Cuando pase tu ira
Viernes
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17 DE ABRIL
—¡Me cago en la puta!
Krister Eriksson, inspector jefe y guía de perros policía, dio un portazo después de bajarse del coche y maldijo en voz alta en el aire invernal.
Tintin, su pastor alemán negra, husmeaba por la nieve virgen del aparcamiento de la comisaría.
—¿Qué tal? —le preguntó alguien por detrás.
Era Rebecka Martinsson, la fiscal. Su pelo largo y moreno colgaba suelto por debajo del gorro de lana. Iba sin maquillar y llevaba vaqueros, lo cual quería decir que hoy no tenía vista.
—El coche —sonrió Krister Eriksson, ruborizado por el taco que había soltado—. No se quiere poner en marcha. Han encontrado a Wilma Persson, la chica que desapareció el otoño pasado.
Rebecka negó interrogante con la cabeza.
—Ella y su novio desaparecieron a principios de octubre —le recordó Krister—. Jóvenes los dos. Se cree que habían salido a hacer una inmersión, pero nadie sabía dónde.
—Ya lo recuerdo —dijo Rebecka—. Vaya, ¿los han encontrado?
—No, sólo a ella. En el río Torneälven, corriente arriba, pasado Vittangi. Fue un accidente de submarinismo, tal como se sospechaba. Anna-Maria me ha llamado y me ha pedido que suba con Tintin para ver si el chico aparece por la zona.
La inspectora jefa Anna-Maria Mella era la jefa de Krister.
—¿Cómo está Anna-Maria? —preguntó Rebecka—. Hace tiempo que no hablo con ella, aunque trabajamos en el mismo edificio.
—Pues bien, ya sabes, con la casa llena de críos. Está bastante ocupada.
Como la mayoría, supongo.
Le pareció que Rebecka veía a través de su cuerpo, como si supiera que estaba mintiendo. Anna-Maria no estaba bien en absoluto.
—Ya no hay el buen ambiente de antes entre ella y los demás compañeros —añadió—. En cualquier caso, le he dicho que lo cierto es que Tintin ya no trabaja. Va a tener cachorros dentro de poco, aunque la puedo sacar a dar una vuelta. También quería llevarme al perro nuevo, para que pruebe el hocico. No molestará. Si no encontramos nada pueden llevar a otro perro, si quieren, pero el más cercano está en Sundsvall, así que…
Señaló el interior del coche con la cabeza. En el maletero había dos jaulas y en una de ellas un pastor alemán de color chocolate.
—Qué bonito —dijo Rebecka—. ¿Cómo se llama?
— Roy. Sí, guapo sí que es. Habrá que ver si podemos sacar algo de él.
No puedo tenerlo fuera al mismo tiempo que Tintin, la atosiga y la acelera; y ahora tiene que estar tranquila hasta que tenga los cachorros.
Rebecka miró a Tintin.
—He oído que es buena —dijo—. Encontró al cura de Vuolusjärvi y el rastro de Inna Wattrang. Increíble.
—Pero cierto —dijo Krister Eriksson girando un poco la cara para ocultar su sonrisa de orgullo—. Siempre la comparo con mi perro anterior, Zack. Para mí fue un honor trabajar con él. Me enseñó mucho, sólo tenía que seguirlo. Yo era muy joven y no entendía nada. Después he podido adiestrar a Tintin.
La perra alzó la vista en cuanto oyó su nombre y se les acercó. Se sentó delante de la puerta del maletero del coche de Krister y se lo quedó mirando como diciendo: «Bueno, ¿qué? ¿En marcha?»
—Sabe que vamos a trabajar —dijo Krister—. Le parece muy divertido.
Se giró hacia Tintin.
—No podemos —le dijo—. El coche no arranca.
La perra ladeó la cabeza y parecía reflexionar sobre lo que le había dicho. Después se tumbó en la nieve con un suspiro de resignación.
—Llévate el mío —le propuso Rebecka.
Se dio cuenta de que estaba hablando con Tintin y enseguida se dirigió a Krister.
—Perdón —dijo—. Al fin y al cabo eres tú quien conduce. Hoy no lo necesito.
—No, pero no puedo…
Rebecka le puso la llave de su Audi A4 Avant en la mano. Krister se aseguró unas cuantas veces más de que de verdad ella no necesitaba el coche en toda la mañana. Tenía que haber algún otro modo de arreglarlo, por ejemplo que bajaran los otros a recogerlos y punto.
—¿No puedes, simplemente, darme las gracias? —dijo ella—. Me voy adentro. A menos que necesites ayuda para cambiar las jaulas. ¡Idos! Os están esperando.
Krister le dijo que se las apañaba solo con las jaulas, así que ella se metió en el edificio. Se despidió con la mano antes de cruzar la puerta.
Ni siquiera le dio tiempo a quitarse el abrigo antes de que Krister llamara a la puerta de su despacho.
—No puedo —dijo—. Cambio automático, no puedo con eso.
Rebecka esbozó media sonrisa.
«Esto no pasa a menudo», pensó él al verla.
Otras mujeres sonreían todo el día, estuvieran contentas o tristes. Pero ésta, no. Además no sonreía con la boca, no, tenías que mirarla profundamente a los ojos. Cuando Rebecka lo miraba una melodía alegre sonaba allí al fondo.
—¿Y Tintin? —preguntó Rebecka.
—No, ella también está acostumbrada al cambio manual.
—Es muy fácil, sólo tienes que…
—¡Lo sé! —la interrumpió—. Todo el mundo lo dice, pero… Es que…
¡no!
Rebecka lo observó un momento. Él la miraba sin reparos, sin vergüenza. Aguantaba la mirada.
Ella sabía que estaba delante de un lobo solitario.
«No sólo por su aspecto», pensó.
Krister Eriksson tenía cicatrices de graves quemaduras en la cara. Según le habían contado, eran consecuencia de un incendio en su casa cuando era adolescente.
La piel mostraba manchas rosadas y blanquecinas, el borde superior de las orejas era como una hoja de abedul arrugada, no tenía pelo, cejas ni pestañas y la nariz era dos orificios en la cabeza.
—Pues te llevo —dijo al fin.
Se esperaba una nueva protesta por parte de Krister, que empezara a decirle que era su horario de trabajo, que seguro que tenía otras cosas que hacer.
—Gracias —le dijo con una sonrisa un poco traviesa en señal de que había aprendido la lección.
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Durante el trayecto en coche, el día cambió y empezó a hacer calor. La respiración cálida del sol hacía que cayeran gotas de los enjutos abetos y de las ramas de los abedules, que ya habían adoptado un color violáceo. Se habían abierto grietas en el río alrededor de las piedras donde ahora se veía agua. El hielo había empezado a desprenderse de las orillas. Por la noche el frío volvería, todavía no se había rendido.
Rebecka Martinsson y Krister Eriksson se metieron por caminos de bosque al norte del río Torneälven. Si los compañeros de la policía no hubieran marcado el trayecto con las cintas rojas de plástico habría sido prácticamente imposible llegar al destino en aquella región inhóspita. Los caminos se bifurcaban sin parar.
La barrera que regulaba el paso a la zona de veraneo en Pirttilahti estaba abierta. Era un saliente de tierra poblado con diversos tipos de casetas de madera y casas unifamiliares, cabañas y un gran número de letrinas exteriores. Todo levantado de improviso, construido donde hubiera sitio.
Había además una vieja barraca de madera roja sobre ruedas con marcos de color verde oscuro. Estaba subida a unas traviesas de ferrocarril también de madera y, por dentro, las ventanas estaban tapadas con cortinas de flores con volantes. Al verla, Rebecka comenzó a imaginarse los integrantes cansados de un circo ambulante. En varios sitios habían clavado tablones de madera entre dos abetos. De ellos colgaban columpios con cuerdas envejecidas o redes de pescar dañadas que soportaban el peso de los trozos de hielo que aún no se habían derretido con el sol de la primavera. Apoyada en las paredes de las cabañas, se acumulaba leña vieja que ya casi no valía la pena aprovechar para hacer fuego. Había cosas de «por si acaso» por
todos lados: parte de un antiguo puente, un bonito portón de madera desvencijado recostado en un árbol, varios montones de madera cubiertos con lona impermeable, pilas de adoquines y ladrillos gastados, piedras de afilar, un farol de calle, un viejo tractor, lana de vidrio, una cama de hierro.
Y muchas barcas entre los árboles, cubiertas de nieve y puestas bocabajo; de madera o plástico y de distintas calidades.
De la playa salía un pantalán que se metía en el agua. El embarcadero flotante estaba en tierra. Por allí cerca merodeaban los policías y los técnicos.
—¡Qué sitio! —dijo Rebecka encantada y apagó el motor.
Inmediatamente, Tintin y Roy empezaron a aullar y a ladrar excitados.
—Hay quien siempre se alegra de trabajar —dijo Krister riendo.
Bajaron enseguida del coche.
La inspectora jefa Anna-Maria Mella se les acercó.
—Qué jaleo —saludó con alegría.
—Se mueren de ganas de trabajar —dijo Krister—. No he querido hacerles callar porque esto tiene que ser una experiencia positiva para ellos.
Pero no estoy seguro de que sea bueno para Tintin. No debería acelerarse tanto, ahora que va a tener cachorros. Ha de ponerse en marcha ya para calmarse. ¿Por dónde quieres que busquemos?
Anna-Maria miró hacia el río.
—Los técnicos acaban de llegar. Están allí abajo, en el pantalán, pero yo había pensado que tú y Tintin podríais echar un vistazo por la orilla del río.
La chica estaba haciendo submarinismo con su novio, así que en algún sitio tiene que estar. Quizá el agua lo haya dejado en tierra por aquí cerca, yo qué sé. Pero si miras un poco corriente arriba y corriente abajo… así después podemos subir a mirar los rápidos. Algunas personas se sumergen en los rápidos para recoger cebos, un buen Rapala puede costar ciento cincuenta coronas, si reúnes unos cuantos… Lo dicho, qué sé yo, los jóvenes siempre necesitan dinero. Qué puta tragedia, toda la vida por delante. Las familias nos agradecerán que los encontremos a los dos.
Krister Eriksson asintió con la cabeza.
—Dejaré que Tintin se dé un paseo —dijo—. Pero tres kilómetros no.
Después sacaré a Roy.
—Si quieres podríamos dejarla que busque por aquí en la punta y después arriba, en los rápidos. Allí el agua no está helada y más tarde podemos pasar al otro lado. Tengo algunos agentes que están fuera buscando el coche de los chicos, pero no se acercarán a la orilla del río.
Cien metros, les he dicho.
Krister Eriksson asintió conforme. Sacó a Tintin del coche y le puso el chaleco de trabajo.
La perra se calló, comenzó a dar vueltas entre sus piernas y Krister tuvo que desenredarse de la correa.
Cuando bajaba hacia la punta con una pastor alemán alterada, aullando y tirando de la correa, Anna-Maria Mella se giró hacia Rebecka.
—¿Cómo has acabado tú aquí?
—Sólo soy la chófer —dijo Rebecka—. El coche de Krister no arrancaba.
Se observaron la una a la otra durante un largo segundo. Después dijeron al mismo tiempo:
—¿Qué tal?
Y Anna-Maria respondió:
—Bien, todo bien.
Rebecka la miró con atención. La inspectora jefa Anna-Maria Mella era bajita, medía un metro y medio, pero Rebecka nunca la había visto pequeña.
Hasta ahora. Casi parecía que fuera a desaparecer dentro de su gran abrigo de piel negro. El pelo largo y rubio centeno le colgaba por la espalda en una gruesa trenza, como de costumbre. A Rebecka le chocó la idea de que la había visto muy pocas veces en los últimos meses, en el último año. El tiempo pasaba deprisa. Se le veía en los ojos que no todo iba bien. Un año y pico antes, Anna-Maria Mella y su compañero Sven-Erik Stålnacke estuvieron implicados en un tiroteo y ambos se habían visto obligados a disparar y matar. Anna-Maria era la responsable de que hubieran terminado en aquella situación, no había querido esperar los refuerzos.
«El otro está enfadado, evidentemente —pensó Rebecka—. Y ella debe de sentirse mal, y con razón, porque la culpa fue suya», continuó cavilando.
Anna-Maria había puesto en peligro tanto su propia vida como la de su compañero. Había un caballo salvaje dentro de esa madre de cuatro hijos, pero ahora el caballo estaba herido.
—Tirando —respondió Rebecka a la pregunta de Anna-Maria de cómo le iba a ella.
La inspectora observó a Rebecka Martinsson. La verdad es que sí tenía pinta de ir tirando. Lo cual era infinitamente mejor que antes. Seguía igual de delgada, pero ya no estaba tan pálida ni daba tanta pena. Estaba haciendo un buen trabajo en la fiscalía. Mantenía alguna especie de relación con su ex jefe de la época en Estocolmo. Aunque no era como para echar cohetes: el tipo era un ricachón de aquellos que se deslizaban por la vida consiguiéndolo casi todo a base de encanto e imagen. Bebía demasiado, cualquiera podía darse cuenta. Pero si Rebecka iba tirando con eso, pues…
Desde la playa un técnico llamó a Anna-Maria. Iban a llevarse el cuerpo. ¿Quería verlo? Anna-Maria gritó «ya voy» y se volvió otra vez hacia Rebecka.
—Quiero echarle un vistazo —le dijo—. Me siento mejor si he visto a la víctima cuando luego tengo que hablar con los familiares. Normalmente, quieren ver a sus muertos, asegurarse de que es justo su hija la que hemos encontrado. Por eso es bueno saber en qué estado se encuentran. Me puedo imaginar el aspecto que tiene. Lleva en el agua desde el otoño pasado.
De repente se quedó callada. ¿Cómo se atrevía a hablar así de cadáveres delante de Rebecka Martinsson? Rebecka había matado en defensa propia.
A tres hombres. A uno le había hundido el cráneo y a los otros dos les había disparado. Después de aquello le dieron la baja por depresión. Casi dos años después, cuando Lars-Gunnar se quitó la vida y la de su hijo, fue demasiado para ella. Entonces ingresó en el psiquiátrico.
—Estoy bien —dijo Rebecka como si le hubiese leído el pensamiento
—. ¿Puedo verla yo también?
La piel de la cara de la chica estaba blanca y enmohecida. Una de las manos no tenía guante de buceo y estaba totalmente descompuesta; la carne se había despegado de los huesos y dejaba al descubierto el esqueleto. Le faltaban el meñique y el pulgar. La nariz también, igual que la mayor parte de los labios.
—Se ponen así —dijo uno de los técnicos— cuando llevan mucho tiempo en el agua. La piel se vuelve frágil y se ablanda y como van a la deriva chocan contra cosas. Se desprenden la nariz y las orejas y demás.
Además puede ser que los lucios la hayan estado mordisqueando. Habrá que ver cómo se aguanta cuando el forense corte el traje de neopreno. ¿Se la queda Pohjanen?
Anna-Maria asintió con la cabeza sin quitar los ojos de Rebecka, que miraba la mano descompuesta como hechizada.
El inspector jefe Sven-Erik Stålnacke detuvo su Volvo a cierta distancia, bajó y llamó a Anna-Maria:
—Hemos encontrado el coche de los dos jóvenes. En los rápidos.
Se les acercó separando las piernas con cuidado, como todo el mundo, para no resbalarse.
—Estaba en la zona de tala —informó—. A ciento cincuenta metros de los rápidos. Supongo que se adentraron todo lo que pudieron para no tener que cargar mucha distancia con el pesado equipo de buceo.
Se puso una mano en la nuca en un gesto pensativo.
—Con el invierno ha quedado sepultado bajo la nieve. Ya han empezado a quitarla. Es lo que nos parecía tan raro, cuando desaparecieron en otoño, que nadie hubiera visto el coche por ninguna parte. Pero claro, si ha estado metido en el bosque y cubierto de nieve… Ni siquiera la gente que cruzaba el río en motonieve se daba cuenta de que estaba allí. Pero el chico debía de ser muy hábil para llevar el coche tan lejos, la bajada hacia los rápidos está talada, pero hay mucho tocón y piedra suelta.
Rebecka pareció despertarse de su trance ante la chica muerta.
—A lo mejor conducía ella —propuso señalando el cadáver con la cabeza—. Según todas las estadísticas, las mujeres conducen mejor que los
hombres.
Sonrió ligeramente mirando a Sven-Erik.
En una situación normal, Sven-Erik hubiera dado un bufido y se le habrían puesto tiesos todos los pelos de su bigote cano. Habría dicho que hay mentiras, mentiras y estadísticas muy malas, y luego le habría preguntado a Rebecka quién le había dado permiso para hablar. Habría soltado una buena carcajada él solo mientras ella y Anna-Maria miraban al cielo.
En cambio, se limitó a decir:
—Por supuesto, podría ser así.
Y le preguntó a Anna-Maria Mella qué quería que hicieran con el coche.
«Vaya —pensó Rebecka—. Sí que se ha enfriado la cosa entre estos dos.»
—No hay sospecha de crimen —dijo Anna-Maria—. Si podemos conseguir una copia de la llave, llévatelo a la ciudad.
—Haremos un intento —dijo Sven-Erik poco convencido—. Primero habrá que sacarlo al camino, si no…
—Un intento es todo lo que pido —dijo Anna-Maria Mella con un atisbo de acritud en la voz.
Sven-Erik dio media vuelta y se marchó. En ese mismo momento volvía Krister Eriksson.
—Oh —dijo Anna-Maria decepcionada—. Me había hecho ilusiones de que la oiría ladrar.
—No, no ha encontrado nada. Voy a dar una vuelta con Roy, pero no creo que el chico esté aquí.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Anna-Maria.
Krister Eriksson se encogió de hombros.
—No lo sé —dijo—. Pero voy a dar una vuelta con Roy, a ver.
Acarició a Tintin y la elogió. Después abrió la puerta del maletero del coche de Rebecka y dejó que los perros cambiaran de sitio. Roy no podría creérselo. Empezó a hacer el baile de la felicidad del rastreo hasta que no supo qué hacer con toda aquella alegría en su cuerpo canino, así que se sentó y bostezó abriendo bien la boca.
A Tintin no le hacía ninguna gracia el cambio. Ladraba desesperada dentro del coche. ¿De verdad ese de ahí, ese mierdecilla, se iba a ir con el amo a trabajar y divertirse mientras ella, la perra alfa, se quedaba encerrada? Inaceptable, inaceptable.
Sus agudos ladridos atravesaban la chapa del vehículo y la perra se movía nerviosa por la jaula.
—Eso no es bueno —dijo Krister mirándola por la ventana trasera del coche—. No se puede poner nerviosa. Lo siento, Anna-Maria, pero esto no funciona.
—¿Le pongo la correa y me la llevo de paseo? —preguntó la inspectora
—. Si puede estar fuera…
—Será peor.
—Yo puedo llevármela a la ciudad —dijo Rebecka—. ¿Crees que así se calmaría?
Krister se la quedó mirando. Ahora que el sol calentaba se había quitado el gorro. Tenía el pelo un poco alborotado. Esos ojos de color arena. La boca, quería besar aquella boca. Rebecka tenía una cicatriz que le corría por el labio superior y la nariz, de cuando Lars-Gunnar Vinsa la tiró por la escalera del sótano. Muchos decían que estaba fea, que antes era guapa y sentían pena por cómo había quedado. Pero a él le gustaba la cicatriz. La hacía parecer vulnerable.
El deseo le cruzó el cuerpo como una jeringa de agua caliente. Ella debajo a cuatro patas. Él enredando una mano en su pelo, la otra sobre su cadera. O ella se le monta encima a horcajadas. Él le pone las manos sobre los pechos mientras dice su nombre. Un mechón de ese pelo se le ha pegado a la cara con el sudor. O ella debajo, las rodillas recogidas. Él la penetra.
Ahora despacio.
—¿No crees? —le volvió a preguntar—. Se puede quedar en mi despacho, a nadie le importará y pasas a buscarla cuando hayáis terminado.
—Vale —dijo dejando caer la mirada y clavándola en el suelo por miedo a que ella pudiera verlo por dentro—. Me parece bien.
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Anna-Maria Mella y Sven-Erik Stålnacke estaban al lado del coche, el Peugeot 305 que habían hallado cerca de la orilla del río.
—He encontrado la llave —dijo Sven-Erik—, pensé que serían como los que vienen a buscar bayas. Prefieren no llevarse la llave porque, si la pierden en el bosque, la vuelta a casa es un infierno. En medio de la nada.
Yo suelo esconder la mía dentro del parachoques de atrás. Ellos la habían dejado encima de la rueda, debajo del faro.
—Ya —dijo Anna-Maria con paciencia.
—En cualquier caso, había pensado sacarlo al camino antes de que la nieve se ablande del todo con el calor. Como hay mucha piedra y eso…
Anna-Maria echó un vistazo forzado al reloj de su móvil. Sven-Erik fue al grano.
—Cuando arranqué, el coche se puso en marcha, sin problemas.
—Ah.
—Pero…
Levantó el dedo para subrayar que ya había llegado al punto que quería comentar con ella.
—… pero la gasolina se ha acabado al instante. Apenas quedarían unas gotas en el depósito. Pensé que querrías saberlo.
—¿Por?
—O sea, se habían quedado tirados. No habrían podido volver a Piilijärvi. La gasolinera más cercana es la de Vittangi.
Anna-Maria emitió un mugido de sorpresa.
—No deja de ser extraño —insistía Sven-Erik—. No eran bobos, ¿no?
¿Cómo pensaban volver a casa?
—Bueno —dijo Anna-Maria encogiéndose de hombros.
—Ya —dijo Sven-Erik con evidente irritación porque ella no compartiera sus reflexiones acerca del depósito vacío—. Pensé que a lo mejor te interesaba.
—Claro —intentó Anna-Maria—. Quizá alguien le sacó la gasolina al coche mientras estaba aquí parado en invierno. Algún conductor de motonieve por ejemplo.
—La tapa del depósito no tiene un rasguño. Pero es evidente que si yo he podido encontrar la llave, cualquiera puede hacerlo. De todos modos, es raro.
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—¿Ha ido bien?
Krister Eriksson llamó a la puerta abierta del despacho de Rebecka Martinsson. Se quedó en el umbral. Esta vez se tomó su tiempo en echar un vistazo a su lugar de trabajo. El escritorio rebosaba de informes de delitos.
En el sillón de las visitas había una caja de cartón lleno de material de investigación de un caso financiero. Quedaba patente que aquella mujer trabajaba todo lo que podía. Pero eso ya lo sabía, todos los de la comisaría lo sabían. Cuando ocupó su cargo en Kiruna había empezado a hacer vistas a tal ritmo que los demás abogados de la ciudad se lamentaban. Y pobre del policía que le entregara un informe con carencias, porque entonces ella lo perseguía, le plantaba la normativa de complementación delante de las narices y lo llamaba por teléfono e insistía hasta que hacía lo que ella quería.
Rebecka levantó la vista del informe sobre el conductor borracho.
—Muy bien —dijo—. Y ¿vosotros? ¿Lo habéis encontrado?
—No. ¿Dónde tienes a Tintin?
—Aquí —dijo Rebecka apartando la silla giratoria—. Está tumbada debajo de la mesa.
—¿Qué? —exclamó Krister Eriksson con una gran sonrisa y luego se agachó—. Oye, tú, señorita, ¿en media tarde ya vas y te olvidas de tu amo?
En cuanto me has oído por el pasillo deberías haberte levantado de un salto y salido a mi encuentro.
Cuando Krister Eriksson se agachó para hablar con la perra, ésta se levantó y se le acercó moviendo la cola con sutileza.
—Mírala —dijo Krister Eriksson—. Ahora se avergüenza de no haberme mostrado el debido respeto.
Rebecka le sonrió a Tintin, que encorvaba sumisa la espalda y trataba de lamerle las comisuras de la boca a su amo. Después pareció acordarse de repente de Rebecka. Volvió deprisa junto a ella, se sentó a su lado y le puso la patita en la rodilla. Después volvió a donde Krister.
—Hay que joderse —dijo él—. Primero se queda debajo de tu mesa aunque me oiga llegar. Y ahora esto. Te está haciendo los honores en toda regla. En realidad es perra de un solo amo. Lo que ha hecho es muy poco frecuente.
—Me gustan los perros —dijo Rebecka.
Lo miró a los ojos sin apartar la mirada. Él se la aguantó.
—Hay mucha gente a la que le gustan los perros —dijo—. Pero es evidente que tú les gustas a ellos. ¿Te vas a hacer con uno pronto?
—Puede —dijo ella—. Pero es como si tuviera a los perros de mi infancia metidos en la cabeza. Es difícil encontrar esos antiguos perros de caza tan inteligentes. Además, yo no cazo. Quiero un perro que en invierno corra suelto por el pueblo, y ahora ya no te dejan; cuando yo era pequeña, sí. Lo entendían todo. Y cazaban musarañas en los campos cosechados.
—¿Y uno como éste? —preguntó Krister mirando a Tintin—. ¿No te gustaría?
—Seguro. Es muy bonita.
Pasaron unos segundos muy largos. Tintin se sentó entre los dos y fue paseando la mirada de uno a otro.
—Bueno —dijo Rebecka para romper el silencio—. Al final no lo habéis encontrado.
—No, pero yo ya lo sabía desde el principio.
—¿Cómo podías saberlo? ¿A qué te refieres?
Krister Eriksson miró por la ventana. El sol en el cielo azul claro ablandaba la costra de hielo que había sobre la nieve. Los carámbanos colgaban en bellas hileras de las copas e iban soltando gotas de agua, los árboles reclamaban la primavera.
—No lo sé —dijo—. A veces tengo ese tipo de presentimientos. A veces sé que la perra está a punto de encontrar algo antes de que empiece a ladrar. Cuando estoy… cómo decirlo… abierto quizá sea la palabra correcta. Una persona es algo importante, somos más de lo que creemos. Y
la madre tierra no es una piedra muerta. Ella también está viva. Si hay un cadáver en la naturaleza, se siente en el lugar, los árboles vibran por el conocimiento, las piedras lo saben, la hierba. Afecta. Y para percibirlo basta con…
Terminó la frase encogiéndose de hombros.
—Como la gente que va con la varilla de zahorí buscando agua —
intentó Rebecka y sintió que las palabras salían con torpeza de su boca—.
En verdad no necesitan la horqueta esa. Lo llevan dentro.
—Sí —dijo Krister en voz baja—. Quizá es algo por el estilo.
Miró a Rebecka con ojos analíticos, con la sensación de que quería decirle algo.
—¿Qué pasa? —le preguntó Krister.
—La chica a la que han encontrado —dijo Rebecka—. Soñé con ella.
—¿Sí?
—Bah, no es nada. Me voy a casa. ¿Queréis que os lleve?
—No, pero gracias de todos modos. Un amigo viene a echarme una mano con el coche. O sea que viste a Wilma.
—Soñé con ella.
—¿Qué crees que quería?
—Fue un sueño —repitió Rebecka—. ¿No dicen que todas las personas que aparecen en tus sueños eres tú mismo?
Krister Eriksson sonrió.
—Adiós —se limitó a decir.
Y desapareció con la perra.
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Anna-Maria Mella condujo sola los sesenta kilómetros que había hasta Piilijärvi, al sudeste de Kiruna. La nieve se había derretido por la carretera, sólo quedaba una lengua de hielo en el centro de la calzada. Iba a contarle a Anni Autio, la bisabuela de Wilma Persson, que habían encontrado a Wilma, que estaba muerta. Le habría ido muy bien tener a Sven-Erik a su lado, pero ahora las cosas estaban como estaban. Él no le perdonaba lo del tiroteo mortal en Regla.
—Y ¿qué coño puedo hacer yo al respecto? —dijo Anna-Maria en voz alta dentro del coche—. Que se jubile pronto, así se librará de mí. Así podrá quedarse en casa con Airi y sus gatos.
Pero a Anna-Maria le pesaba, lo notaba. Estaba acostumbrada a bromear y hablar con todos los compañeros. Antes siempre era agradable llegar al trabajo. Ahora…
—¡Ya no es tan divertido! —dijo en voz alta y tomó la salida de la carretera que enlazaba la autovía E10 con el pueblo.
Y la situación no mejoraba. Últimamente le costaba un poco preguntar a los demás si se apuntaban a comer fuera. Cada vez era más frecuente que al mediodía se marchara a casa y se comiera en soledad un bol de cereales muesli con leche agria. Había empezado a llamar a Robert desde el trabajo, durante el día, para hablar de cualquier cosa. O le pedía recados: «¿Te has acordado de ponerle guantes extra a Gustav para la guardería?», «¿podrías pasarte por el súper de camino a casa?»
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Anni Autio vivía en una casa rosa de fibrocemento en el centro del pueblo, cerca del lago. La escalinata estaba barnizada en un tono oscuro, le habían quitado la nieve y había gravilla abundante en cada peldaño. La barandilla era de hierro pintado de negro. En la puerta de entrada había un cartel pegado con una chincheta, escrito a mano y plastificado. Decía: LLAMA
Y ESPERA.
Tardo mucho en llegar a la puerta.
Pero ESTOY en casa.
Anna-Maria llamó al timbre. Y se quedó esperando. Había unos cuervos jugando en las corrientes de aire caliente que se creaban sobre el lago. Se los veía negros y grandiosos contra el cielo azul. Sus graznidos perduraban varios segundos. Uno de ellos giraba sobre su propio eje. Entre ellos no había tristeza alguna.
Siguió esperando. Sentía cómo cada célula de su cuerpo quería dar unos pasos hacia el coche y marcharse de allí, aplazar el encuentro con la desolación de otra persona.
Un gato cruzó el patio despreocupado, descubrió a Anna-Maria y aceleró la marcha. Sven-Erik era amante de los gatos. Anna-Maria empezó a pensar en él otra vez. Era tan bueno en ese tipo de cosas: explicar lo más difícil de asimilar, dar apoyo y consuelo.
«Que le den», pensó.
—Joder —dijo en voz alta para ahuyentar los pensamientos desagradables.
En ese mismo instante se abrió la puerta. Una mujer flaca, con la espalda caída, de unos ochenta años, se sujetaba a la manilla con las dos manos. Su pelo blanco colgaba en una trenza finísima sobre la espalda.
Llevaba una camisa de punto de hombre encima de un sencillo vestido azul con botones de arriba abajo. En las piernas llevaba medias de nylon gruesas y en los pies unas zapatillas de piel de reno acabadas en punta.
—Perdón —dijo Anna-Maria con una sonrisa avergonzada—. Estaba pensando en mis cosas.
—Sí, sí —dijo amablemente la anciana—. Estoy tan contenta de que te hayas esperado. No sabes qué pocos son los que tienen la paciencia de esperar aunque haya puesto el cartel. Cuando por fin logras llegar a la puerta sólo ves cómo se aleja el coche. Te entran ganas de pegarles un tiro.
Primero te alegras porque crees que vas a poder hablar un rato con alguien y luego te quitan el caramelo de la boca. Los testigos de Jehová, ésos siempre se quedan.
Soltó una carcajada.
—Y ahora ya no soy tan escrupulosa. Les dejo que hablen. Pero tú no eres religiosa, ¿no? ¿Vendes lotería?
—Anna-Maria Mella, de la policía de Kiruna —se presentó—. ¿Es usted Anni Autio?
La sonrisa se borró de la cara de la mujer.
—Habéis encontrado a Wilma —dijo.
Anni Autio se apoyaba en las paredes y en las sillas estratégicamente colocadas, mientras poco a poco iba avanzando por delante de la inspectora jefa hasta llegar a la cocina. Anna-Maria se quitó las botas de invierno en el recibidor, que estaba casi totalmente ocupado por un arcón congelador.
Aceptó la propuesta de café. La cocina parecía no haber sufrido reformas desde los años cincuenta, el grifo temblaba y las tuberías repicaban mientras Anni llenaba la cafetera. Los armarios eran de color verde y llegaban hasta el techo. En la pared había fotos apretujadas entre versos de
Edith Södergran y Nils Ferlin, dibujos infantiles pintados con rotulador tan descoloridos que apenas se podía saber lo que representaban, cuadros en miniatura con pajaritos y variedades de hojas antiguas enmarcadas.
—No hemos podido localizar a su madre —dijo Anna-Maria Mella—.
Pero está empadronada en esta dirección y en la denuncia de su desaparición que tenemos consta usted como la pariente más cercana. Era su nieta…
—Bisnieta, sí.
Anni se inclinaba sobre las planchas eléctricas mientras preparaba el café. Escuchaba lo que Anna-Maria le contaba sobre el hallazgo de Wilma y de vez en cuando levantaba la tapa de la cafetera con una manopla hecha a mano.
—Dígame si puedo hacer algo —propuso Anna-Maria, a lo que Anni le respondió negando con la mano.
—¿Te importa si fumo? —preguntó Anni después de haber servido el café.
Se sacó un paquete de cigarrillos mentolados del bolsillo.
—Esto te mata, lo sé. Pero cumplí ochenta en enero y siempre he fumado. Después están los que se cuidan… La vida no es justa.
Dio unos golpecitos con el cigarro sobre el tarro de cristal que usaba como cenicero y repitió:
—La vida no es justa.
Se secó debajo de la nariz y las mejillas con el reverso de la mano.
—Lo siento —dijo.
—Llore cuanto quiera —replicó Anna-Maria, tal como solía hacer Sven-Erik.
—Sólo tenía diecisiete años —sollozó Anni—. Era demasiado joven. Y
yo soy demasiado vieja para tener que sobrevivir a todo el mundo.
Miró con rabia a Anna-Maria.
—Ya me he cansado —dijo—. Es muy duro haber sobrevivido a todos los de mi edad. Pero cuando empiezas a sobrevivir a los que son más jóvenes…
—¿Por qué vivía con usted? —preguntó Anna-Maria, más por decir algo que por otra razón.
—Vivía en Huddinge con su madre, mi nieta. Iba al instituto, pero los estudios no se le daban bien. Ella misma fue la que dijo que quería tomarse un descanso y vivir aquí arriba conmigo. Se mudó las Navidades pasadas.
Trabajaba para Marta Andersson en el camping. Y luego conoció a Simon.
Él es de la familia de los Kyrö, que viven en la casa roja de madera…
Hizo un gesto con la mano hacia la casa de la que estaba hablando.
—El chico se enamoró hasta las orejas.
Clavó la mirada en Anna-Maria.
—Nunca he estado tan unida a nadie. Ni a mis hijas. Y desde luego no a mi hermana, aquí en el pueblo. En verdad no hay nadie que me quiera. Pero ella me hacía sentir libre, no sé cómo explicarlo. Mi hermana, Kerttu, por ejemplo. Siempre le han ido mejor las cosas que a mí. Está casada con Isak Krekula, el dueño de la empresa de transportes.
—Conozco el nombre —apuntó Anna-Maria.
—Sí, nunca han sido los favoritos de la policía. Ahora son los chicos los que la llevan. A veces me pongo de los nervios con Kerttu. Siempre está hablando de dinero y negocios y de que si los chicos han conocido a este y al otro miembro de la alta sociedad. Pero Wilma decía: «Déjala. Si el dinero y esas cosas la hacen feliz, pues enhorabuena. Tú no serás más desgraciada por ello.» Bueno, ya me oigo, suena tan simple. Pero el verano pasado, nunca me había sentido tan libre y tan joven. Podrás pensar lo que quieras, Ann-Britt…
—Anna-Maria.
—… pero era mi mejor amiga. Una señora de ochenta y una chica de diecisiete. Ella no me trataba como a una vieja.
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Mediados de agosto. Época de arándanos. Simon lleva el coche por un camino del bosque. Wilma está sentada en el asiento del acompañante. Anni va detrás, con el andador al lado. Ya han llegado. Hay matas de arándano azul y rojo al lado del camino. Anni se baja del coche sola. Simon le saca el andador y su cubo. Hace un día espléndido, el sol calienta y levanta hilos de olor que brotan del bosque.
—Hace años que no vengo por aquí —dice Anni.
Simon la mira preocupado. No podrá, ¿cómo va a moverse con el andador por este terreno?
—¿No quieres que te hagamos compañía? —intenta—. Puedo llevarte el cubo.
Wilma dice «déjalo» y Anni suelta un « äla houra» y hace un ademán en el aire hacia Simon como si estuviera espantando una mosca. Wilma sabe que Anni necesita estar sola allí en el silencio. Si no consigue moverse ni coger un solo arándano no importa, puede sentarse en una piedra sin hacer nada.
—Venimos a buscarte dentro de tres horas —dice Wilma.
Después se vuelve hacia Simon con una sonrisa desafiante.
—Ya sé lo que podemos hacer tú y yo mientras tanto.
Simon se ruboriza.
—Para —dice mirando de reojo a Anni.
Wilma se ríe.
—Anni va a cumplir ochenta. Ha parido a cinco hijos. ¿Te crees que ha olvidado lo que hace la gente?
—No lo he olvidado —dice Anni—. Pero deja de avergonzarlo.
—No te mueras aquí fuera —le advierte Wilma con alegría antes de meterse en el coche con Simon.
Avanzan unos metros. Después el coche se detiene y Wilma saca la cabeza por la ventanilla y le grita a Anni con tanta fuerza que se oye el eco en el bosque:
—Pero si te vas a morir, piensa que hace un día fantástico y que estás en un sitio maravilloso.
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Eran las cinco y media de la tarde cuando Anna-Maria Mella entró en la sala de autopsias del hospital de Kiruna.
—¿Ya estás merodeando por aquí otra vez? —la saludó el médico forense Lars Pohjanen.
Como siempre, en la bata verde arrugada su delgado cuerpo parecía congelado.
Anna-Maria Mella se puso de buen humor. Aquí había uno que todavía se metía con ella como antes.
—Pensé que me estarías echando de menos —dijo ella dedicándole una sonrisa de cien vatios.
Pohjanen soltó una carcajada alegre, aunque sonaba más bien como un resuello.
Wilma Persson yacía desnuda sobre la mesa de autopsias de acero inoxidable. Pohjanen le había cortado el traje de buceo y la poca ropa que llevaba debajo. La piel se veía grisácea y remojada. A su lado había un cenicero con las colillas del forense. Anna-Maria Mella no dijo nada al respecto, no era ni su madre ni su jefa.
—Acabo de hablar con su bisabuela —dijo Anna-Maria—. Creí que a lo mejor podías decirme algo sobre cómo tuvo lugar el accidente.
Pohjanen negó con la cabeza.
—Todavía no la he abierto —dijo—. Está muy maltrecha, como puedes comprobar, pero las lesiones son post mortem.
Señaló la cara, donde faltaban la nariz y los labios.
—¿Por qué está su pelo en el suelo? —preguntó Anna-Maria.
—Las raíces se pudren con el agua y se desprenden con facilidad.
Le levantó las manos y las examinó entornando los ojos. En la mano derecha faltaban el meñique y el pulgar.
—Me he fijado en sus manos —dijo y se aclaró la garganta—. Se le han caído varias uñas pero no todas. Mira la mano derecha. ¡Ojo!, tengo que ir con un poco de cuidado, la piel se suelta fácilmente de los dedos. Mira, aquí faltan el meñique y el pulgar, pero las uñas del anular y el corazón siguen en su sitio. Si comparas con la otra mano…
Levantó las dos manos y Anna-Maria se inclinó con desgana para mirar.
—Las uñas de la mano izquierda, las que le quedan, están pintadas de negro y limadas, en bastante buen estado, ¿no te parece? Mientras que las uñas del anular y el corazón de la mano derecha están rotas y el esmalte ha saltado.
—¿Lo cual significa? —preguntó Anna-Maria.
Pohjanen se encogió de hombros.
—Qué sé yo. Pero he raspado por debajo de las uñas. Ven, que te lo enseño.
Soltó cuidadosamente las manos de Wilma y fue por delante de Anna-Maria hasta su mesa de trabajo. Allí había cinco tubos de ensayo sellados y marcados con «derecha corazón», «derecha anular», «izquierda pulgar»,
«izquierda corazón», «izquierda índice». En cada tubo había un palillo plano de madera.
—Debajo de las dos uñas de la mano derecha había escamas de color verde. Puede que no tenga nada que ver con el accidente. A lo mejor la chica estuvo rascando y pintando ventanas o cualquier cosa. Se suele trabajar más con la derecha.
Anna-Maria asintió con la cabeza y miró la hora. Robert le había dicho que cenarían a las seis. Tenía que marcharse.
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Un cuarto de hora más tarde, Lars Pohjanen estaba de nuevo con la mano de Wilma en la suya. Le estaba sacando la huella dactilar. Siempre lo hacía cuando la identificación se veía entorpecida por graves daños en la cara, como era el caso. Cuando fue a presionar el dedo sobre el papel, la piel del pulgar izquierdo se desprendió de la carne y del hueso en un trozo entero. A veces pasaba y Pohjanen recurrió una vez más a su técnica habitual para no quedarse sin sacarle la huella: metió su propio dedo índice en la piel del dedo de la chica y apretó contra el papel. En ese momento oyó que había alguien en la puerta. Creyendo que era la inspectora jefe Anna-Maria Mella, en lugar de volver la cabeza dijo directamente:
—¿Sabes qué, Mella? Ya vale de corretear por aquí. Ya leerás el informe cuando lo haya terminado. Si es que puedo terminarlo.
—Perdón —dijo una voz que no era la de Anna-Maria.
Cuando se dio la vuelta se encontró con Rebecka Martinsson, la fiscal del distrito. Ya la conocía de antes, cuando le consultaron como especialista en una vista en la que ella era la fiscal. Se trataba de un caso de maltrato de una mujer por parte de su marido en el que las versiones de los dos cónyuges sobre cómo se había hecho las heridas diferían de buen grado.
Pero nunca habían hablado fuera de la sala del tribunal. Vio que la mirada de Rebecka aterrizó directamente sobre el pellejo que se había colocado sobre el dedo índice.
Ella se presentó y le recordó que ya se conocían. Él le respondió que se acordaba y le preguntó qué quería.
—¿Ésa es Wilma Persson? —preguntó Rebecka.
—Sí, justo ahora le estoy tomando las huellas dactilares. Hay que aprovechar para trabajar ahora con ella. Cuando los sacas del agua empiezan a cambiar muy deprisa.
—Sólo me preguntaba si existe alguna manera de saber si realmente murió en el lugar donde la encontraron.
—¿Por qué lo quieres saber?
Parecía que estuviera cogiendo impulso. Apretó los labios, negó con la cabeza sus propias ideas, miró al forense rogándole que fuera paciente.
—He soñado con ella —dijo tras unos momentos de duda—. Soñé que me decía que la habían cambiado de sitio, que había muerto en otro lugar.
Pohjanen se la quedó mirando en silencio un buen rato. Lo único que se oía eran sus respiraciones cortas y el zumbido de los ventiladores.
—Por lo que me han dicho, se trata de un ahogamiento accidental.
¿Estás abriendo una investigación como fiscal?
—No, yo…
—¿Hay algo que debería saber? ¿Cómo coño voy a hacer mi trabajo cuando no se me explican las cosas? Si me decís que no hay sospecha de delito, yo parto de ahí cuando hago mi análisis. Después no quiero oír que se me ha escapado algo. ¿Entiendes?
—No he venido para…
—Siempre estáis merodeando por aquí, pero…
Rebecka levantó las dos manos.
—Olvídalo —dijo—. No me hagas caso. No debería haber venido. A veces se me va la cabeza.
—Sí, ya me lo habían dicho —apuntó Pohjanen con malicia.
Rebecka dio media vuelta y se marchó. La respuesta del forense quedó flotando en el aire, resonando como una campana de iglesia en la sala de autopsias.
—Que se cuide muy mucho de meter las narices —se defendió Lars Pohjanen.
El remordimiento de conciencia por las palabras que le habían salido le carcomía por dentro. Los muertos que tenía a su alrededor estaban extrañamente callados.
—A la mierda, todos —dijo.
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Pasa una semana. En el bosque la nieve se desprende de los árboles, se desploma bajo el calor del sol con hondos suspiros. Sólo se forman manchas. La cara sur de los hormigueros se calienta. Los escribanos nivales regresan. Sivving, el vecino de Rebecka, descubre huellas de oso en el bosque. La hibernación ha terminado.
—¿Ya han encontrado al chico? —le preguntó Sivving a Rebecka.
Es media tarde y Rebecka lo ha invitado a él y a Bella a cenar. Ha preparado sushi y Sivving se lo está comiendo poco a poco y con desconfianza. Pronuncia sushi con «ch», como en un estornudo: achís. Bella se ha tumbado en el sofá de la hornacina y está durmiendo bocarriba. Las patas traseras le cuelgan por fuera. Las delanteras se mueven con pequeños espasmos.
Rebecka le contesta que no.
—Piilijärvi —dice Sivving—, el último pueblo en el que me gustaría vivir. Ahí es donde están los hermanos Krekula.
—Krekula, la empresa de transportes —explica cuando ve que Rebecka no sabe en este momento de qué está hablando—. Tore y Hjalmar Krekula, tienen la edad de mi hermano pequeño. Unos auténticos camorristas. ¡Uf!
Su padre fue el que fundó la empresa de transportes y él era igual en sus días mozos. Ahora debe de tener casi noventa. El mayor, Hjalmar, era el peor. Lo condenaron varias veces por agresión y hay muchos que no se han atrevido a denunciar. Y de pequeños, menuda historia. Seguro que la has oído. ¿Los hermanos Krekula? ¿No? Claro, eso fue mucho antes de que tú llegaras. Hjalmar no había cumplido ni diez años y su hermano tendría unos seis o siete. Estaban en el bosque, tenían que sacar a pastar a las vacas. No
muy lejos, en realidad. Pero Hjalmar, simplemente, dejó a su hermano en el bosque, volvió a la granja sin él. Hubo una movilización tremenda, con las fuerzas de rescate alpino, militares y policías. Pero no lo encontraron. Al cabo de una semana, cuando habían finalizado la búsqueda y todo el mundo ya lo daba por muerto, el chiquillo entró caminando en la granja. Se armó un tremendo alboroto en toda Suecia. Entrevistaron a Tore en la radio y salió en la prensa. Se salvó de puro milagro. Ese Hjalmar es frío como el pescado, siempre lo ha sido. Ya en la escuela empezaron a cobrar deudas, reales o inventadas, y a acumular. Uno de mis primos, Einar, nunca has coincidido con él, se mudó bastante pronto, hace muchos años que murió, un infarto. Da igual. Iba al colegio con los hermanos Krekula, y él y sus amigos pagaban. Si no, se las tenían que ver con Hjalmar.
—No —continúa mientras aparta el wasabi del arroz—. Antes no todo era mejor.
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