Deudas pendientes

Antonio Jiménez Barca · Capítulo 2 de 9

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Deudas pendientes

Capítulo 2

 

Roche hablaba en voz muy baja y era demasiado cortés como para trabajar de policía callejero. Caminaba encorvado desde que en una pelea desigual un matón de gimnasio le astilló un bate de béisbol en el omoplato dejándole para siempre un dolor difuso en la espalda. Cuando le vi por primera vez, en la calle de Fuencarral, elegante, bien vestido, inmóvil en medio del ajetreo neurótico de los médicos y los policías, me pareció un abogado caro o un inofensivo profesor de universidad privada. Pero sé, porque me lo contó él en una de las raras veces en que se cansaba de husmear a los otros y accedía a hablar de sí mismo, que aquella tarde, mientras yo charlaba con Trendy en un vagón de metro, él se ocupaba en su mesa de recolectar pruebas para meter en la cárcel a una banda de traficantes venezolanos que habían quemado vivo a un compatriota en un descampado por un ajuste de cuentas. Y que mientras yo subía a mi palomar y me acostaba, e intentaba dormir sin dejar de pensar en que había vuelto a ver a mi viejo amigo, él recibía la llamada de siempre, la de casi cada semana, y recogía su pistola del cajón y su chaqueta gris de marca de la percha y se dirigía él solo en su coche en busca del cadáver acostumbrado de cada guardia a una de esas calles del centro de Madrid en las que no dejan nunca de pasar cosas. Él mismo se ocupó de llamarme a la una de la madrugada. No entendí su voz escasa, así que no contesté nada al principio. Pero él insistió. Él insistía siempre.

—¿Pablo? ¿Es usted Pablo?

—…

—Soy el inspector de policía Antonio Roche, de la comisaría de Centro. ¿Conoce usted a Miguel Peñalver Lázaro?

Dudé otra vez. Seguí sin hablar.

—¿Oiga?

—¿Sí?

—Que si conoce a Miguel Peñalver Lázaro.

—Sí, sí le conozco.

—Pues le ruego que se acerque, lo antes posible, ahora, vamos, a la calle de Fuencarral, al número 21, a la altura de una perfumería que hay ahí.

Me incorporé en la cama sin soltar el teléfono, pensando que desde los tiempos de las listas de aprobados y suspensos y los profesores del instituto de mi barrio no recordaba a nadie llamar Miguel Peñalver Lázaro a Trendy.

—¿Pablo? ¿Me oye? No sé si es familia suya. O un conocido.

—Es un amigo mío.

—Pues lo siento. Lamento decírselo así, tan de golpe, pero le han asesinado hace media hora. Le llamo porque su teléfono aparece en una nota en el bolsillo de la víctima junto a su nombre. Y nada más. Tenemos muchas dificultades para localizar a los padres, o a los parientes. Tal vez usted pueda ayudarnos. Si quiere mando un coche patrulla a recogerle.

—No hace falta. Vivo cerca.

—Le espero aquí, entonces.

—Gracias —dije, sin saber muy bien por qué. Colgué. Abrí el armario, elegí una camisa y una chaqueta al azar. Salí a mi callejón, torcí hacia la Gran Vía, aún poblada de paseantes nocturnos, de parejas que salían de los últimos cines y de repartidores de publicidad de locales de strip tease. Me dirigí hacia Fuencarral, deprisa, con frío, con la sensación de caminar dentro de un mal sueño. Tardé menos de diez minutos en llegar. Una manta dorada de estaño cubría el cadáver atravesado en la acera. Sobresalían los pies, dispuestos en un movimiento de bailarín, con las plantas hacia dentro. Me abrí paso entre los curiosos que se amontonaban tras una valla amarilla. Un policía municipal mayor y aburrido se encargaba de custodiar la calle y de mantener acordonada la zona, desviando el tráfico. Le pregunté por el inspector Roche. Señaló a un hombre alto, rodeado de policías de paisano vestidos con pantalones vaqueros e impermeables oscuros, todos muy jóvenes. Me acerqué a él. Iba a presentarme. Él se adelantó.

—Usted es Pablo, el de la nota —dijo.

—Pablo Esteban Sánchez.

—Venga conmigo, señor Esteban —y me condujo hasta el cadáver.

Descubrió el cuerpo. Trendy, de bruces, parecía dormir con la mejilla sangrienta apoyada en el bordillo de la acera. Llevaba la misma chupa de cuero que en el metro. Me agaché. Le miré de cerca a la cara, a los ojos cerrados, a la boca entreabierta. Recordé una vieja promesa que él se había hecho a sí mismo delante de mí, una noche, en nuestro barrio. Me dispuse a acariciarle con la mano el pelo mojado.

—No le toque —me ordenó Roche—. ¿Le conocía mucho?

—Le conocía desde hacía mucho tiempo. Muchísimo. Pero había dejado de verle, hasta hoy —supuse que Roche no iba a entender esa frase pero no me molesté en explicársela.

—Miguel Peñalver Lázaro —añadió el inspector—, de 30 años de edad, nacido en Madrid. En el domicilio que aparece en el carné ya no vive ni él ni nadie de su familia. De hecho no sabemos dónde vivía. Sin antecedentes. Sin más documentos encima. Fallecido a las 23.30, más o menos, de una puñalada en el pecho que le ha perforado el corazón. Los de la ambulancia no han podido hacer nada. Cuando llegaron, ya estaba muerto.

Los médicos y enfermeros de la ambulancia recogían aparatos y se preparaban para marcharse. Los policías de los impermeables oscuros inspeccionaban la calle. Solo se oía el chisporroteo de la emisora de un coche patrulla aparcado con las puertas abiertas, que hablaba de un incendio que se acababa de desatar en una casa de Tetuán.

—Lo más seguro es que haya sido un atraco —continuó el inspector—. Un sirlero, como se llaman entre ellos, un navajero con el mono subido encima. Normalmente no acaban así estas cosas. Pero tal vez su amigo le hizo frente y el otro se desesperó. Tiene algo de dinero en el bolsillo, no mucho, pero eso, algunas veces, no quiere decir nada: muchos drogadictos se asustan con lo que acaban de hacer y se largan sin registrar siquiera todos los bolsillos del otro —volvió a callar. Me hizo saber que era mi turno. Presentí que Roche no solo me había llamado para informarme sino para que yo le contara.

—Yo no puedo ayudarle mucho. Le conocía. Pero dejamos de vemos hace más de doce años. Hoy me lo he encontrado en el metro. De casualidad. Y le di mi teléfono.

—¿Se pasan doce años sin verse, de pronto se encuentran en el metro y luego le matan?

—Así es.

—¿Es extraño? ¿No? ¿Casualidad?

—Sí.

—¿Él se drogaba?

—No creo. Aunque no lo sé seguro. No lo sé. ¿No hay nadie más, inspector? No me entienda mal, le agradezco que me llamara. Pero yo no tendría que estar aquí. Hace doce años sí. Ya no. Trendy se fue, desapareció, y…

—¿Trendy?

—Así le llamábamos. Es inglés. Se lo puso la profesora de inglés. Significa «modernito».

—¿Modernito? ¿Peñalver Lázaro era modernito?

—Trendy era muchas cosas en mi barrio de San Blas cuando todos vivíamos allí. No recuerdo por qué la profesora le puso el mote. Tal vez no lo recordara ni él mismo. No sé qué más decirle. Excepto que quiero irme a casa: no he tenido un buen día.

—Yo también he pasado un mal día, Esteban. Últimamente todos lo son. Y también ese que busca huellas. ¿Encuentras algo, Fernando? —preguntó, sin alzar mucho la voz.

Fernando negó con la cabeza sin dejar de mirar al suelo con la linterna enana de laboratorio. Roche se volvió hacia mí por primera vez en la conversación:

—Nadie tendría que estar aquí, Esteban, pero aquí estamos todos. Incluido Peñalver Lázaro, alias Trendy.

El tono con el que pronunció ese alias me molestó. O tal vez fue la palabra.

—Trendy fue mi amigo, inspector. Mi mejor amigo. No he conocido otro como él. Se lo aseguro. Pero todo eso pasó hace tiempo. Y ahora no tengo ni la menor idea de quién o de por qué le han matado.

Un furgón funerario se acercaba desde el fondo de la calle precedido de otro coche de policía donde iba el juez. Tras un par de maniobras aparcaron cerca de nosotros sin apagar unas bombillas giratorias que emitían unos destellos naranjas. La juez de guardia, una mujer mayor y contrahecha, coja, que por lo que vi conocía a Roche de otros sucesos compartidos de madrugada, no empleó mucho tiempo. Iluminada por los fogonazos de la ambulancia examinó el cadáver sin decir nada y metió prisa a los camilleros para que encerraran el cuerpo en un saco de plástico a fin de terminar e irse cuanto antes. Se despidió de Roche con un gesto, mandó arrancar al conductor del coche patrulla en el que había venido y al furgón que trasladaría a Trendy. Partieron por la calle de Fuencarral arriba, envueltos en el mismo silencio y en el mismo resplandor de carrusel que les había traído. Sin el cadáver delante, más solos el uno contra el otro, ni Roche ni yo sabíamos para dónde mirar. Pero a los pocos segundos el inspector reaccionó y comenzó a impartir órdenes:

—Fernando, deja ya la linterna, hombre. Quédate un rato por aquí y pregunta a los vecinos, a ver qué sacas. Vosotros —dijo, refiriéndose a los tres policías en vaqueros que aún deambulaban por ahí—, para casa. Esto está agotado. Pablo —a mí —, espera aquí, por favor —después se ocultó en una esquina a hablar con su teléfono móvil. Yo me aposté debajo de un balcón en el otro lado de la calle. Desde allí vi cómo los tres policías, que parecían hacer todo en equipo, se largaban en tres coches, cómo el grupo de curiosos se comenzaba a deshacer y cómo el agente municipal gordo pegado a la valla, que parecía acomplejado ante los del departamento de homicidios, se preparaba también parar ir despejando la calle. En cuanto empezaron a pasar vehículos por Fuencarral el policía se acercó a Roche, que seguía hablando por teléfono, y le pidió permiso para irse. Se lo dio con la mano, sin hablarle, y el otro comenzó a alejarse con un paso compungido. Yo esperé a que el inspector se acordara de mí. O a que no se acordara. Por fin guardó el teléfono, levantó la cabeza y tras localizarme bajo el balcón, sonrió y me hizo un gesto amigable para que me subiera a su coche.

—Vamos a un sitio que conozco cerca de aquí que no cierra nunca. Me vendría bien que me contara un par de cosas. Pero con una copa delante y algo de comer. ¿Le importa?

Condujo sin hablar. Cruzamos la plaza de Cibeles tomada por autobuses nocturnos y camiones de basura. Me llevó a un bar semivacío y semilujoso de la Castellana, uno de esos locales caros y oscurecidos, empapelados en terciopelo rojo, pasados de moda desde el día en que abrieron. Camareros de pajarita, mal humor y pocas palabras atendían sin prisa grupos de juerguistas insomnes llenos de chistes verdes que recalaban en el último lugar antes de irse a la cama. Era un bar de copas limpio, de sofás barrigudos en los rincones, karaoke, maridos de safari de mujeres y putas disfrazadas de putas esperando en taburetes. Nos instalamos en la barra, al lado de un hombre delgado y somnoliento que interrogaba en silencio a una copa vacía. Roche pidió una ración de queso y un vaso de vino. Yo, un vaso de agua y otro de whisky. Empezó a tutearme.

—Hasta que no aparezca algo, o la familia, o más amigos, no sabemos por dónde tirar con Peñalver Lázaro, Pablo. Va a ser difícil. Por eso necesito saber todo de él. O al menos algo para empezar, Pablo. Por eso te he traído aquí.

—Llámele Trendy. Vamos a empezar por ahí. Si le llama Peñalver Lázaro no me hago a la idea de por quién me pregunta —respondí.

Unos golpecitos dados en el micrófono sobado del karaoke retumbaron en todo el local:

—En recuerdo de Frank Sinatra, que fue el mejor, voy a cantar ahora New York, New York. Perdonen por mi inglés, pero la ocasión lo merece —dijo un tipo enorme, gordo y trajeado que me recordó por un momento al policía municipal de la valla.

El seguidor de Sinatra agradeció los aplausos de sus compañeros de juerga y se pegó el micrófono a la boca. Después sonaron los compases iniciales de New York, New York. El hombre desafinaba como solo un borracho sin sentido del ritmo que ni si siquiera se oye puede hacerlo, pero arrastró a dos o tres prostitutas cuarentonas de rostro vencido, que comenzaron a corear el estribillo alzando al techo los brazos flacos repletos de adornos comprados en bazares de todo a cien. Al terminar, un aplauso ralo y beodo felicitó al protagonista de la noche, que se bajó del estrado y alcanzó su asiento a duras penas entre trompicones y reverencias.

—Quiso decirme algo —dije de pronto.

—¿Qué? —respondió Roche.

—Que Trendy quiso decirme algo, inspector. En el metro, esta tarde. Aunque al final no se decidió y lo dejó para otro día. No parecía urgente, pero sí me dio la impresión de que era importante.

—¿Crees que puede tener algo que ver con el asesinato?

—Ya le he dicho que hacía mucho tiempo que no nos veíamos. No he sabido nada de su vida durante estos doce años. Él estaba cambiado. Y yo también.

—¿Por qué dejasteis de veros?

—Por muchas cosas y por nada a la vez. Es una historia larga. Larga y vieja.

Roche me miró con curiosidad. Iba a volver a preguntar cuando sonó su teléfono móvil. Se inclinó para contestar, tapándose la boca con una mano. Se apartó unos pasos. Yo me fijé en Frank dormitando la borrachera en su sofá, en el vecino de barra, que seguía contemplando su copa vacía. Tras unos minutos, oí a Roche decir «está bien». Colgó, se dirigió hacia mí, pagó y se puso la chaqueta.

—Fernando ha localizado la casa de tu amigo —dijo—. Se lo han comentado los vecinos. Vivía muy cerca de la perfumería. Voy para allá, ¿te vienes? —preguntó, pero aquello no era una pregunta, sino una orden.

El policía Fernando nos esperaba en el portal de una calle agazapada entre dos edificios altos. La entrada se componía de un vestíbulo desnudo, sin pintar, con una fila de buzones de correos en un lado de la pared. Una bombilla pelada colgaba de un cable larguísimo. El piso se encontraba en la cuarta planta, a la que se accedía casi trepando por una escalera estrecha e inestable de peldaños de madera. Roche forzó la cerradura, entró, y con la mano me indicó que le siguiera. Encendió las luces de todas las habitaciones a una velocidad enfebrecida. El piso consistía en dos cuartos pequeños, recogidos, limpios. Mientras Roche, con un impudor obsceno hacia la casa de alguien que acababa de morir, abría puertas y armarios, yo me quedé un rato quieto en medio de la habitación que servía de sala de estar. Después me acerqué al dormitorio. La cama no tenía sábanas. Encima del colchón desnudo descansaba un par de bolsas de viaje abiertas, a medio llenar. Al lado de las bolsas había una pila de ropa y tres fotografías del tamaño de una cuartilla que, por las marcas en las esquinas, hasta hacía poco habían estado colgadas en la pared. Me senté en el colchón: en una de las fotos figuraba Trendy y un latinoamericano de rasgos aindiados delante de un coche, con las moles del Monument Valley de Arizona al fondo; en la otra aparecía Trendy en una calle de Nueva York. Recordé, con algo muy parecido a la angustia agarrándose a mi garganta, lo pesado que se ponía Trendy cuando me aseguraba que iba a ir a Nueva York, y a Chicago, y a Nueva Orleáns… Y allí estaba, en una calle desconocida de Nueva York, rodeado de los taxis amarillos de las películas, él solito, con una expresión orgullosa y satisfecha en la cara, como si la hubiera compuesto entonces para decirme, la noche de su muerte: «¿Ves, Pablo, como no era tan difícil?». Me vino a la cabeza el borracho del karaoke. Y mi jefe Martí. Y el pico azul del Empire State resplandeciendo en el cielo nocturno de esa ciudad invocada tantas veces por mi amigo en los desmontes de mi barrio. Trendy pasaba de Frank Sinatra, pero me hubiera apostado el brazo a que le habría gustado contemplar la punta iluminada del rascacielos. Esas cosas le volvían loco.

En la tercera foto aparecíamos todos: Javier, Mosca, Trendy, Nora y yo, en la puerta de La Rueda, el bar de Anselmo, gritando a la cámara, abrazados y sonrientes, con doce años menos, demasiado jóvenes y demasiado felices, en una de esas largas y aburridísimas tardes de invierno, cuando nos sentíamos miembros de un grupo que imaginábamos indestructible. Mientras oía a Roche registrar el cuarto de baño pensé en guardármela. Me encogí en el colchón desnudo. Me entraron ganas de llorar, de echar al inspector de la casa de mi amigo para que me dejara solo. Pero Roche seguía revolviendo con avaricia papeles, acaparando facturas viejas, postales de gente que yo no conocía, restos, sobras de los treinta años sobre el mundo de Trendy. Entró en el dormitorio. Dentro de una caja de zapatos encontró, junto con el resto de las fotografías del viaje a Estados Unidos, un diploma del Ayuntamiento que certificaba que Miguel Peñalver Lázaro había logrado terminar uno de los primeros maratones populares que se celebraron en Madrid, una mañana de mayo, cuando, ahora lo sé, inició el camino hacia el precipicio que le aguardaba en la calle de Fuencarral, al lado de una perfumería. Aquella noche también de mayo de doce años después, sentados en la cama, rodeados de las tripas de los cajones de Trendy esparcidas por el suelo, ante su insistencia invencible de cazador de vidas de muertos, le conté la historia del diploma y del maratón al inspector Roche. Y casi a mí mismo, porque mi memoria se convirtió también en la habitación invadida y saqueada por la mano profesional de un policía que ni siquiera sabe bien lo que está buscando mientras hurga.

 

* * *

«José Luis Castro, el Castro», comencé a contarle a Roche, «un profesor de geografía metido a profesor de gimnasia por falta de plantilla en el instituto, prometió, el muy bestia, un sobresaliente para todo aquel que lograra terminar el maratón de Madrid de aquel año, y Trendy, que era más bestia que Castro, me aseguró, al salir de clase, que él lo iba a correr. Por entonces, inspector, Trendy aún seguía en el instituto, contra todo pronóstico, y también, contra todo pronóstico, seguía siendo mi amigo.

»Un par de años antes el Ministerio de Educación había abierto un instituto reluciente en un montículo pelado de una esquina del barrio y el primer día se llenó de cientos de adolescentes llegados de toda la zona. A Mosca y al Gordo los conocía ya, vivían en mi misma calle y habíamos jugado mucho de niños al fútbol, al rescate o simplemente a descalabrarnos unos a otros a pedradas en un cercano descampado montaraz al que todos llamábamos, no se sabía la razón, el “Cerro de la Vaca”, ya que ni eso era un cerro, sino un solar plano, ni nadie recordaba haber visto nunca una vaca cerca. Trendy, en cambio, venía de un poblado especial incrustado en el barrio, que los chicos de mi portal frecuentábamos poco por miedo y adonde nuestros padres nos habían prohibido acercarnos desde que tuvimos edad para salir de casa. Trendy y los suyos eran fácilmente reconocibles aquella primera mañana del instituto nuevo por las melenas más largas que las nuestras, por su ropa realmente ceñida de macarras realmente duros, por ese aspecto entre cínico y desamparadamente solitario que gastaban, copiado de portadas de discos de grupos de rock americano como Los Ramones y al que añadían algún que otro elemento local y gitanesco prestado de Los Chichos o Los Chunguitos. Habían nacido y vivían en una hondonada áspera y poco profunda producto de un arroyuelo desaparecido hacía decenas de años a la que el cómico bautizador de toda la zona denominó pomposamente El Valle. Porque mi barrio, inspector, tenía un Cerro de la Vaca sin vaca, un Valle que no era un valle sino un hoyo, una Torre que no llegaba ni a los siete pisos, y una Avenida sin terminar que moría de improviso en un descampado maloliente en el que, en invierno, los coches de los despistados que se aventuraban allí por primera vez terminaban atrapados en un lodazal del tamaño de un campo de balonmano. Y si me apura, pues ni el barrio mismo merecería llamarse así, barrio, porque tras la crisis de los setenta se quedó a medio hacer, con edificios aislados rodeados de solares vacíos, con fábricas cerradas que se vinieron abajo por sí solas y bloques de pisos con las columnas de hormigón al aire, como esqueletos de casas».

Roche mostraba una actitud reconcentrada y silenciosa que me impulsaba a seguir contando. De vez en cuando se distraía con un ruido imprevisto, el crujido de algún mueble o el ronquido leve de una tubería. Solo en esas ocasiones dejaba de mirarme fijamente, de esperar, con paciencia, la historia que él precisaba para su trabajo de policía y que aquella noche yo necesitaba recordar.

«En concreto, El Valle consistía en un conjunto de chabolas o casas bajas con paredes de ladrillo pintadas de blanco o gris y tejados de uralita verde esmeralda. Sirvió, a lo largo de aquellos años, de cantera natural de integrantes de las bandas de pandilleros que aterrorizaban por entonces todo el este de Madrid y que a veces se descolgaban desde San Blas y, tras cruzar la M-30, que por entonces constituía una auténtica frontera, se dirigían hacia el centro. Allí se dedicaban a robar coches de ricos o a atracar a viejas de abrigo de piel en la calle de Serrano o a tocarles el culo por debajo de la falda a las niñas que tomaban cervezas en Alonso Martínez. En mi época, en la de Trendy, el capitán de aquellas bandas se llamaba El July. El July, analfabeto, chulo, decidido y valiente. Seguro que usted ha visto en la tele noticias de jóvenes idénticos a él que llegaron a hacer películas. A El July le faltó quien le encumbrara. Su fama se limitaba a la zona de su estricta influencia, en la que, eso sí, mi barrio se inscribía de lleno. Él, como Trendy, había nacido en una de esas casas pequeñas de El Valle y a los once años pegó tal palo a una boutique de Goya que salió en la radio. Tal vez porque de la bofetada que le arreó a la dueña le dobló la nariz y le arrancó un diente. Con el dinero de la venta de las joyas se compró una bola de costo del tamaño de una pelota de tenis y una moto escandalosa con la que paseó por el barrio metiendo ruido hasta que se hartó.

»Pues El July no, claro, pero algunos de los chicos de El Valle, siete u ocho, consiguieron aprobar EGB y algunos cursos de BUP en algún otro instituto, y se presentaron en el instituto nuevo el primer día. Trendy era uno de ellos y vestía el uniforme como cualquiera: pantalones ceñidos de pitillo, camiseta ancha, cazadora negra y zapatillas John Smith rojas. La melena lacia le descansaba en los hombros escurridos, era flaco y patilargo como un insecto, con las linternitas azules de sus ojos brillando en medio del patio. Le asignaron, por apellidos, el tercero D, como a mí. Y al entrar se sentó a mi lado. Nos conocíamos de vista, o por lo menos yo a él. Pero jamás habíamos cruzado una palabra. Nunca me acordé de preguntarle, y él nunca se acordó de explicarme, por qué me eligió, por qué se puso junto a mí después de pedirme permiso. Aquel primer día casi ni hablamos, ni los siguientes. A la salida de clase, yo me seguía juntando con Mosca y con El Gordo, con otros más que ya no recuerdo, y nos íbamos juntos a malgastar algunas tardes al bar La Rueda si teníamos un duro o a sentarnos en un banco de una esquina si no lo teníamos; Trendy seguía pegado a su grupo de El Valle.

»Comenzamos por comentarnos cosas de clase, muchas veces ejercicios que Trendy, a diferencia de sus amigos, y para mi asombro, se tomaba en serio, o por lo menos tan en serio como yo. Debió de ser por entonces cuando la profesora de inglés le bautizó involuntariamente con el mote de Trendy al obligarle a repetir en voz alta la palabra diez o doce veces seguidas para afinar la pronunciación. Desde entonces no recuerdo haberle llamado otra cosa. Poco a poco nos fuimos acercando el uno al otro, y a los cuatro o cinco meses ya salíamos juntos a tomar el bocadillo en la media hora libre del recreo. Para eso yo me escabullía de Mosca y de El Gordo y él, a su vez, se deshacía de los cada vez más escasos compañeros de El Valle que aguantaban en el instituto sin ser expulsados. No le contaba mucho de mi vida porque la juzgaba sin interés para un tío de El Valle, y él hacía lo mismo con la suya porque, supongo, no le apetecería que yo supiera ciertas cosas. O a lo mejor porque los dos éramos más bien callados. Pero nos comíamos juntos un bocadillo de jamón york como un trabuco de grande y después, cuando tocaban el timbre, nos encaminábamos hacia la entrada del instituto, yo imitando cada vez más su estilo al andar, ese paso indolente y agachado, la cabeza baja, el cigarro pinzado con dos dedos. Con la primavera, se echó una novia guapa, rubia de bote, amacarrada y tetona, que vivía fuera del barrio, en Vallecas, creo, y abandonó las clases. A pesar de eso, muchos días venía a esperarme a la puerta del instituto para invitarme a un porro y a unos tragos de litrona en una esquina.

»Durante el verano apenas nos vimos. Nos volvimos a encontrar el día en que empezó el curso siguiente. Yo daba por descontado que no aparecería, que habría suspendido o que no se habría presentado a los exámenes de septiembre. En cuanto entré en clase reparé en él, en su chupa negra sobre los hombros delgados, en su melena domesticada de pandillero casi rehabilitado. Quién iba a imaginar que la chica rubia, que por los pantalones, las cadenas y las botas que gastaba parecía la novia de Joey Ramone, era una excelente estudiante, y había ayudado a Trendy a aprobarlo todo. Yo no le esperaba a él, pero él sí me esperaba: había colocado un morral verde en la silla de al lado para guardarme el sitio».

Me callé. Tomé aire. Respiré el ambiente cargado de la habitación de Trendy por el humo de los infinitos marlboros de Roche. Me levanté a abrir la ventana pero me limité a mirar a través de ella hacia el patio interior. Vi las ventanas cerradas de la casa de enfrente, las grietas de la pared dibujando una línea vertical que atravesaba el edificio de arriba abajo, me vi a mí mismo con dieciséis artos junto a Trendy el día en que llegó Nora.

«En ese momento vimos a Nora por primera vez», continué, sin apartar la vista del patio. «Es curioso: desde entonces han pasado más de doce años. Y muchas cosas. Y la mayoría las he olvidado. O las olvidaré. Pero le puedo jurar, inspector, que jamás voy a olvidar el olor de esa clase de COU aquella mañana en que apareció Nora, la chica de la historia. Era muy alta, muy delgada, con el pelo revuelto y moreno, con los ojos muy oscuros y la mirada muy seria. Llevaba las uñas rojas, pintadas del color de su falda. Se sentó aparte, sola, en una esquina de la clase. Provenía rebotada de otro instituto que había cerrado por obras, situado cerca de Manuel Becerra, más allá de la M-30, así que pertenecía a la parte de Madrid que por entonces era una ciudad de verdad y no un conjunto de descampados mal cosidos. Por eso no conocía a nadie. Pero no le importaba. O eso parecía».

Me di la vuelta, me senté de nuevo en el colchón. Roche aprovechó la pausa para estirar la mano y sacar la pistola del bolsillo de la chaqueta. Me tranquilizó con un «no te preocupes, es que se me clava en el costado, sigue». Le pregunté si de verdad le interesaba algo tan viejo y tan poco original y me respondió que le interesaba todo lo relacionado con el cadáver. Ese policía que me invitaba a proseguir parecía preocuparse solo por la vida de las personas una vez muertas, pero a mí, a esas alturas de la noche, ya me daba igual, porque una pulsión que iba más allá de su atención me obligaba a seguir contando.

«Desde el principio de ese curso acompañé a Trendy cuando decidía saltarse las clases. Nos limitábamos a recorrer el barrio andando o a refugiarnos en un soportal a fumar si llovía. También Trendy empezó a venir más con Mosca, con El Gordo y conmigo, a pasar con nosotros las tardes de los sábados y los domingos de aquel invierno en un bar llamado La Rueda. Meses después se sumó Nora. De por entonces debe de ser esta foto, de días antes del maratón. Supongo que nos la tiraría Anselmo, el dueño.

»El bar era —o es, porque a lo mejor aún está abierto— un local espacioso que reunía viejos aletargados por el chinchón y las cartas y adolescentes porreros como nosotros que Anselmo acababa tolerando por el bien del negocio. Mantenía la misma decoración de hacía veinte años, con un aire de bar rural presente en los cuadros de escenas de siega repartidos al azar por las paredes, en la tabla roñosa de precios de bocadillos baratos y de raciones de oreja, de asadura de cordero o de picadillo. Era un bar invernal de plaza de pueblo castellano atornillado en ese suburbio de Madrid, lleno de grasa y de aburrimiento, que a duras penas daba para mantener a una familia que con los años se había especializado en servir, qué remedio, pirámides de patatas bravas muy picantes, cubatas de una ginebra apócrifa y baratísima llamada Lirios, y un coñac de garrafón consentido por el cliente que se vertía en copones del tamaño de una cebolla mediana. Siempre estaba abierto: La Rueda solo cerraba quince días en agosto no sin que Anselmo se viera obligado a pegar en la puerta un aplicado cartelito de cuartilla de cuaderno en el que, escrito en la caligrafía insegura y esmerada del que intenta disimular que es casi analfabeto, ponía “Cerrado Por Descanso del Personal”, así, con esas mayúsculas. Así año tras año. Como si los del barrio no supiéramos que el descanso de Anselmo y su familia consistía en meterse cada verano él, su mujer, sus cuatro hijos y su madre, en un Renault 12 y salir hacia la bendita aldea de Ávila de la que el matrimonio y la suegra habían escapado a principios de los años sesenta.

»Todas aquellas tardes de fin de semana, Anselmo se atrincheraba en la barra, los jubilados jugaban a las cartas en la mesa del rincón y nosotros nos emborrachábamos y nos matábamos de risa y aburrimiento a base de cerveza o calimocho. En la barra, vuelto por lo general hacia nosotros, se colocaba casi siempre Mongo, otro de los personajes de aquellos años, otro que no he vuelto a ver desde entonces, bebiendo anís con coñac. Era un cuarentón homosexual inofensivo e infantil, que más que gordo parecía inflado, al que llamábamos así porque era retrasado mental. Vivía con su madre, según contaban, en un piso diminuto del barrio, y cada sábado recalaba en los bares de la zona para pedir a los jovencitos sin dinero, entre risitas, que le acompañaran, como él decía, a la sauna. “A la sauna, hombre, yo pago”, decía, sacando del bolsillo un billete de cinco mil pesetas. “Mejor estar allí que aquí aburridos, como siempre”. “Hoy no”, respondía Trendy, o Javier El Gordo, o meses más tarde, Nora. “¡Qué aburridos sois!”, contestaba el otro, que al fumar inflaba y desinflaba los carrillos como un sapo en una charca. Desde el principio él ya sabía, supongo, que ninguno de nosotros iba a acompañarle nunca: su juego de sátiro de segunda, de pervertidor barato de sol y sombra y tabaco negro, consistía más en hablar a los conocidos de la dichosa sauna que en visitarla, si es que la había visitado alguna vez. Por eso resultaba más triste todavía y por eso, creo yo, nunca le dábamos de lado definitivamente o le mandábamos a la mierda en alguna de esas tardes muertas y repetidas de sábado y domingo en La Rueda que esta fotografía me ha devuelto y que ahora, inspector, no sabría decirle si las aborrezco tanto como las aborrecía a los quince o dieciséis años o se cuentan entre las mejores de mi vida».

Alargué la mano. Recogí la foto del bar, que descansaba en el colchón. Volví a observarla, a repasar los gestos de cada uno: la sonrisa ladeada de Trendy, la mirada lejana de Nora, las bocas abiertas de Mosca, del Gordo, la mía, gritando algo.

—La foto me ha traído a la memoria esas tardes; pero ver a Trendy destripado en la acera me ha hecho recordar algo tal vez más importante: una promesa que se hizo a sí mismo utilizándome de testigo; una promesa que ese navajazo demuestra que no cumplió.

Roche torció levemente la cabeza hacia mí. Noté cómo su olfato especial de sabueso percibía un rastro y que sus nervios se tensaban. Encendió otro cigarro, toqueteó algunos de los papeles que seguían esparcidos alrededor nuestro, devolvió la foto de La Rueda al montón ordenado en el que figuraban las demás. Con su voz baja me rogó que continuase, que no omitiera nada, precisando, tras mirar su reloj y enseñármelo, que teníamos toda la noche por delante.

«Ocurrió un día de aquellos, también muy poco antes del maratón, cuando entrenábamos ya todas las mañanas. Trendy me había propuesto que le acompañara a él y a otros dos amigos suyos de El Valle, Pedro Espinete y Juan El Rubio, a un concierto que uno de esos grupos barriobajeros que oíamos entonces daba esa noche en la otra esquina de Madrid, en un campo de fútbol de Aluche. Acepté. Nos citamos en la parada del metro, y a la hora fijada apareció Trendy con Espinete y El Rubio más otro que reconocí al instante: El July, el mismísimo July, que me saludó con un movimiento de barbilla y al que le contesté con un “¿Qué pasa?” apenas murmurado. En un aparte, Trendy me explicó que se había apuntado en el último momento, y yo pensé que la excursión inofensiva a Aluche se había convertido en una expedición impredecible y seguramente peligrosa. En una bodega del barrio El July compró botellas de whisky del barato sin dejarnos pagar y luego, al bajar por las escaleras automáticas del metro, nos enseñó una bola enorme de hachís y algo de heroína que, según dijo, pensaba meterse en cuanto empezara el concierto. Así lo hizo. Yo también me fumé un par de porros, como todos, y como todos me coloqué y me lo pasé bien con los guitarrazos como gruñidos de aquel grupo de rock duro del que nunca más volví a hablar. A las dos o tres horas terminó la música, el público comenzó a desfilar para sus casas y nosotros cinco nos dispusimos a regresar al barrio. Pero al llegar a la parada de metro vimos que estaba cerrado. Un tipo que también salía del concierto y se encontró con lo mismo miró su reloj y con cara de fastidio dijo en voz alta que el último metro acababa de pasar hacía veinte minutos. Nosotros no teníamos dinero para un taxi. El July rebuscó en sus bolsillos y comprobó que él tampoco, ya que se había gastado todo en la droga y en las bebidas. De cualquier forma, habría sido difícil encontrar un taxista lo suficientemente confiado o necesitado como para subir a su coche a cinco tíos con ese aspecto de atracadores sin remedio. Trendy propuso encontrar la parada del autobús nocturno pero El July, que empezaba a excitarse con la idea de haberse quedado tirado, se opuso. “Hay un huevo de coches aquí, coño, cojamos el que más corra. Lo de venir en metro ha sido una tontería”, dijo. Todos estuvieron de acuerdo, menos Trendy, que no habló, y yo, que me negué y que señalé que prefería lo del autobús. El July se encogió de hombros, exclamó “tú mismo, tío, aquí hay democracia” y entre risotadas —acompañadas al momento por las de El Rubio y el Espinete— comenzó a examinar con ojos de aguilucho los coches que había cerca, en busca del más grande o más lujoso. Yo eché a andar, sin saber muy bien hacia dónde dirigirme. Trendy me detuvo: “Pablo, espera; voy contigo”. El July volvió a reírse con esa risa suya, amplia y teatral, y luego le dio a Trendy un poco de costo y obligó al Espinete a que nos entregara la única botella de whisky que quedaba. “Para que no os muráis de aburrimiento, joder. Nos vemos mañana, Trendy”, exclamó.

»Nos encaminamos hacia una bocacalle que, a lo lejos, desembocaba en una avenida amplia. Desde lejos oímos como reventaban un coche cuya alarma se quejó durante un segundo. Se despidieron de nosotros y de aquel barrio dormido a aquellas horas con un claxonazo que resonó en toda la manzana como un graznido. A la media hora de deambular por Aluche Trendy y yo encontramos una parada desértica. “¿Tú sabes a qué hora pasa?”, me preguntó Trendy. “No”. “Joder”.

»Y allí, sentados bajo la marquesina, bebiendo a morro de la botella de whisky y fumando a medias los porros, mientras esperábamos un autobús cuyo horario y recorrido ignorábamos, Trendy, tal vez ayudado por la combinación de alcohol de garrafa, hachís y ganas de hablar, me contó por primera vez que su padre era soldador en una fábrica de planchas de metal que desde hacía tiempo amenazaba a todos los obreros con mandarlos al paro; que su madre limpiaba una casa en Doctor Esquerdo y que su hermana echaba horas en una peluquería en la que le pagaban una miseria con el cuento de que le enseñaban un oficio; que vivían todos en una de esas casas bajas de El Valle, una cualquiera, de no más de 60 metros cuadrados, al lado de la de la familia del July, quien era amigo suyo desde que tenía memoria, y que desde entonces, desde que eran unos críos, había existido una suerte de pacto no escrito entre los dos, únicamente entre los dos, que ambos cumplían a rajatabla y por encima de todo, y que consistía, sencillamente, en acudir y ayudar si uno de ellos necesitaba al otro y sin preguntar demasiado.

»En algún momento, debían de ser las dos o las tres de la mañana, llegó el autobús, vacío, casi fantasmal, y nos condujo hasta la plaza de Cibeles, desde donde anduvimos, hacia el barrio, calle de Alcalá arriba. Tras una hora de caminata, llegamos al puente de Ventas, donde la calle de Alcalá, apoyada en unos grandes pilares, pasa por encima de la M-30. Por entonces existían unas barandillas endebles y no muy altas, destinadas a impedir que los pocos peatones que se atrevían a ir andando por ahí no resbalaran y se mataran al estamparse contra la autovía, tras una caída de veinte metros. Allí se detuvo Trendy, y se puso a mirar la M-30, que a esas horas se deslizaba deshabitada por debajo de nosotros, sobresaltada únicamente por algunos coches aislados que circulaban con toda la calzada para ellos a más de 120 por hora.

»Trendy apoyó los codos en la barandilla, encendió otro porro, miró hacia abajo, sonrió. Me contó que cada vez que andaba por esa zona, se acercaba a la barandilla y se ponía a mirar los coches fluyendo por debajo. “Si por el barrio pasara el Amazonas, vendría a verlo”, explicó. “Pero como no hay río ni hay nada, pues me vengo a ver esto. Ahora está vacío, Pablo, pero a las siete de la tarde, en invierno, cuando la gente sale del trabajo, la M-30 baja abarrotada por aquí, con miles de coches con los faros encendidos. Entre todos montan un escándalo alucinante. Y si te pones aquí y te quedas quieto un buen rato, media hora o así, mirando siempre al mismo punto, entre el mogollón del tráfico y el ruido y los pitidos de unos y otros, y las luces rojas y amarillas de los que van y los que vienen, al final te atontas, como si algo te hipnotizara, como cuando te hinchas a porros o te metes un ácido, y entonces la M-30 sí que es como un río que pasa por debajo de ti, tronco. Entonces es como el Mississippi”. “Tú estás borracho”, le contesté. Apartándose de la barandilla, me pegó un puñetazo leve en el hombro, y dijo: “Tú no sabes lo que es estar borracho, chaval”.

»Continuamos hacia casa. Durante un buen rato fue riéndose, pero, según avanzábamos hacia el barrio, noté que se le iban borrando la sonrisa y la borrachera de la boca. Así caminó algunos minutos, hasta llegar casi hasta la esquina de mi portal, en la que normalmente nos separábamos para tirar cada uno para su casa. Se detuvo entonces, nervioso, y sin poner excesivo cuidado en que yo le escuchara dijo: “Estoy seguro de que July y los otros no han vuelto al barrio todavía. Me apuesto lo que quieras a que ahora andan por ahí, gastándole la gasolina al coche por el centro, a toda velocidad”. No sabía qué contestar, ni adónde quería ir a parar mi amigo, que continuó, como si no le importara mucho que yo no lo entendiera del todo: “Y si les da la locura, que al paso que iban les va a dar y por eso yo no quise seguir, pues con ese coche se van a ir a reventar una gasolinera o una tienda de abrigos de pieles a la que El July le echó el ojo la semana pasada. Y así va a ser siempre, hasta que deje de ser. El July ya va de caballo, ya lo has visto, y eso es caro, y los otros dos no van a tardar. ¿Sabes, Pablo? Hace poco le pregunté al July si no tenía miedo, porque se estaba metiendo en demasiadas historias a la vez y demasiado peligrosas y, ¿sabes lo que me contestó? Que la bala que le ha de matar ya la han disparado, que la navaja o el cuchillo que le va a destrozar ya hace tiempo que lo empuña alguien. Que mientras tanto, se trata de esquivar, y de divertirse lo más posible mientras esquivas. No atraca porque se drogue; es al revés: se droga porque atraca. Por lo menos ahora. Y me explicó que lo mismo sucedía con el Espinete y El Rubio, y todos los otros que le acompañan, que también tienen ya sus balas reservadas, que ya vuelan por ahí, por el aire, buscándolos…”. Trendy se detuvo entonces, me tocó en el hombro, se aseguró de que le escuchaba: “Buscándome a mí también, Pablo. Ellos lo tienen claro, saben que juegan con las cartas marcadas y que más tarde o más pronto van a perder, a su manera lo han elegido, pero yo no lo quiero, no me gusta andar pendiente de si me alcanza o no, no quiero pasarme la vida esquivando. ¿Lo entiendes?”, me preguntó, mirándome desde el fondo de sus ojos azules y eléctricos. “Lárgate de aquí, Trendy”, le respondí. “Ya lo he pensado. Muchas veces. Y cada vez estoy más convencido. Pero no largarme de El Valle, ni siquiera del barrio o de Madrid, sino largarme de verdad, a Canadá, o a Estados Unidos, o a Australia, yo qué sé, da un poco igual dónde, pero lejos, muy lejos, donde no haya bala que me encuentre, donde El July no me pueda encontrar el día que necesite pedirme algo a lo que yo no puedo negarme pero que me va a torcer la vida”. Luego volvió a sonreír: “Por lo menos tengo un mote inglés. ¿Te imaginas al Espinete en Chicago diciendo yo me llamo Espinete?”. Luego me miró, de cerca, aún más fijamente que antes, inspector, sacó las manos de los bolsillos y me aseguró, con una solemnidad que no he vuelto a ver en nadie: “Yo no voy a acabar muerto como El July, Pablo; yo te juro que no voy a acabar como él”.

 

* * *

»A la mañana siguiente, Trendy acudió al entrenamiento del maratón. Yo también. Ninguno de los dos habló mucho de la noche anterior, de la promesa. Simplemente echamos a correr por el barrio, cumpliendo con el plan de Castro, más lentamente que otras veces, eso sí.

»Porque Castro, el profesor de gimnasia, cuando se enteró de que queríamos participar en el maratón, se molestó en elaborar para nosotros un plan de entrenamientos graduales y nos contó la historia del origen de la carrera, ya sabe, la del soldado griego que revienta tras recorrer cuarenta y dos kilómetros para dar la noticia de una victoria. También nos previno contra el Muro: así llaman los corredores veteranos al kilómetro treinta, donde las fuerzas llegan muy mermadas y el cerebro se vuelve incapaz de poner orden en el organismo. Castro nos explicó que si éramos capaces de sobrepasar el Muro, llegaríamos al final y obtendríamos el sobresaliente.

»Desde ese día, Trendy salió a entrenar cada mañana. Ni Mosca, ni Javier ni Nora quisieron acompañarle al principio. Yo sí. Yo le seguía siempre, en todo. Quedábamos siempre en una esquina, casi al amanecer, a las siete o siete y media. Cuando yo llegaba, mareado de sueño, él ya llevaba un rato estirando el cuerpo, correteando en el sitio, ejecutando con una actitud casi infantil los únicos ejercicios de gimnasia que recordaba del colegio, piernas abiertas y brazos en cruz, flexiones de tronco, movimientos circulares de cuello. Al verme sonreía, me palmeaba la espalda y comenzábamos a corretear por el barrio, por las explanadas desérticas y los polígonos industriales que a aquellas horas se poblaban de obreros con el bocadillo dentro de una bolsa de deportes de goma colgada del hombro, también con la cara abotargada por el madrugón y la mala leche. Parecíamos dos deportistas extraviados llegados a una zona equivocada. Atravesábamos hondonadas parecidas a El Valle, recorríamos El Valle ante la mirada atónita de los vecinos de Trendy, para después perdernos en un mismo, interminable e infinito descampado y volver después por la Avenida hasta acabar en una explanada muerta. La necesidad de no pensar mientras corríamos nos empujó un día a copiar el itinerario del día anterior, confeccionado al azar, pero inevitable casi desde el primer día. Lo repetimos tanto, mañana tras mañana, con precisión de órbita planetaria, que aún hoy, doce años después, sería capaz de hacerlo sin equivocarme en una calle. Jamás me sentí más unido a Trendy que en aquellos amaneceres fríos en que sin hablar trotábamos los dos por el barrio, uno al lado del otro. Al principio aguantábamos una hora, pero después, tal y como aconsejaba el plan de entrenamiento de Castro, ampliamos el tiempo gradualmente, hasta llegar, a las cinco semanas, a las dos horas y media. Ampliamos el tiempo pero esto no significó que llegáramos más lejos, simplemente pasábamos cuatro, cinco o seis veces por los mismos lugares, como si nos diera miedo salir del barrio, imitando a nuestra manera a los atletas que miden la distancia por la cantidad de vueltas al estadio. Llegábamos agotados al final, que era el principio, la esquina al lado de mi portal, desde la que nos despedíamos. Yo subía a casa, temblando de cansancio a cada escalón. Trendy, si no llovía, se sentaba en un banco cercano. Entonces prendía el único cigarro que Castro, tras rogarle mucho, nos permitía al día hasta que pasase el maratón, y se lo fumaba casi masticándolo, con un deleite enfermizo, en un gesto orgulloso, mirando despacio hacia el horizonte recién estrenado, como si en vez de estar enfrente de una hondonada reseca de la periferia de Madrid contemplara las llanuras encendidas de los desiertos americanos que iba a conocer años después.

»Nora, Mosca y Javier se sumaron en la quinta semana, cuando faltaban siete días para el maratón, fijado para el segundo domingo de mayo. Ya era tarde para incorporarse con un mínimo de garantías al plan de Castro, pero eso no importaba a Trendy, que arrastró a todos argumentando que las directrices del profesor, aunque él las había seguido milimétricamente, no tenían por qué ser infalibles. Que le creyeran entonces, que le creyéramos siempre, constituía una de las características de Trendy, que pertenecía a ese tipo peligroso de personas incapaces de ocultar el inmenso entusiasmo que las invade a la hora de acometer una empresa que les incumbe. Eso bastó, muchas veces, para contagiar de facilidad otros proyectos más inverosímiles en los que se embarcaba, y fue suficiente, claro, para convencer un lunes a los tres que faltaban de que para terminar el maratón del domingo bastaba con pegarse cuatro galopadas por el barrio y presentarse en la línea de salida seguros de llegar a la meta. Así que aquella primera semana de mayo de 1983 o 1984 fuimos cinco por los mismos callejones y los mismos descampados que antes habíamos recorrido Trendy y yo solos, intrigando aún más a la gente del barrio.

»Trendy abría la marcha, con su extravagante pantalón de chándal verde ceñidísimo, su camiseta roja con una inscripción profética, su lastimoso aire desacompasado, sus piernas larguiruchas, su cintura de muñeco articulado y sus melenas de Cristo de póster hippie. Movía los brazos esqueléticos como si en vez de correr se ahogara, y daba la impresión de que a cada metro iba a perder definitivamente el equilibrio y se iba a desplomar. Parecía que escapaba de alguien. Yo le seguía a poca distancia, también con un estilo torpe que se acentuaba según me vencía el cansancio. Nora corría muy pegada a nosotros dos, tiesa, envarada, llevaba el pelo recogido en una coleta y usaba ropas anchas que ocultaban un poco el contorno de su cuerpo. Ella no aguantaba mucho. Antes de llegar a la hora, paraba en seco y con la mano nos indicaba que siguiéramos. Doblaba el torso con el rostro congestionado mientras se deshacía la coleta y buscaba un bordillo donde sentarse. Un día, en la cuesta sin asfaltar que terminaba en una fábrica abandonada de muebles de oficina, Nora se detuvo, resopló, soltó un taco con rabia, y comenzó después a insultar a voces a Trendy desde lejos, a gritar mientras subíamos que estaba harta y cansada, que esa cuesta era una mierda, que la idea de Trendy otra mierda aún mayor, que no volvería a correr en su vida un kilómetro más ni aunque un ejército de griegos viniera detrás con intención de violarla. Pero a la mañana siguiente, casi de noche, estaba ahí, la vi ahí, en la esquina de al lado de mi casa, junto a los otros, con su cuerpo pequeño y rotundo dentro del chándal, y su malhumor huraño por la falta de sueño y de ganas, con prisa por empezar para terminar de una maldita vez. Y mientras la vi ahí esperándome, al lado de Trendy, me di cuenta por primera vez de que me estaba enamorando de ella. El Mosca y Javier se rendían por lo general poco después de Nora, ambos a la vez, y eso que Mosca, a sus quince años, parecía tener doce y Javier, de la misma edad, era ya un hombre alto y gordo que se afeitaba todos los días y que no cabía en el pantaloncito corto que usaba para correr. Paraban a la vez porque se utilizaban mutuamente de excusa, supongo, y se ponían a andar, muy despacio, hasta la esquina del inicio, donde nos esperaban a mí y a Trendy, apoyados contra una pared, fumando un cigarro tras otro sin obedecer ni un solo día la prohibición de Castro.

»Y llegó el día que marca este diploma. Y ahí estábamos los cinco, en el Retiro, en ropa de deporte, una mañana soleada en medio de un mar de corredores, dispuestos a disputar el maratón. El mastodóntico organismo formado por las miles de personas se desperezó lentamente, a convulsiones, cuando el disparo de una pistola de fogueo anunció la salida. Se inscribieron cerca de ocho mil; pero había más, porque muchos se presentaron por las buenas y corrieron sin dorsal y sin figurar en ninguna parte. Nosotros cinco, por ejemplo. Más tarde me enteré de que si hubiéramos ido a inscribirnos, nos habrían prohibido participar, porque aún no habíamos cumplido los 18 años, y la organización no lo consideraba conveniente. Un gordo amarrado a un megáfono subido a un buzón de correos repetía a voz en grito consignas incomprensibles que al final quedaron reducidas a un “vamosvamosvamos vamosvamos”. La mayoría iba en grupos: familias que se presentaron incluso con niños pequeños, peñas de amigos embutidos en camisetas politizadas, asociaciones de vecinos que enarbolaban banderas inventadas de su barrio, de su bloque o de su portal, soldados del mismo cuartel con chándals idénticos, compañeros de fábrica, de departamento, de club de vacaciones, pandillas de amigos como la nuestra.

»Mosca no paraba de hablar. Intercalaba en las frases un resoplido de pega o tosía, pero no dejaba de comentar el aspecto de los que nos adelantaban o a los que adelantábamos. O saludaba absurdamente al que rebasaba con un “hasta luego”. Mosca. El pequeño Mosca. Lo llamábamos así porque un profesor amigo de golpear a los alumnos a la mínima oportunidad le sorprendió un día con una cuchilla de afeitar y un bolígrafo falseando el parte de la faltas de asistencia. Y en vez de abofetearle, se echó a reír: “Mira el que parece una mosca muerta”. Era bajito, esmirriado, moreno, poca cosa, charlatán y con tendencia a atraer la mala suerte, según él mismo confesaba. Abandonó el instituto el día en que tras suspender todas las asignaturas en febrero, las nueve, incluida la gimnasia con Castro, el profesor tutor leyó con escarnio sus notas en público. Dejó los estudios pero como no sabía adónde ir porque no encontraba trabajo, seguía acudiendo al instituto todas las mañanas y nos esperaba en la puerta a que acabáramos las clases. Dios sabe dónde andará ahora Mosca, en qué habrá acabado.

»Al poco tiempo abandonamos el parque del Retiro en dirección a la Puerta de Alcalá y dejamos de oír los gritos del altavoz. Desde allí enfilamos, cuesta abajo, rumbo a Cibeles. Trendy marchaba el primero, de vez en cuando se tocaba un collar de cuero que se había puesto de amuleto para la carrera; yo iba detrás de él y delante de Nora, a la que seguían Mosca y Javier, que corrían paralelos. Sin darnos cuenta, repetíamos el orden de los entrenamientos del barrio, pero corríamos más rápido que nunca, contagiados por el ritmo del resto de los participantes y emocionados por la confusión, los gritos y los aplausos del público. Sentíamos un raro envanecimiento infantil por disponer para nosotros, por primera vez en nuestra vida, y aunque fuera a pie, de las calles más nobles y ricas de Madrid, las que contenían los edificios más altos y los pisos más caros, con centrales bancarias que ocupaban una manzana entera, calles para nosotros casi tan extranjeras y desconocidas como los Campos Elíseos de París o la Quinta Avenida».

El inspector de policía no apuntaba nada. Ni nombres, ni fechas. Nada. Ni siquiera tenía en la mano un bolígrafo y un trozo de papel. Pero seguía escuchándome, con su mirada concentrada en mí, sin moverse apenas, oculto de la luz del flexo de la habitación, escondido. No sé por qué pensé entonces que todo era falso, que Roche fingía, que lo único que pretendía era retenerme unas horas y tenerme a mano mientras sus compañeros investigaban mi piso o me buscaban antecedentes o exploraban en mi vida para vincularme de alguna forma al crimen de Trendy. Sin embargo, esa expresión suavemente interesada, ese silencio suyo, tan insistente, bastaba para incitarme a continuar, a seguir contando:

«Tras dejar atrás la Puerta del Sol, aún rodeados de espectadores, atravesamos la plaza Mayor y seguimos por la calle de Toledo hasta llegar al viaducto de la calle de Bailén. Entonces Mosca notó que Javier marchaba más atrás, a un paso mucho más lento. “Eh, Javier se queda”, gritó. “Paremos aquí a esperarle”, replicó Trendy. Muy cansado, me apoyé en una barandilla. Nora se sentó en la acera, cerca de mí, dio la espalda al paisaje del sur de Madrid que se asomaba por encima del viaducto y se acurrucó, con la cabeza en las rodillas. Trendy y Mosca, agachados, miraban cómo Javier avanzaba arrastrando los talones, con la cara amoratada y la boca abierta. A cada paso bamboleaba la cabeza, que parecía haber perdido su fijación con el cuello. No respiraba: chupaba el aire, lo absorbía entre jadeos. Parecía más gordo, más viejo. Un corredor que le adelantaba le gritó algo, pero él negó con la cabeza. Tampoco parecía oír los gritos e insultos de ánimo de Mosca. Tardó más de un minuto en recorrer, con pasos inseguros, los cincuenta metros que le separaban de nosotros. Cuando llegó a nuestra altura nos miró con los ojos perdidos, colgados en algún punto lejos de ese momento, de ese día. Habló, pero no le entendimos porque que la frase se entremezcló con jadeos y un ataque de tos. Se acercó a una papelera y vomitó dentro. Cuando levantó la cabeza, nos volvió a mirar, el rostro amarillento, las pupilas agigantadas. Antes de desmayarse, tuvo tiempo de tumbarse atravesado en la calzada y de poner las manos detrás de la nuca, como si en vez de perder el conocimiento en plena calle, se estuviera echando la siesta en el sofá de su casa.

»Nos abalanzamos sobre él. Otros corredores se detuvieron para ayudarnos. Entre todos formamos un corro en medio del viaducto con Javier tumbado en el centro, abriendo los ojos de vez en cuando. Deliraba, hablaba de coches, de que le iban a pillar los coches. Nos decía que le quitáramos de ahí. Pasaron unos minutos sin que ninguno de nosotros o de los que se habían sumado al corrillo hiciera nada. Entonces pareció volver en sí. Buscó a Trendy con la mirada: “Trendy, yo no sigo, yo no sigo. No veo bien, tío, lo veo todo como rojo. A ti te veo como rojo”. “Tranquilo, es solo un mareo. Te vamos a llevar un poco a la sombra y te pondrás bien”, le contestó Trendy, que ordenó: “Mosca, Pablo, ayudadme”. Uno de los corredores que observaba la escena notó nuestro desconcierto y se decidió a intervenir: “Dadle agua y esperad a que se le pase. Si en cinco minutos no se recupera, llamad a la policía y que avise a un médico”. Era un tipo alto, barbudo, treintañero, delgado. “¿Cuántos años tenéis?”, preguntó. “Yo 17, el resto, 16”, respondió Trendy. “Es normal que se haya mareado. Esto no es un juego. ¿Quién os manda correr con 16 años? ¿No os han dicho que podéis tener un problema?”. “Nuestro profesor de gimnasia”, respondió Trendy. “Pues vuestro profesor es un animal”, dijo el de la barba. “En cuanto vuestro amigo se ponga en pie”, señaló a Javier, “llevadlo para casa y dejad esto para cuando seáis un poco más mayores”, zanjó, y echó a correr, mirando de vez en cuando para atrás, hacia nosotros.

»Trendy, Mosca y yo le cargamos hasta el final del viaducto, hasta el primer portal de la calle de Bailén. Le depositamos en el suelo, con las piernas extendidas y la espalda apoyada en la pared. Poco a poco recuperaba el color. A ratos abría los ojos y sonreía. Pero luego los volvía a cerrar y se adormilaba otra vez. Intentaba hablar, pero seguía pronunciando un murmullo ahogado ininteligible. Nora, que nada más escuchar al tipo de la barba había ido en busca de un bar, volvió con una botella de agua. Se la ofreció a Javier. Este reaccionó con un escalofrío. A los pocos minutos, dejó de mirar al frente con la expresión idiotizada, comenzó a reconocernos. Mosca, con un cigarro en la boca, le volvió a preguntar: “¿Te encuentras mejor?”. Javier asintió. El color pareció regresar a su rostro. Se puso en pie. “¿Puedes seguir?”, se apresuró a preguntar Trendy. “No, no sigo. Me voy para casa”, respondió. Mosca miró a Trendy: “Todos nos tendríamos que ir a casa. Ya has oído lo que ha dicho el tío de la barba. Nos puede dar a todos el mismo ataque que a Javier”.

»El maratón pasaba a nuestro lado ignorándonos. La mayoría de los corredores marchaba sin mostrar aún cansancio, aunque ya habían desaparecido las conversaciones y las sonrisas. Trendy miró para la plaza de España. “Hay que decidir rápido; cuanto más tiempo estemos parados, peor”, dijo. “¿Tú vas a seguir, no?”, preguntó Nora. “Lo que le ha pasado a Javier no tiene por qué pasarnos a nosotros. Además, al final no ha sido nada”, respondió. Mosca se encaró a Trendy: “El tipo de antes nos ha dicho bien clarito que nos vayamos a casa, y parecía saber de qué hablaba. ¿Qué te pasa, tío? ¿No te das cuenta de que llevamos siete kilómetros y no podemos más? Sigue tú si quieres, pero ten cuidado, porque la puedes cascar. A veces estás loco, Trendy”. Trendy le respondió en voz baja: “Dices muchas tonterías, Mosca. Claro que voy a seguir. Nadie se muere por correr”. “El soldado griego, para empezar”, replicó Mosca. “Eso fue hace mucho”, concluyó Trendy, que se encajó el pantalón corto y comenzó a alejarse. A los cincuenta metros se dio la vuelta: “¿Alguien viene?”. Miré a Nora, que a su vez me miraba a mí. Recordé la noche del concierto en Aluche, cuando yo me iba a buscar una parada de autobús y él no me dejó solo. “¡Espera!”, grité. Nora tiró un cigarro que acababa de encender, lo aplastó con la zapatilla y me acompañó, sin decirme nada. Mosca cerró los ojos y exclamó: “Allá vosotros”. Cuando llegamos a su altura, Trendy nos sonrió como él hacía de vez en cuando, con toda la boca, con los eléctricos ojos azules brillando de alegría y de alivio.

»Se puso a tirar de nosotros a un paso rápido, adelantando a todos los que nos habían rebasado mientras aguardábamos a que Javier se recuperara. No paró de correr así hasta que sobrepasó, en la plaza de España, al tipo de la barba que nos había aconsejado retirarnos. Iba ya tan cansado que ni siquiera nos reconoció a pesar de que Trendy se giró un momento para dejarse ver. Casi llegando a la Casa de Campo nos incorporamos a un grupito heterogéneo formado por hombres y mujeres como de 25 años que pertenecían, según las camisetas que llevaban, al mismo club de deportes. La forzada parada del viaducto me sirvió para recuperar aire, pero las piernas y los pies comenzaron poco a poco a dolerme, como si en vez de correr sobre asfalto o tierra pisara una alfombra de piedras afiladas. No era un dolor fuerte pero crecía a cada paso, a cada zapatazo en el suelo. Comprendí que aquel pinchazo en la planta del pie que trepaba luego por la pierna no era sino la primera señal del cansancio de verdad. El maratón verdadero no empezaba con el disparo al aire en el Retiro sino con las advertencias del propio cuerpo. Pregunté a Nora cuánto quedaba y ella me respondió, con muy poca voz, que treinta kilómetros o algo así. Veíamos ya cómo muchos corredores se detenían de pronto, paralizados de golpe, y se desplomaban en un bordillo o se quedaban en medio de la calzada en cuclillas, con las manos en las caderas y la cara deformada en una mueca de asco producto de la fatiga. Ya nadie hablaba dentro de la carrera. Tan solo de vez en cuando se escuchaban tacos proferidos por corredores que se animaban a sí mismos y que bastaba contemplar acalorados, enrojecidos, tambaleantes, para cerciorarse de que se iban a derrumbar a los quinientos metros. Entramos en la Casa de Campo aun integrados en el grupo de deportes del Club de Moratalaz. Me sorprendió el silencio que nos envolvía y me di cuenta de que el público que nos había jaleado por las calles no había llegado hasta allí. Oía retumbar más alto dentro de mí el percutir acelerado del corazón, y sentía aún más el pinchazo que me atravesaba el pie cada vez que apoyaba la pierna derecha en el suelo. Porque ya me había dado cuenta de que no me dolían las dos piernas, como yo había creído al principio engañado por el cansancio, sino una sola. Hasta me paré varias veces para arrancarme el clavo o la chincheta causante de la molestia que llegué a pensar que llevaba en la suela de la zapatilla. La tercera vez que me descalcé, con Trendy y Nora parados junto a mí, descubrí que lo que me hacía daño no era una chincheta sino una ampolla amoratada que se extendía en medio de la planta del pie. “Yo también estoy así”, dijo Trendy, cuando se la enseñé. “No pienses que te duele. Haz como yo, piensa en otra cosa. No es difícil”. Reanudamos la marcha los tres solos. El grupo de Moratalaz había desaparecido. Solo distinguí a dos integrantes, que se habían parado a beber en una fuente de la que no consiguieron despegarse. Los envidié. Como envidié entonces a Mosca y a Javier o a cualquiera que aquella mañana no se hubiera comprometido a correr al lado de un amigo tan tozudo como infatigable.

»Intenté hacer caso a Trendy. Procuré olvidarme del dolor. Pensé en Nora, que marchaba a mi lado, silenciosa, como casi siempre, con su chándal ocultándole el cuerpo. Seguía el ritmo que marcaba Trendy sin quejarse, aunque ya llevábamos recorrida más distancia que la que ella había completado en ninguno de los pocos entrenamientos en que nos acompañó. Pensé en ella, me dediqué a buscar la mejor forma para, en los próximos días, insinuarle que me gustaba, que me gustaba mucho. Ella marchaba a mi lado, la veía de reojo resoplar, mirar hacia delante, hacia abajo, pasarse la mano por la frente, percibía su busto pequeño balancearse al impulso de las piernas, su melena negra recogida en una coleta ladearse hacia un lado y hacia otro. Me prometí no tardar mucho en hablar con ella, en esperarla en su portal, donde viviera, en encontrar la ocasión propicia para pedirle que saliéramos juntos.

»Pero un tropezón con una piedra o con un bordillo que casi me tira al suelo me hizo recordar dónde estaba y comprendí que no iba ser nada fácil, como sostenía Trendy, concentrarse en otra cosa que no fuera tu propio sufrimiento. Al leer una de las señales de la organización y comprobar que aún quedaban 21 kilómetros me di cuenta de que comenzaba a sentir punzadas en la otra pierna, pinchazos leves e intermitentes pero reconocibles, anunciándome que el pie izquierdo también se me iba a ampollar. Entonces, inspector, supe con certeza que ni yo, ni Trendy, ni Nora íbamos a terminar esa carrera porque sencillamente hay cosas que son imposibles, imposibles como detener un tren en marcha, o una tormenta de nieve, o un invierno. Faltaba, además, el Muro ese contra el que Castro nos había prevenido. Recordé sus palabras: “Cuando se llega al Muro, en el kilómetro treinta, ya se han agotado las reservas que almacena un organismo adulto normal”. Y nosotros ni siquiera nos habíamos acercado al Muro. Ni siquiera éramos adultos todavía. Recontaba una y otra vez la distancia con una obsesión enfermiza, como si pudiera rebasarla a base de aritmética: acabábamos de pasar por la señal que indicaba que ya llevábamos 21 kilómetros. Nos encontrábamos, por lo tanto, en la mitad exacta de la carrera. Resté: quedaban nueve kilómetros para llegar al Muro, y 12 para la meta. Volví a pensar en un tren en marcha, en un invierno».

La claridad del amanecer comenzó a adueñarse del dormitorio de Trendy. Comprobé que ya podía distinguir las formas de la cara del policía Roche. Pensé en las palomas de mi casa, en que llevaba 24 horas sin dormir, en la foto del bar La Rueda, aún colocada boca arriba en el colchón, como una prueba de que todo aquello que contaba había sucedido alguna vez. Me sorprendí pensando en Nora, preguntándome qué habría sido de ella, en qué cama de qué habitación de qué ciudad estaría en ese momento, en qué sueño, ajena por entero a la muerte de Trendy, a su obsceno asesinato en una calle del centro.

«Fue Nora la que protestó entonces, por primera vez en toda la carrera, y pidió a Trendy que marchara más despacio. Este dio la vuelta y comprobé que también estaba muy cansado. Asintió con la cabeza y marcó a partir de ese momento un ritmo inferior, resignado, que a mí se me antojó el primer paso hacia la rendición, hacia la bendita rendición que no consistía en otra cosa sino en pararse y dejar, de una vez, de poner un pie delante de otro. Nos adelantaban corredores que marchaban más enteros, pero nosotros, aún al cauteloso paso al que nos movíamos, también sobrepasábamos a quienes habían renunciado ya a correr y se limitaban a avanzar andando, a veces torturados por un calambre que agarrotaba los músculos de la pantorrilla y les hacía moverse con la pierna tiesa, como mutilados con patas de palo. El disco resplandeciente del sol, que llevaba hiriéndonos toda la mañana, se escondió de pronto detrás de un telón de nubes blancas, y los miles de personas que todavía nos teníamos en pie sentimos al instante un repentino y dulce alivio en la piel empapada de sudor, como si alguien nos hubiera espantado el enjambre de avispas que nos mordía desde la salida. El aire se hizo más respirable y, por primera vez desde hacía muchos kilómetros, dejé de sentir que tragaba arena. Las piernas respondieron por su cuenta animadas por el cambio de temperatura y pisaban más fuerte, la garganta se recomponía, el corazón recobraba su orden y el cerebro no cesaba de enviar por la sangre la noticia de la ausencia del calor. Hasta las ampollas me dolían menos. Trendy alzó la cara y dedicó al cielo un suspiro bronco de alivio y luego se volvió hacia nosotros. Percibí, harto de él, que sus ojos se habían encendido de nuevo, que brillaban casi tanto como en la salida. Así que me preparé para llegar al Muro y a la meta detrás de mi amigo, aunque fuera reptando. Miré una nueva indicación: quedaban 19 kilómetros. Un grupo de espectadores animaba en una esquina con aplausos a los que salíamos de la Casa de Campo. Aislado en mi propio agotamiento ni siquiera les oí. En cuanto pisé el asfalto de la calzada, noté que las ampollas pinchaban más. Trendy, a su vez, empezó a renquear pero no aflojó el ritmo. Nora había perdido el color de la cara y apretaba las mandíbulas. Ya no corría a mi lado: marchaba algo detrás y daba la impresión de que iba a abandonar a cada trecho. La carrera atravesaba un túnel corto que discurría debajo de una autopista en el que entramos los tres solos, sin ningún otro participante al lado. Era un túnel rectilíneo y sucio, desconchado, con algo de caverna, inundado hacia la mitad, iluminado por la claridad insuficiente y malsana que escupían las dos bocas, lo suficientemente próximas entre sí como para no perder a ambas de vista en ningún momento. El aire congelado que dormía dentro me produjo un escalofrío y pensé que aquel era el lugar adecuado para rendirnos de una vez. A punto estuve de pararme y aceptar allí las quejas de mis rodillas, convencido de que al menos Nora me seguiría, cuando Trendy, que cada vez cojeaba más, alzó sus brazos y pegó un grito que resonó en las paredes de ese agujero maloliente: “Voy a llegar, cabrón de griego, voy a tener el sobresaliente”. Así que me resigné a aguantar un poco más, hasta que él también se convenciera de que había que parar, y me dispuse a avanzar unos centenares de metros más a pesar del saco de cemento que parecía arrastrar en cada pierna.

»El túnel desembocaba en una calle en la que presentí, sin que ninguna marca lo señalara, que arrancaba el temible Muro descrito por Castro y los corredores veteranos. Tras un par de vueltas a unas calles solitarias enfilamos una avenida en cuesta, llena de deportistas varados en el bordillo. El cielo se oscurecía cada vez más; el día, que había amanecido demasiado radiante y caluroso para un maratón, se iba volviendo ahora demasiado desapacible y frío para cualquier cosa y el sudor se comenzaba a helar en los brazos y en las piernas. Nora cerraba los ojos, temblaba. Yo debía concentrarme para no tropezar y caerme, Trendy se descoyuntaba por completo a cada paso. Al fin llegamos a la cima de la cuesta y vi la flecha que indicaba que la carrera continuaba, tras descender por el otro lado de la calle, y una señal que informaba que habíamos llegado al kilómetro 24. Quedaban, por lo tanto, 18. Dieciocho kilómetros, calculé, 18 000 metros, más de 36 000 pasos, más de 36 000 pinchazos al apoyar las piernas en el suelo. No habíamos alcanzado ni siquiera el Muro, que nos aguardaba en el kilómetros 30, oculto en algún rincón de la ciudad que ni siquiera se divisaba desde la colina. Me detuve y contemplé desde arriba la curva gris y esquelética del Manzanares, la larga hilera deshecha de corredores que aún aguantaban, que nacía a 10 metros por debajo de mí y que se perdía a lo lejos, paralela al río. Nora paró también con un movimiento de juguete que revienta por dentro, agarró media naranja que alguien había tirado al suelo y la mordisqueó. Trendy frenó entonces al notar que no le seguíamos, pero ni se acercó al sitio donde estábamos nosotros, supongo que por la falta de aliento. Mi amigo jadeaba como un perro enloquecido, buscaba un punto en el horizonte donde sujetar la ansiedad. Nora volvió a tambalearse; la sujeté con mis brazos, pasándole una mano por la cintura, y ella se agarró a mí impulsada por el agotamiento, pero también por algo más, algo que me iba a eximir de tener que llamarla, preguntarle, pedirle que saliéramos juntos. Se agarró a mí con las manos, pero también con los ojos, explicándome, con ese abrazo, que la carrera había terminado para nosotros dos, que comenzaba otra cosa, que si había continuado corriendo desde el viaducto era por mí, y yo le expliqué que la había comprendido a ferrándome a ella, dejando la mano en su cintura. Supongo que nos habríamos besado ahí mismo si hubiéramos tenido fuerzas para hacerlo, inspector.

»Entonces vi a Trendy, que nos contemplaba con la sorpresa, el miedo y la desolación sucesivamente pintados en la cara. Un tipo exhausto pasó arrastrando sus piernas. Reconocí al treintañero de la barba que nos había aconsejado abandonar. Rompió a llover despacio, a hacer mucho frío de repente. Trendy seguía a diez pasos de nosotros, escrutándonos, aterrado, sin moverse. Ahí mismo comprendí por qué la rubia había desaparecido, por qué en los últimos tiempos Trendy venía todos los fines de semana a La Rueda con nosotros: él, mi amigo, también estaba enamorado de Nora, inspector, y ni yo ni la propia Nora lo supimos hasta ese momento, en medio del maratón de Castro. Tampoco él sabía que yo lo estaba, así que por un largo minuto nos miramos los tres sin saber qué decirnos, para dónde tirar, cómo hacer para que aquello no doliera tanto, pero yo presentí, por su manera de observarme y de observarla a ella, por su forma de permanecer quieto enfrente de las dos, bajo esa lluvia que seguía cayendo, que a Trendy se le acababa de estropear la vida como solo puede estropeársele a uno cuando se tienen diecisiete años. No dijo nada. Solo dejó de mirarnos, despacio, y se dio la vuelta, y avanzó, solo, hacia el pelotón de corredores desperdigados que, allá abajo, se dirigían a trompicones hacia la meta.

»Enlazados aún por la cintura, Nora y yo nos apartamos, buscando una cafetería o una boca de metro donde sacudirnos el frío. Nos asaltaban unos temblores helados que achaqué a la lluvia y al hecho de habernos parado de golpe. Las piernas se me habían vuelto de barro, de alambre. Encontramos un metro y el aire caliente del vestíbulo nos reconfortó tan de golpe que volvimos a sentir cómo todo el cansancio, blandamente, caía otra vez sobre nosotros. Pero ya bastaba sentarse para vencerlo. Recorrimos bajo tierra la distancia que separaba esa colina de Madrid del parque del Retiro, donde estaba situada la meta y donde confiábamos encontrar a Javier y a Mosca y adonde se dirigía también Trendy.

»Él nos contaría después la última parte de su maratón, omitiendo, también él, lo que los tres sabíamos: que durante los dieciocho kilómetros que restaban, además de contra la fatiga y el peso creciente de las piernas, tuvo que enfrentarse en silencio y en solitario al recuerdo de nuestro abrazo, al hecho inamovible de que Nora no le había elegido a él, y que aquella certidumbre le iba a estar esperando como una mala noticia y se iba a repetir como un mal sueño no solo al final de la carrera, sino en la sucesión de días tristes y tardes inservibles que ya parecían amontonarse detrás de la meta. Consiguió, al principio, unirse a un grupo pequeño en el que marchaba también el treintañero de la barba; la carrera discurría por un carril encharcado de la M-30 reservado para los participantes, segregado del trafico que circulaba a 80 por hora en las vías contiguas. En un centenar de metros, sin embargo, mi amigo se desgajó de sus acompañantes al verse obligado a frenar y bajar el ritmo porque ni sus pulmones ni su corazón daban más de sí.

»Entonces comenzó a andar. Comenzó a andar bajo el chaparrón, empapado, congelado, tiritando de frío, temblando, sin preocuparse ya de los corredores que le adelantaban, sin fijarse siquiera en las señales que indicaban los kilómetros vencidos. Recorrió lentamente, paso a paso, 18 kilómetros, tardó más de tres horas, sin despegar la cabeza del pecho y las manos de las caderas e imagino que habría podido tardar cinco o diez o el día entero porque había alcanzado una región situada más allá del agotamiento y del frío y de la lluvia, y avanzaba por ella obsesionado y sonámbulo. Sé que le importó menos llegar que llegar solo. Marchó por la autopista, intentado refugiarse y dar la espalda a los coches enfurecidos que le sobrepasaban por la izquierda y le salpicaban lanzándole latigazos de agua helada. Nos contaría también que pocos participantes aguantaron corriendo y que más pronto o más tarde casi todos los que veía acabaron por rendir el paso y se pusieron a andar. El maratón, la fiesta jubilosa del maratón, del disparo al aire y del vamosvamosvamos del gordo animoso del megáfono se había convertido en algo demasiado parecido a la retirada de un ejército perdedor que vuelve a casa envuelto en el frío, la lluvia y el fracaso. Adultos de mucho más peso, con más fuerzas y más entrenamiento abandonaban tras proferir un grito de rabia. Trendy no. Recuerde: 18 kilómetros, 18 000 metros, más de 36 000 pasos. Le vimos llegar a la meta después de atravesar con su paso insomne media ciudad, ajeno ya a los gritos de los pocos espectadores que aún animaban. Nora y yo (Javier y Mosca se habían ido a casa) le reconocimos al fondo de la última recta, la que moría en el Paseo de Coches del Retiro. Él no nos vio, creo. Tampoco nosotros nos mostramos demasiado. Hubo participantes que, en los últimos metros, espoleados por la cercanía del final, emprendían una pequeña carrera, la última, y alcanzaban la meta a un trote agónico. De los casi 8000 corredores inscritos, llegaron tres mil quinientos, sin contar los que no se habían apuntado. Uno de ellos, sin dorsal, sin figurar en ninguna parte, fue Trendy, que atravesó los últimos metros caminando, con la cabeza baja y los brazos pegados a la camiseta ensopada. Tan solo levantó la cara deshecha cuando quedaban cinco metros. Alzó los brazos y cruzó la meta, solo. Dio unos pasos más empujado por la inercia, sin saber adónde dirigirse, qué hacer ahora que todo había terminado. No sé si nos buscó; no sé si le haríamos falta. Mientras nos decidíamos a ir por él y nos abríamos paso entre el público, se desmayó en brazos de uno de los pocos médicos que aún quedaban y que acudió en su ayuda. Antes de perder la conciencia por completo y a pesar de no haberse registrado, le reclamó su diploma. Este que tiene usted ahí en la mano.

»Ese era Trendy, señor Roche, un muchacho de 17 años capaz de recorrer agotado dieciocho kilómetros andando bajo un aguacero. Ese era Trendy, al que Nora acababa de despreciar para venirse conmigo. A un tipo así no le mata un navajero por la pasta de un pico, inspector».