Cuando éramos ángeles

Beatriz Rodríguez · Capítulo 20 de 20

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Cuando éramos ángeles

Y de Postre…

El olor de los membrillos maduros anunciaba el principio del otoño. Se propagaba por las huertas de Fuentegrande durante los últimos días de septiembre y la fruta podía recolectarse a veces hasta bien entrado el invierno. El Hostal Las Rosas también estaba invadido por aquel olor frutal que a nadie desagradaba. Chabela cogía algunos cuencos grandes de barro y colocaba los membrillos en la recepción, en el descansillo de las escaleras y en las habitaciones. Todos los huéspedes lo mencionaban, agradeciendo el gesto. Incluso Clara, que el otoño anterior no había tenido el juicio lo suficientemente lúcido para atender esos detalles, valoraba ahora aquella fragancia que le resultaba, sin serlo, inmensamente familiar.

—Me tienes que regalar algunos para mi casa. El olor a cerrado me deprime muchísimo.

En las últimas semanas, Clara Ibáñez había decidido que ya era hora de dejar Las Rosas y regresar a su casa. Fue una decisión que tomó unos días después de que se cumpliera un año de la muerte de su marido, de que cerrara el reportaje sobre Depwater y la muerte de Fran Borrego y de que Fernando Alegría se marchara. Pero estaba convencida de que ninguno de estos acontecimientos había sido el detonante de aquella decisión; fue algo más simple y fácil, como suele ocurrir cuando no hay factores externos que te condicionen o te hagan valorar pros y contras. Esas tonterías, pensaba Clara, solo se hacen si hay más personas afectadas. Las decisiones que se toman en soledad y para la soledad son siempre más fáciles, porque no conllevan la trascendencia del compromiso o la responsabilidad con el otro.

Desde que murió, Clara había dejado de pensar y funcionaba casi como una autómata: el trabajo, el whisky y salir a correr eran distracciones con las que seguir respirando se convertía en algo menos incordioso, pero, realmente, se encontraba en estado de shock.

Despertó el mismo día que se dio cuenta no solo de que estaba sola, sino de que aquello era algo que le gustaba. Era la primera vez en su vida que podía tomar decisiones por sí misma, tenía que decidir si se quedaba en Fuentegrande o no, si le apetecía seguir trabajando en el periódico o no, si quería montar una huerta, poner una tienda, escribir poesía o hacer ganchillo. Todo, absolutamente todo, era una decisión que solo la afectaría a ella.

Fue consciente de ello bebiendo el agua helada de una de las fuentes que había a la entrada de pueblo una mañana que regresaba de correr por aquella carretera que separaba Fuentegrande del resto de la civilización. Estuvo unos segundos parada frente al agua que corría despacio y segura, sin pausa, y la lucidez de aquel pensamiento le produjo una sensación de euforia que jamás había experimentado. También había algo de vértigo, provocado solo por la novedosa certeza de poder hacer lo que le diera la gana. Y, por ahora, lo que le daba la gana era tener una casa para ella sola, aunque tuviera que enfrentarse al dolor que encerraba la cocina donde había desayunado con Marcos tantas veces, la cama donde dormían, la terraza con vistas a las huertas que disfrutaron solo un verano y el salón donde leían, veían la tele y donde aquella noche de hacía ya un año su marido había respirado por última vez.

—Llévate los que quieras, este año hay muchísimos —le dijo Chabela—. Tienes que seguir viniendo a comer o a cenar de vez en cuando, Clara. No creo que seas capaz de alimentarte en condiciones y el whisky tiene muy pocas proteínas, ya lo sabes.

Clara sonrió y le dijo con ironía que podía aprender a cocinar:

—Tampoco tiene que ser tan difícil.

—Pues mira, puedes empezar por ayudarme con la carne de membrillo, que no es difícil, pero es muy trabajosa de hacer. Toca. ¿Ves?, la piel del membrillo es muy dura. Primero hay que cocerlos hasta que se reblandecen; cuando están templados se pelan y se trocean quitándoles el corazón. Es una fruta amarga, hay que pesarla y añadirle la misma cantidad de azúcar. Se liga con zumo de limón, si no, queda demasiado dulce.

Cuando la masa del membrillo estuvo preparada, Chabela la metió en una gran olla que había puesto al fuego y comenzó a darle vueltas con un cucharón de madera. Poco a poco, la carne de membrillo empezó a burbujear. El suave color, como de arena de playa blanca, iba adquiriendo una tonalidad cada vez más oscura, a medida que el azúcar se tostaba. Era un proceso lento y aburrido, había que darle vueltas constantemente para que no se quemara, por lo que requería de algún que otro relevo. Clara vio a Chabela bastante acalorada —todavía no hacía nada de frío y el movimiento junto al fuego no ayudaba—, así que le pidió que la dejara continuar un rato. La cocinera aprovechó para sacar los cuencos en los que depositaría el postre. Esto se hacía cuando, al sacar una cucharada de la masa, se solidificaba enseguida, pero para eso todavía quedaba un poco. Al rato apareció María en la cocina para ayudar a Clara.

Las dos miraban la masa burbujear, el movimiento en círculo tenía un punto meditativo. Clara se sintió incómoda en aquel silencio y quiso romperlo con una conversación cualquiera, pero lo único que se le ocurrió fue preguntarle a María si sabía algo de Sebastián.

María no cambió la expresión de su cara, permaneció dando vueltas y más vueltas con el cucharón de madera, pero no pudo evitar soltar un suspiro, entre el aburrimiento que parecía provocarle ya aquel tema y la resignación por verse obligada a hablar de ello.

—No va a ir a la cárcel, supongo que eso sí que lo sabes. Ahora mismo está ingresado en el área de psiquiatría del hospital de Cansinos y seguramente en tres meses pueda salir bajo vigilancia. Los médicos piensan que fue un brote provocado por algún recuerdo.

—Pero dicen que él no recuerda haber hecho nada, que al parecer lo hizo en un estado de enajenación tal que su mente lo ha borrado de su memoria.

—Puede ser. El pobre de Sebastián ha estado siempre muy puteado por todos, especialmente por los que decían ser sus amigos.

María seguía mirando fijamente el trabajo de su muñeca, permanecía con una seriedad que a Clara le pareció, por un segundo, algo forzada.

—¿Y sabes cuál puede ser el detonante de todo eso?

—Has terminado ya tu reportaje, ¿no? —interrumpió María, algo molesta por la insistencia de Clara.

Eso aumentó la curiosidad de la periodista, que, desde que había publicado su artículo, tenía la sensación de que algo importante se le había escapado, pese a que había sido muy criticada por escribir la historia de Fran con excesiva minuciosidad. Incluso los Borrego habían amenazado con quitar publicidad del periódico, algo que con la presencia de Depwater en la comarca le restaba poder de persuasión a la que había sido la familia más poderosa de la zona.

—Sí, sí, es solo que no me ha quedado claro el porqué, y eso me atormenta, ya sabes cómo soy de insistente, pero perdona si te molesta hablar del ello.

—No me molesta, bueno, no más que a cualquiera del pueblo. —María intentó justificarse, pero, al ver que Clara seguía buscando una respuesta con la mirada, improvisó—: Es que Fran Borrego hizo mucho daño, en general, pero lo de Sebastián pudo ser por cualquier cosa. Una vez le dieron entre todos una paliza que por poco lo matan, y solo porque le dio un beso a Eugenia en la mano, cuando esta y Fran eran novios.

Aquello no mitigó la extrañeza que todo el asunto le seguía provocando a Clara, pero Chabela entró en la cocina interrumpiendo la conversación, comprobó que la masa ya estaba preparada y, entre ella y María, llevaron la olla hasta el porche, donde había más de treinta cuencos repartidos por todos lados.

—Está anocheciendo y empieza a refrescar, en el porche se enfrían antes — explicó Chabela.

Clara las acompañó afuera, sin dejar de percibir esa actitud molesta que tenía María hacia ella, como si estuviera rompiendo con su presencia algún tipo de intimidad. Y por lo visto, así era.

Cuando salieron, le sorprendió ver que Rosario y Eugenia Pereira estaban sentadas en las sillas de mimbre. Hablaban en voz baja, pero serenas, aunque ambas callaron cuando vieron a Clara. Todas parecían saber muy bien lo que había que hacer, como si fuera un ritual aprendido durante muchos años.

—No sabía que Rosario, Eugenia y María fueran tan amigas —le dijo Clara a Chabela cuando estas parecían distraídas con la tarea.

—Mucho, desde que eran pequeñas. Fíjate que todos los años, desde no me acuerdo cuándo, me ayudan con el membrillo. Ha habido años que Eugenia venía el fin de semana solamente para eso.

—Pues todas las veces que he hablado con ellas me han dado a entender que habían perdido el contacto.

—Bueno, en cierto sentido puede que así fuera. Ten en cuenta que las tres han seguido rumbos muy diferentes. Es normal que esa distancia se establezca, pero, en el caso de ellas, creo que siempre ha sido superficialmente. Por muy poco que se vieran, por mucho tiempo que pasara, siempre había entre ellas esa complicidad que, a veces, traen los recuerdos compartidos.

—O los secretos —dijo Clara en voz alta, con la mirada clavada en María, que se había acercado a la alberca de agua natural para coger una de las sandías que Chabela guardaba en aquella enorme red, con la que entre dos apenas podían. Sin embargo, María, con una fuerza asombrosa, la había sacado ella sola del agua.

Hay mujeres extraordinariamente fuertes, pensó Clara mientras Chabela la miraba con el ceño fruncido, para dedicarse, acto seguido, a la tarea del membrillo, que era lo que más le importaba en ese momento. Se daba por sentado que las mujeres eran menos fuertes que los hombres, porque la norma general lo confirmaba, pero había mujeres que rompían esa norma, claro que sí; las había visto desde siempre: en el colegio siempre hubo alguna que se atrevió a meterse en una pelea con un chico, saliendo más o menos airosa, no hacía falta que fueran especialmente grandes. También había visto en las huertas a mujeres de brazos y piernas pequeñas, como María, trabajando con grandes azadas.

Clara permanecía de pie, quieta, observando los movimientos decididos de aquellas mujeres, mientras su mente entraba en aquel bucle de pensamientos automáticos que le daba grandes resultados y también, a veces, grandes dolores de cabeza.

Estos pensamientos se acrecentaron cuando apareció Orestes, el hermano de Eugenia Pereira. Venía a recogerla porque esa misma noche salían para la ciudad. Clara confirmó la sumisión que aquel jovencito de mirada perdida y dulce le tenía a su hermana y recordó que él era la coartada de Eugenia para la noche de la muerte de Fran. Un chico apocado que adoraba a su hermana: afirmaba que ella no había salido esa noche. Difícil de demostrar.

Cuando Eugenia y Orestes se marcharon, Chabela insistió en que Clara se quedara a cenar, pero Rosario y María no parecían demasiado entusiasmadas con la idea. Esto no habría sido un impedimento para que Clara aceptara la invitación de Chabela, le importaban poco ese tipo de cosas, pero, realmente, no tenía ganas de permanecer mucho más rato en Las Rosas, sentía un frío extraño. La incertidumbre, a veces, provoca frío.

Al salir del hostal, vio la enorme ranchera de Fran en el aparcamiento, la misma que habían encontrado en Rocafría, junto a su cadáver. Supuso que ahora la usaba Rosario y recordó que en su reportaje escribió que Sebastián había llevado el cuerpo de Fran en esa camioneta y, luego, se había vuelto andando, pero ahora le parecía extraño que en el supuesto estado de enajenación en el que estaba el Loco aquella noche hubiera conducido por un camino oscuro y tan difícil de recorrer sin recordar absolutamente nada.

Clara Ibáñez recorrió las callejuelas de Fuentegrande en la penumbra de las primeras horas de la noche. Las farolas recién encendidas parecían acompañarla en su camino, pero la luz molestaba a la periodista, que, con cada paso que daba en la oscuridad, parecía encontrar una pieza perdida de aquel puzle que tan mal había reconstruido. Qué estúpida había sido, se recriminó cuando todo encajó.

No sabía qué la molestaba más: que la hubieran engañado o que, en realidad, nunca podría demostrar lo que, tal vez, no era más que una intuición.

Aquella noche Clara Ibáñez no habría pegado ojo, pero, afortunadamente, había un coche aparcado en la puerta de su casa. Un Toyota negro que reconoció enseguida. Fernando la esperaba desde hacía un rato, escuchando música y leyendo el periódico. No tenía llaves de la casa. Clara nunca se las daría.

«Especialmente, porque todo se acaba, Fernando», le dijo una noche mientras hablaban de la posibilidad de estar juntos, a la manera en que las parejas deciden hacerlo, esa que casi siempre decepciona.

Fernando sonrió, le hacía gracia escuchar en boca de Clara alguna de esas teorías que le habían dado sustento argumental a su falso hedonismo durante tanto tiempo. Tarde o temprano, ella también se daría cuenta de que esas teorías desaparecían cada vez que estaban juntos. No hacía falta que fuese en una cama, podían estar en un portal que los cobijase una noche en la que la urgencia ganara el pulso a la comodidad, en el ascensor de un hotel de Cansinos con tantas plantas que la subida necesitara algún tipo de distracción, en la oficina del periódico, para jugar a la fiesta-siesta, o en el baño de un restaurante al que jamás podrían volver sin despertar la risa de algún que otro camarero.

Nada de lo que pudiera ocurrir más allá de esos momentos les importaba demasiado. Al fin y al cabo, eso no era la vida real. ¿O sí lo era?

FIN

Lista Spotify de las canciones que aparecen en Cuando éramos ángeles

https://open.spotify.com/user/beatrizm9/ playlist/6wNbMOZuyl3dzXNssylsTx

Smells Like Teen Spirit, Nirvana

Give It Away, Red Hot Chili Peppers

Under The Bridge, Red Hot Chili Peppers

One, U2

The Angel And The Gambler, Iron Maiden

I Don’t Want to Miss a Thing, Aerosmith

Chinese Democracy, Guns N’Roses

Stone Cold Crazy, Queen

Nothing Else Matters, Metallica

Californication, Red Hot Chili Peppers

Scar Tissue, Red Hot Chili Peppers

Wonderwall, Oasis

Walk on, U2

Mambo Number Five, Del Baldo

Believe, Cher

Baby One More Time, Britney Spears

American Woman, Lenny Kravitz

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