Cuando pase tu ira
Jueves
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16 DE ABRIL
Östen Marjavaara abrió los ojos a las tres y cuarto de la madrugada en su cabaña en Pirttilahti. Lo despertó la luz; a finales de abril nunca había mucho más de una hora de oscuridad al día y bajar las persianas no era de gran ayuda. La luz se colaba entre las láminas, sus hilos entraban por los agujeros por donde pasaban los cordeles y brotaba de la rendija, entre la persiana y el alféizar. Aunque tapiara la ventana, aunque durmiera en un cuarto sin ventana, se habría despertado. La luz estaba allí fuera. Tiraba de él con insistencia. Tierna e inquieta, como una mujer sola. Lo mejor sería que se levantara y preparara una cafetera.
Salió de la cama y subió las persianas. El suelo estaba helado bajo sus pies descalzos. El termómetro del otro lado de la ventana marcaba dos grados bajo cero. Había nevado por la tarde y durante toda la noche. La capa de nieve dura que se había creado por el clima templado de la semana anterior, con un par de días de aguanieve, se había vuelto más firme. Podría esquiar sobre la costra a lo largo del río Torneälven hacia Tervaskoski. En el torrente seguro que habría char esperando detrás de alguna piedra.
Cuando hubo encendido el fuego en la cocina de leña cogió el cubo rojo de plástico del recibidor y bajó al río a buscar agua. Solamente había unos metros hasta la ribera, pero caminaba con cuidado. Debajo de la nieve virgen había un buen número de traidoras placas de hielo y era fácil sufrir una mala caída.
El sol estaba esperando al borde de la línea del horizonte y pintaba estrías rojizas en el frío cielo de invierno. Pronto se elevaría sobre el bosque de abetos y brillaría sobre los tablones rojos de la cabaña.
La nieve yacía sobre el río como un susurro de la naturaleza. Chssst, decía, no te muevas, ahora sólo estamos tú y yo.
Östen obedeció, se quedó quieto con el cubo en la mano y contempló el río. Era cierto. Nunca se es tan dueño del mundo como cuando te levantas el primero. Había unas pocas cabañas en ambas orillas, pero la suya era la única que sacaba humo por la chimenea. Probablemente, ni siquiera habría gente. Estarían en sus casas de la ciudad, pobres desgraciados.
En la punta del pantalán estaba el agujero que había abierto en el hielo con la sierra. Lo cubría una tabla de porexpán para que no volviera a helarse. Barrió la nieve que había encima y la levantó. Cuando Barbro vivía, siempre se traían agua de la ciudad porque ella se negaba a beber el agua del río.
—¡Uy, uy! —solía decir levantando los hombros hasta las orejas con un escalofrío—. ¡Con toda la mierda de los pueblos que hay río arriba!
Siempre se metía con el hospital de Vittangi. Que tenían suerte de vivir más arriba, decía. Como no había una planta de tratamiento de aguas ni nada, seguro que se les escapaba algún que otro apéndice extirpado y Dios sabe qué más.
—Tonterías —le respondía él como había hecho cientos de veces antes
—. ¡Habladurías de mujeres!
Östen había bebido de allí desde que era niño y estaba más sano que ella.
Se puso en cuclillas para meter el cubo en el agua. Le había atado una cuerda al asa para poder sumergirlo y llenarlo del todo antes de sacarlo.
Pero no lograba hundirlo. Había algo que le barrenaba el paso. Algo grande, negro.
«Un tronco empapado, a lo mejor», pensó.
No era habitual encontrarse uno flotando en el agua. Cuando era niño era más usual, porque todavía se bajaban por el río los troncos en almadías.
Metió la mano en el agua helada para apartar el tronco. Parecía que se había enganchado al pantalán. Y no era un tronco, era como de goma o algo así.
—Me cago en… —dijo y dejó el cubo a un lado.
Atacó a dos manos, intentando agarrar el objeto, pero los dedos le fallaban a causa del frío del agua. Entonces la cogió por el brazo y estiró.
«Un brazo», pensó con torpeza.
La cabeza no quería entender.
Un brazo.
Después, en el agujero apareció la cara descompuesta de la chica.
Östen soltó un grito y se puso en pie de un salto.
Un cuervo le contestó en el bosque. Su graznido cortó el silencio. Otros cuervos se animaron también.
Echó a correr hacia la cabaña, resbaló aunque sin llegar a perder el equilibrio.
Marcó el ciento doce. Pero entonces empezó a pensar que el día anterior se había bebido tres vasos de agua con la comida. Y después había tomado café. Había sacado el agua del río, del agujero en el hielo. Y el cuerpo estaba seguramente ahí al lado. Aquella cara blanca descompuesta, la nariz deshecha, los dientes en una boca sin labios.
Alguien respondió a la llamada, pero Östen colgó y empezó a vomitar allí donde estaba. Su organismo expulsaba todo lo que tenía dentro y continuó un buen rato incluso cuando ya no le quedaba nada en el estómago.
Después volvió a marcar el ciento doce.
Nunca más bebería agua del río. Y tardaría varios años en atreverse siquiera a darse un chapuzón después de la sauna.
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Miro al hombre que me ha encontrado. Vomita sobre la nieve virgen. Marca el ciento doce y piensa que nunca más volverá a beber agua del río.
Recuerdo el día que morí.
Estábamos muertos, Simon y yo. De pie sobre el hielo. Era por la tarde.
Ahora el sol estaba más bajo. La puerta, destrozada, flotaba en el agujero.
Vi que por un lado era verde, por el otro negra.
En la ribera había un hombre hurgando en nuestras mochilas.
Un cuervo apareció volando por el cielo. Emitió su característico sonido, como cuando golpeas un barril de petróleo con un bastón. Aterrizó en el hielo, justo a mi lado. Inclinó la cabeza y me miró como observan los pájaros, de lado.
«Tengo que ir a ver a Anni», pensé.
Y antes de concluir la frase ya estaba en su casa.
El cambio de lugar me dejó mareada. Era como bajarse de un tiovivo.
Ahora ya me he acostumbrado.
Anni estaba preparando masa de tortitas, sentada a la mesa de la cocina batiendo a mano. Me encantan las tortitas.
Anni no sabía que yo estaba muerta. Pensaba en mí mientras batía. Le gustaba imaginarme sentada a la mesa comiendo con buen apetito mientras ella hacía las tortitas en el fuego. Tapó el cuenco de la masa con un plato y lo dejó a un lado para que creciera. Yo nunca llegué. El cuenco con la masa acabó en la nevera. No podía dejarlo mucho tiempo fuera, así que al final preparó las tortitas y las congeló. Todavía están en el congelador.
Pero ahora ya me han encontrado. Ahora ya puede llorarme.
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«Nieve», pensó la fiscal del distrito Rebecka Martinsson, y un agradable escalofrío le recorrió el cuerpo cuando se bajó del coche en su patio en Kurravaara.
Eran las siete de la tarde. Las nubes de nieve envolvían al pueblo de Kurravaara en una suave penumbra. Apenas podía distinguir las luces de las fincas más próximas. Y no es que estuviera nevando un poco, es que caía como una cortina. Del cielo descendían unos copos secos, sedosos y fríos como si alguien estuviera barriendo allí arriba.
«La abuela, seguro —pensó Rebecka con media sonrisa—. Seguro que se ha puesto las pilas y está fregando de rodillas todo el suelo del Señor, barriendo y dándole un buen baldeo. A Él le habrá dicho que se quede en el porche.»
La casa de fibrocemento de la abuela parecía esconderse en la oscuridad, era como si aprovechara para echar una cabezada. Sólo la luz exterior que había encima de la escalera verde susurraba: «Bienvenida a casa, chiquilla.»
El móvil tintineó. Rebecka se lo sacó del bolsillo. Mensaje de Måns:
«En Estocolmo no deja de llover —ponía—. La cama, vacía y desolada.
Ven. Quiero lamer tus pechos y abrazarte. Besos en todos tus rincones.»
Sintió un cosquilleo.
«Qué tío —le respondió—. Esta noche voy a trabajar, no a pensar en ti.»
Sonrió. Måns era un sol. Lo echaba de menos y lo disfrutaba. Unos pocos años atrás había trabajado para él en el bufete Meijer & Ditzinger. Él opinaba que debería mudarse a la capital y ejercer otra vez de abogada.
—Ganarías tres veces más que ahora —solía decirle.
Rebecka miró hacia el río. En verano estuvieron de rodillas en el pantalán enjabonando las alfombras y pasándoles un cepillo. El sol les hacía sudar. Les bajaban goterones por la espalda y a los ojos desde el nacimiento del pelo. Cuando terminaron de lavarlas, las lanzaron al agua para enjuagarlas. Después se quitaron la ropa y estuvieron nadando con las alfombras como dos alegres perrillos.
Ella intentaba explicarle que así era como deseaba vivir.
—Quiero estar aquí en el jardín, enmasillar las ventanas y de vez en cuando levantar la vista para mirar el río. En verano quiero tomarme el café de la mañana sentada en el porche antes de ir a trabajar. En invierno quiero quitarle la nieve al coche. Quiero tener escarcha en las ventanas de la cocina.
—Puedes seguir teniéndolo —intentaba él—. Podemos subir a Kiruna siempre que quieras.
Pero nunca sería lo mismo. Rebecka lo tenía claro. La casa no se dejaría engañar. El río tampoco.
«Necesito esto —pensaba ella—. Soy muchas personas difíciles a un tiempo. La criatura de tres años hambrienta de amor, la abogada fría como el hielo, la loba solitaria y esa que quiere volverse loca de nuevo, que añora dejarse llevar. Me va bien sentirme pequeña bajo la aurora boreal y junto al pesado río. Aquí la naturaleza y el universo están tan encima de una. Mis preocupaciones y mis manías se encogen. Me gusta ser insignificante.
»Aquí tengo los estantes forrados con papel de colores y tengo arañas en los rincones y tengo una escoba de cerdas de verdad —pensaba—. No quiero ser una invitada y una extraña. Nunca más.»
De la nevada surgió un vorsteh corriendo a todo galope. Le ondeaban las orejas y tenía la boca abierta como en una feliz sonrisa. Cuando quiso detenerse para saludar derrapó sobre el hielo que había debajo de la nieve.
—Hola, Bella —dijo Rebecka con la perra en el regazo—. ¿Dónde está tu amo?
Luego se oyó un grito enfurecido.
—¡Ven aquí, te digo! ¡Aquí! ¿No me oyes?
—Está aquí —gritó Rebecka.
La figura de Sivving tomó forma en la cortina de nieve en cuanto se acercó un poco. Medio corría con las piernas separadas, con miedo a caerse.
Su lado cansado iba detrás, casi lo arrastraba, el brazo de ese costado colgaba recto. En la capucha se le había formado un sombrerito de nieve.
Rebecka hizo lo que pudo para contener una sonrisa. La verdad es que el hombre tenía un aspecto entrañable. Era grande, pero ahora llevaba un plumón que lo hacía enorme. Y además el montoncito de nieve en la cabeza.
—¿Dónde? —jadeó.
Pero Bella ya había vuelto a desaparecer en la nieve.
—Bah, ya volverá cuando tenga hambre —sonrió Sivving—. ¿Tú tienes apetito? Voy a hacer tortas de sangre. También hay para ti.
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Bella apareció justo cuando iban a entrar y se les adelantó a bajar al sótano.
Hacía varios años que Sivving Fjällborg se había instalado en el cuarto de calderas.
—Siempre encuentras lo que buscas y es fácil mantener el orden —solía decir.
La casa que tenía encima estaba limpia y arreglada y sólo se utilizaba cuando los hijos y los nietos iban de visita. El cuarto de calderas, sin embargo, estaba amueblado de forma austera.
«Acogedor», pensó Rebecka mientras se quitaba los zapatos. Luego se sentó en el sofá de madera que había junto a la mesa plegable.
Una mesa, una silla, un taburete, un sofá de cocina. No hacía falta más.
En un rincón había una cama hecha. Y tapando todo el suelo, alfombras de trapos para evitar que el frío subiera.
Sivving estaba junto a la cocina eléctrica con un delantal, que en su día había pertenecido a su esposa, metido en la cinturilla del pantalón, era demasiado barrigudo como para poder atárselo a la espalda.
Bella se había tendido al lado de la cisterna de agua caliente para secarse. El lugar olía a perro mojado, a lana mojada y a suelo de hormigón mojado.
—Descansa un rato —le dijo Sivving a Rebecka.
Ella se tumbó en el sofá de cocina. Era corto, pero si se ponía dos cojines debajo de la cabeza y recogía un poco las piernas resultaba cómodo.
Sivving cortaba rodajas de masa de sangre del grosor adecuado. Echó una porción de mantequilla en la sartén caliente y dejó que se paseara por ella.
El teléfono de Rebecka tintineó. Otro mensaje de Måns.
«Ya tendrás tiempo de trabajar otro día. Quiero agarrarte de la cintura y besarte, subirte a la mesa de la cocina y levantarte el vestido.»
—¿Del trabajo? —preguntó Sivving.
—No, es Måns —dijo Rebecka—. Me pregunta cuándo bajarás para prepararle una sauna.
—Bah, será gandul. Dile que suba y coja la pala. Tanta nieve que tenemos y tan poca compasión. Después nos vendrá el infierno. Díselo.
—Ahora mismo —asintió Rebecka y escribió:
«Mmm… más.»
Sivving echó las rodajas a la sartén. Comenzaron a sofreírse y a salpicar. Bella levantó la cabeza y olfateó gustosamente.
—Y yo con este brazo —dijo Sivving—. Al igual me pongo con una sauna. No sé, tal vez tendría que hacer como Arvid Backlund.
—¿Qué ha hecho? —preguntó Rebecka ausente.
—Si dejas de mirar el teléfono ese un segundo te lo puedo explicar.
Rebecka apagó el móvil. Pasaba muy poco tiempo con su vecino y ya que estaba allí, lo mejor sería estar presente en cuerpo y mente.
—Vive al otro lado de la bahía. La semana pasada cumplió ochenta y dos. Calculó cuánta leña necesitaría para apañárselas el resto de su vida…
—¿Cómo se hace eso? ¿Sabe cuántos años llegará a cumplir?
—¿Quieres un tupper para llevarte la comida y cenar en casa? Aquí hay algunos que intentamos conversar.
—¡Perdón! ¡Cuéntame!
—Vale, pues pidió un cargamento de leña y se lo hizo meter por la ventana del salón. Así la tiene bien cerca. Ha solucionado el problema del frío para los próximos inviernos.
—¿En el salón?
—Una montaña de narices en medio del parqué.
—Imagino que no tiene mujer —se rió Rebecka.
Compartieron un momento de risas. Las carcajadas la ayudaban a superar los remordimientos de conciencia por no pasar a visitarlo más a
menudo y el descontento de Sivving al respecto. La barriga de su vecino saltaba bajo el delantal. A Rebecka le dio un pequeño ataque de tos.
Después Sivving cambió de actitud de repente y se puso serio.
—La verdad es que no tiene nada de malo —dijo en defensa de Arvid Backlund.
Rebecka dejó de reír.
—Ahora por lo menos se las arregla bien en casa —continuó Sivving acalorado—. Claro que podría haber metido la leña en la leñera, como la gente normal y salir una mañana, resbalarse y romperse una pierna. A esa edad ya no vuelves a casa del hospital, te internan directamente. Es fácil reírse cuando eres joven y tienes salud.
Con un golpe dejó la sartén de hierro fundido con las tortas de sangre sobre la mesa.
—¡A comer!
Se sirvieron mantequilla y montones de mermelada de arándano rojo y tocino frito en los platos. Luego pusieron la mantequilla y la mermelada y el tocino sobre las tortas. Comieron sin hablar entre bocado y bocado.
«Tiene miedo», pensó Rebecka.
Le habría gustado decírselo, explicarle que ella nunca volvería a Estocolmo. Prometerle que le quitaría la nieve del patio y que llegado el momento le haría la compra.
«Yo cuidaré de ti», pensó y lo observó mientras le daba unos tragos largos al vaso de leche.
«Igual que él se ocupó de la abuela —pensó luego y cortó la torta haciendo chirriar el plato con el cuchillo— después de que yo me mudara y la dejara aquí sola. Él le quitaba la nieve y le hacía compañía, a pesar de que al final se volviera pesada y estuviera intranquila, a pesar de que le criticara cómo quitaba la nieve. Yo quiero ser esa clase de persona, de las que cuidan.»
—Menuda vista me tocó el viernes pasado —dijo Rebecka.
Sivving no respondió. Seguía comiéndose la torta y bebiendo leche como si no la hubiera oído, todavía con el humor un poco torcido.
—Era una vejación sexual —continuó ella sin dejarse importunar por la falta de respuesta—. El acusado había llamado a dos tramitadoras de la Oficina de Empleo y se había masturbado durante la conversación telefónica. Una de las mujeres tiene cincuenta años y la otra más de sesenta y tenían pánico de cruzarse con el acusado. Pensaban que si el hombre descubría quiénes eran y luego las veía en el súper las asaltaría y las violaría. Así que pedí que se les tomara declaración sin la presencia del acusado.
—¿Eso qué significa? —dijo Sivving malhumorado por tener que preguntar, pero demasiado curioso como para no hacerlo.
—El hombre se sentó en la sala contigua a escuchar las declaraciones de las mujeres, así no les veía la cara. Madre mía, lo que les costó a las señoras explicar lo que había pasado. Tuve que presionarlas bastante durante el interrogatorio para reforzar el carácter sexual de la cuestión. Entre otras cosas les pregunté qué era lo que les había hecho pensar que él se estaba masturbando.
Rebecka interrumpió la historia y se metió un trozo grande de tortita en la boca. Masticó sin prisa. Sivving había soltado los cubiertos y esperaba expectante a que continuara.
—¿Y bien? —dijo impaciente.
—Contestaron que habían oído chasquidos rítmicos al mismo tiempo que el hombre jadeaba con pesadez. Una de las señoras dijo que él había tenido un orgasmo, y entonces no tuve más remedio que preguntarle por qué pensaba eso. Respondió que el hombre había empezado a respirar más profundamente y que los chasquidos rítmicos habían aumentado en intensidad mientras él gemía más y más fuerte hasta que dijo: «Ahí viene.»
Pobres señoras. Y Hasse Sternlund, de los socialdemócratas de Norrland, estaba allí anotándolo todo, salía humo del bolígrafo, lo que precisamente, no ayudaba mucho.
Sivving dejó de lado el malhumor y emitió un murmullo animado.
—El acusado era un chico temperamental y gordito de unos treinta años
—continuó Rebecka—. Juzgado varias veces por vejaciones sexuales. Pero lo negaba de forma insistente y replicaba que tenía asma y que lo que
habían oído las señoras de la Oficina de Empleo era un ataque de asma y no los sonidos de una masturbación. Y entonces el abogado defensor va y le pide al acusado que haga una demostración de cómo puede sonar un ataque de asma de los suyos. Tendrías que haber visto las caras del juez y de la comisión. Les estaban entrando tics a todos. El juez simuló un ataque de tos. Se estaban muriendo de la risa y aquello no podía ser más absurdo.
Gracias a Dios el chico se negó. Después de la vista, el abogado defensor me confesó que el único motivo por el cual le había pedido al cliente si podía reproducir su ataque de asma era porque quería ver si podía descolocarme. Como me había visto tan fría y objetiva durante los interrogatorios a las partes demandantes y al acusado… Ahora, cada vez que el abogado me llama por algún asunto de trabajo, siempre pregunta jadeando: «¿Es la Oficina de Empleo?»
—Y ¿condenaron al gordito? —preguntó Sivving dejando caer adrede unos trozos de tocino al suelo que Bella se apresuró a engullir sin apenas masticarlos.
Rebecka se rió.
—Claro. Buf. Qué trabajo el mío. Pobres mujeres, intenta tú imitar a alguien mientras se la casca.
—Ni en broma, antes que me metan en la cárcel.
Sivving soltó una carcajada. Rebecka se puso contenta. Al mismo tiempo pensaba en las dos funcionarias de la Oficina de Empleo. Habían mirado a Rebecka con los ojos entornados. Antes de la vista habían pasado un momento por su despacho. Una hablaba con voz rasposa y chillona, marcada por el tabaco y el alcohol. El pintalabios se le subía por las arruguitas del labio superior. Tenía una gruesa capa de polvos sobre los poros de la piel apagada. «Encima esto, justo lo que le faltaba a una», había dicho con la boca tensa. Le había explicado a Rebecka que en su trabajo le hacían el vacío, que un compañero había organizado una comilona de arenque fermentado típico de la zona y que no la había invitado. «Hay un cuchicheo constante a mis espaldas. En la misma comida del año pasado empiné el codo un poquito más de la cuenta y me quedé dormida en la
terraza. Todavía hablan de ello. Le mienten al jefe sobre mí y… bueno. Qué mierda. La verdad es que debería denunciarlos a todos.»
Después de la reunión con aquella mujer, Rebecka estaba exhausta.
Agotada y deprimida. Se había acordado de su madre. Si no hubiese muerto tan joven, ¿al final se le habría puesto esa voz?
Sivving interrumpió sus cavilaciones.
—Por lo menos parece que tu trabajo es de lo más variado.
—Bueno, no sé, ahora mismo no pasa nada. Conductores borrachos y maltratos todos los días.
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Cuando vuelve a casa aún está nevando, aunque con más calma. Ya no cae como una cortina, sino que los copos se mecen en el aire en un hermoso baile, es una nevada que le alegra el cuerpo, grandes copos que se derriten sobre sus mejillas.
Aunque es tarde no ha oscurecido. Las noches claras se aproximan. El cielo se ve gris por las nubes de nieve. Los contornos de las casas y los árboles se ven emborronados, como pintados sobre papel de acuarela mojado.
Ya ha llegado al porche. Se detiene un momento, levanta las manos un poco y vuelve el reverso de la palma hacia arriba. Las estrellas de hielo aterrizan sobre sus guantes, se posan y chispean.
Sin previo aviso, se siente dominada por una alegría pura, blanca. Le cruza el cuerpo como el viento corre por un valle entre montañas. La tierra mana energía. Le sube por las piernas, el tronco, los brazos y le sale por las manos. Rebecka permanece inmóvil, no se atreve a moverse por miedo a espantar ese momento pasajero.
Es una con el resto del mundo; con la nieve, con el cielo; con el río, que corre oculto bajo el hielo; con Sivving, con la gente del pueblo. Con todo.
Con todos.
«Pertenezco a esto —piensa—. A lo mejor pertenezco independientemente de lo que quiero o lo que siento.»
Abre la puerta con la llave y sube por las escaleras.
La sensación de plegaria perdura. El cepillado de los dientes y el lavado de la cara son un ritual sagrado, la mente de Rebecka se toma un respiro, ya no hay ajetreo en su cabeza, sólo se oye el sonido de las cerdas al frotar y el
agua que sale del grifo. Se pone el pijama como si fuera un traje de bautizo.
Se toma su tiempo para cambiar la ropa de cama. La televisión y la radio están ciegos y en silencio. Måns la llama una vez al móvil, pero ella no contesta.
Se tumba entre las sábanas que huelen a limpio y que tienen ese tacto un poco terso y crujiente de recién estrenado.
«Gracias», piensa.
Siente pinchazos en las manos, las tiene calientes como las piedras de una sauna, pero no es desagradable.
Se duerme.
Hacia las cuatro se despierta. Fuera ya es de día, la nevada debe de haber seguido su camino. Hay una chica joven sentada en la cama. Está desnuda.
Lleva dos aros en la ceja y tiene pecas en la piel. Su pelo rojo está empapado, el agua le cae por la espalda como un arroyo. Cuando habla también le sale agua sin parar de la boca y la nariz.
«No fue un accidente», le dice a Rebecka.
«No —responde ella y se incorpora—. Lo sé.»
La chica levanta una mano hacia Rebecka. La piel se ha desvanecido, la sangre se ha agotado, los nudillos le sobresalen de la carne gris, le faltan el meñique y el pulgar.
La chica se mira la mano con compasión.
«Me rompí las uñas con el hielo cuando intentaba salir», dice.
Rebecka tiene la sensación de que la chica va a desaparecer.
«Espera», grita.
Va tras ella. La chica corre entre los abetos de un bosque. Rebecka intenta alcanzarla, pero la nieve es profunda y húmeda, se hunde hasta las rodillas.
Después está de pie junto a la cama. La voz de su madre resuena en su cabeza: «Ya vale, Rebecka. Relájate.»
«Sólo ha sido un sueño», se dice. Se tumba en la cama otra vez y se deja llevar por otras ensoñaciones: un cielo abierto por encima de la cabeza, pájaros negros que alzan el vuelo desde las copas de los árboles.
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Busco a la fiscal. Es la primera que me ha visto desde que he muerto. Tiene el canal abierto. Me ve claramente cuando me siento en su cama. Su abuela está presente en la pequeña habitación. Ella es el primer muerto que veo desde que yo misma fallecí. Bueno, antes tampoco había visto ninguno. La abuela me clava la mirada. Aquí no se puede entrar y salir de cualquier manera y perturbar la calma, la fiscal tiene una protectora muy fuerte. Le pido permiso para hablar con su nieta.
No tengo ninguna intención de asustar ni de alterar. Sólo quiero que encuentren a Simon. No tengo adónde ir. No soporto verlos. Anni se pasea por su casa rosa de fibrocemento limpiando y mirando por la ventana hacia la carretera. Pasa días enteros sin hablar con nadie. A veces coge el trineo y recorre un tramo del camino que lleva al pueblo, a veces hace de tripas corazón para subir las escaleras hasta mi habitación y mirar mi cama.
La madre de Simon observa con odio a su padre mientras él engulle la comida y se apresura a marcharse de casa. Están apáticos y no cruzan palabra. Él no la soporta. Al principio ella intentaba hablar, lloraba y lo despertaba por las noches. Ha dejado de hacerlo. Él cogía la almohada y se iba al salón a tumbarse en el sofá. Cuando ella le suplicaba que dijera algo, él respondía que tenía que levantarse para ir a trabajar al día siguiente. Ella ha agotado todas las acusaciones y súplicas posibles. Necesita enterrar a su niño.
Les dice a las demás señoras que es como si a él le diera lo mismo. Pero yo veo los temerarios adelantamientos que hace. En invierno los camiones le pitaban cuando intentaba adelantar en la polvareda de la nieve. Cualquier día de éstos se mata con el coche.
Cruzo el pueblo. La noche es clara. La nieve virgen ha cubierto todo el manto de nieve compacta que había y que ya estaba sucia, marrón de tierra y gravilla.
Hjalmar Krekula está despierto. Ha salido al patio y parece un oso que ha disfrutado de la abundancia del verano. Sólo lleva puestos unos calzoncillos largos y una camiseta. Dos cuervos se han posado en su tejado, emiten sus roncos graznidos. Hjalmar intenta espantarlos; va a buscar leña menuda de la leñera y la lanza contra los animales. No se atreve a gritar y armar escándalo, el pueblo está durmiendo. Está desvelado y por dentro maldice los pájaros negros y la luz y quizá también maldice algo inapropiado que ha comido.
Los cuervos alzan el vuelo batiendo las alas y se posan sobre un gran abeto. No se podrá deshacer de ellos. Y esta noche han encontrado mi cuerpo. A lo mejor empiezan a hablar en el pueblo. Por fin.
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