noticia que Bear Turnbow pueda omitir.

—Sí, yo también lo he pensado. Pero supongo que es peor para los Norwood. Peanut también quiere talar su lado de la montaña. Dicen que es más fácil si lo talan todo de una vez.

—¿Quieren talarlo todo? Cub, cariño, ¿podrías al menos sentarte y hablar de esto como las personas? ¿Quieres decir que van a cortar todos los árboles y dejar la montaña pelada?

Cub se sentó y miró a su mujer con ojos acongojados. Tenía lana pegada en los pantalones y heno en el pelo. Toda una facha.

—Es como se saca más dinero. Por lo que ha dicho papá, es más fácil cuando no tienen que seleccionar los árboles.

Dellarobia se quedó mirando fijamente a Cub, intentando encontrar los motivos por los que se casó con él, aunque tuviera que retroceder en el tiempo como siempre hacía. Trató de recordar lo que había visto en él cuando aún se fijaba: la cara fina y el mentón alargado, que le daban apariencia de delgadez pese a la barriga creciente; las pestañas espesas y unas cejas que parecían trazadas con regla a través de la frente, detrás de los rubios mechones que le caían sobre los ojos. La causa de su matrimonio estuvo a la vista de todos durante su boda, pero ella había olvidado un poco los motivos anteriores. Recordaba una bonita camioneta, otros planes cancelados y tal vez uno o dos gramos de tristeza. Un chico llamado Damon, que la hacía morir cuando la besaba y que al final la había dejado, dándola por muerta. Pero allí estaba Cub, con su fe inconmovible en que ella sabía más que él de todo, menos de mecánica automotriz. Y a cambio, su salvaje gratitud sexual, un sentimiento tan próximo a la adoración religiosa como podría haber inspirado cualquier chica de su condición. Sus maneras infantiles lo volvían adorable. Pero ese tipo de encanto se agota y ese era el problema, un mensaje que debería grabarse en los anillos de boda de todas las mujeres.

—Entonces ¿el trato ya está cerrado? —preguntó ella por fin—. ¿Ha hablado tu padre con la gente de la maderera?

—Lo que no sirva para madera o leña lo pueden triturar para fabricar papel. Es lo que ha dicho.

—Ay, Cub. Esto va a quedar todo arrasado, como después de una guerra, igual que la finca de los Buchman. ¿Has visto esa montaña desde que talaron el bosque? Parece un vertedero. Nada más que barro y astillas.

Cub empezó a desprenderse hilachas de lana de las rodillas de los vaqueros, de una en una. El aire estaba tan seco que la lana se le pegaba al cuerpo por la electricidad estática. Era muy raro que la humedad disminuyera tanto de un día para otro. Dellarobia despejó una pequeña parte del suelo y, con mucho cuidado, aplastó la colilla de su cigarrillo con la puntera de la bota de trabajo.

—Paso por ahí con el coche cada vez que voy al Food King —dijo—. Parece como si la hubieran bombardeado. Y desde que empezaron las lluvias, toda la montaña se desmorona y baja hasta la carretera. Muchas veces hay cuadrillas de obreros quitando el barro. Debo de haberlo visto unas seis veces desde julio.

La voz de Cub se fue apagando, en tono de derrota.

—Bueno, al menos no tendrás que pasar por la ladera talada de papá cuando vayas al supermercado.

Ya estaba perdiendo el interés, listo para pasar a otro tema. Por la noche, cuando se sentaba a ver televisión, era lo mismo: cambiaba constantemente de canal, con la mirada perdida. La exuberante mujer del vestido de seda que anunciaba un collar de esmeraldas falsas se convertía rápidamente en la captura del pez más grande de la historia en el Amazonas. O las noticias de la Fox se metamorfoseaban en un programa de última hora de la noche, donde un humorista contaba chistes de cristianos y sureños. Cub decía que el zapeo lo relajaba, pero a Dellarobia le hacía rechinar los dientes.

—Tengo que volver a la casa —dijo ella.

Hester les debía de estar dando la cena a Preston y a Cordie, probablemente una selección de productos con riesgo de asfixia: uvas, guisantes y rodajitas de salchicha. No tenía sentido discutir con Cub, ya que ninguno de los dos tenía voz ni voto en los planes familiares. Su marido y ella eran como niños en el asiento trasero de un coche discutiendo sobre los méritos de un destino desconocido.

Se puso de pie, pero en lugar de dirigirse a la escalera, se dejó llevar por el impulso de acercarse al otro extremo del altillo, donde la gigantesca ventana estaba abierta para ventilar el heno. Cualquiera podría haber tomado carrera a lo largo del henar y salir volando de un salto. Por primera vez en su vida, comprendió cómo llegaba una persona a emprender ese vuelo: tenía que necesitar tan desesperadamente una alternativa a su situación que la única salida era una ventana en lo alto de un establo. Estuvo a punto de hacerlo. Le faltó muy poco. Pero la insensatez de su idea le dio miedo y la hizo retroceder y apartarse de la ventana, tratando de serenarse, con los ojos cerrados.

Cuando volvió a abrirlos, bajó la vista hacia las ovejas que deambulaban a la luz tenue del atardecer, asombrosamente flacas sin su lana. En la iglesia de Hester, el pastor Bobby solía decir que Jesús contemplaba a su rebaño desde las alturas, y a Dellarobia le pareció una imagen muy adecuada. Un creador omnisciente probablemente vería a los humanos como el mismo tipo de bestezuelas ignorantes y torpes que aquellas ovejas, que en ese momento se estaban dando topetazos como locas. Hester decía que los topetazos eran su manera de decidir quién mandaba en el rebaño, por lo que hasta cierto punto era una conducta normal. Sin embargo, Dellarobia había notado que el esquileo siempre les dejaba una profunda incertidumbre sobre quién era quién. Lo había preguntado, pero nadie en la familia le había sabido dar una explicación. Se las quedó mirando, extrañamente fascinada. Ovejas malhumoradas bajaban la cabeza para apartar corderos que no eran suyos, mientras los pobres intentaban mamar de la ubre equivocada, al tiempo que los ejemplares mayores se enfrentaban contra jóvenes esmirriadas, como sacando a la luz disputas que hacía tiempo estaban zanjadas. De pronto, eran extrañas, aunque siempre habían estado juntas. En la quietud del anochecer, se oían los repetidos golpes del entrechocar de cráneos y cuernos. Debían de tener una buena razón; por lo visto, los animales siempre actuaban con algún propósito. A diferencia de las personas.

Entonces lo comprendió: el olfato. Debían de reconocerse de ese modo. Y todos sus olores particulares habían sido eliminados con la lana. Habían quedado ciegas a las identidades ajenas y así seguirían, hasta que volvieran a fabricar un buen aroma personal. Dellarobia sintió un chispazo de orgullo por haber resuelto el misterio ella sola. Quizá algún día se lo revelara a Hester.

Volvió sobre sus pasos y se sentó frente a Cub.

—¿Cuándo crees que tus padres pensaban contarnos lo de la ejecución hipotecaria?

—No lo sé.

—Un día de estos sonará el teléfono y nos dirán: «¡Eh, chicos! Haced las maletas y empezad una vida nueva porque hemos perdido vuestra mitad del negocio familiar». O nos dirán que tenemos que mudarnos a su casa, o ellos a la nuestra. Te aseguro, Cub, que no pienso vivir otra vez bajo el mismo techo que tu madre. Y si no hay otra alternativa, prefiero que vayas llamando ya mismo a la policía, porque te prometo que habrá un homicidio.

—Ya lo sé, cariño.

—Si no puede pagar el préstamo, ¿por qué no devuelve la maquinaria?

—Por la depreciación, supongo. Devolverla no es suficiente. Quieren la granja.

Dellarobia se sorprendió. Las máquinas estaban casi nuevas. Se preguntó si alguien entendería realmente cómo hacían los bancos, con una sola palabra, para quitarle a uno el suelo que pisa y convertir las cosas reales en nada más que aire.

—Entonces ¿crees que va a aceptar que talen los árboles?

—Ha dicho que el trato está prácticamente cerrado. Va a firmar.

—¿Son de aquí? —preguntó ella.

—¿Quiénes?

—La compañía maderera. Los jefes.

—¿Estás de broma? ¿Conoces a alguien de este condado que tenga algo más que la parcela donde se agacha para cagar?

—Gracias por regalarme esa imagen.

Recordó el artículo de una revista que aconsejaba entre otras cosas cerrar la puerta del baño para que el matrimonio no perdiera su misterio. No sabía con certeza si realmente lo había leído o si solo deseaba que alguien lo hubiera escrito.

—No, no son de aquí —dijo Cub—. El tipo que vino era de Knoxville. Y ni siquiera lo enviaban de la sede central, sino de una filial de Warehouser o algo así. La sede está en el oeste.

—Ya entiendo. Vienen hasta aquí y se llevan la madera de los pobres para fabricar quién sabe qué. Papel higiénico para la gente de la ciudad, supongo.

—Bueno, cariño, es dinero y nos hace falta.

—Ya lo sé. ¡Venga, cantemos el himno oficial de los catetos: Confórmate con lo que te dan!

—Si así es como lo ves, lo siento, pero no creo que tengamos otra opción.

Era cierto que parecía sentirlo. Le dieron ganas de romper algo de un puñetazo con todo ese sentimiento. Habría preferido que se enfadara. Pero en lugar de enfadarse, siguió sentado donde estaba, desprendiéndose hilachas de lana de los pantalones con la lentitud y la pasividad que a ella le hacían hervir la sangre. Salvo en ocasionales excepciones en la cama, Cub hacía todas las cosas de su vida en primera marcha. Tardaba cuarenta minutos en vaciar los putos bolsillos de los vaqueros. En el instituto, Dovey lo llamaba Flash. Se puso furiosa cuando Dellarobia salió con él por primera vez. Se habían jurado que encontrarían a alguien que las sacara de allí y para eso tenían que salir con tipos mayores, con cuenta bancaria y buenos modales, que fueran de cualquier parte menos del pueblo.

Pero esos pensamientos eran inadmisibles. Dellarobia hizo un esfuerzo para tratar de ser otra: una esposa llegada de Marte con una personalidad más agradable. Había bajado de la montaña completamente convencida de que tenía que haber algo nuevo en los lugares de siempre. Ralentizó la respiración y se quedó mirando las pequeñas hilachas pegadas a los pantalones de su marido mientras él se las quitaba de una en una. El aire de la noche era fresco y seco por primera vez en varios meses, lleno de estática y promesas. «Tiempo de chispas», lo llamaba ella. Noches en las que, de pronto, el aire se volvía tan seco que el pijama echaba chispas al rozar con las sábanas. ¿Por qué el tiempo fresco resecaría el aire? Ella se hacía miles de veces ese tipo de preguntas y solía recibir casi siempre las mismas respuestas estúpidas: que las orugas predecían el tiempo o que los caminos del Señor eran misteriosos. Muy bien, buenas noches. Había que tener paciencia con la gente menos dotada intelectualmente, y ella lo sabía, pero ¿cómo era posible que todos estuvieran por debajo de la media? Sospechaba que a la mayoría les daba igual.

Había visto árboles en llamas en la montaña y, por alguna razón, ese conocimiento era solamente suyo. ¿En qué habría estado pensando? Toda la situación la llenó de pánico y la obligó a parapetarse tras su empecinamiento.

—No pueden talar ese bosque —dijo.

—¿Por qué no?

—No sé por qué no.

Un lago de fuego. ¿Qué diría Cub de eso? El camino al fin del mundo, una vívida sugerencia moral que llevaba toda la vida oyendo y en la que probablemente creería. El Apocalipsis. A ella la cabeza le funcionaba de otra forma. El incendio y la inundación eran conceptos opuestos y, por lo tanto, se cancelaban mutuamente.

—El mundo puede sorprenderte —dijo por fin—. Podría haber algo increíble allá arriba.

Cub levantó la línea de las cejas.

—Son solo árboles, Dellarobia.

Ella conocía sus recelos hacia la gente que defendía los árboles. Era muy fácil querer salvarlos cuando no eran tus árboles y no estaba en juego tu hipoteca.

—Pero ¿qué clase de árboles? —insistió—. ¿Grandes, pequeños, rojos, azules? ¿Cómo son? Si Bear va a firmar un contrato para que talen sus árboles, yo creo que debería subir hasta ahí arriba y echar un vistazo a lo que está vendiendo. Los dos deberíais ir.

Cub dejó de desprenderse hilachas de lana de los vaqueros y la miró, como si tuviera delante a una mujer completamente diferente. Como las ovejas esquiladas, desconcertadas ante las cosas familiares. Se quitó la gorra, se pasó una mano por el pelo desordenado y volvió a ponérsela sin dejar de observar a su mujer. Por primera vez en un largo período de invisibilidad, ella sintió que realmente la veía.

—¿Para qué? —preguntó él al cabo de un momento.

—¿Cómo que para qué? ¿Te parece raro recorrer tus tierras?

—No son mis tierras todavía.

Dellarobia había subido al altillo con el rastrillo de las hojas y de pronto se imaginó que se acercaba a la ventana del henar y lo dejaba caer, solamente para oír el gratificante estrépito metálico. Cub todavía conducía la misma camioneta de cuando salían juntos, que ya iba por el tercer cambio de motor y tenía tantos kilómetros encima que cualquiera habría dicho que Cub había viajado a algún sitio, aunque en realidad ni siquiera había llegado a la frontera del Estado y tampoco le importaba. ¿Qué se necesitaba para mover a un hombre que cuando se quedaba sin combustible (y tampoco tenía mucho) parecía una montaña?

—Si no son tus tierras, entonces ¿qué somos nosotros? ¿Jornaleros? — preguntó ella—. Trabajamos en esta granja. Prácticamente no tenemos otra forma de ganarnos la vida, así que ya va siendo hora de que la consideres tuya aunque tu padre no se haya muerto todavía. ¿Por qué te niegas a actuar como si algo en el mundo te perteneciera?

—Una vez recorrí todo el vallado. Cuando se escapó el carnero.

—¡Pero por Dios! ¡Si eso fue el invierno que yo estuve embarazada de Preston!

—No hace falta que tomes el nombre de Dios en vano.

—En los últimos cinco años, casi no te he visto sacar las botas de este establo. No me lo puedes negar, Cub. ¿Cómo sabes lo que hay allá arriba, en lo alto del barranco? Podría haber cualquier cosa. Vais a vender algo y ni siquiera sabéis lo que es.

—Seguro que una mina de oro no hay. Solo árboles. Árboles y nada más.

—Árboles, sí, de acuerdo. Pero podrías ir a verlos. La compañía maderera te podría estafar sin que te dieras cuenta. Te dirán que la madera no vale nada, pero eso no es cierto.

—¿Cómo sabes que no es cierto?

—Porque tú y yo hemos estado ahí arriba. Bebimos más de una botella de vino en ese cobertizo para cazar pavos.

Al decirlo, se sonrojó. Su piel pálida siempre estaba dispuesta a delatarla, pero Cub no sospechó nada. Quizá pensó que se sonrojaba por los pecados que había cometido con él y sonrió.

—Deberíamos subir a ese cobertizo un día de estos, ¿eh, nena?

—De acuerdo, eso haremos. Echaremos un último vistazo antes de que os llevéis todos los árboles por delante y convirtáis las tierras de tu familia en una especie de Iraq.

—En la finca de los Turnbow no hay ningún árabe, Dellarobia.

—No es eso lo que quería decir. De todos modos, si por ti fuera, podría haber terroristas acampados en la cresta de la montaña y tú no te enterarías. ¿Quién los descubriría? Nadie de por aquí se baja nunca de la camioneta. Probablemente, esa cresta es el lugar más seguro del mundo para esconderse.

Cub levantó la vista al cielo y ella se sintió abrumada por un exceso de energía inútil, como un perro persiguiéndose la cola. Se daba cuenta de que esa conversación iba a seguir el camino de todas sus discusiones anteriores: desde el terreno firme de las quejas fundadas hacia las arenas movedizas de las trivialidades sin sentido, sin perder ni un ápice de la dignidad ultrajada.

—Tu padre y tú deberíais echar un vistazo a vuestra propiedad de vez en cuando. Es lo único que digo.

—¿Y por qué se te ha ocurrido, de repente, atormentarme con esto?

—No lo sé. Por muchas razones. Podría haber un tesoro en el jardín de tu casa y tú sin saberlo.

Cub meneó la cabeza.

—Lo que estás diciendo ahora es lo que dices siempre: «Trabaja más, Cub. Hazlo todo más deprisa, Cub».

—No, no es eso.

—Bueno, ¿y qué quieres que haga? Al quad se le partió un eje el mes pasado.

—Sí…, a él solito se le partió, por lo que veo. Sin la ayuda de tus amigos borrachos.

—Ninguno de ellos estaba completamente borracho.

«Allá vamos —pensó ella—, hacia las arenas movedizas de la estupidez».

Se puso de pie.

—Me voy a la casa de tu madre. Solo he querido decir que Dios te ha dado pies, si no recuerdo mal, para que los pongas uno delante del otro. Ve ahí arriba y echa un vistazo a lo que estás vendiendo antes de que desaparezca. No hay otra forma de hacer negocios.

—¡Hacer negocios! ¿Desde cuándo eres licenciada en ciencias empresariales?

El desprecio que oyó en su voz la sorprendió. Ni siquiera estaba siendo él mismo, sino un remedo de su padre en un intento desesperado por parecer muy hombre. Dellarobia se dirigió a la escalera sin mirar atrás.

—Tú di lo que quieras. Así se hacen los buenos negocios. Aunque nada de esto sea mío.

Una maraña de razones los hizo subir a la montaña, y la insistencia de Dellarobia fue una de ellas. Las otras podían resumirse en la desconfianza de Bear y Peanut Norwood hacia la empresa maderera y posiblemente la que sentían el uno respecto al otro. Cuatro hombres con cascos de seguridad habían marcado los límites de la zona propuesta para la tala y habían declarado que correspondía a los Turnbow y los Norwood asegurarse de que se respetaran los límites de sus respectivas propiedades. Los hombres de los cascos, subcontratados por los verdaderos responsables, que estaban en California, habían llegado desde Knoxville en una furgoneta con un letrero que decía «Money Tree Industries» junto al dibujo de un árbol cargado de dólares. Eso solo era suficiente para desconfiar de ellos.

Cub se decidió a reparar el quad para no tener que hacer el trayecto a pie. Le hicieron falta cuatro amigos y casi todas las tardes de una semana para cambiar el eje estropeado. Dovey le comentó a Dellarobia que el esfuerzo que era capaz de hacer un hombre con tal de ahorrarse un poco de trabajo físico no tenía límites. Un viernes por la mañana, los integrantes de la expedición se embarcaron en el quad: Cub iba al volante, Bear a su lado y Peanut Norwood en la plataforma de carga abrazándose las rodillas, aunque podría haberse acomodado mejor si hubiese tenido forma de fardo de lana. Desde la ventana de la cocina, Dellarobia vio cómo el robusto vehículo subía por el empinado prado, como un sapo ancho y achatado con tres hombres agarrados al lomo. Su vida se había convertido en una especie de fábula en la que los miembros de su familia se marchaban uno a uno por el camino grande para ir al encuentro de su destino. No podría haber dicho qué era exactamente lo que esperaba que los hombres descubrieran allá arriba, pero su estado de agitación era agudo. Diez minutos después de que se marcharon, se sorprendió doblando la ropa sucia mientras la limpia seguía en la secadora.

Menos de una hora después, los hombres regresaron, mudos de asombro, para recoger a sus mujeres y llevárselas como testigos.

En el quad no cabían todos, por lo que iban a tener que andar. Para su sorpresa, Dellarobia dijo que quería ir con ellos pese a que Cordelia estaba comiendo sus cereales en la sillita alta y Preston salía del jardín de infancia a las doce y había que ir a buscarlo. Pero ella quiso ir de todos modos. Esa mañana Dovey no trabajaba y podía quedarse con los niños. Cub pidió a sus padres que esperaran diez minutos, hasta que llegara Dovey. Su firmeza en nombre de Dellarobia fue sorprendente.

Mientras subían la montaña, ella sintió que se le aceleraba el corazón, por varios motivos, pero sobre todo por la extraña sensación de repetir un recorrido que apenas unos días antes había emprendido con intención deshonesta, pero acompañada esta vez de su marido y su familia política. Era como un reality televisivo pensado para poner de manifiesto y explorar sus sucesivos fracasos, los fracasos de una esposa que no dejaba de enamorarse de extraños y que se bajaba una y otra vez del vagón del matrimonio, aunque solo fuera mentalmente. Atravesaron el lodazal del final del prado, cuyo perímetro habían pisoteado las ovejas, atormentadas por el convencimiento de que la hierba era más verde al otro lado. Ella también había pensado lo mismo la última vez que había salido por esa verja, como un perro que recorre sin cesar los límites de su encierro con un solo mensaje: «Sacadme de aquí». Cub sostuvo el portón para dejarla pasar y ella fue incapaz de mirarlo a los ojos.

Con la cara enrojecida, el corpulento Bear, líder del pelotón, abría la marcha. Había servido en el ejército siglos atrás y conservaba algunos vestigios de su época de militar: el corte de pelo, la costumbre de levantar pesas y la tensión sanguínea. Se había esforzado por mantener un aspecto musculoso, pese a su corpulencia, su edad y la superioridad natural que le confería su metro noventa de estatura. Hester le compraba los pantalones en una tienda de tallas especiales, en las raras ocasiones en que iba de compras a Knoxville. Cub era casi igual de alto, pero se las arreglaba para ponerse unos Wranglers de la talla 38-36, que a Dellarobia le sonaba a las medidas de una pantalla de televisión. Suponía que la estancia en Vietnam explicaba las diferencias entre los dos Burley Turnbow, padre e hijo, tan similares en dimensiones y tan diferentes en porte y actitud como esos envases que advierten de que el contenido puede haberse asentado. Oía los bufidos y los jadeos de Cub, que iba a la zaga de la expedición casi sin abrir la boca. Los dos hombres mayores no le daban ninguna oportunidad de intervenir. Bear y Peanut Norwood hablaban mucho, pero no conseguían explicar nada y casi todo el tiempo se contradecían o reconocían que era imposible describir lo que habían visto. Cub fue el primero en decir que parecían insectos.

Hester se puso furiosa con él.

—Si me haces subir esta montaña para ver un bicho, hijo mío, acabarás con el culo caliente, ya lo sabes.

Cub insistió, a pesar de la amenaza.

—Pero no son bichos normales, mamá. Es muy bonito, ¿verdad que sí, papá?

Al menos en eso, Bear y Norwood estaban de acuerdo. Los dos afirmaron que era cierto: era muy bonito. O al menos lo habría sido, si no fuera porque lo cubría todo por completo.

—No os lo vais a creer —les advirtió Cub—. Es como si algo se estuviera apoderando del mundo.

Se adentraron en fila india por el camino grande y los hombres, finalmente, se callaron para concentrar toda su energía en el ascenso. Un pavo salvaje lanzó su reclamo desde lo alto de la pendiente y una hembra le contestó, como era habitual. Normalmente, uno de los hombres habría manifestado en voz alta su deseo de haber cogido la escopeta, pero en esa ocasión nadie dijo nada. Dellarobia no recordaba un noviembre más triste. Los árboles habían perdido las hojas pronto por culpa de la lluvia incesante. Tras adquirir brevemente un toque de color, las habían dejado caer por manojos, tal como pierde el pelo un paciente de quimioterapia. Aún subsistían algunos grupos de hojas pardas en las zarzamoras, pero las flores azules se habían deshecho en una lanilla blanca. El mundo parecía reseco. Curiosamente, los perales sin hojas del jardín de Hester habían intentado florecer de nuevo con pequeños brotes que surgían como pústulas a través de la corteza. Nunca había llegado del todo el calor del verano, ni tampoco el frío cuando fue su turno, y todos los seres vivos parecían anhelar el sol con la angustia de quien ha crecido sin amor. El mundo de las estaciones normales se había terminado.

Al menos no llovía. Dellarobia se alegraba de sentir calor en los hombros a través de la chaqueta. La luz tenía una fuerza que había olvidado, incluso cuando empezaron a adentrarse en el bosque. El cielo no era azul, pero lucía con el blanco frío de las nubes altas en una fina capa reflectante. Podría haberse puesto las gafas de sol graduadas si hubiera recordado en cuál de los cajones llenos de cosas inútiles las había dejado. Pero esta vez se había puesto las gafas normales. Fuera lo que fuera lo que había allá arriba, se había propuesto verlo con claridad. Se fijó en varias cintas anaranjadas de las que usaban los madereros para marcar los árboles, pero los hombres ya no estaban prestando atención a los límites de la finca. Bear los hacía avanzar a buen ritmo. Dellarobia era la antepenúltima de la fila, detrás de su suegra y delante de Cub. Se moría por descansar un momento o fumar un cigarrillo o, mejor aún, por hacer las dos cosas, pero habría preferido morir antes que ser ella quien lo propusiera. Había ido prácticamente sin que la invitaran. Pero Peanut Norwood ya se estaba llevando la mano al pecho de forma prometedora y quizá sugiriera hacer un alto. No podía confiar en que lo pidiera la afilada Hester, con sus botas de cowboy de piel amarilla. ¡Adelante, soldados del Señor! Dellarobia desvió la vista del trasero huesudo de Hester, enfundado en unos vaqueros Levi’s que se le abolsaban. Esperaba que Cub encontrara más agradable su propia retaguardia. Cada vez que se quejaba de ser tan menuda, Cub le respondía que ella era como un coche deportivo: ninguna carga inútil, pero todo lo necesario para ir a toda velocidad. Quizá fuera precisamente esa vista lo que lo animaba a seguir caminando. Antes de casarse, ella había conocido el poder de sentirse físicamente admirada y de alterar la energía de una habitación con solo entrar. Se preguntaba si no residiría ahí su problema: echaba de menos aquello. Echaba de menos que fueran tras ella. Le parecía un sentimiento superficial y despreciable, y esperaba que no fuera la medida de su valor. Recorrió el bosque con la mirada y no notó ningún cambio con respecto a las dos últimas semanas, excepto que los árboles parecían más muertos. Y ella también, claro. Nada había cambiado, excepto cada minuto de su vigilia y un extraño fuego en sus sueños.

Tras doblar un recodo del sendero, toda la cadena de colinas, con la ondulada dorsal cubierta de abetos, se abrió ante ellos. Aquí y allá asomaban precipicios de piedra caliza, como dientes grises sonriendo entre dientes verdes. En los puntos iluminados por el sol, la cumbre de los montes desprendía un fulgor tenue. El color podría haber sido un efecto de la luz, pero no lo era. Dellarobia se volvió, arriesgándose a mirar a Cub a la cara.

—¿Es eso? —preguntó con calma—. ¿Ese brillo en los árboles?

Él asintió.

—Lo sabías, ¿no?

—¿Cómo iba a saberlo?

No le respondió. Mientras seguían avanzando, su mente culpable se puso a recorrer cientos de callejuelas, preguntándose qué habría querido decir su marido. ¿Sabía que había estado allí? Ninguna posibilidad tenía sentido; no era posible que le hubiera leído el pensamiento, ni que ella hablara en sueños. Eso solo pasaba en las películas. Solo se lo había contado a Dovey, que no la habría traicionado ni aunque la torturaran. Entraron en la fría penumbra del bosque de abetos, cuya densidad era completamente diferente del ambiente de cielo abierto y troncos ampliamente espaciados del bosque de árboles de hoja caduca.

—¿Por qué habrán plantado aquí estos abetos? —preguntó Dellarobia.

Necesitaba oír la voz de alguien.

—El padre de Bear no fue el único que los plantó —respondió Hester—. Hubo otros que también lo hicieron. Tu padre también, ¿verdad, Peanut?

Dellarobia siempre había sospechado que se trataba de un asunto delicado, pero ahora comprendía por qué la familia bromeaba de vez en cuando con «el timo de los arbolitos de Navidad». No tendría que haber preguntado.

—Los tipos del programa de extensión agrícola se lo aconsejaron —dijo Norwood—. Los castaños se estaban muriendo por culpa de los hongos y había que plantar otra cosa en su lugar. Entonces pensaron en el mercado de los árboles de Navidad.

—¡El mercado de los árboles de Navidad! —escupió Bear—. ¡En los años cuarenta! ¡Cuando cualquiera podía talar un cedro joven de su propia parcela! No sacaron ni un centavo, claro. Ni siquiera merecía la pena talarlos y mucho menos transportarlos.

Los viejos abetos medían más de quince metros, eran como fantasmas de Navidades pasadas. Con esas palabras, una imagen le vino a Dellarobia a la mente: un esqueleto encapuchado que señalaba unas lápidas y que había aterrorizado su infancia. Aparecía en un libro de la biblioteca, uno de Charles Dickens. Pero ese era el fantasma de las Navidades futuras y lo que ella tenía delante eran simplemente árboles geriátricos. Fantasmas de la inoportunidad, en todo caso. No iba a mencionarlo, pero sabía que algunos granjeros habían vuelto a plantar abetos de Navidad y estaban contratando jornaleros mexicanos para trabajar en invierno, presumiblemente los mismos hombres que se presentaban en verano para trabajar en los campos de tabaco. Antes volvían a su tierra en invierno, pero últimamente se quedaban todo el año, como los gansos de Great Leak, que habían dejado de emigrar al sur. Había visto a esos jornaleros en lugares como Cash Rite, un comercio de Feathertown especializado en créditos, al que ella tenía que acudir de vez en cuando para conseguir un avance sustancialmente recortado de la paga de Cub, cuando llegaban muchas facturas seguidas. Las granjas de árboles de Navidad eran la prueba de que todas las cosas pasadas acababan por regresar, pero con peor margen de ganancias.

La conversación cesó mientras el grupo ascendía por un tramo especialmente empinado del sendero lleno de rodadas, hasta llegar a una sección plana, que ella reconoció como el sitio donde se había parado para fumar. Recorrió el lugar con la mirada, convencida de que Cub reconocería el filtro de la marca que ella fumaba si lo descubría en el suelo. Se sentía tensa por el nerviosismo y el cansancio. Pronto rodearían la ladera y podrían ver todo el valle, y entonces ¿qué? Varios árboles a los lados del sendero presentaban las masas erizadas que ella había visto la vez anterior, los hongos, si es que lo eran, pero los hombres no parecieron fijarse. Siguieron avanzando a paso más rápido, con la vista al frente.

Hester parecía cada vez más enfadada por haberse dejado arrancar de su rutina. Canturreaba incesantemente entre dientes, de manera tenue y monótona. Quizá fuera un himno religioso. O tal vez la sintonía de un programa televisivo. Con Hester no se sabía nunca. Dellarobia ni siquiera habría considerado la posibilidad de ponerse a cantar por lo bajo o hacer cualquier otra cosa que requiriera más oxígeno. Ninguno de ellos estaba en forma, excepto Hester, que mantenía milagrosamente la línea y el buen estado físico con su régimen de gaseosa Mountain Dew y cigarrillos Camel Light. Dellarobia contaba los pasos para que pasara el tiempo, sin apartar la vista de sus pies. Observó una especie de dardos tirados en el camino, primero uno y después varios, dispersos por el suelo como si fueran basura. Eran del mismo color naranja que la cinta de marcar de los madereros, pero estaban hechos de una materia quebradiza que se deshacía bajo las botas; pequeñas puntas en forma de V, semejantes a flechas orientadas en todas las direcciones posibles, como si alguien las hubiera desperdigado adrede con el único propósito de causar confusión, para que la gente se perdiera en el bosque.

Doblaron el recodo que llevaba al mirador y pudieron contemplar todo el panorama. Los dardos dorados ocupaban el aire y formaban remolinos como de hojas secas en medio de una tormenta. Alas. Los dardos bajo sus botas también eran alas. Mariposas. ¿Cómo era posible que no las hubiera visto? Dellarobia se sintió estúpida, o ciega de una manera que no podrían haber corregido las gafas. Cerrada a la verdad. Había estado dispuesta a asumir el torrente de emociones que le había erizado el vello de la nuca y a aceptar la maravilla, pero había cerrado los ojos y había mirado sin ver. La densidad de mariposas en el aire le produjo esta vez la sensación de estar bajo el agua, sumergida en un estanque profundo, entre peces brillantes. Llenaban todo el cielo. A través del valle, incluso el aire resplandecía con un fulgor dorado. Cada árbol de la ladera opuesta estaba cubierto de llamas temblorosas y, naturalmente, eran mariposas. Hacía días que llevaba esa visión en su interior, sin saberlo, como un embarazo ignorado. El fuego estaba vivo y era incomprensiblemente inmenso, una congregación ilimitada e incontable de insectos del color del fuego.

En esta ocasión se manifestaron en movimiento, como criaturas en vuelo. Ahí estaba la diferencia. Las copas de los árboles y las hondonadas habían adquirido un extraño relieve, expuestas por el juego del aire, un aire lleno de la temblorosa luz de las mariposas. El espacio entre los árboles resplandecía, más vivo y real que los propios árboles. El escamoso bosque soportaba aún en sus ramas la bulbosa carga que ella había visto antes, o una carga incluso mayor, si es que tal cosa era posible. Las ramas se doblaban casi hasta partirse bajo el peso de las mariposas. La realidad de lo que estaba viendo le quitó el aliento. Algo que no pesaba nada multiplicado por un millón seguía sin pesar nada. Su mente se enfrentó a unas matemáticas que siempre había creído coto exclusivo de los profesores o la pura invención.

—¡Dios bendito! —exclamó Hester, atónita.

—Ahí lo tienes —dijo Bear—. Sea lo que sea, no creo que sea bueno para la empresa maderera.

—Supongo que la maquinaria se atascaría —convino Norwood—. O tal vez estemos ante una de esas prohibiciones del Gobierno. Alguna especie amenazada.

—No, nada de eso —replicó Bear—. Tantos bichos no pueden estar amenazados.

La cantidad era indiscutible. Incluso en el sendero, alrededor de sus pies, había mariposas detenidas o arrastrándose, como hojas secas motorizadas marchando por el suelo del bosque. Dellarobia se agachó y agitó una mano encima de una de ellas, esperando que se asustara y huyera, pero se quedó donde estaba, con las alas cerradas. Después, las abrió por completo, en una repentina revelación anaranjada. Cuatro alas, con la simetría de un lazo de zapatos. Preston había pasado toda la mañana tratando de atarse los cordones y mordiéndose el labio inferior por la concentración, pero allí estaba la perfección sin esfuerzo. A él le habría encantado verla. Dellarobia dejó que la mariposa se le subiera a la mano y se la acercó a los ojos. Las alas anaranjadas estaban atravesadas por líneas negras bien definidas, como de delineador líquido para ojos aplicado por una mano experta. En casi treinta años de andar por la hierba del mundo, no recordaba haber pasado dos minutos a solas con una mariposa.

La mariposa salió volando y ella descubrió de pronto que Hester y Bear la miraban. Los dos parecían expectantes, o incluso acusadores, como si le correspondiera a ella poner remedio a ese paisaje absurdo y convertirlo en algo corriente y real. No consiguió imaginar lo que podían querer. Cub también la estaba mirando a través de la luz movediza y, para su sorpresa, la atrajo hacia sí y le pasó un brazo por los hombros.

—Mamá, papá, escuchadme. Esto es un milagro. Ella ya lo había presentido en una visión.

Bear hizo una mueca.

—¿Y qué más, hijo?

—De verdad, papá, es cierto. Ella lo predijo. Después del esquileo, estábamos hablando los dos en el altillo del establo y ella dijo que teníamos que venir aquí arriba. Por eso te insistí tanto para que viniéramos. Dijo que había algo grande aquí arriba, prácticamente en el jardín de nuestra casa.

Dellarobia sintió el miedo que le infundían sus secretos. Solo recordaba su impaciencia y que aquella noche le había hablado airadamente a Cub, le había dicho que allí arriba podía haber cualquier cosa. Terroristas o árboles azules.

Hester la miró a la cara forzando la vista, como si intentara leer con poca luz.

—¿Qué está diciendo Cub? ¿Por qué dice que tú lo pronosticaste?

Un movimiento de las nubes alteró la luz, y a través de todo el valle, el envoltorio de mariposas que cubría el mundo se transfiguró y abrió las alas al sol. Una luminosidad creciente barrió el paisaje, en una oleada que inundó la ladera. Dellarobia abrió la boca y dejó escapar una suave exhalación, un aliento precursor que podría haberse convertido en palabras, en risas, o en sollozos. Pero fue incapaz de darle forma.

—¿Quieres una visión? Aquí la tienes: veo una esposa entrometida —dijo Hester.

Bear meneó la cabeza disgustado, en un gesto que lo definía, como las placas de identificación que aún llevaba colgadas del cuello, aunque todos habían olvidado su guerra. Un hombre corpulento y poderoso, entre gente insignificante. Así se veía él.

—Bueno, pues tendrá que dejar de darse tanta importancia —dijo—. Vamos a fumigar a esos bichos y a seguir adelante. Tengo un poco de DDD guardado en el sótano.

—¿Qué dices que tienes en el sótano? —preguntó Norwood.

—DDT —la corrigió Cub—. Papá, el DDT está prohibido por ley desde que tengo memoria. No te ofendas, pero lo que tienes guardado debe de ser otra cosa.

—¿Por qué crees que lo he guardado? Sabía que sería difícil de conseguir.

—A estas alturas ya estará malo. Habrá caducado —argumentó Hester—. Han pasado muchos años.

—Pero, mujer, ¿cómo quieres que caduque un veneno? ¿Qué puede pasarle? ¿Que se vuelva tóxico?

Bear se rio de su propia broma, pero fue el único. Normalmente, Cub se acobardaba como un cachorro cuando oía ese tono de voz de su padre, pero esta vez manifestó una extraña firmeza.

—No hay suficiente insecticida en el mundo para matar a tal cantidad de bichos, papá. No creo que sea la mejor solución.

—Entonces, supongo que tendrás dinero para pagar el préstamo de la maquinaria.

Los ojos de Bear eran del color de la hojalata sin pintar y exactamente igual de fríos. Dellarobia guardó silencio. Sabía que Bear había recibido un pago inicial por la madera y que había utilizado parte de ese dinero para pagar el préstamo y los impuestos, y tanto el banco como la Administración eran como una tumba: nunca devolvían nada de lo que recibían, por mucho que uno cambiara de idea.

—Escucha, papá. Todo tiene un motivo, todo tiene una razón.

—Es cierto, Bear —dijo Hester—. Esto podría ser un mensaje de Dios.

Cub pareció sobresaltarse y se volvió para mirar a Dellarobia.

—¡Es lo que dijo ella! Que teníamos que venir aquí arriba y echar un vistazo porque podía ser un mensaje de Dios.

Dellarobia rebuscó en su mente lo que podía haber dicho para que él lo interpretara de ese modo, pero no encontró nada. Una vez, en la cama, él le había preguntado por qué estaba sonriendo con los ojos cerrados, y ella había contestado algo acerca de colores que se movían como si fueran de fuego. Y nada más. Cub levantó la mirada al cielo.

—Es como la décima maravilla del mundo —dijo—. Probablemente, la gente pagaría por verlo.

—Es probable —convino Norwood.

—Deberíamos esperar a que se marchen volando por sí solas —declaró Cub, como si ya hubiera tomado antes ese tipo de decisiones—. Seguro que la empresa maderera nos concede un plazo de espera.

Bear soltó un soplido dubitativo.

—¿Y si no se van?

—No lo sé. —Cub seguía agarrado a los hombros de su mujer—. Tendremos que ver en esto la mano del Señor y confiar en Sus designios, como dijo ella.

Tanta soltura era impropia de él. Dellarobia se preguntó si no estaría actuando con el único propósito de atormentarla para vengarse. Pero los engaños y las falsedades no eran propios de su marido. Sencillamente, la tenía sujeta como un escudo delante de su cuerpo. Hester y Bear estaban a poco más de un brazo de distancia, e incluso ese breve espacio entre ellos se llenó de mariposas, como cuando el agua inunda una grieta. Estaban en cada centímetro del aire y se movían hacia abajo siguiendo esa ruta, dando tumbos, como una ráfaga de viento o la crecida de un río. Dellarobia observó en torno a su suegro una especie de diagrama de resistencia del viento que las mariposas hacían visible al seguir sus suaves trayectorias lineales por encima de él y a su alrededor. Las personas —ella y las otras que también estaban presentes— eran peñascos humanos en el torrente de mariposas. Había mariposas cruzando su campo visual continuamente, a escasa distancia: motas negras y anaranjadas que la hacían parpadear y después se fundían con la masa caótica lejana. Le resultaba muy difícil creer lo que le revelaban sus ojos. O sus oídos: un crujido incesante y tenue, como el roce de un vestido de seda.

Los ojos de Hester pasaban alternativamente de su hijo a su nuera, y Dellarobia no tenía idea de lo que sucedería después. Durante años se había mantenido en un rincón de la granja, sin pisar realmente el territorio de la familia Turnbow, y de pronto se encontraba en el centro de la acción. Se sintió como un rehén en manos de su marido, como si de repente fueran a sonar los megáfonos de la policía y a empezar los balazos. Mirarse los pies le daba vértigo por culpa de las sombras de las mariposas, que circulaban como guijarros en el fondo de un torrente impetuoso. El efecto óptico de la corriente amenazaba con hacerle perder el equilibrio. Para no verlo, levantó la vista al cielo y los demás la imitaron, sin poder resistirse. Incluso Bear la imitó. Todos juntos vieron la luz que se filtraba a través de las alas resplandecientes. «Como brasas», pensó ella. Era un torrente de fuego, el calor que ansiaban desde hacía tanto tiempo. Sintió que su respiración volvía a quebrarse en risas o sollozos dentro de su pecho, en exhalaciones cortas, vocales y agudas que no pudo contener. Los sonidos que salían de su boca rozaban claramente la locura.

Los dos hombres mayores se apartaron de ella como si les hubiera dado una bofetada.

—¡Dios Todopoderoso, esta chica está recibiendo la gracia divina! — exclamó Hester, y Dellarobia no pudo contradecirla.