Conducta migratoria
3 Espacios para la congregación
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Espacios para la congregación
DELLAROBIA sintió que la atmósfera estaba agitada en la cafetería de la iglesia, el llamado «Café en Cristo». Crystal Estep estaba estacionada en una de las mesas centrales, minuciosamente arreglada para la misa, con una cascada de rígidos rizos lacados sobre los hombros. Todo un Niágara de reflejos rubios era Crystal, sentada a solas con su desayuno y tan concentrada en él que cualquiera habría dicho que aquella era su primera cita con la Pepsi y el donut glaseado. La gente no solía esforzarse tanto por parecer inocente sin ninguna razón, le pareció a Dellarobia. Miró a su alrededor para encontrar el resto de la historia y lo localizó cerca de la máquina de zumos, donde vio dos mesas ocupadas por Brenda, la examiga de Crystal, la de la mano aplastada por la puerta del coche, y un grupo de amigas suyas con expresiones airadas. Dellarobia se dio cuenta entonces de que la damnificada era esa Brenda en concreto, una de las tres hermanas que atendían la guardería de la iglesia junto con su madre. Brenda parecía estar de baja ese día y no perdía ocasión de levantar los dos dedos medios escayolados, básicamente para hacerle a Crystal un gesto obsceno en medio de la iglesia.
Dellarobia no pensaba mezclarse en sus querellas. El principal propósito de ir a la iglesia era dejar a Preston y Cordie en la escuela dominical y tomarse un respiro de las rencillas sobre quién fue el primero en hacer qué. Evidentemente, Crystal ya se le había adelantado y había dejado a Jazon y Mical en manos de las hermanas de Brenda, lo cual no dejaba de ser interesante. Dellarobia se bebió el café abrasador en dos rápidos sorbos, sin sentarse, tiró el vaso de plástico a la papelera y se dirigió por el pasillo hacia el templo. Los tacones de sus botas burdeos golpeaban con fuerza el suelo encerado, anunciando su localización en la iglesia como un GPS. Un Jesús con aspecto decepcionado la miraba desde la pared. Un mes antes, había estado a punto de arruinarse la vida con esas mismas botas, cuando se las había puesto con la intención de cometer adulterio. «¡Mirad, mirad todos! — parecían decir sus pasos—. Aquí viene la pelirroja pecadora». Sintió que había perdido el control de su vida, pero de una forma nueva e irreparable, a menos que hubiese podido volver atrás, hasta antes de ser la actriz secundaria de la familia Turnbow y de casarse con Cub, cuando era simplemente una chiquilla que intentaba seguir su propio camino. Era agotador estar siempre lamentándolo todo. Lamentaba, por ejemplo, haber tenido que salir corriendo de la cafetería. De hecho, se sentía desposeída. Esa cafetería había mejorado sustancialmente sus estancias en la iglesia de la Comunidad de la Montaña desde que la habían inaugurado en septiembre. La iglesia era por sí sola un animado centro urbano donde siempre estaban añadiendo o proyectando nuevos tipos de espacios para la congregación. La estructura prefabricada de la escuela dominical había sido reemplazada el año anterior por un edificio rojo, y ahora, desde que habían abierto el ala nueva, era posible recorrer trechos bastante largos prácticamente sin salir a la calle. Una pasarela techada comunicaba el templo con la sala de la Hermandad Masculina y con el soleado Café en Cristo, un local con suelo de baldosas donde era posible sentarse y quedarse un rato a solas frente a un muffin de moras, junto a otros fieles que también estaban dispuestos a ver el sermón por la televisión en circuito cerrado. La imagen gigante de la cara pixelada del pastor Ogle en las múltiples pantallas resultaba perfectamente cercana y personal para los que no necesitaban la experiencia en directo, como le pasaba a Dellarobia. La asistencia a la iglesia era un requisito impuesto por su matrimonio. Cub estaba convencido de que si se quedaban en la cama los domingos por la mañana, su madre se moriría o lo desheredaría, y prefería no tener que averiguar cuál de las dos opciones tendría lugar. A Dellarobia no le habría importado intentarlo, pero no, tenían que ir a la iglesia.
Al menos de ese modo salía y veía a gente. Poco importaba que fueran amigos o enemigos mientras comieran con la boca cerrada y usaran zapatos sin trabillas de velcro. Casi no veía a nadie desde el cierre del restaurante, seis años antes, y no había imaginado que echaría de menos las largas jornadas de pie o el salario que apenas le llegaba para pagar la gasolina. Pero ser madre y ama de casa era la más solitaria de las soledades, una soledad en la que nunca estaba a solas, pero siempre estaba sola. Pasaban días y días, horas y horas dentro de los días, y días dentro de las semanas, sin que llegara a vestirse por completo, sin que leyera una sola línea medianamente larga y sin que dijera ni una sola palabra que no terminara en «-ito». A veces ni siquiera tenía tiempo de cepillarse los dientes o de poner un pie fuera de la casa. Era simplemente la maternidad, con el coste acostumbrado de una generosidad superior a lo permitido por las propias dimensiones físicas. Había visto ovejas en el prado con corderos gemelos de más de treinta kilos cada uno que corrían tras ellas y casi las tumbaban dándoles topetazos en las ubres para hacer brotar la leche. Así estaba ella: superada. Una vida de amor que le retorcía las entrañas, sacralizada por el techo y los muros que la contenían y el aire que respiraba.
Por eso, la iglesia era para ella una hora en la cafetería, la satisfacción de beber un café, la tranquilidad, la sensación de haberse puesto zapatos, el suelo limpio y el tiempo libre; un recordatorio de que podía pertenecer a algo de las dimensiones de esa congregación si ellos la aceptaban. No se sentía totalmente fuera del ámbito de los creyentes. Había pasado por diferentes fases. Mucho tiempo atrás, cuando su padre lo había perdido todo de golpe (el taller de ebanistería, la salud y la luz interior), le había rezado a Jesús para que se lo devolviera. Cuando murió, su madre abandonó la religión y dejó que Dellarobia se ocupara de todo el trabajo en ese frente. Cuando su madre también enfermó, sintió que la duda lo impregnaba todo. Pero Cub la había convencido para que volviera a rezar durante los años en que ambos intentaban sin éxito que ella se quedara embarazada, y al final sus oraciones fueron doblemente escuchadas: Preston y Cordie, más que suficiente, de momento.
Por esa razón, Dellarobia era lo que Hester llamaba «una cristiana del teléfono de urgencias»: en caso de necesidad, recurría a Dios. Eso la diferenciaba de los que llamaban diariamente al Señor, lloviera o hiciera sol, para comentarle los sucesos del día y sentir su amor. En otra época, Dellarobia había tenido a su madre para eso. Pero, evidentemente, Jesucristo era un interlocutor más fiable y menos proclive a emborracharse hasta quedar inconsciente o a morir de cáncer de hígado. No era de extrañar que mucha gente lo eligiera como su mejor amigo. Pero ¿qué podía hacer ella si no había química? Dellarobia diseccionaba demasiado la vida y todo lo que tenía delante. Durante un año, todos los miércoles, había asistido con Cub al grupo de estudios bíblicos y le había encantado la sensación de volver a la escuela, pero sus continuas preguntas habían puesto a la gente en su contra. Nada más empezar, en el Génesis, identificó dos versiones completamente diferentes del origen y sugirió que quizá solamente hubiera que escuchar y sentir los versículos como si fueran música, en lugar de tomarlos como el libro de instrucciones que acompaña a un electrodoméstico. Ese punto de vista no fue del agrado de la directora permanente de los debates, Blanchie Bise, fanática de la interpretación literal de la palabra divina. Sin embargo, la primera regla para que algo fuera creíble era una historia bien construida. Al final, Hester había dado su autorización para que Dellarobia dejara de asistir a los miércoles bíblicos.
Se detuvo un momento en la puerta del salón de los Faros Sagrados, el nombre con el que habían bautizado el templo, porque el pastor Ogle decía que cualquiera de los fieles podía considerarse un faro de la fe. El santuario recién remodelado era enorme. La iglesia era el mayor espectáculo de Feathertown, con diferencia. Los domingos por la mañana, Bobby Ogle conseguía que la gente se levantara de la cama y acudiera a misa incluso desde lugares bastante alejados, como Cleary, localidad más importante situada a unos veinte kilómetros de distancia. Dellarobia se puso a observar el mar de cabezas vistas por detrás: las de las mujeres, con vívidos tonos individualizados, y las de los hombres, asombrosamente uniformes. Trescientas personas que bajaban la voz y se preparaban para lo que iban a recibir: un alimento espiritual que para ellas era completamente real. Dellarobia sintió una punzada de envidia, como si todos recibieran puntualmente su salario, y el cheque de su paga fuera el único que rebotara. No tenía sentido. Aquel primer día en la montaña había creído sin problemas en una gloria celestial fabricada especialmente a su medida; pero allí, en ese recinto, no hacía más que luchar contra las perpetuas dudas que le planteaba su condición. La única gloria que podía imaginar en ese instante era la del muffin de moras que había planeado comprar en la cafetería. Lo ansiaba tanto como un cigarrillo. Ansiaba la blandura esponjosa de ese muffin sobresaliendo por encima del molde de papel acanalado, desmigajándose por toda la mesa y recubriendo dulcemente su garganta con lo que fuera que tenía dentro, probablemente alguna de esas cosas que obstruían las arterias como la grasa de tocino en un desagüe. Sopesó sus opciones: el muffin, Crystal, Brenda… Y decidió que no. Localizó la cabeza de Cub, como una torre junto a la de su madre, y se dirigió hacia ellos por el pasillo central, evitando el contacto visual con los visitantes habituales del templo.
Rápidamente, se sentó al lado de Cub. Él pareció encantado y enseguida le cogió la mano y entrelazó sus grandes dedos con los deditos de ella. Fue levemente triste, pero a la vez muy auténtico, que él la reclamara como suya allí mismo, delante de Hester y Dios, si es que alguno de los dos estaba mirando. Era una de las pocas cosas que sabía hacer bien si se lo proponía: hacer feliz a Cub. Se pasaba el día prometiéndose a sí misma que lo intentaría, casi con tanta frecuencia como respiraba; sin embargo, con la misma regularidad, la idea de que estaba hecha para otra cosa le echaba por tierra el propósito. Para otra cosa, o quizá para otra persona. Apoyó la cabeza sobre el hombro de Cub y suspiró, con la nostalgia del desayuno que no había podido tomar. Sería capaz de soportar una hora más si su estómago no se ponía a gruñir.
El pastor Ogle subió al escenario, vestido como de costumbre: vaqueros y camisa con el cuello desabrochado, nada fuera de lo normal. Pero por el solo hecho de verlo en el estrado, la atmósfera de la congregación cambió, como el tiempo meteorológico. Por las respiraciones contenidas y la atención expectante, Bobby Ogle muy bien podría haber sido la famosa marmota que predice el final del invierno. Si ella hubiese sido capaz de atraer de ese modo la atención de la gente, aunque solo fuera durante diez segundos, no quería imaginar lo que hubiese sido capaz de decir. Bobby era increíble. Y ni siquiera había empezado a arengar a los fieles, sino que estaba haciendo las últimas comprobaciones con el director del coro, antes de empezar a cantar el primer himno. Ella había visto a los predicadores de la televisión, con sus peinados de peluquería y sus anillos de diamantes, que resplandecían a la luz de los focos del estudio, y se preguntaba cómo era posible que alguien confiara el dinero de las limosnas a unos hombres tan ostentosos. El pastor Bobby era todo lo contrario, poseído por el mismo encanto descuidado que probablemente habría tenido Jesucristo. De haber vivido en la época actual, quizá Jesús se habría comprado la ropa en las mismas tiendas de ocasión donde Bobby compraba la suya, y habría cambiado la melena hippy por un corte como el de Bobby, con flequillo recto. El pastor parecía un buen chico, un joven al que todo el mundo habría querido invitar a cenar a su casa. Aunque Bobby, a diferencia de Jesús, habría vaciado la nevera. Debía de pesar por lo menos ciento treinta kilos. Había jugado al fútbol americano con los Feathertown Falcons, igual que Cub, pero cinco años antes. Dellarobia se había enterado por casualidad de que sus compañeros de equipo lo llamaban Tetitas Ogle, por su anatomía. Los chicos pueden ser muy crueles. ¿Cuántos de los fieles lo recordarían aún? Habría apostado dinero a que muchos de ellos se habían reído en algún momento de Bobby Ogle al verlo correr por la línea de las cincuenta yardas con la delantera bamboleándose. Pero él había hecho algo en la vida: había estudiado en el seminario, había fundado esa iglesia con su mujer y había criado a sus hijas gemelas, sin dejar en ningún momento que la amargura le agriara el espíritu. La explicación estaba en la expresión de su cara mientras escuchaba a Nate Weaver, el director del coro: pura paciencia. La mayoría de la gente consideraba a Nate demasiado engreído. Parecía ir vestido para un espectáculo completamente diferente, embutido en su brillante traje marrón como una salchicha en su tripa. Su nueva perilla no era suficiente para disimular la creciente papada, si es que se la había dejado para eso. Dellarobia sabía que esos pensamientos la convertían en una persona pequeña y mezquina.
El pastor Ogle estaba por encima de esas cosas. Le dio unas amables palmaditas a Nate en el hombro, fue hacia el centro del escenario y se detuvo un momento bajo la brillante luz de los focos sin ninguna nota en la mano. No había púlpito. Solo Bobby y nada más, de pie en la laguna de su propia sombra. Con un gesto, indicó a la congregación que se pusiera de pie para entonar ¡Oh, qué amigo nos es Cristo!, y todos le obedecieron. El señor Weaver se puso a agitar la mano para dirigir el coro, de la manera excesivamente vigorosa que tanto irritaba a Dellarobia. Hester monopolizaba el himnario y obligaba a Cub a inclinarse hacia ella para compartirlo, consiguiendo de ese modo poner de manifiesto incluso allí, en la casa del Señor, que tres son multitud. Iba más llamativa que nunca, con un vestido azul con chorreras como los que usaba Loretta Lynn en las galas del Grand Ole Opry. El pastor Ogle se había ganado a Hester, que antes frecuentaba una iglesia baptista de línea más dura, y Dellarobia sabía que parte del cambio se debía a un acuerdo marital. Bear ya no asistía a la misa. En esta iglesia, tenía la posibilidad de quedarse todo el tiempo en la sala de la Hermandad Masculina, donde podía jugar a las damas y oír música country con el volumen suficientemente bajo para que quien lo deseara escuchara al mismo tiempo el sermón retransmitido por circuito cerrado. Bobby había dado con la clave de los fieles modernos. Había notado que a muchos les aprovechaba más la experiencia de la salvación si tenían un mando a distancia en la mano.
Dellarobia pensó que la Hermandad Masculina debía de tener su encanto, sobre todo en ese momento, mientras la congregación atacaba el cuarto verso de ¡Oh, qué amigo nos es Cristo! y lo arrastraba como un arado por un suelo de arcilla reseca. En la Hermandad Masculina, nadie estaba obligado a cantar. Lo único que le faltaba era un ambiente un poco más acogedor para las hembras de la especie. Ella había entrado un par de veces para sacar una Coca-Cola Light de la máquina y había observado que incluso estaba permitido fumar. Habitualmente, la familia se dividía en cuatro: Bear iba con los hombres; los niños, a la escuela dominical; ella, a la cafetería, y Hester, al santuario con Cub detrás, manejando a su hijo como a una trucha al final del sedal, que siempre acababa por recoger y capturar. Dellarobia había intentado que Cub se quedara con ella en la cafetería, donde había sobre todo mujeres jóvenes, pero también algunas parejas. Después de todo, el tema dominante del ministerio del pastor Ogle era que «El amor de Cristo está en todas partes en igual medida». Pero resultaba inútil luchar contra Hester, porque era una persona hecha para ganar. Era su naturaleza: correosa, recta e invencible.
El blando y redondo Bobby era justo lo contrario. Se ganaba a la gente de otra manera, utilizando las manos para empujar y tirar de sus fieles, como si estuviera amasando, para hacer surgir la gracia de Dios. Como un humilde panadero haciendo pan. La gente decía que había sido un niño expósito, abandonado al nacer y adoptado por un ministro mayor y su esposa, que ya habían fallecido. Dellarobia se preguntó cómo sería no saber nada de la familia de origen. Todos sus parientes directos habían muerto, pero al menos los había conocido. Bobby dedicaba todos los sermones del Día de la Madre a la santa mujer que lo había recogido, atendiendo al llamamiento de Dios de proteger a los desamparados. Bobby era el amor personificado, hasta el punto de que se rumoreaba que su iglesia negaba el infierno o que en su versión del cielo todo el mundo iba a parar al mismo sitio, incluso los criminales y los musulmanes. Dellarobia no podía confirmar ni denegar las acusaciones. Bajo la luz que emanaba de Bobby, todo parecía posible. En ese momento, mientras calentaba el ambiente y todos los presentes cantaban a la felicidad y al amor mirándolo, su cuerpo parecía sintetizar una especie de vitamina a partir de la mirada de los fieles. La coleta de Hester prácticamente ondeaba al viento, movida por la brisa de los «aleluya».
Después del himno, Bobby dijo en voz baja:
—Querrán sentarse.
Lo dijo sin signo de interrogación y moviendo una mano en dirección al suelo, como ordenando a un perro que se sentara. Todos obedecieron. Dellarobia mantuvo los ojos abiertos durante las oraciones. Era un viejo hábito, tal vez porque era observadora por naturaleza. Abrió el bolso sin hacer ruido y se aseguró de que el teléfono estuviera en modo de vibración, ya que a Dovey le gustaba enviarle mensajes de texto los domingos por la mañana para divertirse. Tenía uno en espera: «Yo os haré pescadores de hombres. Vosotros pescaréis y Dios limpiará las tripas». El gusto de Dovey por los chascarrillos bíblicos era ilimitado. Se le ocurrían leyendo las marquesinas de las iglesias. Antes de que existieran los SMS, los pasaba en papelitos doblados durante las clases de salud e higiene o historia, en el instituto. Dovey era católica de familia italiana —ella y sus cinco hermanos, todos con caóticas cabelleras de rizos oscuros—, y decía que había aguantado suficientes horas de iglesia durante la infancia para todo el resto de su vida. Dellarobia sacó las gafas del bolso y se las puso, posiblemente para fastidiar a su suegra. «Los chicos no se propasan con chicas que llevan gafas», solía canturrear Hester cuando se las ponía, y ella estaba tan harta de oírlo que podría haber gritado. Si hubiese sido cierto, la buena señora no habría tenido los nietos que tenía. La gente podía pasar por alto cualquier cosa cuando le convenía, incluso la fabricación de los bebés.
Bobby terminó las oraciones con un recordatorio para que todos tuvieran presentes en su pensamiento a los enfermos y los afligidos, y mencionó a los miembros de la congregación que necesitaban ese tipo de apoyo. La lista era impresionante, pero él nunca llevaba nada anotado. Dellarobia intentó una vez más quitarse de la cabeza el muffin perdido, pero el bollito seguía presente en la burbuja de sus pensamientos, próximo a alcanzar el tamaño de un neumático Goodyear. Se dio cuenta de que la camisa de cuadros de Bobby era de la tienda Target y recordó que había estado a punto de comprarle una igual a Cub. Al pastor Ogle no le gustaban los trajes brillantes. No le interesaban las cosas de este mundo; solo el amor. Oyó que mencionaba la inminente misa de Acción de Gracias, antes de distraerse otra vez. El maldito muffin no se le iba de la cabeza. Se suponía que después iban a casa de Hester para la comida del domingo. Le vino a la memoria una blusa azul marino que Dovey le había prestado en junio para un funeral. Lo recordó al reconocer a Eula Ratliff entre los miembros del coro porque la muerta había sido su madre. De no haberlo hecho, la blusa podría haberse quedado en su abarrotado armario hasta que muriera alguien más, aunque tampoco importaba demasiado. Su armario y el de Dovey estaban más o menos fusionados porque desde octavo curso compartían talla de ropa. Y aún hoy seguían usando la misma, lo que significaba que todavía conservaban la misma figura adolescente. Dovey lo consideraba un éxito en Dellarobia, después de tres embarazos, pero para ella no era ningún mérito ser capaz de meterse en una talla treinta y dos, sino más bien una forma de inexistencia. A veces se preguntaba si no se habría casado con Cub con el propósito subconsciente de formar parte de algo con más volumen.
Una pareja de rezagados se sentó silenciosamente junto a ella en el banco. Enseguida, los dos cerraron los ojos para rezar, dejándole total libertad para observarlos. El hombre llevaba unas gafas de sol de aspecto deportivo sobre la cabeza, como si acabara de bajarse de un descapotable. Pero si la chica que lo acompañaba era su mujer, entonces no había ningún descapotable en la historia. Probablemente, había dedicado un par de horas a arreglarse el pelo y aplicarle laca, y había convertido cada uno de los mechones del flequillo en pequeñas lanzas, todas ellas apuntadas hacia los ojos, lo que a Dellarobia le produjo un escalofrío. Todo lo referente a los ojos le causaba aprensión. Preston tenía una costumbre que la ponía enferma y que consistía en pasarse el lápiz por la línea del nacimiento del pelo mientras pensaba en lo que iba a escribir. Cuando lo hacía, ella sentía como si la punta afilada fuera a clavarse en su propia carne y parpadeaba como reflejo defensivo. Le habría gustado esconderle todos los lápices.
El ayudante del pastor leyó un pasaje bíblico acerca de la voz del Señor, que desgajaba las encinas y desnudaba los bosques, tal vez para recordar a la congregación que era otoño. En ese momento, el hombre de las gafas deportivas parecía estar mirándola subrepticiamente. Dellarobia había pasado por una fase en que se ponía minifaldas para ir a la iglesia, incitada por su amiga Dovey, que una vez le había dado una grimosa estola antigua de piel de zorro, con la cabeza y las garras intactas, y la había desafiado a llevarla a misa. Pero eso había sido antes de que nacieran los niños. Ahora se consideraba afortunada si conseguía abrocharse todos los botones y cerrarse las cremalleras, y ya no se proponía ir llamativa, sino solamente presentable, como por ejemplo con el jersey verde de cuello vuelto y la falda vaquera que se había puesto ese día. ¡Pero esas botas! Iba a tener que tirarlas al río.
El coro se lanzó con una versión a ritmo de rock and roll de Toma mi vida, es para Ti, interpretada con guitarras eléctricas, batería y teclados. La congregación podía intervenir, pero en los números especiales, el sistema de audio daba preferencia al coro, que siempre sonaba muy bien, como los himnos que pasaban por la radio. Pese al pomposo señor Weaver, los miembros del coro parecían divertirse y pasarlo en grande. Todos, excepto un tipo mayor que se veía demasiado serio, con una mano apoyada en el pecho, como si pensara proponerle matrimonio a Jesús y temiera una respuesta negativa. Los demás rebosaban entusiasmo: levantaban las cejas y ponían un signo de exclamación al final de cada frase. «¡Toma mis pies, son para Ti! ¡Haz que corran para Ti!». Dellarobia buscó entre los miembros del coro a sus compañeros de promoción: Wilma Cox, con su gigantesca blusa de cuadros; Tammy Worham, que se había apellidado brevemente Squier y ahora Banning, con sombra azul en los ojos y un escote un tanto excesivo para los ojos del Señor, y Quaneesha Williams, la única afroamericana del coro, que se mecía levemente con la música, con ansias evidentes de moverse con más libertad. Dellarobia le daba la razón. Todo habría sido mejor en ese templo si se hubiera podido bailar. Muchas de las grandes necesidades de la vida se resolvían con el cuerpo y no con la cabeza. Esa creencia le había traído problemas, claro, últimamente con el hombre del teléfono. ¿Quién era ella para juzgar los sucesivos maridos de Tammy o su escote? Se le vino abajo el ánimo como una cometa rota.
El pastor Bobby inició su sermón con una cita de la Epístola a los corintios: «Toma cautivo todo pensamiento y hazlo obedecer a Cristo». Para Dellarobia fue como si le hubiera leído la mente. Durante meses, lo había intentado todo menos fustigarse la carne para dejar de tener pensamientos impuros y, al final, le había bastado una zarza ardiendo que después resultó ser un montón de mariposas. Ahora intentaba con frecuencia guiar su mente hacia la visión de aquellas laderas en llamas, sobre todo por la noche, con la esperanza de acostarse con la sensación de ser una persona de cierto valor.
—Jeremías 17, 9 nos habla de los pensamientos rebeldes —estaba diciendo Bobby—. «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso». Es difícil reconocer que es así porque nos da miedo, pero es cierto. Todos los que estamos presentes aquí, y también me incluyo, somos capaces de llamar a las cosas por un nombre que no les corresponde solo porque nos conviene.
Tenía los ojos muy separados y una manera muy peculiar de colocar las palmas de las manos hacia arriba, como si estuviera suplicando. Era difícil imaginar dramas domésticos en su casa. Pero, realmente, ¿quién no se mentía a sí mismo?
—Decimos que es ambición —dijo Bobby—. Decimos que es una gran pasión. Pero el verdadero nombre de lo que sentimos es codicia o lujuria. Todos tenemos un talento especial para creer en falsedades y entregarnos a ellas con devoción cuando queremos que sean verdad.
—Es cierto —dijo alguien en la penumbra, en voz baja.
—El Creador nos hizo así y Él sabe que tenemos esa tendencia.
Una vez más, las palabras de Bobby fueron recibidas con expresiones de asentimiento. El pastor observó a su rebaño con la más tierna de las miradas, como un padre cuando mantiene una conversación importante con sus hijos pequeños.
—El Señor quiere que fortalezcamos nuestros corazones contra esos engaños. Cuando luchamos contra la envidia, la culpa, la impaciencia, la dureza de corazón o la lujuria, Dios quiere que usemos nuestras mentes racionales y demos a cada una de esas cosas su verdadero nombre. Todos queremos estar en nuestros cabales y no dejar que los malos pensamientos nos dominen. Necesitamos que nuestra mente se comporte como debe. ¿Cómo podemos lograrlo?
Dellarobia se preguntó cuántos más de los fieles presentes en la sala sentirían que el sermón iba dirigido personalmente a ellos. Si Bobby tenía algo que sugerir, ella era toda oídos.
—Es inútil concentrarse en un pensamiento malo y tratar de erradicarlo — dijo—. No sirve para nada, de verdad. Porque entonces solo veréis lo que queréis eliminar. El cazador ve únicamente aquello que persigue. ¿Me entendéis? Sí, claro que sí. Hay una forma diferente de hacerlo. La Epístola a los filipenses nos aconseja que sustituyamos los malos pensamientos por pensamientos buenos: «Pensad, hermanos, en todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre. Si hay virtud alguna, si hay algo digno de alabanza, en eso pensad. Y la paz será con vosotros».
Dellarobia quedó impresionada por su habilidad para construir un argumento y utilizar referencias relevantes. Se preguntó si Bobby habría cursado la asignatura normal de lengua o la versión que habían preparado para los chicos del equipo de fútbol, cuyos únicos requisitos para aprobar eran, básicamente, que el alumno respirara y tuviera pulso. Apostaba a que Bobby había estudiado lengua con la señora Lake, igual que ella, y, de ser así, estaba segura de que sabría diferenciar entre el Ulises de Homero y el de James Joyce, y de que sería capaz de emplear una metáfora, algo que ella no había sabido hacer en la clase de estudios bíblicos de Blanchie. Pero al menos allí había encontrado una forma de salvación que Dellarobia podía apreciar: un paréntesis semanal, durante el cual no tenía que oír a adultos decir «me se ha caído», «no doy más de sí» o «contra más».
Lo único malo era que Bobby repetía mucho la frase «Convendréis conmigo en que…», y eso, al cabo de un rato, resultaba cargante. Dellarobia ya lo había notado antes y él lo estaba haciendo de nuevo.
—¿Os dais cuenta de lo que intenta decirnos el Salvador? Convendréis conmigo en que debemos apreciar la sabiduría de Su consejo. ¿La apreciáis?
¿Por qué tenía que repetirlo siempre? ¿No había mil maneras diferentes de decirlo? Pero la señora Lake había fallecido y ella había sido quizá la última que se fijaba en esas cosas. Para entonces, la congregación estaba cada vez más exaltada.
—¡Sí, hermano Bobby, la apreciamos!
Lo bueno de la cafetería era que no había que participar. Dellarobia hundió la cabeza dentro del cuello vuelto de su jersey verde, aunque el pastor Ogle nunca ponía a nadie en situación embarazosa y ella lo sabía. Aprovechando el entusiasmo de los feligreses, Bobby animó a la gente a expresar los pensamientos odiosos que ocupaban su mente. Sin embargo, nadie estaba dispuesto a decir nada demasiado concreto.
—¡He tenido malos pensamientos! —Era lo más explícitos que llegaban a ser, o también—: ¡He dicho falsedades!
Ella se imaginaba perfectamente los malos pensamientos en cuestión: vídeos pornográficos de los que esos hombres habrían deseado deshacerse o sorbos de whisky que esas mujeres habrían preferido no desear todas las tardes, en el instante en que conseguían dormir a sus bebés. Toda la congregación tenía el aspecto de querer olvidar algo, pero Bobby lo ignoró amablemente.
—Habéis hablado con honestidad de las cosas que se apoderan de vuestra mente —dijo—. Pero ahora quiero preguntaros otra cosa: ¿Cuáles son las cosas que amáis?
Repitió varias veces la pregunta de diferentes maneras, tal como hacían Roy y Charlie cuando guiaban a las ovejas, dirigiendo con suavidad a un grupo terriblemente disperso hacia la decisión colectiva de moverse en una nueva dirección.
—¿Qué ha enviado el Señor a vuestra casa y a vuestra familia para llenar con Su gracia vuestra vida?
—¡A mi nietecita Haylee! —exclamó alguien.
Se hizo un largo silencio, durante el cual muchos se alegraron sin duda de no haber sido tan impulsivos como la embobada abuela. Había cierto alboroto fuera del templo, en el vestíbulo de entrada: gritos de mujeres apenas audibles, pero en absoluto amistosos.
Bobby salvó el momento de incomodidad felicitando a la orgullosa abuela y tranquilizándola.
—Benditos sean los niños —dijo—. Es muy hermoso que la pequeña Haylee ocupe el primer lugar en tu corazón. Y vosotros convendréis conmigo en que nuestra hermana Rachel es un faro de la fe. Quiero que lo digáis todos.
Lo dijeron.
—Dios bendiga a nuestra hermana Rachel.
La congregación empezaba a animarse. Dellarobia nunca había prestado mucha atención a la costumbre de que los «faros de la fe» participaran en el desarrollo de la misa. Pero resultaba conmovedor. Un viejo flaco con una camisa blanca que le estaba grande se puso de pie.
—Nuestra hija Jill se ha recuperado del cáncer y el pelo le ha vuelto a crecer muy bonito. Doy gracias a Dios por el pelo rubio de mi Jill.
Dellarobia se sorprendió sumándose a las exclamaciones por el pelo de la hermana Jill con tal gratitud que, según empezaba a temerse, aquello podía acabar en lágrimas. La gente agradecía las cosas más inverosímiles. Las sorpresas se fueron sucediendo a medida que los fieles enumeraban sus bendiciones: un porche nuevo para la autocaravana con vistas al atardecer, la boda de un primo discapacitado, un ternero completamente blanco… De pronto, Cub se puso de pie a su lado y empezó a hablar. Dellarobia se sintió sacudida por la voz sonora de su marido, que casi parecía estar cantando. Decía que algo maravilloso, como una visita del cielo, había llegado a su montaña y que eran mariposas.
—No os lo podéis imaginar, es como un mundo aparte. Ojalá todos pudierais venir a verlo.
—Te agradezco la invitación, hermano Turnbow —dijo Bobby—. Reconozco que eso que nos cuentas parece un milagro.
—¡Alabado sea Dios! —exclamaron algunos, pero lo dijeron sin entusiasmo, con el mismo tono con el que habrían dicho «Que pases un buen día», a pesar de que no les importaba el día que pasara su interlocutor. Parecían menos convencidos que Bobby de que algo milagroso hubiera tenido lugar en la finca de los Turnbow.
Cub se puso un poco a la defensiva.
—Tendríais que verlo para entenderlo —dijo—. Mi padre y mi madre os lo pueden confirmar. Es diferente de todo lo que hayáis visto. Y lo más importante es que ella lo predijo. Mi mujer, que está aquí conmigo, lo profetizó.
Para la profunda desazón de Dellarobia, tiró de ella para que se pusiera de pie.
—Mi mujer tuvo una visión o algo parecido —continuó—. Dijo que todos necesitábamos abrir los ojos e ir a echar un vistazo allá arriba antes de que empezaran a talar los árboles. Intuía que algo realmente grande iba a pasar en nuestra finca.
Dellarobia no sabía hasta qué punto Bear pensaba hacer público su plan de talar el bosque y se preguntó si estaría escuchando el discurso de su hijo desde la Hermandad Masculina o si solo estaría leyendo la revista Caza y Pesca. La intervención de Cub fue tan inesperada que ella sintió que se le aflojaban las rodillas. Bobby, en cambio, permanecía de pie con su firmeza habitual y estudiaba a la familia con sus ojos separados. Su mirada se posó en Hester.
—Hermana Turnbow, ¿me lo confirmas? —preguntó con suavidad—. ¿Me confirmas que tu familia ha recibido esa bendición?
Dellarobia nunca había visto a Hester en actitud tan sumisa y entregada. Por nada del mundo habría querido decepcionar a Bobby.
—Es verdad —dijo su suegra con voz ronca, pero sin aclararse la garganta —. Mi nuera fue quien nos lo dijo. Supongo que fue una profecía.
Dellarobia sintió náuseas. Cub la agarró con fuerza por los hombros, como para impedir que se deslizara hasta el suelo, lo que por otra parte no habría sido nada extraño. La convicción de su marido le resultaba pasmosa, y una vez más se preguntó si no le estaría gastando una broma cruel para castigarla. Pero los suyos eran pensamientos culpables, falsedades de una mente mal dirigida que la apartaban de la verdad, como habría dicho Bobby. Cub era confiado como un niño e incapaz de cometer ninguna crueldad, ni en la iglesia, ni en ningún otro sitio. Y si eso no era suficiente por sí solo para construir un matrimonio, al menos valía algo.
El creciente griterío del vestíbulo interrumpió el gran momento de Cub. Tenían que ser Crystal y Brenda, las que discutían fuera del templo.
—¡No les hables de ese modo a mis hijos! —gritó una de ellas.
—¡A tus hijos los voy a estampar contra la pared si me los vuelvo a encontrar! —chilló la otra.
Todas las miradas se fijaron en Cub, como si su corpulencia pudiera servirles de ancla contra la tormenta que arreciaba afuera. Él prosiguió con determinación, frunciendo el entrecejo.
—Nos ha hecho pensar que el Señor ha puesto Su mano allá arriba —dijo —. Íbamos a talar ese bosque, pero ahora tenemos un dilema.
Dellarobia sintió las miradas rebosantes de dudas. Había pasado cada domingo sentada en la cafetería, bebiendo café y escribiendo la lista de la compra, y no se merecía un milagro. Aun así, oyó en la sala un leve repiqueteo de aplausos, como un puñado de grava cayendo en una tina de hojalata. Alguien sentado muy cerca exclamó:
—¡Alabado sea el cielo! ¡La hermana Turnbow ha presenciado un milagro!
El que así habló fue el hombre que había llegado tarde, el de las gafas de sol sobre la cabeza. ¡Y ella que había pensado que la estaba mirando! La gracia de Dios le había llegado en su hora más oscura, con su luz y movimiento surgidos de la nada. Sintió que volvía a marearse, y el hecho de haberse saltado el desayuno no la ayudó a mantener la compostura. Detrás de ella, Cub le pasó los brazos por debajo de las axilas, en lo que pudo parecer una demostración de afecto poco habitual, aunque en ese momento era lo único que la mantenía en pie. Lo último que hubiese deseado ese día, o cualquier otro, era ser exhibida como modelo en medio de una iglesia, pero Cub la condujo suavemente hasta el extremo del banco y la plantó en medio del pasillo, como una imagen sagrada.
—Hermana Turnbow —dijo Bobby—, tu familia ha recibido una gracia especial. Todos convendréis conmigo en que así ha sido. ¿También tú convienes con nosotros, Hester?
Pareció un desafío. La cara que puso Hester fue como de haberse tragado un hueso de pollo. Estaba acostumbrada a brillar en todo lo relacionado con la iglesia y hacer de comparsa de Dellarobia no figuraba en su programa. Pero no había espacio para la competencia. Tuvo que ceder.
—Sí, yo también.
El pastor Ogle le sonrió primero a Hester y después a Dellarobia, como si pasara un gran ramo de flores de los brazos de una a los de la otra. Bienvenidas al rebaño. Pidió entonces a todos los presentes que convinieran con él en la necesidad de celebrar la maravillosa abundancia del jardín del Señor.
En ese momento, las puertas del fondo del templo se abrieron de par en par para dejar paso a Brenda y Crystal envueltas en su particular atmósfera de hostilidad. En realidad, eran Crystal y toda la familia de Brenda, la de los dedos rotos. La madre de Brenda encabezaba el grupo, seguida por la propia Brenda y sus otras dos hijas; a continuación venían Crystal, los gamberros de sus hijos y un montón de chiquillos de la guardería, que rodeaban a las personas mayores como un enjambre de abejas.
—Siento interrumpirte, Bobby —dijo la madre de Brenda, apoyándose una mano en la cadera y tratando sin éxito de que la disculpa pareciera sincera.
A Dellarobia la familia de Brenda le recordaba al dúo de las Judd, con una madre que siempre quería parecer más guapa y delgada que su hija. Pero Brenda llevaba el peinado hecho una pena, por lo que era muy probable que la batalla hubiera llegado a la violencia física. El pastor Ogle unió las manos y sus labios formaron una pequeña «o».
—Tendréis que perdonarnos —insistió ella—, pero mis hijas y yo necesitamos irnos de inmediato, por la seguridad personal de Brenda, y tenemos que devolver estos niños a sus padres. —Miró a su alrededor mientras meneaba ligeramente la cabeza de lado a lado en un gesto desafiante, como el de las chicas provocativas de los videoclips musicales—. Lo siento, pero supongo que ya estaríais a punto de terminar.
Los niños echaron a correr por el pasillo, con Preston a la cabeza, que se dirigía hacia Dellarobia. El pequeño la agarró por el borde del jersey y tiró con fuerza, como si quisiera trepar por ella como por la copa de un árbol. Detrás venía Cordie, chillando y tendiéndole los brazos, y tras la pequeña, muchos niños más, gimiendo como gatos asustados. Al cabo de un momento, todos estaban abrazados a Dellarobia. Cub la sujetó con fuerza y consiguió mantenerla de pie. Ella se sentía como el mástil de la bandera en aquella famosa estatua de los soldados de Iwo Jima.
—Dejad que los niños vengan a mí —dijo el pastor Ogle, con una risita encantadora, recuperando la calma—. Amigos míos, quiero que celebréis la visión de estos pequeños. En su inocencia, ellos saben que nuestra hermana ha recibido la gracia de Dios.
Mientras tanto, la madre de Brenda se alejaba moviendo las caderas y salía del templo con sus acompañantes. La pesada doble puerta se cerró tras ellas como en una silenciosa plegaria. Todos los ojos se movieron en círculo desde el fondo del templo hasta el frente, girando como una gran bandada de estorninos que han abandonado un sitio para posarse en otro: el espectáculo de la hermana Turnbow. Y esta vez no era Hester. La familia tenía un nuevo faro.