Cuando pase tu ira

Asa Larsson · Capítulo 8 de 11

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Cuando pase tu ira

Martes

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28 DE ABRIL

—¿Por qué carajo no me lo coges cuando te llamo?

La voz decepcionada del teléfono es de Måns Wenngren.

Rebecka Martinsson se desplaza con la silla giratoria hasta la puerta y la cierra con el pie.

—Claro que te lo cojo —responde.

—Ya sabes a qué me refiero. Te he llamado al móvil y no me gusta que me cuelgues.

—Estoy trabajando —dice Rebecka paciente—. Tú también lo haces, Måns. A veces, cuando te llamo…

—Luego te llamo en cuanto puedo.

Rebecka se quedó callada. Tenía intención de llamarlo, pero la verdad es que se le había olvidado. O no tenía ánimos. Como había acompañado a Anna-Maria Mella a ver a Hjörleifur Arnarson había tenido que trabajar hasta muy tarde. Después Sivving la invitó a cenar y luego se había quedado dormida en cuanto llegó a casa. Tendría que haberlo llamado y contarle la visita a Hjörleifur. Su afición a correr desnudo por el bosque y los intentos de darle huevos ecológicos que eran buenos para la fertilidad.

Le habría hecho reír.

—No lo entiendo —dijo él—. ¿Quieres jugar? ¿Marcar un poco las distancias? Dímelo, porque soy muy bueno jugando.

—No estoy haciendo eso —dijo Rebecka—. Ya lo sabes.

—Yo no sé nada. Creo que estás montando un pequeño juego de poderes. Pero ¿sabes qué, Rebecka? Conmigo eso no sirve de nada. Sólo me enfría, eso es lo que consigues.

—No es eso, perdóname. De verdad que no intento… Si tú eres un encanto.

Se hizo un silencio al otro lado.

—Pues vente a vivir aquí —dijo al final Måns en voz baja—. Si te parezco un encanto…

—No puedo —dijo ella—. Lo sabes.

—¿Por qué no? Tú tienes aptitudes de socia, Rebecka, y te estás desperdiciando a ti misma allí arriba en la fiscalía. Yo no puedo irme a vivir ahí.

—Lo sé —dijo Rebecka.

—Quiero estar contigo —dijo.

—Y yo contigo —añadió ella—. ¿No podemos dejarlo como está? Nos vemos a menudo.

—A la larga no será viable.

—¿Por qué no? Para muchas personas lo es.

—No para mí. Quiero tenerte todo el tiempo. Quiero despertarme contigo por las mañanas.

—Si trabajara en Meijer & Ditzinger no nos veríamos nunca.

—¡Venga!

—Pero si es verdad. Dime de una mujer del bufete que tenga una buena relación de pareja.

—Pues trabaja como fiscal, pero aquí en Estocolmo. No, eso tampoco te interesa. Parece que te va muy bien tenerme lejos y cogerme el teléfono cuando te apetece. Cuando no tienes otra cosa que hacer. No tengo ni idea de lo que estuviste haciendo ayer noche.

—No hagas eso. Estuve cenando con Sivving.

—Eso es lo que dices…

La voz de Måns siguió sonando por el teléfono. La puerta del despacho de Rebecka se abrió y Anna-Maria Mella se asomó por la ranura. Rebecka Martinsson negó con la cabeza apuntando al móvil en señal de que estaba ocupada. Pero Anna-Maria cogió papel del escritorio y escribió con letras grandes: «¡¡¡Hjörleifur Arnarson está MUERTO!!!»

—Tengo que colgar —le dijo Rebecka a Måns—. Ha pasado algo. Te llamo.

Måns interrumpió su exposición.

—No te molestes —dijo—. No me gusta andar incordiando a la gente.

Esperó un segundo a que Rebecka dijera algo.

Ella se quedó callada.

Él cortó la llamada.

—¿Problemas de hombres? —preguntó Anna-Maria.

Rebecka hizo una mueca, pero antes de que pudiera contestar, Anna-Maria dijo:

—¿Sabes qué? Vamos a pasar de los hombres por un momento. Llegué hace dos minutos y lo primero que me cuenta Sonja, de la centralita, es que Göran Sillfors ha encontrado a Hjörleifur muerto. Sven-Erik y Tommy Rantakyrö ya están allí. Me pregunto por qué no me han llamado, pero por el momento me da igual.

«Sven-Erik estará hecho una furia —pensó—. Mosqueadísimo porque no les conté que ayer pensaba ir a ver a Hjörleifur Arnarson.»

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Wilma Persson fue enterrada a las diez de la mañana el 28 de abril. Los asistentes al funeral estaban en el cementerio de pie alrededor de la tumba.

Hjalmar Krekula miraba a su alrededor. Por la mañana ni siquiera había sacado el traje oscuro para mirarlo. Dios sabe cuántos años hacía que se le había quedado pequeño.

Se había plantado delante del espejo del lavabo, se había afeitado y pensado que con esto no puedo. Ya no puedo soportarlo más.

Después había hecho rebanadas de una hogaza de pan blanco para desayunar. Las había untado bien de mantequilla, se las había comido de pie junto a la encimera y al final se había tranquilizado. El corazón había dejado de golpearle en el pecho.

Ahora estaba junto al ataúd en el agujero sintiéndose incómodo vestido con los pantalones y la chaqueta de camuflaje, a pesar de haber tenido la sensatez de no coger la del trabajo. Había un gran grupo de jóvenes, todos con una rosa roja en la mano que luego depositarían sobre el ataúd. Toda aquella ropa negra y las joyas en las cejas, las narices y los labios, todo ese maquillaje negro en los ojos, no podían ocultar su piel tersa, sus mejillas redondas.

«Tan jóvenes —pensó—. Tan jóvenes, todos ellos. Wilma también.»

Del polvo venimos.

La madre de Wilma había subido desde Estocolmo. Lloraba intensamente. Gritaba «ay, Dios mío» una y otra vez. Una hermana la cogía por debajo de un brazo y un primo por debajo del otro.

Anni estaba como una hoja seca de otoño con la boca cerrada. Su tristeza no tenía cabida. La madre de Wilma ocupaba todo el espacio con

sus gritos estridentes y su ruidoso llanto. A Hjalmar le dio rabia por Anni.

Sintió que le habría gustado llevarse esos gritos para que Anni pudiera llorar.

Ahí estaba, dentro de ese ataúd.

La cabeza le iba a mil por hora. Tenía que marcharse pronto de allí.

Antes de que él también se pusiera a gritar delante de todo el mundo.

Hace nada sus mejillas eran igual de redondas que las de las chicas que estaban un poco más allá cogiéndose de las manos. No se atrevía a mirarlas.

Sabía lo que dirían sus miradas si de pronto veían que él las estaba observando: guarro, gordo, pederasta.

Hace nada Wilma estaba sentada a la mesa en su cocina. Su pelo, del mismo rojo que el de todas las mujeres de la familia, su madre, su abuela, la bisabuela Anni y su propia madre Kerttu. El pelo rojo de Wilma, que le caía por los dos lados de la cara mientras se peleaba con las tablas de multiplicar. Ella hablaba con él como con todo el mundo.

Después, las manos de Wilma golpeando el hielo bajo sus pies.

Ahora golpeaba la tapa del ataúd. El cráneo golpeaba por la parte de dentro.

«Pronto se habrá terminado —pensó Hjalmar—. Desde fuera no se ve.»

Más tarde, en el convite del funeral, se zampó varios trozos de tarta de sándwich. Se daba cuenta de que la gente lo miraba, que estaba pensando que debería abstenerse, que no era raro que estuviera tan gordo.

«Que miren», pensó y se metió unos terrones de azúcar en la boca. Los masticó y los dejó deshacerse. Lo aliviaban, lo calmaban. Con la comida se tranquilizaba.

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El inspector Tommy Rantakyrö estaba en cuclillas en el patio de Hjörleifur Arnarson acariciando al perro de la víctima, cuando Anna-Maria y Rebecka aparcaron la motonieve a unos metros de la casa.

Tommy se levantó y fue a su encuentro.

—No hay manera de que se mueva —dijo señalando a la perra con la cabeza.

Anna-Maria observó decepcionada que sus compañeros habían aparcado la motonieve justo delante de las escaleras del porche.

—¿Quitas la moto de ahí? —le dijo escueta a Tommy Rantakyrö—.

Tenemos que acordonar la zona para que los técnicos puedan buscar huellas. ¿Cuánta gente ha tocado la manilla de la puerta?

Tommy Rantakyrö se encogió de hombros.

Anna-Maria se metió en la casa.

Rebecka se acercó a la perra.

—Hola, bonita —dijo con cariño mientras le acariciaba el pecho—. No te puedes quedar aquí, ¿sabes?

—Habrá que sacrificarla —dijo Tommy Rantakyrö.

«Sí, no hay otra», pensó Rebecka.

Le acarició las orejas triangulares, eran muy blandas, una estaba tiesa del todo mientras que la otra tenía la punta doblada. Era de color negro con dibujos blancos y una mancha alrededor de un ojo.

—¿Qué mezcla eres tú? —preguntó.

El animal dio unos lametones al aire, una señal amistosa. Rebecka sacó la lengua y se lamió las comisuras. Ella también era amiga.

—¿Me reconoces? —preguntó—. Sí, claro que sí.

Después se oyó a sí misma diciéndole a Tommy Rantakyrö:

—Tiene los ojos inteligentes como un border collie, ¿ves con qué atención me busca la mirada? No le resulta amenazante que la mires directamente a los ojos. ¿Verdad que no, bonita? Y dócil como un labrador,

¿a que sí? No la matéis. Yo me ocuparé de ella. Si Hjörleifur tiene algún familiar que la quiera ya sabéis dónde está, y si no lo hay pues…

«Måns se pondrá histérico», pensó.

—Vale —dijo Tommy Rantakyrö que de pronto parecía aliviado y contento—. ¿Sabes cómo se llama?

— Vera —respondió Rebecka—. Nos lo dijo ayer.

—Ya —dijo Tommy Rantakyrö—. ¿Eras tú la que vino ayer con Mella?

Sven-Erik está bastante mosqueado. Y lo entiendo perfectamente.

Sven-Erik Stålnacke estaba en la cocina hablando con Göran Sillfors.

Hjörleifur yacía en el suelo delante de la despensa. A su lado había un taburete-escalera volcado. La puertecilla del armario de encima de la despensa estaba abierta. En el suelo había dos mochilas.

—Pero coño —exclamó Anna-Maria cuando entró—. No podéis estar aquí pisándolo todo. Los técnicos se van a volver locos. Hay que acordonar.

—¿Vienes a darme lecciones? —bufó Sven-Erik.

—Habrías preferido que ni hubiera venido, directamente —bufó de vuelta Anna-Maria—. Llego al trabajo y me entero de lo de Hjörleifur por Sonja de la centralita.

—Y yo me entero por Göran Sillfors de que has venido a interrogar a Hjörleifur. Ésa es buena. ¿No se te ocurrió contárselo a tus compañeros en la reunión de ayer?

Göran Sillfors saltaba con la mirada de uno a otro.

—Hjörleifur me llamó ayer después de que estuvierais aquí —se disculpó Göran Sillfors—. Le di un teléfono móvil con tarjeta de prepago.

Siempre decía que usar uno era casi cometer suicidio…

Se quedó callado y miró un momento a Hjörleifur, que estaba allí muerto en el suelo.

—Perdón —dijo—. A veces las palabras salen demasiado rápido. En cualquier caso, él no quería usar el móvil, pero le dije que algún día se

rompería la pierna y entonces necesitaría ayuda, que no le haría ningún daño tenerlo apagado en un cajón. Había una oferta en OnOff, así que tampoco me costó muy caro. A veces compras un teléfono y te regalan una bici o cualquier cosa, pero claro, comprándolo con contrato y todo. Pensé que eso se lo podía pagar al hombre. Él a veces nos daba miel y aceite antimosquitos. No es que me guste mucho ese aceite… Bueno, ayer lo usó, el teléfono, quiero decir, y me llamó y me contó que habíais estado aquí.

Quería saber qué le habíamos contado a la policía, tuve que calmarlo. ¿Qué le dijisteis? Esta mañana he pensado que podía pasarme para ver cómo estaba. Sí, y asegurarme de que no se pensara que habíamos hablado mal de él ni nada por el estilo. La perra estaba tumbada ahí fuera y la puerta estaba abierta. Nada más ver eso sabía que había pasado algo.

—Los técnicos no tienen nada que examinar —dijo Sven-Erik—. Es evidente lo que ha pasado.

Levantó una de las mochilas y le mostró a Anna-Maria una etiqueta que había en la parte interior de la tapa. «Wilma Persson.»

—Una estaba en el suelo, la otra allí arriba.

Señaló la puertecilla del armario abierto encima de la despensa.

—Los mató y se llevó las mochilas —continuó—. Ayer lo asustaste con tus preguntas. Se sube al taburete para bajar las mochilas del armario encima de la despensa, planea deshacerse de ellas, se cae, se golpea la cabeza y muere.

—Es un sitio raro para guardarlas —dijo Anna-Maria mirando el armarito—. Estrecho y engorroso. No ha sido él. No cuadra.

Sven-Erik Stålnacke se la quedó mirando como si quisiera levantarla y sacudirla bocabajo. El bigote apuntaba tieso hacia delante.

—¡Ríndete! —dijo—. Este caso lo podemos cerrar ya.

Anna-Maria se irguió.

—Fuera de aquí —dijo—. Soy tu jefa. Esto es una posible escena del crimen. Los técnicos harán un examen y después seguirá Pohjanen.

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Al mediodía Anna-Maria Mella apareció por la puerta de la sala de autopsias. Registró la mirada irritada de la ayudante forense Anna Granlund, a quien no le gustaba ni pizca que nadie fuera a molestar a su jefe.

La forma en que esa mujer cuidaba al médico forense Lars Pohjanen le recordaba a Anna-Maria las atenciones que recibe un luchador de sumo. No era que Pohjanen se pareciera en forma alguna a un luchador de sumo, flaco y paliducho como era, pero aun así. Anna Granlund se encargaba de que comiera, llamaba a su esposa para avisarla si Pohjanen tenía que salir de viaje durante el servicio. Si se quedaba dormido en el sofá de la cafetería lo tapaba con la manta y le quitaba el cigarro incandescente de la mano.

Intentaba liberarlo de todas las tareas posibles. Y nadie debía estresarlo ni discutir con él.

—Tendría que poder hacer en paz lo que se le da mejor y no perder el tiempo con nada más —solía decir.

La ayudante no hacía ningún comentario sobre el vicio de fumador de su jefe. Oía pacientemente su respiración carrasposa, esperaba sin inmutarse a que se terminaran sus largos ataques de tos y siempre tenía a mano un pañuelo que le daba para que pudiera escupir las flemas que le subían.

Pero Anna-Maria Mella no se andaba con reparos. Si querías resultados tenías que estar encima, recordar, insistir, discutir. Si durante el fin de semana aparecía un caso de sospecha de asesinato, Anna Granlund siempre pretendía esperar hasta el lunes para la autopsia y no quería que Pohjanen trabajara por las noches. Por esas cuestiones, a veces había confrontaciones entre ellas.

—Y tenemos que enseñarles que darle prioridad a la policía de Luleå

tiene un precio —solía decirles Anna-Maria a sus compañeros—. Y si se la dan, se arrepentirán.

—¿Qué quieres? —preguntó Lars Pohjanen en tono quejumbroso.

Estaba de pie, inclinado sobre el cuerpo nervudo de Hjörleifur Arnarson. Le había serrado el cráneo y sacado el cerebro, que estaba en una fuente de metal en un carrito.

—Quiero saber cómo va la cosa —respondió Anna-Maria.

Se quitó el gorro y los guantes y entró en la sala. Anna Granlund se cruzó de brazos y se tragó mil palabras que querían salir. Allí hacía el mismo frío de siempre. Olor a hormigón húmedo, acero inoxidable y cuerpos inertes.

—No creo que se tratara de un accidente —dijo ella señalando a Hjörleifur con la cabeza.

—He oído que se cayó de un taburete-escalera —dijo Pohjanen sin levantar la mirada.

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó irritada Anna-Maria—. ¿Sven-Erik?

Pohjanen se puso derecho y la miró.

—Yo tampoco creo que haya sido un accidente —dijo—. Los daños en el cerebro apuntan a un fuerte trauma en la cabeza, pero no de una caída.

Anna-Maria prestó atención.

—¿Un golpe? —preguntó.

—Es muy probable. En una caída, siempre aparecen daños por el contrecoup…

—¿Me dejas que llame a un intérprete? Han pasado varias vidas desde que hablé latín por última vez y…

—Si me dejas que termine, Mella, a lo mejor puedes aprender algo.

Piensa que el cerebro está colgado como en una caja. En una caída recibes un golpe en la corteza cerebral del lado contrario. Una lesión en el polo opuesto, en el otro lado. Aquí no la hay. Y, además, en la herida había trozos de corteza de árbol.

—¿Un golpe con un leño?

—Puede. ¿Qué han dicho los técnicos?

—Dicen que el marco de la puerta ha sido limpiado, se veía claramente, en general estaba muy sucio pero muy limpio en un sitio que estaba a la altura idónea para que alguien que hubiera puesto allí la mano si se apoyaba…

Anna-Maria se interrumpió. De pronto le vino la imagen de Hjalmar Krekula de pie en el umbral de la puerta de la cocina de Kerttu Krekula.

—¿Sí? —preguntó Pohjanen.

—Y parece que han movido el cuerpo. Llevaba un mono azul de trabajo. La parte de atrás estaba subida hacia la nuca de una forma que hace pensar que lo han arrastrado por las piernas. Pero no se puede saber con total seguridad. Ya sabes. A lo mejor no mueres al instante. Intentas ponerte de pie, o quizá son espasmos reflejos.

—¿Sangre en el suelo?

—Un sitio había sido limpiado.

Anna-Maria Mella observó a Hjörleifur Arnarson. Era turbador verlo muerto, pero se trataba de investigar el caso y nada más. Ahora había motivos para aparcar otros y dedicarse exclusivamente a éste. A Sven-Erik le supondría un pequeño revés. Ella había tenido razón y él había estado paseándose por la escena del crimen provocando que los técnicos se pusieran negros.

«Pero yo no voy a responsabilizarme de ello —pensó—. Y, si quiere, que se ponga a trabajar con otra cosa.»

Se subió la cremallera del abrigo.

—Tengo que irme —dijo.

—Ah —dijo Pohjanen—. ¿Adónde?…

—Rebecka Martinsson. Necesito una orden de registro.

—Oye, esa Rebecka Martinsson —dijo Lars Pohjanen con curiosidad

—. ¿Cómo se las gasta?

Pero Anna-Maria ya había desaparecido por la puerta.

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En la comisaría de Kiruna, Anna-Maria Mella le hizo una breve exposición del informe forense preliminar de la autopsia de Hjörleifur Arnarson a la fiscal del distrito, Rebecka Martinsson. Los compañeros Sven-Erik Stålnacke, Fred Olsson y Tommy Rantakyrö también estaban presentes.

Vera se había tumbado a los pies de Rebecka. Tommy Rantakyrö se la había llevado de la casa, la había dejado en el despacho de Rebecka y luego se había pasado por el supermercado ICA a comprar comida para perros.

Vera no había querido comer nada, sólo tomó un poco de agua y después se quedó tumbada.

«Y hablando de perros —pensó Rebecka mirando a los policías que se apretujaban en su despacho—, vaya jauría.»

La energía que ahora envolvía a Anna-Maria Mella era totalmente distinta de la de la última vez que se habían visto. Volvía a ser la perra alfa del grupo, con ansias de caza en toda su presencia, ni siquiera se había quitado el gorro, no podía estar sentada, sino que hizo toda la exposición de pie. Fred Olsson y Tommy Rantakyrö meneaban la cola entusiasmados. La lengua les colgaba expectante de la boca y los dos tiraban de la correa. Sólo Sven-Erik se mostraba apático, sentado en la silla de visitas y mirando al vacío a través de la ventana.

—Además nos han respondido del laboratorio respecto a las escamas de pintura de las uñas de Wilma Persson. Coinciden con la pintura de la puerta de Göran y Berit Sillfors. Y Göran Sillfors utilizó la misma para la puerta de la leñera que les habían robado. Así que ya podemos decir con seguridad que alguien usó la puerta para tapar el hoyo donde Wilma Persson y Simon Kyrö hicieron la inmersión. Fueron asesinados.

—Simon Kyrö sigue desaparecido —dijo Rebecka.

—Como quieras. Y ahora Hjörleifur Arnarson. Quiero una orden de registro para las viviendas de Hjalmar y Tore Krekula.

Rebecka Martinsson suspiró.

—Tiene que haber motivos justificados para sospechar de ellos —dijo.

—Sí, ¿y? —exclamó Anna-Maria—. Es el grado más bajo de sospecha.

Vamos, Martinsson. No los quiero detener ni nada, pero aparentemente son sospechosos. Sería suficiente con que… yo qué sé… que hubieran comprado en la misma tienda Konsum que la víctima. Vamos, a Alf Björnfot esto no le habría supuesto ningún problema.

El fiscal jefe Alf Björnfot era el superior de Rebecka. Ahora trabajaba sobre todo en Luleå y dejaba que Rebecka llevara los asuntos del distrito de Kiruna.

—Ya, pero ahora estoy yo y no él —dijo Rebecka sin ninguna prisa.

Fred Olsson y Tommy Rantakyrö dejaron caer las colas. Caza anulada.

—Me han amenazado y han intentado asustarme para que abandone el caso —dijo Anna-Maria.

—No podemos demostrarlo —dijo Rebecka Martinsson.

—Llamé a Göran Sillfors. Me dijo que le había contado a un vecino de Piilijärvi que le habíamos hecho una visita a Hjörleifur. ¡Es un pueblo! ¡Lo que sabe uno, lo saben todos! Tore y Hjalmar Krekula deben de haberse enterado de que estuvimos hablando con Hjörleifur Arnarson. Seguro que fueron directos después de que nos los encontráramos aquí en el aparcamiento.

—Pero no tenemos pruebas —replicó Rebecka—. Si lo puedes demostrar, si alguien los ha visto en las proximidades o incluso en Kurravaara tendrás tu orden.

—Pero… ¡Oh! —se quejó Anna-Maria.

Toda la jauría menos Sven-Erik miraba a Rebecka Martinsson con ojos suplicantes.

—Nos echarían encima al ombudsman —dijo Rebecka—. Y eso les encantaría a los hermanos Krekula.

—Nunca los cogeremos —dijo Anna-Maria Mella desanimada—. Al final será otro Peter Snell.

Quince años antes, Ronja Larsson, una niña de trece años, había desaparecido un sábado por la tarde al salir de casa de unos amigos. Peter Snell era un conocido de la familia. Un amigo de la chica contó que el hombre se le había insinuado alguna vez y que Ronja había dicho que le

«daba miedo». A la mañana siguiente de que Ronja hubiera desaparecido, Peter Snell echó gasolina en el maletero de su coche y le prendió fuego en medio del bosque. Durante un interrogatorio, Peter Snell negó que tratara de ocultar un delito, pero no pudo dar una explicación de por qué había quemado su propio coche.

—Tampoco tiene por qué hacerlo —le había dicho el fiscal jefe Alf Björnfot a Anna-Maria Mella—. Cada uno es libre de quemar su coche si le da la gana. No demuestra nada.

En vano se intentó encontrar ADN entre los restos carbonizados. Y el cuerpo nunca apareció. El caso se cerró, se consideró policialmente resuelto. Se sabía quién era el asesino, pero no podían obtenerse pruebas suficientes para acusarlo. Peter Snell era dueño de una empresa de grúas de transporte. Antes del caso Ronja Larsson, la policía había contratado a dicha empresa en algunos accidentes y demás. Después de lo de Ronja Larsson dejaron de hacerlo y entonces él los amenazó con demandarlos.

Rebecka permaneció callada durante unos segundos. Después sonrió traviesa a los policías de Kiruna.

—Nos las arreglaremos —dijo—. Los vinculamos al lugar del crimen y luego hacemos el registro domiciliario.

—¿Cómo? —preguntó Anna-Maria recelosa.

—Me lo contarán de forma voluntaria —dijo Rebecka—. ¿Sven-Erik?

Sven-Erik levantó la cabeza sorprendido.

—¿Tienes mi número grabado en el móvil?

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Sven-Erik Stålnacke y Rebecka Martinsson aparcaron en el patio de Tore Krekula el 28 de abril a las cinco y cuarto de la tarde. Su mujer les abrió la puerta.

—Tore no está en casa —dijo—. Creo que está en el garaje de los camiones. Puedo llamarlo.

—Iremos a verlo —dijo Sven-Erik en tono bonachón—. Podrías acompañarnos y enseñarnos dónde es.

—No tiene pérdida. Sólo hay que volver por el pueblo y…

—Vente —dijo Sven-Erik con una voz amable que no aceptaba negativas.

—Voy a coger la chaqueta.

—Bah —dijo Sven-Erik llevándosela de forma cariñosa—. El coche está caliente.

Hicieron el trayecto en silencio.

—Tendrás que disculpar el olor —dijo Rebecka—. Es la perra. Esta noche voy a lavarla.

Laura Krekula lanzó una mirada sin interés a Vera, que estaba tumbada en el maletero.

Rebecka envió un mensaje desde su teléfono. Era para Anna-Maria.

«Laura Krekula fuera de casa», decía.

El garaje estaba hecho de bloques de hormigón celular. Fuera había algunos autobuses, quitanieves y un Mercedes E270 familiar recién estrenado.

—Entráis por ahí y la oficina está justo a la derecha —dijo Laura Krekula señalando una puerta que estaba sorprendentemente alta en la

pared—. ¿Puedo volver? Me iré caminando, no hace tanto frío.

Rebecka sacó el teléfono para mirarlo. Mensaje de Anna-Maria.

«Estamos delante», decía. Asintió de forma imperceptible con la cabeza.

—No hay problema —dijo Sven-Erik.

La señora Krekula volvió a pie por la calle central del pueblo. Sven-Erik Stålnacke y Rebecka Martinsson dieron una zancada para entrar por la puerta del personal. Se percibía un suave olor a diésel, goma y aceite.

A la derecha estaba la oficina. La puerta estaba abierta. No era más que un rinconcito lo suficientemente grande como para dar cabida a un escritorio con cajoneras y una silla. Tore Krekula estaba frente al ordenador.

Cuando Rebecka y Sven-Erik entraron, giró la silla hacia la puerta.

—¿Tore Krekula? —preguntó Rebecka Martinsson.

Asintió en silencio. Sven-Erik parecía incómodo y clavó la mirada en el suelo. Tenía las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. Rebecka era la que se encargaba de la charla.

—Soy la fiscal del distrito, Rebecka Martinsson, y él es el inspector Sven-Erik Stålnacke.

Sven-Erik saludó con la cabeza, las manos todavía en los bolsillos.

—Nos vimos ayer —le dijo Tore Krekula a Rebecka—. Y eres bastante famosa en la ciudad, así que es fácil retenerte en la memoria.

—Estoy investigando la muerte de Hjörleifur Arnarson —dijo Rebecka Martinsson—. Tenemos motivos para pensar que no se trata de un accidente. Y quería preguntarte si…

Empezó a sonarle el móvil y dejó la frase al aire. Lo sacó del bolsillo y miró la pantalla.

—Disculpa —le dijo a Tore Krekula—, tengo que cogerlo.

Él se encogió de hombros en señal de que le importaba realmente poco.

—Hola —dijo Rebecka al teléfono mientras salía por la puerta—. Sí, envié el material ayer…

La otra puerta se cerró y ya no la oyeron más.

Sven-Erik miró a Tore Krekula con una sonrisa de disculpa. Ninguno de los dos dijo nada durante un momento.

—Así que Hjörleifur Arnarson está muerto —dijo al final Tore Krekula

—. ¿A qué se refiere con que no ha sido un accidente?

—Bueno, la verdad es que es toda una historia —dijo Sven-Erik—.

Parece ser que alguien lo ha matado. Y no sé qué estamos haciendo aquí, pero mi jefa y la fiscal están del mismo bando…

Señaló en la dirección por donde se había ido Rebecka.

—Y por lo visto mosqueasteis a mi jefa —continuó Sven-Erik—. No sé cuánta verdad hay en todo lo que dice, pero se le da bastante bien llevarse mal con la gente.

Tore Krekula no decía nada.

—Tiene narices —suspiró Sven-Erik—. Supongo que ya has oído hablar del tiroteo de Regla.

—Sí —dijo Tore Krekula—. Salió mucho en los periódicos.

—Aquello fue todo responsabilidad suya, exclusivamente —añadió Sven-Erik con ímpetu—. Expone a su personal a situaciones de peligro sin pensárselo antes. Yo después estuve de baja…

Se interrumpió y pareció sumirse en los recuerdos del suceso.

—Y ahora no puede esperar a que los técnicos hagan su trabajo. Si alguien ha estado en casa de Hjörleifur Arnarson lo sabremos en cualquier momento. Joder, hoy en día basta con que se te caiga un pelo en algún sitio y lo acaban encontrando. Están repasando la casa de Hjörleifur Arnarson con lupa.

Tore Krekula se pasó la mano por la cabeza. Era un hombre que no había perdido pelo con los años.

—Aunque eso tampoco demuestra nada —continuó Sven-Erik mirando al techo, hablando como si se hubiese olvidado de que Tore estaba allí—.

Puedes haber estado en casa de alguien, pero eso no quiere decir que lo hayas matado.

En ese momento se abrió la puerta y Rebecka volvió a entrar en la oficina.

—Disculpa —dijo con sobriedad—. Bueno, a lo que iba. Han encontrado a Hjörleifur Arnarson muerto en su casa. ¿Habéis estado allí?

¿Tú y tu hermano?

Tore Krekula la miró tranquilo.

—No lo niego —respondió al cabo de unos segundos—. Pero no lo matamos. Sólo queríamos saber lo que había visto. Quiero decir, la policía no nos explica una mierda a los del pueblo, y eso que los chicos eran de aquí. Mi tía Anni era la bisabuela de Wilma. Por lo menos a ella le podrían dar alguna información.

—O sea que estuvisteis allí. ¿Qué os dijo?

—Nada. Supongo que le daba miedo que os enfadarais si nos decía algo. Así que nada, volvimos con las manos igual de vacías.

Rebecka miró la hora.

—Son las diecisiete cincuenta y seis. Autorizo la orden para hacer un registro en la casa de Tore Krekula y Hjalmar Krekula, ambos sospechosos de la muerte de Hjörleifur Arnarson.

Se volvió hacia Tore Krekula.

—Quítate la ropa. Nos la llevamos. Los calzoncillos no hacen falta. En el coche tenemos ropa para que te la pongas mientras tanto.

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La policía hace un registro domiciliario en casa de Tore y de Hjalmar Krekula. Estoy sentada sobre el tejado del porche en casa de Tore Krekula.

A mi lado hay un cuervo. Me ve, no tengo la menor duda. Ladea la cabeza y me observa aunque no haya nada que pueda verse. Da un pasito hacia mí y después hacia atrás otra vez. Abajo, en el patio, está Laura, la esposa de Tore, y tiene frío. Cuando volvió del garaje, la policía ya estaba allí, la rubia de la trenza y tres compañeros suyos uniformados. No han dejado que Laura entrara en la casa. Después empezó a sonar el teléfono de la mujer policía. Sólo dijo «vale» y luego entraron.

Ahora se están llevando la ropa de Tore. Entiendo que pretenden encontrar salpicaduras de sangre de Hjörleifur.

Aparece Tore y se los queda mirando. Primero no dice nada, busca los ojos de la mujer policía, pero no consigue captar su atención. Entonces sonríe soberbio mirando a los demás agentes y les pregunta si no quieren inspeccionar también su basura. Y lo hacen. La esposa de Tore permanece callada. No se atreve a preguntar qué están buscando; ha aprendido a no irritar a Tore.

El cuervo grazna, gorgotea y chasquea. Es como si estuviera probando distintos sonidos para ver si alguno funciona conmigo. Yo no puedo contestarle. De pronto alza el vuelo y se aleja ciento cincuenta metros hasta la casa de Hjalmar. Se posa en el gran abedul y me llama. En un abrir y cerrar de ojos estoy sentada a su lado en la rama.

Hjalmar les abre la puerta a los policías que acaban de llamar. Parece resacoso. Tiene el pelo como un matojo de césped alborotado en invierno; la barba es una sombra tiznada en las mejillas y el cuello. La barriga le

sobresale por debajo de la camiseta gigante como la de un cerdo sobrealimentado. Cuando le piden amablemente que espere fuera hasta que hayan terminado, él sale en calzoncillos. El policía de más edad se compadece de él y deja que se siente en el coche patrulla.

Aterrizo en el pelo de la fiscal. Soy como un cuervo en su coronilla. Le estiro de los mechones oscuros con mis garras. Le giro la cabeza hacia Hjalmar. Lo ve sentado en el coche patrulla, parpadeando. La mujer abre la puerta y habla con él. Yo picoteo su cabeza. Tiene que despertar.

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Fred Olsson, Tommy Rantakyrö y Sven-Erik Stålnacke se llevaron ropa de la casa de Hjalmar Krekula e inspeccionaron el garaje en busca de una posible arma del crimen. Al cabo de hora y media ya habían terminado.

Rebecka Martinsson observaba a Hjalmar Krekula apoyado contra la ventanilla del coche. Casi parecía que fuera a quedarse dormido, tenía los párpados medio caídos.

Entonces, como si notara que ella lo estaba observando detenidamente, poco a poco fue girando la cabeza hasta que sus miradas se cruzaron.

La fiscal reaccionó por dentro. La mirada de Hjalmar la azotó como cuando el lucio, sin pensárselo, cierra de golpe sus fauces para atrapar el cebo. Y la mirada de Rebecka le devolvió el golpe, como cuando el anzuelo atraviesa la mandíbula del pez.

Pasan fotogramas a toda prisa por su conciencia.

Nadie ha tocado a Hjalmar desde que era un niño muy pequeño. El sufrimiento y el dolor se mezclan con toda esa grasa. No se puede redimir lo que pasa comiendo. Está al final del camino.

«Pero yo lo he tocado —pensó, aunque en verdad no era una idea racional sino instintiva—. Él era pequeño. Yo tampoco era muy mayor, quizá unos quince. Lo cogí por debajo de los brazos y lo levanté hacia el cielo. El sol en su zenit. Tierra seca bajo mis pies descalzos. Él dormía sobre mi brazo. ¿Era mi hermano pequeño? ¿Mi hijo? ¿Mi hermanita?»

El corazón de la fiscal se partía de compasión. Deseaba poner la mano sobre la ventanilla, dejar que él pusiera la suya al otro lado del vidrio.

—Hola, hola —dijo Fred Olsson a su lado—. He dicho que ya hemos acabado.

El policía siguió la mirada de la mujer y llegó hasta Hjalmar Krekula.

—Qué puto desgraciado —dijo Olsson entre dientes—. Que se joda.

¿Se creían que podrían jugársela a Mella y salirse con la suya? Se merece estar ahí sin pantalones.

Rebecka Martinsson asintió distraída con la cabeza. Después se acercó al coche de Sven-Erik y abrió la puerta de atrás.

—Hemos acabado —le dijo a Hjalmar Krekula.

Él la miró, sentado con su cuerpo grasiento. Sven-Erik había dejado una manta sintética de cuadros negros y rojos sobre sus piernas desnudas.

«Le pincharon las ruedas a Anna-Maria, la pusieron en solfa. Le robaron el teléfono y engañaron a Jenny para que fuera al parque Järnväg y que se cagara de miedo. Tengo que mantener la cabeza fría.»

—Tendrás que acompañarnos a comisaría para un interrogatorio —le dijo—. No estás detenido, así que después alguien te traerá de vuelta a casa.

Retuvo como pudo el sentimiento de compasión. No dejó que se le notara. Su mirada se fijó en un cuervo que se había posado en el tejado del porche.

—Vamos a buscarte unos pantalones.

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Extracto del interrogatorio a Tore Krekula. Lugar: comisaría de Kiruna.

Fecha y hora: 28 de abril a las 19:35. Los presentes son los inspectores Anna-Maria Mella y Sven-Erik Stålnacke y la fiscal del distrito, Rebecka Martinsson.

A.-M. M.: Son las diecinueve y treinta y cinco y empieza el interrogatorio. ¿Puedes decir tu nombre?

T. K.: Tore Krekula.

A.-M. M.: Tú mismo le has afirmado a la policía que tú y tu hermano Hjalmar Krekula visitasteis a Hjörleifur Arnarson ayer. ¿Por qué fuisteis?

T. K.: Nos enteramos de que la policía había ido a verlo para hacerle preguntas sobre Wilma Persson y Simon Kyrö. Y nosotros somos de su familia. Ella vivía en casa de su bisabuela, Anni Autio. Anni y nuestra madre son hermanas. Pero la policía no nos cuenta una mierda, así que queríamos saber qué coño estaba pasando.

A.-M. M.: ¿Puedes hablarme de vuestra visita en casa de Hjörleifur Arnarson?

T. K.: ¿Qué quieres saber?

A.-M. M.: Simplemente, explica cómo fue.

T. K.: Le preguntamos de qué había hablado con la policía. Nos dijo que de «nada en especial». Que le habíais hecho preguntas sobre Wilma y Simon, pero que no sabía nada.

A.-M. M.: ¿Quién preguntaba, tú o tu hermano?

T. K.: Yo. Yo le preguntaba. Hjalmar no es muy hablador.

A.-M. M.: Y ¿luego?

T. K.: ¿Luego? Luego nada. Nos fuimos. No sabía nada.

A.-M. M.: ¿Tocasteis alguna cosa mientras estuvisteis en su casa?

T. K.: Es posible, no me acuerdo.

A.-M. M.: Piensa.

T. K.: Te digo que no me acuerdo. ¿Hemos terminado? Algunos tenemos que reunir impuestos para vuestros sueldos, ¿sabéis?

A-M M: El interrogatorio finaliza a las diecinueve cuarenta y dos.

Extracto del interrogatorio a Hjalmar Krekula. Lugar: comisaría de Kiruna. Fecha y hora: 28 de abril a las 19:45. Los presentes son los inspectores Anna-Maria Mella y Sven-Erik Stålnacke y la fiscal del distrito, Rebecka Martinsson.

A.-M. M.: Son las diecinueve y cuarenta y cinco y empieza el interrogatorio. ¿Puedes decir tu nombre?

H. K.: —

A.-M. M.: Tu nombre, por favor.

H. K.: Hjalmar Krekula.

A.-M. M.: Ayer tú y tu hermano visitasteis a Hjörleifur Arnarson.

¿Puedes hablarme de esa visita?

H. K.: —

A.-M. M.: ¿Puedes hablarme de esa visita?

H. K.: —

A.-M. M.: ¿Debo interpretar tu silencio como que… ?

H. K.: No nos dijo nada. ¿Me puedo ir?

A.-M. M.: No, no puedes, acabamos de… ¡Siéntate!

R. M.: ¿Puedo hablar un momento contigo?

A.-M. M.: Son las diecinueve y cuarenta y siete, hacemos una pausa en el interrogatorio al sospechoso.

—Tendremos que dejarlo marchar —les dijo Rebecka Martinsson a Anna-Maria Mella y Sven-Erik Stålnacke—. Tenemos sus ropas.

Cruzaremos los dedos para el análisis técnico.

Estaban en el pasillo, delante de la sala de interrogatorios.

—¡No han dicho nada! —exclamó Anna-Maria—. ¡No los vamos a soltar ahora!

—No están detenidos. Nos han dicho lo que tienen que decir.

—Pero tenemos derecho a retenerlos durante seis horas para interrogarlos. Los muy cabrones se van a quedar ahí sentados las seis horas.

—¿Quieres que te pongan una falta de servicio? —le preguntó Rebecka con calma—. No tenemos motivos para retenerlos.

Fred Olsson y Tommy Rantakyrö salieron al pasillo atraídos por las voces alteradas.

—Rebecka dice que los tenemos que dejar ir —dijo Anna-Maria.

—Los cogeremos igualmente —intentó consolarla Fred Olsson.

Anna-Maria asintió con la cabeza.

«Tenemos que hacerlo —pensó—. Si no, no podría soportarlo. Por Dios, que haya algo en la ropa.»

—Conseguimos hacer el registro domiciliario —dijo Tommy Rantakyrö

—. Buen trabajo, «Svempa».

Sven-Erik Stålnacke bajó la mirada y se aclaró la garganta para confirmar que había oído el elogio.

—La hostia —dijo Tommy Rantakyrö haciendo un esfuerzo por cambiar la atmósfera que se había creado—. Habría dado cualquier cosa por estar allí.

—Sí, y la sincronización de la llamada ha sido perfecta —dijo Rebecka lanzándole a Sven-Erik una mirada de reconocimiento—. Por el momento les decimos adiós a los hermanos Krekula. Anna-Maria, ¿tienes las actas de Wilma, Simon y Hjörleifur?

—Por supuesto —dijo Anna-Maria demorando un poco la respuesta.

—Vale, ahora que asumo el mando de la investigación voy a leerme todo el material. Tengo pensado hacerlo esta tarde.

Tensión general en el grupo. Todos miraban a Rebecka.

—En el momento en que autorizo una orden de registro asumo el mando, ya lo sabéis —dijo Rebecka.

Ahora las miradas de los tres hombres saltaron a Anna-Maria.

—Claro —dijo ella con un tono de voz extrañamente liviano—. Es que no estamos acostumbrados a tanta formalidad. Con Alf Björnfot la cosa suele continuar igual y nosotros le vamos reportando información a medida que el trabajo avanza.

—Como ya he dicho antes hoy mismo —dijo Rebecka, y ahora las palabras salían con más ritmo de su boca—, ahora no estáis trabajando con Alf Björnfot sino conmigo. Quiero leerme todo el material. Después, lo que me espero es que me vayáis informando de forma regular en cuanto pase algo.

«Lo que me espero», repitió Anna-Maria Mella sin poder reprimirse.

Después se metió en su despacho, recogió las actas que estaban encima de su mesa y salió para entregárselas a Rebecka Martinsson.

La fiscal la siguió pegada a los talones y tomó las actas en el umbral de la puerta. Los demás compañeros iban detrás como una cola.

—Puede que no estén muy bien ordenadas —dijo la inspectora.

—Da igual —respondió Rebecka.

Lanzó una mirada a la pizarra blanca del despacho de Anna-Maria.

Había fotos de Wilma, Simon y Hjörleifur con las fechas de la desaparición de Wilma y Simon, de cuando encontraron a Wilma y del asesinato de Hjörleifur Arnarson. Había mapas de la zona donde encontraron el cuerpo de Wilma y de Vittangijärvi. Los nombres de los hermanos Krekula también aparecían.

—Eso —dijo Rebecka señalando— lo pondremos mañana en la sala de reuniones. Así lo tendremos todo reunido en el mismo sitio. ¿A qué hora nos vemos para hacer un repaso? ¿A las ocho?

«Que piensen lo que quieran —se dijo Rebecka cuando salió de allí con las actas bajo el brazo—. He asumido la responsabilidad y quiero que las cosas se hagan bien. Y no es mi estilo quedarme al lado sin participar. Si tomo el mando del caso soy yo la que decide.»

—Uau —dijo Anna-Maria en cuanto Rebecka Martinsson hubo desaparecido—. ¿Creéis que mañana tendremos que ponernos en fila antes del repaso? Por orden alfabético, como en el colegio.

—Pero ha hecho un trabajo de puta madre esta mañana con Tore Krekula —dijo Sven-Erik—. Sin ella…

—Sí, sí —admitió Anna-Maria impaciente—. Sólo digo que un poco de humildad no hace daño a nadie.

Se hizo un silencio que duró un eterno segundo. Sven-Erik Stålnacke se la quedó mirando. Anna-Maria le devolvió la mirada, preparada para defenderse.

—Bueno, yo debería ir tirando —dijo Fred Olsson y se le sumó enseguida Tommy Rantakyrö, quien apuntó que seguramente su novia estaría mosqueada porque hacía más de una hora que lo había llamado para que fuera a cenar, y él le había prometido que de camino se pasaría a coger una película.

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En una pequeña ciudad como Kiruna, la voz corre deprisa. El médico forense Lars Pohjanen le cuenta a su ayudante Anna Granlund que Rebecka Martinsson le dijo que la fallecida Wilma Persson se le había aparecido y que le había dicho que no había muerto en el río. Por eso él había decidido sacar la muestra de agua de los pulmones de la chica.

Anna Granlund le responde que cree en esas cosas y que el primo de su abuelo podía invocar a la sangre para detener hemorragias.

Anna Granlund trabaja bajo secreto profesional, pero aun así se va de la lengua con su hermana mientras se comen una pizza en Laguna.

Su hermana promete no decir nada, pero la familia no cuenta, así que por la noche habla del tema con su marido.

El marido, sin embargo, no cree en esas cosas. Por eso se lo cuenta a un amigo cuando están tomando una sauna después del gimnasio. Quizá necesite contrastar sus ideas. ¿Podría ser posible? Quiere ver la reacción del otro.

El amigo no dice gran cosa y echa un poco más de agua en las piedras calientes.

El amigo suele ir de caza con un viejo de Piilijärvi, Stig Rautio. Se cruzan delante del súper Coop y se lo cuenta. Le pregunta a Stig si conocía a Wilma Persson. Al parecer fue asesinada. Y la fiscal esa, Rebecka Martinsson, la que mató a aquellos pastores hacía unos años, por lo visto había…

Y Stig Rautio caza en una zona que pertenece a Tore y Hjalmar Krekula. Va a ver a Isak y Kerttu Krekula para pagarle el arriendo a Tore, a quien según su mujer encontrará en casa de los padres. No hay prisa con el

arriendo, pero a Stig le pica la curiosidad. En el pueblo se dice, bueno, en toda Kiruna se dice que la policía ha registrado las casas de los hermanos Krekula, en relación con las muertes de Wilma Persson y Hjörleifur Arnarson. Isak está postrado en la habitación pequeña, como siempre desde hace unos meses. Kerttu está friendo rodajas de salchicha gruesa y ha preparado puré de nabos para sus chicos. Hjalmar come, pero Tore sólo toma café, ha comido en casa lo que ha cocinado su mujer.

Kerttu no le ofrece café a Stig. Todos saben que ha ido a husmear pero no pueden decirle nada por ello. Él entrega el sobre con el dinero del arriendo. Ha cogido el primer sobre que ha visto y ha resultado ser uno de los sobres bonitos de su mujer, comprado en el mercado de Kiruna, con florecillas secas prensadas en el papel hecho a mano. Tore coge el sobre y lo mira con mofa. Claro que sí, dicen sus ojos. Hay que ser detallista.

Stig se arrepiente de no haber buscado otro sobre, uno usado habría sido mejor, pero ahora ya da lo mismo. Les cuenta que ha oído que la policía ha estado allí, jodidos idiotas, perdedores, qué coño se creen, seguro que en cualquier momento van también a su casa. Después les cuenta eso de la fiscal Martinsson y el forense Pohjanen. Que ella había soñado con Wilma y que luego fue al forense.

—Un día de éstos empezarán a comprar bolas de cristal en lugar de ir a por los ladrones —bromea.

Nadie reacciona, evidentemente. La broma se queda en el aire, torpe y patosa. La familia Krekula se comporta como siempre. Hjalmar come puré con salchicha, Tore golpetea la taza de café con la uña y Kerttu se la vuelve a llenar.

Es como si no hubiera pasado nada especial en todo el día. No hacen ni un comentario a lo que Stig les está contando de la policía. Se crea un silencio sepulcral en la cocina durante un buen rato. Tore cuenta los billetes del sobre cursi y le pregunta a Stig si tiene algo más que hacer allí. No, nada más. Se marcha sin chismes que airear en el pueblo.

Cuando se ha ido, Tore dice:

—Qué cantidad de sandeces. Que la fiscal ha soñado con ella.

Kerttu dice:

—Papá no va a durar mucho más. Esto acabará con él.

—La gente habla —dice Tore—. Siempre lo ha hecho. Déjales que hablen.

Entonces Kerttu golpea la mesa con la palma de la mano. Grita:

—¡Para ti es fácil decirlo!

Empieza a recoger la mesa aunque Hjalmar no haya terminado, una clara señal de que se ha acabado la conversación.

«Siempre está todo dicho —piensa Hjalmar—. También cuando a papá le dio el infarto. Cuando Johannes Svarvare empezó a irse de la lengua por la borrachera. Entonces quedó todo dicho en un momento.»

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Finales de septiembre. El sol se está poniendo al otro lado del lago. Hjalmar ha subido el motor fuera borda a la casa de sus padres. Ahora está en la mesa de la cocina sobre una capa de hojas de periódico. Johannes Svarvare suele desmontarlo y arreglárselo a Isak. El carburador se ha obstruido, como siempre.

Johannes Svarvare trabaja en el motor mientras Isak lo invita a vodka para darle las gracias. La mujer de Tore está en una reunión de tupper-ware, así que hoy él cena lo que le ponga su madre, Kerttu. Hjalmar también está.

No cabe ni un alfiler en la mesa. Los platos de hamburguesas y macarrones en salsa comparten espacio con tapas de motor, destornilladores, llaves, una navaja de Mora, la botella de plástico de pico largo con aceite para la caja de cambios, una bujía nueva y una lata con gasolina en la que Isak pondrá el filtro.

A Johannes se le empieza a soltar la lengua. Va saltando de viejos motores de lanchas y modelos de barcos que han tenido alguna vez o que han construido, a aquella vez en la que él y su primo cargaron la barca de su tío con cinco ovejas que habían estado pastando en uno de los islotes del río Rautasälven, chocaron con una roca en Kutukoski y las cinco ovejas se ahogaron y a punto estuvieron también ellos de quedarse allí mismo.

La batallita de las ovejas que se ahogaron ya la habían oído antes, pero Hjalmar y Tore prefieren comer antes que hablar y escuchan como cuando eran pequeños.

—Y hablando de ahogarse —dice Johannes mientras desatornilla el carburador—. ¿Te acuerdas del otoño del cuarenta y tres, cuando estuvimos esperando y esperando a aquel avión de transporte que nunca llegó?

—No —dijo Isak con un tono de advertencia en la voz.

Pero Johannes ha bebido y no capta los avisos.

—Los que desaparecieron. Siempre me he preguntado dónde pudo haber caído. Venía de Narvik. Todo este tiempo he pensado que seguramente el avión seguiría el río Torneälven por encima de los lagos Jiekajärvi y Alajärvi. Pero tú le preguntaste a la gente de allí arriba y nadie había visto ni oído ningún avión. Probablemente cogió el rumbo equivocado y se fue para el sur siguiendo el lago Taalojärvi, vieron que iban mal e intentaron un aterrizaje de emergencia en el lago Övre Vuolusjärvi o Harrijärvi o Vittangijärvi. ¿No crees? Toda la tripulación debió de ahogarse como ratas.

Tore y Hjalmar tienen los ojos fijos en sus platos. Kerttu está frente a la encimera de espaldas a los demás y parece ocupada con algo. Isak no dice nada, le pasa la llave del ocho a Johannes para que pueda soltar el flotador.

—Se lo dije a Wilma —continúa Johannes—. Ella y Simon Kyrö hacen submarinismo. Les dije que allí tenían algo para ver si es que lo encontraban. Probad en Vittangijärvi, les dije. Porque si hubiese caído en Övre Vuolusjärvi nos habríamos enterado. Y Harrijärvi es tan pequeño. Por algún lado hay que empezar a buscar, ¿no?

Desenrosca la boquilla, se la pone entre los labios y sopla para quitarle las virutas de metal. Después la levanta hacia la luz de la ventana, mira por el agujerito para ver si está limpio. Echa un vistazo a Tore y Hjalmar.

—Yo sólo tenía trece años, pero vuestro padre me empleó. En aquella época podías trabajar a esa edad.

—Y ¿qué dijo Wilma? —preguntó Isak en tono neutro, como si en verdad no le interesara.

—Se puso como una loca, me pidió que le dejara mapas.

Hay cierta satisfacción en la voz de Johannes. Un recuerdo agradable, por lo visto. Una joven entusiasmada y que muestra interés por algo que él le ha contado. Se acuerda de los dedos de los dos sobre el mapa.

Pone el filtro en la lata con gasolina. Se seca las manos en los pantalones y se echa el último trago que queda en el vaso de Duralex.

Sin embargo, en lugar de servirle más, Isak le pone el tapón a la botella de vodka.

—Es todo por hoy —dice.

A Johannes le sorprende un poco. Pensaba que aún lo invitarían a unas cuantas rondas más y que le dejarían montar el motor otra vez.

Normalmente es así.

Pero lleva toda una vida en el pueblo y el mismo tiempo tratando con Isak. Sabe que es mejor obedecer cuando Isak dice «a dormir».

Da las gracias y sale por la puerta tambaleándose y dirigiendo los pasos hacia su casa.

Kerttu está inmóvil de espaldas a su familia y con las manos sobre la encimera. Nadie dice nada.

—¿Qué te pasa, viejo? —pregunta Tore.

Isak se ha quedado a medio camino de levantarse de la mesa. Está pálido y se desploma y al caer se golpea la cabeza en la mesa.

Tore se guarda el sobre cursi en el bolsillo. Hjalmar piensa, como siempre, que hay mucho dinero del que no ve ni la sombra. No sabe cuánto ingresa la empresa. No sabe cuánto bosque poseen y cuánto ganan con él. Pero claro, Tore es el que tiene una familia que mantener.

La vajilla cae con un estruendo cuando Kerttu suelta los platos, los cubiertos y las tazas en el fregadero.

—Dos hijos tiene —dice sin mirarlos—. Pero ¿de qué le sirven?

Hjalmar ve cómo las palabras hacen mella en Tore, se le clavan como un cuchillo. Por su parte, él ya está acostumbrado desde que era un crío. A todos los insultos. Inútil, tonto del culo, gordo, idiota. Sobre todo venían de Tore e Isak. Kerttu nunca decía nada. Ni siquiera lo miraba a los ojos.

«Esto se viene abajo», piensa Hjalmar.

Y la idea casi le resulta reconfortante. Piensa en la fiscal Rebecka Martinsson, que vio a Wilma después de muerta.

Tore mira a Hjalmar. Piensa que Hjalmar está igual de callado que de costumbre, pero aun así no está como siempre. Algo le pasa.

—¿Estás enfermo? —pregunta irritado.

«Sí —piensa Hjalmar—. Estoy enfermo.»

Se levanta y se va de la cocina, sale de la casa, cruza el camino.

Lentamente vuelve a su casa, a su triste casa llena de muebles, cortinas, manteles, de todo, que no ha comprado él.

«Y después hablamos con Johannes Svarvare —piensa—. Papá estaba en la UVI.»

En su cabeza, Tore abre de golpe la puerta de casa de Johannes Svarvare y se planta en la cocina.

—Desgraciado —dice Tore y se saca la navaja del cinturón.

Hjalmar se queda en el umbral de la puerta. Johannes casi se caga encima de miedo. Está tumbado en el sofá de la cocina con la resaca del día anterior, de cuando estuvo en casa de los Krekula desmontándoles el motor de la lancha. Se incorpora.

Tore clava la navaja en la mesa delante de Johannes. Para que se entere de que la cosa va en serio.

—Pero ¿qué…? —dice Johannes como puede.

—El avión ese que desapareció —dice Tore— y todo lo demás. Has estado rajando como una chismosa sobre cosas que todo el mundo ha olvidado y que tienen que seguir olvidadas. Y ahora has enviado a nuestro viejo al hospital. Como no se salve o como me entere de que has dicho una sola palabra más…

Libera la navaja de la mesa y apunta con ella al ojo de Johannes.

—¿Se lo has contado a alguien más? —pregunta.

Johannes niega con la cabeza. No puede dejar de mirar la punta de la hoja.

Después se marchan.

—Ahora por lo menos mantendrá la boca cerrada —dice Tore.

—¿Y Wilma y Simon? —pregunta Hjalmar.

Pero Tore niega con la cabeza.

—Nunca encontrarán nada, como si no fueran más que batallitas de viejos. De todos modos les echaremos un ojo no vaya a ser que vayan allí a bucear.

Hjalmar Krekula se queda de pie delante de su casa. Aparta los recuerdos de Johannes Svarvare, Wilma, Simon y de todo el mundo. Está reticente a entrar en su propia vivienda. Pero ¿qué elección tiene? ¿Dormir en la leñera?

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Sven-Erik Stålnacke y Airi Bylund se van a la cabaña que ella tiene en Puoltsa. Sólo van a darse una vuelta. Además, la tarde está preciosa.

En el coche, Sven-Erik le cuenta cómo él y Rebecka han hecho caer a Tore en la trampa.

Airi lo escucha, aunque quizá un poco distraída, y dice que qué bien.

Y Sven-Erik se pone de malhumor. Le viene como de ninguna parte.

Piensa «qué suerte que por lo menos hay algo que hago bien».

Intenta dejar de pensar en cómo se estuvo paseando por la casa de Hjörleifur perorando sobre las causas de su muerte sin tener ni idea.

Le gustaría que Airi le dijera algo tipo «tú lo haces todo bien, cariño», pero ella no dice nada.

A Sven-Erik le inunda el sentimiento de que no le sirve a nadie. Se queda triste, abatido y callado.

Airi también guarda silencio.

No es un silencio de los que relajan. Normalmente se pueden quedar callados en un silencio cálido y acogedor, lleno de miradas y sonrisas y alegrías de haberse encontrado el uno al otro. Un silencio que de vez en cuando se ve interrumpido cuando Airi charla con los gatos o con las flores, consigo misma o con Sven-Erik.

Pero en este silencio, Sven-Erik oye el eco de sus cavilaciones: «Me va a dejar. Nada tiene sentido.»

Nota que Airi se ha cansado de su malestar con el trabajo. Ella opina que Sven-Erik siempre se está quejando de Anna-Maria, del fatídico tiroteo en Regla y, bueno, de todo un poco. Pero Airi no estuvo allí. No puede entenderlo.

Al final llegan a la cabaña. Airi se baja del coche y dice:

—Voy a preparar café. ¿Tú quieres?

Y Sven-Erik no consigue decir más que:

—Bueno, si vas a hacerlo…

Ella se mete en la cabaña mientras él se queda fuera sin saber qué hacer ni dónde meterse.

Le da una vuelta a la casita. En la parte de atrás Airi tiene un cementerio de gatos. Están todos los felinos de su pasado y también algunos de los de sus conocidos. Bajo la nieve hay pequeñas cruces de madera y piedras bonitas. En verano, cuando él estaba de baja, la ayudó a plantar un rododendro y se pregunta si habrá sobrevivido al invierno. Le gusta sentarse con Airi en el porche de atrás y que le hable de todos los gatos que hay allí enterrados.

Cuando está más sumido en sus pensamientos aparece Airi a su lado. Le pasa la taza de café.

Sven-Erik no quiere que dé media vuelta y vuelva a entrar, así que le dice:

—Háblame de Tigui-Tigre otra vez.

Como un niño que quiere escuchar su cuento preferido.

—¿Qué quieres que te cuente? —empieza Airi—. Él fue mi primer gato y en aquel tiempo yo no era muy amiga de los gatos, que digamos. Mattias tenía quince años y no paraba de insistir en que tuviéramos un gato o por lo menos un periquito. O lo que fuera. Pero yo le dije: ¡ni hablar! Pero entonces ese gato gris de rayas comenzó a visitarnos. Vivíamos en la calle Bangatan. Evidentemente, yo no lo dejé entrar ni una sola vez, pero cada día cuando volvía del trabajo me lo encontraba en el poste de la verja.

Maullando. Se me encogía el corazón. Era a finales de otoño y el pobre estaba flaco como un año de carestía.

—Algunas personas —gruñe Sven-Erik— se buscan un gato y luego pasan de él como de la mierda.

—Me di una vuelta por el vecindario preguntando, pero nadie quiso reconocerlo. Y la verdad es que el gato me perseguía. Si me metía en el lavadero, se sentaba en el alféizar de la ventana mirándome desde fuera. Si

estaba en la cocina, lo veía subido a un pedestal que teníamos en el jardín, también mirándome. Saltaba contra la puerta de entrada y se colgaba del reborde de la ventanita y empezaba a maullar. Me volvía loca. Tenía la casa asediada. Cada día cuando regresaba del trabajo pensaba: ojalá no esté el gato.

»Al final, una noche, Mattias llegó tarde a casa. El gato estaba sentado fuera maullando como un loco. «¿No podemos dejarlo entrar?», me pidió Mattias. Y entonces me rendí. «Hazlo, va —le dije—, pero se quedará a vivir abajo contigo.» Sí, sí. Ese gato me seguía fuera adonde fuera. Sólo se sentaba en mi regazo. Alguna vez, pocas, en el de Mattias. Pero cuando Mattias se fue de casa y yo estaba de viaje, se quedaba sentado mirando fijamente a Örjan. La cuarta noche solía tumbarse por fin en su regazo. Y

cuando yo volvía, como cuando me fui a Marruecos, nunca lo olvidaré, me golpeó con la pata, me arañó lo justo para no hacerme daño, para enseñarme lo enfadado que estaba.

—Claro, te habías ido y lo habías dejado —dijo Sven-Erik.

—Sí, pero después me perdonó. Aunque primero siempre me pegaba.

Me acuerdo de cuando Örjan estuvo deprimido y no quería hacer nada.

Tigui-Tigre y yo hicimos la hoguera de San Juan juntos. Se pasó el día entero conmigo trabajando en el jardín. Luego nos sentamos los dos a mirar el fuego. Y menudo acróbata estaba hecho. Cuando quería entrar por la noche se colgaba con las patas del canalón del tejado y se columpiaba hacia la ventana, como llamando. Entonces había que abrírsela. Pegaba un salto hasta el alféizar y de allí entraba en casa. Yo tenía el alféizar lleno de flores.

Nunca tiró una maceta. Ni una sola vez.

Se quedan en silencio un momento mirando el abedul donde Tigui-Tigre está enterrado.

—Y luego se hizo viejo y murió —termina Airi—. Él me convirtió en amante de los gatos.

—Les coges cariño —dice Sven-Erik.

Entonces Airi lo toma de la mano, como para mostrarle que a quien le tiene más cariño es a él.

—La vida es demasiado corta para discutirse y estar enfadado —dice ella.

Sven-Erik le abraza la mano. Sabe que Airi tiene razón. Pero ¿qué puede hacer con esa sensación de enojo que le presiona constantemente el pecho?

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Las 20:32. « You have reached Måns Wenngren at Meijer & Ditzinger. I can’t take your call right now. Please leave a message after the beep.»

Rebecka: Hola, soy yo. Sólo quería decirte que pienso en ti y que me gustas más que nada en el mundo. Llámame, si puedes.

Mira a Vera que está haciendo pis en el patio. Hace una tarde clara de primavera. Se oye el largo trino del zarapito real. Rebecka no es la única falta de amor.

—¿Por qué tiene que ser todo tan complicado? —le pregunta a la perra.

Las 21:05. Mensaje de Rebecka Martinsson a Måns Wenngren:

«Hola, corazón. Aquí, leyendo un caso de asesinato. Preferiría acurrucarme a tu lado en la cama. No te enfades, por favor.»

Deja el teléfono sobre la taza del váter y abre el grifo de la ducha.

Enjuaga a Vera, a la que antes había enjabonado.

—Tendrás que dejar de rebozarte en la porquería que encuentres —le advierte—. ¿Estamos de acuerdo?

Vera le lame las manos agradecida. Están de acuerdo.

Las 23:16. « You have reached Måns Wenngren at Meijer & Ditzinger. I can’t take your call right now. Please leave a message after the beep.»

Rebecka cuelga sin dejar ningún mensaje. Le da de comer a Vera.

—No me merezco que me castiguen —dice.

Vera se le acerca y se seca el hocico en sus pantalones.

Las 04:36. Rebecka Martinsson se despierta y estira el brazo para coger el móvil. No hay ningún mensaje de Måns, ninguna llamada perdida. Tiene las actas del caso esparcidas por la cama. Vera ronca a sus pies.

—Ya vale —se dice a sí misma chistando suavemente en la oscuridad

—. Tienes que dormir.

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