Cuentos de futbol

AA. VV. · Capítulo 4 de 40

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Cuentos de futbol

Sobre el tiempo (por Bernardo Atxaga)

Decidí convocar a todas las letras del alfabeto y montar una mesa redonda sobre algún tema apropiado para las mesas redondas, es decir, sobre algo que al mismo tiempo fuera general —generalísimo— y escurridizo —escurridicísimo—. Pensé primero en la situación del mundo; luego en los problemas de la violencia en el fútbol; luego más tarde en las relaciones entre el asesinato de menores y las películas de la televisión; más tarde aún, en la influencia de la depresión en el desmembramiento de la familia, o al revés; pero, desechadas una tras otra estas posibilidades —no suficientemente generales ni escurridizas—, llegué a la conclusión de que lo que buscaba, el tema de los temas, era el tiempo.

—Tempus fugit —me dije poniéndome en situación y llamando a los veintiséis posibles miembros de la mesa redonda, desde la A hasta la Zeta—. Venid a mi casa. Es una cuestión de vida o muerte —les dije. No había pasado ni un instante y ya me sentía totalmente comprometido con el tema.

—Bien, ya veo que estáis todas y que ni siquiera la V, que estaba de vacaciones, ha querido quedarse fuera —les dije a las letras a modo de bienvenida.

—Tratándose del tiempo, yo no podía fallar —dijo la T.

—Ni tú ni nadie. El tema es tremendo —le respondí con la euforia habitual en cualquier comienzo de mesa redonda. Luego adopté un aire más grave y me dispuse a poner la primera frase de lo que, con un poco de suerte, sería un bello y sólido edificio intelectual.

—De todas las cosas que parecen reales —dije—, ninguna tan inefable como el tiempo. Muchos son los que podrían hablar con propiedad de la tierra que pisamos o del fuego que nos quema; o de la madera de los árboles, o del agua que se mueve en el mar, o del aire que respiramos. Pero deben de ser muy pocos los que, interrogados acerca de la sustancia que llena las horas y los días, podrían ir más allá de la famosa respuesta del santo: cuando no me lo preguntan, lo sé; cuando me lo preguntan, no lo sé. Con todo y con eso, yo me atrevo a pediros una respuesta. Amigas mías, viejas letras de nuestra cultura, ¿qué es el tiempo?

—El tiempo es el tiempo. Eso es todo —dijo la T de una forma un tanto tronante.

—Sólo una letra tan tautológica como la T puede afirmar una cosa así —dijo la K —. Sin embargo, según el punto de vista de Kant, el más grande de los filósofos…

—¡Bobadas! —exclamó entonces la B interrumpiendo a la K—. Me parece una babosería hablar a estas alturas de Kant. Pero ¿qué fue Kant? Pues una birria, un bodrio, eso es lo que fue. En cambio Bergson…

—Un momento, un momento —dije yo volviendo a interrumpir el diálogo. Estaba claro que la B podía aportar la pizca de agresividad que toda mesa redonda necesita, pero era demasiado pronto para discusiones; sobre todo para discusiones tan subidas de tono como la que auguraban las palabras de la B y de la K.

—¡Bochornoso! ¡Realmente bochornoso hablar de Kant a estas alturas! —insistió la B.

Contra la insistencia resistencia, pensé.

—Quiero recordar a todas las letras presentes en esta mesa que pueden intervenir cuando quieran —dije—. La discusión no debe ser una cosa de dos. Por ejemplo, y ya que tenemos entre nosotros a la P, a mí me gustaría preguntarle una cosa: ¿Cuál ha sido tu experiencia con el tiempo? O dicho de otra manera, ¿un poeta, es decir, un poeta que es poeta y vive poéticamente, cómo vive la poesía, digo, perdón, el tiempo?

—Con pasión —dijo la P hablando con parsimonia—. Pero prefiero presentaros mi punto de vista a través de un pasaje de mi vida, porque estoy persuadido de que así respondo mejor a la pregunta. Pues resulta que hace poco, en casa de unos amigos, reparé en un perro viejo y maloliente que dormitaba junto a la puerta de entrada, y supe, después de las pertinentes preguntas, que aquel animal no era otro que Moro, el pastor alsaciano de la familia, el mismo que yo había visto en mi anterior visita. ¡Pero si era un cachorro!, exclamé. Tenía la impresión de que el envejecimiento del perro había sido súbito. Entonces, con suma amabilidad, mis amigos me recordaron que habían pasado años desde mi última visita, y que el tiempo dejaba más marcas en los perros que en nuestra cara. De ahí tu susto, me dijeron, porque tú creías que el tiempo transcurrido entre las dos visitas había sido una nadería, un instante, cuando en realidad —te has dado cuenta de ello al ver a Moro — ese instante equivale a la vida entera de un perro. Nada más terminar mi amigo la frase, yo añadí mentalmente: Y nuestra vida, en el mejor de los casos, equivale a seis o siete de esos instantes, a seis o siete perros como Moro. De vuelta a mi ciudad, creí comprender. El tiempo es una enfermedad cuya silenciosa incubación generalmente se nos pasa desapercibida.

—Muchísimas gracias. Realmente poético —apunté.

—¿Puedo hablar? —preguntó entonces la H.

—Adelante —le dije.

—Pues yo quiero decir tres cosas. Lo primero, que soy un hincha, o para decirlo de una forma más moderna, un hooligan. Lo segundo, que yo no entiendo mucho del tema que se está tratando hoy, pero que en mi opinión sólo hay dos clases de tiempo, Primer Tiempo y Segundo Tiempo…

—Y Descanso ¿no? —dijo la D con displicencia.

—Al hilo de lo que ha dicho la P, yo quisiera contar una experiencia vivida en el tiempo de mi juventud —intervino entonces la nonagenaria N—. Pues resulta que estaba preparando unas oposiciones a notaría…

—Dejadme hablar ¡hostia! —chilló la H. La N se calló inmediatamente, y miró sorprendida a la E.

—¡Educación! ¡Un poco de educación, por favor! —dijo entonces la E. Pero su voz sonó enclenque.

—Y la tercera cosa que tengo que decir —continuó la IT sin hacer caso de la reconvención y meneando la cabeza como un hipopótamo— es que ahora mismo se está jugando un partido muy importante. Están jugando el Paris St. Germain y el Milán, partido de campeonato de Europa. Y yo quiero saber cómo va ese partido, porque el Milán me gusta mucho. Así que pido permiso para abandonar esta mesa redonda y bajar al bar. Porque en el bar no es como aquí. Allí hay televisión.

—Le acompaño —dijo la P.

—¡Usted! ¡Qué sorpresa! —dijo la S.

—No sea simple —le amonestó la P levantándose de la mesa.

—Soy seria, no simple —respondió la S. Pero la P ya estaba en la puerta y no le oyó.

—Creo que yo también me voy a ir. Al fin y al cabo, estoy de vacaciones —dijo la V tomando el mismo camino de la H y la P.

—Yo me quedaría aquí con mucho gusto, porque la mesa redonda me parece genial —dijo la G—. Sin embargo, debo bajar a ver el partido. Sin mí puede haber buenas jugadas y aplausos, pero no puede haber goles.

—¡Viva el fútbol! —gritó la F con fanfarronería.

Temí por un momento que la mesa redonda fuera a quedarse sin mesarredonderos y que el edificio intelectual que estábamos levantando se desarbolara y cayera a plomo. Pero allí estaba la O —que es de la organización— para ayudarme. Le hice un gesto y ella intervino gritando como un ogro.

—¡Orden! —gritó.

—¡Silencio! —dijo la S con más seriedad que nunca.

Aproveché la calma que siguió a las intervenciones de la O y de la S para ceder la palabra a la nonagenaria N, que llevaba un rato con la mano levantada.

—Como he dicho antes, yo quisiera contar una experiencia vivida en el tiempo de mi juventud —comenzó la N—. Tenía que preparar unas oposiciones a notaría, que también entonces eran de temario muy amplio y bastante difíciles. Mi problema era, en aquel tiempo…

A la N se le nublaron los ojos y la nuez de su garganta subió y bajó varias veces. Pero se repuso y siguió con la narración.

—Mi problema era, en aquel tiempo, que en casa éramos nueve hermanos y que no había manera de estudiar. Naturalmente, hoy no tendría ese problema, ahora no me queda nadie…

Pareció que el ominoso barro que aquella anécdota acababa de remover en el fondo de su alma la anulaba y que no podría seguir. Pero sacudió la cabeza, ahuyentó a los malos espíritus y continuó con voz ya definitivamente firme.

—Así pues, debido a aquel problema que tenía en casa, decidí marcharme a un monasterio. Era un monasterio —digo este detalle porque tiene su importancia— que no estaba lejos de mi casa, sino a unos tres kilómetros, en una colina que domina nuestra ciudad. Al poco de llegar, a los dos o tres días, ya sentí el cambio. Sentí que algo se iba parando, parándose como un coche cuyo conductor ha dejado de acelerar, y sentí también, curiosamente, que yo iba dentro de aquel algo. ¿Será el tiempo como un vehículo?, pensé. ¿Será algo que nos lleva, que nos transporta, que nos arrastra de un punto a otro a una velocidad variable? A medida que pasaban los días y las semanas, la sensación de que en el monasterio el tiempo iba más lento se fue haciendo evidente. Me sobraban las horas, el temario de las oposiciones a notaría comenzaba a parecerme corto, tenía la impresión de que mi corazón palpitaba según un compás dulce y tranquilo. Un día, era al atardecer, salí a dar un paseo y reparé en la silueta y en las primeras luces de una ciudad ¿Qué ciudad será?, pensé con una emoción parecida a la que debieron de sentir los mercaderes antiguos cuando, tras largas travesías, divisaban por fin Samarcanda o Estambul. No miento al decir que tardé bastante en darme cuenta de que aquella ciudad que tan ajena me parecía era justamente la mía, la de siempre. Al principio pensé que el cambio de tiempo —de vehículo— había alterado mi percepción de la distancia, pero luego, cuando lo volví a pensar, descubrí que el cambio había tenido más consecuencias, que había afectado a las zonas más íntimas de mi ser.

—¿Cómo que a zonas más íntimas? —preguntó la C aprovechando que la N se había tomado un respiro.

—¿Ha conocido usted a algún emigrante? —le dijo la N—. El emigrante vuelve a su país natal creyendo ser el mismo de siempre. Pero llega y no se acomoda. ¿Por qué? Pues porque la estancia en el extranjero le ha cambiado por dentro, y todo le parece extraño, ajeno.

—¿Y ésa era su sensación después de pasar unas pocas semanas en el monasterio? —preguntó la S con algo de sorna.

—Le repito lo que he dicho antes. Tuve la sensación de que me encontraba dentro de otro algo. Dentro de otro vehículo, dentro de otro país. Y que desde allí, mi ciudad de siempre me resultaba ajena.

—Desde luego, la experiencia parece muy interesante —dije—. Y ahora, para terminar su intervención y para que todo lo que nos ha contado incida más plenamente en el tema general de la mesa redonda, dígame en muy pocas palabras ¿cómo definiría usted el tiempo?

—A mí me parece que es una característica de cada país, entendiendo por país cualquier núcleo de vida, sea éste un monasterio, un pueblo, un cuartel, una casa o lo que sea. Igual que se habla de países húmedos y secos, podría hablarse de países de tiempo lento y países de tiempo rápido.

—Entonces, según usted ¿cuántas clases de tiempo hay? —preguntó la C con cara de curiosidad.

—Muchísimas clases. Quizás cien, quizás mil, quizás más —respondió la N—. Como ven, y aunque parezca paradójico, no estoy de acuerdo con Newton. Eso de que, como dice su teoría, el tiempo sea algo que fluye sin relación con nada externo, me parece bastante negable.

Escuchaba las palabras de las participantes y me regocijaba pensando en lo bien que estaba saliendo la mesa redonda. Por decirlo de una manera vulgar pero contundente, el soberbio edificio intelectual soñado iba para arriba con la ligereza de la espuma, y todo hacía pensar que aquella ascensión continuaría hasta el tejado del verdadero saber. Pero la barbarie, siempre al acecho, no deseaba aquello. Deseaba que nuestra obra quedara a medias.

Ocurrió cuando la C preparaba un comentario sobre las palabras de la N. La puerta de la sala se abrió de golpe, y la G, en plan gorila, gritó:

—¡Goooool! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol!

—Seguro que ha marcado Savicevic —dijo la S con una sonrisa de superioridad.

—Así es, Savicevic. ¡Ha sido la hostia! ¡De verdad que ha sido la hostia! —dijo la H hollando todo lo que encontraba a su paso. Desde luego, era un hooligan auténtico.

—¿De qué equipo es Savicevic? —preguntó alguien.

—Del Milán —respondió la M.

—¡Paris St. Germain cero, Milán uno! —gritó la H poniéndose a bailar sobre nuestra mesa.

—¡Qué partido! ¡Pura poesía! —suspiró la P desde la puerta.

—¡Forza Milán! —gritó la F.

—¡Forza! —corearon una buena decena de letras. El entusiasmo de la cuadrilla hooliganera comenzaba a ser contagioso.

Ante el desastre mano de sastre, pensé. Ya que una buena parte de la tela había sido mordida por la polilla, sólo cabía el tijeretazo. Valía más quedarse con un pequeño pero fiel grupo de letras, que seguir adelante con todo aquel lío.

—Los que quieran ver el fútbol, que se vayan y nos dejen a los demás en paz. Esta reunión es muy seria —dije en alto.

Se hizo el silencio en toda la sala y, por un momento, pensé que todo iría bien, que incluso la H se iba a quedar. Pero aquella calma no hacía sino presagiar la tormenta que vino a continuación. En medio de un ruido de sillas y botellas, la mayor parte de las letras dejó su puesto y se abalanzó hacia el bar.

—¡Forza Milán! —gritó la F.

—¡Forza! —corearon las letras que ya bajaban por la escalera. Sonó tan fuerte que temí por la estabilidad de la sala.

Cuando tuve la suficiente presencia de ánimo como para levantar los ojos, miré al grupo de fieles que había decidido seguir con la mesa redonda y continuar su lucha con el escurridizo tema del tiempo. Eran únicamente cinco.

—Os lo agradezco mucho —dije.

—La primera de las letras no podía faltar —dijo la A.

—Yo soy una entusiasta de las mesas redondas —añadió la E.

—Yo soy del Milán, y vería el partido con gusto —explicó la M—. Pero estoy en una época meditativa de mi vida, y prefiero no moverme.

—A mí no me interesa el fútbol —dijo la nonagenaria N.

—Para mí, lo primero es la corrección —dijo la C—. Y abandonar una mesa redonda cuando todavía faltan muchos grados para completarla es una falta de corrección. Dicho sea de paso, estoy bastante consternada por el comportamiento de la S. Creía que era una letra más seria.

—Ya lo he dicho antes. Ella se cree seria, pero es simple —dijo la P entrando por la puerta—. Hay tanta multitud viendo el partido que es imposible disfrutarlo. Prefiero reincorporarme a la mesa redonda. Si es que sigue habiendo sitio para un poeta, claro.

—Hay sitio de sobra —le respondí con cierto resquemor. No podía olvidar que él había sido el primero en unirse al hooligan.

—¿Queda mucho para que termine el partido? —preguntó la M.

—No mucho. Unos veinte minutos —respondió la P.

—Bien, sigamos —dije con cierta impaciencia—. ¿Quién quiere seguir? ¿Quién quiere recoger la antorcha?

—Tendré que ser yo —dijo la A sin asomo de esa arrogancia que algunos le atribuyen—. Pero no teman, no voy a hablarles de la concepción del tiempo en Aristóteles, sino de algo aparentemente más anecdótico y también, al menos eso espero, más ameno. Abreviando: voy a hablarles del ajedrez. Si se fijan ustedes en el tablero de ajedrez, verán que no tiene centro, o mejor dicho, que no tiene un punto central; verán que lo que hay en lugar de ese punto es un cuadrado de cuatro casillas, dos blancas en diagonal y dos negras también, por supuesto, en diagonal. ¿Qué significa eso? Pues, según cierta tradición, el tablero del ajedrez sería, entre otras cosas, una representación simbólica del tiempo. Efectivamente, el tiempo sería, y ésta es la definición que yo quiero aportar aquí, algo que no tiene centro y que avanza de cuatro en cuatro. Repito: algo que no tiene centro y que avanza de cuatro en cuatro.

—De cuatro en cuatro estaciones, supongo —inquirió la E.

—Así es —admitió la A—. El tiempo avanza de cuatro en cuatro estaciones. Siempre según la tradición materializada en el tablero de ajedrez.

—Cierto —dijo la C—, pero quisiera hacer una corrección. Ha hablado usted de un cuadrado, y quizás hubiera sido mejor hablar de un círculo, porque en la realidad, en la realidad del mundo rural por ejemplo, no se repiten únicamente esos cuatro momentos, sino que a lo largo del año se repiten muchísimos más; momentos que, generalmente, y dicho sea de paso, suelen estar señalados con fiestas y con santos, y que representan hitos de la vida agrícola o ganadera. Así las cosas, al haber tantos momentos repetidos, y no puramente cuatro, el tiempo pierde en cuadratura y gana en circularidad. Observe usted, y con esta apreciación acabo, que cuando se popularizaron los relojes, éstos tomaron forma circular.

Después de la correctísima intervención de la C, hubo un momento de silencio y de reflexión. A continuación, la A retomó la palabra.

—Si yo fuera la A de Antigüedad, le daría la razón y aceptaría su aportación en todo. Sin embargo, como me siento más cerca de la actualidad que de la antigüedad, me veo obligada a recordarle que su descripción ya no se ajusta a los hechos, porque, como usted bien sabe, hoy en día los relojes tienden a ser rectangulares. A medida que las ciudades van creciendo e imponiéndose sobre lo rural, el tiempo va transformándose y cambiando de naturaleza. En lo que respecta a Occidente, esto es completamente cierto.

—Amigas mías —murmuró la M—, no hay tanto misterio. Si se me permite un inocente juego de palabras, yo diría que en algunas partes del mundo, el mundo ha cambiado mucho. Repito: lo que ha cambiado en algunos lugares como Manchester, Michigan o Madrid es el mundo, o si prefieren otra palabra, el modo de vida, la cultura, la civilización. Así las cosas, el tiempo no es el mismo, pero tampoco la Muerte es la misma, ni la Música, ni el Mal, ni la Magia…

—Como saben, yo acabo de cumplir los noventa años —dijo la N—, y puedo afirmar con toda autoridad que eso que ha dicho mi compañera M es verdad. El mundo ha cambiado mucho. Yo creo que ha cambiado más desde mi nacimiento hasta ahora, que desde el nacimiento de Jesús hasta mi nacimiento. Más en setenta años que en mil novecientos…

—Muchos ancianos corroborarían esa opinión suya, estoy seguro de ello —dije.

—Si me lo permiten —continuó la N—, puedo contarles una anécdota que ilustra perfectamente ese hecho.

—Adelante —le animé yo con mi mejor sonrisa. Realmente, quién iba a pensar al comienzo de la mesa redonda que aquella letra anciana iba a convertirse en uno de los pilares del edificio intelectual que yo anhelaba construir.

—Pues, cuando vivía en Nápoles, tenía la costumbre de visitar el museo donde se guardan parte de las pinturas y esculturas de Pompeya, cuadros y esculturas en las que pueden verse escenas de la vida cotidiana de hace dos mil años. Pues bien ¿qué pensamos al ver esas escenas? Pues que son las mismas que las que hasta hace treinta o cuarenta años podían verse en las zonas rurales de Italia, España o Grecia. Por poner un ejemplo, hay en ese museo varios cuadros en los que se ve a varias niñas jugando a las tabas. Eso demuestra lo que decía antes. Que, en ciertas zonas, la vida cambió poco durante casi dos mil años.

—En Petronio se puede ver una cosa bastante parecida —dijo la P dejando a un lado el libro de poemas que había estado ojeando—. Petronio describe un juego que yo mismo practiqué en mi infancia y que, al menos en mi pueblo, se llamaba el juego del caballo fuerte o del burro. Consiste en que unos niños de un grupo se ponen en fila y se agachan hasta formar una especie de caballo o burro, mientras que los del otro grupo saltan sobre ellos como jinetes intentando que doblen la rodilla. Ya digo, este juego que cita Petronio lo he practicado yo. Y no soy tan viejo, creo.

—Tenéis razón —dije—. El mundo ha cambiado mucho. Pero ¿a mejor o a peor?

—A peor —dijo la P.

—A mejor —dijo la M.

Hay mesas redondas que, como ciertos cohetes que se usan en los llamados fuegos artificiales, explotan y se expanden por segunda vez cuando ya no queda sino el rescoldo de la explosión originaria. Según todos los indicios, la nuestra pertenecía a esa privilegiada clase. Habíamos partido de un tema general —generalísimo— y escurridizo —escurridicísimo—, y he aquí que, cuando ya parecía agotado, surgía desde su fondo otro tema general —generalísimo— y escurridizo —escurridicísimo —: el tema de si los tiempos cambiaban a mejor o a peor, la eterna cuestión de la edad de oro. Ya me felicitaba por lo que, suponía, iba a ser otra fiesta constructora de sabiduría, cuando un fragor procedente de las escaleras interrumpió mis reflexiones. Comprendí con horror que se trataba de la numerosa cuadrilla hooliganera de la H.

—Oe, Oe, Oe, Oe, Oe… —cantaba la cuadrilla. Reconocí, al frente de ella y como primera voz, a la O que supuestamente estaba encargada del orden.

—Parece que ha ganado el Milán —dijo la M.

—¡Victoria! ¡Victoria! —gritó la V irrumpiendo en la sala junto con la O, la H, la S y todas las demás desertoras de la mesa redonda.

—Ha sido la hostia. Milán dos, Paris St Germain cero —chilló la H dejando una caja de botellas de cerveza sobre la mesa.

—¡Savicevic! ¡El segundo también lo ha marcado Savicevic! —gritó la S.

La segunda explosión de la mesa redonda fue materialmente anulada por aquella otra bárbara explosión de alegría deportiva. Nada podía hacer yo, y nada podían hacer las letras que fielmente me habían acompañado. La A puso cara adusta, y la E y la C intentaron enfrentarse y contraatacar al grupo. La P llegó incluso a protestar en nombre de todos los que, según la M, estábamos siendo marginados o —según la N — ninguneados. Pero lo que la F llamó fiesta del fútbol continuó adelante. Decidimos —la P volvió a acudir en nuestra ayuda— armarnos de paciencia y esperar. No estábamos dispuestos a que la mesa redonda acabara de aquella manera. No, no serían los bárbaros los que dijeran la última palabra.

Después de unas horas, la fiesta perdió fuelle, y la tristeza bárbara que siempre sigue a la alegría bárbara hizo su aparición. La sala se llenó de lamentos y lloros alcohólicos, y la mayoría de las letras optó por marcharse. Aunque no todas lo lograron —caminar a cuatro patas no es tan fácil como parece—, nos quedamos bastante solos.

El momento de coronar nuestra ceremonia había llegado.

—Bien, si alguien quiere añadir algo, que lo haga —dije—. De lo contrario, daré por finalizada la mesa redonda sobre el tiempo.

Para mi sorpresa, la H levantó la mano. Estaba encima de la mesa, entre botellas vacías de cerveza.

—Yo quiero hablar —dijo.

—Adelante —le invité.

—Pues resulta que con el tiempo a mí me pasa algo raro.

—¿Desde qué punto de vista?

—Desde el punto de vista de un hooligan, supongo. Porque yo soy un hooligan, o para decirlo de una forma más antigua, un hincha. No sé si os lo había dicho.

—Sí, algo sabíamos. Pero, adelante, cuenta lo que te pasa.

—Pues me pasa que cuando mi equipo va ganando por uno a cero cada minuto se me hace larguísimo. Es como si el reloj se parara y como si el equipo contrario tuviera todo el tiempo para empatar. Cuando es al revés, en cambio, cuando somos nosotros los que vamos perdiendo por uno a cero, mi impresión es la de que el tiempo vuela y de que nos va a resultar imposible remontar el resultado. No sé, me gustaría que alguien me explicara este misterio.

—¿Conoces a un futbolista que se llama Einstein? —le preguntó la E.

—Me suena —dijo la H—. Juega en el Hamburgo, me parece.

—Efectivamente —dijo la E.

—¿Por qué me lo dices? —preguntó la H incorporándose.

—Porque es la persona adecuada. Él te explicará el misterio. Lo mejor será que se lo expliques en una carta.

—Pues eso voy a hacer. Y de paso le pediré una camiseta. Pero eso será después de dormir. Ahora tengo mucho sueño.

Dicho y hecho, la H se quedó dormida sobre la mesa.

—Bien, la mesa redonda ha finalizado. Os agradezco vuestra colaboración —dije, y las seis letras que habían conseguido llegar hasta allí asintieron con la cabeza y me devolvieron las gracias.

(Inédito)