Deudas pendientes
Capítulo 3
Al salir, Roche y yo, de la casa de Trendy, me sorprendió el silencio anormal de las calles, el vacío de las aceras, el aspecto de mañana de pueblo que presentaba el barrio de mi amigo, por lo general asfixiado de tráfico. Recordé entonces que era fiesta, 15 de mayo, San Isidro. Roche se abotonó la chaqueta, sacó su teléfono del bolsillo y le oí ordenar que alguien se acercara a precintar el apartamento y que un par de policías de paisano se apostara cerca del portal para vigilar la entrada del edificio. Después miró a un lado y a otro para recordar dónde había dejado el coche. Le costó encontrarlo. Todo parecía distinto, irreconocible. Las calles que nos habían traído hasta ahí de madrugada en busca de la habitación de un cadáver no eran las mismas que contemplábamos ahora a la luz tranquila del día siguiente. Le acompañé hasta el coche. Me invitó a subirme pero rehusé. Anotó el número de teléfono de mi oficina, la dirección de mi casa.
—Te llamaré, Pablo. Pronto. No te muevas de la ciudad sin avisarme.
—¿Estoy detenido?
—No, claro. Pero te necesitamos, recuerda.
—Le he contado todo lo que sé, Roche. Le he contado demasiado, incluso lo que a usted no le sirve para nada.
—No te creas. Aunque no lo parezca, mi profesión consiste, sobre todo, en escuchar. Ya te lo comenté antes: todo lo que rodea a Trendy me interesa ahora. Tú, El July, Nora, Mosca o Javier, hasta el subnormal ese del bar…
—Mongo.
—Eso, Mongo. Todo puede ser de ayuda. Aunque lo primero es que recuerdes lo que te pidió Trendy en el metro.
—No llegó a pedirme nada, ya se lo dije. Estuvo a punto, pero no lo hizo. Se lo juro.
—Está bien. Está bien. Pero si recuerdas algo más, cualquier cosa, avísame a este número de la comisaría. Ahora voy hacia allá.
—Hoy es fiesta. San Isidro.
—Es verdad. Ya decía yo —dijo, mirando las calles vacías—. Por un momento pensé que era domingo.
—Váyase a casa. ¿No tiene familia?
—Si hay alguna novedad llámame, Pablo.
El coche enfiló en una dirección y yo elegí la contraria. De un portal salió una mujer con dos niños de la mano vestidos de chulapos, dos zarzueleros en miniatura arrastrados por su madre hacia una procesión. Me quedé mirándolos, pensando que aquellas fiestas y aquellos trajes me habían resultado siempre tan ajenos como las fiestas o los trajes regionales de Cataluña o Andalucía. Los vi alejarse a trompicones mientras decidía encaminarme hacia mi casa. Callejeé durante unos minutos, con la memoria trabajando por su cuenta, impulsada por la inercia de una noche entera de viejos recuerdos vueltos a manosear. Me sorprendí a mí mismo, mientras caminaba hacia la Gran Vía, hablándome en voz alta sobre Nora. Alcancé el edificio de Telefónica al mismo tiempo que acertaba a evocar los meses posteriores al maratón, en los que también hubo un San Isidro de por medio. Ella y yo nos acostamos por primera vez en una tienda de campaña en la sierra porque ninguno de los dos teníamos dinero para un hotel ni encontrábamos hueco en nuestras casas, llenas todo el día de padres, hermanos y abuelos. A la mañana siguiente, un domingo o un día de fiesta, tal vez ese San Isidro, volvimos en tren de cercanías a Madrid hechizados el uno con el otro, y nos perdimos por los barrios vacíos que rodeaban la plaza Mayor, adonde yo no iba casi desde niño, y por los caminos de tierra del Retiro. Yo llevaba la mochila de escalador, la misma que conservé cuando me mudé al palomar y desbaraté de un patadón cuando la vida se me puso boca abajo tras el abandono de Julia. Nora, una bolsa de deporte inmensa en la que cabía todo. Estuvimos juntos desde mayo hasta septiembre, un final de curso que aprobamos de pura casualidad porque ninguno de los dos se preocupó de estudiar y un largo verano que yo supuse entonces inolvidable vivido por entero fuera del barrio, refugiados dentro del perímetro delimitado por la M-30, alejados de Trendy y de los otros. No volvía a mi casa hasta la noche, después de dejar a Nora en el portal de su casa de Manuel Becerra, después de fijarme en el inmenso patio lleno de vías muertas donde se amontonaban por entonces los vagones inservibles del metro. Por su parte, Trendy dejó el instituto, ni siquiera se presentó a los exámenes. No me buscó, también se autoexilió de la geografía conocida del barrio. Yo no hice nada por encontrarle, porque durante todo ese tiempo fui incapaz de pensar en otra cosa que en el cuerpo de Nora: teníamos dieciséis años, y los días se nos fueron en buscar lugares donde desnudarnos a toda prisa, en pisos prestados de primos mayores, en viajes de una noche con la tienda de campaña, en una pensión sucia y barata de Malasaña a la que nos llevábamos hasta las sábanas, en una semana feliz en Galicia en que acabamos viviendo en un camping que daba a un acantilado que se convirtió, durante mucho tiempo, en el lugar más hermoso que conocí nunca.
Recorriendo de arriba abajo la Gran Vía deshabitada a aquellas horas tempranas de un día festivo, con la mente agarrada a ese verano recobrado gracias a la persistencia de un policía, envidié al adolescente feliz de aquellos días, en el que me costaba mucho reconocerme más de doce años después. El resto de la historia, lejos ya del acantilado, cuando la pensión de Malasaña empezó a despertarnos más el asco que el deseo, o cuando empezó a hacer demasiado frío para dormir en el campo en la tienda de campaña, fue lo de siempre. Poco a poco nos cansamos el uno del otro, demasiado jóvenes o inexpertos o exigentes como para tolerar que había tardes en que, vestidos, nos aburríamos juntos en un bar de Alonso Martínez o de Moncloa. Pero cuando quisimos regresar al barrio, nadie nos esperaba. Nos contaron que Trendy trabajaba por la noche desde julio, que se había mudado a un piso del centro. En cuanto al Gordo y a Mosca, ni siquiera se alegraron mucho cuando me los crucé un par de veces. Ya no hubo más principios de curso. A los pocos meses, Nora y yo decidimos cortar. Quedamos en llamarnos, en seguir pendientes el uno del otro. Pero desde la noche en que la acompañé a su casa en Manuel Becerra por última vez y me quedé mirando después un buen rato el Mississippi de Trendy de la M-30 desde el puente de Ventas, no la volví a ver, y si no hubiera sido por ese inspector curioso y entrometido ni siquiera me habría molestado en acordarme de ella.
Me senté en un banco en la plaza de España y pensé que me habría gustado que Roche siguiera a mi lado para poder confesarle también que, desde el momento en que nos dijimos adiós, extrañé mucho más a Trendy que a Nora. De hecho, a los pocos días de cortar con ella, me acerqué a la vieja casa de Trendy de El Valle, dispuesto a hacerme con sus nuevas señas en el centro de Madrid o su teléfono, pero su hermana, la de la peluquería, me soltó de pronto que se había ido a Nueva York. No la creí. Y seguí sin hacerlo hasta la noche del asesinato en que vi la foto de Trendy en Nueva York rodeado de taxis amarillos. Pensé que la hermana simplemente me mentía por indicación de un Trendy aún resentido con Nora y conmigo, decidido a perdernos de vista. Aquella tarde dejé El Valle confuso, asqueado de verme tan solo. Habría dado un brazo por verle, por decirle que había roto con Nora, que todo podía volver a ser como al principio, cuando solo estábamos él y yo. Busqué a Mosca y a Javier en La Rueda, pero el bar se encontraba casi vacío. Solo los jubilados de siempre del tute, inamovibles como los servicios del local o la barra, acompañaban a Anselmo, que dormitaba sentado en una mesa enfrente del televisor. Me tomé dos o tres cañas mientras esperaba que apareciera alguien, pero ni Mosca ni Javier iban ya a ese bar moribundo, ni siquiera Mongo, que tal vez habría encontrado, por fin, quien le acompañara a la sauna de homosexuales a pasearse desnudo por los pasillos con una toalla en la cintura. Estuve a punto de llamar a Nora desde allí y si me contuve fue porque supuse que no estaría en casa. Permanecí en el bar hasta que los abuelos de las cartas emprendieron una lenta retirada hacia sus casas envueltos en varias capas de bufandas y abrigos, equipados para el frío como si se dispusieran a atravesar la estepa rusa y no la manzana que les separaba de su portal. Me quedé solo en el bar con Anselmo, quien, más pronto o más tarde, se acercaría a preguntarme qué demonios hacía allí sin mis amigos. Para no tener que responderle pagué, salí y decidí no volver nunca más. Y pasaron los años y empecé una carrera, y los perdí de vista a todos, y me fui del barrio, me mudé de casa varias veces, vinieron otras chicas, vino Julia; y Trendy, Nora, Mosca y Javier el Gordo se fueron quedando atrás, muy atrás. Hasta que la línea verde del metro me puso de nuevo delante a un Trendy con barba, menos flaco, doce años más viejo y algo que pedirme.
Me levanté del banco de la plaza de España, eché de nuevo a andar en dirección a mi apartamento, pensando que era muy probable que el inspector Roche tuviera razón al dar importancia al hecho de que Trendy quisiera algo de mí. Durante la caminata hacia casa no cesé de preguntarme lo que, seguro, se preguntaba en ese momento el policía en su despacho: ¿Qué quería Trendy? ¿Por qué no se atrevió a pedírmelo? Entré en mi calle. Abrí el portal con esfuerzo y una oleada de tristeza, soledad y cansancio se apoderó de mí y de mis casi treinta años. Mientras subía las escaleras pensé que, simplemente, era ya demasiado tarde para saber qué quiso pedirme Trendy. Y al entrar en casa me pregunté que a quién estaba engañando, porque había sido tarde desde siempre: desde que él se largó sin decir nada y yo me resigné a perderle. Me acosté vestido a las diez y media de la mañana, tras un día entero sin dormir y me enterré en un sueño opaco.
Horas después me despertaba el teléfono y la voz escasa y amortiguada de Roche. Otra vez la voz educada de Roche.
Durante un segundo pensé que debía volver a la calle de Fuencarral a reconocer el cadáver cubierto con la manta de estaño. Me acobardé al pensar que la pesadilla se repetía cada cierto tiempo, que no lograba escapar de ese mal sueño en el que entraba siempre de la voz de un policía incansable que trabajaba los días de fiesta. Pero Roche solo me llamaba para advertirme de que había dado mi número de teléfono a un viejo amigo. Este había insistido mucho en hablar conmigo después de contarle al policía, esa misma mañana, algunas cosas sobre Trendy.
«Te va a llamar Mosca», anunció Roche. «Esta misma tarde. Dice que tiene ganas de verte».
* * *
Mosca se había enterado de la muerte de Trendy por el periódico de esa mañana. El suceso venía contado en media columna de la sección de local, sin mucho detalle, y achacando el crimen a un ajuste de cuentas entre drogadictos. Pero a Mosca le bastó leer el nombre de la víctima para recordar no solo a Trendy, sino también a su asesino. Llamó a la policía y preguntó por el agente que llevaba el caso de la calle de Fuencarral. Localizó a Roche muy poco tiempo después, y se citaron a la misma hora en que yo me arrojaba a la cama de mi apartamento. Mosca le contó al policía una parte de la vida de Trendy que yo desconocía. A cambio, y a la pregunta de si alguien más se había puesto en contacto con él, Roche le reveló que me había visto y accedió a darle a Mosca el número de teléfono de mi casa.
Llamó. Sin muchas palabras, como si hablara con miedo, me propuso vernos esa misma tarde. Acepté. Me invitó a su casa, en el barrio, en una calle nueva de nombre absurdo: Oklahoma. En algunas zonas modernas de Madrid, que yo había visitado en busca de morosos, a las calles las habían bautizado con títulos de películas famosas. Yo mismo tenía un deudor que residía en el número 10 de Lo que el viento se llevó. Daba la impresión de que Madrid crecía a tal velocidad que no solo los callejeros se volvían inservibles a los pocos meses, sino que los nombres normales de calles parecían haberse acabado ya y el Ayuntamiento o quien diablos fuera había recurrido a formulas tan inagotables como estrafalarias para no verse desbordados por cientos de avenidas ilocalizables, como imaginé que sería esa extravagante Oklahoma de mi viejo barrio donde vivía Mosca. El taxista ni siquiera se inmutó cuando le indiqué el nombre de la calle.
Cruzamos Madrid, y al atravesar el puente de Ventas me sorprendí al verlo levantado, roto, rodeado de vallas, de excavadoras aparcadas en día de fiesta. Nos internamos en el barrio, que había cambiado o estaba cambiando, porque descubrí varias zonas nuevas alrededor de la de Mosca. La calle de Oklahoma era una avenida reluciente con bloques de pisos a los lados asentada sobre los solares desérticos en los que habíamos jugado de niños o atravesado en los entrenamientos del maratón. Llamé al portero automático y Mosca me abrió al instante, como si estuviera esperando sentado al lado del telefonillo a que llegara. Me abrazó sonriendo, me contempló a su gusto, me invitó a pasar. Conservaba la misma voz picuda y chillona de entonces, la misma amabilidad simpática, atolondrada, obsequiosa y un poco fatigante, pero había engordado en esos doce años tanto que al verle creí que quien me estaba abriendo la puerta no era él sino su padre. Nos sentamos en el sofá de su casa, un piso nuevo de tres habitaciones pintado de amarillo clarito y lleno por todos lados de juguetes de niña.
Mosca se apresuró a explicarme, mientras apartaba de la mesa varias muñecas y una minicocina, que se había casado con Laura, la hija del dueño de la ferretería en la que empezó a trabajar cuando aún vivíamos todos en el barrio, y que tenía dos hijas.
—¿Tú terminaste la universidad? ¿No? ¿Te sirvió? —me preguntó, sin parar de recoger juguetes.
—¿El qué?
—La universidad. Para pillar un buen curre, hombre, bien pagado, con buen horario… El policía me contó que estás de abogado en una empresa.
—Es una manera optimista de verlo. En el fondo, trabajo en una gestoría arruinada en la que me dedico a cobrar a morosos.
—Pues para eso…
—Sí. Para eso daba igual la carrera.
—Yo soy el único que queda aquí, en el barrio. Todos os fuisteis.
—Pero el barrio no sigue en el barrio. No hay quien lo reconozca. Hay muchas calles nuevas. Y están cambiando el puente de Ventas. He visto las obras al venir.
—Sí —dijo, con un tono entre pedagógico y orgulloso—. Van a mejorar las barandillas y a poner un arco simbólico, según he oído en la tele.
—¿Simbólico?
—No sé de qué, pero simbólico. ¿No te gusta cómo está quedando?
—No me fijé mucho. Pero no: me gustaba como estaba, sin barandillas nuevas, sin arco simbólico y sin nada.
—Eso es porque ya no eres de aquí, Pablo.
—Puede.
Mosca pareció sonreír, alegrarse de tenerme enfrente. Se levantó a por cervezas. Y a cerrar las ventanas que daban a la calle y por donde se colaban los restos de un atardecer que dejaba en penumbra la casa. Encendió la luz en la lámpara del salón más cercana a mí.
—Es un poco oscuro, el piso —añadió—. Pero los otros eran más caros —esperó a que yo dijera algo. Pero luego continuó—: Al principio, no te creas, Laura y yo pensamos irnos a otra zona de Madrid, a Coslada o a San Fernando, pero justo entonces se pusieron a construir aquí. Si te asomas a la terraza lo ves: está todo lleno de pisos nuevos. De la M-40 para acá. ¿Y para qué irnos? La ferretería, porque sigo en la ferretería, pilla cerca. En Coslada tendría que ir en coche o aburrirme en un autobús y así me doy el gustazo de ir andando, ¿no crees? —yo asentí y él se inclinó en el sofá, aparentemente satisfecho, mojándose los labios en el vaso de cerveza. Y, sin embargo, algo en el tono daba la impresión de que se disculpaba delante de mí por no haberse ido, como nos fuimos todos.
—¿Tú te casaste, Pablo? ¿Tienes hijos?
—No —respondí, mientras recordaba que lo mismo me había preguntado Trendy en el metro.
—Pues no sabes de lo que te libras —bromeó—. Ahora esto está tranquilo porque Laura se ha ido con las niñas a casa de su madre para dejarnos en paz. Si no, aquí no hay quien pare —exclamó, sonriente, guardando más cacharros de plástico y libros de colores en una cesta inmensa, haciendo notar en la voz el orgullo, ahora sí, ahora auténtico, que sentía por haber sabido construir un hogar más próspero que el que su padre le procuró a él.
Noté que se comparaba conmigo y se veía ganador. Al examinarme, decidió que él había sido mejor tratado por los años que yo.
—¿Pero tienes novia?
—Ahora no.
—Pues es raro, porque tú…
—De eso hace tiempo, Mosca.
—Ya nadie me llama Mosca.
—Perdóname.
—No. No me importa que tú me lo llames. O que me lo llame Javier. Se me haría raro que me llamarais José Antonio.
—¿Ves a Javier, al Gordo?
—A ese sí que le molestaba que le llamaran «El Gordo». ¿Te acuerdas?
Sonreí. Me acordaba.
—Sí que lo veo, de vez en cuando. Aunque cada vez menos. Vino a mi boda y yo fui a la suya. Pero él no conocía a nadie en mi banquete y yo tampoco en el suyo. Ya ves. Además fue raro, porque casi no pudimos hablar entre nosotros, imagínate: una boda en la que solo conoces al novio… Está en una empresa de electrónica, de lo suyo. Bien pagado. Gana pasta. Bastante pasta, según dice. Y me lo creo, cuidado. Y ole sus huevos. Aunque ahora debe de hacer más de un año que no hablo con él. Me da palo, porque a ver cómo le llamo para decirle que han matado a Trendy. Seguro que ni se ha dado cuenta, aunque haya leído el periódico. Tengo que avisarle de que pasado mañana es el entierro. Se retrasa por la autopsia, según me ha dicho el policía. ¿Tú vendrás, no?
—No sabía lo del entierro. No sé si podré.
—Tienes que venir —exclamó, rotundo, serio, completamente convencido—. Es el entierro de Trendy.
—Procuraré ir.
Asintió con la cabeza, dándome su aprobación. Luego dejó de recoger juegos para sentarse en el sillón situado enfrente de mí. Le noté preocupado de golpe, repentinamente tenso. Buscó el periódico, lo dobló por el artículo de Trendy y me lo tendió. No me dio tiempo para leerlo.
—La noticia es de hoy, pero yo la llevaba esperando más de doce años. Y sé por qué lo digo, porque a Trendy le han matado por algo que me he callado todo este tiempo y que solo he contado esta mañana a ese policía.
Recordé las viejas palabras de El July y el fatalista sentido de la vida y del destino que encerraban y del cual quiso escapar Trendy: «La bala que me ha de matar ya la han disparado; el cuchillo que me va a destrozar ya lo empuña alguien. Mientras tanto, se trata de esquivar».
—Pablo, ¿tú te acuerdas de Palacios, de Luis Palacios?
Me sonaba el nombre, lejanamente.
—No mucho —contesté.
—Todo esto empezó cuando Trendy cumplió los dieciocho años. Ya no estudiaba, acuérdate, había dejado el instituto y de ir a La Rueda. Para no… —se interrumpió bruscamente. Dudó, me miró, interrogándome.
—Sigue, Mosca. Continúa.
—Para no… veros, ni a ti ni a Nora. No te molestes: no podía soportar veros juntos. Eso me contó, al menos. Acuérdate. Estaba colado por esa tía. Iba de duro, pero estaba colado por ella como un idiota. Por eso no podía veros. ¿No te molesta que te lo diga ahora, no?
—No me molesta, Mosca. ¿Cómo me va a molestar? Ha pasado mucho tiempo. No he vuelto a ver a Nora casi desde entonces. Ya casi ni me acuerdo —mentí, porque cada hora que pasaba me iba acordando mejor de aquellos días. Mosca me escuchaba con los labios blancos de espuma de cerveza.
—¿Has leído alguna vez la revista Pronto, Pablo?
—¿Qué?
—La revista Pronto, que si la has leído alguna vez.
—No. ¿A qué viene eso?
—Yo la conozco porque la madre de mi mujer la compra siempre, cada semana, sin fallar nunca, y luego la trae aquí para que la lea Laura. Es una típica revista de cotilleos y eso. Pero hay una sección titulada Qué habría sido de mi vida si yo… Cada semana, un tío o una tía cuentan qué les ha marcado su vida, para bien o para mal, aunque generalmente es para mal. Siempre son fracasos amorosos: gente que se casó con la persona equivocada o al revés, que no se casaron, que se lamentan haber dejado escapar a su media naranja, y hala, a hacer zumo con la media que queda. Yo no sé si se los inventan los periodistas. Pero eso da igual porque la cosa sí que existe de verdad, sí que existe eso de qué habría sido de mi vida si yo…, porque en determinadas cosas, si eliges mal, el error dura mucho, a veces para siempre, porque un error lleva a otro, y a otro, y así, al final, no sabes ni cómo llegaste ni cómo salir. Te digo esto porque yo me he preguntado muchas veces, y me lo llevo preguntando toda la santa mañana, qué habría sido de la vida de Trendy si no se hubiera empeñado en enamorarse tanto de Nora. ¿Me comprendes? Habría seguido en el instituto, habría terminado COU, no se habría ido de España (porque se fue, en parte, para no verla, para no acordarse de ella), se parecería más a ti, o a mí, o no, no se parecería a ninguno de los dos, creo, pero lo que es seguro, me parece, es que no habría terminado desangrado en la calle por una cuchillada de la gente o de los hijos de Luis Palacios.
—¿Quién era Palacios, Mosca? ¿Por qué crees que mató a Trendy?
—No es que lo crea. Es que es así —me contestó, con la voz firme, el gesto resuelto, algo indefinible e impaciente rondándole en la cabeza. De repente se levantó, señaló la puerta—: ¿Te apetece salir fuera? Dar una vuelta. Ir a un bar. No te lo creerás, pero me agobia hablarte así, sentados los dos en dos sofás. Aunque sean los de mi casa. Tú y yo nunca habíamos estado hablando así, sentados en un sofá, ¿no?
Me levanté, me dirigí al pasillo. Mosca cogió una chaqueta, dejó una nota en la mesita del vestíbulo para su mujer. Salimos a la nueva geografía de mi viejo barrio, a la calle de Oklahoma, desembocamos en una avenida recta y convenientemente iluminada. A lo lejos, sobresalía la figura estilizada, la aguja extraterrestre del Pirulí, recortada contra el crepúsculo. Mosca comenzó a andar por esa calle estrenada hacía pocos meses, poblada de parejas jóvenes que empujaban carritos de niño, dejando atrás, al lado, no sé si a propósito, la parte antigua del barrio.
Sin pararse, comenzó a hablar:
—Hacía un año que al padre de Trendy le habían echado de la fábrica de rodamientos. Bueno, no solo a él. A media fábrica. Por entonces echaban a la peña así, y te tenías que joder. Y él se jodió. Porque tenía 58 años. ¿Dónde iba a ir un tío con esos años cuando ni los jóvenes encontraban curre? ¿Quién le iba a querer? Lo único que sabía hacer el pobre hombre era rodamientos y conducir, y por eso, a los pocos días de quedarse en el paro, se acercó una tarde a la casa en la que vivía Palacios y le preguntó si tenía algún taxi disponible. Me extraña que no te acuerdes de Palacios, Pablo, que no oyeras hablar de él. O que lo olvidaras. Durante un tiempo, antes de El July, de sus colegas y sus atracos, Palacios, que empezó de taxista, era el rey de El Valle. Después, cuando empezó a ganar dinero, yo calculo que antes de que entráramos en el instituto, dejó su vieja casa y se trasladó a un piso un poquito más moderno pero igual de pequeño, cerca de la tintorería, por donde vivía Javier. Todos le conocían: gordito, poca cosa, chistosillo, agradable a la primera, pero muy violento cuando se mosqueaba. Entonces le cambiaba la voz, y con la mirada era capaz de congelarte el pulso. Yo he visto a tíos como castillos caer de rodillas delante de él para que no los pateara. Por aquellos tiempos, cuando echaron al padre de Trendy, mantenía una flota de ocho o nueve taxis de su propiedad que le servían de tapadera para otros negocios, que era de donde sacaba la pasta: tabaco ilegal, chocolate, algo de cocaína y caballo. A pequeña escala, no te creas. Algo entre camello esquinero y traficante. El padre de Trendy le caía bien, habían sido amigos de jóvenes, vecinos, y le alquiló el taxi cuando el otro se lo pidió. Pero el padre de Trendy, don Enrique, jamás sirvió de correo de droga, ni quiso mezclarse con los otros chanchullos de Palacios. Él se dedicaba a conducir todo el día y darle la mitad de la recaudación al otro.
Mosca torció por una bocacalle que moría en una plaza también reciente. Se encaminó a un bar situado en una esquina, al lado de un gimnasio de grandes ventanales y de un Caja Madrid.
—Vamos aquí. Te gustará.
Nos sentamos a una mesa de madera clara. Mosca se acercó a la barra a pedir. Al sentarse, exclamó:
—La Rueda pilla demasiado lejos. ¿Mejor este, no?
—Mosca, ¿te puedo preguntar una cosa?
—Claro.
—¿Cómo sabes estas cosas?
—Porque me las dijo Trendy.
—¿Dónde? ¿Cuándo?
Mosca bebió su cerveza de un trago. Se demoró en contestarme:
—En la ferretería. Cada mañana, cuando volvía de currar en el taxi.
—¿Pero no has dicho que el que llevaba el taxi era su padre?
Él sonrió, calló durante un tiempo, no sé si porque le gustaba tenerme así, pendiente de sus palabras, o porque recordó de golpe aquellas mañanas pasadas con Trendy.
—Se acabó COU, tú te acuerdas. Javier no logró la media para estudiar Medicina, que es lo que decía que quería, pero se metió a Informática. Ahora se alegra, o eso dice. Tú y Nora ibais a vuestro rollo, y hacíais bien. Trendy ni se presentó a los exámenes, y yo buscaba un curre para sacarme unas pelas antes de irme a la mili. Y lo encontré, en una ferretería del barrio donde aún sigo. Y eso que nunca, nunca, te lo juro, Pablo, me había fijado en esa maldita tienda, jamás había entrado ahí para comprar ni un puto clavo, a pesar de que estaba a tres manzanas de mi casa. Una mañana de ese verano mi madre me vino con que había un cartel puesto en el escaparate que pedía un vendedor, un aprendiz se decía entonces, y fui por la tarde para ver de qué iba eso. Y ya no salí. ¿Es para la sección esa de Pronto o no, tío? ¿Qué habría sido de mi vida si a mi madre no le hubiera faltado un tornillo? ¿A que es un buen título? Y lo mejor de todo es que ahora, con toda la gente nueva que está llegando al barrio, la ferretería se ha vuelto un buen negocio. Bueno, a lo que iba: el dueño me hizo un contrato por un par de meses, y me prometió guardarme el puesto mientras estaba en la mili, sin saber todavía que yo, a los pocos días de haber entrado, ya me acostaba con su hija, con Laura, en la trastienda. O a lo mejor sí que lo sabía y por eso me lo hizo. Laura, tú la conoces, iba al instituto, a una clase menos que nosotros.
Mosca se levantó a pedir otras dos cervezas e ir al baño. Volvió pensativo, chasqueando la lengua, moviendo la mandíbula.
—Por aquel tiempo Trendy le dijo a su padre que no iba a presentarse a los exámenes. El otro ni se alteró. Pero al día siguiente, don Enrique llegó a casa con 25 000 pesetas para que Trendy se apuntara en una autoescuela y se sacara el carné en cuanto cumpliera los 18 años y así ayudar en casa. Y en cuanto se lo sacó, el padre pidió permiso a Palacios y Trendy comenzó a currarse el taxi por la noche. Acuérdate: nosotros, quiero decir tú, Nora, el Gordo, Trendy y yo ya no nos veíamos mucho. Romeo y Julieta, que erais vosotros dos, no aparecíais por el barrio; a Javier dejó de gustarle La Rueda y cada vez iba más con sus colegas de la universidad; yo me enrollé con Laura, y Trendy, pues también se apartó, se alejó, tú me entiendes… Pero cuando empezó con lo del taxi, los días de diario, por la mañana, tras verme un día entrar en la tienda con la chaqueta de atender y saludarme y preguntarme que qué hacía yo allí y yo responderle pues que curro aquí, tío, empezó a dejarse caer después de conducir toda la noche. No me preguntes por qué. Tal vez porque no había nadie de nuestra edad a esas horas con quien hablar. Ni en El Valle ni en ningún otro sitio del barrio. Se sentaba a fumar en una silla de jardín de esas plegables que mi suegro había colocado al lado de la caja registradora para que descansaran los clientes mientras esperaban cola. Se quedaba media hora como mucho, porque a él se le cerraban los ojos de sueño y yo no podía desatender mucho la tienda. Pero eso bastó para que Trendy me mantuviera al tanto de su nueva vida. Yo no era su amigo preferido, tú lo sabes bien, pero tampoco había mucho donde elegir, ¿no? Tenía a sus colegas de El Valle, pero acuérdate hacia dónde tiraban también esos, siempre detrás de la última locura de El July. Ya entonces asaltaban farmacias o supermercados, aunque todavía ninguno había pasado mucho tiempo en la cárcel, que yo supiera.
»Y una mañana como las otras Trendy llegó, como siempre, agotado, se sentó en la silla de campo, miró la tienda y tras asegurarse de que estábamos solos, de que mi jefe ordenaba cosas en el almacén, me contó sonriendo que llevaba días robándole parte de la recaudación a Palacios. Me lo dijo así, tranquilamente. A Palacios. ¿Qué te parece? Al principio pensé que Trendy era idiota. Bueno, y después. Huía de las movidas de El July para meterse él mismo en otra peor. Me lo explicó todo con esa calma tan suya que le salía de dentro. Hacía días su padre y él habían ido a ver a Palacios para pedirle un porcentaje mayor. Fue idea de Trendy, porque necesitaba el dinero para irse, ya sabes, acuérdate de las barrilas que daba con su manía de largarse al Canadá o a Nueva York. Hay gente así: sobre todo tozuda. A los diecisiete años yo pensaba que eso era una virtud, un don del que alegrarse, como el oído musical o ser alto o listo. Ahora no estoy tan seguro. Porque Trendy, a su manera, vivía prisionero de sus propias manías, de su cabezonería. Pero para eso Trendy necesitaba ahorrar y él y su padre se presentaron en la casa del Palacios y le reclamaron más dinero. El otro les respondió que no, y lo razonó argumentando que si se lo daba a ese par de infelices tendría que dárselo a los demás. Se acabó el tema. El viejo no discutió. Acató mansamente la respuesta del Palacios, y obligó a su hijo a aceptarla también. Pero ya conocías a Trendy. Si no se lo daba, lo cogía él. Por pelotas. Hala. Podría habérselo pedido a El July, o haberse apuntado a algún palo fácil a alguna tienda del centro, y sacarse así, de un tirón y fácilmente, la pasta. El July le quería. Le habría dejado participar. Pero no. Claro que no. Él tenía que mangárselo a Palacios. Se propuso robarle cerca de cien mil pesetas a lo largo de varios meses, una minucia para el dueño de tantos taxis y tantos negocios, y en eso confiaba Trendy: pensó que nunca lo descubriría porque ni siquiera se iba a fijar, preocupado como estaba con otras cosas. Pero lo descubrió. No me preguntes cómo, supongo que un día se pondría a echar cuentas y descubriría que no le cuadraban. El caso es que llegó a la conclusión correcta: o el padre o el hijo me tangan. Y lo van a pagar. Los dos. Palacios era así: podrido de dinero y de mala sangre, el cabrón se daba maneras de marqués cuando salía por la calle, se había acostumbrado a hacer lo que le salía del alma a cada momento. ¿Cómo es que no te acuerdas de él? A veces pienso que tú no viviste aquí, Pablo, porque no me lo explico… Y una mañana, cuando el señor Enrique salía a trabajar, minutos después de que Trendy le hubiera entregado las llaves y se hubiera acostado, vio a tres matones apoyados en el taxi y al mismo Palacios de pie, un poco alejado, cerca de la acera. Se imaginó no solo que algo malo pasaba sino que algo aún peor le iba a pasar. No se atrevió ni a dar la vuelta. Imagínate a don Enrique, que ya no era joven, achantado por la voz de Palacios, por ese vozarrón que le salía cuando se cabreaba. Y los tres tíos ahí, silenciosos, aguardando un gesto del jefe para molerle a golpes. Tú te tienes que acordar, Pablo, joder, por mucho que digas, antes de que llenaran esto de pisos nuevos, incluso antes de que se hiciera famoso El July, a veces aparecía gente con las manos sujetándose la boca llena de sangre, o con el brazo en cabestrillo. Y todo el mundo comentaba que detrás estaba Palacios, los hijos de Palacios, la gente de Palacios… Pero esta vez no tocaron al padre de Trendy. Se limitaron a explicarle lo que pasaba y le obligaron a volver a su casa para avisar al hijo. Don Enrique se dirigió directamente a la habitación de Trendy y le sacó de la cama zarandeándole. Le preguntó dónde guardaba el dinero y el otro, muerto de sueño, lo negó todo. Pero don Enrique comenzó a revolver cajones, a sacar camisas del armario, a buscar en los bolsillos de los pantalones y Trendy, al final, cogió un libro de la estantería donde escondía los billetes. Entregó el dinero a su padre sin decirle nada. Su padre le miró y le señaló la calle. Bajaron ambos. Los matones seguían esperando. Tampoco Palacios se había movido. El padre le tendió el fajo de billetes, señalándole que estaba todo. Palacios se lo guardó en el bolsillo y debió de hacer un gesto que Trendy no percibió porque uno de los matones, de buenas a primeras, se le acercó, basculó, se inclinó un poquito hacia atrás para darse impulso y con el puño cerrado, le arreó un ostiazo en la oreja que le tiró al suelo. Don Enrique se quedó paralizado, no supo si acudir en auxilio de su hijo o humillarse ante el viejo Palacios para que ordenara que le dejaran en paz. Mientras tanto, el matón le zumbó a Trendy un patadón en el estómago. Y ahí sí que el padre se abalanzó contra Palacios, pero otro de los gorilas se interpuso y derribó a don Enrique de un empujón. Los dos quedaron en el suelo. Palacios reclamó las llaves del taxi. Todo esto me lo contó Trendy días después, en su última visita a la ferretería, cuando ya se iba del barrio y bajó, no a despedirse, o no solo, sino a comprar no sé qué que les hacía falta para la mudanza. Porque a don Enrique se le volvió a ver poco por el barrio. Muy poco. Puso la casa en venta y se marchó al pueblo de su mujer, a la casa de sus suegros, o por lo menos eso decían. Solo Milagros, la hermana de Trendy, la que trabajaba en una peluquería, se quedó por aquí. Después también se fue, me parece. ¿Tú no sabías nada de esto, Pablo?
—No. Nadie me lo contó nunca.
—Preguntarías poco, porque fue la comidilla…
—Fui a su casa meses después de todo eso. Su hermana me dijo que se había ido a Estados Unidos, pero yo no la creí. Pensé que me engañaba. Si hubiera insistido, tal vez me habría enterado de todo, pero no lo hice. Fue culpa mía, lo reconozco…
—Ya.
Mosca calló unos instantes, mientras calibraba mi respuesta, mi falta de excusas. Después se inclinó hacia mí:
—Bueno, pues todo esto se me había olvidado. Hasta que he visto la noticia del periódico esta mañana. Ajuste de cuentas entre drogadictos, dice. Y una mierda. Mientras lo leía, una y otra vez, me parecía oír a alguien dentro de mi cabeza decirme: mira, Mosca, Trendy encontró la venganza a su venganza. Porque Trendy se vengó. Y desde entonces estaba sentenciado.
Y Mosca dibujó, con el dedo índice extendido, una cruz en el aire, y repitió la palabra:
—Sentenciado. Desde que se enfrentó a Palacios. ¿Para qué volvió? ¿Qué pasa?, ¿que pensó que estas cosas caducan, como las latas de anchoas?
—No lo sé, Mosca. Yo sé muy poco. ¿Se fue al pueblo él también?
Al principio sí. Pero luego encontró curre y volvió. De vigilante jurado. En bancos o en tiendas lujosas, no me acuerdo bien. Con pistola, de eso sí que me acuerdo. Y se mudó a un piso del centro, en Moncloa, a un apartamento enano que compartió con dos extremeños compañeros suyos de trabajo.
Mosca se detuvo. Miró hacia los lados, comprobó que el bar seguía vacío, que tan solo un camarero sentado en una mesa lejana podía oírnos. Me miró con prevención, advirtiéndome con los ojos que entrábamos en el terreno de la confidencia peligrosa.
—Allí vivió hasta que una noche vio a Palacios al volante de un taxi parado en un paso de cebra.
A partir de entonces Mosca bajó aún más la voz y prosiguió sin dejar de mirar de reojo al camarero, que a su vez no apartó en ningún momento la vista de la pantalla del televisor del bar. Mosca me aclaró que Palacios hacía entonces cosas así: de vez en cuando, sin avisar, le daba por recordar sus viejos tiempos de taxista callejero y golfo, y ordenaba a cualquiera de sus asalariados que le dejara un coche y se ponía a dar vueltas por el centro. Si le apetecía recogía clientes, sobre todo mujeres, charlaba con ellas, las invitaba, o se paraba él solo a tomar copas con otros compañeros de su misma edad y si se entonaban a base de whisky, la juerga acababa en un burdel antiguo situado en un piso de la Costanilla de San Pedro donde Palacios acostumbraba a dejarse una pequeña fortuna en cada ocasión. Y una noche helada de diciembre Trendy salía de una guardia de un centro comercial cerca de la carrera de San Jerónimo aún con el traje de vigilante puesto, con una bufanda que le tapaba la boca para protegerse del frío, con la pistola metida en una bolsa de deportes, y Palacios iba al volante de uno de sus taxis, despistado, alegre, algo borracho ya, a punto de enfilar hacia el burdel de la Costanilla, con una cinta de Camarón sonando en el aparato de música. Se cruzaron en un paso de cebra. Trendy le reconoció al instante, y su primera idea fue la de huir. Pero luego se lo pensó mejor, y levantó la mano, llamándole, convencido de que con la bufanda Palacios no sabría quién era. Lo demás, según Mosca, lo ideó en el taxi, sobre la marcha. Efectivamente, Palacios no desconfió. Pero en cuanto le oyó ordenarle que se dirigiera al barrio, algo en su voz le sonó conocido. Dio la vuelta y descubrió a Trendy apuntándole en el cogote con la pistola. Le obligó a que condujera sin prisas, a que desenchufara la emisora que servía de intercomunicador entre los taxistas y que la banda de Palacios empleaba a veces para lanzarse consignas secretas con mensajes en clave. Y una vez en el barrio, Trendy le ordenó que cogiera la carretera a Vicálvaro, una vía desierta y mal iluminada de dos carriles que discurría entre un descampado sembrado de escombros. Una vez en la carretera, Trendy indicó a Palacios, sin aflojar la presión del cañón sobre el cuello, que se desviara hacia la izquierda, tomando un camino trasversal de tierra. Recorrieron doscientos o trescientos metros antes de que Trendy mandara al otro detener el coche. Sin dejar de apuntarle con la pistola, Trendy ordenó a Palacios dejar en la guantera todo el dinero que llevaba, salir después y situarse delante de los faros, de manera que pudiera verle bien. El taxista obedeció, extrajo del bolsillo del pantalón un fajo de billetes atado con una goma. Siempre salía con dinero. Y Trendy lo sabía. Esa noche contó cerca de doscientas cincuenta mil pesetas. El taxista aguardaba la siguiente orden de Trendy empequeñecido delante de su propio coche, helado de frío y de miedo, deslumbrado por la luz lechosa de los faros. Y Trendy tenía pensado subirse al taxi, abandonar al viejo ahí, en medio del descampado, y largarse después del barrio, de Madrid, de España. Pero entonces pensó algo más. Mosca no supo explicármelo, porque ni siquiera el mismo Trendy acertó a comprender por qué actuó como actuó, sabiendo que ponía en peligro su vida y probablemente la de toda familia. Porque hasta ahí, según aseguraba Mosca, a pesar del robo y de la humillación, el código de Palacios y su gente no exigía otra cosa para resarcirse que otra paliza que zanjara de una vez la disputa, o ni eso, tal vez, simplemente el olvido, que se largara del barrio. Pero Trendy decidió en ese momento cruzar una línea sin regreso: ordenó a Palacios que se sentara de nuevo en el asiento del conductor, le obligó a enchufar la emisora y a convocar a todos sus correos disponibles a esas horas, que eran bastantes porque operaban de madrugada, con mercancía, con droga, con tabaco, con lo que fuera, en 15 minutos, en la parada de plaza de Castilla. Palacios estaba convencido de que aquel muchacho era capaz de matarle ahí mismo. Por eso, con el dedo tembloroso, apretó el botón de la emisora y ordenó que todos sus correos se concentraran en la plaza de Castilla. Después, Trendy le hizo salir de nuevo del coche, colocarse otra vez frente a las luces aplastantes de los faros, para ordenarle después alejarse, correr, diez metros, cincuenta, cien, doscientos, perderse en el descampado. Le gritó que desapareciera de su vista, que se escondiera, que se perdiera. El viejo, desorientado, se dirigió hacia las luces de Vicálvaro creyendo que se dirigía hacia el barrio. Correteó entre los escombros y las montañas artificiales de arena, trastabilló, cojeó, se cayó, se levantó tras tantearse la ropa. Trendy le observó alejarse. Después colocó la pistola cerca de la palanca de cambios, pasó al asiento del conductor, encendió el motor y regresó a la carretera. Le pareció oír a Palacios amenazarle desde un montón de cascotes. Él tenía la pistola, cierto, pero sintió que era el viejo el que acababa de dispararle a él una bala que le iba a perseguir siempre, que le iba a buscar donde fuera hasta encontrarle. Aquella noche Trendy empezó a esquivar. Como El July.
Lo que resta de la historia me lo contó Mosca con más precaución y miedo si cabe. Se cercioró varias veces de que el solitario camarero seguía absorto el programa de televisión para continuar, inclinándose aún más sobre la mesa, susurrándome en voz aún más baja. Así me enteré de que al llegar al barrio, Trendy buscó una cabina y llamó a la policía. Le bastaron pocas frases: plaza de Castilla, taxistas, droga en las guanteras o en los maleteros. Encarcelaron a diez, incluido Palacios y dos de sus hijos mayores. Pero esto Trendy no lo supo hasta muchos meses después, hasta que le llegó la primera carta de su hermana. Aquella noche lo primero que hizo fue desembarazarse del vehículo, abandonarlo en un callejón para después buscar un refugio donde pasar la noche.
—Y al muy animal no se le ocurre otra cosa que llamar a mi casa a las cuatro de la mañana —murmuró Mosca—. Despertó a toda la familia. Mi padre casi me mata de un tortazo. Mi madre se asustó. Y yo también, porque por muy chalado que estuviera Trendy no era normal que me llamara, y menos a mí, a aquellas horas.
Trendy le aguardaba agazapado en las sombras del portal. En cuanto vio a Mosca, le preguntó si tenía las llaves de la tienda, si podía esconderle durante unas horas en el almacén de la tienda.
—No pregunté nada. No dudé, Pablo. Mirándole a los ojos comprendí que no había tiempo para dudar. Simplemente subí a mi casa, pasé de mi viejo, que seguía despotricando y llamándome golfo y drogadicto, ya ves, drogadicto, cogí las llaves y le acompañé a la tienda.
Allí se acurrucó en la silla de plástico y le relató a Mosca lo que acababa de sucederle. También le pidió prestado todo el dinero que pudiera conseguirle. Por segunda vez Mosca, el tonto de Mosca, el charlatán de Mosca, quién lo hubiera dicho, regresó a su casa, sorteó las preguntas de su padre y cogió las ciento cincuenta mil pesetas que había conseguido ahorrar para endulzarse el mal trago de la mili, que empezaba para él la semana próxima. Con ellas volvió a la tienda y se las entregó a Trendy, que le prometió devolvérselas.
—Y lo hizo. Un año después, a través de su hermana, pero lo hizo —señaló Mosca, que concluyó—: Esa noche intentó dormir algo sin conseguirlo. Yo le acompañé. Tampoco pegué ojo, claro. Al amanecer, más tranquilo, más confiado, tras lavarse la cara y asomarse varias veces a la ventana por si acaso, me abrazó y se fue a su casa de Moncloa para coger el pasaporte, algo de ropa y largarse para siempre. Fin.
Mosca me miró desde el fondo de unos ojos bruscamente intensos, dueños de una repentina densidad.
—Se fue por Palacios. Pero también porque no soportaba lo vuestro. Eso no me lo dijo pero lo sé. A última hora, ya fuera de la tienda, me pidió que me despidiera de vosotros. De ti, sobre todo. Insistió en eso. Que lo sepas.
—Pues no lo hiciste.
—Lo intenté. Pero nunca estabas en casa. Ni por el barrio. Después me fui a la mili y cuando volví ya no estabais ninguno.
El camarero se levantó y apagó el televisor. Aburrido, nos indicó que iba a cerrar. Mosca miró la hora.
—Joder. Laura debe de estar ya en casa —después me miró de frente—: Pablo, esto que te he contado no conviene que se sepa, ¿entiendes? No digas por ahí que yo ayudé a Trendy a escapar. Ni a ti ni a mí nos viene bien.
—Tranquilo, Mosca.
—Pablo.
—¿Qué? —pregunté, mientras salíamos del bar, al aire fresco de una noche casi de primavera.
—¿Tú sabes para qué volvió? ¿Te dijo por qué volvió aunque Palacios le aguardara para matarle?
—No me dijo nada —contesté—. Yo no sé nada.
Dimos unos cuantos pasos juntos. Después Mosca señaló su casa, como disculpándose por tener que separarse. Me recordó lo del entierro mirándome a los ojos. Alargó la mano y estrechó la mía con fuerza. Yo seguía buscando una respuesta a la pregunta:
—A lo mejor se hartó de esquivar, Mosca. Simplemente se hartó de esquivar.