Deudas pendientes
Capítulo 8
—¿Y a qué vienes tu ahora a mi casa? ¿A enterarte también de quién mató a Trendy? Se lo he dicho hace un rato a ese policía amigo tuyo, que además lo imaginaba todo ya. ¿A qué vienes ahora, Pablo, después de tantos años?
—¿Te encontró, no?
—¿Qué?
—Le vi el lunes, en el metro, poco antes de que le mataran, y no me habló de ti, pero un amigo suyo de Estados Unidos que vino al entierro me aseguró, a mí y a ese policía del que hablas, que decidió volver para buscarte. Te encontró, ¿verdad, Nora?
—¿Te interesa saber eso más que quién le mató?
—Ahora sí.
—Me encontró. Claro que me encontró. Hace tres meses. O seis. No lo sé. He perdido la noción del tiempo aquí encerrada. Me encontró para bien y para mal de los dos, de él y de mí.
Estábamos en la entrada de su casa, de pie, con la puerta de la calle aún abierta. Ni siquiera nos habíamos besado en las mejillas. Ella permanecía callada, con los ojos enrojecidos de no dormir o de no parar de llorar. No se decidía a dejarme pasar. Yo jugueteaba con el postit de Roche y me limitaba a examinarla. Había cambiado tan poco que por un instante pensé que se enfadaba conmigo por haber llegado tarde a una cita en el bar del instituto y no por presentarme en su casa por primera vez en más de doce años. Seguía vistiendo el mismo tipo de pantalones ceñidos y camisetas blancas y amplias que usaba tiempo atrás. Seguía metiendo las manos en los bolsillos cuando no encontraba las palabras.
Me había lanzado a la calle tras hablar con Martí y allí estaba, enfrente de ella, pensando que había hecho falta más de una década para volver a verla y que, sin embargo, éramos casi vecinos. De mi palomar a su casa no había ni diez minutos a pie. Vivía en un piso antiguo cerca de la plaza de Vázquez de Mella, en una bocacalle solitaria y aislada, ajena a la ruta de bares de copas de la zona.
Por un momento pensé que me iba a echar. Después se apartó, me dejó pasar, me acompañó hasta un salón diminuto y acogedor donde me invitó a sentarme en un sofá azul mientras ella preparaba un café que yo no había pedido ni ella me había ofrecido y entraba y salía del salón acarreando nerviosamente tazas y jarritas de leche. Procuré sin éxito llenar el silencio hablándole de Mosca, de Javier, de Mongo, anunciándole que los había visto, contándole en un par de frases qué había sido de ellos en estos años, dónde vivían, en qué trabajaban. Pero sobre todo seguí reconociéndola mientras se desplazaba de la cocina al salón y del salón a la cocina: su rostro había ensanchado, había perdido tal vez cierta luminosidad adolescente, pero yo lo encontré igual de hermoso que entonces, sus ojos marrones seguían mirándote desde muy adentro. Llevaba el mismo pelo de entonces, largo y algo desordenado. Se inclinó para dejar los vasos en la mesa. Seguía sin hablar, con la mirada perdida en una fuente de galletas.
—¿Quieres que me vaya, Nora? —le pregunté, no demasiado convencido de que me fuera a decir que no.
Pero negó con la cabeza y volvió a la cocina a por otra cosa para no seguir viéndome en ese momento y que yo notara que estaba a punto de romper a llorar. Me acarició el hombro al regresar con un azucarero a pesar de que ya había uno en la mesita.
—Sigues igual, Pablo. Igual de guapo —dijo.
Se sentó enfrente de mí. Y me miró con un gesto antiguo, que reconocí, sus ojos me recorrieron con dulzura, de arriba abajo, durante un largo rato. Habían pasado más de doce años, pero juro que era capaz de intuir lo que ella pensaba, de interpretar la manera que tenía de mirarme. Ya no la amaba, tal vez nunca la amé, a pesar de lo seguro que estaba cuando me abrazó por primera vez la mañana del maratón. Y sin embargo, a un metro de ella recordé líneas de su cuerpo que yo creía haber olvidado: el hueso de la clavícula muy marcado por debajo de la camiseta, la forma de sus piernas, el color anaranjado de su piel. Luego, sin ironía, menos nerviosa que al principio, me preguntó que qué tal, como el que lanza una de esas preguntas huecas que sirven para todo.
Le respondí que bien, claro, le describí escuetamente mi trabajo en la oficina, le mentí acerca del futuro, mencioné de pasada a Martí, a Isabel, a mi familia de morosos, y a Julia. Pero yo no quería hablarle de mí. Nora pareció comprenderlo porque se acomodó en otro sofá, encendió un cigarrillo, me miró, sonrió por primera vez y comenzó a hablar.
—Me asusté cuando llamaste abajo, al portero automático. Pensé que alguien venía a por mí. Es un terror sin sentido, pero qué quieres. No reconocí tu voz, aunque habría debido suponer que serías tú, porque el policía me pidió permiso para darte mi dirección. Pero lo había olvidado —dijo, y me volvió a mirar de arriba abajo—. Y ahora estás aquí. Qué poco has cambiado. Ni siquiera estás más gordo —añadió. Bebió un poco de café, esbozó una mueca graciosa de desagrado y continuó—: El principio lo sabes. Tan bien como yo. O como tu amigo el inspector, por lo que he visto. No podía imaginarme que a un policía le importáramos tanto. Aunque él se ha largado a la media hora de empezar a contarle, en cuanto le he dicho quién mató a Trendy, supongo que para buscarle y meterle en la cárcel. Lo estará haciendo ahora, supongo —volvió a enmudecer, a mirar la taza vacía. Pasó cerca de un minuto. Me miró, sin sonreírme, ya sin ninguna expresión en la cara—: El principio: éramos tres. Después, cuando nos liamos tú y yo en el maratón, fuimos ya dos más uno hasta que el uno se largó a los Estados Unidos. Yo sabía que le gustaba, pero te elegí a ti. Al más guapo. Y el tercero se fue. Y nunca escribió, ni llamó. Y pasó el tiempo, y tú y yo nos peleamos, nos separamos, dejamos de vernos y nos habíamos olvidado el uno del otro, o casi. O sin casi, ¿no?
Yo la miraba sin saber qué contestarle. Ella, cada vez más tranquila, parecía dispuesta a contármelo todo:
—A veces os buscaba, Pablo. Andaba por ahí, por el centro, en Preciados o en Sol, y os buscaba. No solo porque os echara de menos, eso tal vez ocurriera al principio, cuando tú y yo cortamos, cuando Trendy se largó, no, no era eso. No era solamente eso. Yo ya vivía con Raúl. Habíais salido de mi vida hacía muchos años, habíamos desertado los unos de los otros, no sé tú, pero yo ni siquiera me he acercado a vuestro barrio desde entonces. Y a pesar de todo, de Raúl, de los años y la distancia, había días que os buscaba por esas calles porque pensaba que tal vez un día os cruzaríais conmigo y yo, por no ir atenta, no os reconocería. Por eso, cuando una mañana, hace algunos meses, vi a Trendy sentado en un banco enfrente de mi casa, mirando para mi portal, pensé que por una vez el destino había jugado limpio conmigo: en una ciudad inmensa, con tantas calles en medio, ahí estaba, delante de mí, bien visible, justo al lado de mi casa, a la hora a la que salgo a trabajar. Yo entonces no sabía que ni el destino ni la buena suerte me lo habían colocado delante, que había sido él, el testarudo de Trendy, quien después de preguntar a medio Madrid, se había enterado de mi nueva dirección. Llevaba horas esperando a que saliera o entrara a mi casa, y supongo que se habría quedado las que hiciera falta. Pero yo pensé que estaba allí de pura casualidad, que por fin me estaba sucediendo uno de esos encuentros que siempre parecían ocurrirle a los otros y que a mí siempre me ha gustado observar. Yo no sabía que había pasado tanto tiempo en Estados Unidos. Ya te lo he dicho: nunca me escribió. Yo pensaba que solo había estado unos meses fuera y que, como todos, vivía en Madrid.
Se detuvo. Respiró. Echó una ojeada hacia la ventana. Se frotó los ojos rojos de sueño. Permaneció un instante callada antes de continuar:
—Era febrero, y hacía mucho frío. Le reconocí nada más salir del portal, a pesar de esa barba que se había dejado y de que iba sin su melena de siempre. Pero seguía siendo Trendy, el mismo chico delgado de ojos muy azules. Me acerqué al banco mientras él se incorporaba y avanzaba hacia mí con una sonrisa abierta en la cara. Ahora que te lo cuento caigo en que no soy capaz de recordar la escena tal y como fue, tal vez porque llevo días enteros intentando hacerlo. Estoy convencida de que le pongo más emoción de la que realmente tuvo, por lo menos para mí. Porque no nos dijimos mucho al principio. Te puedes imaginar, qué haces aquí, qué sorpresa, esa clase de frases pronunciadas sin pensar. Aunque sí que noté que me miraba con un detenimiento extraño, asombrado, como si no se creyera que estaba delante de él, charlando con él, después de tantos años. Me preguntó si tenía tiempo. De eso sí que me acuerdo bien: no si nos tomábamos un café, si iba a trabajar; sino si tenía tiempo. Y yo recordé entonces, te lo juro, no al Trendy barriobajero, decidido y echado para delante, sino al chico despechado que huyó de nosotros cuando tú y yo empezamos a salir. Me preguntó si tenía tiempo y yo le respondí que sí, aunque ya llegaba tarde a la oficina. Y en el rincón de una cafetería cualquiera me contó el pedazo de su vida que transcurrió en Estados Unidos. Luego, de repente, me confesó que había regresado para verme, para, según me dijo, comprobar si aún seguía enamorado de mí. Pablo: yo no le busqué, yo no le esperaba, yo imaginaba que Trendy, como tú y como yo, había seguido su camino, se había olvidado de nosotros como nosotros de él, que vivía en un barrio cualquiera de Madrid después de su chaladura de adolescente de largarse al extranjero y que trabajaba en una oficina o en una tienda o en un restaurante; o que era el jefe de una banda de atracadores o el dueño de un pub de moda. Yo qué sé. Donde fuera, pero lejos de mí, aparte. Por eso me quedé muda, mirando fijamente al hombre que acababa de decir eso, tan distinto al muchacho que yo había conocido y a la vez, tan idéntico a él. No supe qué contestarle, qué añadir. A punto estuve de levantarme y dejarle ahí sentado; de hecho hice un gesto, moví las manos y la boca como para despedirme porque pensé por un momento que Trendy se había vuelto definitivamente loco. Pero él me cogió del brazo y me pidió que esperara. Y me habló de la noche en la que después de haber conocido a una chica madrileña que se parecía a mí en un hotel de mala muerte en medio de un desierto americano, había decidido volver para buscarme. Ya te digo: un segundo antes había estado a punto de levantarme y de despedirme, adiós Trendy, todo eso se acabó hace mucho, yo tengo un novio, vivo con él, nos hemos hipotecado hasta las cejas y hemos decidido tener un hijo, porque la vida ha seguido discurriendo mientras tú te ibas a Nueva York y te quedabas allí. Podía haberle dejado en esa cafetería, Pablo, y ahora él viviría, el inspector de policía perseguiría muertos en otra casa y tú no estarías aquí y seguirías siendo solo la sombra de un recuerdo que de vez en cuando yo busco entre la gente. Pero no lo hice, esta vez no, esta vez me quedé a su lado. También yo me pregunto lo que seguro te preguntas tú ahora: por qué entonces y no mucho antes, cuando todo era más sencillo, cuando bastaba con elegirle a él y no a ti. Pues no lo sé, Pablo. No lo sé. El caso es que la historia que no fue a los 17 años iba a ser a los 29, o eso creía yo. Todos los días desde aquella mañana en que le encontré me he preguntado si lo que me enamoró de Trendy es que había cambiado mucho en estos años o que no había cambiado en absoluto. Me enamoré de él, es cierto Pablo, y créeme: no he querido nunca a nadie como quise a Trendy en estos meses. Ya no era el adolescente que huyó al extranjero porque se metió en líos con taxistas traficantes y porque la niña que le volvía loco salía con su mejor amigo. Pero todavía perduraba mucho de ese chico en ese hombre. Lo suficiente como para volver de Estados Unidos por la misma razón, por la misma mujer. O tal vez no era eso, Pablo, tal vez, simplemente, yo no sabía que la vida que llevaba con Raúl ya no servía y necesité que Trendy me lo mostrara. Pero eso da igual. No quiero volverme loca buscando razones. No se trataba de poner puntos a uno o a otro, de comparar qué había de bueno en Raúl o en Trendy y en elegir después, porque en estas cosas no se vence a los puntos sino por KO. ¿Entiendes? Le elegí. Como te había elegido antes a ti. Aquella noche no fui a casa, mentí a Raúl por primera vez. Nos acostamos juntos después de compartir con él un día entero en Madrid en el que volvió a contarme de otra forma su viaje entero, de una forma que parecía mentira pero que era verdad, no sé explicarlo mejor, Pablo: Nueva York, San Francisco, una amigo latinoamericano llamado Carlitos, Las Vegas, Luke el australiano, el desierto, y le dije allí mismo que me encantaría contemplar junto a él el color naranja de ese desierto y él me prometió enseñármelo en cuanto pudiera, yo quise dejar de llamarle Trendy porque ya no teníamos edad para seguir utilizando motes del instituto y además me daba cuenta de que me estaba enamorando de él, pero no me salía, y le seguí llamando como siempre, y también hablamos de ti, de lo poco que sabíamos de ti, de Mosca, del Gordo, de todos, del barrio vuestro donde nos conocimos, de lo infelices que nos creíamos entonces, pero sobre todo de él y de mí. Nos acostamos juntos esa noche en su casa, en su piso enano del barrio de Malasaña, y cuando amaneció y nos duchamos y salimos juntos a la calle para ir a trabajar, él a una academia de inglés donde daba clases, yo a mi oficina, pensé, lo recuerdo bien, que acababa de terminar el día más feliz de mi vida. Así de simple. Así de cursi. Así de exacto, Pablo, te lo juro. Y a ese día siguieron otros. Antes te respondí que había encontrado a Trendy para bien y para mal de los dos. Mentía. Ahora me doy cuenta de que fue para bien, a pesar de este terrible final, porque el tiempo que pasamos juntos ha sido un enorme, caprichoso e inesperado regalo del cielo que todo el mundo merecería recibir alguna vez.
Paró, exhausta. Recordaba con ansia, con placer, con necesidad. No sé qué encontró en la luz que entraba por una de las ventanas porque se quedó prendida de ella. Pasaron unos minutos enormes, que yo no me atreví a interrumpir.
—Pero cuando volvía a esta casa, cada noche, asustada de mi propia felicidad, me encontraba a Raúl reconcomiéndose mientras preparaba la cena o veía la televisión tumbado en ese sofá. Sospechaba algo. Claro, ¿cómo no? No se atrevía a preguntarme directamente que qué pasaba. A veces, eso sí, sin que viniera a cuento, se presentaba con un catálogo de decoración, o me comentaba que alguna amiga suya se había quedado embarazada. Yo sabía que aquella era su manera de decirme: «Eh, tú, acuérdate de que estamos juntos, de que hemos estado juntos y de que vamos a estar juntos». No tardé en decírselo. Una semana después, le conté que me acostaba con Trendy, que tenía decidido irme a vivir con él. Se lo dije de golpe, sin preámbulos, lo solté de carrerilla mientras cenábamos, mirándole a la cara y sin alzar la voz, aparentemente muy tranquila. Después me encerré en el dormitorio. No me tomó en serio al principio, no se creía que todo el futuro que teníamos previsto recorrer en común se estaba deshaciendo ante sus ojos. Permaneció sentado a la mesa, supongo que fumando, mordisqueando migas de pan como él hacía siempre, sin moverse. Me dijo entonces que se iba a dar una vuelta. Al oírle cerrar la puerta abandoné la habitación. Recogí la mesa, fregué los platos, metí algo de ropa en una maleta, dejé la llave en el buzón y me fui a Malasaña, a esperar en el portal a que Trendy regresara de la academia. Al día siguiente, cuando volví para recoger más ropa, me encontré a Raúl haciendo la maleta e insistió en dejarme el piso, en marcharse él. Así que durante estas semanas Trendy y yo hemos vivido a caballo de las dos casas. Esta es más grande y más cómoda; la otra era fría y pequeña, casi sin muebles, tú la conoces, el inspector me ha dicho que has estado ahí con él. Pero nos gustaba más, tal vez porque nos pertenecía por entero, no como esta, demasiado llena de Raúl, de mi vida con él.
—¿Lo aceptó así de bien? ¿No le volviste a ver? —pregunté, y no pensaba en Raúl y Nora, sino en mí mismo y Julia.
Nora me miró con una expresión amarga y áspera que tampoco iba dirigida a mí.
—Sí, sí que le vi. Al principio, me llamaba aquí, a casa, para preguntarme cómo me iba, y yo ni supe ni intenté ocultarle que me iba muy bien. Y él parecía aceptarlo. Le conocí dos años después de que tú y yo cortáramos. Era guapo, como tú, y aún lo sigue siendo, como tú también. Ha trabajado siempre de celador en el hospital Clínico. Le conocí en una fiesta de la facultad, cuando yo estudiaba. Fue una historia previsible, corriente, hasta hace poco pensaba que deseada: muchas tardes juntos, viajes baratos a la costa, Cádiz, Canarias, Asturias, hoteles de dos estrellas, una casa común, dos sueldos, muchos años… Y sí, sí que le vi, Pablo, sí que llamó, supongo que al principio para cerciorarse de que seguía con Trendy, de que día a día yo me alejaba un poco más de él. Tan solo una semana después ya me llamaba para pedirme que quedáramos para comer o tomar un café, pero yo me oponía porque me parecía que vernos era una manera gratuita de hacernos daño. Y sin embargo él insistía, y además tenía razón; debíamos hablar, aclarar ciertas cosas, lo de la casa, lo de los muebles, todo lo que hasta entonces habíamos compartido. Por eso acepté y le vi en un restaurante caro al que se empeñó en invitarme y donde, nada más sentarnos a la mesa, con una mirada que yo no conocía, me suplicó que volviera con él. No me dejó hablar, Pablo, me interrumpió todas las veces que yo intenté replicarle. No hacía más que sollozar entre frases estropajosas, ininteligibles. Después se encerró en un silencio avergonzado del que ni le intenté sacar. Al final, sin haber comido casi nada ninguno de los dos, me rogó que le perdonara, que no sabía lo que le había pasado, que no pensó en ningún momento en amargarme el día, pero que al verme no lo había podido evitar. Y desde aquella tarde, en la que yo me levanté del restaurante apresuradamente fingiendo una excusa, comenzó a llamarme cada vez más. Yo me resistía, pero no podía rechazarle siempre. Y un día de esos en que quedamos, muy a pesar mío, en la barra de un bar, delante de una caña y un platito de aceitunas, Raúl me propuso comprarme mi parte de la casa. Comenzó a echar cuentas, en silencio, con una calculadora que sacó de un bolsillo y a apuntar sumas en un papel que también había traído a propósito consigo. Las manos le temblaban mientras apretaba las teclas. Al terminar, sin mirarme de frente, me ofreció un millón de pesetas que más o menos me correspondía de los dos que ya teníamos pagado. Le pedí un tiempo para pensármelo. Esa misma noche se lo conté a Trendy, que me aconsejó que aceptara: así podríamos irnos. Alguna vez habíamos hablado de eso, bueno, él había hablado: dejar Madrid, volver a Estados Unidos, viajar por Europa, los dos juntos, los dos solos. Con ese dinero no necesitaríamos ahorrar, ni esperar a las pagas extras, bastaba aceptar, cogerlo y largarse. Me preguntó entonces adónde me gustaría ir y yo respondí sin pensar, porque lo había pensado mucho antes, que a ese desierto naranja donde él había prometido llevarme a la primera oportunidad. Y la oportunidad estaba allí, dijo Trendy, que se iba animando cada vez más, y aseguró que hasta podríamos dejar los trabajos, que su amigo Luke nos alojaría gratis todo el tiempo que necesitáramos…, que bastaba quererlo para cambiar de vida… Parecía tan fácil, Pablo, deshacerse de la casa, despedirse de Raúl, del trabajo, comprar dos billetes… Tú conociste a Trendy, y en eso no había cambiado. Bastaba oírle para que te convenciera. Hasta pensaba llamar a Luke esa misma noche. Decía que si todo salía mal, o no del todo bien, siempre podríamos volver. Él ya lo había hecho.
—Luke estuvo aquí, en el entierro —la interrumpí.
—Ya. Me lo dijo el policía que todo lo sabe.
—¿Y no te habría gustado conocerle?
—Me habría gustado muchísimo conocerle allí, en Daogab. Aquí no, ¿para qué? ¿Para llorar juntos?
No supe responderle. Ella prosiguió:
—Comenzamos a hacer planes, a fijar fechas, a llamar a agencias de viajes y a compañías aéreas para enterarnos del precio de los billetes. Decidí renunciar a mi empleo, animada por Trendy, que también pensaba dejar la academia. Por su parte, Raúl se comprometió a darme el dinero en poco tiempo. Así que reservamos dos billetes Madrid-Nueva York para el 15 de mayo, para el martes pasado, el día de San Isidro. Entonces nos pareció una buena fecha lo de San Isidro, una buena señal, vete tú a saber por qué. Quizá porque entonces todo nos parecía una buena señal. Y Trendy creía mucho en esas cosas, acuérdate, en las señales, en los amuletos, en los gafes…
Entonces se levantó, abrió un cajón de un armario, cogió una cajita de madera y de ella extrajo una moneda plateada. Me la puso en la mano. En una de las caras figuraba el rostro de un payaso con ojeras onduladas de maquillaje, nariz de tomate y sonrisa descomunal. En la otra, una inscripción: «Casino Circus, un dólar».
—La ganó en Las Vegas. Llegó una noche, se jugó un dólar en una máquina y le tocó la misma cantidad que había apostado. Pero en vez del billete la máquina le escupió eso: una ficha de un dólar de ese casino. No quiso jugarla. La conservó todo ese tiempo. La llevó siempre en el bolsillo del pantalón, recorrió con ella medio mundo sin perderla porque estaba convencido de que le daba suerte. Y ahora que lo pienso puede que sea verdad, porque la noche en que le mataron no la llevaba encima. En Madrid decía que no le hacía falta. Ya ves tú.
Se volvió a sentar en el sofá. Tendí mi brazo para devolverle la ficha del casino. Negó con la cabeza.
—Quédatela si quieres. Tú también creías en esas cosas, o por lo menos antes creías, cuando estabas conmigo. Tu número favorito era el 25. Siempre decías que los días 25 te traían suerte. ¿No te acuerdas?
No acepté al principio pero ella insistió:
—Ya no me fijo en los 25 —susurré, mientras me guardaba la ficha, asombrado de que ella recordara ese detalle y que yo casi lo hubiera olvidado.
—Raúl me estuvo llamando desde que nos separamos. Hubo días en que llegó, con la excusa de comentar los trámites del traspaso de la hipoteca, a plantarse a la salida de mi trabajo, sin avisar. Entonces me convencía, después de rogarme y humillarse en plena calle, para entrar a tomar algo en un bar. Estaba mucho más delgado, más ojeroso, noté que fumaba más, mucho más. Él no quería reconocerlo pero bastaba verle para comprobar que sufría mucho. Un día se presentó de golpe en casa y no tuve más remedio que invitarle a pasar. Una vez dentro, se puso a curiosear por las habitaciones buscando el rastro de Trendy en el piso, como si así pudiera comprender qué escondía ese hombre que le había robado a su mujer, en qué consistía, por qué se había convertido en su desgracia. Luego, durante media hora permaneció sentado en el sofá sin hablarme, viendo la tele, jugueteando con el mando a distancia, cambiando de canales, como si siguiera viviendo aquí. Entonces apareció Trendy, y digo apareció porque abrió de repente la puerta con su llave, y Raúl se incorporó al instante, nervioso, muy nervioso, yo no le había visto nunca así, se atolondró, intentó apagar el televisor sin conseguirlo, saludó a Trendy con un rápido apretón de manos y se escurrió sin que a mí me diera tiempo siquiera de presentarlos. Desde entonces decidimos pasar más tiempo en el cuarto de Trendy, en Malasaña, para que aquello no se volviera a repetir. Y lo curioso fue que desde aquella tarde Raúl se serenó, o al menos eso me pareció. Me seguía llamando, pero ya sin suplicarme citas enfermizas o esperar como un pasmarote patético a la salida del trabajo. Por eso me decidí a llamarle para pedirle el dinero. Le expliqué que lo necesitaba antes del día 15. Me respondió que bien, que de acuerdo, que ya tenía todo listo, el millón de pesetas que me correspondía y los papeles del banco, que bastaba que nos viéramos en el despacho de un notario para terminar. Así que quedamos para el lunes, un día antes de salir rumbo a Nueva York. Me levanté muy pronto, porque antes de ir al notario tenía que hacer mi maleta, recoger el pasaporte en la comisaría y dejar libre esta casa. Desayuné algo rápido, me despedí de Trendy desde la puerta con un hasta luego. Él me sonrió medio dormido, me susurró que me esperaría en la cama. Al salir del portal me sacudió en la cara ese vendaval que sopló toda la mañana. Recuerdo que los árboles cabeceaban, que la gente caminaba agachada, abrazada a su cuerpo. Bajar al metro resultó un alivio.
»Raúl me esperaba en la antesala del despacho del notario, hundido en un sofá naranja. Al verme, se tocó el bolsillo de la chaqueta del traje —él no solía llevarlo, no recordaba haberle visto vestido así nunca— y me enseñó un sobre. “El dinero”, dijo, aun antes de haberme saludado. Me senté a su lado. Le besé en la mejilla. El traje era azul marino, caro, nuevo, pensé que se lo había comprado para estrenarlo esa mañana conmigo, como la camisa blanca, la corbata roja y los zapatos negros y relucientes. Como si repartir el dinero de la hipoteca tuviera tanto de ceremonia como casarse o bautizar un hijo. Me comentó que tenía pensado cambiar el turno de trabajo en el hospital, pedir menos guardias, hacer menos horas por la noche para así curarse el insomnio. Jamás había padecido de insomnio; al contrario, siempre se ufanó de su manera profunda de dormir, y supuse que si lo mencionaba, aunque fuera de pasada, era para que me sintiera culpable. Después me preguntó, también de pasada, si ya tenía pensado qué hacer con el dinero, si iba a dar una entrada para otra casa. Tal vez no tenía que haber dicho nada; si me hubiera callado, tal vez Trendy seguiría vivo. Tal vez. Pero le expliqué que con el dinero nos iríamos Trendy y yo a Estados Unidos por unos cuantos meses. Fue entonces cuando todo empezó. Raúl me miró aterrorizado, sin pronunciar palabra. Yo hubiera preferido que me insultara, o que se echara a llorar allí mismo, no sé, cualquier cosa habría sido mejor que ese silencio helado que Raúl convirtió en nuestra verdadera despedida. Siguió mirándome así hasta que, con un chillido atiplado, casi femenino, exclamó: “¿Pero de verdad me vas a dejar, así, por las buenas? Esto no es justo, Nora, ¿no crees?”.
Nora describía la escena y yo los imaginaba en esa habitación casi desnuda, enmoquetada y limpia, pero también me recordaba a mí mismo y a Julia, los dos sin saber muy bien qué decirnos, al final del invierno, en un parque mal iluminado, debajo de una farola, la última vez que nos vimos, antes de que ella se montara en el autobús que la apartó para siempre de mi vida. Miraba a Nora, a mi amor adolescente, con su camiseta blanca y sus repentinos silencios, y pensaba en Julia, viviendo con Vicente Neira, y me preguntaba si también ella llegó a asustarse aquella tarde, al descubrir también en mí el vacío y la soledad y la soberbia del amante abandonado que se cree con derecho de mostrar al otro el tamaño de la herida que le perfora el corazón.
—Raúl se levantó, borracho de rabia y de desprecio, y ya de pie me escupió con la mirada, es la mejor manera que encuentro para describir la forma en que se quedó, ahí, contemplándome, con una mano aferrada al sobre y la otra acariciándose el nudo de la corbata. No le salían las palabras, intentaba hablar, pero no encontraba el aire. También yo traté de levantarme, pero él me puso una mano sobre el hombro, una mano pesada de repente, fuerte, que agarró y apretó hasta hacerme daño. Raúl jamás había hecho algo parecido. «No puedes irte así, Nora, de buenas a primeras, con ese tío, entiéndelo», acertó a decir, con la voz apagada. El dolor del hombro se transmitió al resto del cuerpo. Me quedé paralizada en el sillón. «No compliques las cosas, Raúl», le contesté. «Tú sí que las estás complicando, Nora. Las cosas estaban bien hasta que te fuiste con ese. Ahora sí que están complicadas», añadió, sin soltarme el hombro, sin dejar de mirarme con los ojos llenos de un odio que yo no le conocía. En ese momento salió el notario de su despacho, intrigado por el ruido, y Raúl, al verle, liberó mi hombro y se dirigió a él: «No es nada. No pasa nada». Y luego dijo, mirándome a mí y enarbolando el sobre: «Como comprenderás, para que te vayas con él no te voy a dar el dinero. Es tuyo. Pero para eso no te lo doy». Y guardó el sobre en el mismo bolsillo del que lo había sacado minutos antes. Se marchó, decidido, cabizbajo, arrastrando los pies, con las manos en los bolsillos. Esa es la última vez que le vi.
»La secretaria del notario me acompañó al lavabo, me ayudó a mojarme la cara. Después, aún sin saber muy bien qué hacer, salí a la calle, y comencé a andar sin rumbo, pensando que ya no teníamos dinero para irnos ni a nadie que nos lo prestara, que había que llamar a la agencia para que anularan las reservas, que deberíamos retrasar el viaje, recuperar lo antes posible los trabajos… Busqué un bar y llamé a Trendy. Le expliqué todo. Le costó creerme. Pero cuando se convenció, reaccionó rápidamente. Me ordenó que siguiera con lo que tenía pensado hacer esa mañana, que fuera a recoger el pasaporte y que después me viniera para casa a terminar de empaquetarlo todo. Él se encargaría de buscar el dinero. No quiso aclararme de dónde tenía pensado sacarlo ni yo me atreví a preguntárselo. Compréndelo, Pablo, en ese momento, deseaba más que nunca dejar esta casa, esta ciudad, alejarme de Raúl… Así que salí del bar convencida, a pesar de todo, de que al día siguiente volaba a Nueva York. El vendaval seguía meneando e inflando los toldos de las tiendas de esa zona. Era un viento extraño y seco, demasiado fuerte y frío para el mes de mayo. De nuevo el metro resultó un refugio.
Nora tomó aire, encendió un cigarro, me preguntó si quería otro café. Le respondí que no.
—Aquella mañana Trendy regresó a El Valle después de doce años. Aunque supongo que eso ya lo sabes, porque también lo sabía el policía.
—A buscar a El July.
—Exacto. A buscar a El July. Trendy pensó que le ayudaría a conseguir dinero rápido. Así que se montó también en el metro y se fue para su barrio.
Recordé que yo había pasado esa misma mañana de viento de aquí para allá, de la oficina a la casa de Romero el saxofonista en Lavapiés, y de allí al despacho de Petrell. También en metro. Por un tiempo, los tres, Nora, Trendy y yo, después de tantos años, habíamos coincidido nuevamente, los tres bajo tierra, a salvo del vendaval, cada uno en su línea, en su vagón, de un lado para otro de esa ciudad, yo detrás de mis morosos, Nora de su pasaporte y Trendy de su millón de pesetas para escapar por fin y para siempre con la chica.
—Habló con El July, sí, pero no sirvió de nada —me adelanté yo.
—Ya veo que lo sabes todo. Sí: le encontró durmiendo, drogado, deshecho, según me dijo. Le costó mucho conseguir que el otro reaccionara y que fuera capaz incluso de acordarse de quién era él o quién era Trendy.
—¿Y qué esperaba? Han pasado más de doce años. ¿Qué quería, que todos siguiéramos igual, en el mismo sitio, esperando a que él se dignara a regresar y a vernos? —le pregunté irritado a Nora, sorprendido de mi propia reacción.
—Supongo que todo el mundo confía en que los otros no cambien. ¿O no, Pablo? ¿Qué pensabas tú de mí mientras subías la escalera de esta casa para verme hace un rato?
No le contesté. No me atreví. No supe. Estuve a punto de decirle que había visto a El July hacía poco, de describirle al individuo esquelético y sucio que encontré mordisqueando un bocadillo de chorizo, custodiado por un municipal, en un bar de madrugada. Pero juzgué que tampoco merecía la pena. Y Nora deseaba continuar:
—Y después de hablar con El July fue a buscarte a ti.
Me quedé paralizado mirando a Nora. Ella sonrió.
—¿Eso sí que no lo sabías, eh? Tampoco el policía, aunque lo sospechaba. Claro que fue a buscarte, Pablo.
Roche tenía razón, pues: ninguna casualidad nos unió aquella tarde en la línea verde del metro. Simplemente Trendy me siguió un buen rato y después fingió tropezarse conmigo. Me acordé entonces, algo alarmado, de la conversación mantenida hacía unas pocas horas con Elena Olaya, la policía experta en documentos urbanísticos, y la certeza suya de que a lo largo de la vida cualquiera ha sido seguido por más personas de las que uno se atreve a imaginar. También ella tenía razón, me dije, al pensar en Trendy, dejándome ganar por una creciente sensación de irrealidad que envolvía también a Nora, que a su vez continuaba hablando, sentada enfrente de mí.
—Se enteró de dónde trabajabas. Alguien del barrio se lo contó el mismo día que fue a buscar a El July, añadiendo que ganabas mucho dinero en un despacho de abogados. Tal vez se lo dijo el Mosca o alguno de esos.
—Ninguno de esos. He hablado con ellos. Además, le informaron mal: yo no tengo dinero, la empresa está al borde de la quiebra.
—Pues algún amigo de tus padres se lo diría mientras paseaba por el barrio. No lo sé, Pablo. Solo me contó que te había visto. Y ya sabes cómo era la gente de ahí: todo lo exageraba. Trendy solo me explicó que te había esperado a la puerta de tu trabajo y que luego había bajado al metro contigo. Durante un tiempo fue a tu lado, pero tú no te diste cuenta. Me contó que ibas muy preocupado. Después se acercó y te saludó. Me contó muy poco más. Entre otras cosas, porque esperaba verme en unos minutos.
—Pero no se atrevió a pedirme el dinero.
—No. Eso no.
—¿Por qué? ¿Yo era menos que El July?
—Le dio vergüenza, creo. Supongo que pensó que te lo podías tomar a mal: más de doce años sin saber de ti y lo primero que hace cuando se encuentra con el que fue su mejor amigo es pedirle dinero. Se arrepintió. Pero después de verte y de hablar contigo se animó. Lo noté cuando me llamó al salir del metro. Yo estaba aquí, haciendo las maletas. Me dijo que no había dinero, me contó lo de El July, pero le noté animado, contento, a pesar de que no pudiéramos irnos a Estados Unidos al día siguiente… ¿Y sabes por qué? Porque había hablado contigo, después de tantos años. Era por eso. Créeme.
Nora me dedicó entonces una sonrisa leve y triste, casi instantánea. Y yo pensé que sí, que por qué no, que también yo había llegado al palomar aquella noche más nervioso y menos amargado que de costumbre y la causa era el haberme encontrado con Trendy y el haber prometido volvernos a ver.
—Se despidió desde el teléfono de un bar —prosiguió Nora—. Debían de ser las ocho o las nueve de la noche. Me indicó que no volvería tarde, que se encargaría de comprar unos bocadillos para cenar. También me dijo que el viento se había calmado pero que seguía haciendo frío y que tenía pinta de echarse a llover. Eso fue todo. Yo no me decidía a deshacer las maletas, aunque ya sabía que deberíamos aplazar el viaje. Con todo, me notaba más tranquila, mucho más tranquila que por la mañana, pensé que llevaría tiempo aplacar a Raúl, tal vez meses, pero que al final se convencería de que debía olvidarme y entonces me daría el dinero. Dieron las diez y yo creí que a lo mejor Trendy habría pensado algún remedio de última hora, que tal vez al final habría conseguido la manera de hacerse con el dinero y que después de todo podríamos irnos. Pero pasaron las horas. Y comencé a preocuparme mucho.
Nora calló, contempló el cigarro consumido, un cilindro de ceniza inestable a punto de deshacerse. Se acarició la rodilla.
—Desde entonces no he dejado de torturarme recordando esa noche. En ocasiones me da la impresión de que la contemplo de lejos, como si le hubiera pasado a otro, o como si no hubiera sucedido nunca.
Miré a Nora y me avergoncé de medio obligarla a llegar hasta el final. Al principio me pareció que le sentaba bien recordar. Ya no.
—Sonó el teléfono y lo cogí aliviada pensando que era Trendy, pero en vez de la voz de Trendy me asaltó la voz entontecida y entrecortada de Raúl. En ese momento supe que algo sin remedio me acababa de suceder. A tu amigo el policía Roche no le extrañó que el asesino llamara por teléfono media hora después de cometer su crimen, de dejar a Trendy tirado en la acera. Pero yo no lo entiendo. Como tampoco entiendo cómo no me desmayé mientras le escuchaba a través de ese teléfono de ahí.
»Tu amigo Roche dice que el abogado reclamará enajenación mental transitoria o como se llame eso. Yo no sé si Raúl acabó volviéndose loco. Supongo que sí. Estaba loco, pero también arrepentido: me describió por teléfono la escena paso a paso, como si contándomelo lograra borrarlo de su memoria y de su vida. Como estoy haciendo yo contigo. Y yo escuché a Raúl ahí sentada, donde estás tú ahora, con las maletas del viaje repartidas por el salón y el pasillo, con cosas de Trendy metidas en dos bolsas de El Corte Inglés, sin poder contestar, muda, muerta también si quieres, sin encontrar siquiera fuerzas o conciencia para levantarme y encender un cigarrillo o apartar la oreja del auricular. Raúl le había abordado en el portal, había estado esperando a que entrara o saliera yo, o Trendy, no sabe bien, no recuerda bien, anduvo todo el día con el sobre del dinero en el bolsillo, vagando, no se acordaba, me repetía, por el Retiro, tal vez, por la Casa de Campo, a lo largo de la carretera de Extremadura, cerca de los cuarteles de Campamento, hasta que anocheció y se vio de pronto en un lugar que no conocía. Entonces cogió un taxi y le pidió que le llevara hacia la que había sido su casa durante muchos años. Solo en el último momento se acordó de que ya no era su casa. De que yo vivía allí con Trendy. Y entonces se sentó en el portal a esperarme. Eran las nueve de la noche, más o menos. Entonces apareció Trendy por la calle, arrebujado en su cazadora negra, con la bolsa de los bocadillos en la mano. Y Raúl se encaró con él, comenzó a insultarle, a zarandearle, le arrancó la bolsa y se la tiró al suelo. Yo estaba arriba, doblando ropa, planchando. No oí nada. Trendy no le reconoció al principio. Solo le había visto una vez, aquí, en este piso. Raúl le preguntó a voces que por qué había regresado a España, le pidió que se volviera a Estados Unidos, que me dejara en paz, que nos olvidara. Trendy acabó llevándoselo casi a rastras a una bocacalle y allí le calló de un bofetón. Y de un empujón le tiró al suelo. Quedó sentado en la acera, con un rasguño en el codo. La mejilla le ardía de la bofetada. Desde el suelo siguió vociferando, sollozando. Trendy le amenazó: iba a darse una vuelta para tranquilizarse antes de subir a casa y de paso a comprar otros bocadillos y si a la vuelta le encontraba todavía allí, le rompía la cabeza contra un bordillo. Y se alejó, en dirección a la calle de Fuencarral, sin volverse. Y aquí podría haber terminado la historia. Aquí debería haber terminado. Esto no lo digo yo, me lo confesó Raúl después medio llorando. Asegura que la herida del codo le escocía, que la gente pasaba a su lado en silencio, sin atreverse a ayudarle. Que mientras se levantaba se olvidó de la calle en que se encontraba, de la hora que era, de lo que hacía allí, sucio, con el brazo dolorido. Solo fue capaz de concebir una idea, y la vio tan clara que ni si siquiera se asustó. Incluso lo pronunció en voz alta, mirando a Trendy, que se alejaba de la bocacalle: “Voy a matar a ese hijo de puta”. El resto es confuso, hasta para él mismo. O sobre todo para él mismo. Comenzó a seguirle a cierta distancia. Se fijó en un restaurante que tenía mesas sin gente con los cubiertos colocados muy cerca de la puerta. Entró. Robó un cuchillo de sierra y al volver a salir divisó de lejos la espalda de Trendy. Estuvo a punto de perderle. Escondió el cuchillo en el bolsillo de la chaqueta. Aceleró el paso. Entraron en la calle de Fuencarral, casi desierta a aquellas horas, con ese tiempo. Había empezado a llover. Me contó que a pesar del frío sentía mucho calor, que le agobiaba el calor, que algo le abrasaba las manos, empapadas del sudor y de la lluvia. Le alcanzó a la altura de una perfumería. Sin darse cuenta había sacado el cuchillo del bolsillo y lo empuñaba. Trendy caminaba encogido, protegiéndose de la lluvia, me gusta imaginar que iría pensando en mí, en el viaje, en que tendría que esperar aún un par de meses para poder enseñarme el desierto naranja de Utah. Pero, quién sabe, a lo mejor, solo pensaba en que tenía hambre o frío o en qué bar entrar para pedir los bocadillos. Entonces Raúl le toca el hombro, le para, sin forzarle, sin violencia, como si quisiera preguntarle algo, y Trendy se da la vuelta, confiado. Dios, ¿cómo iba a imaginar? Raúl no le ve la cara, se fija en el pecho, en el adorno en forma de estrella estampado en su cazadora a la altura del corazón y sin decir una palabra, moviendo el brazo de arriba abajo, le hunde el cuchillo en el pecho empujando con todo su cuerpo. Mientras, Trendy mira asombrado sin comprender que le están intentando matar, que le acaban de matar.
»Raúl, aún con el cuchillo en la mano, vio que desde la otra acera una mujer mayor con un perro, los dos debajo de un paraguas, le observaba aterrada. Él también se asustó. Y echó a correr. No recuerda por dónde fue, dónde arrojó el cuchillo, ni cuántos minutos pasaron hasta que, agotado, se detuvo en una esquina y se sentó en el bordillo mojado de una acera. Solo allí se dio cuenta de lo que acababa de suceder. Por lo menos eso me contó cuando me llamó por teléfono agobiado por la culpa y la soledad. Luego esperó, en silencio, a que yo respondiera, a que yo le perdonara. Pero yo no era capaz de creerle y le respondí que todo era mentira. Él insistió, lo repitió todo, más despacio, aportó más detalles, más cuchillo, más sangre, más empujones. Pero yo se lo hice repetir varias veces. Y me explicó dónde estaba aún el cadáver, como desafiándome a comprobarlo por mí misma. No se despidió. Ni siquiera colgó el teléfono en la cabina. Simplemente se alejó de ella.
»Me puse un impermeable y salí. Alcancé la calle de Fuencarral y, de lejos, distinguí el resplandor de una ambulancia. Un grupo de gente se arremolinaba frente a la escena. Habría bastado preguntar a algunas de las personas que venían de allí, pero me negué, porque aún me quedaban cien, doscientos metros para jugar yo sola con la ilusión de que aquello obedeciera a un accidente de tráfico, o un atropello, o yo qué sé… Llegué. Me quedé en primera línea, pero no atravesé el precinto de la policía. Desde allí vi el cadáver cubierto con una manta dorada. Reconocí tirado en el suelo, huérfano, boca abajo, uno de sus zapatos, a tres o cuatro metros del cuerpo. Presencié las maniobras de los policías agachándose a recoger, no sé, pistas, cosas que desde la distancia yo no alcanzaba a distinguir. Esperé entre el grupo cada vez menos numeroso de gente. Al rato llegó una juez enana. Unos ayudantes suyos con manos enguantadas metieron a Trendy en un saco de plástico, le subieron a una camilla y le introdujeron en un coche fúnebre. Observé cómo el coche se alejaba y cómo el pelotón de curiosos que me rodeaba se deshacía dejándome aún más sola. Entonces descubrí a un tipo muy parecido a ti hablar con un policía muy alto. Te reconocí, Pablo. A punto estuve de gritar tu nombre, de llamarte, de pedirte que me devolvieras a mi vida anterior, a la vida de hacía una hora. Pero solo pude quedarme ahí, contemplando ese trozo de la calle de Fuencarral iluminado por las linternas de los detectives, tal vez porque aún me dominaba la sensación de que aquello no podía pasarme a mí, ni podían matar a Trendy, ni podías ser tú ese hombre bajo la lluvia. Permanecí en el mismo sitio, inmóvil, empapada, hasta que solo quedábamos tres o cuatro personas a ese lado de la banda amarilla y el policía gordo nos avisó de que iba a dejar pasar los coches de nuevo, que nos desplazáramos a la acera.
—No te vi —admití.
—No miraste ni una vez hacia el lugar en el que estaba yo, me parece. Además, yo llevaba un impermeable grande, me tapaba la cabeza con una capucha enorme.
—¿Por qué no dijiste nada, Nora? ¿Por qué no hablaste con la policía entonces? ¿Por qué no me pegaste un grito?
—Ya te lo he dicho, porque lo único que supe hacer fue quedarme quieta. Porque algo enorme y frío que no era la lluvia me resbalaba por encima. Trendy acababa de morir. ¿Qué más daba lo que hiciera yo? ¿De qué habría servido haberte gritado a ti? ¿De qué haberme acercado a la policía y haberle dicho, mire, yo sé lo que ha pasado? Lo averiguarían. Y yo solo quería reunir un poco de ánimo para dar la vuelta y abandonar esa maldita calle. Esperé unos minutos más y después, con los últimos curiosos, me vine andando muy despacio hacia mi casa. Abrí la puerta y lo primero que descubrí fueron mis maletas apiladas para el viaje, colocadas en la entrada como dos perros fieles. La casa aún olía a nosotros dos, a Trendy y a mí, yo había dejado las luces encendidas, una lavadora en marcha que aún sonaba al fondo de la cocina; y esa inercia doméstica me descompuso aún más que la llamada aterradora de Raúl o el recuerdo del cadáver de Trendy despanzurrado en la calle. Esa inercia me pareció más brutalmente real que los policías y sus coches y las luces amarillas de la ambulancia o los comentarios de los vecinos acodados en la valla. Entonces me derrumbé en una silla y, sin quitarme el impermeable, comencé a llorar en silencio. Desde esa noche he esperado aquí a que pasara algo. No he vuelto al trabajo, ni he dicho a nadie que no me he ido a Estados Unidos. Ni siquiera he anulado las dos plazas de avión que Trendy y yo habíamos reservado. Supuse que Raúl se entregaría tarde o temprano y he esperado a que un día u otro venga la policía a preguntarme detalles. Han tardado más de lo que imaginé. Cinco días, ¿no? Casi una semana. Durante ese tiempo, esta casa se ha convertido a la vez en un infierno de setenta metros cuadrados y un refugio del que no me atrevo a salir.