Diario de duelo (2.ª ED Corregida)
3. Un viaje por Suiza
1816
Tras el suicidio de Harriet, Percy Shelley queda libre para casarse.
La boda se celebra a finales de año. Y la pareja emprende un viaje por Francia, Suiza e Italia, aparentemente de celebración por la boda, pero también huyendo de las deudas. La compañía de Claire Clairmont, hermanastra de Mary, se explica por la expectativa de encontrarse con el poeta lord Byron, admirado por los Shelley, y de quien Claire estaba perdidamente enamorada.
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Miércoles.
En las montañas de los alrededores descubrimos dos castillos con foso, uno de los cuales cuelga al borde de un bosque de pinos. Abandonamos San Martín a las siete, montados en nuestras mulas. Durante varios kilómetros atravesamos una llanura que parece interminable, después ascendemos por una ladera para ver la cascada del Chede. El salto de agua es altísimo y se esparce sobre varias formas rocosas de fantasía, de manera que la masa de agua se divide y se une por cientos de lugares distintos, como una imposible telaraña líquida donde todos los hilos estuviesen en movimiento.
Pese a mi compañía, Shelley ha escrito: «Todos mis pensamientos surgen y se hunden en soledad». Así que me alegro de verle, después de tantos padecimientos, rodeado de un escenario (Mellerie, el Chateau de Chillion, Clarens, las montañas de La Valais y Saboya) que parece modelado por un genio sublime dotado de la sensibilidad más maravillosa y una imaginación agitadísima. Hemos avanzado por el camino de Clarens con el viento en contra, acompañados de un oleaje imponente. Al llegar a Clarens, he sentido con más fuerza que nunca cómo el espíritu de los viejos tiempos puede abandonar un paisaje, llevándose con él la belleza. Miles de veces Julie y St. Preux 15 caminaron por estos senderos, plagados de terraplenes, contemplando la fuerza de las montañas que ahora yo también contemplo sin que la emoción me haga temblar cuando piso la tierra. Desde la ventana de nuestro alojamiento se contempla el «bosque de Julie», al menos así me lo ha asegurado nuestra casera. Por lo menos, los habitantes del pueblo mantienen viva la ilusión.
Hemos recorrido los caminos cercanos al hotel: la mayoría de ellos terminan en una subida muy pronunciada entre bosques de castaños y almendros que conducen a una especie de terraza natural dominada por las flores. Allí hemos recogido rosas. Después volvemos al bosque de Julie y descubrimos el sitio exacto donde ella se acostó; el tiempo no había logrado borrar todas las marcas, al menos para la fantasía de los lugareños.
Recorrimos un viejo viñedo y deducimos que aquel viejo montón de piedras señalaba el emplazamiento de una pequeña capilla destruida por el tiempo.
Nos pusimos a hablar de literatura y denostamos a una cantidad maravillosa de falsos escritores.
Llegamos a Vevey, y desde allí nos fuimos a Ouchy, un pueblo que
queda muy cerca de Lausanne. Lo impresionante de esta zona es que, pese a la cantidad de pueblos y de habitantes que tiene, está dominada por una belleza tranquila, muy peculiar, que se aviene bien con la soledad que tanto nos gusta a Shelley y a mí. Las colinas son muy altas y rocosas, coronadas por unos bosques que también encuentran la manera de abrirse paso entre la dureza del terreno. Las cascadas de agua resuenan a lo lejos, al impactar contra los acantilados, y es precioso verlas brillar a lo lejos cuando les da la luz del sol. En un paso del camino vimos la huella que habían dejado dos inmensas piedras caídas por el desfiladero; en el pueblo nos contaron que una de ellas arrasó la habitación donde dormía un joven, sin hacerle el menor daño. Pero destruyó todos los viñedos que encontró a su paso y arruinó los cultivos que iban a cosecharse. Como las desgracias llaman a las desgracias, también nos contaron la historia de un barco que había volcado en medio del lago, condenando a una muerte inmediata a dos mujeres, tres vacas y doce cerdos negros. Los marineros lograron escapar del agua, pero la humedad les dio caza en tierra firme: murieron de fiebres. Atardecía ya cuando llegamos a Ouchy; las enormes murallas de Lausanne se levantaban tras el perfil inconfundible de la ciudad.
Jueves.
Un día dominado por un viento muy violento. La lluvia cae de manera intermitente, pero con la suficiente regularidad para impedir que zarpásemos. Así que nos fuimos a Lausanne y visitamos la casa de Gibbon.
Siempre produce un efecto extraño pasear donde vivió una voz que nos ha acompañado tanto en la mente. Se trata de una casa de verano decadente, desde donde contemplaba día tras día el Montblanc, sobre todo después de escribir la última línea de su inmenso libro, 16 que le dejó tanto tiempo libre.
Shelley recogió algunas hojas de acacia para conservar su recuerdo. Mi compañero me instó a que le imitase, pero me abstuve de hacerlo por temor a ultrajar a un hombre para mí superior y más sagrado: Rousseau, quien estoy segura de que dejaría una estela entre las cosas mortales que le sobrevivieron. Shelley se ríe conmigo cuando le digo que la huella de sus creaciones está impregnada en los sitios donde escribió. Le parece injusto que compare a Rousseau con Gibbon, pero no puedo evitarlo: por lejos que parezcan estar el Imperio romano de los personajes de Julie y Clarence, a través de ellos veo hasta qué punto el corazón de Gibbon era frío, y su vida
algo insensata. De regreso, disfrutamos del único intervalo de sol que nos ofrece el día. He caminado por el muelle del lago, disfrutando con el azote de las olas. Sobre las aguas se ha formado un arco iris, y hacia el final del día he visto otro entre las montañas de Saboya. Algunas casas blancas parecían arder bajo la luz amarilla. Al atardecer le pedí a Shelley que volviéramos a pasear por el lago: las olas gigantes me atraían, parecían hechizadas. De noche conversamos sobre Rousseau; pasé la noche en vela leyéndole. Descubrí que el perro que vimos en Laussane nos había seguido y que se había pasado la noche durmiendo junto a nuestra puerta.
Viernes.
Un día muy parecido al anterior, de manera que seguimos sin poder retomar el viaje. Nuestro perro ha decidido quedarse con nosotros. De noche doy un paseo sola por la orilla del lago; tengo la mente cruzada con imágenes de Julie, me he pasado el día entero leyendo el libro.
Sábado.
Abandonamos G. a las siete. Después de tomar el té, atravesamos el país de la Champaña. El terreno parece fértil, aunque apreciamos cada vez más extensiones yermas a medida que nos acercamos a los Alpes. Se suceden las elevaciones. Los valles cada vez son más profundos. El día es brillante hasta el desconcierto, y de un calor desolador. Mientras avanzamos, las montañas parecían moverse para adaptarse cuanto antes al perfil característico de los Alpes. Imaginé los valles y glaciares del otro lado, presididos por el Montblanc, siempre a la vista. Cruzamos un afluente que desemboca en el Arve; enseguida vemos el Arve, que fluye a la derecha, con el caudal muy ensanchado por las lluvias de los últimos días. Después de pocos kilómetros descubrimos que todos los campos de maíz han quedado anegados por el río desbordado. Bonneville está situado al pie de dos inmensas montañas, como una suerte de prolongación sólida del Arve.
El edificio más famoso del pueblo, casi un personaje por derecho propio, es un gran edificio cuyas paredes blancas vemos resplandecer desde lejos, y, pese a su pulcro aspecto, es nada más y nada menos que un presidio.
Domingo, 21 de julio.
Partimos hacia Chamonix a las ocho y media, tal y como teníamos previsto.
Shelley contrató los caballos de antemano, y esta vez todo salió bien: nos
esperaban a la hora acordada. Atravesamos el campo de la Champaña que se extiende por un terreno inmenso: desde el monte Salère hasta la base de los Alpes. Nos ha impresionado la fertilidad del suelo, cubierto de campos de maíz y de huertos, alternando elevaciones con llanuras. Hemos cruzado un puente, y después una avenida de álamos viejos, pero todavía nobles, y el pensamiento se me ha ido de nuevo a Bonneville, a sus calles ordenadas, sin el menor reclamo arquitectónico, pero desprendiendo una agradable sensación de placidez. Sobrepasamos una montaña tan cubierta de árboles que el bosque nos recordaba a un vestido. El camino que nos conduce a Cluses pasa por una llanura espaciosa, húmeda y fértil, donde se entrecruzan los pinos y los castaños, como en Mellerie. Al llegar a Cluses, el camino gira de manera muy brusca hacia la derecha y vuelve a cruzarse con el río Arve, que parece recién salido de una cacería a muerte por los abismos de las montañas. Esta precipitación del río resulta ser el preludio ideal de lo que nos espera a partir de ahora: un escenario más salvaje, y en cierta manera también más colosal. El valle se vuelve angosto y apenas deja espacio para el río y el camino que progresa pegado a la orilla. Los pinos descienden retorciéndose hasta la orilla, inclinando sus agujas, mientras los riscos adquieren la forma de una pirámide y se elevan muy por encima de la pantalla del bosque. Apenas a cinco kilómetros de distancia, el escenario ha cambiado por completo: las dimensiones se han vuelto inmensas, las proporciones se han ensanchado, y el conjunto impone un aspecto solitario e indomable.
No hemos visto tantas cabras por las rocas como nos habían prometido, y las que atravesaban el paisaje estaban bastante separadas las unas de las otras. Lo que sí hemos visto son cascadas, aunque la desproporción entre el hilo de agua y la majestuosidad de las rocas es un tanto cómica. Aun así, siempre son hermosas de ver. La primera cascada, al caer se abría en dos brazos, y después descendía formando pliegues de espuma, en una forma que recordaba más a una nube que al agua, y capaz de rivalizar con la trama más exquisita del velo más hermoso; después, los dos brazos volvían a unirse, y la fuerza del agua ocultaba en este tramo la pared de la montaña; después daba una especie de salto acelerado, que tensaba la musculatura del agua, antes de hundirse profundamente en el Arve. La otra cascada tenía una forma más continua, una especie de cinta de agua, y era más ancha. Vista de soslayo, parecía una aparición sobrenatural,
tan blanco era su cuerpo en comparación con la negrura de la roca, como si la montaña apareciese detrás de una nube. El paisaje no experimentó ninguna modificación hasta que llegamos a St. Martin. Las nubes habían ganado cuerpo y ocultaban la cima del Montblanc, pero desde el balcón de la posada se podía ver su base.
Lunes.
A las siete en punto abandonamos St. Martin. El camino atravesaba una extensa llanura que desembocaba en una cascada. El agua cae a tanta altura y tan deprisa que levanta un vaho de rocío; cuando nos acercamos, fue como atravesar una cortina de lluvia: nuestra ropa se quedó completamente calada; es increíble cómo mojan estas partículas de agua diminutas, pero veloces como diablos. La catarata caía sobre el caudal del Arve, el agua golpeaba sus orillas con la fuerza de un animal salvaje cuando está enfurecido. A medida que progresábamos en nuestra ruta hacia Servoz, las montañas iban incrementando su altura y su belleza, las cumbres más altas quedaban escondidas por las nubes, pero en ocasiones las veíamos recortadas contra el azul purísimo del cielo; sin duda, Dios les concedía el beneplácito que le había negado a la torre de Babel, que de ninguna manera pudo igualar a estas montañas en inmensidad. Nuestra ruta acompañaba los meandros del Arve, que no parecía tan ancho y grandioso como de costumbre. A partir de Cerveaux, el camino se vuelve más montañoso, con una enorme predominancia de las rocas. Cruzamos un puente sobre el Arve que podría competir con los escenarios más hermosos del mundo: el río, blanco por la espuma, rompía con orgullo entre las rocas que se oponían a su avance. Pinos inmensos cercaban la base de la montaña. Los barrancos parecían el resultado de un desprendimiento violento de rocas.
Era como si, al ascender, el viaje fuese volviéndose más hermoso. El río se había convertido en un continuo de espuma que parecía reflejar el blanco purísimo de los glaciares, que desafiaban el cielo. En este escenario blanco, el verdor de los poderosos pinos, que cubrían el horizonte, era prodigioso. Después nos adentramos en el valle de Chamonix, que es mucho más ancho y que contiene campos de cultivo y caballerizas. Las montañas abandonaron su aspecto más amenazador, y los glaciares parecían estar más cerca del camino. Me fijé sobre todo en el glaciar de Bossons: a distancia recuerda a una catarata espumosa que se hubiese congelado en el
aire, y al aproximarnos se apreciaba como el hielo había adoptado la forma de estalactitas y estalacmitas. Al llegar al pueblo, nos ofrecieron que comprásemos como animal de compañía una ardilla que habían atrapado tres días antes. El animal nos dio pena y nos lo quedamos, pero en cuanto la puse sobre la mano me mordió un dedo y tuve que soltarla. Shelley estuvo rápido y volvió a atraparla; cargamos con ella un rato, pero cuando ya parecía resignarse a su cautiverio, nos apiadamos y la pusimos sobre una estaca del camino. El pobre animal estuvo un buen rato preguntándose dónde estaba y qué querían ahora de ella, pero en cuanto logró orientarse se adentró en sus bosques natales.
A medida que avanzábamos, escuchábamos el resonar lejano del trueno, pero el ruido que de verdad nos asustó fue una avalancha que se precipitó por un barranco de roca. Por suerte, la nieve se detuvo antes de invadir el camino, pero, al verse golpeada allí más fuerte por el sol, ha empezado a deshacerse en un torrente. Por la mañana ya se habían producido otros desprendimientos, y los torrentes casi habían borrado el surco oscuro del camino. Nos costó orientarnos. Las mulas iban probando senderos y no siempre acertaban. Llegamos a las siete a Chamonix, fatigadísimos, como si acabáramos de escapar de la muerte.
Lo que más nos llamó la atención del último tramo del camino fue un edicto público del rey de Cerdeña que prohibía a sus súbditos celebrar asambleas privadas. La multa era de doce francos, y, en caso de no poder satisfacer el pago, los ciudadanos podían acabar con sus huesos en la cárcel.
Pero no todo fue truculento, también buscamos piedras curiosas y las guardamos para nuestra colección.
Martes 23.
De buena mañana, justo después del desayuno, nos montamos en nuestras mulas y salimos de excursión para ver el nacimiento del Arveyron.
Habíamos recorrido ya tres cuartas partes del camino cuando bajamos de las monturas y recorrimos el último tramo a pie, sobre un camino de piedras sueltas, aunque algunas eran tan grandes que por un momento teníamos la impresión de pisar un camino homogéneo. Me llamó mucho la atención una fuente de agua que brotaba entre tres glaciares, como si la hubiera situado allí un pintor inspiradísimo. Nos sentamos en una roca para mirar la escena.
La roca también parecía un asiento dispuesto por una mano humana. A la
izquierda quedaba el mayor de los tres glaciares. De manera incesante iba soltando piedras heladas. Se trata de un glaciar muy peligroso, y quedarse justo debajo podía resultar mortal. Nuestro guía nos contó la historia de dos holandeses que visitaron unas cuevas cercanas sin acompañantes y que fueron devorados por un alud. Desde donde estamos, que se supone que es un lugar seguro, aunque a veces cueste creerlo, vemos varias avalanchas.
Algunas son tan pequeñas que parece como si pudieras cogerlas con las manos; otras son enormes y rugen y humean, sacudiendo los bosques de los contornos y dejando restos de hielo en este bellísimo valle. En esta época, el glaciar aumenta a diario de tamaño, y pronto cerrará los accesos del valle.
Probamos la deliciosa agua del Arveyron. Después de la cena, Shelley quiere ver el glaciar de Bossons, pero como estoy segura de que va a llover, decido quedarme en casa. Shelley se va solo, yo me quedo leyendo cuentos de Voltaire.
Miércoles 24.
El día está lluvioso, y nuestra excursión al Col de Balme queda abortada.
Hacia las diez, el clima parece aclararse. Shelley y yo decidimos emprender el camino hacia Montanvert. No se me ocurre nada más desolador que el ascenso a esta montaña. Las avalanchas han arrancado decenas de árboles, y muchos están tan inclinados que casi dan más lástima que los caídos.
Enseguida empieza a llover, buscamos un refugio, y a nuestra espalda vemos un espectáculo estremecedor: una densa niebla blanca se había apoderado del valle. La única vida vegetal visible eran las puntas de los pinos que lograban perforar la niebla. La lluvia era ahora torrencial. Pese a que no habíamos tardado apenas en encontrar refugio, íbamos calados hasta los huesos, de manera que antes de llegar a la mitad del recorrido decidimos volver a casa. Shelley se adelantó, pero tropezó y se hizo daño en la rodilla,
¡en el mismo sitio donde se había lastimado antes! Se desmayó, y durante un buen rato tuvimos que esperar bajo la lluvia a que se recuperase.
Llegamos a la posada tan mojados que los huesos parecían llenos de agua.
Después de secarnos, escribí un relato.
Jueves 25.
El día promete ser bueno, así que decidimos salir a las nueve en dirección a Montanvert. A las doce estamos en la cumbre y contemplamos el Mar de Hielo. Éste sí que es el lugar más desolado del mundo, una luna de hielo.
No se atisba el menor asomo de vegetación, el valle entero está sombreado por enormes montañas heladas. Grietas irregulares, algunas muy profundas, atraviesan el suelo; en los bordes, el hielo es más azul, en contraste con el blanco embarrado de la superficie. Descendemos para cenar en la montaña.
El aire sigue siendo frío, pero aquí crecen muchísimas flores, entre ellas, la preciosa rosa de los Alpes; hay muchísimas de ellas. Bajamos al campo sin prisa. Shelley se acerca hasta la mina de amianto, pero regresa asegurando que allí no hay nada que ver. Regresamos a las seis, fatigados del viaje, pero contentos y asombrados por haber visto aquel muro de hielo que se alzó ante nosotros.
Viernes 26.
Hoy hemos decidido salir a dar un paseo, porque de nuevo la lluva nos impidió ascender por el Col de Balme, como era nuestro propósito.
Volvimos a recorrer el camino por el que llegamos aquí, pero esta vez me pareció mil veces más hermoso. Me fijé sobre todo en la manera como los pinos se mezclaban con una hierba rebosante de flores en las laderas de las montañas. En la cima de una de estas montañas vimos las ruinas de un castillo. Los desprendimientos constantes de piedras se han llevado muchas vidas de hombres y de vacas. Cabalgamos por un valle cubierto de estas cargas líticas asesinas.
Conversación con el guía. Le pregunté sobre la manera de vivir en el campo. Me dijo que aquí la mujer carga con el peso de casi todo: cosechar, preparar el heno… Los hombres trabajan en verano como guías, lo que resulta lucrativo, pues en ocasiones pueden encadenar veinte días con las comidas pagadas por sus clientes. Louis me dice que en otoño se pasa el día cazando; buscan rebecos, que pueden llegar a vender a veinte francos. Si cazan tres en una temporada, suelen darse por muy satisfechos. También cazan ciervos, zorros, marmotas y lobos. Estos últimos son los más rentables: de una piel pueden llegar a sacar doce francos, y cuentan con el apoyo del gobierno. Consideran a los lobos una plaga y han puesto precio a sus cabezas; pagan doce francos por las crías, quince por los adultos y dieciocho por una hembra si está embarazada. La costumbre aquí es casarse bien jóvenes. Ducré se casó a los 18 con una chica de 16. Cuando llega el invierno, muchos hombres van a París. Allí suelen contratarlos como criados de hotel. Marchan porque aquí, en invierno, sólo se pasa hambre;
me reconoce que algunos inviernos apenas hay manera legal de ganarse unos francos. Por suerte, aquí todo es barato; y el clima, suave; si el frío fuese severo, me dice, quizás preferirían morir. Napoleón no llegó a gozar aquí de mucho predicamento, y parecen indiferentes a cualquier clase de gobierno.
Sábado 27.
Día hermosísimo y sin nubes. Salimos a las doce. La jornada avanza calurosa, pero nos refresca una brisa delicada. Pasamos por delante de la gran cascada, que nos ofrece una estampa de singular belleza. El viento levanta partículas de agua que pasan delante de la roca como una gasa de niebla. La otra cascada arrastra muy poca agua, y su efecto no es tan hermoso. Por la tarde, el día es sereno, hermoso y tranquilo. El atardecer es siempre el mejor momento de cada jornada de viaje: los caballos trotaban, y el valle se abrió ante nosotros. Vimos el Jura, y saludamos al lago como quien se reencuentra con un viejo amigo. Después de invertir un buen tiempo preguntando a los lugareños, y de escuchar mucha información equivocada, encontramos el camino y nos apeamos en Diodati.
Conversamos con lord Byron hasta las doce, después bajamos a Chapuis.
No tardamos en acostarnos.
Notas
15 . Protagonistas de Julia, o La nueva Eloísa (1761), la novela más famosa de Rousseau, tan admirada por Mary Shelley.
16 . Mary se refiere a Auge y caída del Imperio romano, la monumental historia de Gibbon, escrita a lo largo de casi toda su vida adulta.
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