Deudas pendientes

Antonio Jiménez Barca · Capítulo 5 de 9 · parte 1/2

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Deudas pendientes

Capítulo 5

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

 

A Trendy le enterramos por la mañana, en el cementerio de Carabanchel, metiéndolo deprisa en un nicho del ala norte. Yo había salido de casa con un traje oscuro muy antiguo y mi maletín de cobrador, ya que tenía pensado, después del entierro, llevarle el dinero a Sánchez-Vidal y visitar a los dos morosos de la jornada: Juan Barbero, el de la cooperativa de viviendas, y Vicente Marín, el del taller mecánico. Me propuse también ayudar a Isabel a ordenar el estropicio del asalto y vigilar al jefe, porque presentía que se encontraba al borde mismo de la depresión. Crucé la ciudad en el coche de Isabel en dirección al cementerio escuchando las noticias de la radio, que informaban, todavía, de la muerte de Frank Sinatra. Dejé el coche en el aparcamiento. Una lluvia intermitente ensuciaba el día. Anduve doscientos metros por una avenida grande flanqueada por colmenas de nichos. Me incorporé al grupo cuando el entierro había empezado. El féretro descansaba encima de una plataforma móvil parecida a las que se usan en los mercados grandes para apilar cajas de fruta. Un operario manejaba el volante y las palancas y aguardaba a que el sacerdote terminara el responso para elevar unos metros la plancha e introducir el ataúd en el nicho abierto. La celdilla de la derecha la ocupaba el cadáver de una señora de 87 años fallecida un día antes, según rezaba la inscripción. A la izquierda mostraban la boca abierta una hilera de nichos vacíos que pensé que se llenaría a lo largo de la jornada a juzgar por el ritmo de cortejos que había notado en la entrada.

Era demasiado temprano para enterrar a nadie. Daba la impresión de que ni siquiera había amanecido del todo, tal vez por esa lluvia y ese frío impropios del mes de mayo y que parecían formar parte de la ceremonia, como el cura apresurado o el ronroneo mecánico del motor de la plataforma. O los gemidos de la madre, abrazada a la hija, escoltada por el señor Enrique, el padre, envarado y serio, los tres en primera fila, acompañados de las dos decenas de personas ordenadas en círculo.

Saludé con un gesto a Roche, apartado en una esquina, envuelto en su gabardina gris. Al lado destacaba la altura desgarbada de Luke. Me situé junto a una anciana que no había visto jamás. Todos esperamos en silencio a que un obrero vestido de mono azul y con un jersey de cuello alto encima tapara el nicho con una lápida de mármol que fijaba a la pared con silicona. Encajó después un ramo de flores en una argolla pegada a la tapa y descendió, agachó la cabeza a modo de pésame delante de los padres de Trendy y se perdió, junto al sacerdote, por las calles abiertas flanqueadas de muros de nichos. El operario de la máquina tampoco esperó: maniobró traqueteando dentro de su vehículo y siguió al del mono y al cura. Para hacerle sitio, las personas que nos encontrábamos allí nos dividimos en dos grupos, quedando unos enfrente de otros. Fue entonces cuando vi a Mosca, afectado por una tristeza tan sincera que me conmovió. A su lado, dentro de un elegante traje azul, reconocí a un tipo enorme que no dejaba de mirarme. Lo primero que pensé fue que Javier el Gordo ya no estaba gordo. Lo segundo, que con sus zapatos brillantes, su traje azul y sus gemelos grandes como chapas de cerveza asomándole por la manga desentonaba en ese entierro deslucido de barrio pobre. Detrás de Javier encontré otra cara conocida. Pero a diferencia de este, a Mongo el tiempo le había maltratado, acentuado sus rasgos de retrasado mental, su figura hinchada, su compulsiva manera de mirar hacia los lados… Me sonaban más rostros, más caras de hombres y mujeres, la mayoría mayores, a los que yo había visto en el barrio, tal vez vecinos de Trendy, o amigos de sus padres o personas con las que me debí de cruzar cientos de veces a lo largo de los años y que ahora no lograba identificar. Entonces me puse a buscarla, entre esas decenas de cabezas medio conocidas, me descubrí a mí mismo buscándola. Porque si Javier El Gordo y Mongo habían acudido, si hasta yo me encontraba allí, ¿por qué no ella? ¿Por qué no Nora? Observé a un lado y a otro, me di incluso la vuelta, me quedé mirando inútilmente hacia la lejana puerta de entrada, por si se había retrasado.

Nadie lo asumía, pero el hecho de que la máquina elevadora hubiera desaparecido daba por concluida la ceremonia. Todos nos quedamos unos minutos desconcertados, sin saber qué hacer, desamparados sin operarios que nos indicaran los pasos a seguir, enfrente de la lápida de Trendy. Poco a poco, los padres de Trendy, muy envejecidos, casi irreconocibles, muy distintos al ama de casa y al obrero que yo había tratado en el barrio, comenzaron a recibir saludos, abrazos contundentes y apretones de manos por los más decididos o los más urgidos por la prisa. Eso desencadenó un movimiento general que desembocó en una fila india que moría en la descompuesta madre de Trendy, que ni siquiera reunía fuerzas o sentido para agradecer los pésames. No me atrevía a acercarme a saludarlos. No sabía si aquella señora vestida del luto de los pueblos de Castilla y aquel hombre enfundado en el traje de las grandes ocasiones que igual servía para la comunión de los nietos que para el entierro de su propio hijo, me iban a conocer después de tantos años. Y no me sentía con ánimo para explicarles quién era o por qué estaba ahí. Mosca sí se sumó a la cola, y Mongo, que le seguía a todas partes, y Luke el australiano. Roche, ajeno a todo, se limitaba, como yo, a observar la escena. Javier el exgordo también prefirió eludir el pésame y se acercó a mí. Me tendió una mano tras desenfundarla de un guante de piel.

—Hola, Pablo. Me alegro mucho de verte. Aunque sea aquí.

—Hola, Javier.

—No has cambiado mucho. Por lo menos de pinta. Pareces el mismo, joder.

Él no. Javier Velasco San Juan (así se llamaba, aún me acordaba de su nombre y de sus dos apellidos) se había convertido también, como Mosca y como yo, en un hombre de casi treinta años. Pero a diferencia de Mosca, o de Trendy —o de mí, según él mismo decía— aquel tipo alto que tenía enfrente se parecía muy poco al Javier El Gordo del instituto. Incluso hablaba con un tono decidido que a mí me costó relacionar con el adolescente de doce años atrás.

—Mosca me ha contado que te va bien, que trabajas de abogado.

—¿Eso te ha dicho?

—Sí, ¿qué pasa?, ¿que es mentira?

—Sí y no. Depende. Soy abogado. Pero no me va muy bien.

—Seguro que exageras.

—El que exagera es Mosca. Tú le conoces. Siempre exagera.

—No te metas con él —dijo, con un mohín que quiso ser cariñoso sin conseguirlo del todo—. Está muy jodido con lo de Trendy. Ayer se me puso a llorar por el teléfono.

Echó una ojeada alrededor, contempló el cielo encapotado, miró disimuladamente su reloj de pulsera.

—Vaya tiempo raro. Con este frío, esta lluvia tonta y el viento de hace unos días…

—Es verdad. No parece que estemos en mayo —respondí.

—¡Qué putada!, ¿eh? —añadió.

No respondí porque no sabía si se refería al tiempo, la hora, a mi situación económica, no tan buena como decía Mosca, a ese entierro inimaginable semanas atrás o a la muerte de Trendy. Él prosiguió:

—Yo he venido sobre todo por Mosca. Si no vengo deja de hablarme para siempre. Ya no vivo en el barrio, y a los padres de Trendy no los conocí nunca. Ni siquiera con Trendy congenié mucho, acuérdate —parecía disculparse, pero tampoco esta vez su tono de voz sonaba sincero por completo.

—Tú sí que has cambiado —dije.

—No me puedo quejar. Y me ha costado, no te creas. —Volvió a mirar su reloj. Luego se aproximó a mí. Casi en voz baja, como si se arrepintiera de hacerlo, me dijo —: Mosca me ha dicho que tú casi viste cómo moría.

—También exagera ahí.

—¿Pero le viste? ¿Te llamó cuando volvió de Estados Unidos? Yo ni siquiera sabía que había vuelto.

—No —y me molestó admitirlo delante de ese nuevo Javier tan seguro de sí mismo que no reconocía—, le vi de casualidad. En el metro. Hablamos un poco, nos intercambiamos los teléfonos. Y horas después le mataron.

—Joder.

—Sí, joder.

Javier iba a añadir algo, pero Mosca, seguido de Mongo, ya se acercaba a nosotros. Cuando llegó a mi altura, me golpeó en el hombro con un palmetazo desmayado a modo de saludo. A Javier le guiñó el ojo. Mongo sonreía.

—¿No les decís nada a los padres? —nos preguntó.

Javier y yo nos miramos. Yo negué con la cabeza. Javier, por su parte, repuso:

—Bastante tienen con lo que tienen, para encima tener que aguantar los pésames.

Mosca se encogió de hombros. Después me señaló con un dedo a Mongo, que seguía detrás de él:

—¿Te acuerdas de él?

—Sí, ¿te acuerdas de mí, Pablo? —preguntó él cuando iba a responder.

—Claro —respondí en voz baja.

Mongo, como hacía años, seguía fumando Ducados compulsivamente e inflando los carrillos al aspirar el humo, sonriendo bobaliconamente a cada momento; al verle de cerca comprobé que, efectivamente, seguía vistiendo la misma ropa de entonces, el jersey de pico verde ceñido al costado y los mismos pantalones de tela marrón por debajo de la tripa, la misma chaqueta de lanilla roja que le venía grande. Solo que ahora debía rondar los 55 años, estaba casi calvo, y su rostro blandito de siempre se había arrugado mucho. Más que el Javier del traje a medida, más que la presencia de los padres de Trendy, más incluso que Mosca y su aspecto de padre de familia compungido camuflado perfectamente entre los asistentes del entierro, el rechoncho Mongo y su voz de maricón invariable me devolvía a aquellos años en los que todos éramos amigos y no lo sabíamos. Un impulso me obligó a darme la vuelta de repente creyendo que detrás de mí iba a aparecer, ahora sí, aunque fuera tan tarde, la Nora de entonces.

—¿Esperas a alguien? —preguntó Javier, al verme girar la cabeza.

—¿No te acuerdas de mi nombre? Yo sí que me acuerdo del tuyo, Pablo — insistió Mongo.

—Claro que me acuerdo, Mongo —respondí.

—Ya no quiero que me llaméis así —dijo, con un gesto infantil de enfado que también hacía cuando éramos adolescentes. Tiró el cigarro haciéndolo rebotar en el suelo. Sacó al instante el paquete de Ducados y se encendió otro después de ofrecer a todos, como había hecho siempre en La Rueda. Esta vez nadie le aceptó.

—Perdona —dije. Quería llamarle por su nombre de pila, pero no conseguía recordarlo. Tal vez no lo supe nunca.

—Venga, Luis, venga, no te cabrees ahora por eso, coño, —dijo Mosca, poniéndole un brazo en el hombro—. Y no fumes tanto, que ya sabes lo que te pasa.

—¿Qué le pasa? —preguntó Javier.

—Pues que hace unos meses le dio un ataque en plena calle, uno del barrio tuvo que llevarle a urgencias. El médico le dijo que como siguiera fumando así no iba a durar ni un año. Se mete más de tres paquetes al día. ¿O no, colega?

Mongo se encogió de hombros, sonriendo, achinando los ojos, arrugando la boca.

—Mongo, qué quieres, ¿que vengamos aquí pasado mañana y te metamos también a ti en un nicho como el de Trendy? —le preguntó Javier, con un paternalismo fuera de lugar en alguien que llevaba años sin verle.

—Hoy es el entierro de Trendy —exclamó Mongo para justificarse, y le pegó una larga calada al cigarro, llenando de humo los carrillos, hinchándolos como una bola de chicle. Luego exclamó, con una sonrisa tan amplia que parecía artificial—: ¿Os acordáis del bar de Anselmo?

Nadie contestó. El silencio importunó a Mongo, que continuó:

—Ya no está Anselmo. ¿A que ya no está Anselmo, Mosca? ¿A que ya no está?

Pero Mosca observaba al grupito que se arremolinaba en torno a los padres de Trendy. Después se fijó en el hombre apartado con gabardina y las manos en los bolsillos.

—¿Has visto, Pablo? Ha venido el policía —dijo.

—¿Qué policía? —preguntó Javier.

—El que anda detrás del que metió el tajo a Trendy. Pablo y yo le conocemos — respondió Mosca.

—¡Qué movida! ¿Eh? —dijo entonces Javier, sin mucho énfasis—. ¿En qué andaría metido para acabar así? ¿Con los de El Valle otra vez? —Mosca, que al parecer no le había contado nada de lo de Palacios, le miró molesto. El exgordo comprendió que se había pasado. Asintió, movió los brazos, cerró los ojos, como pidiendo perdón. Luego añadió—: Yo también siento que se haya muerto. Pero él era como era. Siempre. Para lo bueno y para lo malo. ¿O no? Ahora que estamos en su entierro, lo olvidamos, y me parece bien, pero acordaros de con quién iba…, de cómo las gastaba a veces…, de las cosas que se dijeron por el barrio cuando se fue.

Seguíamos callados. Mosca miraba al suelo, al cigarro destripado de Mongo. De pronto levantó la cara.

—No digas eso, joder, Javier. ¿Tú que sabes? Tú no le conociste de nada —luego me miró a mí, como pidiéndome que le ayudara a defender la memoria de Trendy a un paso de su cadáver.

—Yo no le conocí mucho, es verdad —continuó Javier—, pero tú mismo me has dicho que en el periódico pone que fue un ajuste de cuentas. Y si fue un ajuste de cuentas es que andaba metido en algo muy chungo. Nadie te ajusta las cuentas con un cuchillo de dos palmos porque le has pisado en el autobús. ¿No?

Yo pensaba casi lo mismo, pero no me atrevía a confesármelo del todo. Trendy había acabado como me prometió que no iba a acabar, pero no se lo iba a decir al Gordo porque algo dentro de él se iba a alegrar con esa información.

—¿Y saben algo? —insistía Javier—. ¿Han detenido a alguien? ¿Han descubierto por qué le mataron? Contadme algo, que vosotros sois los que habéis hablado con la policía.

—No han detenido a nadie, que yo sepa —dije—. Y si tú quieres también puedes hablar con el famoso policía. Solo tienes que acercarte a él. Ya sabes quién es.

Como si me hubiera oído, el inspector se giró hacia nosotros y comenzó a andar en nuestra dirección. A los pocos pasos se le sumó Luke, que acababa de despedirse de los padres de Trendy. También Mosca se dio cuenta. Javier no. Javier seguía hablando:

—No te mosquees, Pablo. Yo no era tan amigo suyo, ni lo era ni me lo propuse, que conste. Pero por lo que veo, tampoco tú sabías de él mucho ahora. Has dicho que os encontrasteis de casualidad. Y mira. Trendy era especialista en meterse en líos y en meter en sus líos a los demás. La gente no cambia, Pablo.

—Tú has cambiado. Y yo. Y Mosca. Hasta Mongo, si me apuras —dije, sin mucha convicción.

—No me llames Mongo, Pablo, joder —lloriqueó Mongo, que volvió a tirar un cigarro al suelo y a encender otro, no sin antes pedir permiso con los ojos a Mosca. Pero Mosca atendía solo al caminar lento y bamboleante de Roche, a la encorvada figura de extranjero de Luke. Este se dirigió a mí en cuanto estuvo a mi altura.

—Hola, Pablo.

El policía se mantuvo callado.

—Estos son otros amigos del barrio de Trendy —dije yo, señalando a los demás —. Mosca, Javier, Luis. Y este es Luke, un amigo de Trendy en Estados Unidos. Y este, el inspector de homicidios Antonio Roche, el policía del que hablábamos antes.

Se saludaron entre sí. Luke estrechó la mano de todos añadiendo al gesto una sonrisa de cumplido. Roche examinó con mucha atención a Javier y a Mongo, tratando de identificarlos. Después, el australiano señaló que su vuelo salía en un par de horas.

—El tiempo justo de volver al hotel, recoger mis cosas y presentarme en el aeropuerto —añadió.

Le volví a estrechar la mano.

—Si algún día paso por Daogab preguntaré por el hotel El Lagarto —dije.

—Allí estaré —respondió, con un tono amargo.

Después miró hacia el cielo, como para comprobar que la llovizna delgada que había acompañado la mañana se estaba alejando definitivamente, saludó con una mano abierta a los demás, preguntó a Roche por la salida y comenzó a caminar, solo, en dirección a la parada de taxi.

También los familiares menos cercanos y los conocidos sin mucha confianza comenzaban a alejarse. Casi a escondidas, sin mirar atrás, como si así lograran endosar la desgracia exclusivamente a los padres o los parientes próximos. Ya solo un grupito de seis o siete personas rodeaba a los padres. Fue la hermana, una mujer alta que no vestía de luto y que se tapaba los ojos con unas gafas de sol a pesar del día gris, la que primero dio la espalda al nicho de Trendy y avanzó agarrada a la cintura de un hombre de su edad que supuse sería su marido o su novio. La siguieron los padres y el puñado de familiares próximos. Para alcanzar la calle que desembocaba en la salida tuvieron que pasar por delante de nuestro grupo. Comenzaron a desfilar a un metro escaso de nosotros, sin vernos, sujetos unos a otros. Mosca se adelantó, abrazó al padre, dejó que la madre le acariciara la cabeza y luego agarró a ambos y los colocó enfrente de mí y de Roche. De la garganta me salió un «lo siento» casi inaudible que mis cuerdas vocales emitieron por mí. Amelia Lázaro me miró desde el fondo de unos ojos azules parecidos a los de Trendy aunque mucho más desgastados, sin apenas brillo. Me sorprendió la estatura mínima de esa mujer, comprobar cómo había menguado en los últimos años, o en los últimos dos días. La señora mandona y alegre que yo había conocido se había convertido en una anciana esquelética casi enana, devorada más por la pena que por la edad. No sé si me reconoció. Me dijo, sin que yo le preguntara nada, que ella era la madre, que a ella le correspondía estar ahora pudriéndose en el muro y no al hijo. Mosca intervino y me presentó, y después señaló a Roche.

—Este es el policía que va a pillar al que le mató —dijo Mosca.

La madre le miró de arriba abajo con una rabia acumulada durante muchas horas de pensar lo mismo y luego le ordenó, con una voz firme que no parecía caberle en esos pulmones tan diminutos:

—Atrape al mal nacido que mató a mi Miguel, por Dios santo, atrápele para que yo le visite en la cárcel y le vea morirse allí y así me pueda morir a gusto y tranquila.

—En eso estamos, señora. Le vamos a encerrar muy pronto —respondió Roche.

—Para cualquier cosa, apunte el teléfono de mi hija, que vive aquí —masculló el padre, que también le tendió a Roche un papelito y un bolígrafo.

Roche lo apuntó en una libretita roja que llevaba en el bolsillo de la americana. La hermana de Trendy se separó entonces del hombre que la acompañaba y abrazó a su madre por los hombros y la arrastró junto a ella hasta la lejana salida del cementerio. El padre nos miró largamente y luego, tras despedirse, comenzó a andar él también, con las manos en los bolsillos y la cabeza agachada. Entonces, evitando que me oyeran los otros, me dirigí a Roche.

—¿Lo que le ha prometido a la madre de Trendy es así? ¿Van a atrapar pronto al asesino? ¿Saben algo de los Palacios?

—No. Pero a lo largo de esta mañana nos enteraremos de dónde están.

Encendió un Marlboro. Sin dejar de observar al viejo alejarse, me dijo:

—Creí que ella vendría.

—¿Quién? ¿Nora?

—Claro. No me digas que tú no. Te he visto mirando a la puerta, buscándola.

—Así que usted ha venido para ver si ella se presentaba.

—A lo mejor tú también, Pablo.

—Y a lo mejor ella ni se ha enterado de que Trendy ha muerto, y ahora está por ahí, camino a casa del trabajo, o yendo a recoger a sus hijos al colegio, si es que tiene hijos, que es probable, pensando en su novio o en su marido o en su madre y no en un fantasma al que lleva años sin ver y del que, estoy seguro, se ha olvidado.

—Puede. Pero acuérdate de lo que nos contó Luke. Volvió por ella.

—Eso le dijo a él. O eso nos dijo Luke. Y puede que sea verdad. Pero no toda la verdad. Volvió, sí, pero tal vez no la buscó. Y si se decidió a buscarla, tal vez no la encontró. No es tan fácil, me da la impresión. Y si la encontró, pues eso, imagínese que la ve llevando unos niños al colegio. Y sin decirle nada se da la vuelta, la deja para siempre, abandona la idea de volver a verla. Yo no sé dónde está, pero donde quiera que esté, Nora ya no es Nora, o por lo menos la Nora que perseguía Trendy, que tampoco era el Trendy que conoció Nora. Hasta yo me hago un lío al explicarlo. Ya ve: demasiado complicado como para salir bien. No, inspector. No es que no sepa que Trendy ha muerto; tal vez ni siquiera sabe que volvió de Estados Unidos.

A pesar de decir esto miré otra vez hacia la puerta del cementerio; aún reconocí el grupo de los padres de Trendy alejándose. Yo estaba en lo cierto; ella no estaba, pero a doscientos metros de nosotros vi un hombre que miraba hacia nosotros, apoyado de mala manera en una de las esquinas del cementerio, vestido con un chándal verde empapado. Su figura me resultó familiar: los pantalones enormes apretados por la cintura, las zapatillas de deporte gastadas, y la vieja melena sucia de componente de los Ramones. Había envejecido, enflaquecido, seguía arrugando la nariz al respirar en un gesto perruno. Tal vez El July llevara allí mucho tiempo, desde el principio de la ceremonia, pero yo solo le vi entonces. Me quedé observando a ese tipo esquelético con maneras inconfundibles de yonqui irrecuperable, quien en su buena época ejerciera de rey de los macarras de El Valle, el tipo que, en buena lógica, debería estar dentro del agujero donde el operario del mono había metido a mi amigo. Mientras le observaba recordé a Trendy asomado al puente de Ventas, con la M-30 pasando por debajo, prometiéndose que no iba a acabar como El July. Y ahora, a unos doscientos metros del lugar en el que El July se apostaba porque, por cualquier razón, no se atrevía a acercarse, pensé que, después de todo, Trendy tenía razón, que no había acabado como El July, porque El July seguía vivo, con todas sus balas buscándole, pero vivo a fin de cuentas, mientras que Trendy había empezado a pudrirse desde hacía diez minutos en un nicho al lado del de una abuela de 87 años.

—¿Quién es ese? —me preguntó Roche.

—Coño, El July —exclamó Mosca, que se había acercado a saludar al policía y que había reconocido al hombre que seguía mirando inmóvil hacia nosotros.

—¿Estás seguro de que es él? —preguntó el inspector.

—Claro que es él —respondió Mosca—. Alguien del barrio le habrá comentado lo del entierro. Está hecho mierda. Drogado perdido. ¿No lo ve? Se mete de todo: caballo, coca. Lo que pille. Lo que le den. Yo no sé ni cómo se las arregla para sacar para los gramos, porque ya no tiene fuerzas ni para atracar a una niña —añadió con pena, con desprecio.

Algo en El July se tensó al comprobar que le observaban durante tanto rato. A pesar de la droga, deduje que no debía de haber perdido del todo cierto instinto desarrollado desde niño que incluso a la distancia le permitió olfatear el peligro que emanaba de un grupo en el que había un policía.

—Voy a acercarme. Tal vez sepa algo —dijo Roche—. Pablo: llámame si pasa cualquier cosa. Esto va también para los demás, Mosca —luego gritó, mientras se encaminaba hacia El July haciendo gestos amistosos con la mano—: ¡Espera, quiero hablar contigo!

Me asombró que El July todavía conservara agilidad suficiente como para darse la vuelta en un segundo y escurrirse calle abajo sin ni siquiera contestar.

—¡Eh, espera! —volvió a gritar Roche. Pero El July, al oír el grito, aún apretó más el paso.

—¡Eh! —exclamó el policía, que salió corriendo detrás de él.

—No le coge, te apuesto lo que sea a que no le coge —dijo Mosca.

—No. No le coge —repitió Javier, con cierto orgullo deportivo de seguidor de equipo de fútbol local.

Nos habíamos quedado solos los cinco: Javier el exgordo, Mosca el mediocre, Mongo el subnormal y Pablo el ex mejor amigo de Trendy, el muerto. Hasta July el yonqui andaba por ahí, escapando —porque yo también apostaba por que no le cogería— de Roche el policía, quien, por la manera recelosa de mirarme de vez en cuando, como acusándome de ocultarle algo, seguía sin fiarse de mí del todo. Solo faltaba ella.

Mongo exclamó de pronto:

—Trendy estuvo por el barrio el lunes.

—¿Por el barrio? —preguntó Javier.

—Sí. Por el barrio. El lunes.

—¿El lunes? ¿Estás seguro de que fue el lunes? ¿A qué hora? ¿Por la mañana? — preguntó Mosca.

—Joder, Mongo, y eso ¿por qué no nos lo has dicho antes? —preguntó Mosca.

—No me llames Mongo, Mosca.

—Pero a Trendy le mataron ese día, ¿no? —preguntó Javier.

—Sí —respondí yo antes de dirigirme a Mongo—. Vamos a ver, Mongo, digo Luis, ¿tú estás seguro de eso?

—Sí.

—¿Y cómo estás tan seguro? —insistió Mosca.

—Porque yo estaba ahí, con Arturo, en La Rueda.

—Joder, ¿pero de verdad todavía existe La Rueda? —preguntó Javier.

—Claro que existe —repuso Mosca—. Lo lleva Arturo, el hijo de Anselmo.

—También estaba Arturo —repitió Mongo, que comenzó a tartamudear, nervioso, acobardado ante el repentino interés que habíamos demostrado por su primera frase. Fumaba más deprisa, inflaba y desinflaba los carrillos a mayor velocidad.

—¿Entró Trendy en La Rueda? —pregunté yo—. ¿Qué quería?

—Pasaba por enfrente —continuó Mongo, cada vez más nervioso. Le costaba elegir las palabras.

—Arturo lo sabe mejor —añadió de repente—. Él habló con él. A mí se me olvidan cosas —se calló. Pegó dos o tres caladas, sin tragarse el humo, se acariciaba las manos en un gesto de impaciencia, avergonzado de no recordar bien.

Vi un grupo de gente avanzar hacia nosotros, tal vez hacia el nicho contiguo al de Trendy. El tipo de la máquina de la plataforma se aproximaba por otro lado.

—Vámonos de aquí de una puta vez, que estamos en medio —exclamó Javier.

Comenzamos a movernos en dirección a la salida. Mongo seguía callado. Mosca se giró un momento, quedándose de cara al nicho de Trendy.

—Adiós, tío, hasta siempre —dijo.

Vi a Mosca ahí de pie y recordé entonces la última vez que había visto a Trendy, ese lunes extraño del vendaval, con la cabeza enmarcada por el cristal de la puerta del metro en marcha, señalándome el papel en el que había anotado mi teléfono, sonriéndome, feliz de haberme encontrado, o feliz simplemente, diciéndome adiós con el brazo, perdiéndose en la curva que hacía el túnel…

Al llegar a la salida, en un silencio embarazoso y demasiado largo, un segundo antes de que alguien —Javier o yo, o Mongo— decidiera despedirse de los demás y deshacer ese grupo para siempre, Mosca propuso que fuéramos a La Rueda a tomarnos unas cañas a la salud de Trendy. Dijo así, a la salud de Trendy, con esa expresión antigua algo fuera de tono, pasada de época y de lugar, y la pronunció muy rápidamente, sin mirarnos siquiera, como si se avergonzara de la idea que acababa de tener o que llevaba madurando toda la mañana y había soltado en el último momento.

—Y de paso le preguntamos a Arturo por lo que dice Luis. Mira, a lo mejor ayudamos al policía —añadió, para convencernos.

Javier señaló su reloj.

—Yo no puedo. Tengo trabajo. Me están esperando.

—Yo tampoco —añadí. Era cierto. Debía ir al asilo de Sánchez-Vidal, visitar a los dos morosos del día y ayudar a Isabel a ordenar la gestoría.

—¿Y más tarde? ¿Quedamos después de comer? ¿A las cuatro o cuatro y media? No podéis tener tantas cosas que hacer, joder. Y si las tenéis, pues las dejáis para mañana. Yo le he dicho a mi mujer que no me espere en la tienda. ¿Qué dices, Javier? A lo mejor ya ni os acordáis de cómo se va. ¿No os apetece ver cómo está La Rueda?

—No mucho, la verdad —contestó Javier, que se apresuró a añadir—: Pero si Pablo se apunta, yo voy.

Yo también miré el reloj y calculé el tiempo y las ganas de volver a ese bar después de tantos años en un día como ese.

—A las cuatro o cuatro y media —propuse.

—¿Te vamos pidiendo algo? —preguntó Mosca—. ¿Un gin-tonic con ginebra Lirios por ejemplo?

—Un café cortado, mejor, Mosca —respondí, con una sonrisa reprimida.

—¿Y tú, qué, Luis, no te vienes? —preguntó Mosca, colocándole a Mongo la mano en la espalda.

Pero Mongo seguía mudo, aferrado al cigarro. En vez de la mano de su amigo del barrio, parecía que todo el peso de la ceremonia, del entierro y de la muerte de Trendy le había caído encima, de una vez.

 

* * *

El asilo de Sánchez-Vidal, un edificio grande, feo y desproporcionado como una factoría antigua de cuatro plantas, se encontraba encima de una loma en medio de un raquítico bosque de pinos, a media hora en coche de Madrid. Cuando llegué, los jubilados marchaban en grupos hacia el comedor, hablando entre ellos, muchos apoyados en un taca-taca, pastoreados por una monja expeditiva vestida de blanco. Pregunté por el número de habitación de Sánchez-Vidal a otra monja, esta joven y pálida, que atendía en una suerte de recepción. Subí dos pisos en un ascensor inmenso con aspecto de montacargas y llamé a la puerta correspondiente. Obtuve un adelante pronunciado a berridos. El viejo oía la radio en el centro de un cuartito iluminado con la escasa luz natural que entraba desde una ventana que daba a una ladera del monte. Me presenté desde la puerta. Él bajó el volumen del transistor hasta el murmullo. Después entré y le tendí el sobre del dinero. Tras contarlo varias veces dijo:

—Aquí falta pasta, chaval.

Yo me había imaginado un anciano delgaducho y sin pelo, un viejecillo verde y rijoso mal vestido y me sorprendí al encontrarme mirándome a un elegante anciano de perilla blanca, ademanes apacibles, gafas de vista cansada y traje de chaqueta gris a la última moda que usaba, al parecer, para escuchar su radio pegado a la ventana.

—Lo sé. Pero Martí no tiene más dinero. La gestoría no tiene más dinero. Isabel me ha dicho que si no está conforme que la llame.

—¿Va a servir de algo?

—¿El qué?

—Llamar a Isabel. Mira, en esta residencia de medio pelo no tenemos teléfono particular en las habitaciones. Y hay que bajar a la planta principal, a unas cabinitas especiales que siempre andan ocupadas por viejas que se pasan el día charlando con sus hijas de esto y lo otro. Hay quien tiene un teléfono móvil de esos que acaban de salir. Se lo dan sus familias, que así se quedan más tranquilas. Pero mi única familia, por así decir, es el tacaño de Martí, que no me ha dado uno de esos móviles porque no considera que deba preocuparse mucho por mí. Por eso me fastidiaría tener que bajar a la planta principal, donde me puede encontrar la monja contable, que lleva días persiguiéndome, llamar a Isabel, y que no sirviera de nada.

—Yo creo que no, que no va a servir de nada. No sé sí debería decírselo, pero Martí se encuentra a un paso de la bancarrota.

Apagó la radio completamente y orientó hacia mí el sillón en el que estaba sentado. Me miró despacio y por mucho tiempo. Después preguntó:

—¿Es verdad eso? ¿No me estaréis engañando para ahorraros mi pensión?

—Además de su pensión, como usted dice, está en peligro el sueldo de Isabel, el mío y los fondos de Martí. El despacho se encuentra técnicamente arruinado. Más o menos como usted lo dejó cuando se vino aquí, según me han contado —dije, mientras buscaba infructuosamente una silla.

—Pues esta sí que es buena. Yo hice muchas tonterías en mi vida. Ya se habrá encargado de contártelas la cotilla de Isabel. En el fondo, hice lo que me dio la gana. Y por eso me veo como me veo. Pero me extraña que Martí, un tío tan serio, haya colocado la empresa en el mismo sitio en el que se la di. Para eso mejor habría sido venderla entonces.

—Si la hubiera vendido, no habría podido pagarse este asilo tan interesante — repliqué.

—¿Cómo te llamas?

—Pablo.

—¿Y cuánto hace que trabajas allí?

—Un año.

—¿Y qué vas a hacer cuando todo se vaya a pique?

—No lo sé. No hay asilos para gente de mi edad, Todavía.

—No te cachondees de mí, porque yo ya no estoy fiara bromitas. Voy a peor cada día. Desde que dejé la gestoría, y a medida que Martí iba para abajo, porque esto no es de ahora y te mentiría si te dijera que no me lo esperaba, he cambiado de asilo cuatro veces. Cada uno peor que el anterior, como te puedes imaginar. El primero era un verdadero palacete: enfermeras, doctores, manualidades por la mañana, clases de bailes de salón a todas horas, esas gilipolleces que entretienen a algunos. Yo no iba, claro, ¿te imaginas un tipo como yo en clase de manualidades? Pero eso indicaba el nivel del lugar. Me habría gustado que me vieras allí. Ahora, ya ves, esto no pasa de hotelucho de una estrella, grande, sí, pero de una estrella, si llega, lleno de viejos sin dinero y sin clase, en el que la única actividad, además de la de intentar no morirse de aburrimiento, es bajar a ver la televisión a un volumen doloroso, a una sala común adornada con póster de María Auxiliadora y san Juan Bosco o entrar al comedor a hincharte de una bazofia aguada sin sal. Siempre sin sal. Yo tenía un salero y me lo confiscaron las monjas, que a veces parecen la Guardia Civil. Así que ya ves: según voy cumpliendo años, todo va a peor: yo y el asilo. A este paso, me dirás qué futuro me aguarda. Da hasta miedo pensarlo.

Tragué saliva y decidí no esperar mucho para anunciarle lo que había ido a anunciarle:

—Pues precisamente para eso he venido también: Isabel me ha dicho que le diga que ha empezado a buscarle una residencia más barata. O pública.

—¿Más barata que esta? ¿Y qué hay más barato que esto? ¿Un albergue de mendigos?

—No queda otro remedio. O eso o la calle. Son palabras de Martí. Oiga, ¿no tiene por ahí otra silla?

—Pues no, lo siento. Perdona. Usa la cama. Como no recibo muchas visitas, las monjas se llevaron la que me correspondía. Aquí hay viejos que se visitan unos a otros para que las monjas no les retiren las sillas. Esto es la hostia. ¿Qué te pasa? ¿Estás cansado?

—Llevo unos días durmiendo poco —me dije, mientras me sentaba en la cama.

—No te preocupes por lo del trabajo. Con 30 años todo se resuelve, te lo digo yo, que tengo más de 80. Te ofrecería un vaso de algo para animarte, pero no tengo nada de nada. Las monjas no permiten beber alcohol en las habitaciones. Bueno, ni en las habitaciones ni en ningún sitio. A más de uno le han echado por eso. Y sin embargo siguen bebiendo. Hay un viejo bajito que se dedica al trapicheo de botellas de whisky. Es El Padrino del geriátrico. Ya te digo: esto es la hostia. Te puedo ofrecer un yogur. Y sin azúcar.

—No quiero nada. Gracias.

Permanecimos en silencio unos minutos. Sánchez-Vidal miraba por la ventana. Yo recorría con el dedo la colcha de la cama.

—¿Y qué? —preguntó de pronto, repentinamente animado, como si se hubiera obligado a sacudirse los pensamientos sombríos que le acosaban hasta hacía un minuto—. ¿Se han vuelto a liar Martí e Isabel? Esos dos se gustaban. Por lo menos entonces. Aunque hace mucho que no los veo. A Martí sobre todo. Era buen tipo. Demasiado gruñón y demasiado triste. Pero buen tipo.

—No sabía que se hubieran liado alguna vez —dije.

—Pues sí, hombre, pues sí. Él estaba loco por ella. Claro que por entonces cualquiera se volvía loco por Isabel. Hasta yo mismo. Tenía unas piernas largas que sabía enseñar y los ojos negros de Ava Gardner, cuando Ava Gardner era Ava Gardner. Y unas tetas puntiagudas que…, joder: era mirarlas y entrarte fiebre. Tú ni te la imaginas. Porque no ha conservado nada de aquello. Cuando vino para ayudarme a trasladarme aquí vi cómo había cambiado. A algunas mujeres cumplir cuarenta y cinco les sienta fatal. Te lo digo yo. Se deshacen de repente, como si la maquinaria que las mantiene se les estropeara de pronto. Eso le pasó a Isabel: envejeció de un día para otro, como si el tiempo, en vez de marchitarla poco a poco, la hubiera devorado una mañana volviéndola irreconocible. Los hombres se estropean más progresivamente. Lo tengo estudiado aquí.

Pasaron unos minutos en los que ninguno de los dos dijo nada. Miré el reloj. Pensé que debería darme prisa si quería visitar a Barbero y al mecánico antes de comer y presentarme a la hora en La Rueda. Y sin embargo no me moví. No me apetecía mucho hablar, se estaba bien así, sin decir nada, en esa habitación ínfima y silenciosa, al lado de Sánchez-Vidal, lejos de las trampas de los morosos y más lejos aún de las confidencias de Mongo sobre Trendy y las pesquisas de Roche sobre el asesino Palacios. También el viejo parecía estar a gusto, a pesar de su situación, a pesar de no saber dónde dormiría dentro de un mes. Al rato, me obligué a mirar de nuevo el reloj. Calculé el tiempo que tardaría hasta la cooperativa de Barbero. Me levanté de la cama. Me dirigí al viejo como pidiéndole perdón por dejarle solo:

—Se me hace tarde.

—Es una pena, hombre. Nadie viene a visitarme aquí. Y para ver yo a los cuatro amigotes que me quedan, tengo que coger un autobús y un metro. Y me da pereza. Si vienes otra vez, avisa y pido una silla.

Subió el volumen de la radio. Me acompañó hasta la puerta. Al despedirse me miró con verdadero miedo, sin ironía:

—¿Es verdad que me echan, no, muchacho?

—Le buscaremos algo. Y volveré para acompañarle en el traslado.

—Te espero, entonces. Y le compramos algo de whisky a Billy el Niño y nos emborrachamos y te cuento lo de Martí e Isabel. Si es que me acuerdo.

Nos estrechamos la mano. Caminé unos cuantos metros y, de espaldas, oí de nuevo su voz:

—No os olvidéis de mí, ¿eh?

En el cuarto de al lado, una anciana en bata que veía la televisión con el volumen altísimo y la puerta abierta me miró al pasar por delante. Y se quedó contemplándome con los ojos vacíos, estúpidos, sin decirme nada, con la misma abulia y el mismo cansancio vacuno con el que veía el programa segundos antes. Mientras pulsaba el botón del ascensor me volví. La figura atildada de Sánchez-Vidal me seguía observando desde su puerta. La cabecita de la vieja se asomaba también para enterarse de quién era el joven que había visitado al vecino.

Ya en el coche, antes de meter la llave, abrí el maletín de cobrador y repasé la documentación de Barbero. Me alegré de que aquella mañana me tocara él: asequible, no del todo falso y no demasiado deprimente. Nunca resultó agradable visitar morosos, pero aquella mañana, después del entierro y de llevar el último dinero a Sánchez-Vidal me sentía incapaz de aguantar excusas o humillaciones. Con el bueno de Barbero eso no pasaba. Seguramente no pagaría, como en las visitas anteriores, pero tampoco se reiría de mí, ni me ofendería, ni me trataría de imbécil. Miré hacia el edificio panzudo del asilo por última vez, buscando la habitación de Sánchez-Vidal. Recordé entonces que daba al otro lado del montículo. Me lo imaginé entrando despacio en su celda, situándose otra vez frente a la ventana, mirando la ladera del monte en la que raleaban los pinos enanos, calculando aterrado cuántos días de alivio le quedarían aún dentro de esa residencia algo cuartelaria que apestaba a enfermería y a caldo pero en la que conservaba un cuartucho donde dormir y oír la radio. El coche de Isabel arrancó a la cuarta, solo después de toser como un asmático y vomitar un penacho de humo negro que se quedó flotando en el aire como si fuera el resultado de una explosión de juguete.

 

* * *

La sede de Covivuse, la Cooperativa de Viviendas de Usera, mantenía siempre la puerta abierta. La abría Juan Barbero, su a pesar de todo optimista presidente, administrador único y alma y víctima del proyecto. Cada mañana, Barbero acudía a su puesto con la esperanza de que por fin una buena noticia, o un milagro los sacara —a ellos también— del agujero en el que se habían metido ellos solos. Y digo a ellos también porque me recordaban demasiado a nuestra gestoría como para no sentir hacia esa cooperativa atascada cierta compasión y simpatía que, en muchas ocasiones, iba en contra de mis intereses. A Barbero le encontré aquella mañana como de costumbre, solo, sentado a la única mesa de aquella caseta de obras del tamaño de un vagón de tren que le servía de oficina. Tenía las paredes empapeladas de mapas rudimentarios de las afueras de la ciudad o de planos incomprensibles de pisos o carteles electorales de candidatos de izquierdas muy pasados de fecha. Aunque el mismo Murcia, antes de despedirse de la gestoría, me había recomendado no perder el tiempo con ellos, yo me había obligado a acudir a la sede social de Covivuse dos veces al mes. Aquella era la cuarta visita.

Al verme, Barbero se levantó, me sonrió y se encogió de hombros. Todo a la vez. Era alto, flaco, de treinta y tantos años largos mal llevados, y vestía con pantalones y camisas algo antiguos, como sacados de un documental sobre la transición. Por su bigote negro y poblado y su envergadura de gigante manso me recordaba cada vez que le veía a esos dibujos de forzudos de circo antiguo vestidos con traje ceñido a rayas rojas, botas negras con cordones y pesas de bolas redondas como pelotas de playa.

Hacía un año, Juan Barbero había reunido a treinta familias jóvenes sin mucho dinero de su barrio de toda la vida, Usera, y había montado con todos ellos la cooperativa. Al principio, la mayoría pensó que la idea no pasaría de ahí. Pero Barbero, tras deambular durante semanas por las afueras de Madrid, conoció al dueño de un solar que prometió vendérselo a un buen precio: 120 millones de pesetas. Barbero era como Trendy: tenía muy desarrollada, tal vez demasiado, esa parte del alma destinada a convencerse y convencer a los demás de que lo que uno piensa se consigue. Así que logró que cada miembro contribuyera con cuatro millones de pesetas. Contrató a un arquitecto para que diseñara el edificio, a una empresa constructora y a una gestoría, que, por azar, resultó la nuestra. Todo funcionó bien al principio. Pero el día antes de firmar la compra de la parcela, un mes después de haberla apalabrado, el dueño del solar le llamó para pedirle 80 millones de pesetas más. Barbero primero le insultó, después le colgó, luego volvió a llamarle para regatear; pero el otro había recibido otra oferta y no estaba dispuesto a renunciar al beneficio aunque eso significara faltar a la palabra dada. Al poco tiempo comenzaron a desengancharse familias desilusionadas que al sacar el dinero dejaban a la cooperativa aún más debilitada. El proyecto entero se tambaleó: en una asamblea celebrada en un bar, bastantes miembros acusaron al presidente de haberlos engañado y exigieron también sus fondos. Si el presidente hubiera sido otro, aquella empresa se habría disuelto aquel día y cada uno se habría ido a su casa, pero Barbero no era de los que se rendían a la primera, así que lanzó uno de sus discursos encendidos de líder vecinal. Exigió a los que tuvieran dudas sobre el proyecto que se retiraran. Quedó una veintena de socios, que, eso sí, retiraron su dinero con el compromiso de volver a aportarlo en cuanto hubiera terrenos, y mantuvieron la sede en la caseta de obra. Barbero decidió entonces centrar todos sus pensamientos y sus pasos en encontrar en Madrid o su provincia un solar disponible y barato. Para eso pidió excedencia en su trabajo, obligando a su mujer y a su hijo pequeño a conformarse con el sueldo de ella de dependiente de una pastelería, recortó todos los gastos de la cooperativa, entre los que se contaban, claro está, los de la gestoría. Por entonces nos debía cerca de trescientas mil pesetas. Ya la primera vez que lo visité me prometió pagarme el mismo día en que encontrara la maldita parcela pero no antes. A no ser que la cooperativa se disolviera.

—Deberías haberme llamado por teléfono para evitarte el paseo —dijo, mientras me señalaba una silla para que me sentara. Lo hice y saqué su documentación del maletín. La puse sobre la mesa.

—No tengo otra cosa que hacer que dar paseos.

—Casi me dan ganas de acompañarte. Porque yo tampoco.

—Necesito que me pagues, Juan —dije, sin ninguna convicción, sabiendo que cumplía un trámite ante él y ante mí mismo—. Si no las trescientas mil pesetas, algo, lo que puedas. Si te lo pido así es porque no me queda otro remedio. Vamos muy mal…, estamos a punto de cerrar.

Barbero me miró largamente con sus ojos de animal noble. Encendió un cigarro con un mechero del Atlético de Madrid.

—Y yo qué más quisiera que pagarte, Pablo. Y que no se me cayera la cara de vergüenza. Y salir después contigo a tomar algo y dejar de verte después. Pero estamos secos.

Me levanté de la silla y ojeé los mapas de la pared. Uno de ellos, casi del tamaño de una sábana, representaba la ciudad entera. Localicé la Gran Vía y luego desplacé el dedo unos pocos milímetros, hasta la calle de Fuencarral. Barbero seguía en su silla, sonriéndome, moviendo las manos nerviosamente como si se despojara de unos grilletes imaginarios. Después dejó el cigarro en un cenicero y se levantó. Caminó hasta colocarse a mi lado y se puso a mirar también el mapa. Señaló un esquinazo en la parte inferior derecha, casi fuera del papel.

—Por ahí estoy buscando ahora. Hay quien vende. Dicen que pertenece al distrito de Vallecas. Pero se sale de la ciudad, casi se sale hasta del mapa. He llegado a ofrecer todo lo que tenemos ahorrado. Incluso más, que no sé de dónde sacaré. Y ni siquiera se dan prisa por contestarme. Los hijos de puta me van a marear hasta que quede claro que no hay ningún otro idiota que compre por más dinero que nosotros unos terrenos sin carreteras, ni autobuses, a donde no se llega ni en diligencia. Y hasta que no compre no puedo empezar a pensar en pagarte, Pablo. Si todo va bien, después podremos pedir a los bancos, yo qué sé. Pero sin el terreno en la mano, no hay nada que hacer.

Quité el dedo de la calle de Fuencarral y señalé mi viejo barrio. Los descampados que lo rodeaban aparecían como una serie organizada de manchas parduscas.

—¿Habéis buscado por aquí? Hay terreno. Lo conozco bien. Yo nací ahí.

—Claro. He buscado por todo Madrid. Incluso por pueblos de los alrededores. Eso que tú dices está carísimo. Fuera de nuestras posibilidades. Hay hasta metro.

—Yo vivía ahí.

—Pues en unos años no lo vas a conocer. Todo está vendido. Se van a poner a construir ya, si es que no han empezado…

Tenía razón: recordé la proliferación de grúas que había visto desde el taxi la tarde en que visité a Mosca. A pesar de eso, me costaba creer que los terrenos baldíos sembrados de cascotes por los que deambulábamos en la adolescencia se hubieran convertido en solares valiosos, demasiado caros por lo menos para gentes como Barbero y los suyos.

—¿No te arrepientes de haberte metido en ese lío? —le pregunté, sorprendiéndome un poco a mí mismo.

—Me pareció posible. Pero si esto del terreno de Vallecas no sale medio bien todo se va a ir a la mierda.

Nos quedamos los dos mirando ese mapa inmenso, como si en él, además de todas las calles y solares y carreteras de Madrid, figurara también el origen y la explicación de todos esos días que atravesábamos cargados de desgracias y de mala suerte. Pensé que así, de pie, en silencio, digno y enorme, con su pinta de forzudo de circo, me recordaba aún más a Trendy. Pero no me atreví a confesárselo porque me debía trescientas mil pesetas y no era mi amigo, sino mi cliente, y porque tenía prisa por salir de ahí y liquidarme al siguiente de la lista, al mecánico, que ese sí que no me caía nada bien. Iba a despedirme de Barbero cuando este se me adelantó.

Seguir: parte 2 de 2