Diario de duelo (2.ª ED Corregida)

Mary Shelley · Capítulo 2 de 10

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Diario de duelo (2.ª ED Corregida)

Prólogo SUS PÆGINAS MÆS OBSCENAS

PRÓLOGO

SUS PÁGINAS MÁS OBSCENAS

La vida de Mary Shelley quedó partida en dos tras la repentina muerte de su marido Percy B. Shelley, ahogado después de que una tempestad destrozase su embarcación junto a las costas de Livorno. Aunque Mary Shelley escribió mucha literatura valiosa antes y después de enviudar, buena parte de su obra se alimenta de las energías oscuras del fallecimiento de Percy. La muerte le inspiró las mejores páginas de su correspondencia, elevó a niveles extraordinarios su poesía (una aventura singular que abandonaría, para desgracia de todos, en sus años de madurez), y asoma aquí y allí, alterada por la alquimia de la narración, en muchos de sus relatos.

Pero en ningún otro texto está tan expuesto el impacto devastador de la muerte de Shelley como en su diario. En ningún otro texto expuso con tanta crudeza la complicidad y las dificultades por las que atravesaron en su tierna y salvaje aventura de ocho años, a lo que debemos añadir un rasgo al que volveré más adelante: este diario es un texto sin destinatario, que ni siquiera se amplía al reducidísimo escenario que exige una correspondencia privada.

Pero empecemos por el principio: aunque el duelo sea su tema central (si lo central es la nota que mantiene un libro en el recuerdo del lector), estos diarios no se concibieron como un diario de duelo. Mary empezó a escribirlos para anotar las vicisitudes y las esperanzas abiertas por su primera huida romántica con Shelley. La pareja se sentía tan compenetrada que el diario empieza siendo un texto conjunto, alternando entradas de los dos amantes, escrito a cuatro manos. El agente provocador del texto parece ser la energía eufórica de la partida, y también la preocupación por las complicaciones económicas que derivan de desafiar a la sociedad: Mary huye sin permiso paterno, y Shelley deja atrás un matrimonio infeliz, una esposa embarazada y un hijo. Son páginas despojadas de culpa y de arrepentimiento (casi hasta el escándalo), donde se combinan las impresiones del viaje con los complicados enlaces de dos viajeros sin dinero ni apoyos.

Con el regreso de la pareja a Inglaterra empieza el tramo más extenso del diario, casi todo él escrito por Mary. Se trata de una prosa singular que se podría definir como un asedio social expuesto en un lenguaje telegráfico.

Arruinados, a la espera de un hijo, enredados en litigios con los Shelley, repudiados por el padre de Mary, sin domicilio fijo, y con la presión constante de Harriet, la esposa abandonada de Percy, las entradas del diario se leen como condensadísimos informes de resistencia diaria a las presiones de la vida y las convenciones. Pero también registran las delicias de una vida intempestiva: paseos, lecturas, vislumbres de la naturaleza, la indecible felicidad de la escritura, el amor conyugal y consentidos enamoramientos extramatrimoniales se suceden en los huecos que se abren a diario entre las cartas de reproche y las gestiones con los abogados. Mary observa aquí a un Shelley del que se olvidará más adelante: un poeta sobrepasado por las gestiones prácticas, que no logra enderezar la economía familiar, frustrado por la trama de complicaciones prácticas y por la lucha continua por liberarse de Harriet como ya se desembarazó de su amor. Páginas donde también asistimos al nacimiento y a la emotiva muerte del primer hijo del matrimonio.

Cuando el diario se retoma, Harriet ha desaparecido ya de sus vidas (ahogada en el lago de Hyde Park, destino final de tantos suicidas submarinos), los problemas económicos parecen mitigados (aunque no resueltos) y la pareja emprende un viaje a Suiza. Son las páginas más serenas del libro, una serie de finísimas descripciones de la naturaleza envolvente. La etapa final, o por lo menos la más importante de este viaje, es villa Diodati, la mansión de lord Byron en Suiza. El encuentro entre los Shelley y Byron (con la presencia entre cómica y entrañable del doctor Polidori) se ha convertido en un lugar común de la cultura popular, que ha exagerado e intensificado sus reuniones vespertinas a veces hasta rozar el sensacionalismo. Sabemos que Mary Shelley salió de aquellas reuniones con la decisión (o el reto) de escribir un libro que se convertiría en un clásico: Frankenstein. Los proyectos literarios de Shelley y de Byron ya estaban lanzados, pero Diodati supuso para ambos poetas un centro de alto rendimiento de conversaciones, lecturas y entusiasmos. Shelley incrementó su confianza en su inspiración poética y se atrevió a aventuras nunca vistas antes en la poesía inglesa, y Byron recordó el escenario donde con más provecho resplandecía su carisma: entre los lectores de poesía. El diario no

nos permite acceder al cogollo de las reuniones, pero sí refleja el trasiego exterior y las crecidas de ánimo de los tres poetas, que en su sociedad precaria disfrutaban del afecto y la comprensión que les negaban las convenciones civiles. Durante estas conversaciones se gestó también la que quizás sea una de las páginas más emocionantes de este diario, cuando Mary cuenta que después de la muerte de Shelley se estremecía cada vez que escuchaba la voz de Byron, porque, acostumbrada a oírles conversar, a cada pausa de su amigo esperaba ahora (y casi podía escuchar) la voz del marido perdido.

Tras un breve periplo por Francia, donde, entre descripciones de la naturaleza y crónicas de sus visitas turísticas, se intuye la placidez de los años más felices de los Shelley, llegamos al golpe que partirá en dos la vida de Mary: Percy muere ahogado en el mar. La crónica que Mary hace en estas páginas incluye cartas propias y ajenas, y datos de segunda mano ofrecidos por diversas fuentes, y suponen un esfuerzo por objetivar el dolor, por fijar una versión oficial en previsión de las acometidas distorsionantes de la memoria.

La muerte de Percy no sólo cambia la trayectoria del diario (intenso y deslavazado como la propia vida de los Shelley), sino que obliga a reconfigurar el sentido de todo lo anterior como una preparación de este duelo inesperado. Nadie conoce su futuro, pero intuye unas líneas maestras, cauces por donde discurrirá la vida, que en el caso de Mary quedaron trastocadas de manera decisiva, o por decirlo en palabras aproximadas a las de ella: «el futuro con Shelley es ya el que no viviré».

La muerte irrumpe como un factor de corrección, encapsula una porción de la propia vida y le niega su continuidad, y nos enseña que aunque le apliquemos la palabra a los paisajes, a las ciudades y a las experiencias, lo único irremplazable son las personas. Shelley imaginó la muerte como una fuerza que secaba las obras de los hombres y las sumergía en el olvido de un desierto de tiempo. Wallace Stevens (su heredero más sagaz) la quiso ver como el «emperador de los helados» que congela con su leve toque inanimado el caudal de tantas cosas que creíamos que correrían y descenderían para siempre a nuestro lado. Pero el tiempo tarda en cubrir de arena nuestras obras, y la muerte no detiene a los vivos que acompañaban a los difuntos recientes: el recuerdo les golpea en el pecho, pero se sigue adelante. Shelley ha muerto, pero Mary vive, y a resolver este problema sin

solución se entregarán las últimas páginas de este libro.

Lo que a primera vista parece un diario de duelo (y que desde luego transforma todo el material previo en la preparación de un diario de duelo) escapa de las definiciones críticas convencionales. Mary modula los sentimientos oscuros que le provocó la muerte de Percy en cartas emotivas, en poemas elegantes y contenidos, en varios de sus relatos… Todos estos escritos están dirigidos a un público: concreto en las cartas, indefinido en los poemas y relatos. Las páginas de este diario no tienen destinatario: están despojadas de las fuerzas clarificadoras y hasta cierto punto represoras del trabajo artístico. Pertenecen al género del desahogo, y el paso de nuestros ojos sobre estas palabras constituye una obscenidad.

Pero si merece la pena recorrer este diario hasta el final (y claro que lo merece) es porque, liberadas del centro rector que proporciona la expectativa de una obra pensada para los lectores o del norte de un destinatario, las fuerzas creativas de Mary Shelley corren libres sobre sus páginas alterando la persona a la que se dirigen (su marido, su hijo, la muerte, la naturaleza, la música…), el tono y la intención; sin miedo a repetirse ni a volver una y otra vez a los mismos asuntos, como nos ocurre cuando se habla para uno mismo. El Shelley apurado del diario de Inglaterra queda aquí casi idealizado en una forma sólo parcialmente humana en la que Mary encapsula el futuro muerto, la existencia que le queda por atravesar despojada de su amor y la esperanza de una comunión imprecisa más allá de la muerte que va prosperando en una conciencia en otro tiempo seducida por el ateísmo. El efecto es impresionante, el Shelley de estas páginas es una figura compuesta de magisterio y abandono, un personaje único en la literatura inglesa. Los sentimientos contradictorios hacia su hijo, la confianza desoladora en el estudio, la paradoja de encontrar apenas esperanza en la desesperanza y sensibilidad en el dolor, la atracción y el rechazo hacia el mar de Italia que le arrebató a Shelley, el miedo y la necesidad de regresar a Inglaterra hacen el resto para constituir una atmósfera inquietísima, sin precedentes claros en la escritura anterior. Todo es doble en estas páginas finales, todo oscilante en la conciencia de una mente al borde del colapso, apasionadísima en su agotamiento. Mary cobra conciencia de que en poco más de veinte años ha acumulado experiencias que para otros ocupan vidas enteras. ¿Y no es así como los dioses señalan a sus elegidos? ¿No fue ésa la lección que le repitieron una y otra vez Keats,

Shelley y Byron, antes de predicar con el ejemplo y dejarla sola en un mundo roto?

Con el tiempo, Mary Shelley recompondría su ánimo y escribiría visiones cada vez más serenas y precisas sobre las limitaciones del arte y la ciencia para retener la vida, sobre el escándalo de que en milenios no hayamos avanzado apenas en el desafío de regresar a nadie de la muerte.

Como sucede con tantas personas cuya conciencia no deja de ensancharse por efecto de la imaginación, no sabemos muy bien qué pensaba Mary Shelley sobre lo que sigue o no sigue más allá de la muerte. Su inteligencia sencillamente iba demasiado rápido para estabilizarse en una expectativa clara. Aunque las distintas versiones del cristianismo no parecen ajustarse a sus sugestivas visiones, estoy casi seguro de que incluso al reencontrarse con Shelley podría hacer suyas las palabras de C. S. Lewis, un católico que también fue un maestro del duelo: «Ni una convivencia eterna me resarcirá de haber perdido la compañía de mi compañera durante todos estos años terrenales».

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