Cuentos de futbol

AA. VV. · Capítulo 3 de 40

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Cuentos de futbol

Cuando los balones se volvieron invisibles (por Fulgencio Argûelles)

Arrullado por la pestilencia perenne de la bruma de cenizas que las grandes chimeneas de los crematorios esparcían por el aire, Héctor Guerrero salió de la duermevela del final de la tarde con el suspiro lastimoso y elocuente de quien acaba de vislumbrar flotando en el charco alborotado de su propio corazón el barco impasible de la muerte. Quiso gritar, pero observó cómo la materia viscosa del silencio del universo se escurría por las paredes desnudas de su cuarto y el grito se le desvaneció como una resina cáustica en las grietas hirvientes de sus labios. Se incorporó sobre la colchoneta de espuma y se quedó aturdido por el derrumbe repentino de su voluntad. El mundo le pareció irreal. Por primera vez en su vida tuvo la evidencia física de que la tierra estaba dando vueltas sobre sí misma y también alrededor de los humores corrosivos de su cerebro. Se acercó a la maraña de trapos y cartones aparvados en una esquina del cuarto y alcanzó una bolsa de plástico de la que extrajo con cuidado uno de los valiosos álbumes que guardaba como la única y última referencia con el pasado, cuando el mundo no era todavía una ciénaga pestosa de muerte y desolación. Pertenecía a la última liga del campeonato de fútbol disputada seis años atrás. Lo dejó en el suelo, abierto por la página del que había sido su último equipo como entrenador. Luego extrajo de uno de los bolsillos del pantalón que colgaba de la manilla de la ventana un globo blanco. Lo infló, lo ató, le dibujó las rayas negras tal como venían en las fotos de balones que llenaban los márgenes del álbum y comenzó a elevarlo una y otra vez golpeándolo con la cabeza, los muslos o los pies, mientras iba sintiendo cómo el globo, él mismo y el mundo entero se quedaban nadando en un estado de brumas imaginarias donde la realidad no era otra cosa que el cúmulo de los residuos que habían dejado en su memoria tantos buenos recuerdos. Mientras el globo ascendía, él cerraba los ojos y soñaba con aquellos balones de antaño que volaban sobre el área girando sobre sí mismos, igual que gira la tierra, buscando el golpeteo acrobático de su derecha mágica. El globo se elevaba a cámara lenta y él se retorcía sobre sí mismo reproduciendo cabriolas, chilenas, volatines y piruetas como aquellas que en otro tiempo habían enfervorizado al público y entusiasmado a todos los críticos deportivos y cuyas imágenes habían recorrido el mundo repartidas y repetidas una y mil veces por todas las cadenas de televisión extranjeras. En cada viaje lánguido del globo-balón hacia las alturas, Héctor Guerrero iba desclavando las imágenes colgadas y disecadas en las paredes de su memoria y las iba extendiendo en el aire de ceniza de la tarde agria como una sábana nevada sobre la hoguera de su miseria. Veía la entrada triunfal en la avenida del aeropuerto bajo una lluvia de flores y serpentinas montado en el automóvil plateado y abierto que el presidente de la nación usaba en las inauguraciones públicas, cuando el equipo regresó con la copa de todas las copas debajo del brazo después de un encuentro inolvidable contra los ingleses donde él consiguió, con el tiempo ya vencido y el árbitro ojeando su cronómetro, una volea desde cuarenta metros que incrustó el balón por la mismísima escuadra y dejó al portero londinense de las cien manos y los mil pies tendido en el césped como una alimaña herida de muerte y ahogado en un llanto de niño abandonado imposible de contener. Veía los pasillos alfombrados y las cristaleras floridas de los ministerios en las innumerables recepciones organizadas para las felicitaciones oficiales por tantos títulos nacionales y continentales y las caras triunfales y sebosas de los políticos que lo abrazaban como a un mesías libertador de todos los males patrios. Veía a las patrullas espontáneas de aficionados llenando los muros de la ciudad con su nombre pintado con brocha gorda. Veía a la muchedumbre enloquecida saltando al campo para elevarlo en hombros la noche en que consiguió su primer título como entrenador en un partido glorioso que durante noventa minutos detuvo al país entero en un suspiro subliminal de infartos contenidos. En el fragor de estas imágenes revividas consumió lo que quedaba de la tarde hasta que el globo, que había ido trazando en quiebros extenuados los perfiles de un mundo feliz perdido, alcanzó los pinchos de un pequeño cactus que agonizaba sobre el cajón de la basura y desapareció en una explosión súbita y desproporcionada que a él se le antojó como un síntoma más de la maldición que desde hacía años había caído sobre la pasión o deporte del fútbol y sobre todos sus apropiados, derivados o referentes y que había hundido al país en la más cruel y enigmática de las miserias. Recogió los añicos de goma como quien recoge en un último y definitivo esfuerzo los despojos de sus entrañas y los arrojó, junto con el cactus moribundo y asesino, al féretro de la basura. Triste y derrotado por la evidencia del maleficio se desplomó sobre la colchoneta de espuma, tomó el álbum que había permanecido abierto en el suelo y encendió la radio. Mientras repasaba las hojas amarillentas reconociendo cada una de las caras, deteniéndose en cada rostro y preguntándose qué habría sido de éste o de aquél, compañeros, la mayoría, en los equipos a los que él había pertenecido, primero como jugador y después como entrenador, mientras esto hacía con el gesto perdido en el ámbito gris de la melancolía escuchó la voz de naufragio del locutor que anunciaba las últimas medidas urgentes del Gobierno de Salvación Nacional. Se declaraba no potable el agua de todas las ciudades y se emplazaba a la población a consumir únicamente aquella que los Consejos Urbanos repartirían por las calles en camiones cisterna. Los cadáveres de las gentes que morían cada día como si fueran chinches se depositarían junto a los contenedores de basura donde serían recogidos en turnos de día y noche por los carros dispuestos al efecto para ser llevados lo más pronto posible a los centros de incineración. Se establecían los criterios de actuación para las múltiples comisiones nombradas para encauzar las ayudas llegadas del exterior y su distribución adecuada entre la población, sacudida y diezmada por el hambre y las pestes antiguas y de nueva aparición. Se suspendían definitivamente todas las actividades académicas y los centros de enseñanza serían utilizados para la asistencia sanitaria y social, por lo que se recomendaba a todos los voluntaríos que quisieran ofrecer su ayuda que se presentaran en dichos centros con ropa limpia y papeles de identidad para pasar las pruebas de asepsia y quedarse, si procedía, a total disposición de los Consejos Urbanos. El Ministerio del Pensamiento Oficial y la Meditación convocaba a todos los intelectuales, profesores y gentes de la cultura a concentrarse en las bibliotecas públicas para unas jornadas intensivas de reflexión sobre las causas y los efectos de aquel irracional desastre sin paliativos en la historia de la humanidad. Se declaraba la guerra abierta y sin miramientos contra los terroristas del grupo Trece de Mayo, que habían elevado al fútbol a la categoría de religión, preconizaban sus méritos y bondades, reivindicaban la vuelta de las competiciones, declaraban al gobierno actual como único responsable del desastre nacional por su torpeza y su maníaca superstición y atormentaban a las autoridades con constantes y trágicos actos de muerte y brutalidad. Y por último se establecía la pena de muerte para todo aquel que manifestara públicamente, de palabra o de obra, cualquier tipo de apoyo, consideración o referencia a la plaga del fútbol o a cualquier recuerdo, objeto o teoría que con aquel juego diabólico tuviera algo que ver. Héctor Guerrero, al oír el relato de esta última medida, abrazó con fuerza la bolsa amarilla donde guardaba los álbumes y sintió cómo se le descuartizaban las ansias de vivir en aullidos sangrientos que le arrugaban el espinazo y la nuca y el alma y la pierna mágica que tantas satisfacciones le había proporcionado a su país, ahora sumido en el barrizal de lo indescriptible. Aquellos álbumes eran lo único que le quedaba. Había perdido a sus dos hijos en el último azote de peste que en ráfagas mortíferas propias del más lóbrego apocalipsis hizo estragos entre la población infantil, y su mujer se había fugado con un miembro del grupo terrorista Trece de Mayo culpándolo a él de no tener cojones para unirse a ellos, tanto que amaba su fútbol de las entrañas, y de haber dejado morir a sus hijos de hambre por no vender en el mercado negro aquellas reliquias de mierda que no hacían otra cosa que agrietarle la coraza del corazón con punzadas de nostalgia y de dolor, pues el país, decía ella, no necesitaba símbolos muertos sino hechos consumados que despertaran las conciencias dormidas de las gentes y mandaran al otro barrio a la inútil manada de gobernantes. Héctor vivía en un piso sin muebles, sin puertas, sin marcos, quemado todo como leña para superar la crueldad del último invierno que fue como una desmesurada y larga pesadilla que acabó convirtiendo aquella nación a la deriva en el reino de la pesadumbre. Trabajaba cada noche por los vales de la comida, una pastilla de jabón, unas pilas para la radio y las medicinas en uno de los grandes crematorios braceando entre destrozos humanos, empujando hacia los hornos candentes los cadáveres de los apestados y sosteniendo a duras penas las ansias de arrojarse también él al fragor de las llamas y acabar de una vez con tanta penuria indescifrable. Pero cada amanecer de ceniza salía de su puesto de trabajo con destino a la colchoneta triste de espuma aplazando la decisión hasta la noche siguiente. Al mediodía bajaba para hacer las colas y entregar los vales a cambio de la carne enlatada, la leche en polvo o el arroz cocido que distribuían los funcionarios del Ministerio de la Lucha contra el Hambre. Dormía seis horas diarias distribuidas en dos sesiones de mañana y tarde y cuando estaba despierto escuchaba los noticiarios de la radio y repasaba una y otra vez los álbumes, como un rito secreto de salvación, al que a veces asistía su amigo Rafael, también futbolista de fama en otro tiempo y ahora con la boca comida por el escorbuto, la pierna de lanzar aquellas magistrales faltas paralizada por la inclemencia del reuma y el cerebro congelado y vidrioso de tanto pedirle al cielo argumentos para su desgracia. Rafael y él se abrazaban a veces despavoridos de la nostalgia sideral que fumigaba sus vidas y acababan empapando con los efluvios del llanto la colchoneta de espuma. Héctor Guerrero se puso triste. Hacía varios días que no veía a su amigo Rafael.

En la radio comenzó un programa sobre útiles consejos para la supervivencia, pero él accionó el interruptor y apagó la voz empalagosa de la locutora sabihonda sin dejar de abrazar los álbumes de la misericordia. Si algún funcionario del Ministerio de la Guerra contra la Peste del Fútbol descubría aquellas reliquias lo condenarían a muerte, como habían hecho con su amigo Belarmo, al que descubrieron intercambiando cromos del último Mundial en un vagón del Metropolitano. Él podría vender a buen precio en el mercado negro aquellos álbumes de la época dorada. Con ello sacaría dinero suficiente para vivir dignamente durante varios meses y comprar en el estraperlo algunas de las cosas más necesarias. Tentado estuvo de hacerlo muchas veces, y en una ocasión salió con la bolsa amarilla bajo el brazo dispuesto a encontrar un comprador. Fue cuando la enfermedad de sus hijos. Pero no era fácil el mundo subterráneo del estraperlo y se necesitan varios días de contactos arriesgados para vender algo con la garantía de la discreción. Cuando volvió, a los dos días, aún con los álbumes bajo el brazo, pero con una cita segura para el día siguiente con un buen comprador, sus hijos habían muerto. Su mujer lo abandonó a la semana siguiente. Le dejó una nota donde decía: «¡Cómete los malditos álbumes, cabeza de balón!». A él se le fruncieron las entrañas y desde entonces padeció una colitis crónica que lo arrastraba una y otra vez camino del excusado y que fue engullendo sus carnes y secando su piel hasta dejarlo en un estado de absoluta misericordia.

Se asomó a la ventana buscando una luz diferente y vio la ciudad inmóvil, sin más signos de vida que los maullidos de unos gatos invisibles. Sin duda la tierra había detenido su frenético girar. El mundo había sido condenado a caminar hacia atrás para corregir ilusiones y descifrar la urdimbre de los malos sueños. No podía ser que el fútbol fuera el causante de tantos males. Héctor Guerrero se resistía a creerlo, aunque los intelectuales del Ministerio de la Verdad habían sido rotundos al manifestarse sobre tal cuestión.

El fútbol llegó a convertirse en la religión de un país ajeno a su propia ruina. Los partidos de la liga se repartieron a lo largo de toda la semana, con el fin de que todos los días, y no sólo el domingo, fueran jornadas de fútbol. Las televisiones organizaban debates interminables sobre las jugadas dudosas y unos comités oficiales nombrados al efecto, después de analizar los vídeos y atender las reclamaciones, decidían en acto público televisado, si procedía, la repetición de los partidos. Algunos se repetían varias veces, con lo cual las ligas se hacían interminables. Los grupos políticos se vieron obligados a hacer declaraciones públicas detrás de cada encuentro y a incluir en sus programas electorales medidas para coordinar el mundo del balón, multiplicar las ayudas económicas, ampliar los estadios y cambiar los planes de enseñanza adaptándolos a la nueva importancia del deporte rey. Las cadenas de televisión que no emitían programas referidos al mundo del fútbol se quedaron sin audiencia y se vieron obligadas a cerrar. Los horarios de trabajo se adaptaron al complicado calendario de retransmisiones ligueras y se crearon sindicatos al efecto. Las páginas que los periódicos dedicaban al deporte fueron aumentando más y más hasta hacer de toda la prensa nacional una prensa deportiva. Entrenadores, jugadores y presidentes de los clubes daban su nombre a las calles de las ciudades y a los colegios y a los hospitales, grababan discos, pronunciaban conferencias y escribían libros que desplazaban de las listas de ventas a los escritores más afamados, muchos de los cuales tuvieron que dedicarse a inventar relatos relacionados con el fútbol, a escribir biografías de ex futbolistas famosos o a dirigir las floridas memorias de los presidentes. Se crearon cátedras en las universidades donde se estudiaban materias como La Historia del Fútbol, La Filosofía del Fútbol, Estrategias Futbolísticas Aplicadas a la Economía Nacional, El Achique de los Espacios y la Política de la Moneda Única, El Fuera de Juego y la Marginación, Fútbol y Dios, Psicología de los Banquillos y Teología de la Liberación, El Miedo Escénico y la Teoría Psicoanalítica de la Frustración, El Símbolo del Balón en el Primer Año de la Vida del Niño y otros muchos temas que dieron pie a tratados, teorías y doctorados y que revolucionaron el mundo de la cultura y de las finanzas. Las acciones de los clubes cotizaron en la bolsa y acapararon en poco tiempo la mayoría de los movimientos bursátiles. El mercado interbancario, el precio de la deuda, los tipos de interés, obligaciones, pagarés, fondos de inversión y hasta el valor de los metales preciosos oscilaban en cada sesión en función de los resultados ligueros de la jornada anterior. Hubo quiebras de empresas importantes, cierre de bancos, suicidios señeros y huida de capitales extranjeros ante aquella fiebre desquiciante que más allá de las fronteras nadie lograba entender. El infarto se convirtió en una enfermedad al cabo de la calle y era frecuente ver caerse desplomados a peatones que esperaban para cruzar un semáforo con el transistor al oído. Se comercializaron los automóviles con televisión y aumentaron espectacularmente los accidentes de tráfico. En las últimas elecciones un grupo político con el nombre de Fútbol al Poder, formado en su mayoría por viejas glorias del fútbol y por catedráticos y doctores en las materias de nueva implantación, obtuvo la mayoría absoluta y entonces aquel juego de pelota de once contra once se transformó en una urdimbre asfixiante que lo fue invadiendo todo hasta ser capaz de conciliar las contradicciones más ancestrales del hombre en un único grito de salvación, y por lo tanto de inflexible superstición. Se legisló al respecto, y lo mágico, lo astrológico y lo quiromántico, en definitiva todas las técnicas de lo imposible, se pusieron al servicio de la nueva religión, y los teólogos se aplicaron en la tarea de inventar misterios que cimentaran las nuevas creencias. Las conciencias se fueron alterando y el país fue capaz de vivir durante mucho tiempo en el limbo de aquellas nuevas ilusiones. Las voluntades se solidificaron en un solo objetivo: el fútbol de cada día; y todas las órbitas de la realidad confluyeron en ese objetivo hasta invadir bárbaramente las personalidades de la misma manera que lo hacen las pestes, el hambre o el frío. Así vivió el país durante muchos años. Y no faltaron hechos impíos y criminales, pero la mayoría referidos a disputas entre seguidores de uno u otro equipo o a sucias campañas electorales para conseguir la presidencia de los clubes. Pero de pronto una maldición cayó sobre el discurso de esta forma de vida que parecía imparable. Los balones comenzaron a hacerse invisibles. La primera vez fue durante la disputa de la final de la Copa del Presidente. Héctor Guerrero lo recordaba muy bien. Él se sentaba aquella tarde en el banquillo como entrenador del equipo que iba venciendo por dos a cero. El delantero paraguayo de la otra escuadra fue a rematar a bocajarro un balón que se quedó suelto en el área con el portero batido y el esférico se esfumó. Un tirón en el muslo obligó al jugador a salir del campo en camilla. Se fueron sacando más balones, pero todos corrieron la misma suerte. Hubo que suspender el partido. En una semana desaparecieron todos los balones de cuero, de goma y de plástico, y hasta las pelotas de playa. Ni los más entendidos en las ciencias parapsicológicas supieron dar una explicación. Se pidieron balones a los países vecinos que fueron traídos cuidadosamente en camiones frigoríficos, pero en cuanto cruzaban las fronteras se volvían invisibles. En Consejo Urgente de Ministros se decidió jugar los partidos con pelotas de trapo fabricadas al efecto, pero una nueva maldición cayó sobre el país del fútbol. Un virus desconocido que las autoridades sanitarias no lograron clasificar arremetía de manera fulminante contra las rótulas de los jugadores en cuanto éstos pisaban el césped y las bajas fueron tantas que hubo que suspender la competición. De nada sirvieron los análisis realizados con la tierra y la hierba de los campos por los especialistas enviados por la Organización Mundial de la Salud. Cundió el pánico. La bolsa se hundió, hubo suicidios colectivos, varios intentos de golpe de Estado, las fábricas se cerraron, las televisiones suspendieron sus emisiones, se organizaron procesiones monstruosas donde se practicó la penitencia pública, los alimentos escasearon, los asesinatos y los actos de histeria colectiva se multiplicaron y el país entero se encontró envuelto por la niebla espesa de un síndrome de abstinencia que acabó con él. La gente dejó de acudir a los centros de trabajo angustiada por la ausencia de aquel alimento del alma que durante tanto tiempo había sostenido sus vidas. Las turbas de los fanáticos asaltaban las videotecas y las sedes de radio y televisión en busca de las grabaciones de los partidos y el Ejército hubo de intervenir para requisar todo el material cinematográfico y recluirlo en los cuarteles. Se estableció el toque de queda y se suspendieron las libertades constitucionales. Por si las desgracias fueran pocas, llegó una ola de frío que se fue repitiendo cada año. Las nevadas duraban meses. Era como si el cielo hubiera querido purificar definitivamente las ciénagas brumosas en que se habían convertido las conciencias, sofocar los efluvios de polvo ilusorio a que se habían quedado reducidas las memorias y ahogar a base de gélidas y cegadoras tormentas blancas las pesadillas de una nación que se había quedado sin futuro y había perdido la noción del tiempo. El presidente del país y fundador del partido Fútbol al Poder, un trece de mayo, festividad de Nuestra Señora de los Desamparados, mortificado y despavorido por tanta absurda desgracia, se pegó un tiro en acto público televisado en directo diciéndoles antes a todos que, puesto que en este mundo ya no había fútbol, no merecía la pena vivir. Muchos ciudadanos siguieron su ejemplo y los árboles de los parques amanecieron abarrotados de cadáveres colgados y bandeados por el viento de la desilusión. Esa misma noche, con los alientos oliendo a resina y los cráteres de la luna pintados de alquitrán, los minúsculos grupos de la oposición, para quienes el fútbol había sido la peste desencadenante de todas las desgracias, tomaron el poder y se constituyó el Gobierno de Salvación Nacional.

Héctor Guerrero, abrumado más que nunca por el peso de la nostalgia (que es como el rumor corrosivo de la lluvia de los recuerdos cuando se ponen tristes) iba camino del crematorio a cumplir con su jornada nocturna de trabajo recordando los hechos, desde aquella noche de pasmo en el Estadio Nacional cuando el balón se volvió invisible, hasta el apocalipsis devastador en el que día a día iba sobreviviendo a base de reconstruir el mundo perdido de antaño en el espacio ceñido de su memoria. Los carros municipales recogían los cadáveres amontonados junto a los contenedores de la basura. Le dio una patada a un bote vacío con el mismo estilo y el mismo coraje con el que ejecutaba las penas máximas en los encuentros de la Selección Nacional. Los funcionarios que conducían los carros mortuorios le gritaron al unísono: «¡Eh, tú, que eso está prohibido!». Él se soltó a llorar y el agua salada de su llanto al mezclarse con la ceniza triste del aire formó en su rostro un barro luminoso parecido al polvo decrépito de la muerte. Tomó el sendero mugriento del crematorio, entre edificios descascarados de techos hundidos. Una especie de vagabundo gritaba consignas contra la peste del fútbol subido sobre un rimero de escombros. Hablaba de la primitiva bondad del hombre, del escepticismo, de las enfermedades que en el alma provocan las nuevas religiones y del peligro que para las voluntades y las conciencias suponen las de más antigua implantación; y gruñía, con voz desafiante de goznes oxidados y vidrios rotos, reclamando el cobijo y la enmienda de la esperanza como el único antídoto contra los devastadores efectos del veneno de la pelota. Héctor Guerrero sintió lástima de aquel desastrado predicador, y de sí mismo, y del mundo entero, y pensó que también la esperanza es una especie de religión que no trae a los corazones más que dolor y que es algo así como la antesala del infierno, y deseó con todas sus fuerzas convertirse en balón para volverse invisible.

(Inédito)