Cuentos de futbol
El extremo fantasma (por Juan Villoro)
—Aquí sólo el calor es real —Uribe empujó el sobre en el escritorio—, imaginaste demasiado, tuviste un sueño de mierda —la invectiva se sumó a las cosas que impulsaban a salir del cuarto: el salitre en la pared, la camisa turbia, el puro apagado, la ceniza que empezaba a oler de otro modo en ese plato con un absurdo escudo de los Rayados.
Horas después Irigoyen caminaba al embarcadero. La maleta le pesaba como si llevara un cuerpo para tirarlo al mar. Por alguna razón, la idea de un hombre tasajeado —los ochenta kilos de un defensa o los ciento veinte del patrón Uribe— lo entretuvo hasta alcanzar la orilla. El río inmóvil, de un color terroso aun a la luz de la luna, se mezclaba con un mar sin olas. Al fondo, se veían los mecheros de las plataformas petroleras y los focos rojos de un tanquero. Irigoyen se volvió a la derecha; fue como beber el trago que ya sólo sirve para destruir los anteriores, para desviarlos hacia una tragedia elegida. Vio la sombra escalonada del estadio, el poderoso delirio del vasco Uribe.
La luna se ocultó un instante y borró el camino que descendía entre hierbajos y la basura del domingo. Se sentó en la maleta; respiró la noche: un olor hondo, a gasolinas lejanas y plantas que se pudrían junto al mar.
El tobillo empezaba a molestarle, por llevar la carga del lado derecho. Hubiera querido evitar el cosquilleo, borrarlo como la tarde en que borró su infancia con la mujer que se abrió para él a cambio de unos pesos. Siempre era así con las lesiones; volvían cuando les daba la gana. Se vio o los catorce, la nariz rota por el codazo de un lateral derecho, en la cama de esa mujer que olía a hierbas mojadas; se vio llorando al poco rato, en la banca de un parque, como un cobarde que sin embargo se atrevía a llorar con la nariz rota. Recuperó golpes menores, la uña desprendida por el pisotón de un uruguayo de nombre olvidado, la camilla que lo sacó del estadio de Torreón entre una lluvia de vasos con cerveza y orines, los dos dientes que dejó en el campo de Tegucigalpa; no podía quejarse gran cosa, simples trámites de oficina, pero el tobillo unía las heridas de otro modo. Salió del quirófano para oír al médico de voz cantada: «Soria iba al balón». Atrozmente seguía en Guadalajara, con un clavo en el tobillo, encajado por un fanático de las chivas. Sí, Soria buscó algo distinto pero encontró la tibia y el peroné de Irigoyen. «Igualito que a Onofre», agregó el doctor. Cuando abandonaba su infancia y tenía la nariz rota, Irigoyen conoció los nombres de aquellos huesos raros: Alberto Onofre, el idolatrado atacante del Guadalajara, se fracturó a unas semanas del Mundial del 70. Después de la lesión no volvió a ser el mismo y pasó a la leyenda como una amarga hipótesis, por las diagonales suaves y calibradas que nunca repartió en el Mundial.
—Al menos tú ya tienes la edad de los entrenadores —le dijo el Zorri Mendieta mientras le firmaba el yeso con la pésima caligrafía de los porteros.
Fue ante las manos mil veces pateadas de Mendieta que decidió su retiro. Treinta y ocho años y sin opción de juego hasta la siguiente temporada. Podía imaginar las frases de los locutores: «¡Matusalén vuelve a las canchas!» y otras finezas. El Sordo Fernández, su entrenador, le habló con una voz curtida en los cinco países que habían acabado por echarlo:
—Aprende a recuperar balones.
No soportó la idea de volverse un estorbo útil, de correr contra su pasado en la punta izquierda para justificar de otro modo el estilo de juego que aprendió con el viejo Scopelli, el extremo fantasma que de golpe aparece en una esquina sin nadie. Mejor un adiós sin fanfarrias, de acuerdo con sus récords discretos: dos campeonatos nacionales, treinta y dos veces con la camiseta de la selección, un buen jugador mediano, sin apodo mágico ni jugadas de gloria, pero que estuvo allí, en la densidad necesaria para que un exagerado anotara de chilena.
Le llegó una brisa olorosa a brea, a cuerdas, como si estuviera ante un agua transitada. La panga apenas hacía dos recorridos; el olor a muelle debía venir del tanquero y las plataformas a las que habían vuelto los maquinistas, enardecidos después del juego. Pensó en Olivia, en su sonrisa equívoca, como si dijera dos cosas a la vez: «si ganas, nos vemos en la panga». Olivia entraba a la vida de los otros como si lo hiciera por una ventana; tal vez él resistió el asombro porque en ese trópico el calor amortiguaba las sorpresas.
El Zorri Mendieta fue el primero en hablarle de Punta Fermín, un enclave petrolero que sólo aparecía en los mapas recientes. Un empresario había comprado la franquicia de un equipo de tercera división; ahora los Rayados estaban en segunda; necesitaban un entrenador joven; «tu nombre le gustó», dijo el Zorri, como si él hubiese alineado con Lángara, los hermanos Regueiro, Cilaurren, Zubieta, los vascos de mitología que estuvieron en México y aún llenaban las bocas de los conocedores.
Después de un curso rutinario (las descripciones vagas de cualquier enseñanza nocturna), Irigoyen sacó un diploma de entrenador. Pero fue en el Brindisi, un restorán de pastas cercano al estadio del Atlante, donde empezó su segundo tiempo. Comía con el Zorri y el Sordo Fernández cuando vio a una figura escapada de algún periódico. El hombre se sentó a la mesa y él tuvo una impresión más curiosa: el rostro enjuto, la famosa nariz, la melena parecían acentuados en forma propositiva, como si el cuarto comensal quisiera parecerse demasiado a César Luis Menotti. De algún modo, eso lo decían todos, a Menotti siempre le iba mal. Su gloria de campeón del mundo pasaba por el lento crepúsculo de los equipos que juegan de maravilla y no ganan un carajo. En esa mesa, agobiado por la presentación del Sordo («un nuevo colega»), Irigoyen escuchó al entrenador argentino; se había hecho cargo de la selección y pensaba jugar al fuera de lugar en un país donde el Cruz Azul le sacó el campeonato al Atlético Español con tres goles en fuera de lugar; defendería el achique en canchas donde la táctica consistía en dejar crecer el pasto e inundarlo media hora antes del juego. Supo que Menotti estaba en México para joderse; también supo que ese fervor era transmisible.
Le sorprendió que todo cupiera tan fácilmente en su maleta. Había juntado pocas cosas y por alguna razón esto le pareció la condena de los divorciados sin hijos. Punta Fermín se le presentó en la mente como una tierra baldía. Aquel nombre sin apellido declaraba su falta de historia. Nada había durado allí lo suficiente. El equipo, el estadio, la ciudad misma, eran más jóvenes que Irigoyen.
El vasco le mandó un chofer al aeropuerto de Cancún y durante dos horas vio una meseta plana, de árboles bajos, que no se parecía a nada, o en todo caso se parecía a alguna película de África.
—Le doy una vueltita —el chofer aminoró la velocidad al entrar al pueblo y el calor se hizo más intenso. Recorriendo una calle larga, llena de ofertas de contrabando. Una tienda mostraba un lagarto vivo, en una jaula de palos. Un poco más adelante, un cerdo estuvo a punto de meterse bajo la camioneta. Pasaron junto a unas muchachas que comían hielo azul.
—¿Que tal las chamacas? —preguntó el chofer. Irigoyen vio las piernas escuálidas, los pies en sandalias de plástico transparente—. Esperan a los petroleros de las plataformas. Regresan a Punta cada quince días. Dicen que estar cerca del petróleo lo pone a uno muy caliente. ¿Será?
Irigoyen preguntó por el hielo azul.
—Le ponen un jarabe que viene de Panamá. Aquí todo es importado. Hasta nosotros somos de importación. ¿Quién va a nacer aquí?
No había iglesia, ni plaza con kiosco, ni cancha de basquetbol. El ayuntamiento era un rectángulo que se parecía demasiado a las tiendas de aparatos de contrabando.
Atravesaron un fraccionamiento de casas recién construidas y recién abandonadas. Los habitantes debían pasar la mayor parte del tiempo en el mar.
Tomaron una carretera practicada sobre una meseta de piedra. A la derecha el agua se extendía con una calma excesiva, que contribuía al calor. Irigoyen vio una bandada de loros; la cauda verde los acompañó un rato y descendió hacia un punto en el que debía haber árboles.
Al poco rato avistaron las primeras frondas.
—Aquí hay plantas por el cenote —explicó el chofer. Dos ríos subterráneos desembocaban en una boca de agua. El vasco Uribe había comprado los terrenos húmedos para construir el estadio, la casa-club y una mansión que dominaba el Caribe.
Pasaron bajo una arcada con letras verdes y blancas: Rayados Football Club. El equipo se llamaba así por una tribu que habitó en la zona, cazadores nómadas que se rayaban el cuerpo con cal y desaparecieron sin dejar pirámides ni ofrendas. Lo único que aún recordaba su borroso paso por la península era la camiseta del equipo.
—Mire nomás qué chulada —el chofer señaló algo que podían ser las flores en primer plano, un césped impecable o la casa con balcones.
Irigoyen bajó de la camioneta y apretó la mano de Uribe, una mano áspera, que parecía salida de la meseta de piedra.
—Vas a estar feliz —el vasco sonrió sin sacarse el puro de la boca; lo tuteaba, con el aire de ganadero de tantos directivos, sin esperar reciprocidad.
Entraron a una sala amplia, con suelo de mármol. Una profusión de alfombras árabes agobiaba el ambiente.
Uribe lo llevó a una terraza al otro lado de la sala. Irigoyen supo que la casa había sido edificada para lograr ese punto de vista: desde el sillón de mimbre se dominaba el estadio y la cancha misma (las gradas recorrían el campo en herradura dejando libre la cabecera que daba a la mansión del propietario).
—¿Un coctelito? —preguntó Uribe.
Irigoyen se volvió y descubrió a una muchacha que había llegado sin hacer ruido. Estaba descalza; tenía los ojos achinados y el pelo lacio de las muchachas que lamían hielo azul.
—Olivia —la presentó el vasco.
Por primera vez vio la sonrisa ambigua, como si estuviera ante algo repugnante que sin embargo le gustaba.
Tomaron un licor verde, fresco y denso. La travesía, el torpor del trópico y la bebida situaron a Irigoyen en un plano de irrealidad. Con el crepúsculo, los prados cobraron un resplandor extraño, como si absorbieran la última luz de la tarde.
—Estoy muerto —dijo.
—Acompáñalo —Uribe se dirigía a la muchacha con un efecto impositivo, como si su autoridad no derivara de un salario.
El bungaló destinado al entrenador resultó agradable. Televisión con canales de Miami, ventilador en el techo, regadera para dar masajes de agua.
Los días siguientes transcurrieron para corregir la visión inicial de Punta Fermín. Encontró un plantel bien conformado, con cinco veteranos de la primera división, una docena de novatos con más empeño que oficio y los cuatro refuerzos que exigió con su contratación. En los vestidores respiró el olor a lodo, sudores, cueros gastados, idéntico al de cualquier cancha, el recordatorio de que el fútbol partía siempre de la misma pobreza. Tal vez porque llevaban algún tiempo sin ver a nadie, los jugadores lo escucharon con extraño respeto, como si hablara de cosas al otro lado del mar.
Después de la visión semidesierta que recogió en Punta Fermín, resultó misterioso que el estadio se llenara cada dos domingos. A pesar de los infernales traslados en autobús para sus juegos de visitantes, el equipo corría con eficacia y Marcelo Casanueva encabezó pronto la tabla de goleo. Marcelo era el tipo de jugador que Irigoyen admiraba y detestaba: un santurrón de pelo engominado, lleno de supersticiones, que entrenaba el doble, con terco puritanismo. Aunque sus goles eran un evidente triunfo de la voluntad, no podía responderle a un periodista sin mencionar a Dios. En su mirada y en su estilo de juego había una incapacidad de disfrute que ponía en evidencia los placeres buscados por los otros. Aun en el comer parecía regirse por una disciplina superior. Después de diez partidos era obvio que la segunda división le quedaba chica pero no quiso recibir a los scouts del Atlas que fueron a buscarlo. Irigoyen le agradeció su lealtad y Marcelo miró desagradablemente al cielo, como si fuera entrenado por Dios.
Entre semana, las plantas y el mar aislaban al equipo. Irigoyen no quiso pensar en lo que esa permanente concentración significaría al cabo de un año. En fútbol el futuro era el próximo domingo.
El camión de los Rayados iba a Cancún los días libres. Él prefería quedarse a leer las revistas que le traían sus jugadores, caminar por los prados vacíos, desvelarse con las películas de la madrugada, que siempre eran las mejores.
Una de esas tardes en que su equipo estaba lejos, caminó por una zona de palmas bajas. Llegó a un claro en el que sintió algo extraño, como cuando corría en punta y una sombra salida de cualquier parte le borraba el balón. Se volvió a la derecha y encontró a Olivia, recargada contra una palma. Un perro le lamía los pies.
—Le fascina. Es por la sal. Los perros necesitan sal —vio la lengua que mojaba los dedos de Olivia. Ella cerró los ojos, para concentrarse en la caricia húmeda y rasposa o para que él la pudiera observar mejor. Alzó los brazos, abrazó el tronco que le servía de respaldo. Irigoyen se alejó deprisa. ¿Qué hacia Olivia en Punta Fermín? El chofer le había contado que venía de Veracruz, donde el patrón tenía cafetales y una cadena de hoteles (juntó los índices de ambas manos, sugiriendo una relación estrecha). En alguna ocasión, Irigoyen la había visto bajar de los coches largos que usaban los líderes del sindicato petrolero y departir con ellos en el palco de Uribe, vestida con las telas floreadas y brillosas que ahí eran elegantes. Tal vez el vasco la usaba para reforzar sus vínculos con el sindicato. Desde el primer juego, el entrenador entendió la función secreta del estadio; en las gradas, los hombres del petróleo encontraban a las mujeres que llegaban en canoas y balsas de los caseríos cercanos y no pagaban la entrada. Irigoyen sabía de sobra que en fútbol el público es un furor anónimo, pero a las cinco de la tarde algo distinguía a ese estadio; los gritos inconexos, el entusiasmo a destiempo, sugerían que la gente hacía su propio juego. La cancha de los Rayados era un poco la plaza que faltaba en el pueblo. En ocasiones había golpizas y algún acuchillado que no tenían que ver con el partido. A las siete de la noche, costaba trabajo sacar a la gente, de nada servía apagar los reflectores; en las gradas aparecían fogatas, radios con música de guitarras y acordeones.
—Cuando se construían las plataformas, hubo que traer mujeres de Chetumal; los hombres enloquecían con estos calores —le comentó Uribe. Desde su terraza, los últimos fuegos sugerían un festejo bárbaro.
El lunes en la mañana la panga se llenaba de mujeres solas. Olivia era distinta; se quedaba en tierra y venía de más lejos. En el claro de las palmas bajas Irigoyen sintió que ella lo miraba de otro modo.
Se metió a la regadera y la tortura del agua helada lo alejó de los ojos brillantes, las piernas tostadas, los pies lamidos golosamente. Se secó con rabia. Al retirar la toalla de la cara, encontró a Olivia. Por primera vez ella sonrió de un modo inequívoco:
—Déjame verte.
A partir de ese momento Punta Fermín fue el talle estrecho de Olivia entre sus manos, sus pezones oscuros, el olor vegetal que exhalaba su garganta, los pies manchados por la hierba, los ocasionales vahídos del perro que la esperaba afuera.
Olivia contaba pocas cosas, como si le costara mucho trabajo dar con palabras para llegar a una historia. En cambio, su sonrisa siempre contradecía algo. A Irigoyen le divertía pensar ese gesto como un tiro penal: la finta hacia un lado, la resolución al otro.
—El señor me espera —ella se despedía en el tono que Marcelo usaba para sus citas con Dios en el área chica.
El vasco debía saber, y de un modo complejo aceptar, que ella lo visitara, tal vez incluso se lo pedía. Irigoyen acabó por acostumbrarse a esa ironía: él, que despreciaba el marcaje personal, era vigilado hasta la intimidad.
Quizá el sol calcinante tuvo que ver en la facilidad con que Irigoyen asimiló la sombra del vasco en las visitas de Olivia. De cualquier forma, siempre tardaba en preocuparse de lo que ocurría en proximidad, imaginaba las cosas de acuerdo al puesto que ocupó en la cancha; lo suyo fue correr junto a la línea de cal, llenar un hueco repentino en el extremo izquierdo, un poco al margen, entre testigo y participante, como si anticipara su destino de entrenador fuera del campo o su vida en esa región donde el país extrañamente seguía existiendo.
A fines de mayo el cielo reventó en tormentas y una humedad calurosa se apoderó de las noches; el pelo de Olivia siempre se veía mojado, como una señal que pasaba afuera. Un día en que llovió temprano y ella no pudo visitarlo, la televisión trajo noticias de Menotti. Su equipo había jugado como nunca, pero hubo cambios en la federación y el entrenador renunció entre una ola de calumnias. Irigoyen recordó la voz del Sordo cargada de fracasos: «aquí el que piensa pierde; cuídate, ése es el peligro de los porteros y los que juegan en punta». El Zorri y él tenían tiempo de reflexionar hasta que les llegara el balón. El portero era el excéntrico del grupo: sus talismanes, sus vistosas sudaderas, lo apartaban del resto. Con el extremo izquierdo ocurría algo similar; allí se acababa el equipo y todo se volvía zurdo. Hasta él desconfiaba de esa zona y entraba a la cancha con el pie derecho. «Lo más grave es pensar fuera del estadio; los directivos no lo perdonan», el Sordo hablaba como si su número 11 no representara una posición sino una conducta.
«Vino de lejos, se aprovechó de nosotros», declaró un funcionario en la televisión. Se refería a Menotti. En ese momento él pensó en su futuro más allá de Punta Fermín. Dos días después Olivia dibujaba con su dedo en la espalda sudada de Irigoyen y él le pidió que se fueran al terminar la temporada. Ella replegó las piernas, se abrazó las rodillas:
—Sólo si ganas —lo dijo como si eso fuera imposible, como si no hubiera leído los muchos artículos en tinta café y azul que los consagraban como la revelación de la segunda—. Te conviene irte antes. Yo paso mucho rato con el señor —Irigoyen tardó en advertir la relación entre ambas opiniones.
—¿Qué te dijo?
—Los equipos de la primera viajan en avión —Irigoyen recordó el cielo limpio que lo había cubierto durante meses, sin ver jamás la cauda de un jet. Estaban demasiado lejos; los grandes equipos no aceptarían un viaje tan costoso y extenuante —. Además, el sindicato necesita un equipo en La segunda —Olivia cerró la pinza: no lo dejarían ganar—. Vete antes.
Insistió en que partieran juntos. Ella repitió, con la sonrisa que significaba cualquier cosa, que para eso debía ganar. Quizá lo dijo porque lo consideraba imposible o porque de un modo oscuro eso implicaba su despido.
El futuro fue el domingo hasta llegar a la liguilla de ascenso. Pasaron sin trabas por equipos que confiaban en las marcas persecutorias y no anhelaban otra cosa que un gol fortuito, de preferencia a balón parado. Marcelo Casanueva jugó como si ya estuviera en su siguiente equipo. A Irigoyen le repugnaba verlo salir del campo como si ignorara sus proezas, pero sabía que ésa era su ventaja: el ariete frío, inconmovible.
Llegaron a la final contra el Tecnológico Hidalgo. Al día siguiente, el Esto anunció que el club de Pachuca recibiría refuerzos del América, el Atlante y el Guadalajara. La señal era inequívoca: tres franquicias poderosas sacrificaban a sus reservas en favor de un equipo del centro. Irigoyen pensó en los aviones imposibles mencionados por Olivia.
No se necesitaba gran suspicacia para advertir que el aire se empañaba. El vasco viajó a la capital y fue imposible localizarlo por teléfono. El sindicato, encargado de darles el autobús para ir a Pachuca, mandó un ejemplar oxidado, de asientos metálicos, que se descompuso en el istmo. Llegaron dos horas antes del juego, como espectros de sí mismos. El árbitro los devolvió molestamente a la realidad: se tragó el silbato cuando quiso, marcó un penalty rigorista y permitió que les fracturaran al lateral derecho. El 0-2 les salió barato. El vasco los visitó en los vestidores: «Ni modo, muchachos, se hizo lo que se pudo», aunque buscaba un tono resignado, lucía nervioso. Irigoyen entendió sus temores: los creía capaces de una voltereta en Punta Fermín. Pasó las veintiséis horas del camino de regreso refinando esta certeza; nada le convenía tanto a Uribe como perder en la final. Apenas le sorprendió que lo llamara a su oficina antes del partido de vuelta. Olió el aire; el puro llevaba horas apagado pero el vasco aún lo tenía en los labios, absorto en las ideas rotas que le iba a comunicar:
—Aquí sólo el calor es real —empujó el sobre; Irigoyen alcanzó a ver el filo verde de los dólares—. A ver si así despiertas: tuviste un sueño de mierda. El Zorri me hablo de ti y te aposté como esos imbéciles que arriesgan su dinero según los nombres de los caballos. Eras primerizo y tenías los delirios de grandeza que siempre hunden a los equipos. Olivia me advirtió a tiempo, sí, no pongas esa cara de tarjeta amarilla, yo te la puse entre las sábanas. Te debí mandar a la chingada en la primera vuelta pero pensé que tenías suerte de principiante, además, la taquilla es la taquilla; después supe que no jugabas con la suerte; montaste un equipo excesivo, ¿no se te ocurrió pensar que no se puede jugar así en los pantanos? ¡Relevos por los extremos en este muladar! ¿Sabes cómo conseguí mi franquicia? Gente de arriba, con la que no has soñado, necesitaba que los petroleros tuvieran otra diversión que las putitas tropicales. ¿Crees que nos dejarían llegar a primera? ¿Has visto pasar un avión por este pinche cielo? Nunca va a haber equipos en las fronteras. Aquí no se acaba la cancha, aquí se acaba el país.
Irigoyen recogió una última imagen de Uribe, como si quisiera perfeccionar su desprecio. Sentía un dolor en el esternón, una náusea incontenible ante ese plato con ceniza fría. Pensó en ganar; de un modo absurdo eso también significaba llegar a Olivia.
La cabeza le dolía con fuerza cuando entró al vestidor y encaró a sus jugadores. Supuso que también ellos habían recibido dinero para perder el juego. Algunos, los veteranos a punto de despedirse, no tenían grandes motivos para rechazar un pago fuerte. Otros —por primera vez vio a Marcelo como un aliado— simplemente no podían aceptarlo. Su arenga duró mucho, al final todos lo miraban con un respeto que se debía más que nada al asombro de que alguien hilara tantas palabras con tan poco aire. Salieron de los vestidores como de una cámara al interior de una pirámide. Nunca la cancha de Punta Fermín le pareció tan fresca. «No jueguen para el vasco; no vean al palco de honor…» ¿Qué más había dicho? De nuevo respiró los olores primarios y pobres del fútbol, y habló del dinero sin gloria, los ídolos, las cuentas que tendrían que rendir, todo muy confuso, muy apasionado, poco convincente. Fue el primero en traicionar sus palabras; en el aire que había vuelto a ser ardiente, buscó la piel tostada, el mechón oscuro de Olivia en el palco de Uribe y los líderes sindicales.
Si ganaban, el vasco estaría obligado a negociar con la Federación y a rematar su franquicia a algún equipo del centro. Después, con el partido ya empezado, Irigoyen se dejó llevar por una idea turbia, insistente: que la decisión de Olivia dependiera del marcador, era un motivo para perder. «Yo también me la estoy jugando», le había dicho mientras él miraba la marca que tenía en el muslo. «Me cayó ácido.» Ignoraba cómo pudo caerle ácido; pensó en los hombres del petróleo, tomó la herida como un anticipo de los destrozos que vencerían su cuerpo. Sí, ella corría otros riesgos. Las noches compradas por Uribe habían desembocado en una apuesta; Irigoyen era una oportunidad de doblar su vida, siempre y cuando entrara al juego. En el banquillo, empezó a compartir los argumentos sin palabras de Olivia: desde siempre, él no había hecho otra cosa que condicionar sus pasiones al resultado. De nuevo pensó en perder, en arruinarse el gusto de recuperar el olor vegetal de Olivia.
De cualquier forma, desde el silbatazo inicial supo que lo que se desataba esa tarde dependía muy poco de él. Era un delirio suponer que aún podía dirigir algo. El partido fue un ejercicio en confusión; los veteranos que llegaban tarde a las jugadas apenas se distinguían de los que se barrían demasiado pronto. Por primera vez, Marcelo jugaba del lado de las emociones; erraba pases sencillos y disparaba con un ímpetu que terminaba en el graderío. Irigoyen comprendió su error, había infundido un coraje que no pertenecía a las canchas.
En el descanso, con el marcador 0-1 y el global 0-3, buscó apaciguar los nervios: jugaban contra sí mismos, no contra el Tecnológico y sus refuerzos. Leyó la desilusión en las miradas; no le creían, o creían que Uribe lo había visitado en el banquillo. Los jóvenes lo miraron como si la calma fuese un soborno y los veteranos con molesta simpatía. Añadió algún consejo para abrir la cancha y marcar al esquivo número 9. Nadie lo escuchó.
A veinte minutos del final, Marcelo fue sembrado en el área. Aun ese árbitro que tomaba la violencia como un requisito deportivo tuvo que marcar el penal. El tirador designado era el propio Marcelo. Irigoyen sabía lo que la adrenalina produce en un cuerpo recién fauleado; sin embargo, el sustituto podía fallar adrede. Dejó que él cobrara. Desde que lo vio correr supo que la pelota acabaría muy lejos del arco. Marcelo tenía tantos motivos para anotar que ninguno acabaría en la red.
Había amanecido. El tanquero se recortaba contra un cielo amarillo. Irigoyen vio el óxido que cubría los costados de la proa. El sobre le abultaba la camisa; aún tenía una oportunidad de grandeza: podía destruir los billetes. Sin embargo, desde que empacó sus cosas supo que no lo haría; lentamente aceptaba la idea de una liquidación, exagerada, si se quiere, pero todo había sido un poco confuso en esos calores, elegía un drama menor, una derrota pactada.
Aguardó en el embarcadero hasta que escuchó risas y se volvió para encontrar los rostros cansados de las muchachas que regresaban de su noche en Punta Fermín. La presencia del entrenador las hizo guardar silencio. Una de ellas le ofreció un cono con hielo azul. Era la primera vez que lo probaba; un jarabe fragante, a pétalos desconocidos. La mayoría de las muchachas estaban descalzas, casi todas bostezaban, se protegían los ojos del sol con los antebrazos. Ninguna parecía mayor de veinte años. Al poco rato se oyó un motor. Irigoyen buscó el estadio; sólo entonces supo que aún pensaba que Olivia podría acompañarlo. Había perdido la apuesta pero tal vez se trataba de otra finta. Le pareció que alguien lo llamaba. Se equivocó: era uno de los ruidos rotos que el viento trasladaba desde cualquier parte.
Subió a la madera podrida, con el pie derecho, y sintió el empellón que lo alejaba de la costa. Navegó río abajo, rodeado de mujeres con sueño, y obtuvo una vista insólita del estadio. Un enclave de felicidad, plantas, prados bien cuidados. Entonces distinguió la silueta junto al agua. El perro le lamía los pies. Ella no agitó la mano en señal de despedida; vio la balsa en el río caliente, como si él hubiera llegado para irse, para desprenderse hacia un lugar sin nadie, la punta que significaba el fin del juego.
(Inédito)
Terminaste Cuentos de futbol
AA. VV.
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