Cuentos de futbol

AA. VV. · Capítulo 19 de 40

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Cuentos de futbol

Fuera de juego (por Agustín Cerezales)

Esta mañana he pasado junto al Vicente Calderón. Al viejo estadio todavía le aguantan algunas estructuras, y a mi memoria le ocurre otro tanto; hay recuerdos que, pese a verse invadidos por la maleza de los recuerdos inventados, pese a esconder grietas y agujeros, olvidos que los hacen inverosímiles e impracticables, todavía no se han desplomado. No sé si esto es así, o sólo una frase bonita. Lo que sé es que hacía mucho tiempo que no pisaba la ribera del Manzanares, y que quizá por eso mismo han vuelto a mi mente con tanta fuerza y tanta claridad el olor y el color, el sentimiento y las circunstancias diversas de aquel domingo remoto, de fecha incierta, en que mi vida tuvo sentido.

De aquélla perduró siempre lo importante, por supuesto, como que ha venido siendo la materia principal de mis ensueños a lo largo de los años, pero he descubierto con cierto asombro cuán olvidados tenía y desde hacía cuánto tiempo los detalles y los prolegómenos, y en concreto, algo que bien puede considerarse significativo: el día mismo que el destino me tenía reservado para la felicidad yo había estado al borde del suicidio.

¿Qué ocurrió? Ahora imagino que algún duende hubo de venir durante la noche a soplarme sus cifras cantadas al oído, y que esta infusión de premoniciones fue lo que me hizo amanecer, sin yo saberlo, inmerso en un estado de conciencia inédito, con la sensibilidad a flor de piel, propicio y ahormado, como un toro tras la faena de muleta, para la suerte suprema. Dicho así, parece todo muy hermoso y solemne. Si descendemos a los detalles, no tanto. La realidad de las cosas, la realidad real, suele complacerse en lo grotesco. ¿Querrá creer nadie que lo que me empujó a matarme fue un dependiente de panadería, o si se prefiere, una rosca de pan candeal? Pues así vinieron las cosas, no de otra manera, duendes aparte, aunque sin duda el duende, el palpito del porvenir, determinaría a su vez que yo me encaprichara con ella (con la rosca, digo).

Soy hombre de pocos cambios, y no creo que hubiera pensado nunca en traicionar al despacho de toda la vida, donde compraba diariamente mi colín y mi pistola, el clásico pan madrileño, simple y adulterino. De hecho, pienso que alguna vez me había jurado no poner los pies en la recién inaugurada «boutique del pan», cuyos variados y sofisticados productos hacían furor en el vecindario, que guardaba colas interminables por conseguirlos. Pero el caso es que la vi en el escaparate, enorme, barnizada, historiada como una devoción de la infancia, pomposamente expuesta en un trípode, y piqué.

Cuando me tocó el turno de pedir resultó que la rosca no estaba en venta; formaba parte del decorado. Recuerdo que tampoco quedaban barras normales, y que compré un extraño pan alemán, lleno de pajitas y semillas. Mas la gota que colmó el vaso no fue esto, sino el dependiente que me había atendido, un joven estirado y granuliento, que en vez de darme el cambio se puso a hablar con alguien de la trastienda, inquiriendo si estaba listo no sé qué bizcocho que pedía una señora: ahí me quedé yo, con el pan en la mano, esperando la devolución de un duro. ¡Un duro! ¡Un duro me tenía a mí ahí en medio, expuesto a las befas de todos, estorbando el paso de los que iban saliendo!

Podría haberme marchado sin esperar, debería haberlo hecho, pero al primer ademán de retirada ya estaba el muy gaznápiro clavándome su reojo, un reojo lleno de desprecio y de reproches: «¿Así que es usted de los que se permiten despreciar la humilde suma de cinco pesetas? ¡Vean ustedes, señoras y señores, al señorito malcriado, que no ha dado un palo al agua en su vida, pisoteando lo que a otros les cuesta el sudor de su frente!».

¡Menudo mentiroso! Me paralizaba la certidumbre de que aquel joven amanerado y displicente estaba presto a chistarme y ponerme en evidencia en cuanto me viera huir. Tuve que hacer un serio esfuerzo para contenerme, mientras él se deleitaba en el abuso de su mezquino y furtivo poder.

Puede parecer absurdo, lo es sin duda, pero fue cuando salí de allí, tras aquellos minutos eternos y angustiosos de duda y rencor, cuando me encontré con que había llegado a la conclusión de que debía quitarme la vida. En realidad, no es tan extraño. Tengo el convencimiento, infundado quizá, pero no menos firme, de que en la mayoría de los casos el suicidio es casi una frivolidad; que responde o es desencadenado por motivos insignificantes; que en realidad las grandes causas, por muy ciertas que sean, no tienen más función que la de excusa póstuma, y que para lanzarse es preciso un estímulo totalmente irracional, un pequeño accidente exasperante, algo sin pies ni cabeza, y mejor todavía si ridículo. Mas no voy a entrar en consideraciones psicológicas sobre el suicidio. Supongo que razoné, atormentado por la consideración de mi propia estupidez y de la vileza de mi antagonista; que juzgué cabal ausentarme, cuando tanto daño me hacían heridas tan pequeñas… El caso es que me convencí de que o bien sobraba yo o bien sobraba el mundo, y que en vez de volver a casa con mi pan debajo del brazo y mi duro en el bolsillo fui dejándome caer por bares y tabernas, me dejé ir con el alcohol, atesoré pensamientos y sentimientos cada vez más profundos —no sé si más verdaderos—, y cuando quise darme cuenta la tarde declinaba y yo había llegado al Viaducto, obra notable de ingeniería, de principios de siglo si no me equivoco, donde se ha matado mucha gente y todavía sigue matándose, aunque actualmente existan edificios que ofrecen alturas muy superiores.

He de decir que alguna vez había acariciado tal proyecto, como cualquier joven, supongo, en sus melancolías. Pero ésta fue la única en que estuve en un tris de realizarlo, en que vencí de verdad los escrúpulos, la idea de que no es justo que un niño, un barrendero, un incauto paseante haya de encontrar nuestro feo cadáver, que el Estado o el Municipio hayan de correr con los gastos, y otras de semejante tenor. De hecho, ya había olvidado el pescuezo largo y la nariz respingona del dependiente demagogo, y pensaba en la pérdida de la inocencia, de la capacidad de amar; en que ya nada había verdaderamente importante que pudiera emocionarme hasta el punto de hacerme perder una esperanza que no tenía; en la maldad humana, tanto la maldad grande y abismal que impera en el mundo como la maldad mezquina que nos afecta en lo cotidiano, la de los vecinos, la de los compañeros; y por supuesto en la propia, que tiene pocas ocasiones de manifestarse pero que uno siente dentro, en el corazón, amamantando como una loba al egoísmo, la cobardía y la ansiedad… Ya estaba en éstas, digo, sin más duda que la de irme un poco hacia el centro para ganar altura o saltar desde donde estaba para no caer en medio de los coches, cuando apareció Astolfo, el ínclito Astolfo, y me dio una palmadita en el hombro.

Me he extendido en lo del suicidio no por morbo, sino por el pasmo mismo que me ha producido recordarlo, y porque a fin de cuentas, por mucho que luego se viniera abajo, estuvo ahí, fue un componente, yo diría que hasta un testigo directo de lo sucedido. Con mayor motivo debiera extenderme sobre Astolfo, pero me da pereza. En realidad, creo que su propio nombre indica suficientemente el grado de retorcimiento que lo caracterizaba, la complejidad de su herencia genética. En fin, diré tan sólo que por aquel entonces no era ya Astolfo el viejo compañero de armas en la cédula del Partido, de los tiempos de la clandestinidad, sino mi jefe en la empresa (jefatura recientemente estrenada, por cierto, junto con el carnet del PSOE). Lo cual quizás explique que sucediera algo tan impropio en aquel momento como que funcionaran los reflejos condicionados, y que en vez de enviarlo a freír puñetas le obedeciera sin rechistar. El muy cabroncete, dicho sea de paso, no supo nunca que estaba salvándome la vida. Sencillamente me pescó al vuelo, feliz de encontrar a alguien que lo acompañara a ver el segundo tiempo del derby. Al contrario que a mí, no le gustaba ir solo al fútbol.

Los derbys eran partidos muy especiales, duelos entre los dos grandes equipos de la ciudad, el Atlético de Madrid y el Real Madrid. Ni que decir tiene que Astolfo era partidario del Real Madrid, y yo del Atlético. No era poca diferencia. Los merengues (se les denominaba así porque celebraban sus títulos con grandes comilonas en salones de bodas y bautizos, con tarta incluida, aunque otros dicen que en sus orígenes casi todos los jugadores trabajaban en el obrador de una pastelería proveedora de la Casa Real, de donde su adscripción monárquica) se caracterizaban por su amor al triunfo, cuya consecución estimaban sobre todas las cosas, mientras que los colchoneros (un fabricante de colchones regaló la tela para hacer las primeras camisetas) amábamos ante todo el buen fútbol, y no nos importaba tanto ganar o perder, o no le dábamos tanta importancia a la derrota, quizá porque estábamos más acostumbrados, como quien prefiere fracasar con dignidad a vencer por cualquier medio. En resumen: eran adeptos madridistas los hijos del Imperio, los guapos, los ambiciosos, los poderosos y aquellos a quienes les hubiera gustado serlo, los más, y atléticos los humildes, los horteras, los extravagantes, los republicanos, los menos. Con las debidas excepciones que confirman la regla, y con cuantas matizaciones quieran hacerse.

Lo que cuenta es que me dejé arrastrar por el compañero improcedente, y que fuimos bajando hacia el río mientras caía la tarde y el sol encendía la cresta de un frente tormentoso. En cierto modo, como se ha visto, yo estaba ya muerto. De ahí que aquella luz irreal, la electricidad del aire, la ingravidez de mi cuerpo, el olor tornasolado de las freidurías de los bares flotando en la soledad de las calles, se me antojaran un paisaje lejano, un lugar visitado desde ultratumba. El propio partido me importaba un pimiento, pese a que restaban sólo tres jornadas para que terminara la liga y el vencedor sería casi con toda seguridad el campeón. Tenía claro que en cuanto acabara volvería al Viaducto, que no me dejaría arrastrar por Astolfo a una de sus marisquerías (tan ingrato era aguantar a un madridista malhumorado por la derrota como sus ínfulas, chistes y desgañites cuando ganaba). No obstante, he de reconocer que sentí un cosquilleo en el corazón cuando se alzó ante nuestra vista el estadio, coronado por una inmensa, reverberante nube de tabaco sacrificial, y sobre todo cuando escuchamos el rugido feroz de la plebe, elevándose como un surtidor de ardiente lava en honor de crueles y atávicos dioses. Había sido el último lance del primer tiempo, que terminó justo al llegar nosotros, con empate a cero, según nos informó puntualmente el guardián del tablón.

El tablón —un tablón de obra, más largo de lo habitual— era la forma de entrar gratis. Convenientemente apoyado en una pared exterior del estadio, servía de rampa para tomar impulso, agarrarse a la barandilla del primer anfiteatro, y saltar adentro. La posible caída no era muy grande, aunque suficiente para romperse la crisma con un poco de suerte. Suerte que no hubo: Astolfo me precedió, experto en el arte de trepar, pequeñajo y ágil como un mono glotón, y yo tuve que emular su aplomo.

En el descanso la gente salía a estirar las piernas por pasillos y vomitorios (nombre que siempre me ha inquietado, pues sugiere la opinión que tienen las masas de sí mismas), y en un instante nos mezclamos con los demás, poniéndonos a salvo de los guardianes. Pronto encontramos sitio, entre una peña atlética, junto a dos aguerridas ancianas envueltas en trapos rojiblancos, y nos enteramos de que mi equipo había disfrutado de numerosas ocasiones, frustradas las unas por Zamora o por los palos, las otras por el árbitro, y que la última había correspondido a un soberbio testarazo de Hugo Sánchez al larguero (el rugido que me impresionó a la llegada). En los primeros minutos de la reanudación pareció confirmarse ese dominio, y empecé a pensar que merecía la pena disfrutar un poco de mis últimas horas de vida. Me divertía el ceño fruncido de Astolfo, que no se atrevía a decir ni pío… Y a punto estaba de hacerle alguna observación amable, cuando me quedé con la broma en la boca, y supongo que con cara de tonto: allí, a veinte pasos, recién caída del cielo, estaba Ella.

Era una niña ya mujer, morena, delgada, con unos ojos enormes y negros, y una trenza espesa que le caía por la espalda. Llevaba el cubo de las cervezas y los refrescos sin encorvarse, sin perder la sonrisa. A nadie podía haberle sentado tan bien aquella chaquetilla blanca con el logotipo rojo de la coca-cola. Bajo los vaqueros se dibujaban unas piernas fuertes y largas, un trasero conmovedor. Y si alzaba los brazos para alcanzar un refresco a un cliente situado más arriba, se le veía el ombligo. El ombligo… No voy a describirlo. Diré tan sólo que en aquella mujer no sólo no reñían, sino que iban de la mano, se completaban e iluminaban mutuamente el más erótico de los encantos y la belleza más espiritual.

También Astolfo la vio, pese a mis rezos y a mis intentos de consolarle y hacerle notar la belleza del rectángulo de juego bajo los focos, convertido en una superficie abstracta, en una alfombra ideal y levitante. Me dio un codazo e hizo uno de sus típicos comentarios, atribuyéndole propiedades reposteras —un «bombón», creo que dijo— y decidiéndose, gallito, a seducirla. Dicho y hecho: apenas Schuster había sacado una falta (Schuster había jugado el primer tiempo con el Real, pero ahora vestía de rojiblanco, y Hugo Sánchez al revés) cuando la llamó para comprarle unas cervezas.

Ahí la tenía, ante mí, deslumbrante e hipnótica, con su sonrisa franca, sus dientes graciosamente torcidos, sus honestos y eficaces movimientos al tender los botes, coger el dinero y dar la vuelta de inmediato. Y aquellas manos tan hermosas, grandes y curtidas, de trabajadora, enrojecidas por el hielo, con los nudillos blancos por el esfuerzo… Basta. Astolfo hubiera querido decirle algo más, ya adelantaba los labios, lujurioso y jovial, pero ella le dio la espalda oportunamente, volviéndose hacia otros clientes, y todavía hoy juraría que su última mirada fue para mí, y que en ella bailaba una dulce mezcla de simpatía y sorpresa, y diríase que hasta un poco de pena, de verme tan mal acompañado.

Al principio no me fue fácil concentrarme en el partido, y eso que el Madrid reaccionaba, poniéndonos a todos el alma en vilo. Se me iban los ojos detrás de Mari Carmen. La seguía por todo el campo, a veces lejanísima, un puntito blanco abriéndose paso entre el flamear de banderas, a veces próxima (aunque entonces me latía el corazón y tenía que mirar hacia otro lado). Tuve incluso que medio inventarme una imborrable jugada de René Petit, el jugador más elegante que haya pisado un campo de fútbol. Recibió un escueto e inspirado pase de Milla, avanzó sorteando las escalofriantes tarascadas que le lanzaron Tomás y Arteche, salvó al sobrio Rivilla haciendo una pared con Alfredo di Stéfano (que se la devolvió de tacón y hacia delante, no sé cómo), y lanzó un disparo perfecto e imparable, seco, a la escuadra, un segundo antes de lo previsible (afortunadamente estaba ahí Madinabeitia, que despejó con la punta de los dedos).

En vano lanzó el Atlético un contraataque explosivo a la salida del córner (rebote para Luiz Pereira, diagonal hacia Futre, Futre que se interna en el área dejando sentado a Sanchís, pase de la muerte hacia Collar, Collar que va a enganchar un zapatazo y De Felipe que lo derriba de un hachazo, sin que el árbitro pite penalty); lo único que yo veía, aterrado, eran los ojos de Mari Carmen, y en ellos, sólo en ellos, como pintitas juguetonas en el iris, los jugadores. Hasta los gritos de la chusma los oía en sordina, cual agitadas plantas acuáticas sumergidas, enmudecidas bajo el grave y vasto silencio del amor.

Luego, poco a poco, y como ya la tenía dentro, en la sangre, casi me olvido de ella, y fui embebiéndome en el juego. La verdad es que fue un partido extraordinario, con Camacho cortando las internadas alígeras de Gárate, saliendo con un bufido de percherón, dejándosela a Del Bosque, y Del Bosque atusándose el bigote, sacando el tiralíneas y poniéndosela a Gordillo que se desmadeja en la cal y lanza el pase consabido e impepinable hacia Santillana; y luego vuelta a empezar, control de Donato, avance de Luis Aragonés, desmarque de Ratón Ayala que recibe, tropieza, dribla a Maceda… ¡Huy!

No parecía un derby: diríase un Atlético-Barcelona o un Real Madrid-Benfica, una final europea, y no sé yo si salieron también Laudrup, achampanado y rítmico, y el moreno aquel, Eusebio, que saltaba como un gamo, y corría más que Gento. Preciso era reconocer las cosas tal como eran, pensara lo que pensara Astolfo, chillaran lo que chillaran las dos ancianas enardecidas, dijera lo que dijera el corazón. Ambos equipos lo estaban bordando, el Real su encaje de bolillos, el Atlético su enhebrado fulgor. Estábamos viendo uno de los mejores partidos de la Historia. Y aunque no llegaran los goles, casi era preferible, porque lo justo hubiera sido un empate.

¿Y Mari Carmen? ¿Qué pensaba ella? De pronto Mari Carmen no estaba por ningún lado, había desaparecido. Butragueño acababa de resbalar al borde del área, reclamaban algo aunque Adelardo ni lo había tocado, pero me desentendí del asunto y me puse a buscarla, con tanta vergüenza como atrevimiento. La encontré justo cuando Hugo se disponía a consumar su traición, lanzando el libre directo. Sentí una llamada, un calorcillo en la nuca, y me di la vuelta. Allí, detrás, en las escaleras, se había sentado Mari Carmen a descansar. Y a mirarme. Sí, me estaba mirando, aunque al punto bajó los ojos, momento en el cual se oyó un gran, monumental suspiro de alivio: Hugo había enviado el balón a las nubes.

Ya no supe más del partido. No supe si el árbitro fue justo al anular el golazo de Dirceu desde medio campo, o injusto al conceder el churro del Madrid en el último minuto, en clamoroso fuera de juego (como que lo marcó Dubovsky, que estaba detrás de la portería atándose la bota, y encima era el cuarto extranjero en el campo). Ni lo supe, ni me importó; ni por cortesía habría protestado la jugada a esas alturas. Mari Carmen había aceptado el reto, y me sostenía la mirada. Y en esa mirada leía yo la verdad de las cosas, el color secreto de las buenas intenciones que anidan en el fondo de los mares, la dulzura tímida que subyace bajo los gritos de las gaviotas. El mismísimo Astolfo me resultó simpático y disculpable, así encendido en repentino y pueril júbilo (no se destapó hasta el último momento, rodeado como estaba de atléticos), y salí del campo feliz y conforme, escuchando sin rechistar su crónica extravagante, según la cual nos habían dado un baño escandaloso y nos habían perdonado la goleada.

El último domingo de Liga volví al campo. Ella estaba allí. Esta vez no había mucho público; jugábamos contra el Hércules, y además la Liga ya estaba perdida, porque el Real había vencido el sábado al Español, y sólo un empate suyo nos daba posibilidades. Trabamos relaciones. Resultó ser tal como en mis sueños. Su padre, que era quien normalmente ganaba unas pesetas vendiendo refrescos, había caído enfermo. Ella lo cuidaba por las noches y le hacía la comida al mediodía. Por las mañanas trabajaba en un salón de belleza, y las tardes las dedicaba a estudiar informática. ¡Oh mujer fuerte, alegre, limpia, valiente! Y lo mejor de todo: no era seguidora del Real ni del Atlético, sino del Rayo Vallecano.

No he vuelto a verla desde que Astolfo, siendo ya consejero delegado de la empresa, decidió despedirme —«la amistad está por encima de las relaciones laborales», dijo— y ficharla a ella como secretaria. Así son las empresas modernas, ante todo la eficacia. Y qué más eficaz que una secretaria cuyos negros ojos tienen la virtud de hacer que los burros se vuelvan transparentes. Siempre hay alguno en la antesala. Cuando le pedí explicaciones, y le recordé que una tarde habíamos hecho manitas en el cine, que a los dos nos gustaba la tortilla de patatas, que juntando nuestros ahorros daba para la entrada de un piso, me confesó que, aun teniéndome por más bueno, más noble y hasta casi más guapo, su elegido había sido Astolfo desde el principio.

No es verdad que no haya vuelto a verla. He seguido viéndola todos los días en el recuerdo, perennemente joven, inocente, con toda la gracia de su leve estrabismo. A quien no había vuelto a ver, ni ganas, es al gaznápiro aquel de la «boutique del pan», enviado de los dioses, que nunca dejan de mandarnos algún signo de nuestro destino. Si lo pienso un poco, todo se explica, y este recuerdo, aparentemente traído a trasmano, podría convertirse en el broche que faltaba para cerrar el círculo. Pero no, no voy a morir ni suicidarme ahora. Soy ya demasiado viejo para frivolidades, artificios y simetrías. Y aunque ahora sí es cierto que no hay nada verdaderamente importante que pueda emocionarme hasta el punto de hacerme perder una esperanza que no tengo, etcétera, no dejo por ello de pasar un buen rato los domingos por la mañana, en el campo del Rayo, con mi bota de vino, mi cachillo chorizo, mi pan candeal. Mi pan candeal, mi rosca a la manera de Castilla, mira por dónde. Ahora me venden todas las que quiero, han vuelto a ponerse de moda.

Sería injusto si guardara algún rencor. Más bien siento un ligero, difuso pero cálido agradecimiento. Mereció la pena la ilusión, mientras duró la jugada. También después, porque una vez conocida la gloria ya no se oyen sirenas. Quiero decir que no es mala cosa, una tranquila soltería. Y al fin y al cabo, el que estaba en orsay era yo.

(Inédito)