Cuando pase tu ira

Asa Larsson · Capítulo 10 de 11 · parte 1/4

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Cuando pase tu ira

Jueves

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

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30 DE ABRIL

Soplaba una tormenta de nieve. Temporal de abril en Kiruna. Rebecka se despertó por la mañana y lo único que se veía por la ventana era un viento blanco que corría alrededor de la casa.

A las cinco y media, cuando se acababa de servir el café, sonó el teléfono. Miró la pantalla, Maria Taube, su antigua compañera de trabajo en Meijer & Ditzinger. Habían trabajado juntas para Måns antes de que Rebecka se mudara a Kiruna.

Descolgó y emitió un bostezo teatral de dormida.

—Ay —dijo Maria—. ¡Perdona! ¿Te he despertado?

Rebecka soltó una carcajada.

—No, es broma. Ya estaba despierta.

—¡Lo sabía! Neurótica y enganchada al trabajo. No hay ningún peligro en llamarte a primerísima hora de la mañana. Aunque confieso que pensaba que te habrías contagiado de esa calma norteña de la que tanto se habla.

—Y lo he hecho, pero aquí las señoras se levantan a horas que ni te imaginas.

—Sí, sí que lo sé, la que se levante antes se lleva una medalla. Mis tías son así, por las noches compiten a ver quién se ha puesto en pie primero.

«Yo me he despertado a las cinco y he pensado que mejor me levantaba a limpiar los cristales», «yo me he despertado a las tres y media y me he obligado a quedarme en la cama, así que he dormido hasta las cuatro y media».

—Pues casi como nosotras —dijo Rebecka y le dio un trago al café—.

¿Estás en el trabajo?

—De camino. Y voy andando, escucha.

Rebecka oyó pájaros cantando al otro lado.

—Aquí hay una tormenta de nieve de narices —dijo.

—¿En serio? Pues aquí los bares ya han montado las terrazas y los socios del bufete están contando cuántos tulipanes han salido en sus casitas de campo.

—¿Tienes tiempo de oler los tulipanes, cielo?

—No, cariño, estoy atrapada en una espiral de trabajo agotador y relaciones destructivas.

—Puedes cambiar tus pautas —dijo Rebecka con una jovial voz de chica del tiempo—. Tu cuerpo puede hacer cosas nuevas, es tu mente lo que te impide hacerlo. Atrévete a probar. Pon la alarma a una hora equivocada.

¿Has caminado de espaldas hoy?

—Tú eres del lado oscuro —dijo Maria Taube con voz sepulcral—. Me he leído un libro de mindfulness. Pone que hay que vivir el momento. Pero

¿han probado a vivir el momento los de Meijer & Ditzinger?

—¿Måns está rabioso y escupiendo bilis?

—Pues sí. ¿Os habéis peleado o algo? Está de un humor de perros. Ayer le dio un ataque porque se me había olvidado poner a Alea Finans en la lista de moratorias.

—No, no es exactamente que nos hayamos peleado, pero está enfadado conmigo.

—¿Por qué? No dejes que se enfade contigo. Tenlo contento y satisfecho y saciado, para que le importe un pepino si Alea tiene que pagar una tasa de retraso de cinco mil coronas. Facturan más de dos mil millones.

Y no digas nada de que el bufete pierde prestigio porque me lo sé de memoria. Entonces, ¿por qué está enfadado?

—Le parece que he estado muy distanciada y no le gusta que esté rastrillando por aquí arriba. Pero ¿qué hago? ¿Irme a vivir con él hasta que se canse y empiece a irse al bar a ligar con abogadas adjuntas?

Maria Taube no dijo nada.

—Sabes que tengo razón —dijo Rebecka—. Hay hombres y perros que son así. Sólo se te acercan moviendo la cola si miras hacia otro lado sin

hacerles caso.

—Él te quiere —dijo Maria con suavidad, aunque sabía que Rebecka tenía razón. Para Måns había sido bueno que Rebecka se mudara a…

Kurrkivare. Él era un hombre que llevaba bastante mal la proximidad: tanto ella como Rebecka le habían visto perder el interés por mujeres hermosas y con talento porque, simplemente, se habían apegado demasiado a él.

—Si no fuera como es —dijo Maria—, ¿te imaginas volviendo aquí?

—Creo que me pondría enferma —respondió Rebecka con seriedad.

—Pues quédate. Tendréis que mantener una relación a distancia calentita. La espera siempre te da ganas.

—Sí —dijo Rebecka.

«Pero la verdad es que a mí ya no me pasa —reflexionó—. Måns me gusta. Me gusta cuando está aquí. La cosa va bien. No me importa estar sin sexo. Quiero dormir en sus brazos y ahora que no me llama, me hago pequeña y me muero de miedo por si lo pierdo. Pero se pone tan inquieto cuando lleva más de tres días aquí… me cuesta lidiar con ello, es difícil tener que inventarme algo para que no esté de malhumor. Y que no quiera entender por qué tengo que vivir aquí me pone mala. Para no hablar de cuando se enfurruña como un crío y no quiere cogerme el teléfono.»

Por un instante dudó si preguntarle a Maria Taube si creía que Måns estaba con otra. Si había alguna candidata en el bufete.

«¿Por qué coño iba a preguntárselo? —pensó después—. Antes me habría pasado la noche en vela con un montón de imágenes en la cabeza.

Pero ya no tengo ganas. No quiero.»

—Ya estoy en el trabajo —dijo Maria al teléfono entre jadeos—. ¿Oyes cómo subo por las escaleras en lugar de coger el ascensor?

Rebecka estuvo a punto de decir: «En todo momento cabe preguntarse:

¿qué habría hecho Blossom Tainton?», pero no le apetecía. Siempre se hacían tantas bromas cuando hablaban que, probablemente, las dos sentían que a veces posponían la llamada sólo por eso. Se hacía demasiado intenso.

—Gracias por llamar —dijo con calidez.

—Te echo de menos —suspiró Maria—. ¿No podríamos quedar la próxima vez que bajes? Imagino que no necesitas estar constantemente en

posición horizontal.

—¿Quién es la que siempre…?

—Vale, vale. Te llamo. ¡Besos! —dijo Maria y colgó.

Vera se levantó y empezó a ladrar.

Al momento se oyeron los pesados pasos de Sivving en la escalera del porche. Bella ya estaba arriba rascando la puerta.

Rebecka la dejó entrar y la perra fue directa a los cuencos de la comida de Vera, en la cocina. Estaban vacíos, pero los lamió por si acaso, gruñéndole alguna que otra vez a Vera, que guardaba una distancia respetuosa. Cuando los cuencos estuvieron más que relamidos, las dos perras se saludaron, jugaron a reñirse con alegría hasta dejar la alfombra hecha una bola.

—Vaya tiempo —se quejó Sivving—. La maldita nieve te viene directa de lado. ¡Mira!

Se quitó la nieve de los hombros, donde se le había apelmazado a trozos.

—Mmm —dijo Rebecka—. Dentro de nada, en Estocolmo empezarán a cantar Bienvenido cálido mayo.

—Sí, sí —dijo Sivving impaciente—. Y después los matarán en plena calle cuando vuelvan a casa de la hoguera de mayo.

No le gustaba que Rebecka comparara Estocolmo y Kiruna en beneficio de la capital. Le daba miedo que se volviera a ir a la gran ciudad.

—¿Tienes tiempo? —le preguntó.

Rebecka adoptó una expresión de disculpa y estaba a punto de abrir la boca para decir que tenía que ir a trabajar cuando Sivving se adelantó:

—No te iba a pedir que me ayudaras a quitar nieve. Hay una persona con la que deberías hablar. Por ti, o mejor dicho, por Wilma Persson y Simon Kyrö.

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Rebecka se sintió abatida en cuanto ella y Sivving cruzaron la puerta de la residencia de ancianos La Montaña. Se quitaron la nieve de encima lo mejor que pudieron en el portal amarillo, subieron las escaleras y caminaron por los suelos de sintasol gris encerado. Los tapetes tejidos y los muebles de madera prácticos y fáciles de limpiar eran señal de que estaban en una institución.

En la cocina había dos personas en silla de ruedas inclinadas sobre sus respectivos desayunos. Una de ellas estaba apuntalada con cojines para no caerse de lado. La otra repetía su «sí, sí, ¡sí!» de volumen ascendente hasta que un auxiliar sanitario le puso una mano tranquilizadora en el hombro.

Sivving y Rebecka pasaron deprisa tratando de no mirar.

«Dios me libre —pensó Rebecka—. Dios me libre de acabar en una residencia con ancianos que se apagan, que se van agotando. Dios me libre de que me tengan que limpiar y de que me aparquen delante de la tele, rodeada de personal bueno de cara y malo de espaldas.»

Sivving iba delante lo más rápido que podía y se metió por el pasillo donde estaban las habitaciones. Él también parecía atosigado por el malestar.

—Venimos a ver a Karl-Åke Pantzare —le dijo Sivving—. Era amigo de mi primo. Perteneció a la resistencia durante los años de la guerra, mi primo también, pero ya está muerto. Y nunca hablaba de ello. Es aquí.

Se detuvo delante de una puerta en la que había una foto de un hombre mayor y un cartel que decía: «Aquí vive Kula.»

—Un segundo —dijo Sivving asiéndose del pasamanos que corría a lo largo de toda la pared para que los viejos que aún caminaban tuvieran

donde agarrarse—. Tengo que recuperarme.

Se pasó la mano por la cara, jadeando.

—Este sitio me deprime —le dijo a Rebecka—. Joder. Y eso que ésta es buena. Las mozas que trabajan aquí son todas muy cariñosas, hay residencias que son infinitamente peores. ¡Pero aun así! ¿Esto es lo que nos espera? Prométeme que me pegarás un tiro. Oh, discúlpame.

—No te preocupes —dijo Rebecka.

—Se me olvida que tuviste que disparar… ¿sabes? Es como mentar la soga en casa del ahorcado.

—No tienes que vigilar lo que dices, te entiendo.

—Es que de verdad que me deprimo —dijo Sivving—. Compréndeme.

Aunque intente no hacerlo, acabo pensando en esto. Y más ahora, con el brazo y todo.

Hizo un gesto hacia el lado defectuoso de su cuerpo, el que iba arrastrando, el lado cuya mano ya no era de fiar porque se le caían las cosas.

—Mientras pueda… —empezó Rebecka.

—Lo sé, lo sé.

Sivving agitó la mano para cortar el tema.

—Y ¿por qué les tienen que poner nombres tan pintorescos a estos sitios? —bufó—. La Montaña, Cuesta del Sol, Jardín de las Rosas.

Rebecka se rió.

—Claro del Bosque —añadió.

—Suena a revista de los Baptistas. Entremos. Te advierto de que su memoria reciente no es gran cosa así que no te dejes engañar si te parece un poco ido. La memoria de las cosas de hace tiempo la tiene intacta.

Llamó a la puerta y entró.

Karl-Åke Pantzare tenía el pelo blanco y lo llevaba repeinado hacia atrás. Las cejas y las patillas estaban muy pobladas con pelos duros y puntiagudos. Llevaba camisa, chaleco de punto y corbata. Los pantalones estaban impecables y planchados con raya. Era evidente que en su momento había sido un hombre atractivo. Rebecka le miró las manos. Tenía las uñas limpias y cortas.

El hombre saludó con alegría y amabilidad tanto a Sivving como a Rebecka. En el fondo de su mirada afable había cierta angustia. ¿Había visto antes a estas personas? ¿Debería reconocerlos?

Sivving se apresuró en acabar con su inseguridad.

—Sivving Fjällborg —dijo—. De Kurravaara. De joven me llamaba Erik. Arvid Fjällborg es mi primo. O era. Murió hace muchos años. Y ella es Rebecka Martinsson. Nieta de Albert y Theresia Martinsson. De Kurravaara también. Pero no os conocéis.

Karl-Åke Pantzare se relajó.

—Erik Fjällborg —dijo contento—. Claro que me acuerdo de ti. Pero oye, qué viejo te has hecho.

Guiñó un ojo para dejar claro que estaba bromeando.

—Qué va —dijo Sivving como si se hubiera ofendido—. Sigo siendo un adolescente.

—Claro, claro —se burló Karl-Åke Pantzare—. Un adolescente. De eso sí que hace tiempo.

Sivving y Rebecka aceptaron la invitación a café y Sivving le recordó a Karl-Åke Pantzare una dramática jornada de pesca que el primo de Sivving y Karl-Åke tuvieron una vez en Jiekajaure.

—Arvid me solía contar que los sábados ibais en bici hasta la ciudad para acudir al baile. Decía que trece kilómetros desde Kurra no eran nada, pero que si conocías a alguna moza de Kaalasluspa, primero había que acompañarla en la bici hasta allí y luego, claro, la vuelta se hacía eterna. Y

a las seis había que levantarse para ordeñar las vacas. A veces se quedaba dormido en el taburete; entonces mi tío Algott se ponía como una fiera.

Prosiguieron con el habitual repaso de los familiares que tenían en común. Una hermana de Karl-Åke había alquilado algo en Lahenperä.

Sivving pensaba que era de los Utterström, pero Karl-Åke le dijo que era de los Holmqvist. Otro primo de Sivving, hermano de Arvid, y uno de los hermanos de Karl-Åke prometían en el esquí, e incluso habían competido en Soppero y habían ganado a chicos aventajados de Vittangijärvi.

Mencionaron a los que estaban enfermos, a los que se habían ido al otro

barrio o simplemente se habían mudado a Kiruna, y a los que, en ese caso, se habían quedado con la casa familiar.

Al final Sivving consideró que Karl-Åke Pantzare ya había entrado en calor y decidió ir al grano. Le dijo sin rodeos que sabía por su primo que tanto él como Karl-Åke Pantzare habían pertenecido a la resistencia en Norrbotten. Le explicó que Rebecka era fiscal y el caso de los chicos asesinados cuando hacían una inmersión buscando un avión alemán en Vittangijärvi.

—Te lo digo sin tapujos porque sé que quedará entre nosotros, pero hay motivos para pensar que Isak Krekula, el de la empresa de transportes de Piilijärvi, tiene algo que ver con el asunto.

—¿Por qué acudís a mí?

—Porque necesitamos ayuda —respondió Sivving—. No conozco a nadie más que pueda decirnos cómo estaban las cosas en aquella época.

—Es mejor no hablar de ello —dijo Karl-Åke Pantzare—. Arvid no te lo debería haber contado. ¿En qué estaría pensando?

Se levantó y fue a buscar un viejo álbum de fotos de la estantería.

—Os quiero enseñar algo —dijo.

Sacó un recorte de prensa que estaba suelto en el álbum. Tenía fecha de cinco años antes.

«Asesinan a dos jubilados para robarles», decía el título. El artículo explicaba que un anciano de noventa y seis años y su esposa de ochenta y dos habían sido asesinados en su casa, en las afueras de Boden. Rebecka leyó por encima que habían encontrado a la mujer con una almohada atada a la cara. Había sido torturada, había muerto por estrangulamiento y asfixia y después de muerta había sido «ultrajada».

«Ultrajada —pensó Rebecka—. ¿Qué quieren decir con eso?»

Como si le hubiese leído el pensamiento, Karl-Åke Pantzare dijo:

—Le introdujeron una botella rota de vidrio por los genitales.

Rebecka continuó leyendo. El hombre aún estaba vivo a las siete de la mañana, cuando el enfermero que los atendía fue para ponerle la insulina a la mujer. Estaba gravemente herido, había recibido patadas y golpes y murió más tarde en el hospital. Según el artículo, la policía había hablado

con los vecinos de la zona, pero sin obtener resultados. Por lo que se había podido averiguar, en casa de la pareja no había grandes sumas de dinero ni objetos de valor.

—Era uno de los nuestros —dijo Karl-Åke Pantzare—. Yo lo conocía.

Y un rábano que fue por robo, eso lo tengo muy claro. Fueron unos neonazis o seguidores del NRK u otra gente de extrema derecha que se enteraron de que perteneció a la resistencia. Uno no está seguro aunque haya pasado tanto tiempo. Los jóvenes nazis impresionan a los viejos de esa forma. Hicieron que el pobre hombre viera cómo torturaban a su mujer hasta matarla. ¿Por qué iba un ladrón a ultrajarla? Querían atormentarlo.

Todavía nos están buscando. Y si nos encuentran… —Terminó la frase negando con la cabeza.

«No me extraña que esté asustado —pensó Rebecka—. Es más fácil jugarse la vida cuando eres joven, fuerte y te crees inmortal que cuando estás aquí encerrado sin poder hacer más que esperar.»

—Estábamos obligados a hacer algo —continuó como hablando solo—.

Los alemanes no paraban de meter barcos y barcos en Luleå. Muchos no se apuntaban en los registros del puerto. Se exportaba mineral, claro, y se descargaban víveres, equipamiento y soldados. La versión oficial era que los soldados estaban de permiso. ¡Y una porra! He visto unidades de las SS

subiendo y bajando de aquellos barcos. Iban en tren hasta Noruega o eran transportados hasta la frontera del Este. Muchas veces pensamos sabotearlos, pero habríamos iniciado una guerra contra nuestro propio país.

Los agentes de aduanas, los policías y militares que vigilaban tanto los puertos como los almacenes eran suecos, y los que revisaban los transportes, también. Si hubiésemos sido ocupados habría sido otra cosa.

Con Noruega, que sí estaba ocupada, los alemanes tenían muchos más problemas con la resistencia y por el terreno escarpado. A diferencia de Suecia, llana y supuestamente neutral.

—¿Y qué nos puedes contar de Isak Krekula y su empresa? —insistió Sivving.

—No lo sé, había tantas empresas de transportes. Pero aquí arriba, el dueño de alguna de esas empresas hacía de informador para los alemanes.

Por lo menos uno, vaya. No sabíamos quién, pero nos llegaron rumores de que era un transportista. Eso nos asustaba un poco, porque buena parte de nuestro trabajo era construir y servir a Kari.

—¿Qué es Kari? —preguntó Rebecka.

—La resistencia noruega, el XU, tenía una base informativa en territorio sueco, no muy lejos de la ciénaga de Torneträsk. Se llamaba Kari. La estación de radio que había dentro se llamaba Brunhild. Kari proporcionaba información a Londres procedente de diez estaciones menores del norte de Noruega. Funcionaba con energía eólica, pero estaba construida en una depresión, así que sólo la podías descubrir si estabas a menos de quince metros.

—¿Había una base informativa en Suecia?

—Había varias. Las bases Sepal en territorio sueco se dirigían con apoyo del Secret Service británico y la OSS estadounidense. Se ocupaban del servicio informativo, sabotaje, reclutamiento y adiestramiento en armas, minas y explosivos.

—Gracias a esas bases los británicos pudieron hundir el Tirpitz —le dijo Sivving a Rebecka.

—Había que suministrar tanto a las estaciones de radio como a los aerogeneradores —continuó Karl-Åke—, provisiones y equipamiento.

Necesitábamos transportistas y era estresante iniciar a alguien nuevo, sobre todo a sabiendas de que entre ellos había un informador. ¡Buf! Me acuerdo de una vez que tuve que ir con un transportista nuevo, un chico de Råneå, a Pältsa. Llevábamos metralletas entre la carga, ¿sabes? Cruzamos la carretera de Kilpisjärvi por un atajo que los alemanes vigilaban y nos detuvieron en un puesto de control. De repente, el transportista se puso a hablar en alemán con el oficial. Yo pensé que me estaba delatando, ni siquiera sabía que el chico hablaba alemán, estuve a punto de saltar del camión y salir corriendo. Pero el alemán se rió y nos dejó pasar después de darle unos paquetes de cigarrillos. El chico le había contado un chiste.

Después le eché la bronca. ¡Me podría haber dicho que sabía alemán!

Aunque en aquella época muchos lo hablaban; era la lengua extranjera que

se enseñaba en la escuela. Ya sabes, como el inglés para vosotros. Aquella vez salió bien.

Karl-Åke Pantzare se quedó callado. Una sombra de pesadumbre se reflejó en su cara.

—¿Había veces que no salía tan bien? —preguntó Rebecka.

Karl-Åke Pantzare cogió con firmeza el álbum de fotos y lo abrió por una página.

Señaló una foto que parecía estar tomada en los años cuarenta. Era de un hombre joven, sonriente, y salía de cuerpo entero. Estaba apoyado en un abeto. Debía de ser verano. El sol le iluminaba el pelo rubio y rizado. Iba vestido cómodo, con la camisa arremangada y los pantalones holgados con dobladillos mal hechos. Con una mano se cogía el antebrazo y en la otra tenía una pipa.

—Axel Viebke —dijo Karl-Åke Pantzare—. Estaba en la resistencia.

Soltó un profundo suspiro y siguió hablando:

—Tres presos de guerra daneses se escaparon de un buque de carga alemán cuando estaba atracado en el puerto de Luleå. Los encontramos. El tío de Axel tenía un henil al este de Sävast. Estaba vacío y se los llevó allí.

Se quemaron dentro, se dijo que había sido un accidente.

—¿Tú qué crees que pasó en realidad? —preguntó Sivving.

—Creo que fue una ejecución en toda regla. Los alemanes se enteraron de que estaban allí y los mataron. Nunca descubrimos quién se había ido de la lengua.

Karl-Åke Pantzare apretó los labios.

Rebecka echó un vistazo al álbum, lo abrió al azar.

En una foto salían Axel Viebke y Karl-Åke Pantzare, cada uno a un lado de una hermosa mujer que llevaba un vestido de flores. Era muy joven. El pelo le caía por encima de un ojo en un peinado que se veía elaborado.

—Y aquí salís otra vez —dijo—. ¿Quién es la chica?

—Oh, supongo que sería alguna novia —dijo Karl-Åke Pantzare sin mirar la foto—. Axel tenía debilidad por las mozas. Iban y venían.

Rebecka volvió a mirar la foto de Axel junto al abeto, habían abierto aquella página a menudo: la esquina estaba gastada y era más oscura que las

demás. La sombra del fotógrafo aparecía en la foto.

«Un conquistador —pensó—. Está realmente posando. Apoyado con indolencia en el abeto y la pipa en la mano.»

—¿Tú eras el fotógrafo? —preguntó.

—Sí —respondió Karl-Åke Pantzare con voz ronca.

Rebecka paseó la mirada por la habitación. Karl-Åke Pantzare no tenía fotos de niños ni foto de bodas.

«Te gustaba más que como amigo», pensó y miró a Karl-Åke Pantzare.

—A él le habría gustado que hablaras con nosotros —intentó—. Que siguieras siendo valiente.

Karl-Åke Pantzare asintió en silencio y sus ojos brillaron.

—No sé gran cosa —dijo—. Sobre el transportista, quiero decir. Los ingleses nos dijeron que había un transportista que estaba informando a los alemanes y que fuéramos con cuidado. Lo que más les preocupaba eran las bases informativas. Lo llamaban el Zorro. Y es cierto que Isak Krekula se llevaba bien con los alemanes, pero había muchos que trabajaban para ello y entonces lo único que contaba era el dinero.

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—A ver si espabilas —dijo Tore Krekula.

Estaba en el dormitorio de Hjalmar mirando a su hermano en la cama con la manta subida hasta la cabeza.

—Sé que estás despierto. ¡No estás enfermo! ¡Ya vale!

Subió las persianas con tanta fuerza que sonó como si las cuerdas fueran a romperse. Él quería que se rompieran. Fuera la nieve se arremolinaba.

Al ver que Hjalmar no aparecía en el trabajo, Tore había decidido ir a buscarlo y había cogido la copia de la llave de su casa. No es que hiciera falta porque en el pueblo nadie cerraba con llave por la noche.

Hjalmar no contestaba. Yacía como un muerto bajo la manta. A Tore no le faltaban ganas de quitársela de un tirón. Pero algo lo frenaba. No se atrevía. La persona que había debajo era impredecible. Casi se podía oír una voz que decía: dame un motivo, dame un motivo.

Nada que ver con el Hjalmar al que se podía tratar de cualquier manera.

Tore se sintió impotente, una sensación difícil de encajar que le brotaba cuando alguien no hacía lo que él mandaba. No estaba acostumbrado.

Primero la furcia de la mujer policía y ahora Hjalmar.

Y ¿con qué amenazaría ahora? Siempre había utilizado a Hjalmar.

Se dio una vuelta impaciente por la casa. Montañas de vajilla sucia.

Bolsas de patatas fritas y paquetes de galletas vacíos. En la cocina olía a basura. Había botellas de plástico grandes, sin líquido. Ropa en el suelo.

Calzoncillos, lo amarillo delante, lo marrón detrás.

Volvió al dormitorio. La manta seguía intacta.

—Joder —dijo—. Joder, cómo está esto. Vaya pocilga. Y tú, das asco.

Como una ballena podrida en la playa. ¡Puaj!

Dio media vuelta y se marchó.

Hjalmar oyó la puerta cerrarse con un golpe.

«Ya no puedo más —pensó—. No hay salida.»

Al lado de la cama había una bolsa abierta de ganchitos. Cogió unos puñados.

En su cabeza sonaba una voz. La del profesor Fernström: «Tú decides sobre ti mismo.»

No, el profesor Fernström no lo entendía.

No quería pensar en ello. Pero de qué servía lo que él quisiera. Los recuerdos comenzaron a colarse como por una proa inclinada.

Hjalmar tiene trece años. Por la radio se oye a Kennedy debatiendo con Nixon de cara a las elecciones. Kennedy es un playboy, nadie cree que pueda ganar. Pero a Hjalmar no le interesa nada la política. Ahora está en la escuela, sentado con los codos apoyados en la tapa barnizada de su pupitre.

La cabeza descansa en las manos, las palmas sostienen los pómulos. Sólo están él y el profesor Fernström. Cuando los demás niños se han ido a casa y el olor a lana húmeda y a establo ha desaparecido con ellos, el olor a escuela comienza a ocupar el espacio. Olor a polvo de libro y a paño viejo para borrar la pizarra, a detergente para el suelo y el olor característico del edificio.

Hjalmar nota que, de vez en cuando, el profesor Fernström deja de corregir las libretas y levanta la cabeza en su cátedra. Sus miradas no se cruzan. Los ojos de Hjalmar se deslizan por las vetas de la madera de la tapa de su pupitre. Una parece una mujer tumbada. Más a la derecha hay un animal fantástico, o quizá una perdiz de las nieves, y un ojo.

El rector Bergvall entra en el aula. El profesor Fernström cierra el cuaderno y aparta el trabajo de corrección a un lado.

El rector saluda.

—Bueno —dice—, he hablado con los médicos de Kiruna y con la madre de Elis Sevä. Le han dado siete puntos. La nariz no estaba rota, pero tiene una conmoción cerebral.

Hace una pausa y espera a que Hjalmar reaccione de alguna forma.

Hjalmar hace como de costumbre, se queda callado, fija la mirada en

cualquier otro sitio, en un mapa de Palestina, en el órgano, en los dibujos de los niños que cuelgan de la pared. Tore había cogido la bicicleta de Sevä.

Elis Sevä le había dicho que la soltara de una puta vez. Tore le había contestado: «Venga, vamos, sólo es un momento.» Se había desatado una pelea. Uno de los amigos de Tore había ido corriendo a buscar a Hjalmar.

Elis Sevä se había puesto como un loco.

El profesor Fernström mira al rector y niega de forma imperceptible con la cabeza en señal de que no vale la pena esperar a que Hjalmar Krekula diga algo.

El rector se pone un poco rojo y se le altera la voz, provocado por el silencio de Hjalmar. Dice que aquello está mal, muy mal. Agresión, se llama, pegar a un compañero con una llave de cruceta, por el amor de Dios, hay leyes contra eso y esas leyes también rigen en la escuela.

—Ha empezado él —dice Hjalmar con rutina.

La voz del rector adquiere un tono más severo y dice que cree que Krekula está mintiendo para salvar el pellejo. Que quizá los compañeros respalden su historia por puro miedo.

—El señor Fernström asegura que Krekula tiene talento para las matemáticas —dice el rector.

Hjalmar guarda silencio. Mira por la ventana.

Al rector se le agota la paciencia.

—Si es que eso le va a servir de algo —continúa—, cuando suspende todas las demás asignaturas. Sobre todo orden y comportamiento.

Lo último lo dice dos veces:

—Sobre todo orden y comportamiento.

Entonces Hjalmar lo mira a los ojos con desprecio.

De pronto el rector teme que le vayan a romper las ventanas de su casa.

—Krekula debería controlar un poco su genio —dice en tono pacífico.

Y luego añade que Krekula tendrá que estar dos semanas paseando con el profesor de guardia. Salir un poco de la clase. Tener la oportunidad de recapacitar sobre su comportamiento.

Después el rector se marcha.

El profesor Fernström suspira. Hjalmar tiene la sensación de que suspira por el rector.

—¿Por qué te peleas? —le pregunta—. No eres un tonto. Y se te dan muy bien las matemáticas. Deberías seguir estudiando, Hjalmar. Todavía estás a tiempo de remontar en las otras asignaturas. Y podrías cursar el bachiller.

—¡Bah! —dice Hjalmar.

—¿Cómo, bah?

—Mi padre nunca me dejaría. Vamos a trabajar en la empresa de transportes, mi hermano y yo.

—Hablaré con tu padre. Tú decides sobre ti mismo. ¿Entiendes? Si dejas de pelearte y…

—Da igual —dice Hjalmar con violencia—. De todos modos no tengo ganas de estudiar. Es mejor trabajar y ganar dinero. ¿Me puedo ir?

El profesor Fernström vuelve a suspirar, y ahora lo hace por Hjalmar.

—Vete —dice—. Vete.

Aun así Fernström va a hablar con el padre. Un día, cuando Hjalmar vuelve a casa, Isak está furioso. Kerttu está haciendo tortitas con expresión contenida mientras Isak jura y maldice en la cocina.

—Que sepas que el profesor se ha ido borracho de esta casa —le grita a Hjalmar—. Ninguno de mis hijos se va a convertir en un cuentanúmeros con cara de muerto, así se lo he dicho. Mates, ¿eh? ¿Qué cojones te crees que eres? ¿Eres demasiado fino para trabajar en una empresa de transportes, eh? ¿No gusta al señorito prometedor? Esta empresa es la que te ha llevado la comida a la mesa toda tu vida.

Toma aire como si la rabia estuviera a punto de asfixiarlo, como si fuera una almohada que le tapara la boca.

—Si no te va bien hacerte responsable de tu familia, entonces ya no eres bienvenido, ¿te enteras? Tú estudia mates, si quieres, pero entonces tendrás que llenarte el estómago en otro sitio.

Hjalmar quiere decirle que no ha pensado en cursar el bachiller. Que todo eso se lo ha inventado el profesor Fernström, pero las palabras no

salen de su boca. El miedo que le tiene a Isak las frena. También hay algo más. Algo que ha comprendido.

Ha comprendido que es bueno en matemáticas. Incluso tiene talento, tal como ha dicho el rector. Tiene talento para las mates. Fernström se lo ha dicho al rector y Fernström ha ido hasta Piilijärvi para decírselo a su padre.

Y cuando Isak grita: «¿Cómo lo harás?» Hjalmar no responde. Isak le da un guantazo, dos, y Hjalmar empieza a oír un silbido y latidos en la cabeza. Entonces Hjalmar cae en la cuenta de que podría convertirse en un

«cuentanúmeros con cara de muerto». Y que es algo que está fuera del alcance del resto de la familia y que hace que a Isak se le forme espuma en la boca por la rabia que siente.

Después está sentado en la playa. Tiene que evitar que el sol de otoño le dé en la mejilla azotada porque le quema.

Ve dos cuervos que juegan a quitarse un palo. Uno hace acrobacias aceleradas con el palo en el pico, el otro lo sigue de cerca. Dibujan tirabuzones, dan vueltas sobre su propio eje, caen en picado hacia el agua y luego vuelven a ascender.

El que tiene el palo se mete directo en la copa de un árbol, parece que vaya a chocar contra el tronco o alguna rama y que se partirá el cuello, pero al instante sale por el otro lado. Como una daga voladora de color negro, ha encontrado un camino para atravesar el ramaje. Sale volando por encima del lago y emite un arrogante graznido. Como es de suponer, pierde el palo, y los dos cuervos sobrevuelan el lago antes de decidir renunciar y marcharse surcando las copas de los abetos.

Aterrizo en el pantalán al lado de Hjalmar. Ya ha cumplido los trece y tiene la mejilla enrojecida. Las lágrimas corren por su cara aunque esté pensando que no tiene que llorar. Y luego siente ira. Le brota con tal fuerza que empieza a temblar. Odia a Isak, que hace un momento estaba gritando tanto que escupía. Odia a Kerttu, que se limitó a dar la espalda, como siempre.

Odia al profesor Fernström, ¿por qué coño tenía que ir a hablar con su padre? Hjalmar no se lo había pedido. Nunca se le había pasado por la

cabeza cursar el bachiller. Le han arrebatado algo que ni siquiera tenía. ¿Por qué llora?

La ira que le corre por dentro es hierro incandescente. Se pone de pie, se tambalea. Va a buscar a Tore, que está reparando su Zündapp, cambiándole las boquillas del carburador.

—Vente a Svappis —se limita a decirle.

El Volkswagen negro del profesor Fernström está aparcado en el sitio de siempre, a cien metros de la escuela.

Hjalmar lleva un martillo pata de cabra. Empieza con los faros delanteros y traseros. En apenas unos segundos los cristales están esparcidos por el asfalto como diamantes, pero no es suficiente, todavía tiene mucha ira temblándole en los músculos que pide salir, salir. Rompe el parabrisas, las lunas, el cristal de atrás. Suenan como un disparo cuando estallan, los cristales salpican, Tore retrocede unos metros. Unos niños pasan por allí.

—Si os chiváis, la próxima vez serán vuestras cabezas. —Y los críos desaparecen como musarañas asustadas.

Tore apoya el pie en una de las puertas sin luna y se sube al techo, da unos cuantos saltos hasta abombarlo, baja de un salto sobre el capó.

Transcurre muy rápido, en menos de tres minutos han acabado y tienen que marcharse.

—Vamos —grita Tore, que ya se ha alejado unos metros montado en el ciclomotor.

Hjalmar tiene los brazos cansados y está sudando. Ya se siente mejor, más tranquilo. No va a llorar nunca más.

Abre la puerta del coche y revisa el macuto que hay en el asiento del copiloto. Tore lo vuelve a llamar, temeroso de que algún adulto se acerque.

No hay ningún monedero, sólo tres libros de mates: Gran libro de cálculo de Tekno, Aritmética práctica, Libro de texto de geometría, y un cuaderno que lleva por título: Turning Points in Physics — a Series of Lectures Given at Oxford University. Hjalmar se los guarda dentro de la chaqueta, bueno,

excepto el Gran libro de cálculo, que es demasiado grueso y se lo tiene que llevar bajo el brazo.

Los dejo allí. Me elevo con una columna térmica. Arriba, arriba.

OceanofPDF.com

Voy a activar a la fiscal Rebecka Martinsson y a Hjalmar Krekula.

Rebecka Martinsson está sentada en su despacho después de las vistas de la mañana.

Un caso de conducción ilegal, uno de conducción negligente, otro de agresión y uno de falsedad contra un organismo oficial. Hay que limpiar las actas y expeditar las resoluciones. Sabe que si se pone, no tardará más de media hora. Pero no le apetece, la apatía se lo impide.

El temporal ha pasado. Deprisa, como suele suceder en la montaña, justo cuando parecía que nunca se iba a terminar. Cuando el viento azotaba y empujaba, y la nieve pegajosa de abril penetraba fría y mojada en los cuellos de la gente. Sí, de repente se ha calmado. Las nubes han seguido su curso y el cielo se ha vuelto azul y claro.

Rebecka echa un vistazo a su teléfono con la esperanza de que el hombre la llame, o le escriba un mensaje. Al otro lado de la ventana el sol ilumina las fachadas de los edificios y los tejados, con toda la nieve que acaba de caer.

Dos urracas se sientan en el árbol de enfrente.

Graznan y la llaman, pero ella no es consciente.

Las personas no reflexionan sobre los pájaros. Se llenan de grandes sensaciones a través de ellos, pero nunca se preguntan por qué. Aunque veinte pajaritos posados en un abedul con sus canturreos y trinos puedan abrirte el pecho y hacer que la alegría fluya. El ladrido de un perro no despierta esa emoción. O cuando levantas la cabeza y miras al cielo y ves una línea de pájaros migratorios. Qué sensaciones. Como cuando un centenar de pájaros se juntan en un mismo sitio a armar barullo con la caída

de la tarde. La llamada triste del búho o el colimbo en las noches de verano.

O cuando la golondrina se mete debajo de las tejas para volver junto a sus alteradas crías.

Y tampoco piensan por qué el interés por las aves va en aumento a medida que una persona se hace mayor, a medida que se va acercando a la muerte.

No, hay muchas cosas que no se saben hasta que mueres.

Los cuervos graznan con energía y Rebecka Martinsson piensa que debería salir y aprovechar el buen tiempo. Y que hace mucho que no va a visitar la tumba de su abuela. Se pone en marcha.

Una bandada de cuervos aterriza en el patio de Hjalmar Krekula. Sus plumas y sus picos brillan con el sol.

«Qué grandes son», piensa Hjalmar cuando los ve por la ventana.

Tiene la impresión de que lo están mirando. Cuando sale al porche, los pájaros dan unos saltitos hacia un lado, pero ninguno emprende el vuelo.

Gorgoritean y crascitan en voz baja. Hjalmar no sabe si le parece terrorífico o fascinante. Lo miran.

«Voy a ir a la tumba de Wilma —piensa—. A nadie se le hará raro. Soy del pueblo.»

La nieve cubre el cementerio de Kiruna. Entre las tumbas y en los caminitos hay montones blancos que los familiares han levantado a base de paladas.

Es casi como pasear por un laberinto. Rebecka mira a su alrededor. Tarda unos minutos en orientarse. La nieve lo cambia todo. Casi nadie ha tenido tiempo de limpiar las tumbas después del temporal de la mañana.

Permanecen ocultas bajo la nieve. El sol centellea en las superficies blancas y los abedules crean portales con sus ramas caídas con el peso de la nieve.

Normalmente lee las lápidas a medida que avanza, le gustan los viejos títulos: estanciero, capataz, contable eclesiástico. Y todos los nombres de antes: Gideon, Eufemia, Lorentz.

La tumba de los abuelos está cubierta de nieve. Ya estaba así antes del temporal. Rebecka siente remordimientos de conciencia cuando va a buscar

la pala.

Empieza a quitar nieve. La de la superficie es virgen, ligera y porosa, pero la de debajo está apelmazada, húmeda y pesa como el plomo. El sol le molesta en los ojos pero le calienta la espalda. Piensa que nunca tiene la sensación de que su abuela esté especialmente presente cuando viene al cementerio. No, la abuela se le aparece en otros lugares: de repente en el bosque, o a veces en casa. Cuando va al cementerio es más un acto voluntario de querer que la cabeza y el corazón se centren en su abuela.

«Pero te gustaría que mantuviese esto arreglado», piensa dirigiéndose a su abuela y prometiéndose a sí misma cuidar mejor de la tumba de ahí en adelante.

Luego le vienen los recuerdos. Rebecka tiene quince años y está volviendo en ciclomotor a Kurravaara, los trece kilómetros que separan su casa de la ciudad. Entra en el patio con su Puch Dakota y con la mochila de la escuela al hombro. El fin del curso está cerca y en otoño empezará el instituto. Son las seis de la tarde. Su abuela está en el establo. Rebecka deja la chaqueta en el borde de la gran olla que hay allí. Es de hierro fundido, está rodeada de una pared por tres lados y debajo hay un fogón. En invierno su abuela la utiliza para calentar agua para las vacas. A veces empapa gavillas de ramas para que las vacas coman hojas de abedul con avena mojada. Rebecka se ha sentado muchas veces con su abuela a quitar la hojas húmedas de las ramas. Las manos de su abuela siempre están ásperas y tienen heridas. Cuando Rebecka era pequeña se bañaba en la olla del establo cada sábado. Pero primero ponían unas tablas de madera en el fondo para que no se quemara los pies.

«Todos aquellos sonidos —piensa Rebecka ahora que está junto a la tumba—. Todos los sonidos apacibles que nunca volveré a oír, las vacas masticando, la leche chocando contra el fondo del cubo cuando la abuela ordeña, las cadenas que restallan cuando las vacas se estiran para coger más paja, el zumbido de las moscas y el aleteo de las golondrinas entrando en el establo. La abuela diciéndome con tono severo que vaya a cambiarme, que no se puede entrar en el establo con la ropa limpia del colegio. Y yo le digo:

“¿Qué más da?” y me pongo a cepillar a Punakorva.

»Ella nunca insistía. Su severidad sólo estaba en la voz. Me dejaba vivir mi vida en paz.

»Después murió sola. Mientras yo estaba en Uppsala estudiando para un examen. Pero todavía no estoy preparada para pensar en ello. Hay tantas cosas que no me puedo perdonar a mí misma. Y ésa es la peor.»

Rebecka Martinsson está sudando y clava la pala hasta el fondo cuando de pronto una sombra le cae encima. Alguien se le ha puesto detrás. Ella vuelve la cabeza.

Es Hjalmar Krekula.

Parece un fugitivo. Un hombre que ha dormido en alguna escalera con la ropa que lleva puesta, un hombre que ha estado hurgando en la basura y las papeleras en busca de latas para reciclar y sacarse unas monedas.

Al principio se asusta, pero luego su corazón se le expande en el pecho y le brota la compasión. Hjalmar tiene un aspecto realmente lastimoso. Se está viniendo abajo.

Rebecka no dice nada.

Hjalmar la mira. No esperaba encontrarse con la fiscal aquí. Iba caminando por la parte nueva del cementerio en dirección a la tumba de Wilma. Todas las tumbas nuevas estaban cuidadas y sin nieve. En cuanto había salido el sol, los familiares debían de haber ido corriendo. A la hora del almuerzo, para arreglarlas. «Añorado», ponía en casi todas las lápidas. Por un momento se preguntó qué pondría en la suya. Si Laura, la mujer de Tore, se la cuidaría. A lo mejor lo hacía, sólo por el qué dirán en el pueblo. Se quedó un rato atrapado delante de la tumba de un niño. Hizo un cálculo rápido con las fechas para saber la edad a la que murió Samuel. Dos años, tres meses y cinco días. En la esquina superior izquierda había una foto. Nunca había visto nada parecido. Aunque tampoco iba al cementerio muy a menudo.

Había una corona con un osito de peluche, flores y un farolillo.

—Un chiquillo —dijo sintiendo una presión en el pecho—. Un chiquillo.

Después no fue capaz de pararse ante la tumba de Wilma, sino que pasó de largo por delante del cartel provisional, un palo de aluminio con una

plancha de plástico en la que ponía «Persson, Wilma». Regalos, flores, varias velas encendidas. Volvió por la parte vieja y se preguntaba qué carajo había ido a hacer allí, cuando de pronto vio a la fiscal.

La reconoció por el abrigo y el pelo largo y oscuro. No sabe por qué se le acercó. Se detuvo a cierta distancia. Cuando ella giró la cabeza y lo vio justo detrás, la invadió el miedo. Hjalmar pudo percibirlo.

Ahora le gustaría decirle que no tema, pero las palabras no le salen. Se queda allí de pie como un idiota. Aunque eso es lo que ha sido toda la vida: un idiota al que la gente teme.

Ella no dice nada. El miedo se esfuma de su mirada y es reemplazado por otra cosa, por algo que él apenas puede soportar. No está acostumbrado.

Tampoco está acostumbrado a que la gente esté callada. Normalmente es él quien no dice nada y deja hablar a los demás, deja que los otros elijan.

Seguir: parte 2 de 4