Conducta migratoria
4 En boca de todos
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En boca de todos
HESTER las llamaba «mariposas del rey Guillermo» y se refería a cada una de ellas como si hablara del propio soberano.
—Ahí va el rey Guillermo —decía por ejemplo.
Esa vez lo dijo en la cocina. Dellarobia levantó la vista de lo que estaba haciendo, aunque desde su puesto, de espaldas a la ventana, no podía ver la mariposa. Aun así, la vio pasar indirectamente, reflejada en Hester, Crystal y Valia, que estaban de frente a la ventana inundada de luz matinal y seguían su movimiento con los ojos. Incluso los collies se pusieron de pie, con las orejas erguidas, en estado de alerta ante la inusual atención humana. Si alguien se lo hubiese preguntado más adelante —pensó Dellarobia—, probablemente ella misma habría creído que había visto la mariposa. Era muy fácil dar falso testimonio.
Ver un «rey Guillermo» por allí abajo, alrededor de la casa de Hester, se estaba convirtiendo en algo cotidiano. El Día de Acción de Gracias, mientras Cub y sus primos Turnbow rememoraban en el jardín sus épocas de deportistas, Dellarobia se había sentado en los peldaños del porche con Preston para contar las mariposas que pasaban volando; contaron once. Sospechaba que llevaban todo el verano escabulléndose valle arriba, en dirección a su convención en la montaña. O tal vez llevaran años. Era posible que nadie las hubiera visto dada la tendencia general a mantener la vista clavada en la carretera y las facturas del mes anterior. La teoría de Bear era que los insectos habían nacido espontáneamente dentro de los árboles, pero Dellarobia sabía que eso solo delataba su ignorancia. Si habían nacido, algo tenía que haber subido antes a poner los huevos. Hasta los milagros requerían cierta coherencia interna.
—¿De dónde ha salido ese nombre de «rey Guillermo»? —preguntó Valia mientras manipulaba unas madejas húmedas de lana multicolor que colgaban de un viejo armazón de madera y goteaban sobre el hule desplegado debajo.
Esponjaba y levantaba los bucles de lana como si fuera una peluquera cardándole el pelo a una clienta.
—Lo aprendí de mi madre —respondió Hester—. Valia, cariño, si no dejas de vapulear esas madejas, acabarán apelmazándose.
Valia retiró las manos como si la lana abrasara. Hester no lo notó porque estaba revolviendo el tinte en los cazos. Tenía más aspecto de bruja que nunca, con sus botas más viejas y arruinadas, el delantal manchado y tres enormes calderos hirviendo sobre los fogones de su antigua y monstruosa cocina: una bruja de estilo country-western. La tarea que tenían las mujeres entre manos era uno de los proyectos invernales de Hester: teñir toda la lana que se había quedado sin vender al cierre del mercado estival de Feathertown. Los tonos naturales estaban bien, pero llegaba un momento en que la gente se cansaba de tantos grises y ocres. La solución de Hester era alegrar la lana dándole un toque brillante, y su instinto no iba desencaminado porque cada primavera, cuando el mercado volvía a abrir sus puertas, las clientas estaban tan hartas del invierno que se abalanzaban sobre cualquier cosa que tuviera color, como zombis sobre un corazón palpitante.
Dellarobia estaba sentada a la mesa, preparando madejas para teñir, con Cordelia a su lado, instalada en la sillita alta de madera donde mucho tiempo atrás se había sentado su padre y quizá incluso su abuelo. La casa estaba llena de antigüedades de los Turnbow con la mitad de los tornillos medio sueltos. Dellarobia comprobaba las patas de la sillita cada vez que sentaba en ella a uno de sus hijos y había tenido que asegurar a Cordie con un paño de cocina porque el artefacto carecía de correas. Aquella sillita era anterior a toda noción de seguridad infantil. Cordie estaba comiendo compota de manzana, sin perder la concentración en el juguete al que llamaba la ganca: un establo de plástico rojo, con palancas que hacían salir a los animales al tiempo que emitía el sonido correspondiente de cada uno. Un niño de ciudad se habría hecho una idea muy deficiente de una granja a partir de un juguete como aquel, ya que la vaca, el caballo, el perro y la gallina eran todos aproximadamente del mismo tamaño y todos proferían el mismo rebuzno asmático. Pero a Cordelia no le importaba.
—¡Muuuu! —exclamaba ella al ver a la vaca diminuta asomando a través de su puerta endeble.
Dellarobia le había hecho la misma pregunta a Hester acerca del nombre del rey Guillermo. Evidentemente, su suegra debía de haber prestado cierta atención a las mariposas en otra época, porque se sabía el nombre de unas cuantas variedades: las colas de golondrina, las mariposas tigre, las mariposas de la col… Y ahora las del rey Guillermo, que acababan de adueñarse de su finca.
—No me importaría que vinieran solamente los de la iglesia —se quejó Hester a Valia—; pero es que ahora, desde que salió la noticia en el periódico, todo el mundo quiere subir. El viernes después de Acción de Gracias se presentaron unos treinta. No es normal para el día siguiente a Acción de Gracias.
—No, no es normal —convino Valia—. Ese es un día para ir de compras.
—¡El guau-guau dice «guau, guau, guau»! —anunció Cordie, asintiendo con la cabeza.
Dellarobia había conseguido acorralarle el pelo lanoso en dos rubias coletas salvajes, con el centro tan enrevesado que cualquiera habría pensado que estaba medio borracha mientras se las ataba. Pero la niña solo permitía que la peinara hasta ahí, y ella sentía una secreta debilidad por esa vena salvaje de su pequeña. Ella misma había tenido que tragarse esa faceta de su carácter mucho antes de que su hija naciera, pero ahora la veía rebrotar en Cordie, como la hierba bajo las lluvias primaverales.
—Era muy bueno el reportaje que apareció en el periódico, ¿verdad? — dijo Valia—. Lo recorté y guardé un ejemplar para ti. Que no se me olvide, Crystal. Lo tengo en el bolso.
Crystal, perdida en su mundo, le hizo una mueca a su teléfono móvil. Se suponía que había venido para ayudar con la lana, pero todavía no había tocado ni una sola madeja.
Dellarobia sabía lo que pensaba Hester del reportaje. La periodista era una chica de Cleary, una ciudad a unos veinte kilómetros de distancia, donde la gente iba a la universidad para poder mirar a los de Feathertown por encima del hombro. Cuando se había presentado en la granja, con sus pantalones planchados y sus zapatos en punta, Hester la había llevado en el quad a la montaña a ver las mariposas, pero a ella solo le interesaba Dellarobia. No la Dellarobia real, sino la que había tenido una visión, la que predecía el futuro y, probablemente, era capaz de hacer florecer un arbusto seco con solo orinarle encima. Dellarobia no podría haber imaginado que los rumores llegaran tan lejos. Cuando aún no acababa de acostumbrarse a ser el centro de una controversia familiar, se había convertido en la estrella de la iglesia. Y ahora resultaba que estaba en boca de todos. La periodista le había pedido a Hester que la llevara directamente a casa de Dellarobia y la siguiente media hora fue bastante desagradable. La chica llevaba una cámara de fotos. Dellarobia tenía puestos unos pantalones de chándal y lucía el universal peinado deshecho de las madres agotadas. Cordie se había saltado la siesta y circulaba por el cuarto de estar emitiendo una erupción volcánica de exigencias, babas y lágrimas. No era el ambiente más favorable para el periodismo, y Dellarobia hubiera dado cualquier cosa por sustraerse al extraño interrogatorio de la chica del periódico.
Sin embargo, cuando se publicó el reportaje, Cub casi estalló de orgullo y se lo guardó para enseñárselo a los compañeros del transporte de grava. La fama lo impresionaba en todas sus manifestaciones. Había sido el tipo de niño que recorta imágenes de jugadores de fútbol, Jesucristo y los delincuentes más buscados del país para pegarlas en las paredes de su habitación. Había llorado en sexto curso, cuando se enteró de que los superhéroes no existían. Dellarobia era su Mujer Maravilla. Pero Hester estaba indignada con el artículo, pues llamaba a Dellarobia «Nuestra Señora de las Mariposas». Hester se quejaba, entre otras cosas, de que era un apelativo propio de católicos.
El día se oscureció de pronto y se oyó retumbar un trueno a lo lejos, un sonido poco habitual para comienzos de diciembre. La lluvia empezó a golpear la ventana, confiriendo a la cocina una sensación de reclusión que no contribuyó a aliviar la creciente impaciencia de Dellarobia. Le importaba muy poco su supuesta santidad, pero ¿y si fuera esa su única oportunidad de hacer algo grande y ella pasaba todo el invierno tiñendo lana y escuchando la radio de Hester? Notó que Cordie había cambiado el tema de su monólogo, de «mu-mú» a «po-pó».
—A mí me pasa exactamente lo mismo —rezongó por lo bajo, mirando con desagrado la brazada de madejas que Valia estaba a punto de dejar caer sobre la mesa, entre Crystal y ella.
El montón de lana grisácea que tenía delante ya era gigantesco, y ella se sentía como una niña quisquillosa con la comida sometida a una pesadilla de espaguetis. Habían acabado la temporada con más lana sin vender que nunca, lo que no dejaba de tener su lógica, dada la situación de la economía. Su tarea del día consistía en anudar en forma de ocho cada madeja de lana, para que no se enredara en el baño de tinte, y ponerla a remojar en detergente, a la espera del gran cambio de color. Hester dosificaba los polvos del pigmento, según el peso de la lana, y cuidaba los cazos. Valia pesaba las madejas antes de procesarlas, y Crystal no hacía nada en absoluto.
—¿Falta poco para hacer un descanso? —dijo Dellarobia, preguntándose si Crystal captaría la indirecta y empezaría a ayudar—. Porque yo no puedo quedarme mucho rato más.
Hester y Valia no le hicieron caso. Estaban discutiendo los detalles de la inminente visita del pastor Ogle.
—¿Te parece que quite esta mesa y busque otra mejor para poner aquí? — preguntó Hester con cara de preocupación—. La antigua de mi madre está arriba, en el ático. Podríamos bajarla. Es más pequeña, pero no está estropeada como esta.
El estropicio al que se refería era un semicírculo oscurecido en el centro de la mesa que parecía observar a Dellarobia como si fuera un ojo. Durante la breve temporada en que Cub y ella habían vivido con sus suegros, entre su boda acelerada y la apresurada construcción de su casa, Dellarobia había marcado la mesa de la cocina con una sartén caliente. ¡Tenía diecisiete años, por el amor de Dios! La sartén le estaba calcinando las manos a través de las agarraderas. Durante todos esos años, la quemadura había sido para Hester un importante tema de conversación.
—¿No podrías poner un mantel? —preguntó Valia—. ¿Qué piensas servirle?
—Café y pastel, creo. Podría hacer el bizcocho de mermelada.
Valia asintió con expresión pensativa, como si estuviera en juego la política internacional.
—El baño de caramelo es difícil, pero tienes razón: a Bobby le encantará. Podrías poner manteles individuales. Y un centro de mesa o algo.
—¿Te parece que será suficiente con el café y el pastel?
—¡Alerta alienígena! —masculló Dellarobia, consiguiendo por fin que Crystal levantara la cabeza del teléfono—. ¡Hester acaba de pedirle consejo a tu madre!
—¿Y qué? —replicó Crystal, arqueando las cejas.
«¡Que le han trasplantado la personalidad!», pensó Dellarobia. La idea de que el pastor Ogle visitara su casa estaba desquiciando a su suegra. De hecho, era sorprendente que Hester no lo hubiera recibido antes. Bobby visitaba de buen grado a sus feligreses y sus bizcochos de mermelada. Pero lo verdaderamente sorprendente era ver a Hester acobardada con la perspectiva.
—¡Popo! ¡Popo! —volvió a gritar Cordie, sacudiendo con fuerza las piernecitas para que su madre le prestara atención.
Tenía un brazo tendido hacia la mesa, con los deditos estirados como si la manita fuera una pequeña estrella de mar.
Dellarobia siguió su mirada hacia el frasco del tinte.
—¡Ah! ¿Rojo? —le preguntó.
—Popo —replicó Cordie, mirando a su madre con cansado alivio.
—Lo siento, chiquitina. Ya veo que estabas tratando de decirme algo.
Le besó las yemas de los dedos, alargó la mano para tocarle la naricita y provocó en ella un sonriente parpadeo. Después, cogió otro frasco.
—¿Y este?
—Vede.
—¡Hester! ¿Lo has oído? ¡Cordelia sabe los colores!
Solo Hester podría haber parecido tan poco impresionada con la genialidad de su nieta. Al parecer, solo tenía ojos para Bobby Ogle. Dellarobia estudió la etiqueta del frasco. Tenía tantas advertencias que cualquiera que la leyera hasta el final probablemente habría querido salir huyendo. Echó un nuevo vistazo a los calderos de Hester y se preguntó si serían los mismos que usaba en verano para las conservas de tomates y pepinillos.
—¿Os parece bien que Cordie se esté comiendo la compota al lado del… —preguntó, acercándose a los ojos la letra diminuta—… del trifenilmetano?
—Cub prácticamente se bebía estos tintes cada vez que teñíamos lana, cuando era pequeño —replicó Hester con sequedad—. ¡Y miradlo ahora!
Se hizo un silencio. Durante el breve momento de incomodidad, Cordie arrojó la cuchara a través de la mesa y soltó una retahíla de vocales que hizo levantar la vista a los dos perros, con cara de haberse perdido algo. Dellarobia se agachó para recoger la cuchara.
—Tal vez deberíamos probar colores diferentes esta vez —propuso.
Aunque Hester vestía de manera bastante pintoresca, su forma de teñir carecía de inspiración. Nunca se apartaba de los colores comerciales, que tenían nombres glamurosos, como «Amazonia» o «Rubí», pero eran el verde y el rojo de siempre. Más o menos como la vida real.
—¿Qué tienen de malo mis colores? —preguntó Hester, sin preguntarlo realmente.
—Podríamos combinarlos un poco. Estoy segura de que esos polvos se pueden mezclar para conseguir tonos intermedios.
«Entre el rojo de los tomates y el de las mariquitas», le había dicho él, tocándole el pelo, como si su color, por sí solo, tuviera un valor exquisito e incalculable. Todavía recordaba de vez en cuando, en accesos sorpresivos, los halagos ilícitos. Sentía vergüenza cuando echaba la vista atrás y se preguntaba cómo se habría dejado engatusar de nuevo. Ya le había pasado otras veces antes, nunca con tanta fuerza, pero sí con la misma estupidez. Dos años atrás, había sido el hombre de ojos celestes de la Rural Incorporated, que la ayudaba semana tras semana con los papeles del seguro médico, cuando estaba embarazada de Cordie. Y antes de eso, Mike, el tipo que a veces sustituía al cartero habitual. Y el viejo amigo de Cub, Strickland, el de los bíceps marcados, que podaba árboles para ganarse la vida. Ella sabía que era un defecto suyo, que una insidiosa debilidad en el corazón o en la voluntad le hacía perder el control y entregarse en cuerpo y alma a algo que no era nada, sino únicamente el fruto de su propia imaginación.
Hester y Valia habían retomado el tema anterior: el continuo goteo de visitantes para ver las mariposas. Recuperando su personalidad habitual, Hester se lamentó de que el milagro les hubiera tocado a ellos. La inminente visita de Bobby había abierto las compuertas a los feligreses, y Bear y Hester no hacían más que discutir acerca de la decisión más conveniente. El milagro sería lo que fuera, pero un contrato con una empresa maderera era dinero en el banco.
Mientras tanto, Cordie había descubierto el juego de hacer levantar de la silla a los mayores. Tiró la cuchara junto a las Crocs verdes de Crystal y se puso a observarle la cara atentamente para ver los resultados. Pero Crystal se resistía a distraerse del minúsculo teclado de su teléfono y utilizaba con frenesí los dos pulgares en su desesperado intento de comunicarse. Dellarobia pensó que su actitud era un poco simiesca, a la vez que recordaba que ni siquiera había cobertura para el móvil dentro de la casa.
—Crystal, ¿podrías hacer un hueco en tu agenda y recoger la cuchara de Cordie?
Crystal miró al suelo.
—¿Quieres que la lave?
—Un poco de suciedad no le hará daño a nadie —canturreó Valia, sin levantar la vista de sus números.
No podía perder la cuenta de las madejas que pesaba. Trazaba las cifras a lápiz en cuidadosas columnas, con una expresión que a Dellarobia se le antojó desalentada, como si estuviera anotando la puntuación de un juego que estaba destinada a perder. ¡Qué pareja formaban esa madre y su hija! Valia no tenía opiniones propias, era capaz de pedirle perdón a su propia sombra y hacía siempre exactamente lo que le decían los demás, todo lo cual la convertía en la amiga perfecta para Hester. Crystal, por su parte, vivía la enorme equivocación que era su vida como si todo fuera un desfile y ella fuera la animadora, lista para recibir los aplausos y firmar autógrafos. Su confianza en sí misma era tan pasmosa como inmerecida. ¿Cómo era posible que dos personas con el mismo material genético fueran tan diferentes? Pero ahí entraba la crianza. No era de extrañar que un felpudo como Valia hubiera criado a un par de botas.
Crystal anunció de pronto:
—¿Sabéis lo que deberíais hacer con toda esa gente que viene a visitar la granja? Cobrarles la entrada.
—¿Ves? Eso mismo le he dicho yo a Bear —replicó Hester—. Yo también lo pienso.
—¿Por qué no lo haces? ¿Qué te lo impide? —preguntó Valia.
Hester arqueó las cejas y apuntó con la barbilla a Dellarobia, como si su nuera fuera una niña ignorante de los códigos de los adultos.
—¡Eh, a mí no me mires! El que se fue de la lengua en la iglesia fue tu hijo. Cúlpalo a él.
Dellarobia se puso de pie y echó una brazada de madejas anudadas en el fregadero. «Pensad, hermanos, en todo lo que es verdadero». Las palabras de Bobby volvieron a resonar en su mente sin razón alguna, y estuvo a punto de decirlas en voz alta. Pero en lugar de eso, dijo:
—Y ya que estamos, culpemos también a Bobby Ogle. Y a Jesús. ¿Por qué no culpamos también a Jesús? Hay que reconocerle el mérito a cada uno.
—¡Ten mucho cuidado con lo que dices si no quieres arrepentirte!
—No pienso arrepentirme. ¿Y sabes qué, Hester? Yo no he dicho nunca que lo de la montaña sea obra del Señor. ¿Quieres cobrar a la gente? ¡Adelante! ¡Cobra! ¿Por qué no?
Por un momento, las dos cruzaron las miradas. Las palabras «cristiana renacida» resonaron en la cabeza de Dellarobia mientras pensaba en un mundo donde Hester ya no la atemorizara. Pensó que sería fantástico volver la espalda al reproche permanente y encontrar otros motivos para vivir. Así sería la vida de los negadores del infierno, como decían que era Bobby. Considerando los últimos acontecimientos, a Dellarobia no le habría importado que fuera verdad. Se volvió, desató el paño de cocina que mantenía a Cordie en su sitio y lo usó para limpiarle los trozos de compota de manzana que se le habían pegado a las muñecas regordetas.
—Lamento salir corriendo —dijo—, pero tenemos que irnos ya mismo. El autobús escolar pasará por la puerta de casa a las doce y diecisiete.
—¿Has dejado ir a Preston en el autobús? —preguntó Hester, desafiante.
—Sí. Quería ir con los niños mayores y hoy lo he dejado. Tengo que llegar a tiempo para que no se le ocurra cruzar la carretera solo. Me llevo a Roy, ¿de acuerdo? A Preston le encantará encontrar a Roy esperándolo cuando baje del autobús.
—Llévate los dos perros —dijo Hester.
—No, los niños se alteran demasiado cuando están los dos.
Limpió someramente la silla alta con el paño de cocina y levantó a Cordelia por las axilas mientras inhalaba con alivio su fragancia agridulce de bebé, como si estuviera oliendo sales. Con Cordie acaballada en la cadera, silbó suavemente y llamó a Roy por su nombre mientras salía de la cocina, al tiempo que ordenaba a Charlie que se quedara en su sitio. Para su disgusto, Crystal se levantó como si a ella también le hubiera silbado y anunció que tenía que ir a buscar a sus hijos. La siguió afuera y se quedó junto al monovolumen mientras Dellarobia le abría la puerta a Roy y aseguraba a Cordie en su asiento de bebé. Cuando se inclinó para abrocharle el cinturón a su hija, Dellarobia sintió la lluvia en la espalda, como diminutas agujas heladas que le caían en el espacio entre la camiseta y los vaqueros.
—¿Le pones el cinturón solamente para ir hasta tu casa? —preguntó Crystal.
—El noventa por ciento de los accidentes se producen a menos de un kilómetro de casa.
Dellarobia no sabía si eso era verdad y, en realidad, no se habría molestado en asegurar a Cordie en su asiento si no hubiera tenido por testigo a la madre más perezosa del mundo. Alguien tenía que dar el ejemplo.
—Pero tú no estás a un kilómetro de casa. Estás a cien metros.
—¿Y a ti qué te pasa, Crystal? Los niños de primero y tercero no salen hasta la tarde. No me dirás que a Jazon y Mical los han mandado de nuevo al jardín de infancia y solo van por la mañana.
Crystal recompuso la expresión, que pasó a ser de asombrada picardía.
—Pensé que podríamos hablar unos minutos tú y yo.
—¿De qué quieres hablar?
—De nada. De cualquier cosa.
Dellarobia se metió en el coche y se sentó, sin cerrar todavía la puerta, con las manos sobre el volante, esperando. Sabía que Crystal iba a pedirle algo porque el modo pedigüeño era su estado normal. Optó, entonces, por el ataque preventivo.
—No voy a quedarme a cuidar a tus hijos.
—¡Pero si no te lo he pedido!
—¿Lo firmarías?
La lluvia estaba empezando a arreciar, pero Crystal no se movió. Cuando llovía, la gente solía reírse y decir «No te vas a derretir», pero el treinta y cinco por ciento de la masa de Crystal era probablemente maquillaje y productos de peluquería, por lo que en su caso era muy posible que se derritiera. Dellarobia dejó escapar un suspiro.
—Anda, sube.
Crystal dio la vuelta hasta el lado del acompañante, se dejó caer en el asiento y se abrochó ostentosamente el cinturón de seguridad.
—¿De verdad tienes que ser tan…?
Antes de que Crystal terminara la pregunta, habían completado el recorrido de noventa segundos hasta el sendero de Dellarobia. El cuerpo blanco y negro de Roy se derramó del coche y empezó a dar vueltas por el jardín, ansioso por descubrir qué proyecto le aguardaba.
—Roy, al suelo —dijo Dellarobia, y el perro se tumbó en el césped empapado antes de que ella terminara de decir las tres palabras.
La hierba todavía estaba lejanamente verde. Aún no la había quemado el invierno porque no había nevado, ni habían tenido ninguna helada intensa. Cordie ni siquiera tenía un abrigo de invierno. Bastaba ponerle dos sudaderas para salir, una encima de la otra. Y ni siquiera era negligencia. Todavía no había sido preciso abrigar a los niños. El frío aún no había empujado a Dellarobia a correr a Target o a la tienda de segunda mano para comprar ropa de abrigo. Parecía imposible que fuera diciembre. Cuando un par de conocidos le habían preguntado si estaba preparando la Navidad, se había quedado atónita, sin saber qué decir. ¿Preparando qué? Después, se había sentido como una idiota. La gente automáticamente calculaba el coeficiente intelectual de una madre más o menos por la edad de sus hijos, dividido quizá por el número de niños y redondeado a la talla más próxima de pijama. Pero la rareza del tiempo debía de haberlos desconcertado un poco a todos. Cada vez que salía a la puerta, Dellarobia tardaba unos segundos en situar el mes del año en que se encontraban, y Cub le había comentado que a él le pasaba lo mismo. No parecían estar en ninguna estación conocida, sino únicamente en la estación de los aguaceros repentinos y las nubes incontinentes.
Dellarobia intentó concentrarse en su preocupación más inmediata: el primer viaje de Preston en el autobús escolar. El conductor no sabría dónde dejarlo, a menos que la viera a ella esperando junto a la carretera. Quizá llegara antes de lo previsto. La lluvia era cada vez más intensa, pero no podía correr el riesgo de entrar en la casa en busca de un paraguas. Un niño de cinco años era demasiado pequeño para ir solo en el autobús de la escuela. ¿En qué habría estado pensando? Ya era bastante escalofriante mandarlo con extraños, lejos de casa, para encima añadir a la mezcla un conductor distraído. Se plantó al final del sendero, entre el buzón y el viejo arce, y mandó a Crystal a buscar un paraguas.
Crystal entró en la casa y se tomó su tiempo mientras Dellarobia se abría la cremallera de la cazadora para envolver con ella a Cordie, que se estaba empapando. Al otro lado de la carretera, las vacas del prado encharcado levantaron las cabezas en un breve momento de atención, como para darle la bienvenida al club de los seres patéticos. Le zumbó el teléfono y lo pescó con la mano izquierda en el interior del bolso que llevaba colgado del hombro, con Cordie acaballada en la otra cadera. Un mensaje de texto de Dovey: «A Moisés lo encestaron». Dovey juraba que realmente veía esas frases en las marquesinas de las iglesias, cuando pasaba con el coche de camino al trabajo, y quizá fuera cierto. Puede que las iglesias hubieran entrado en la misma competencia por la originalidad que impulsaba al resto de la publicidad, pero ella sospechaba que su amiga ponía mucho de su parte. Con el pulgar libre, le contestó: «:)». Una sonrisa.
Al final, Crystal llegó con el paraguas y las tres se refugiaron bajo su verde luminosidad. No había mucho espacio, dadas las dimensiones de la cabellera de Crystal. Roy se sentó obedientemente junto a las rodillas de Dellarobia, pero se fue apoyando más y más contra sus piernas a medida que aumentaba la humedad. Cordie, desde su percha en la cadera de su madre, saludaba con la manita a todos los coches que pasaban mientras golpeaba rítmicamente el muslo de Dellarobia con los zapatos embarrados. Todos los vaqueros de Dellarobia tenían huellas de piececitos. Si se comportaba como un felpudo, ¿estaría condenando a sus hijos a ser como Crystal?
Una camioneta Chevy roja ralentizó la marcha hasta casi detenerse, tan cerca de ellas que pudieron oír el ruido de los limpiaparabrisas y ver la cara del tipo que iba al volante, que las miró con ojos libidinosos. ¡Por el amor de Dios! ¡Eran madres esperando el autobús escolar!
—Ese del coche era Ace Sayers —dijo Crystal cuando la camioneta hubo pasado—. Me contaron que ha tenido que hacerse una colonostopia.
—Gracias por la información.
—Y como te estaba diciendo… —prosiguió Crystal—, iba a pedirte una cosa.
—Ya me lo imaginaba.
—¿Por qué? ¿Porque todos en la iglesia creen que eres una santa? Lo siento, Dell, pero yo no pienso lamerte el culo.
—Muy bien, no lo hagas. Pero no me llames «Dell». Me harté de ese apodo cuando empecé a salir con Cub.
—¿Por qué?
—Por la cancioncita infantil: El granjero va con Dell, Dell, Dell. No dejaban de cantárnosla.
—Ah sí, perdona.
—Te perdono si quieres. Y tampoco me llames «Dellie». Me suena a nombre de charcutería.
Crystal la miró con expresión preocupada.
—¿Qué es esto? ¿El manual de instrucciones para hablar contigo?
—Sí.
Se quedaron un momento en silencio, viendo pasar otros dos vehículos, ambos conducidos por señoras mayores, afortunadamente. Dellarobia habría deseado no estar siempre a la defensiva con su nombre. En el colegio, cuando las chicas más populares se inventaban apodos cortos y monísimos, como «Liz» o «Suze», ella habría querido encontrar otro igual de tentador, pero nunca lo había conseguido. Se había quedado con el nombre completo: Dellarobia, como la guirnalda de la revista. Y ni siquiera era el nombre de una heroína bíblica, como había creído su madre.
—Ya que has sacado el tema, ¿es eso lo que están diciendo en la iglesia? —le preguntó a Crystal—. ¿Que soy una santa?
—¿Cómo quieres que lo sepa?
Dellarobia sabía que Crystal fingiría ignorancia durante unos diez segundos y después se lo contaría todo. Tres, dos, uno…
—Bueno, sí, algunos lo dicen. Lo dicen muchos si quieres que te diga la verdad. Pero no los Worsham, ni tampoco los Banning, ni los Weaver. Ellos no lo creen.
—Me alegro de que hayas hecho una encuesta.
—La gente habla, es así… Y algunos te critican, ¿sabes? No les hace mucha gracia que el pastor Ogle te preste tanta atención, sin ser…
—¿Sin ser qué?
—Sin ser muy devota, supongo.
—¿Lo dices porque me echaron de los miércoles bíblicos?
—¿Te echaron?
Crystal parecía realmente asombrada. Hacía poco que se había incorporado a la congregación.
—Fue hace mucho tiempo. Supuse que reunirse para hablar de la Biblia significaba precisamente eso: hablar. Pero me equivoqué. Y para que lo sepas, no me echó el pastor Bobby. Me echó Hester.
—¿No eras tú la que iba a la iglesia con una especie de pellejo de zorro? Tammy me ha contado que era una especie de bufanda con una cabeza que se mordía la cola.
—Era una estola de zorro que Dovey había encontrado en algún sitio. No me puedo creer que la gente todavía me lo reproche. ¿No deberían prescribir en algún momento los atentados contra el código de vestimenta?
—Pero también hay otros, como por ejemplo la hermana Cox, la que siempre está con lo del amor al prójimo y esas cosas. Me parece que ellos creen que pasó algo allá arriba en la montaña, una especie de milagro. Por eso quieren subir a ver.
—La verdad es que merece la pena. Te sorprenderías.
Dellarobia no había vuelto a subir a la montaña desde que había estado con sus suegros. Desde entonces, Hester se había hecho cargo de todo el tráfico de visitantes y no parecía que eso fuera muy justo. De pronto, las mariposas se habían convertido en propiedad de la Comunidad de la Montaña. La iglesia y Hester tenían su propio milagro. Tampoco es que Dellarobia tuviera mucho futuro como guía turística; jamás la habrían dejado subir con un bebé acaballado en la cadera y un niño pequeño agarrado a una pierna. Pero aun así, cuando los grupos pasaban por detrás de su casa para subir por el camino grande, Dellarobia cerraba los postigos con la sensación de que le habían robado algo para después pasárselo por delante de las narices.
—Oye —dijo Crystal—, a propósito de eso que quería pedirte… No es mucho. Verás, escribí una carta y pensé que tú podrías echarle un vistazo, teniendo en cuenta que se te dan bien la gramática, la ortografía y esas cosas.
—¿Una carta para quién?
—Para la sección «Querida Abby» del periódico.
Dellarobia dejó escapar una exclamación que sobresaltó a Cordie y al perro.
—¿Quieres que te corrija una carta para «Querida Abby»? ¿Sobre qué?
—Sobre lo que pasó con Brenda. Sabes quién es, ¿verdad? La que cree que yo…
—Sí, ya lo sé: Brenda, la de los dedos rotos y la familia que quiere partirte la cara.
—Lo que pasa es que nadie ha querido oír mi versión. Me enteré de que la madre de Brenda piensa escribir a Abby para pedirle consejo y zanjar el asunto de una vez por todas. Pero solo le dará la versión de Brenda, ¿no crees? Por eso tengo que escribirle yo también.
—¿Qué demonios pinta Abby en todo esto? ¡Piénsalo, Crystal! Es una señora mayor que vive a un millón de kilómetros de distancia. ¿A quién le importa lo que diga ella?
Crystal la miró con expresión incrédula.
—¡A todo el mundo! ¿Por qué crees que el periódico publica todo lo que escribe?
La gente leía su columna porque era ingeniosa y amable, una combinación poco frecuente, y menos frecuente todavía era su perfecto dominio de la gramática. Dellarobia había sido una fiel lectora de la sección de Abby, así como de la página de sucesos y el resumen de noticias nacionales hasta que Cub insistió en que ya no podían renovar la suscripción al Cleary Courier. Habían discutido por eso. «¿Por qué pagar por las noticias cuando puedes verlas gratis por televisión?», era el argumento de su marido. «Porque con tu continuo zapeo es imposible llegar al final de cualquier noticia», era el suyo.
—Te diré una cosa, Crystal. Tú puedes escribir tu carta, pero yo prefiero no inmiscuirme. ¿Qué quieres que te diga? ¡Es la madre de Brenda! No me gustaría encontrarme con esa señora en un callejón oscuro.
—A mí también me da miedo, no te voy a engañar —convino Crystal—. Pero antes de que corrijas mi carta, quiero advertirte de que he cambiado algunas cosas.
—¿Algunas de las cosas que han pasado?
—No, solo un par de detalles sin importancia. No menciono nada acerca de la bebida porque eso ya no le importa a nadie. Cuando una lleva un tiempo sobria, es como si hubiera empezado de nuevo. Además, hablo de «mi marido y yo», en lugar de decir que soy madre soltera.
Dellarobia empezaba a preguntarse si el autobús llegaría antes de Navidad. Cordie se estaba retorciendo como un gusanito porque quería bajar al suelo; pero estaban demasiado cerca de la carretera. Y la lluvia estaba formando sábanas de agua sobre el asfalto. La cuneta se había transformado en un río lleno de hojas, y seguía creciendo. Sintió que tenía empapadas las zapatillas deportivas.
—A ver si lo entiendo —dijo—. ¿Vas a mentirle a Abby para que se ponga de tu parte? ¿De verdad crees que eso va a favorecerte?
—Escucha, tú no tienes ni idea de cómo puede ser la gente. Tú estás casada.
—¿Pero no me había convertido en la comidilla del pueblo?
—Sí, pero estás casada, ¿me entiendes? Creo que Abby no me prestaría atención si supiera que mis hijos son ilegítimos. También le digo que he aceptado a Cristo como mi salvador.
—No creo que eso le preocupe mucho. He leído en algún sitio que es judía.
—¡Me estás tomando el pelo!
Al final, el autobús asomó en lo alto de la colina, moviéndose hacia ellas como un dorado buque de cruceros, en su ancha y cuadrada majestuosidad. Dellarobia habría querido saltar de alegría y hacerle señas con las manos, como si estuviera a punto de rescatarla de una isla desierta. Detrás del vehículo venía la cola habitual de conductores impacientes, que sin duda estarían maldiciendo su suerte por haber quedado atrapados en ese infierno a cámara lenta, obligados a parar cada doscientos metros, sin ninguna esperanza de adelantar al autobús en esa carretera llena de curvas. Dellarobia pensó en todos los juramentos que ella misma había soltado desde esa posición y, ahora, como reciente madre de un pasajero del autobús escolar, pidió disculpas en su corazón a todos los conductores de autobuses del mundo. No sabía con certeza si era preciso indicarle que parara, por lo que sintió un gran alivio cuando vio que se encendían los intermitentes. La señal de stop asomó por un costado del vehículo como una orgullosa ala roja. Dellarobia saludó con la mano a la conductora con la esperanza de ganarse la simpatía de aquella mujer de quien dependía la seguridad de Preston. Pero ella ya estaba bajando la ventana del autobús, que se abrió con un chasquido.
La mujer se asomó.
—¿Es usted?
—Soy la mamá de Preston, sí —replicó Dellarobia mientras Crystal gritaba al mismo tiempo—: ¿Quién?
—Usted no. Ella. ¿Es usted la que ha tenido la visión?
—Oh, no. Otra vez esa mierda.
Esperaba que su exabrupto no hubiera llegado a todas las orejitas que aguardaban dentro del autobús.
—La mujer de las mariposas —insistió la conductora—. ¿Es usted?
—Soy la madre de Preston Turnbow. ¿Está Preston ahí dentro?
El niño salió por la puerta como el premio de una máquina de chicles, radiante en su chubasquero amarillo y con una sonrisa tan ancha que parecía como si se le hubiera estirado la cara.
—¡Quédate ahí y no te muevas! —le advirtió Dellarobia mientras cruzaba rápidamente la carretera para cogerlo de la mano y llevarlo de vuelta a casa.
—¡Roy! —gritó Preston, corriendo a saludar al collie y rodear con sus bracitos la gorguera blanca que el pelaje de Roy formaba alrededor del cuello.
Toda la familia echó a andar para resguardarse de la lluvia con Crystal pegada como una garrapata. En cuanto llegaron al porche, Dellarobia dejó a Cordie en el suelo y sacudió el paraguas.
—Yo también quiero verlo —dijo Preston.
—¿Qué quieres ver?
—Eso de las mariposas.
—Nada de «Hola, mamá», ni de contarme cómo te ha ido el día. Solo «quiero ver las mariposas».
El niño levantó la vista con una expresión tan triste y contrariada que Dellarobia se sintió muy mal. Cinco años y medio, y ya tenía una línea de preocupación entre las cejas.
—Por favor —dijo el niño.
Ella se arrodilló y dejó el paraguas en el suelo para poder apoyar las manos en los hombros de su hijo y mirarlo a los ojos.
—¿Cuándo quieres ir?
—Ahora.
—¿Bajo la lluvia?
—Sí.
—Es un camino muy largo. Hay que caminar muchísimo.
El pequeño sonrió.
—¿Qué dices, mamá? ¡Podemos ir en el quad!
—Eres digno hijo de tu padre.
Crystal había entrado en la casa con Cordie y había sacado la carta del bolso. Dellarobia se quitó todas las capas de ropa ensopada, hasta quedarse solamente con el sujetador, y se puso encima la cazadora impermeable con capucha para ahorrar tiempo y ropa limpia. Empezaba a oscurecer. Encontró las llaves del quad en el bolsillo de la chaqueta roja de Cub.
—¿Hacemos un trato, Crystal? —dijo—. Si te quedas aquí y cuidas a Cordie durante una hora, yo corrijo tu carta. Mi hijo y yo vamos a ver las mariposas bajo la lluvia.
—No sé conducir muy bien esta cosa —advirtió.
En realidad, nunca había hecho mucho más que sacarla del garaje, pero empezaba a acostumbrarse. Más que un coche, parecía un cortacésped motorizado, solo que mucho más rápido. Con Preston sentado delante de ella, recorrió un buen trecho dando tumbos hasta conseguir que el vehículo avanzara un poco más lentamente por la abrupta pendiente del prado.
—También cuando conduce papá vamos dando saltos —dijo Preston en tono amable.
Cub había empezado a llevar a Preston en el quad cuando era pequeñito, y Dellarobia solo los dejaba dar unas pocas vueltas alrededor de la casa. Cub estaba monísimo en su papel de mamá gallina, con la mochila portabebés asegurada sobre el pecho, haciendo avanzar los robustos neumáticos del vehículo por el terreno desigual. Era difícil entender para qué llevaba al niño a dar un paseo que no conducía a ninguna parte a cero kilómetros por hora. ¡Pero estaba tan orgulloso de tener un hijo!
En lo alto de la colina, Dellarobia encontró la manera de parar y echar el freno antes de dejar que Preston saltara del vehículo para abrir la verja. Cuando ella pasó con el quad, él ejecutó con tanta diligencia la tarea de cerrar el portón que todo el ganado del mundo podría haber estado a su cargo. Dellarobia buscó debajo del impermeable un trozo de camiseta seca para limpiarle las gafas antes de continuar, pero recordó, asombrada, que no llevaba nada debajo del chubasquero. Alguna vez lo había hecho con Dovey: salir completamente desnuda debajo del abrigo, solo por experimentar la sensación excitante de ir así por la calle. Ahora lo más excitante en su vida era evitarse la tarea de lavar más ropa. Encontró en el bolsillo un pañuelo de papel arrugado y lo usó para limpiar con cuidado las gafas de Preston. Después limpió las suyas, por el placer de ver mejor. Desde el supuesto milagro, se ponía siempre las gafas. ¡Al diablo con los chicos y las ocasiones de flirtear! Necesitaba ver hacia dónde iba. Para su alivio, el camino grande era bastante fácil de transitar. Los neumáticos se agarraban limpiamente a las rodadas, que, de hecho, no habían sido pisadas por ningún otro vehículo.
—¿Tienes hambre? —preguntó—. Hace bastante frío, y cuando tienes frío y estás mojado, es normal que tengas hambre. Si es así, deberíamos volver para que comas algo.
Preston era delgaducho y pequeño para su edad, y se quedaba sin combustible con facilidad. No tenía reservas.
—Las señoritas nos dieron de comer en el cole —dijo el niño solemnemente, como informándole de algo que quizá ella desconociera, como el reglamento de una cárcel.
—Ya lo sé, cielo. Hemos enviado tu sobre. Pero algunas veces llegas a casa con hambre.
Se preguntó cuánto tiempo tardaría Preston en descubrir que no había dinero dentro del sobre, sino un impreso oficial. Su hijo era uno de los niños que tenían beca de comedor, como lo había sido Dellarobia a partir del tercer curso. Una tradición familiar.
Preston no dijo nada y ella deseó que no se lo hubiera tomado como una reprimenda. Una vez, mientras Cub y ella discutían por el recibo de la luz, se dieron cuenta de que Preston estaba yendo de una habitación a otra, apagando todas las luces.
—No es ningún problema —insistió ella—. Comer es bueno. Tienes que comer para crecer. ¿Sabes cuál es mi tipo de niño preferido? ¡El que tiene tanta hambre que podría comerse un caballo!
Finalmente, el pequeño soltó una risita. Costaba un poco engatusar a Preston para que se comportara como un niño normal. Dellarobia aceleró.
—Si vemos algún caballo, lo atraparemos para la merienda —dijo, y el niño se rio con más ganas.
—¡Podría comerme un perro! —gritó—. ¡Podría comerme a Roy!
—¡Pobre Roy! ¡A Roy no! —contestó ella, que de pronto se sentía inesperadamente libre, como si hubiera salido a divertirse en la ciudad, aunque en realidad no había salido de su finca.
—Ahí va el rey Guillermo —dijo Preston.
Dellarobia no vio nada porque la capucha le tapaba la mitad superior del campo visual.
—¿De verdad? ¿Ya has visto una?
Redujo la velocidad hasta casi detenerse, antes de confiarse y apartar la vista del camino, para poder levantar la mirada hacia los árboles. Tal como había dicho Preston, su majestad estaba revoloteando bajo la lluvia.
—Tienes buena vista. «Rey Guillermo» es como las llama la abuela Hester, ¿no?
—¿Y cómo las llamamos nosotros? —quiso saber el niño.
—Igual, supongo.
Se preguntó qué historias les contaría Hester a los visitantes que subían hasta allí, y deseó conocer el verdadero nombre de las cosas para enseñárselo a su hijo, que era tan observador. Los profesores solían exasperarse con ella, la niña de las preguntas inagotables, pero Preston era todavía peor. Se echó atrás la capucha porque ya casi no llovía. Seguían cayendo gotas de los árboles desnudos, pero el cielo empezaba a clarear. Cerca del bosque de abetos, el aire sobre el camino cobraba vida con el revoloteo de las mariposas.
—¿Qué te parece si paramos aquí y seguimos andando? —dijo ella, aliviada por poder apagar el motor ruidoso y continuar el camino a pie.
Quería ver la carita de su hijo mientras contemplaba las mariposas. Aunque tenía el pelo mojado y pegado a la frente, y las gafas de montura de alambre cubiertas de gotas de lluvia, Preston estaba en la gloria.
—¡Ahí-va-el-rey-Guillermo! ¡Ahí-va-el-rey-Guillermo! —gritaba una y otra vez, disparando la frase como una ráfaga de ametralladora, como cuando gritaba «¡Tres-dos-uno, despegue!» antes de arrojar un objeto al aire.
Pronto hubo demasiados reyes para que Preston pudiera anunciarlos a todos, pero siguió moviendo los labios en silencio.
No había tantas mariposas volando como antes. No eran un río en movimiento, pero quedaban muchas flotando a la deriva. Revoloteando por el sendero, parecían borrachas o quizá un poco locas.
—Ellas también deben de tener hambre —dijo Preston—. ¿Qué comen?
—No tengo ni idea —confesó ella.
Su hijo tenía razón: seguramente necesitarían comer después de haber soportado varios días de lluvia incesante. Se sintió un poco avergonzada de que un niño de cinco años le hiciera preguntas que a ella no se le habían ocurrido, pero se negó a ser la primera en la larga lista de gente que se encogería de hombros en lugar de contestarle.
—Tendremos que buscarlo —añadió.
—¿Dónde?
—En Google, supongo.
—De acuerdo —dijo el niño.
Googlear «mariposa». Sonaba gracioso, como hacerle cosquillas a una merluza, pero ella sabía que a Preston no le parecería cómico. Él se plantaría delante del ordenador de Bear y Hester, pulsaría las teclas y encontraría lo que necesitaba. Tener hijos no era como decía la gente. Era inútil enseñarles a seguir los pasos de los mayores. En cuanto dejaban el biberón y descubrían internet, los padres no servían para nada, excepto para proporcionarles zapatos y una cazadora en invierno. Pero Preston todavía le hacía preguntas, y eso la conmovía. La hacía sentir que eran un equipo. Allí, en el bosque amenazador, le apretaba con fuerza la mano, como si estuvieran cruzando la calle, para acercarse a los árboles cargados de mariposas. El suelo estaba tapizado de alas.
—Mira —le dijo ella, señalando los cúmulos pardos suspendidos de las ramas.
Para entonces, los árboles estaban invadidos por completo. Incluso los troncos estaban forrados de mariposas desde el pie hasta la copa, convertidos en peludas piernas de gigantes. Era un bosque hecho de mariposas, mágicamente adornado con oscuros racimos colgantes que aparentaban ser trenzas de bruja o cúmulos de hojas muertas. Ella veía esa realidad porque sus ojos conocían el secreto. Pero Preston aún no lo había descubierto. Vivo e inmóvil, el secreto aún lo estaba esperando. Dellarobia observó el rápido movimiento de sus pupilas oscuras, que trataban de resolver el enigma y veían sin ver. «Es mío, es nuestro», le decía a ella su corazón, formulándole promesas desde dentro. Era mucho mejor que la Navidad. No veía el momento de darle su regalo: la visión.
—¿Qué es eso? —preguntó el niño.
—Eso también son las mariposas. Ya sé que parece muy raro que cuelguen de esa forma, pero todo lo que ves son mariposas.
—¡Halaaa! —gritó el niño, soltándose de su mano.
Fue corriendo hasta un colosal racimo que casi tocaba el suelo desde una altura de diez metros, haciendo que el niño pareciera diminuto a su lado. Antes de que ella pudiera impedirlo, Preston alargó la mano y lo tocó, provocando un repentino despertar. Una miríada de alas empezaron a abrirse y agitarse dentro del cúmulo. La parte más baja de la erizada columna se desprendió, cayó al suelo con un golpe seco y causó un estallido en cámara lenta del que surgieron un sinfín de mariposas que se dispersaron volando.
Preston volvió la vista hacia ella, esperando una reprimenda.
—No es nada. Puedes tocarlas, supongo, pero ten cuidado.
Dellarobia se acercó un poco más para ver el espectáculo tal como lo estaba viendo su hijo. No había examinado de cerca los racimos y aún entonces le resultaba difícil entender cómo estaban hechos. Ninguna mariposa parecía aplastada ni pegada a las alas de las demás. No era como un amontonamiento de coches en un desguace; no era nada ni remotamente tan simple. Parecían adheridas por las delicadas patas delanteras a alguna parte del árbol: a la corteza, las ramas o las mismas puntas de las agujas de abeto. Las líneas generales del árbol aún resultaban visibles por debajo: la columna del tronco y las ramas, que se abrían como escobas, pero todo resultaba aumentado y exagerado por las ocupantes. Solo en los extremos de los cúmulos colgantes parecía como si algunas mariposas estuvieran agarradas a las patas de las otras. «Las inseguras y las desesperadas», pensó Dellarobia. Ningún mundo estaría completo sin ellas.
—Mamá, huelen —dijo Preston.
Ella inhaló el aire, recordando que llevaba varias horas sin fumar, pero no detectó ningún olor.
—¿Bien o mal? —preguntó—. ¿Cómo huelen?
Lentamente, Preston redujo la distancia y acercó la cara a los últimos centímetros que lo separaban de esa forma de vida, hasta tocarla con la nariz. Olfateó y pronunció su veredicto:
—Bien. Un poco como las luciérnagas y un poco como el polvo.
Crystal los estaba esperando en la puerta trasera, con el abrigo puesto y el bolso colgado del hombro, lista para salir pitando. Tenía en la mano la carta para Abby, pero había vuelto a meterla en el sobre.
—¡Crystal, lo siento! Te debo un favor, de verdad. Hemos tardado más de una hora. Puedes llevarte mi coche si tienes que ir a buscar a los niños. ¿Dónde está Cordie?
—Durmiendo la siesta. Te dejaré el coche en casa de Hester, ¿de acuerdo? —Desvió la vista hacia el pasillo y dijo en voz baja—: Hay alguien en la puerta delantera.
Dellarobia vio que Roy estaba plantado a pocos centímetros de la puerta y la miraba directamente, como si fuera capaz de ver a través de la madera. No ladraba, pero gemía como si estuviera hablando y agitaba la punta blanca de la cola en lentos círculos. Roy era un excelente juez del carácter humano, por lo que podía deducirse que la presencia en la puerta no era una amenaza. Pero había que atenderla.
—¿Quién es?
—¡No lo sé! Llevan ahí…, no sé…, quince minutos.
—¿Son más de uno? ¿Hombres o mujeres?
—Son una familia, creo: una pareja y una niña pequeña.
—¡Dios santo, Crystal! ¡Si traen una niña, no pueden ser asesinos en serie! Quizá necesitan ayuda. ¿Por qué no les has abierto la puerta?
Crystal miró a Preston por el rabillo del ojo y se tapó un lado de la boca con el sobre.
—Son extranjeros —susurró.
Dellarobia tuvo un momento de desconcierto, y Crystal aprovechó para salir por la puerta de la cocina. Preston se situó al lado de Roy delante de la puerta, pero ella sabía que no iba a abrirla, porque conocía muy bien, como todos los niños, el peligro de los extraños. Dellarobia se asomó por el ventanuco de la parte superior de la puerta, pero no vio nada. Tuvo que ponerse de puntillas y mirar hacia abajo para verlos finalmente en el porche: un hombre y una mujer, los dos más o menos de su altura o quizá incluso más bajos. Parecían mexicanos, o en todo caso, gente de piel bastante oscura, sobre todo el hombre. ¿Serían testigos de Jehová? ¿Viajarían por el mundo para difundir su causa?
Abrió la puerta de inmediato.
—¿En qué puedo ayudarlos?
La que habló fue una niñita que estaba entre los dos adultos:
—¡Preston!
—Hola, Josefina —dijo el niño efusivamente, hablando como si fuera el hombre de la casa.
La mirada de Dellarobia pasó de su hijo a la pequeña y de esta a sus padres.
—¿Esta niña es amiga tuya, Preston?
—Está en la clase de la señorita Rose, como yo —contestó él.
Los dos se dieron un abrazo obediente y estereotipado, como dos niños en una reunión familiar, mientras Dellarobia miraba a los mayores sin saber qué hacer. El hombre lucía un poblado bigote y vestía ropa de trabajo, cazadora y gorra con visera. La mujer iba un poco más arreglada, con vestido floreado de aspecto veraniego bajo un cárdigan azul. Por lo visto, tampoco esa familia había sacado del armario los abrigos de invierno. El hombre y la mujer le estrecharon con firmeza la mano a Dellarobia mientras le decían sus nombres: Lupe y Reynaldo, y un apellido que olvidó al instante.
—Bueno, pasad —dijo ella.
La niña les dijo algo a sus padres y los dos la siguieron cautelosamente, se limpiaron los zapatos en el felpudo y entraron en la casa de manera tan dubitativa que no fue fácil cerrar la puerta tras ellos. Dellarobia empezó a desabrocharse el abrigo, pero de pronto se dio cuenta, con un nuevo sobresalto, de que estaba medio desnuda debajo. La ropa mojada que se había quitado antes de salir yacía todavía en el vestíbulo, en un charco de agua. Los visitantes iban a pensar que los habitantes de esa casa eran unos cerdos.
—Siento mucho que hayáis tenido que esperar tanto tiempo ahí fuera. Habíamos salido. Sentaos, por favor, en el salón. Estaré con vosotros dentro de un minuto. Preston, hazme un favor de niño mayor: ve a la cocina y tráeles a todos un vaso de agua.
Una vez más, la niña se dirigió a sus padres en español, intercambiando esta vez varias frases. Lo que les dijo, fuera lo que fuese, obró el efecto deseado, porque los dos fueron directos al sofá y se sentaron. Dellarobia fue rápidamente a ver a Cordie, que estaba durmiendo, y enseguida corrió a su habitación para peinarse un poco y ponerse algo decente. Cuando volvió al cuarto de estar, vio que Preston había servido el agua en los vasos de plástico que le permitían usar. A Lupe le había tocado el de Shrek, y a Reynaldo, el de Bob Esponja, pero los dos los sostenían como si fueran copas de cristal. Dellarobia observó que la mujer llevaba medias debajo de unas sandalias de verano de material plástico y sintió pena por ella porque sabía exactamente lo que significaba estar atrasada en todos los pagos. El hombre se había quitado la gorra y la había dejado sobre el apoyabrazos del sofá. Su bigote trazaba dos líneas curvas en la comisura de los labios, como un paréntesis, como si todo lo que fuera a decir tuviera que ser tranquilo y casual. Josefina era su princesa, con pantalones acampanados de flores y camisa de cuadros. Estaba sentada entre sus padres, sonriendo tímidamente a Roy, mientras su padre le tendía el dorso de la mano al perro para que lo oliera y la animaba a ella a hacer lo mismo. Roy se dejó acariciar debajo del hocico y después fue a tumbarse en el vestíbulo, satisfecho de haber cumplido con su labor de guardián.
—Bueno —dijo Dellarobia, preguntándose si debía ofrecerles galletas. Quitó una pila de ropa de uno de los sillones, para sentarse, y Preston se dejó caer junto a ella, en la alfombra—. Me alegro de conocer a una amiguita de Preston. Es mi hijo mayor, por lo que todavía se me hace raro mandarlo al jardín de infancia, donde vive en otro mundo completamente diferente y del que yo no sé nada.
Al instante, lamentó haber dicho eso del «otro mundo» porque pensó que quizá lo malinterpretaran, pero ya era tarde para cambiarlo, pues la niña ya lo estaba transmitiendo. Los mayores sonrieron y asintieron, al parecer sin sentirse ofendidos. Dellarobia empezaba a comprender que esos padres no entendían ni una palabra de inglés. Debían de vivir en Feathertown, ya que su hija estaba matriculada en la escuela del pueblo. Pero fuera cual fuera su situación, era evidente que se manejaban con una niña de parvulario como intérprete. ¿La llevarían también cuando iban de compras o al banco? Dellarobia no tenía manera de saberlo. Y no podría haberse sorprendido más por lo que la niña dijo a continuación.
—Mi mamá y mi papá quieren ver las mariposas.
—¿Estás de broma?
La niña empezó a traducir, pero Dellarobia la detuvo.
—No, no les digas eso. Pregúntales cómo se han enterado de lo de las mariposas.
—Las conocemos mucho —respondió Josefina, esta vez sin consultar a sus padres—. Se llaman mariposas monarca y vienen de México —explicó, pronunciando en español el nombre de las mariposas y el de su país de origen.
—Ah —dijo Dellarobia, atónita.
—Las monarcas vienen de Michoacán, y nosotros también somos de allí.
Josefina le sonrió con toda su blanca dentadura, ganando por momentos en aplomo y desenvoltura. Era un poco más alta que Preston y parecía mucho mayor. Quizá la habían matriculado en el jardín de infancia, aun siendo mayor, para que aprendiera el idioma, supuso Dellarobia. O tal vez había vivido el doble que cualquiera de los niños de su edad que había en el pueblo. Parecía probable.
—Monarcas… —dijo Dellarobia—. Sí, creo que he oído antes ese nombre.
Intentó hacer memoria. Tal vez en Discovery Channel.
—Monarcas —repitió la niña, tratando de imitar el acento de Dellarobia.
—¿Estás diciendo que antes estaban allá abajo y que ahora han venido a vivir aquí arriba?
Dellarobia se arrepintió de haber dicho «allá abajo» y «aquí arriba» porque pensó que quizá esos términos fueran ofensivos para los inmigrantes. Pero a la niña solo le interesaban las mariposas.
—No —respondió—. Les gusta vivir en Michoacán. En los árboles. Viven en grandes, grandes… —Trazó una figura con las manos mientras trataba de encontrar las palabras—. En racimos —dijo, finalmente, en español—, como las uvas.
Dellarobia se quedó boquiabierta.
—Sí, exacto. Como grandes racimos de uvas suspendidos de los árboles. ¿Los has visto?
La niña asintió con la cabeza. Enseguida les dijo algo a sus padres, que también asintieron vigorosamente.
—A mi mamá, alguien le contó que las mariposas habían venido. Una amiga suya lo leyó en el periódico. Antes de venir aquí fuimos a otra casa a pedir que nos las enseñaran. Pero la señora nos dijo que teníamos que darle dinero para verlas, y entonces nos fuimos.
—Te refieres a Hester, mi suegra. ¿Era una señora con el pelo blanco recogido en una coleta?
Dellarobia se señaló una coleta imaginaria en la nuca.
—Sí —asintió Josefina.
—¿Quería cobraros por ver las mariposas? ¿Eso cuándo fue?
—Hace días.
—¿Por Acción de Gracias?
La niña le preguntó a su madre, que le respondió con una palabra que Dellarobia entendió. «Noviembre».
—Fue en noviembre —le confirmó Josefina.
«¡Esa bruja!», pensó Dellarobia. Les estaba cobrando a todos menos a los feligreses de su congregación. Si de verdad se había producido un milagro, Hester tenía que sacarle provecho.
—¿Cómo se os ocurrió acudir aquí?
—Hoy Preston vino en el autobús, y yo vi que eras buena y amable.
—Bueno, gracias. Podéis subir y ver las mariposas cuando queráis. Gratis. Esa señora con la que hablasteis no es la dueña.
La niña tradujo y todos sonrieron. Dellarobia se preguntó si querrían subir en ese preciso instante.
—El único problema —aclaró— es que tengo un bebé que está durmiendo, así que ahora no es un buen momento. Podemos ir otro día de esta semana si queréis. ¿Me apuntáis vuestro teléfono para que os llame?
Arrancó una hoja del bloc de dibujo de Preston y se la dio a la niña, que se la pasó a su padre con las instrucciones correspondientes. El hombre sacó un lápiz del bolsillo, escribió un número de teléfono y le devolvió la hoja. Era un número de diez dígitos, con el prefijo de la zona, pero escrito con pulcras cifras de aspecto extranjero. Los sietes tenían un palito atravesado, como la letra «t».
—Entonces —dijo Dellarobia mientras doblaba en cuatro el papel—, ¿ya habíais visto esto en vuestro país? ¿Habíais visto a las mariposas reunidas?
—En Michoacán, mi papá es guía de las mariposas monarca —respondió la niña, medio en inglés, medio en español.
Estaba cada vez más entusiasmada. Botaba casi imperceptiblemente en el sofá y se quedaba sin aliento cada vez que hablaba.
—Mi papá lleva a la gente a caballo por el bosque —prosiguió— para que vean a las monarcas. Lo explica todo, cuenta las mariposas y hace muchas cosas más para los… para los científicos. Y mi madre les prepara tamales.
Dellarobia sujetó suavemente entre sus manos la cabecita de Preston y se la levantó para que la mirara a los ojos.
—¿Habéis hablado de esto en la escuela? ¿De las mariposas?
—La señorita Rose le dijo algo a la señorita Hunt, pero a nosotros no — respondió el niño—. Josefina me preguntó si había visto a las mariposas, porque ella sí que las había visto. Dijo que formaban esas cosas enormes en los árboles. —Miró a Josefina y otra vez a Dellarobia, temiendo como siempre haber dicho algo malo—. Por eso yo también quise verlas.
—¡Vaya! No me lo puedo creer —dijo Dellarobia sin saber por dónde empezar a preguntar—. ¿Tenéis estas mariposas en México? ¿Todo el tiempo? ¿O solo aparecen a veces?
—En invierno —dijo la niña—. En verano, las monarcas vuelan por todas partes, beben de las flores y llegan hasta aquí, hasta este país. Y en invierno se vuelven para Angangueo, que es mi pueblo. Todos los años lo mismo.
—¿Y así es como se ganan la vida tus padres? ¿Trabajando con las mariposas y la gente que va a verlas?
—Mucha gente de… —Josefina hizo una pausa, con los ojos fijos en un punto a media distancia, mientras buscaba las palabras—. De todos los sitios. De miles de países.
—¿Quieres decir que llegan turistas de todo el mundo? ¿Cuántos? ¿Cien, doscientos?
Se preguntó si la niña sabría diferenciar entre unas docenas y varios cientos.
—Miles de personas. Cien millones de mariposas.
Esa fue su respuesta.
—¿Cómo sabes cuántas mariposas hay?
La niña pareció ofendida.
—Porque mi padre es guía y yo voy con él a caballo.
—¿Sabes montar a caballo? —preguntó Preston en un susurro con expresión reverente, como si su amiga fuera una de las Supernenas.
—Perdona que te lo pregunte, pero ¿por qué no os quedasteis allí? —dijo Dellarobia.
—No hay más. Se fueron.
Dellarobia se inclinó hacia adelante, con las manos apretadas entre las rodillas, temiendo extrañamente lo que pudiera venir después. Fuera o no un milagro, lo de la montaña era un regalo. Se había atrevido a imaginar incluso que era un regalo para ella en concreto, pero ni una sola vez se había planteado que quizá fuera robado.
—¿Quieres decir que las mariposas no han vuelto?
—¡Ahora no hay nada! —exclamó la niña con evidente tristeza—. El agua, el barro… Hubo una riada…
Miró a sus padres e hizo varias preguntas, que ellos contestaron, pero no dijo nada más.
—¿Una inundación? —preguntó Dellarobia suavemente.
Pensó en el desprendimiento de tierra de Great Lick, que se había llevado un trozo de la carretera 60, en septiembre. En las noticias lo habían descrito como una vorágine que había llenado el valle de piedras, barro y árboles astillados.
—¿Se desplomó una ladera? —insistió Dellarobia, ilustrando con el movimiento de las manos lo que quería decir.
Josefina asintió con expresión grave mientras su cuerpo se encogía en el sofá.
—Un corrimiento de tierra —dijo su madre en español, sentándose a la niña en la falda y rodeándola con ambos brazos con gesto protector.
Toda la familia parecía al borde de las lágrimas.
—Lo siento —dijo Dellarobia.
El padre dijo algo en español, en voz baja, y Josefina tradujo:
—Ha desaparecido todo.
—¿Qué es lo que ha desaparecido?
—Las casas, la escuela, la gente…
—¿Perdisteis vuestra casa?
—Sí —dijo la niña—. Todo. La montaña. Y también las monarcas.
—Debe de haber sido terrible.
—Terrible, sí. Murieron algunos niños.
«Dios mío», pensó Dellarobia. Muchas cosas podían ser «terribles», pero había diferentes grados de horror. El desprendimiento de tierra de Great Lick se había llevado un tramo de carretera y nada más. No había destruido ninguna escuela, ni se había cobrado vidas.
—¿Cuándo fue eso? —preguntó—. ¿En qué año?
La niña preguntó y la madre respondió con una palabra que Dellarobia logró entender. Josefina la repitió:
—Febrero.
—¿Fue el invierno pasado? Entonces ¿tú lo recuerdas? ¿Cuándo pasó? ¿Hace diez meses? ¿Vinisteis a Feathertown después de eso? ¿En primavera?
La niña asintió.
—Mis primos y mi tío ya trabajaban aquí desde hacía mucho.
—Ah, ya entiendo. En el tabaco —dijo Dellarobia.
—Tabaco —repitieron los padres, asintiendo con la cabeza.
El hombre se señaló a sí mismo y dijo «tabaco» en español, y varias cosas más. Era evidente que podía seguir la conversación hasta cierto punto. La imagen que Dellarobia se había hecho de esa familia no hacía más que cambiar. Habían tenido una casa y un trabajo que consistía en dar algún tipo de asistencia a unos científicos. Ahora, el hombre sobrevivía como jornalero. Dellarobia se sintió abrumada por el alcance de las cosas que ignoraba: montañas que se desplomaban y aplastaban a la gente. Esa noche, iría con Preston a casa de Hester y usarían juntos el ordenador.
Le tendió una vez más al hombre la hoja de papel doblada y le pidió:
—¿Le importaría escribir aquí el nombre de su pueblo? ¿Del lugar de donde vienen? Para poder…
¿Qué iba a decirle? ¿Que lo quería para buscarlo en Google? Sonaba morboso, como un caso de voyeurismo. Aunque ¿qué otra cosa eran las noticias de la televisión? Pero los mirones se sienten mucho más decentes cuando las víctimas no están sentadas en su propio sofá.
—Para saber un poco más del lugar de donde venís ustedes —dijo finalmente.
El hombre le devolvió el papel, con varias palabras escritas bajo el número de teléfono: «Reynaldo Delgado. Angangueo, Michoacán».
El apellido que Dellarobia había olvidado y el pueblo que ya no existía.
Después, siguieron un buen rato sentados, en silencio. Dellarobia había participado en muchas reuniones convocadas para rezar por diferentes causas, pero no sabía qué decir a una familia que había perdido su mundo, incluida la montaña bajo sus pies y las mariposas que llenaban el aire.