Cuando éramos ángeles
Gazpacho de Culantro
«También se le llama gazpacho de invierno, porque se hace con los tomates que se envasan al vacío en verano, y que aguantan embotellados desde octubre hasta junio, a veces más. Hay que machacar un diente de ajo, mezclado con las hojas de culantro, en el fondo de un lebrillo grande de barro. Cueces unas patatas pequeñitas, les quitas la piel y las troceas sobre el lebrillo. Después, le echas los tomates también picados, que se deshacen enseguida, ¿ves?, porque están muy blandos. Lo aliñas con aceite, vinagre y sal y lo cubres con agua caliente, no mucho, lo suficiente para que ligue bien.»
Aunque era julio, Chabela hizo aquella mañana el gazpacho de culantro para María, ya que era su plato favorito y no había podido probarlo en todo el año. A Clara ya le costaba tomarse el gazpacho normal, solo le gustaba el de bote, y Chabela se negaba a comprarlo, por lo que solía guardar un tetrabrik en la nevera de la oficina, algo que no se atrevía a confesarle a su amiga. Lo del culantro con patatas y tomate embotellado de no se sabía cuándo, y encima templadito, no conseguía convencerla, especialmente con la resaca monumental que tenía.
La noche anterior se acostó bastante tarde, estuvieron las tres en el patio del hostal, bebiendo y charlando hasta las tantas, para celebrar la vuelta a casa de María, aunque Clara, en el fondo, estaba esperando que Fernando Alegría volviera de su entrevista con Celestino y Ángel Crespo. A las tres de la mañana, sin Fernando y con una borrachera tremenda de 100 Pipers, se fue a la cama casi reptando por las escaleras. Le fue imposible levantarse a una hora decente para ir a correr, la resaca y el sonido de las campanas eran demasiado para ella.
Sonaba a muerto en Fuentegrande, un toque muy lento, no fuerte y bastante espaciado del macho, la campana de sonido grave, y la hembra, la campana de sonido agudo, ambos intercalados. Clara se sentó en una de las mesas del bar, frente a un gran ventanal, con un café solo bien cargado, y estuvo un rato escuchando aquel sonido. Había amanecido gris, pero en aquel momento el sol brillaba de una manera insolente, no como el día que enterraron a Marcos, hacía ya casi un año, cuando una atronadora tormenta de finales de verano la sacó del cementerio antes de que su cuerpo cayera desfallecido sobre el barro que había formado el agua frente a la tumba de su marido, como si ya no tuviera piernas, ni brazos, ni estómago, ni cerebro, como si ya no pudiera sentir frío o calor, como si su piel hubiera dejado de funcionar.
El sonido de las campanas le trajo ese vértigo inesperado que arrastra el dolor escondido, y estuvo a punto de llorar, solo un poquito, Clara, hace ya un año, te lo puedes permitir, parece que se dijo, pero María le puso una rosquilla junto al café y se sentó enfrente de ella, le rozó suavemente la mano izquierda con un gesto cariñoso y empezó a hablar muy despacio:
—Antiguamente, al terminar de tocar, si se daba un toque solo, es decir, una campanada sola, indicaba que había muerto un hombre; si se daban dos, indicaba que había muerto una mujer, y si se daban tres toques indicaba que había muerto un niño o un joven; en el caso de un niño también se decía «tocan a gloria». Este toque se repetía en las horas diurnas, desde la defunción hasta el inicio del funeral, y el último toque se realizaba en el momento de dar sepultura. La noche del Día de los Difuntos, el 2 de noviembre, permanecían en vela los mozos del pueblo, tocando a muerto cada dos horas hasta que amanecía. Mi abuela decía: «Otra vez tocan a clamor», ella no decía a muerto, porque nunca pronunciaba esa palabra, era muy suya, y es que durante los veranos esta parecía ser la banda sonora del pueblo, porque era cuando todos los viejos moribundos se iban.
Hubo un silencio largo. Ambas se quedaron calladas y escucharon la campanada solitaria que las dos esperaban.
—¿Ves? Eso es que ha muerto un hombre.
—Fran Borrego —le contestó Clara. Y fue María la que no pudo contener las lágrimas.
—Crecí con Fran, ¿sabes? Hubo veranos en los que él y todos los de la pandilla éramos como una gran familia, aunque en los últimos años se comportaba como un hijo de puta, o tal vez lo fue siempre, no sé, cuando eres tan joven no te das cuenta de esas cosas.
—¿Por qué era un hijo de puta?
—Porque lo llevaba en la sangre, porque no le dieron otra posibilidad, y eso que alguna vez lo intentó. Estoy segura de que intentó irse de aquí, que es lo que tendría que hacer todo el mundo. Incluida tú, Clara.
—Yo no puedo irme.
—Ya, algo me ha contado mi madre, no te enfades con ella, ya sabes que es muy cotilla, es uno de los males de los pueblos, aunque desde luego no el peor. Lo peor son los inviernos.
—¿Y qué te ha contado?
—Que no puedes separarte de Marcos. Aunque no has ido ni una sola vez al cementerio ni has vuelto a poner un pie en tu casa.
Clara volvió a mirar por la ventana. Empezaba a gustarle María, era más tranquila que Chabela y parecía de esas personas que andan en paz con el mundo, o que en el fondo les da igual todo, según se mire. Pero no tenía ganas de hablar de Marcos, nunca las tenía.
—¿Tú conoces a Rosario? —le preguntó para cambiar de tema.
—Fuimos muy amigas, incluso compartimos piso los dos primeros años de carrera, pero luego don Francisco José Borrego se empeñó en que ella y Fran se casaran, y Fran no paró hasta satisfacer a su padre, como siempre. Regresó al pueblo sin empezar el tercer año y ya no volvió a salir de aquí. Su único objetivo, entonces, fue quedarse embarazada; lo intentó durante casi diez años hasta que lo consiguió, con muchos riesgos, porque siempre tenía anemia.
—Y os alejasteis la una de la otra. Eso es muy normal con los amigos de la infancia —sugirió Clara.
—Lo curioso es que cuando nos encontramos me trata de una manera muy distante. Siempre fue muy dulce y educada, pero es extraña la forma que tiene de mantener un espacio vacío donde hay cientos de experiencias y recuerdos.
—Tal vez no le gusten demasiado esos recuerdos.
—Puede ser.
—Me interesaría hablar con ella, pero hoy es el peor día para intentarlo.
—Yo voy a ir al entierro y seguramente luego vaya a su casa. Es lo que se estila. Vente al cementerio y si veo que la cosa está relajada te vienes conmigo. ¿Conoces a su hermano?
—Sí, es un tío estupendo.
—Pues igual entre Alfonso y yo te podemos poner el terreno más fácil.
Un poco después, casi a la hora de comer, entró Fernando Alegría en el bar del Hostal Las Rosas. Iba un poco más arreglado que el día anterior, los vaqueros eran los mismos, pero se había puesto una camisa morada que parecía hecha a medida, no tenía pinta de ser de marca o de una tienda cara, era su propio cuerpo el que hacía que le quedase tan bien, pensó Clara. La llevaba con las mangas desabrochadas y un poco subidas, casi hasta el final del antebrazo, con esa habilidad innata que el hombre parecía tener para atraer y que a Clara empezaba a ponerla realmente nerviosa. Había sustituido las Adidas rojas por unos zapatos oscuros, seguramente tenía intención de ir también al entierro.
En cuanto la vio se dirigió inmediatamente hacia ella con su sonrisa enorme y, en un acto reflejo absurdo, Clara cruzó las piernas, como si le diese miedo que la sonrisa se metiera por algún lugar extraño. Le preguntó si podía sentarse con ella y enseguida comenzó a contarle la ajetreada noche que había tenido. Al parecer, entre pregunta y pregunta de los policías, el bueno de Fernando sacó a relucir sus mejores dotes de engatusador profesional, metiéndose en el bolsillo al mastuerzo de Celestino y a su compañero con un tema universal, tópico, pero siempre efectivo: el fútbol. Los tres eran del mismo equipo, casualidades de la vida, garantía indiscutible de hermandad y preludio de una juerga tremenda que se habían pegado hasta las cinco de la mañana.
—Pero ¿por qué querían hablar contigo? —le preguntó Clara.
—Nada, nada. Es verdad que había quedado con Fran, me cité con él en uno de los bancos que hay en el camino ese que lleva hacia una ermita.
—La ermita de San Mateo —le dijo Clara como si llevara toda la vida en Fuentegrande.
—Eso. El caso es que estuve una hora esperándolo, pero no se presentó, así que me volví al hostal.
—¿Y por qué no quedasteis en la taberna de Justo, o en un sitio menos escondido?
—No sé. Él no quería, igual para evitar cotilleos, yo qué sé. Oye, me estás haciendo las mismas preguntas que Celestino, ¿tú tampoco te fías de mí?
—Pues no mucho —contestó Clara con media sonrisa, aunque mirándolo fijamente a los ojos.
Durante el almuerzo, los dos dejaron el gazpacho de culantro a la mitad, recordando con añoranza y deseo el sashimi de uno de los mejores japoneses de la ciudad, y Fernando le prometió que la próxima vez que fuese la invitaría a comer al único donde hacían tartar de salmón con trufa.
—Eres un esnob —le dijo Clara, emulando a Katharine Hepburn en Historias de Filadelfia cuando le recriminaba lo mismo a James Stewart. Fernando, como la mayoría de los hombres a los que se les daba bien jugar al fútbol durante la adolescencia, no la había visto.
—Pero me la apunto —dijo con un tono que Clara interpretó como: «Si a ti te gusta tanto, seguro que es buenísima, soy un hombre lo suficientemente seguro como para estar abierto a cualquier recomendación. La veré y me encantará y te lo agradeceré. Por algo soy un hombre feromona».
En ese momento, Chabela interrumpió los acelerados pensamientos de Clara, carraspeó un poco para que la miraran y les sugirió, apuntando con su dedo índice al reloj de muñeca, que si querían ir al entierro tenían que salir ya.
Durante el cortejo fúnebre, Clara pensó que, si el infierno existía, su estado de excitación la iba a mandar a él de cabeza, en primer lugar, porque estaba en un entierro, y en segundo, porque en ese cementerio estaba enterrado su marido. Intentó no pensar demasiado en lo segundo, concentrándose en la gente que había ido a despedirse de Fran Borrego y, más concretamente, en su mujer, Rosario. Alfonso hacía como que la sostenía en un medio abrazo, pero a Clara le dio la sensación de que Rosario no necesitaba ese apoyo, estaba bastante entera, no lloraba ni agachaba la cabeza. Más bien estaba como ausente, con la mirada extraviada en algún pensamiento lejano a los lamentos del padre de Fran, Francisco José Borrego, al que habían tenido que traer una silla para que se sentara. Pese a que a sus setenta y pocos años seguía igual de fuerte e imponente, la muerte de su primogénito le había afectado hasta tal punto que llevaba desde el día anterior sin pronunciar una palabra.
Cuando el ataúd comenzó a bajar hacia la profundidad de la tierra, pensó en su hombre, el que él había criado y educado para continuar el trabajo que comenzaron su abuelo y su padre en las huertas y en el pueblo. No podía asimilar esa pérdida en tan pocas horas, no podía entender cómo le había podido pasar algo así, y se desmoronó en una serie de lamentos que sorprendieron a todos los allí presentes, incluso a Nicolás, su hijo pequeño, y a Roque el Puntas, que no se separaron de él ni un momento. Ellos sí que mantuvieron esa entereza propia de su condición masculino-rural, siendo, además, los que llevaron a hombros el ataúd de la iglesia al cementerio, junto con otros trabajadores de las huertas que habían sido amigos de Fran en la infancia y la adolescencia, como le explicó más tarde María a Clara. También comentarían lo raro que les pareció que Alfonso no cargara con el ataúd. Hasta donde María sabía, las cosas entre ellos no estaban del todo mal, teniendo en cuenta el carácter de Fran, claro.
A pesar de los lamentos del cabeza de familia, lo que más llamó la atención aquella tarde fue la presencia de Eugenia Pereira en el cementerio. En lugar de adoptar la actitud asfixiante del resto de la comitiva con respecto a la familia, Eugenia permaneció todo el tiempo a una distancia llamativa mientras unos leves murmullos se extendían, acompañados de algún que otro volteo de cabeza para observarla de reojo. A Clara le pareció una mujer muy guapa y elegante, tal vez demasiado para Fuentegrande. Llevaba un bolso Fendi, de esos que ella solo se había permitido mirar en los escaparates de la ciudad, y un traje de gasa gris perla que le marcaba una bonita silueta. Enseguida dedujo que no era de allí. Entre los murmullos que se oían, Clara distinguió algún «qué poca vergüenza», «no sé cómo se atreve» y demás comentarios tópicos. Parecía evidente que aquella mujer había tenido un lío con Fran Borrego o algo por el estilo. Por eso la desconcertó bastante, como al resto de la comitiva, que Rosario se acercara y ambas se dieran un abrazo sincero y cariñoso. Nadie reparó, sin embargo, en que, después de aquello, cuando todo el mundo se apelotonaba en la puerta de salida, la mujer del traje gris se acercó también a un hombrecillo extraño, con la nariz exageradamente puntiaguda, que parecía estar drogado o simplemente ido, y le dio otro abrazo, casi tan cariñoso como el que le había ofrecido a Rosario.
—Es Sebastián, no está muy bien de la cabeza, pero con nosotras siempre ha sido muy bueno —le explicó María algo seca, tal vez cansada de las preguntas de la periodista.
A Clara le llamó la atención ese «nosotras», pero no le dio demasiada importancia.
Eugenia Pereira no apareció por casa de Rosario en el responso que dio la familia una hora después de enterrar a Fran Borrego. Fue entonces cuando María le contó a Clara quién era aquella mujer:
—Hacía tiempo que no la veía. Luego me pasaré por su casa, si quieres me acompañas y te la presento.
Pero Clara estaba en ese momento concentrada en una pequeña discusión que parecía haber entre Rosario y Tomás, el socio de Fran Borrego, que al minuto abandonó la habitación, bastante airado, aunque casi nadie se dio cuenta. Detrás de él salieron Nicolás y Fernando Alegría, que habían estado hablando durante largo rato. Clara pensó que luego buscaría a Fernando para sacarle algo acerca del hermano y del socio. Ahora tenía que aprovechar que Rosario, en un segundo de descuido de todas sus «damas de compañía», había salido a la terraza a fumarse un cigarro tranquila.
—¿Tienes uno? —le preguntó Clara para no darle tiempo a reaccionar con presentaciones absurdas.
—No, me lo ha dado mi hermano. En realidad no fumo.
—Yo tampoco —contestó Clara sin pensarlo demasiado.
Notó entonces que Rosario la miraba con cierto rechazo.
—Salir a fumar es lo único que se me ha ocurrido para que me dejaran en paz. ¿Cuál es tu excusa?
—Ninguna, solo quería hablar contigo. Soy Clara Ibáñez, del periódico.
—Ya sé quién eres —la cortó Rosario—. Me da la sensación de que no eres muy consciente de que vives en un pueblo pequeño. Auxi, tu ayudante, es mi prima. Me alegra que te dignes a participar en algún acto social, aunque solo sea porque le han abierto la cabeza a un hombre. Eso debe de vender muchos periódicos.
Clara se preguntó dónde estaba la Rosario dulce y educada de la que le había hablado María, pero sabía que aquello era solo un mecanismo de defensa para que no se estableciera ninguna complicidad que pudiera llevar a preguntas comprometidas. Decidió lanzarse al vacío, utilizando la misma estrategia:
—No tengo demasiado interés en participar en actos sociales y la prensa amarilla nunca me ha interesado. Solo quería preguntarte si has firmado la venta de las huertas con Depwater, o si tienes intención de hacerlo. Es algo bastante importante para el pueblo y para toda la comarca.
—Sí, algo muy importante —respondió Rosario de forma lacónica, mientras negaba con la cabeza—. Mi abuelo nos llevaba a pasear por las huertas cuando éramos pequeños, a mi hermano y a mí, y nos hablaba del valor de estas tierras, de todas las tradiciones que se habían gestado en ellas: las romerías, las contadas de cuentos, los romances. Sabía muchos romances y canciones que cantaban los hombres del campo. Le horrorizaría saber lo que estamos a punto de hacer.
—¿Y por qué lo vas a hacer?
—Por favor, no tengo cuerpo para esto, no quiero estar en boca de todo el mundo por culpa de lo que escribas sobre Depwater, bastante tengo con lo de Fran. Bastante he tenido ya.
—Escribiré lo que tú me digas que escriba —comentó Clara, consciente de la falta de profesionalidad que implicaba ese comentario. Esta sensibilidad le proporcionó una media sonrisa por parte de Rosario, que pareció agradecerle el gesto, aunque sonara demasiado inocente.
—Yo no tengo nada mío, y casi no me quedan fuerzas para negarme. Las huertas de mi familia las comparto con mi hermano, que está deseando marcharse de Fuentegrande, y las que nos regaló el padre de Fran cuando nos casamos tenían una letra pequeña muy sutil que ni el mismo Francisco José conocía. Antes de casarnos, Fran firmó un documento con Tomás en el cual se explica que, si a alguno de los dos les pasaba algo, la mitad de lo que poseían pasaría al otro socio, así que la mitad de lo que pensaba mío es de Tomás. Fran se encargó de firmarlo con él a escondidas para que mi familia no pudiera meter mano. Se fiaba más de ese mal bicho que de mí. Luego están las de los Borrego, y Nicolás se está encargando de convencer al viejo para que ceda. Como ves, mi decisión no es demasiado importante.
—Tienes la mitad de dos de las tres partes más importantes de las huertas. En realidad, tu decisión es fundamental.
—No es tan fácil, de verdad que no es tan fácil —suspiró Rosario, con la mirada triste.
—¿Y por qué Nicolás tiene que convencer a su padre?, ¿no lo había convencido Fran? He oído que tenía adoración por él —insistió Clara.
—Eso mejor se lo preguntas a Nicolás. No te recomiendo que hables con su padre, te aseguro que ese hombre no siente adoración por nadie. Ese lamento por la muerte de su primogénito solo esconde una actitud egoísta.
—Háblame de la muerte de Fran. ¿Tienes alguna sospecha sobre alguien?
—Sobre quién no sospechar, esa es la pregunta que tienes que hacerte en realidad.
—Según esa teoría, ahora mismo tú tienes un montón de papeletas. Fuiste la última en ver a Fran, que se sepa —sugirió Clara, esta vez sin pensar demasiado en las consecuencias de una insinuación tan directa.
Rosario se quedó callada. Sonrió con la cabeza gacha, miraba sus zapatos y pensaba que tendría que haberse puesto algo más cómodo; seguro que las plañideras tardarían en marcharse, y los tacones le destrozaban los pies, no había podido resistirlos nunca.
—Si lo que de verdad te interesa es el asunto de Depwater, habla con mi hermano, con Tomás y con los Borrego; si quieres escribir sobre la muerte de Fran, habla con la gente de las huertas, ellos han escondido toda su mierda desde que era un adolescente.
Cuando salió de casa de Rosario, Clara se fue directamente al periódico. Tenía que escribir la crónica del funeral, pero, al poner en orden todas las notas sobre el reportaje que estaba ideando, prefirió no hablar de aquel día, para no quemar demasiado la noticia. Buscaba el punto de partida, el sentido de todo aquello, y no hacía más que darle vueltas a la última recomendación de Rosario. Miró la pizarra donde había dibujado un mapa de ideas sobre la muerte de Fran Borrego y el asunto de Depwater. Tuvo la certeza de que Rosario se equivocaba: la noticia estaba justo en ese espacio en blanco que quedaba entre los dueños de la tierra y la gente de las huertas.