Cuando éramos ángeles
Las Chicas Están Bien
En Fuentegrande era difícil localizar el sistema de castas que, por supuesto, existía y todo el mundo tenía muy presente. Era difícil saber quién era de mejor o peor familia porque, al ser un lugar pequeño, no había ninguna necesidad por parte de los que ejercían el poder de aparentar absolutamente nada. Daba igual quién tuviera el todoterreno más grande o quién pudiera pagarse una casa en la playa de Cansinos para el verano, aún más desde la llegada de la democracia, con la que la idea de igualdad y prosperidad había calado de manera muy fructífera en la parte consciente de aquella microsociedad. La parte inconsciente, por otro lado, seguía obedeciendo a leyes mucho más difíciles de extirpar, y el poder con mayúsculas seguía perteneciendo a tres o cuatro familias.
A principios de la década de los noventa ocurrió algo que jamás se había dado en Fuentegrande, y era que los cachorros de las mejores familias empezaron a relacionarse con los de las familias de en medio y con las de más abajo. El hecho se propició, precisamente, porque aquella generación de chavales era la primera nacida en democracia y sus padres se vieron obligados a hacer la vista gorda sobre la diferencia de clases, pues no estaba de moda en aquella época.
Eugenia Pereira no sabía que en su pandilla estaban los hijos de las dos familias «nobles» de Fuentegrande, una nobleza que residía en que habían poseído la mayoría de las tierras desde mucho antes de la dictadura, a la que se amoldaron sin ningún problema, pero sin hacer demasiada ostentación de ello. Rosario y Alfonso, los únicos que tenían piscina, pertenecían a una, y Tomás a la otra. Tomás era el mejor amigo de Fran Borrego, que, junto con su hermano Nicolás, formaba parte de una de esas familias que habían sido humildes hasta que a su abuelo se le ocurrió alistarse al partido fascista, que ejerció de policía militar en las zonas rurales de todo el país. Con ello llegó la fácil adquisición de tierras y el poder político, pero tanto la familia de Rosario y Alfonso como la de Tomás, e incluso los propios Borrego, sabían que jamás estarían en lo más alto de la pirámide. La sangre azul, al fin y al cabo, no tenía nada que ver con la política.
La familia de María estaba en un escalón intermedio entre estos dos sectores. Había sido la dueña durante generaciones de dos huertas pequeñas que daban a la parte sur de la montaña, cuyo valor había sido muy importante durante siglos, por tener el único molino del territorio. Cuando el molino dejó de ser útil, la familia se empobreció, y aunque el bisabuelo de María había sido un militar de rango alto durante la guerra civil, en el bando de los fascistas, las generaciones posteriores, es decir, sus abuelos y su propia madre, habían virado en exceso hacia la izquierda. En ese momento no era nada malo, pero desde lo más alto no se veía con buenos ojos aquella militancia extraña. Tampoco había favorecido a la posición de la familia en el escalafón social el embarazo de Chabela y la condición bastarda de María, pero seguían estando en un nivel superior a «la clase de gente», como decía la madre de Rosario, que eran los Borrego, y, ni que decir tiene, a los demás de la pandilla, que estaban en el nivel más bajo de todos: los hijos de los jornaleros. Un dato muy curioso diferenciaba a estos del resto del grupo, y es que venían de familias con mote; la ausencia de mote era, evidentemente, una muestra de respeto.
Dentro del grupo, sin embargo, el liderazgo estaba muy repartido entre Roque el Puntas y Fran Borrego, y de una forma muy sutil se había desarrollado una bicefalia en perfecta concordancia con el sistema de castas: si Fran era el ídolo de Alfonso, Tomás y Nicolás, Roque el Puntas lo era de Jairo el de la Muela y Lope Tapón, aunque también de algunos chicos algo mayores, como Celestino, Ángel y Sebastián. Salían de vez en cuando con ellos, atraídos por el carisma de Roque, que era la viva imagen de su padre, el cual había abandonado a su madre, a él y a su hermana cuando ambos eran todavía muy pequeños.
A medida que Roque se iba haciendo mayor, su madre se estremecía con tan solo mirarlo por el parecido asombroso que tenía con su marido, tanto en el físico, alto, de espalda ancha y culo estrecho, con la nariz aplastada y la barbilla puntiaguda, como en la agresividad de su carácter, la falta de paciencia y el tono de voz siempre alto y desagradable.
Muchos años después, Roque se enteraría de que Francisco José Borrego le había dicho a su padre en una ocasión que la siguiente vez que le pusiera la mano encima a su mujer ya podía ir ateniéndose a las consecuencias: «Si no sabes controlarla, la mandas a hablar con el cura, que yo en las huertas quiero hombres, no animales».
Pero la violencia es un camino de doble dirección que transita siempre entre la ira y el miedo; y el padre de Roque era un hombre fundamentalmente violento, por lo que no pudo cumplir la promesa que le había hecho al patrón Borrego. Un sábado por la noche, que llegó tarde y borracho de la taberna de Justo, saltaron todos los resortes de lo irracional, que había estado conteniendo durante meses, y, por motivos que más tarde escondería entre sus recuerdos, le propinó una gran paliza a la mujer, despertando no solo a sus dos hijos pequeños sino a los vecinos de las casas más cercanas. De madrugada, con la resaca, llegó la parte racional, y el miedo le ordenó que saliera de Fuentegrande y no volviera jamás, pues, si de alguna manera tenía garantizado el olvido disfrazado de perdón por parte de su mujer, estaba convencido de que nada impediría el castigo de Francisco José Borrego.
La gran satisfacción de Roque el Puntas, sin embargo, fue lograrse la amistad de Fran durante la infancia y la adolescencia. Pensaba que, de alguna manera, aquella unión, que siempre consideró noble por parte de ambos, le llevaría a un lugar más próspero, dentro de la vida mediocre que el destino le había entregado. En realidad, eso era lo que más unía a los dos adolescentes, la confianza en sí mismos, el convencimiento de que podían amoldar la realidad a su antojo.
Los demás chavales estaban todavía muy lejos del pensamiento propio. Algunos no llegarían jamás a experimentarlo, y aquel verano estaban bastante más concentrados en el descubrimiento de lo que el cura llamaba «bajas pasiones», que se concentraban, básicamente, en dos pilares fundamentales: la desobediencia y las pajas.
Fomentar esa desobediencia era labor de sus líderes que, cercanos a Celestino y a sus esbirros Ángel Crespo y Sebastián, propiciaban con la imaginación del aburrimiento todas las gamberradas, borracheras y colocones con el mejor hachís, traído directamente de Cansinos, uniendo al grupo hasta tal punto que se consideraban entre ellos una auténtica familia.
La afición por las pajas, como es habitual, había empezado siendo algo íntimo, pero no faltaron ocasiones en las que se juntaron, siempre en casa de Fran y Nicolasito, que tenían una habitación enorme con televisión y vídeo, para hacer del onanismo otra experiencia comunitaria a la que sacarían bastante partido, dada la confluencia de fantasías y perversidades varias que se entrelazaban en aquellas veladas.
—Eso es una mariconada, Puntas —le dijo un día Celestino a Roque después de que este le contara una de aquellas sesiones—. Dile al Borrego que como yo me vuelva a enterar de que hacéis esa porquería en su casa se lo digo a su padre. Vosotros dos ya tenéis edad de ir a visitar a la Carmela un día, y los otros que se pajeen en sus camas solitos, como Dios manda.
Como Roque y Fran eran los mayores del grupo, aquella primavera tuvieron la primera experiencia física con una mujer cuando fueron a visitar a Carmela, que ejercía la prostitución en una aldea cercana a Cansinos. Esto les sirvió para ganarse aún más el respeto de los demás, aunque como vivencia personal fue un absoluto desastre. Todavía eran lo suficientemente jóvenes como para no asimilar con naturalidad la sordidez, algo que, por supuesto, se les curaría con los años.
El único que no aprobó aquel comportamiento fue Alfonso, pues Fran había empezado a salir formalmente con su hermana Rosario el invierno anterior. El sentimiento protector de cualquier hermano mayor estaba acentuado por la salud delicada de Rosario, una chica delgada, con los ojos grises y el pelo de un rubio ceniza casi tan apagado como su mirada, que había nacido con una anemia crónica y cuya debilidad se veía acentuada por un carácter tranquilo y callado, que conjuntaba perfectamente con una tez pálida y unos labios finos, casi inexistentes. Francisco José Borrego estaba encantado con aquella relación: «Para empezar, porque es la clase de mujer que no te va a dar problemas nunca, hijo, en eso se parece a su madre, que ha sabido llevar su casa como una señora y nunca se ha metido en los asuntos del marido». Pero también, evidentemente, porque emparentar con la sangre azul era lo único que les faltaba a los Borrego.
A Fran todo aquello le quedaba todavía un poco lejos. Realmente, le gustaba Rosario. Con ella su carácter se volvía más tranquilo, no tenía necesidad de aparentar aquella fortaleza indestructible que su rol le exigía, y, al mismo tiempo, no se sentía censurado por ella si tenía que ponerse la careta que implicaba ser un Borrego, pues Rosario no era en absoluto tonta. Sabía que sin Fran su carácter débil la haría desaparecer a los ojos de los demás y aseguraba su poder dentro del grupo haciendo de novia benévola, sin participar en las actividades que entraban dentro de la «desobediencia», pero intentando estar presente siempre que se lo permitían.
Cuando Eugenia Pereira se instaló de nuevo aquel verano en la casita de Fuentegrande, lo primero que hizo fue ir a buscar a María, que seguía ejerciendo sus labores beatas, pero que había cambiado el vestuario de una forma llamativa: ahora llevaba muchas pulseras de cuero y de hilo que se hacía ella misma y se había encariñado de unos pantalones de campana desgastados que habían sido de su abuela cuando era jipi, le contó a Eugenia. También llevaba unas camisetas que decoloraba con lejía y se había hecho amiga de todos los perros vagabundos del pueblo, a los que alimentaba para disgusto de sus abuelos, que no querían tener la puerta del hostal llena de chuchos, y para regocijo de Chabela, que delante de sus padres reñía a María por su altruismo canino, aunque no podía dejar de sentirse identificada con ella, algo que, en el fondo, también la preocupaba.
María le contó a Eugenia que ahora Fran y Rosario eran novios, y la forastera, como la llamaban en Fuentegrande, aparentó indiferencia, pues en realidad entre Fran y ella no había habido más que un intenso flirteo durante el verano anterior. Se sintió un poco más traicionada por parte de Rosario, pues, en alguna madrugada en la que se había quedado a dormir en su casa, le había confesado sentimientos romántico-novelescos hacia Fran, y temía que Rosario se hubiera ido de la lengua y que ahora aquello fuera motivo de burla entre todos los del grupo. Rosario, por su parte, era demasiado consciente de sus limitaciones y de las muchas cualidades de Eugenia como para contarle a Fran nada de eso.
Pese a este pequeño inconveniente, María y Eugenia se dirigieron enseguida a casa de Rosario y esta se alegró sinceramente de volver a ver a Eugenia, no solo porque cualquier novedad en la aburridísima Fuentegrande era siempre bienvenida, sino porque, al no ser una chica envidiosa, se sentía fascinada por el encanto de su amiga de la ciudad, siempre vestida a la perfección, siempre simpática sin pretender ser graciosa, siempre ideando juegos en los que ganaba, siempre atlética en la piscina, cercana en las conversaciones íntimas, e inteligentemente distante con todos los chicos del grupo. Con todos, menos con Alfonso, que se parecía a su hermana en el carácter tímido y tranquilo, y con el que Eugenia empezó a hablar de manera habitual en las interminables tardes de piscina de aquel verano, fundamentalmente de música.
En aquellos años, casi todos estaban fascinados por el Nevermind de Nirvana, grupo fetiche de Fran, o por los Guns N’ Roses, a los que Roque era adicto. Nicolasito había descubierto el Blood Sugar Sex Magik, de los Red Hot Chili Peppers, en uno de sus muchos esfuerzos por diferenciarse de su hermano. Pero, como casi siempre le ocurría, no había tenido el éxito deseado entre los del grupo. Eugenia ese verano solamente escuchaba a U2, y el que más hechizado quedó fue Alfonso, que tenía sus primeros discos, el Joshua Tree y el Rattle and Hum. Ambos habían tenido el mismo éxito tímido entre sus amigos que los Red Hot, por lo que cuando Eugenia le contó que se había traído el último que habían sacado, el Achtung Baby, Alfonso quedó fascinado y enseguida le dio una cinta virgen para que se lo grabara en cuanto pudiera. Lo curioso fue que desde aquel momento a todos empezó a gustarles un poco más U2, confirmando el liderazgo soterrado que Eugenia ejercía en el grupo, algo que aumentaba tanto el deseo de Fran por ella como la animadversión de Roque. Dos sentimientos, por otra parte, que suelen caminar muy cercanos.
Una noche en la que el padre de Eugenia les dejó hacer una fiesta en la magnífica terraza de la casa, se inauguraron los bailes lentos de aquel verano, poniéndose de manifiesto, por primera vez, la alarmante ausencia de chicas que había en la pandilla. Fue una sugerencia de Alfonso, que para entonces estaba completamente enamorado de Eugenia y no veía el momento de poder acercarse a ella de una forma menos amistosa, así que se empeñó en poner One, una canción lenta de U2 que sabía que le encantaba, y acabaron abrazados frente a la inmensidad de las huertas, dando pasitos lentos y torpes que fingían algún tipo de ritmo. Eugenia cayó, entonces, en aquella extraña permisión que se convertiría a lo largo de los años en una actitud habitual frente al sexo contrario, descubriendo que, aunque Alfonso no le había gustado nunca especialmente, el simple hecho de que él la mirara con ojos de cordero degollado era suficiente para sentirse atraída por él o, más bien, por la idea de que él disfrutara de ella.
El narcisismo de Eugenia hizo que Alfonso estuviera el resto del verano pegado a sus pies, y a muchas otras partes de su cuerpo, como una especie de esclavo, lo cual desembocó también en un ascenso rapidísimo en el escalafón social, que lo puso al nivel de Roque y de Fran, aunque con un papel más cercano al sabio del grupo, no solo porque Alfonso era un chico extraordinariamente inteligente, sino porque todos observaban como, noche tras noche, Alfonso y Eugenia se sentaban en un banco de la ermita de San Mateo a practicar una de las aficiones favoritas de los adolescentes: follar con la ropa puesta.
Muchas de aquellas noches ocurría que Fran y Rosario se sentaban un rato en otro banco, aunque el grado de pasión nunca llegaba al de la pareja vecina, ya que Rosario, como buena chica de pueblo, estaba aterrorizada por lo que pudiesen decir de ella, algo que ocultaba, evidentemente, con el argumento de la decencia. Sus encuentros con Fran a cámara rápida podían parecerse más a una lucha libre, disimulada en miradas tiernas y besos con mordiscos interruptus. Cuando Fran se hartaba de luchar, empezaba a besarle el cuello con suavidad mientras aprovechaba para echar un vistazo al banco de al lado, donde Eugenia era toda entrega y sensualidad. Solo una vez Eugenia se dio cuenta de que Fran la estaba mirando, y, con un descaro poco usual en ella, le mantuvo la mirada durante al menos un minuto, lo suficiente para que Fran impusiera definitivamente en el grupo la masturbación en solitario. Al menos así podía tener a Eugenia para él solito.