Cuando éramos ángeles
Putas en Cal
El verano era la época en la que se encalaban las casas de Fuentegrande: un procedimiento muy antiguo que consistía en verter la cal en el agua para conseguir una pasta fluida blanca con la que se revestían los muros. Los inviernos allí eran los más fríos de la comarca, pero los veranos eran igual de calurosos que en Cansinos o en cualquier otro pueblo de la comarca. Por eso se utilizaba la cal para cubrir las fachadas, era una sustancia mucho más porosa que la pintura, por lo que concentraba menos el calor en las paredes exteriores de las casas, conservando el interior más fresco.
A María le encantaba el ambiente que había en el Hostal Las Rosas durante el encalado; la casa se llenaba de mujeres con delantales que confeccionaba su abuela para todas ellas, de una tela muy mala, con cuadros azules y blancos. Se sacaban al patio todas las mantas, alfombras y edredones del invierno y se aireaban durante un día; se hacía limpieza general, se cubrían humedades y se pintaban todas las habitaciones, el bar y la cocina, también de blanco; y las rejas de balcones y ventanas, oxidadas por las lluvias, se raspaban y volvían a cubrirse de pintura negra, aunque en otras casas, como en la del padre de Eugenia, se pintaban de verde. Aquel año, Manuel Pereira llamó a Chabela para que se encargara de la limpieza y el encalado de su casa. A la abuela de María no le hacía mucha gracia que su hija y su nieta hicieran ese trabajo, pero Chabela andaba siempre mal de dinero y aceptó encantada, sin hacer mucho caso a la opinión airada de su madre, que seguía viviendo la ilusión de que la suya era una familia de alto rango que no trabajaba para los demás: eran los demás los que trabajaban para ellos.
Cuando Eugenia y su familia llegaron ese año, se encontraron con una casa resplandeciente. Habían sido especialmente cuidadosas con las dos buganvillas fucsias que salían de uno de los arriates pegados a la fachada, el suelo de barro de la terraza parecía nuevo y había un olor acogedor y limpio en todas las habitaciones.
Es el olor del verano, pensó Eugenia cuando se tumbó en su cama por primera vez después de todo un año, y cerró los ojos, inspirando de una manera exagerada. Andaba por aquel entonces en la plenitud de su adolescencia, y tendía a fluctuar de una manera casi esquizofrénica entre la euforia por la experimentación constante y la melancolía, asociada, todavía de manera efímera, a la conciencia del paso del tiempo.
Aquel verano los padres de Alfonso le habían pagado un viaje a Estados Unidos para que perfeccionara su inglés y saliera del pueblo durante una temporada. Rosario no tuvo la suerte de que depositaran en ella las mismas esperanzas que tenían en su primogénito. La excusa de su salud delicada jugaba siempre en su contra, por lo que solo le quedaba esperar las postales de su hermano hablándole de sitios increíbles y de gente que le explicaba cómo funcionaba un semáforo o le preguntaba si en su pueblo también se veía la luna. Rosario les contaba luego a sus amigos estas historias con las que todos se reían, pensando que los americanos eran todavía más brutos que ellos, aunque alguno que otro no podía evitar reflexionar sobre el hecho de que nunca había visto realmente un semáforo.
Lo que Rosario no contaba era el insistente interés que mostraba Alfonso en algunas de sus cartas por saber cómo estaba Eugenia. Se habían escrito y llamado durante el otoño y el invierno, pero desde la primavera no sabía nada de ella, un dato que los demás desconocían, pensando que seguían juntos. Él no se atrevía a contar lo que Eugenia tenía clarísimo casi desde finales de marzo; y Eugenia, dada su tendencia a ser complaciente antes que rechazada en cualquier circunstancia, no había reunido el valor suficiente para decirle que aquella historia se había acabado.
El estío fue deslizándose tranquilo. Día tras día, los ritos de veranos anteriores se repetían como si fuera la primera vez. El espacio era el mismo, pero ellos parecían experimentar un cambio constante que hacía que cada segundo contase como imprescindible. La pubertad de Fran y Roque parecía estar alejándose poco a poco, ambos habían aprendido a afeitarse y se reían de Lope y Nicolás, que no tenían más que una tímida pelusa sobre el labio. Tomás había hecho un viaje en crucero con sus padres la segunda quincena de julio y no paró de presumir sobre aquello durante el resto del verano. Daba explicaciones concisas sobre los cócteles que el barman de una de las terrazas del barco le había enseñado a hacer y ensayaba con ellos durante las improvisadas fiestas que les permitían celebrar de vez en cuando en alguna que otra casa. A Roque, Tomás le parecía un repelente, y, cada vez que intentaba seducir a Fran, a Nicolás y a las chicas relatando alguna de sus experiencias con ese aire de superioridad que le acompañaría toda la vida, el Puntas no paraba de interrumpirle, haciendo aspavientos y dándole collejas para que se callara:
—Eres un pringao, Tomasito, eso de los cócteles es una mariconada, en este pueblo se toma el orujo solo y la Larios con tónica. Como vuelvas a darme un trago de color azul te llevo a las huertas y te tiro a una poza.
Todos se reían, y Tomás agachaba la cabeza, consciente de que no podía decir nada porque era más que capaz de hacer lo prometido. La última semana de agosto se celebraba en Fuentegrande la fiesta del melocotón. Las huertas estaban repletas de melocotoneros que daban su fruto al final del verano, y esto se traducía en una recolecta excesiva que obligaba a las familias a hacer un aguardiente especial con trozos de la fruta. Con esa excusa, venían al pueblo una decena de puestos de turrón, garrapiñadas y algodón de azúcar. Había una tómbola y tiro al blanco. El ayuntamiento contrataba una orquesta que tocaba en la plaza del pueblo de jueves a domingo y los bares de Fuentegrande sacaban barras a la calle y vendían muy barato litros y litros de aguardiente de melocotón. Junto con la romería de San Mateo, aquello era el acontecimiento del verano, y ese año Eugenia y María se propusieron pasarlo en grande: las dos habían engañado a sus respectivas familias, alegando que se quedaban a dormir en casa de Rosario, y estaban dispuestas a disfrutar de las fiestas hasta por la mañana. Rosario se sentía fatal por ser cómplice de aquella mentira, pero transigió en no contarle nada a su madre, al menos para que no fuera tan evidente la ventaja que le llevaban sus dos amigas en lo que para ella era una señal de madurez. Todavía conservaba su casa de muñecas y la mayoría de sus peluches, y más de una vez se sentía tentada de jugar a vestir y desvestir a la Barbie con los más de veinte trajes que tenía para ella; de hecho, casi añoraba cuando la vida era tan sencilla como aquello. Es cierto que Rosario era un año menor que María y Eugenia, que con sus quince años se sentían ya con licencia para hacer y decir lo que les diera la gana. Durante el día, llevaban unos shorts minúsculos y unas camisetas ajustadas, con la barriga al aire, que mostraba su esplendor adolescente. En realidad, eran tan poco conscientes de ello que se permitían el lujo de contonearse delante de Celestino, Ángel y Sebastián, como si el deseo fuese solamente un juego, y jamás pensaban en lo locos que se volvían Fran, Roque, Lope, Nicolás e incluso el repipi de Tomás cuando jugaban al voleibol en la piscina de Rosario. No era inocencia, no era malicia, solamente era algo nuevo para ellas.
También fue algo nuevo el primer vaso de aguardiente de melocotón del jueves por la noche con el que todas las hormonas reunidas en la plaza del pueblo estallaron en horas de baile, seguidas de más y más vasos de aquel líquido pegajoso y dulzón. La primera noche, Eugenia se encaprichó de Celestino, por aquello de que era mayor, algo que, inexplicablemente, le hacía más atractivo. Los dos mechones blancos que rodearían sus sienes en la madurez eran ya más que evidentes, llevaba siempre unos pantalones Levi’s muy ajustados, con una cadena atada a una de las presillas que sujetaba la cartera, colocada de manera abultada en el bolsillo trasero izquierdo. Por ser un día especial, se había puesto un polo azul de marca que le había regalado su madre por su cumpleaños, y permaneció durante toda la noche apoyado en la barra de la plaza donde estaba la orquesta, mirando cómo Eugenia se contoneaba para él de manera cada vez más descarada. A medida que el melocotón bañado en aguardiente iba haciendo su efecto, a Eugenia le parecía que Celestino era increíblemente guapo, y que ligar con él era lo más divertido del mundo. A las cuatro de la mañana estaban magreándose y riéndose en uno de los callejones de detrás de la iglesia. Cuando la cosa empezó a ponerse seria y Celestino le metió la mano a Eugenia por debajo de la falda e hizo a un lado las bragas para manosear el pubis mojado de la chica, apareció María con Nicolás, que andaban igual de acalorados, y ambos aminoraron la tensión. La cosa no habría pasado a mayores, pues Eugenia no tenía ni ganas ni fuerzas para hacer nada con Celestino; al fin y al cabo, aquello no era más que un juego, pero no le dio tiempo a dar una negativa rotunda, pues María empezó a vomitar a menos de un metro de ella, y la forzada solidaridad de Eugenia con su amiga le evitó tener que dar más explicaciones de las precisas.
—Voy a buscar a Rosario para que nos lleve a su casa, está fatal —le dijo sin apenas mirarlo y con cierta sensación de alivio. Tan pronto como se habían dado los primeros besos, a Eugenia le dio la sensación de que era mucho más divertido pensar el juego que llevarlo a cabo.
A la noche siguiente la diversión consistió en intercambiar parejas. Ambas se habían contado la experiencia de cada una y la frivolidad se apoderó de ellas en forma de carcajada constante y fácil manipulación de los implicados. Tanto el imberbe de Nicolás como el experimentado Celestino estaban más que dispuestos a continuar con la tarea de la noche anterior. La gran sorpresa fue que Eugenia y María habían decidido intercambiarlos sin ni siquiera preguntarles. No fue necesario, pues la resistencia vino más por el asombro que por la indignación, y, cuando cada uno tuvo claro que aquella noche cambiaban de pareja, les pareció igual de divertido que a ellas.
—No se puede ser más puta —le dijo Fran a Roque la última noche, cuando vio a Eugenia de nuevo danzando por la plaza del pueblo, con Celestino y Nicolás sin quitarle ojo de encima.
Chabela había castigado a María sin salir por primera vez en su vida. Se había encontrado en la carnicería a la madre de Rosario y la mentira se había desmoronado en cinco segundos. Le pareció horrible castigar a su hija en plena fiesta del melocotón. Recordó cuando su padre hacía lo mismo y ella se escapaba por una de las ventanas que daban al patio del hostal. Pensó que no lo estaba haciendo del todo mal cuando entró en el dormitorio de María a las cuatro de la mañana y se la encontró profundamente dormida.
Eugenia intentó sustituir a María por Rosario, que durante las noches anteriores no había sido más que una espectadora de los rituales de bebida y danza que experimentaban sin tapujos sus dos amigas, pero en el primer baile apareció Fran, acompañado de Roque, y se llevó a Rosario de la mano no sin antes lanzarle una mirada entre reprobatoria y amenazante a Eugenia que esta, conociendo el talante de Fran, no se atrevió a ridiculizar. El Puntas intentó probar suerte con la chica, que parecía igual de animada que las otras dos noches, pero Eugenia lo rechazó sin pensarlo dos veces y, al rato, se fue a su casa echando de menos a María.
Se levantó casi al mediodía y, al comprobar que ni su padre ni Orestes estaban en la casa, salió a la puerta; tal vez su hermano seguía intentando aprender a montar en bici sin las dos ruedecillas traseras, pero con la clara seguridad de que su padre le sujetaba. Eugenia no olvidaría la imagen de Orestes, mojando una enorme esponja en un cubo de agua con lejía, mientras su padre intentaba limpiar con otra las primeras letras de su nombre. Sin embargo, no podría recordar si la frase era «Eugenia es una puta» o, simplemente, «Eugenia Puta».
Más difícil de olvidar aún sería lo que ocurrió un par de días después. Alfonso había regresado de Estados Unidos y lo primero que hizo, cuando estuvo de nuevo con sus amigos, fue preguntar por la que suponía, no con mucho convencimiento, seguía siendo su novia. Fran y Roque empezaron a contarle con todo lujo de detalles el comportamiento de Eugenia durante los últimos días. Nicolás permaneció callado todo el relato, mirando hacia abajo sin saber qué hacer o decir y, cuando terminaron de hablar, Fran lo cogió por una oreja y la obligó a disculparse con su amigo. Al principio, Alfonso sintió decepción, asociada a un leve dolor de estómago, que pronto se traduciría en una gran punzada en el orgullo, alimentada por los comentarios mezquinos del resto de los chicos.
—Tienes que darle un escarmiento, Alfonsito. Si no, al menos para mí, vas a ser un cornudo el resto de tu vida.
Alfonso miró a Fran como pidiendo consejo y este asintió con un gesto cómplice.
A la comitiva que se dirigía hacia casa de Eugenia Pereira también se unieron Celestino, Ángel Crespo y Sebastián, instigados por el bueno de Roque a dar ese paso solidario, como correspondía a hombres de bien.
Rosario y María estaban en casa de Eugenia, merendando tortitas e intentando quitarle importancia a la pintada que había destrozado la hermosa fachada de su casa. Los daños no habían sido del todo irreparables, al menos, en la conciencia de Eugenia, especialmente porque su padre no le había hecho un solo comentario y su comportamiento hacia ella no había variado un ápice, ni más serio ni más cariñoso. Aquello era una chiquillada y lo mejor era no darle importancia.
Tampoco ella le daría importancia muchos años después al hecho de que siete chicos que consideraba sus amigos la acorralaran en la puerta de su casa. Al principio, callados, con expresiones sarcásticas o de satisfacción, esperaban, unos, en sus bicis, otros, apoyados en algún árbol o en la misma pared de su casa, a que Alfonso diera un paso al frente y, encabezando una comitiva que en realidad no le correspondía, le preguntara a Eugenia Pereira si era una ninfómana. Acto seguido, todo fueron carcajadas. Y puta, y golfa, y qué te has creído, y anda, vámonos, y las ruedas de las bicis en marcha, y a nosotros no vuelvas a acercarte, y los pasos lentos y seguros, y las voces alejándose, y otra vez ninfómana, en la voz torrencial y desagradable de Roque, y Alfonso desapareciendo con vergüenza de sí mismo, y todos desperdigándose a un lado y otro de la calle.
Fran permaneció apoyado en uno de los árboles situados enfrente de la puerta, admirando secretamente la entereza de Eugenia, que no había movido una pestaña desde que comenzó el asalto. La miró de arriba abajo con una sonrisa cruel y sugirió con ironía:
—La próxima vez, ten más cuidadito.