Conducta migratoria

Barbara Kingsolver · Capítulo 5 de 15

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Conducta migratoria

5 De proporciones nacionales

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De proporciones nacionales

 

EL hombre llegó en un Volkswagen Escarabajo. Su coche formaba parte de la larga cola de los desafortunados que habían quedado atrapados detrás del autobús escolar, a los que Dellarobia compadecía solo a medias mientras hacía subir a Preston al vehículo. Todas esas personas que hacían rugir los motores y agitaban las manos deberían haberse calmado y haber aceptado su destino.

—¿Llegáis tarde al trabajo? Pues, ¡mala suerte! —dijo ella con expresión desenfadada, mirando a los conductores, mientras el autobús liberaba los frenos y se alejaba rezongando a paso de caracol.

Por eso se sintió un poco abochornada cuando, después de saludar en dirección a la ventana que contenía la carita de Preston como en el marco de un cuadro, el Volkswagen naranja se salió de la fila y se detuvo justo frente a ella, al otro lado de la carretera. ¿Habría interpretado el tipo que se estaba burlando de ellos? Metió una mano en el bolsillo del abrigo para tocar el teléfono, pero fue un gesto sin sentido. Si hubiera salido corriendo, no habría necesitado más de veinte zancadas para meterse en su casa. Vio entonces que del pequeño coche salía un hombre increíblemente alto y delgado que se desplegó como una regla de carpintero.

—Estoy buscando la granja de los Turnbow —dijo con un acento que sonaba fascinante, sobre todo al pronunciar el apellido de la familia.

—Yo soy Dellarobia Turnbow —respondió ella, pero lo dijo tan atropelladamente, como un bloque ininterrumpido de sílabas, que el hombre se echó a reír.

—¿De verdad? ¿Todo eso es usted?

—Y ahí no se acaba —respondió ella, riendo—. También tengo segundo nombre y apellido de soltera: Catie y Causey.

—Está muy bien —dijo él mientras cruzaba la carretera a grandes pasos para estrecharle la mano—. Yo también tengo un nombre un poco raro: Ovid Byron. Pero usted es la primera que me supera en ese aspecto.

Tenía una forma muy rara de hablar, con un deje que le recordaba al de los cantantes de reggae. Dellarobia tomó nota del nombre y el apellido, y levantó la cabeza para contemplar a la persona que los llevaba. Estaba habituada a convivir con hombres corpulentos, pero ese le sacaba un palmo incluso a los Turnbow. Era alto, de piel oscura y muy guapo. Alto y oscuro hasta la exageración. Y sí, también guapo hasta la exageración. Era tantas cosas ese señor Byron que por sí solo constituía un público de excepción, de ahí que Dellarobia sintiera el impulso de improvisar una actuación para él.

—Veo que tiene el nombre de dos poetas: Ovidio, como el poeta clásico, y Byron, como lord Byron. —Estaba jugando fuerte. Hacía mucho tiempo que había aprobado la asignatura de lengua con honores, pero por la expresión de su interlocutor, supo que había dado en el clavo—. Bastante mejor que yo — prosiguió—. A mí me pusieron el nombre de una guirnalda hecha con basura recogida en el bosque —añadió con una pequeña reverencia.

—¿Cómo ha dicho que se llamaba?

—Dellarobia —respondió ella, pasándose una mano por el pelo, que combinaba bastante bien con el color del coche del desconocido: naranja como el equipo de la Universidad de Tennessee. Quizá fuera un aficionado de dicho equipo, pero ella no iba a preguntárselo. También era posible que, simplemente, le gustara el color, por la misma casualidad por la que ella había nacido pelirroja. Pelirroja y, a esa hora de la mañana, aún sin peinar. Debajo del abrigo llevaba un pijama gris de cuadros y no se había atado las botas. Llegar cada mañana a tiempo para que Preston cogiera el autobús era una lucha que la dejaba medio grogui.

Por fortuna, no parecía que el tipo se hubiera fijado en el pijama. El hombre repitió con cuidado su nombre, dividiéndolo en dos partes —«Della Robbia»—, y frunció el ceño con expresión de concentración, como si estuviera considerando momentáneamente varias posibilidades.

—Un artista —declaró por fin—. Estoy bastante seguro de que era un pintor del Renacimiento italiano. Della Robbia. O tal vez un escultor. Creo que pintaba naturalezas muertas. «Basura recogida en el bosque», como dice usted.

—¡No, no puede ser! ¿Me está tomando el pelo?

—No, pero puedo equivocarme. —Se echó a reír—. Debería buscarlo, mujer. Después de todo, es su nombre.

La naturalidad del recién llegado le quitó el aliento. ¡La había llamado «mujer»! ¡Y le había dicho que llevaba el nombre de un artista! Eso solo ya era suficiente para hacer renacer a cualquiera. No dejó de darle vueltas a la idea mientras terminaba la extraña conversación y esperaba a que el desconocido fuera hasta el coche a buscar su mochila y su cámara. Lo condujo hasta el jardín trasero de la casa y, una vez allí, le señaló el camino. Finalmente, consiguió ubicar el acento del fascinante Ovid Byron. Hablaba exactamente como el cangrejo que canta Bajo el mar en La sirenita.

En cuanto lo perdió de vista, su primer impulso fue correr a casa de Hester y mirar en el ordenador. Nunca se le había ocurrido buscar su propio nombre en Google. Pero en lugar de eso, se contentó con encender un cigarrillo y contemplar el porche trasero, con su bodegón de botas embarradas, cajas de cartón y un triciclo de plástico tumbado de lado, de aspecto comatoso. Faltaban diez minutos para que Cub saliera a trabajar y aún tenía que darle el desayuno a Cordie, pero se decantó por la única opción que normalmente se le ofrecía en tiempos de agitación personal. Fue hasta un lateral de la casa, donde no podía ser vista desde ninguna ventana, y llamó a Dovey.

—¡Eh! ¡Más despacio! ¿Cómo has dicho que se llama? —preguntó Dovey cuando Dellarobia, en una larga frase interminable, le explicó con pelos y señales todos los pormenores del encuentro.

—Lo que intento decirte es que todavía no sé cómo he podido ser tan estúpida —dijo Dellarobia, que aún no había terminado de presentar el testimonio inicial—. ¡Llevo toda la vida convencida de que tengo el nombre de una manualidad publicada en una revista de labores, y ahora me entero de que me llamo como un artista italiano!

—Puede que el tipo se lo haya inventado. Quizá sea su manera de entrarle a las chicas. ¿Quién es? ¿Qué hace?

Dellarobia no pudo darle muchos detalles al respecto. Sabía que había recorrido medio país para ver las mariposas. Le había dicho que venía de Nuevo México. No de México, el país, sino de Nuevo México, el estado, porque no era extranjero. Alguien le había remitido el reportaje que el Cleary Courier había publicado en su web, y entonces él había llamado a la periodista para confirmar los datos y la localización. Después, había viajado en avión hasta Knoxville y allí había alquilado un coche.

—Vino en un Volkswagen Escarabajo, ¿te lo he dicho ya? Creo que estaba un poco abochornado por el coche. Dijo que había reservado un Prius, pero le dieron un Volkswagen. ¿Qué clase de empresa alquila Escarabajos?

—Espera un segundo —la interrumpió Dovey—. ¿Ha cruzado medio país en avión y ha conducido hasta tu casa solamente para ver mariposas?

—Así es.

—¿Parecía… un poco loco?

—¿Cómo quieres que lo sepa? Me paso el día con personas que quieren comerse las chinchetas que encuentran por el suelo.

—¿Cómo de mayor es ese tipo?

—Mayor que nosotras, pero no mayor. Tendrá…, no lo sé…, ¿cuarenta años?

—¿Qué clase de adulto viaja en un día laborable y se gasta el dinero en un billete de avión solamente para ver mariposas?

—Dímelo tú, si lo sabes. ¿Crees que me lo he inventado? Le mostré el camino desde aquí y le dije que podía subir cuando quisiera. No pienso dejar que Hester se aproveche de él. Probablemente, le cobraría el doble por ser de color.

—¿De color? ¿De qué color? ¿Qué pinta tiene?

—Pinta de no ser de aquí: mide algo así como un metro noventa, es flaco como un palo y parece afroamericano, pero no del todo. ¿Cómo explicarlo? Tiene la piel bastante clara para ser negro. Y tiene un acento increíble: meloso, suave como la seda.

—¡Ya sé! ¡Es Barack Obama!

Dellarobia se echó a reír.

—Quizá. ¡Viajando de incógnito!

—No, en ese caso tendrías más de un Volkswagen en el sendero —dijo Dovey—. Viajaría con agentes del servicio secreto.

—Es cierto. No hay ningún agente.

Dovey puso voz de presentadora de televisión:

—En un escándalo de proporciones nacionales, el presidente ha sido visto hoy flirteando con una atractiva mujer de Tennessee que se había asomado en pijama a la puerta de su casa.

«De proporciones nacionales». A Dellarobia le pareció que al menos eso era cierto.

—¿Quién te ha dicho que todavía estoy en pijama?

—La seductora de Tennessee, casada y madre de dos niños, lo niega todo.

—Y adivina qué más.

—Sería incapaz de adivinar nada más, créeme.

—¡Va a volvee-eeer! —exclamó Dellarobia, canturreando las palabras.

—Eso espero. No irá a quedarse a vivir en la montaña.

—No, tonta. Va a volver aquí, a nuestra casa. —Dellarobia no quitaba la vista del porche delantero, aunque todavía no parecía que fuera a entrar ni a salir nadie—. Ni siquiera se lo pregunté antes a Cub. Simplemente, lo invité a cenar con nosotros.

—¡Eres la bomba! ¡No lo conoces de nada y lo metes en tu casa!

La admiración de Dovey animó a Dellarobia.

—Ya lo sé. Es una locura, ¿no? Supongo que me salió la vena protectora cuando me dijo que se alojaba en el Wayside. Es un sitio espantoso, Dovey, reconócelo. ¿Has pasado por ahí últimamente?

—¿Para qué? ¿Para conseguir metadona o charlar con alguna prostituta?

—A eso mismo me refiero. El pobre hombre ha hecho todo el viaje hasta aquí para acabar en ese hoyo. Le dije que no comiera lo que sirven en ese restaurante, porque podría ser mortal.

—Y ahora tú vas a cocinar para él.

—Pues sí, tendré que pensar en algo. ¿Qué podría hacer?

—No lo sé. ¿Esa especie de pollo mexicano con maíz? Te queda muy bien.

—¿Y si resulta que el tipo es de México? Porque me parece que la receta es falsa…

—¿Otro mexicano llamando a tu puerta? ¿No habías dicho que era más bien…?

—Sí, más bien negro, creo. No lo sé… Como Bob Marley.

—Pero ¿qué me estás diciendo ahora? ¿No me digas que tiene rastas?

—No. Es como el hermano formal de Bob Marley, el que no ha probado las drogas y ha ido a la universidad. ¡Vaya! Ahí está Cub, que ya se va a trabajar. Tengo que dejarte.

—¿Se lo vas a decir?

—¿A Cub? Ahora mismo, no. Es mejor no darle mucha cuerda. Se lo diré cuando vuelva del trabajo.

Cub ya la había visto desde la puerta delantera y le estaba haciendo señas para que entrara en la casa. Dellarobia le hizo señas a su vez, mostrándole el teléfono.

—¡Es Dovey! —le gritó—. Tiene una emergencia personal. En un segundo estoy ahí. ¿Dónde has dejado a Cordie? ¿En la sillita?

—En el parque —contestó él, metiéndose los faldones de la camisa por dentro del pantalón mientras se dirigía a la camioneta—. Hoy tenemos muchos repartos. No creo que pueda volver antes de las cinco.

—¡Yo te voy a dar «emergencia personal»! —exclamó Dovey por el teléfono.

—Lo siento.

—Eres tú la que ha invitado a cenar a un hombre misterioso de talla internacional, posiblemente el líder del mundo libre.

—Sí, será mejor que me ponga en marcha —contestó Dellarobia—, porque mi casa parece el vertedero de residuos tóxicos del mundo libre.

—¡Eh! —siguió Dovey—. ¿Sabes qué me has recordado? Adivina quién viene a cenar esta noche.

—¿Qué quieres decir?

—Sí, mujer… Aquella película antigua. Aquella en la que una chica blanca lleva a su novio a casa y a sus padres casi les da algo porque resulta que el novio es Sidney Poitier.

—¿Sidney Poitier? Me suena.

Dellarobia sintió que le estaba fallando la cabeza y que empezaba a olvidar los nombres familiares y los títulos de las películas. En otro tiempo, sacaba las películas de la biblioteca de seis en seis, junto con todos los libros que podía llevarse a casa. La biblioteca estaba en un local pequeño y sencillo en Feathertown, bajo una capa permanente de polvo. Llevaba un tiempo cerrada, pero antes congregaba a todo tipo de gente: viejos que hojeaban libros ilustrados de temas marítimos, amas de casa que buscaban novelas de amor y guías de reparaciones domésticas… De niña le gustaba observar a los adultos y apreciar sus muchas diferencias. Ahora solo se relacionaba con gente que estaba emparentada con ella por sangre o matrimonio, o con personas que no hablaban, como en el supermercado.

Dovey no estaba dispuesta a renunciar a su metáfora cinematográfica.

—Tienes que haber visto Adivina quién viene a cenar esta noche en uno de esos maratones que hacen de la Hepburn en el canal TCM.

—Sí, claro, seguro que la he visto entera, desde los títulos del principio hasta los créditos del final —dijo Dellarobia—. Los recuerdo vagamente.

—No me digas que eres incapaz de llegar hasta el final de una película sin dormirte…

Dellarobia hizo una inspiración, como para hablar, pero no dijo nada. La televisión de Dovey, como todo lo de su amiga, solo dependía de Dovey. Por muy estrecha que fuera su relación, ¿cómo iba a entender ella lo que era vivir en una familia en la que había que absorber la información fragmentariamente: un trozo de película, unos minutos de comedia, un poco de lucha libre y vuelta a empezar? Dellarobia dirigió la cara al cielo, sintiendo que se le llenaban los ojos de lágrimas y parpadeando para combatirlas. Si ni siquiera Dovey la entendía, ¿qué le quedaba?

—Hace mucho que no salgo —dijo al cabo de un momento.

—¡No lo necesitas, corazón! El mundo ya viene a tu casa.

A las seis menos diez, Dellarobia contempló abochornada todo lo que había en su cocina: los platos irrompibles Corelle; las sillas baratas que no combinaban con la mesa; los restos de mocos y compota de manzana que aún le parecían detectables en todas las superficies, aunque se había pasado el día entero frotando; la lavadora y la secadora, apiladas en su pequeño nicho; la ropa limpia amontonada detrás de las delgadas puertas de láminas; la bolsa térmica con el logotipo de la NASCAR en la que su marido se llevaba el almuerzo, y su propio marido, de hecho, con el pelo demasiado largo, los hombros caídos y totalmente incapaz de ver que había motivos para abochornarse. Sentado a la mesa, leyendo la página de deportes del Courier, parecía la ilustración del «antes» en uno de esos anuncios de tratamientos milagrosos. Pero eso era todo. Dellarobia se había casado con él de forma apresurada y no parecía que fuera a haber un «después».

—¿De dónde ha salido ese periódico? —le soltó ella secamente, notando en su voz el mismo tono que había usado unas horas antes, cuando había sorprendido a Cordie metiéndose monedas en la boca.

Cub no levantó la vista.

—De casa de mamá.

O sea, que ella no podía suscribirse al periódico, pero él sí podía leerlo en casa de su madre.

—Si no vas a ducharte, al menos podrías cambiarte de camisa.

—Por una vez he trabajado una jornada completa. Deberías dar gracias a Dios.

—Se nota por cómo hueles. Muchas gracias, Dios —dijo ella entre dientes, odiándose a sí misma por lo que sentía.

No era mucho mejor que Hester cuando lo trataba de ese modo. No podía culparlo por haber reaccionado mal al enterarse de que ella había invitado a cenar a un extraño que había conocido esa misma mañana. De hecho, lo había asimilado bastante bien: parecía asombrado, pero no desconfiado, como habrían actuado otros hombres si sus mujeres hubieran trabado amistad con un desconocido que se encontraba de paso por el pueblo. Le había avisado de que se trataba de un hombre mayor, negro y posiblemente extranjero, para evitar sorpresas que pudieran resultar embarazosas. Tal vez Cub creyera que esos rasgos inhabilitaban al desconocido para pretender a su mujer y que, por lo tanto, no hacía falta que estuviera celoso. Pero ¿debía estarlo? Dellarobia habría querido llorar, por lo muy nerviosa que estaba. Deseó haber visto la película que le había mencionado Dovey, porque entonces quizá habría sabido cómo actuar. Abrió la boca para pedirle a Cub que pusiera la mesa, pero se detuvo a tiempo. Era mejor que organizara ella las cosas para que el señor Byron no tuviera que beber en el vaso de Bob Esponja.

Eso, si el señor Byron se presentaba. La duda empezaba a destrozarle aún más los nervios, porque parecía como si el hombre se hubiera esfumado. Dellarobia había pasado toda la mañana con un ojo puesto en la ventana trasera, vigilando, pero no lo había visto bajar por el prado. Suponía que pasaría por su casa cuando volviera de la montaña para decirle alguna cosa: «Gracias. Bonitas mariposas. Hasta luego». A media tarde, supuso que se habría marchado ya, pero cuando se asomó, vio que el Volkswagen seguía estacionado, tan anaranjado como siempre, con su gran sonrisa curva en la parte trasera. Pensó que quizá le habría pasado algo al hombre. Imaginó las posibilidades: se habría perdido, se habría caído, se habría roto un tobillo… No era una persona habituada al campo; eso se notaba.

Secó con un paño la olla de los macarrones y se arrodilló para guardarla, esquivando a Cordie, que en ese momento entraba en la cocina con la cabeza tapada por la manta verde, como un fantasmita. Cub se agachó para levantarla del suelo y ponerse sobre las rodillas el pequeño envoltorio, que no paraba de soltar grititos de felicidad.

—¿Qué habrá dentro de este fardo de trapos viejos? —preguntó, balanceándola de un lado a otro y haciéndola reír a carcajadas.

La mitad del tiempo, era como si Cub no recordara que tenía hijos, pero no había ninguna duda de que los adoraba.

—Cielo, ¿has visto a la nena por algún sitio? —preguntó.

—No, hace semanas y semanas que no la veo —replicó Dellarobia.

—¿No crees que deberíamos tirar de una vez por todas estas mantas viejas?

Levantó el verde y movedizo fardo por encima de la cabeza, provocando en la pequeña un acceso de risa histérica que un desconocido habría tomado por angustia, aunque Dellarobia sabía que no lo era. A Cordie le encantaba desaparecer. Y no dejaba de tener su gracia porque apenas unos meses antes Preston se había divertido tapando con esa misma manta el juguete al que la pequeña se dirigía gateando, para verla sentarse y chillar desesperadamente ante la repentina desaparición. Entonces Cordie aún no sabía buscar debajo de la manta, y Preston no se resistía a repetir el experimento, sorprendido por la convicción de su hermana de que las cosas que no veía dejaban de existir. Pero en algún momento, en el tiempo transcurrido desde entonces, Cordie había conquistado la mayor verdad del mundo.

—Tengo que dar de cenar a los niños —dijo Dellarobia—. Mira, está anocheciendo. ¿Qué debe de estar haciendo ese hombre todo el día en la montaña?

Cub depositó sobre el linóleo a su hija, que salió corriendo hacia el cuarto de estar.

—Sea lo que sea —dijo—, ya nos enteraremos.

—No pareces muy interesado.

—¿Desde cuándo recogemos gente de la calle para darle de cenar en nuestra casa?

«Ya está —pensó ella—, ha reaccionado después de todo». Era muy propio de Cub tardar sesenta minutos en darse cuenta de que estaba enfadado.

—Desde que decidimos comportarnos como cristianos, supongo — respondió ella—. ¿Por qué? ¿Qué planes tenías para esta noche? ¿Ver la tele como un niño hiperactivo con déficit de atención?

Cub resopló ruidosamente para expresar su disgusto y volvió a sumirse en la lectura de la página de deportes. Había sido una crueldad mencionarle el déficit de atención. Cuando estaban en la escuela, a Cub le costaba mucho seguir las lecciones. Pero su forma de manejar el mando a distancia, saltando sin cesar de las noticias al bricolaje y de los documentales al canal de compras, la ponía enferma. ¿Por qué habría tantos canales? De vez en cuando, Dellarobia se fijaba en una imagen curiosa que le llamaba la atención al cambiar de canal: una mujer nadando sola en medio del océano o una pareja de ciegos que recibía en su casa a un montón de huérfanos, pero habría tenido que arrebatarle el mando a Cub y sentarse encima para disponer de un mínimo de tiempo que le permitiera entender lo que estaba viendo.

Se moría por un cigarrillo, pero no quería oír lo que seguramente le diría Cub si en ese momento salía al porche a fumar. En lugar de eso, fue a ver el horno y llamó a gritos a los niños pensando que sería mejor seguir adelante y sentar a Cordie en su silla mientras terminaba de poner la mesa. Preston acudió obedientemente, pastoreando a Cordelia e intentando con todas sus fuerzas levantarla en brazos, como si hubiera sido capaz de sentarla en la silla alta. Sus deseos de ser útil no conocían límites. «Como Roy y Charlie — pensó ella—. Mi hijo tiene la personalidad de un border collie». Rápidamente, le quitó a Cordie de las manos.

—No puedes levantar a tu hermana, cariño. Pesa la mitad que tú.

—Podría salirte una hernia —intervino Cub detrás del periódico.

A Dellarobia le hubiera gustado dar de cenar mucho antes a los niños y ponerlos delante del televisor mientras ella atendía al invitado. Probablemente, el señor Byron no estaría habituado al alboroto de una cena con niños pequeños. Pero Preston se había negado en redondo en cuanto se había enterado del plan, aunque ella intentó sobornarlo con un postre que le encantaba, hecho con gelatina y galletas. Preston no era muy goloso, por lo que no resultaba fácil engatusarlo. Si un misterioso desconocido había llegado al pueblo, él quería tener la primicia.

—Me pondré de centinela —anunció, mirando a la puerta trasera, a la delantera y finalmente a su madre—. ¿Por qué lado vendrá?

—No lo sé, supongo que todavía estará en la montaña. Cub, ¿te parece que vayamos a buscarlo? Lleva ahí arriba desde las ocho de la mañana.

—Tiene suerte de que no esté lloviendo —respondió Cub secamente.

—De momento, no. Para variar —dijo ella.

Cub dobló el periódico, pero no hizo ninguna otra concesión a la importancia que su mujer daba a la ocasión, que estaba condenada al fracaso si él se empeñaba en poner mala cara. Ella necesitaba que él pusiera de su parte.

—Es un visitante que ha venido a nuestro pueblo —dijo ella con calma—, y no un vagabundo que ha aparecido en la carretera. Y aunque fuera un vagabundo… «No olvidéis la hospitalidad, porque por ella, sin saberlo, algunos hospedaron ángeles». Está en la Biblia.

Cub la miró con expresión contrita. El parecido con Preston la dejaba a veces sin aliento.

—Ese hombre ha venido desde muy lejos para ver la bendición que nos ha enviado Dios —prosiguió ella, cautelosamente—. He pensado que quizá yo podría explicarle algunas cosas acerca de las mariposas, ya que está interesado.

—Sí que podrías, sí —dijo Cub—. Ahí te doy la razón.

Dellarobia llevaba varios días atosigando a Cub con toda la información sobre las mariposas monarca que había leído en la Wikipedia, y probablemente a él no le importaría tomarse la noche libre y dejar que otro tomara el relevo en ese aspecto.

Sonaron unos golpes en la puerta delantera y todos se sobresaltaron. La familia tenía los nervios de punta, incluidos los niños. A Dellarobia no le habría extrañado que Cordie se hubiera echado a llorar solamente por el estrés. Se arrancó el delantal y corrió a abrir la puerta.

—¡Hola! ¡Bienvenido a nuestra casa! —exclamó, sintiéndose la anfitriona perfecta de un programa de televisión.

Lo llevó a la cocina y le presentó a Cub y a los niños; después, cogió unas agarraderas y corrió hacia el horno para dejar de humillarse a sí misma. Se había cambiado la ropa de mamá y se había puesto una túnica rosa de punto, leggings y aros en las orejas, pero de pronto le pareció que tampoco iba bien así. Se veía demasiado arreglada.

El señor Byron le preguntó si podía usar el servicio para refrescarse.

—¡Desde luego! ¡Claro que sí! Ha estado todo el día a la intemperie. ¡Preston, cariño! Muéstrale al señor Byron dónde está.

Se arrodilló para mirar dentro del horno. Al principio, había pensado preparar pastel de carne, pero enseguida le había entrado el pánico: ¿y si era vegetariano? No habría sido nada raro, sobre todo si venía de fuera. ¿Tendrían un plan las buenas amas de casa para dar de cenar a un perfecto desconocido? Finalmente, se había decidido por una cazuela de macarrones con atún, con una receta un poco más original que la habitual, pues requería una lata de patatas paja y dos de judías verdes. Le pareció una apuesta bastante segura.

Preston saltó de la silla para ayudar al invitado, pero se acercó rápida y discretamente a su madre y le preguntó al oído:

—¿Qué es el servicio?

—El baño —le susurró ella a su vez.

Preston asintió y salió de la cocina con el gigantesco forastero detrás. Dellarobia observó que las botas que llevaba el hombre parecían caras, pero el resto de su ropa era bastante corriente: cazadora gastada, camisa azul de pana y pantalones vaqueros, si es que podían considerarse corrientes unos pantalones con un largo de pierna de más de un metro. Seguramente ese hombre tendría que comprarse la ropa en tiendas de tallas especiales. O se la compraría su mujer si estaba casado. Dellarobia dejó la cazuela sobre la mesa, le sirvió a Cordelia una pequeña porción de macarrones con queso y se puso a soplarlos para que se enfriaran. Mientras tanto, con una cuchara en cada mano, Cordie golpeaba la bandeja de la silla alta como si fuera un batería de heavy metal, marcando el ritmo con la cabeza de enmarañados rizos. Cuando volvió a la cocina, Preston le echó un vistazo a su hermana y después miró a su madre como diciendo: «Por favor, dime que yo nunca he tenido esa edad». Pero al menos Cordie no estaba chillando. Cub sacó de la nevera la jarra de té con azúcar cuando ella se lo pidió y, por fortuna, tampoco él chilló. Hasta ahí, todo iba bien. Cuando volvió el invitado y todos estuvieron sentados, Cub bendijo la mesa:

—Te agradecemos, Señor, estos alimentos y la compañía. Amén.

Dellarobia observó que el señor Byron tampoco cerraba los ojos para rezar. Era algo que tenían en común.

—Bueno, señor Byron, cuéntenos algo sobre usted —dijo Cub.

El hombre levantó una de sus manos largas y finas, como un guardia de tráfico.

—¡Oh, no! ¡Nada de «señor Byron»! Llamadme «Ovid», o me haréis sentir un anciano.

Su acento la seguía fascinando. Le recordaba a los cantantes de reggae.

—De acuerdo —respondió ella, sabiendo que Cub jamás lo llamaría por su nombre de pila. Incluso a ella le costaba hacerse a la idea de llamarlo «Ovid», aunque al principio había sido capaz de tratarlo de manera bastante desenfadada. Ahora solo temía que se le escapara la canción de Bob Marley que le estaba sonando en la cabeza: No woman, no cry.

—Pero tú no, Preston —añadió—. Tú tienes que llamarlo «señor Byron».

Preston asintió con el tenedor a medio camino de la boca.

—¿Y qué puedes decirnos de lo que has visto allá arriba, en nuestra montaña? —preguntó Cub.

Ovid meneó muy lentamente la cabeza y bebió un largo sorbo de té helado.

—No sabría muy bien por dónde empezar.

—Son monarcas —le dijo Dellarobia.

Ovid la miró de manera un poco extraña.

—Las mariposas —le explicó ella enseguida—. Son mariposas monarca. Te costará creerlo, pero son unos insectos asombrosos. Forman esas aglomeraciones que has visto.

Con una gran sonrisa, el invitado pareció haber comprendido.

—Es cierto. Forman esas aglomeraciones.

—Pero no solo aquí y ahora. Todos los inviernos salen de todas partes de Estados Unidos y también de Canadá, supongo, y vuelan hacia el sur para reunirse en un grupo enorme, como el que has visto ahí arriba. Millones de mariposas. Preston y yo estuvimos viendo fotos en internet. Es lo mismo que has podido observar en la montaña: racimos de mariposas que cuelgan de los árboles y cubren prácticamente bosques enteros. ¿Te lo imaginas? Bueno, claro que te lo imaginas, porque lo acabas de ver. Pero ¿te imaginas que una cosa tan pequeña y frágil sea capaz de hacer un viaje tan largo?

—Mi mujer es una experta —dijo Cub con orgullo—. Ella fue la que nos llevó hasta allá arriba. Gracias a ella, las encontramos.

Ovid asintió, escuchando y masticando con expresión pensativa.

—Me gustaría oír más acerca del descubrimiento —dijo.

Dellarobia notó que el invitado tenía pequeños tirabuzones grises entre el pelo corto y oscuro, cerca de las sienes, y que se le marcaban leves arrugas a los lados de los ojos cada vez que sonreía. Sacudió la cabeza, como para restarle importancia al cumplido de Cub, pero siguió hablando porque aún le quedaba mucho que decir.

—Vuelan miles de kilómetros hacia el sur, como las aves cuando emigran. Son el único insecto capaz de cubrir volando distancias tan grandes e incluso de sobrevolar el océano. Pueden volar más de ciento cincuenta kilómetros en un solo día. ¡Es increíble! Apuesto a que no pesan ni cinco gramos.

—Ni la mitad de eso, diría yo —replicó Ovid.

—Así es. Pero ahora viene lo más difícil de creer.

—Veamos —dijo él con una sonrisa.

—Por lo general, emigran a México. —Dellarobia apoyó el tenedor sobre la mesa y se inclinó hacia adelante—. Millones de mariposas se reúnen en un lugar concreto, en una montaña de México. Siempre en el mismo sitio. Y yo me pregunto: ¿por qué México? ¿Qué tiene de particular esa montaña?

—Buena pregunta —repuso Ovid.

—Creo que algunas van a California —prosiguió ella—. Pero, sea como sea, diría que el noventa y nueve por ciento de las mariposas acaban en México.

El recuerdo de la familia mexicana y su catástrofe le ensombreció el ánimo, pero no pensaba sacar ese tema. Quería que el desconocido la relacionara con algo bonito, sin aspectos negativos. Se echó el pelo hacia atrás y le sonrió, antes de continuar:

—Año tras año, volaban siempre al mismo lugar. Supongo que lo llevaban haciendo desde siempre, desde que Dios las creó. Pero ahora, por alguna razón que desconozco, en lugar de irse a México, parece que han decidido venir aquí. ¡Justamente aquí!

—Esta finca pertenece a la familia de mi padre desde hace casi un siglo —dijo Cub como si eso tuviera alguna importancia.

Dellarobia dio un bocado a la cena y trató de ser paciente con la forma que tenía su marido de ver las cosas. No le habría extrañado que mencionara a continuación el contrato con la maderera. Pero pensó que quizá al señor Byron le interesara una conversación de hombres. No era fácil adivinarlo. Alargó el brazo e intentó limpiarle la cara a Cordie, pero la niña apartó la servilleta cantando «na-na-na-na». Tenía el temperamento artístico de la familia. Con los dedos sucios de salsa de queso, se puso a pintar la bandeja de la silla alta, moviendo las dos manos en grandes círculos. Paisaje de planeta con dos soles, por Cordelia Turnbow.

Por un momento, todos dejaron de hablar. En el silencio de la conversación, se oyó un ruido sofocado de aplausos, procedentes del televisor del cuarto de estar, que nadie había pensado en apagar. Parecía alguna tontería de Spike TV, que los niños no podían ver. Más o menos una vez por semana, Dellarobia amenazaba con dar de baja la televisión por cable, pero tenían contratado un paquete con Bear y Hester, y les salía prácticamente gratis. Además, era poco probable que la familia pudiera sobrevivir sin la televisión por cable. Era como una droga. Se inyectaban los canales en vena.

—Además, comen una planta venenosa que se llama «algodoncillo» — dijo Preston—. ¡Díselo, mamá!

—Es cierto. Comen algodoncillo, que por lo visto es tóxico. En realidad las mariposas no comen. No tienen boca para masticar y lo único que hacen es beber el néctar de las flores. Pero cuando van a poner huevos, buscan una planta de algodoncillo. Y las larvas, cuando nacen, se comen las hojas, que son venenosas.

Preston intervino casi sin aliento:

—¡Y cuando se las comen y crecen y se transforman en mariposas, entonces ellas también son venenosas! ¡Por eso no se las come ningún animal!

—Tóxicas o de sabor desagradable para las aves —confirmó Dellarobia, repitiendo de memoria lo que había leído.

Ovid cruzó los brazos delante del pecho con cara de haber quedado muy impresionado, mientras asentía admirativamente, mirando a Preston.

—¡Qué niño tan listo! Me ha contado un pajarito —dijo mientras describía un círculo en el aire con un dedo hasta apuntar directamente hacia Preston— que eres un científico.

—También las llaman «mariposas del rey Guillermo» —lo interrumpió Dellarobia—. Así las llama la gente de por aquí. No sé por qué.

¿Estaba compitiendo con su hijo de cinco años por la aprobación de ese hombre? Mortificada, se mordió el labio.

—Mariposas del rey Guillermo —repitió él—. Nunca lo había oído. — Giró un poco la silla hacia Preston y, con su acento meloso, le preguntó—: Dime una cosa. ¿Por qué crees que una mariposa está dispuesta a volar una distancia tan larga para pasar el invierno con sus compañeras?

Preston dejó el tenedor en el plato y cerró los ojos, intentando hacer funcionar hasta la última neurona. Finalmente, arriesgó una respuesta:

—¿Para no estar sola?

—Una hipótesis razonable —replicó Ovid—. Sus amigas están muy dispersas, ¿sabes? Vuelan por todas partes, en un territorio muy grande. Por eso, si un chico mariposa vuelve a reunirse con el grupo, tendrá más oportunidades de encontrar una chica mariposa. Y será una chica doblemente atractiva porque vendrá de un lugar muy alejado del país. Tú todavía eres demasiado joven para pensar en esas cosas, claro. —Ovid le hizo un guiño a Cub—. Pero algún día, cuando tengas un coche… —Levantó la vista al cielo y emitió un silbido—. Entonces entenderás lo que te quiero decir.

Dellarobia quedó atónita por ese giro de la conversación y tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la boca cerrada. No podría haber adivinado lo que estaría pensando su marido mientras se atiborraba de calorías. Parecía amigable, hambriento y ligeramente perdido. En otras palabras, era el Cub de siempre.

Ovid prosiguió:

—¿Por qué otra razón crees que se van tan lejos? ¿Por qué se van al sur? ¿Por qué eligen un país como México, donde siempre hace sol?

—¡Para estar calentitas! —exclamó rápidamente Preston, como un concursante en un programa de preguntas y respuestas.

—Para no morirse de frío, exacto. Eres muy listo, Preston. Ahora intenta verlo de otra forma. ¿Y si esa mariposa fuera, en realidad, de clima cálido y soleado? Como yo. Yo también vengo de un sitio así. Pero la vida me ha dado la oportunidad de marcharme al norte para ver algunas cosas que me interesan mucho. ¿Y si la mariposa hiciera lo mismo que yo, pero no pudiera soportar las heladas invernales? ¿Qué crees que haría nuestra amiga?

Preston rio entre dientes y miró a su madre.

—¿Comprarse un abrigo?

—¡Ojalá pudiera! Pero es una mariposa.

El hombre tenía una sonrisa arrebatadora, y tan ancha que le dejaba al descubierto los colmillos.

—Era una broma —dijo Preston con afectación—. Seguramente volvería a su casa en invierno, para no congelarse.

—¡Exacto! —exclamó Ovid con un aplauso, para enorme deleite de Preston. El hombre sabía cómo hablar a los niños—. Entonces ¿qué deducimos de todo esto? —preguntó—. Que quizá la señorita monarca no es de aquí después de todo, aunque esté en nuestros jardines. No es una mariposa de aquí que se marcha al sur en invierno, sino una mariposa mexicana que viene al norte en verano para hacer turismo.

Preston asintió con los ojos muy abiertos y aspecto de estar siguiendo realmente el razonamiento.

—Pero ya sabes que un científico no puede conformarse con meras suposiciones. Necesita medir las cosas, hacer experimentos… ¿Cómo podemos descubrir la verdad acerca de la señorita monarca?

—¿Se lo preguntamos a alguien? —sugirió Preston.

—Buena idea. Se lo podemos preguntar a su familia.

—¿Cómo?

Preston estaba enganchado. Era un pequeño pez con gafas que había mordido el anzuelo.

—Hay formas de hacerlo —dijo Ovid, recostándose en el respaldo de la silla mientras cruzaba sus largas piernas y colocaba un tobillo sobre la rodilla —. Hay gente que lo ha hecho. ¿Y sabes qué han averiguado? Que todos sus parientes son mariposas tropicales. De toda su familia, los Danaus, la señorita monarca es la única que ha tenido la brillante idea de ir a probar fortuna a países más fríos.

Dellarobia estaba anonadada. Se sentía embaucada, turbada, furiosa, fascinada…

—Me ha contado un pajarito —dijo, señalando a Ovid— que tú eres un científico.

Él separó las manos en señal de que había sido descubierto y sonrió con tanta franqueza que toda su cara se convirtió en un luminoso paisaje. El suyo era un mundo con un sol de más, como el de Cordelia.

—¿Y por qué no lo has dicho antes? —Dellarobia se sofocó y tosió un poco, hasta recuperarse. Después se terminó su vaso de té—. Me has dejado que hiciera el ridículo y que quedara como una tonta. Muchas gracias.

Cub parecía haber despertado repentinamente. Dejó caer las dos manos abiertas sobre la mesa, como si acabara de entender la broma, y declaró:

—Entonces eres… mariposólogo, ¿no?

—Entomólogo, experto en lepidópteros. O biólogo, si lo preferís. No me importan mucho los títulos.

—Pero… —Dellarobia tardó un momento en encontrar la forma adecuada de expresar su pregunta—. Todo eso lo has estudiado en la universidad, ¿no es así? Incluso es probable que enseñes en la universidad.

—Así es. En la Universidad Devary, en Nuevo México. Estudié en Harvard y os aseguro que ahí… —Miró a Preston con expresión cómplice—. Ahí sí que hacía frío.

—¿Has venido hasta aquí desde Nuevo México? —preguntó Cub—. ¡Madre mía! ¿Cuánto hay? ¿Tres mil kilómetros? ¿Cuánto has tardado conduciendo?

—Vine en avión. Ha sido un viaje bastante largo y en una butaca bastante estrecha.

—Yo no he viajado nunca en avión, y mi mujer tampoco —repuso Cub con desbordante admiración.

El propio Cub se sentía parte de ese viaje. Su pequeño rincón en el mundo había aparecido en el mapa de ese hombre eminente. Aquella era una cena de proporciones nacionales. Dellarobia se sentía como si hubiera recibido un golpe en la cabeza.

—Has venido hasta aquí porque eres un estudioso de las mariposas monarca, ¿verdad? —dijo.

—Correcto. He pasado el día haciendo un censo rápido, allá arriba.

«Un censo rápido de nueve horas», pensó ella. ¿Las habría contado todas?

—Entonces ¿qué haces? ¿Experimentos, observaciones? ¿Y después escribes lo que ves?

El hombre asintió.

—Conferencias, artículos, un par de libros. Todo sobre la mariposa monarca.

—¡Un par de libros! —exclamó ella, recordando la cara que había puesto su invitado cuando le informó de que se llamaban «mariposas monarca».

De modo que había cosas peores que darle pastel de carne a un vegetariano, y una de ellas era atosigar con datos sacados de la Wikipedia a la persona que probablemente los había descubierto. Se había comportado como su hija, risueña y cubierta de queso. Había actuado como un bebé con la cara sucia, pero sin la excusa de ser realmente un bebé.

Preston, por otra parte, parecía ansioso por sentarse en las rodillas de ese gran hombre, y Cub también lo habría hecho si hubiera podido. Solo Cordie permanecía indiferente, dando los últimos toques a su composición y dejando que también su pelo entrara en el cuadro. Ovid Byron no parecía ofendido mientras se servía la segunda porción de macarrones.

—Entonces —preguntó Dellarobia— ¿qué tipo de cosas estudias en esas mariposas?

El hombre terminó de masticar un bocado antes de responder.

—Cosas que, probablemente, os parecerán muy aburridas: taxonomía, evolución de la conducta migratoria, efectos de las moscas taquínidas parásitas, aspectos energéticos del vuelo, dinámica de poblaciones, deriva genética… Y también la que es, a día de hoy, la pregunta más interesante y alarmante que podemos plantearnos en este campo: ¿Por qué razón una proporción sustancial de la población de mariposas monarca, que pasa el invierno en México desde que Dios las puso en el mundo, como has dicho tú, se ha congregado por primera vez en la historia en el sur de los Apalaches, más concretamente, en la granja de la familia Turnbow?

Todos levantaron la vista al oír el apellido de la familia al final de una frase tan solemne.

Con la visión periférica, Dellarobia captó los restos de un globo rosa que colgaban de la lámpara sobre la mesa, vestigio de una fiesta de cumpleaños celebrada meses atrás. Lo había pasado por alto durante el maratón de limpieza del día y de muchos días anteriores. Pequeño, fláccido y arrugado, parecía un testículo que ha recibido un golpe, y aunque ella, obviamente, nunca había experimentado nada parecido, podía suponer lo que se sentía. Más o menos así se sentía ella ahora. Tras una patada en la entrepierna, hay que seguir adelante, pero ¡Dios, cómo duele!

—Ovid —dijo—, ¿por qué me dejaste hablar de ese modo durante media cena, cuando tú podrías habernos dicho muchísimo más sobre las mariposas?

El hombre se echó a reír y agachó la cabeza, con un fingido gesto de remordimiento, para que ella se sintiera mejor.

—Tendrás que perdonarme, Dellarobia. Es un hábito egoísta. Si solo me escucho a mí mismo, no aprendo nada.