Días de Odio, Días de Amor

Christine Taylor · Capítulo 16 de 18

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Días de Odio, Días de Amor

Capítulo 16

–Querida…, ¿de veras quieres hacerlo? – le preguntó Rachel por teléfono, cuando se enteró de la novedad -. ¿Tienes idea de lo que te harán si no logras una excelente actuación?

–Ya veo que sigues teniendo una gran fe en mí.

–¡Querida! Tengo en ti toda la fe del mundo. Es simplemente que no has hecho antes nada semejante. ¿Qué demonios te impulsó a presentarte a la prueba? Seguro que Silver te hubiera conseguido más avisos para la TV u otra película. Debe de haber alguna otra película en puertas.

–No quiero una película. Quiero hacer Vidas privadas… en el teatro, en Londres.

Un suspiro inundó la línea.

–Bueno… si de repente descubres que has naufragado, serás tú la que pagará las consecuencias.

–¡Mamá…, por el amor de Dios! Pasé la prueba y eso significa que alguien cree que puedo hacerlo.

–¡Por supuesto! Y yo estoy segura de que puedes… Sólo que estoy muy, muy preocupada por ti. No quiero que los condenados críticos se te echen encima por algún pequeño error y arruinen todo el buen trabajo de este año.

–Muchísimas gracias, pero no voy a cometer errores, y los críticos no se me echarán encima.

Cerró los ojos elevando una muda plegaria por si acaso su madre con sus

palabras hubiera invocado el desastre.

Cassie le volvió la espalda a las dudas torturantes que despertó en ella aquella conversación con su madre. Discutió sus preocupaciones con el director. Trabajaba tan arduamente en los ensayos como en su tiempo libre, no sólo para aprenderse la obra sino para profundizar en la comprensión de la misma y de la comedia en general. Los ensayos le levantaban el ánimo: el chispeante diálogo tan hábilmente manejado por sus compañeros actores, el elegante vestuario de la década de los veinte, la alegre música de jazz en un par de escenas… Sin embargo, el escepticismo con que se había enfrentado en el festival de cine, en ocasiones volvía a obsesionarla, y lo único que podía hacer para combatirlo era entregarse al estudio de la obra con tanta dedicación como le era posible.

Llegó la noche del estreno…, y el arduo trabajo dio sus frutos.

La representación fue un gran éxito. Con la primera salva de aplausos ensordecedores, Cassie recobró la tranquilidad y descubrió que adoraba el teatro en toda su concepción. La electrizante respuesta del público constituyó una experiencia nueva para ella, así como la atmósfera del camarín y el recibir visitas después de la función. El esfuerzo de realizar una prolongada actuación una noche tras otra, cuando ella estaba acostumbrada a hacer películas y televisión, fue considerable, pero sentía que poseía energías y vitalidad suficiente como para dedicarlas a su papel y que ningún problema era insuperable.

Rachel llevó a un grupo de personas al estreno, y casi estaba radiante de satisfacción y de orgullo. Se congregó un gran gentío en el camarín, y luego hubo una recepción. Cassie la escuchó decir a uno de sus invitados:

–Pero yo siempre supe que estaba predestinada a actuar en las tablas, es instintivo en Cassie, ¿sabes? Cualquier director que no se hubiera dado cuenta anteriormente…

Cassie se volvió de espaldas para ocultar una irónica sonrisa. «Pobre diablo

-pensó-, tener que aguantar semejante sermón.» Pero ella no estaba

dispuesta a pelear esa noche. Era una velada especial…, aun cuando no se hallaba entre el público la única persona que más le habría gustado ver.

Los críticos se mostraron más que generosos, si bien muchos de ellos no pudieron dejar de confesar las dudas que habían tenido con respecto a la capacidad de una actriz tan joven para encarnar a un personaje bastante maduro, pero agregaron que todas las dudas ahora se habían disipado. Se formaron largas colas ante las taquillas del teatro para conseguir localidades. Las funciones se realizaban a sala llena.

Llegó Navidad. Hacía un frío glacial, el cielo estaba despejado y era de un azul hiriente. Cassie fue a pasar las fiestas a casa de su madre. Todo el piso estaba adornado con acebo y un rutilante arbolito de Navidad; en Nochebuena se reunieron con ellas Lewis Johns y su esposa y algunos de los nuevos clientes de Rachel. Lewis le comentó a Cassie que había grandes expectativas con respecto a Campos de batalla y que él esperaba ver una copia con montaje provisional en una fecha próxima.

–¿Sabes si ya tiene fecha de estreno? – le preguntó a Cassie.

–Michael me la dijo, pero la olvidé. Creo que será en la primavera.

–Supongo que ahora me costará un ojo de la cara contratarte para una película, ¿no?

Ella se rió.

–¡Oh, Lewis!

Vidas privadas siguió en cartel hasta finales de febrero, y para ese entonces Cassie había empezado a trabajar en la obra en cuatro partes para la televisión e iniciado las actividades promocionales para la película de Jake.

Seguía en contacto con Melia, la veía cuando disponía de tiempo, y sabía que Jake había hecho una visita relámpago a Inglaterra y regresado a los Estados Unidos. Se fijó la fecha para la premiere. La lenta maquinaria publicitaria adquirió ritmo, y Cassie experimentó una profunda agitación

interior ante la perspectiva del estreno de un filme que le traería recuerdos que ella ya empezaba a sepultar en el olvido. El título definitivo sería Campos de batalla, después de haberse descartado el más original propuesto por Tom y Jake, pues se creía que resultaría más atractivo para los distribuidores. Vio una fotografía de Jake con un breve epígrafe, en el que se señalaba que estaba filmando una película de carácter documental en Norteamérica y tenía planeado realizar en breve un viaje a París. En un par de periódicos dominicales aparecieron sendos artículos sobre la película, y posteriormente Cassie fue entrevistada para las páginas de dos revistas femeninas. Una tarde, en casa de Melia, pudo ver los bocetos del cartel publicitario con su nombre destacado sobre el título del filme, junto al de Martin y Juliet, así como la representación artística de los tres personajes, en la que ella aparecía con los pantalones de pana y empuñando la metralleta.

Como sea que tenía que pasar largas jornadas en los estudios televisivos, y Rachel solía acudir a ellos en algunas ocasiones, Cassie se acostumbró a volver a casa con su madre a altas horas de la noche.

Rachel cada vez estaba más excitada por el estreno de Campos de batalla.

Todo el mundo empezaba a hablar de ella, decía, con complacencia, y realmente, Cassie se mostraba demasiado indiferente ante aquel acontecimiento. En cuanto a Michael Stone, bueno, deberían fusilarle, pues apenas se había ocupado de que la prensa hablara de ella y en cuanto a las promesas de su aparición por televisión…

–Pero no es cierto que yo me muestre indiferente ni que Michael no se ocupe de promocionarla -la atajó Cassie mientras volvían en el coche a Ealing, una noche del mes de marzo, después de dejarse convencer por Rachel de que fuese a cenar a su casa-. He hecho cuanto he querido y no estoy dispuesta a dejarme envolver en toda esa sensiblería que rodea al estrellato. No es eso lo que yo busco y tampoco es ésa la finalidad de la película.

–Pero por supuesto que no, cariño, ni nadie está sugiriendo que deberías ofrecer una falsa imagen, pero, demonios, éste es el momento crucial de tu

carrera. Lo siento en los huesos. Lo sé por todo lo que se dice. ¿Por qué diablos la semana pasada no fuiste a ver la copia provisionalmente montada para la banda de sonido con Michael? Él ni siquiera insistió, y si hubieras ido, por lo menos ahora estarías en condiciones de decir algo coherente sobre ella cuando te entrevisten.

–Me reservo para el estreno. Sería mortal verla más de una vez. Y puedo ser muy coherente hablando de la película aun sin haberla visto.

Rachel rezongó.

–Esta no es como Ocho días, ¿sabes? Esta vez tienes que…

–Mamá, deja de querer gobernar mi vida de nuevo. Sé exactamente lo que estoy haciendo.

Cassie volvió la cabeza para mirar por la ventanilla, y Rachel siguió hablando de otras cosas. Pero no pudo apartarse de la cuestión durante mucho rato. Muy pronto volvió a referirse no sólo a la película sino también al tema hasta entonces prohibido de su relación con Jake.

Cassie no le contestaba, y Rachel se envalentonaba ante aquella aparente falta de oposición. ¿Acaso Cassie no se había percatado de que la prensa deseaba saber más detalles acerca de su separación de Jake?, le preguntaba.

Ya era hora de que empezara a pensar seriamente en dar los primeros pasos para obtener el divorcio. Cassie miraba a su madre, escuchándola en silencio.

–Al fin y al cabo -decía Rachel cuando entraban en el piso de Ealing-, no quedaste embarazada. No tienes nada que perder. ¿Por qué no vas a ver a un abogado en seguida? No te conviene tener un matrimonio inútil sobre las espaldas, cuando tienes tantas cosas que hacer. Y además, es posible que él desee ser libre.

–¡Madre! – exclamó Cassie, por fin. No comprendía la calma de que daba muestras su madre-. Mira, él ya es libre. Tal vez no quiere volver a casarse.

Rachel reconsideró sus palabras.

–Tal vez no. Y teniendo en cuenta que la película se estrenará dentro de un par de semanas, posiblemente la chismografía sobre el divorcio perjudicaría tu reputación.

–Por el amor de Dios, mamá. Además, tenemos que haber estado casados durante un año y separados durante dos para poder siquiera iniciar los trámites; se lo pregunté a Michael. Eso es probablemente lo que Jake está esperando.

Rachel encendió las luces de la sala de estar.

–No sé por qué eres tan considerada para con sus sentimientos. Por lo poco que has tenido la condescendencia de contarme acerca de tu matrimonio, te garantizo que no se perderá mucho amor. Y por el secreto con que tratas este asunto, no se me ocurre qué cosa tan terrible ha podido suceder entre vosotros dos.

Cassie se quedó mirándola con asombro.

–¿Qué querías saber sobre mi matrimonio? Detestaste la sola idea de que me casara con Jake, porque así me arrancaba de tus garras; luego, cuando volví a Inglaterra y te dije que nos habíamos separado, te importó un comino. Tuve la impresión de que quizá te dolería conocer todos los detalles de la desgraciada experiencia, pero estoy empezando a pensar que nada…, nada, salvo un ladrillo que te cayera en la cabeza, podría dolerte.

–¡Cassie! – Rachel se quedó pasmada-. Ya es suficiente.

De repente a Cassie le abandonaron las ganas de proteger a Rachel.

–No es suficiente -replicó, quitándose la chaqueta-, pero lo será si te convences de una vez por todas que ya no soy el mismo artefacto mecánico que solías manejar. Las cosas han cambiado.

Rachel arqueó las cejas.

–¿Artefacto mecánico? Todo lo que hice fue apoyarte, durante todos los pasos que diste en el camino hacia la culminación de una espléndida carrera.

Cassie soltó una breve risita.

–Lo que hiciste fue arrastrarme a lo largo de todo el camino hacia la consecución de tu idea de lo que es una espléndida carrera.

–Y supongo que mi ayuda nada tiene que ver con el éxito que te sale al encuentro en estos momentos, ¿verdad? No puedes negar que mis métodos dan resultados. Oh, sí, estoy segura de que ahora me dirás que te casaste con Jake Brodie y por eso lograste actuar en su película. Pero fue gracias a mi método que llegaste a ese punto en tu vida.

Cassie la miró fijamente.

–¿El punto en que me casé con un hombre al que no conocía con el solo fin de escapar de ti?

–¡Vaya! Si eso es cierto, fíjate en lo bien que te ha salido. No llevabas ni cinco minutos de casada con él, que ya te separaste.

–No deseo hablar de mí y de Jake. Eso terminó. Pero simplemente no quiero que me vengas cantando loas a tus métodos.

Cassie cruzó la sala hacia la chimenea, pasando ante la pared de la ventana, con las fotografías que abarcaban toda su vida, la de su padre y dos generaciones dedicadas al arte cinematográfico.

–Siempre pusiste todo tu empeño en evitar que me enamorara, saliese con muchachos e hiciera todas las cosas que suelen hacer las adolescentes -dijo con aire meditabundo. Luego miró a Rachel-. Creo que, después de todo, te

contaré lo que pasó con Jake. No me casé con él sólo a causa de ti, sino porque me porté como una estúpida con Martin Lowell. Nunca supiste que estaba enamorada de Martin, porque tú jamás lo hubieras permitido. ¡Oh, qué estúpida fui! Y la noche de la fiesta de Lewis, cuando él anunció su compromiso, me emborraché, y tuve miedo de enfrentarme contigo…, tal como papá debía de tenerlo, en el pasado: miedo de ver cómo te burlabas y destruías algo que era muy precioso y dolorosamente querido.

–¡Cassie!

–Es cierto. – Mientras contemplaba a su madre desde el otro lado de la sala, le vino a la mente el recuerdo de su padre y de aquellos lejanos años-.

Cuando desaparecieron los estudios, buscó refugio en ti, pero tú no tuviste ni pizca de conmiseración. Creo que habría sido capaz de soportar cualquier cosa, si tú no le hubieras demostrado tan palpablemente que en tu vida no había lugar para el fracaso.

Rachel se sentó lentamente en uno de los sofás.

–No sabes de lo que estás hablando.

–Yo intenté contártelo todo. Pero aquella tarde tenía una prueba cinematográfica. Telefoneaste al apartamento de Jake mientras yo estaba allí y la única cosa que te preocupaba era saber si había dado un traspié ante Prentiss Hammond. Cuando llegué a casa, no quisiste escucharme. No te estoy censurando… fui yo quien decidió casarse con Jake, pero, ¡santo Dios, qué fiasco!

–¡Pero fue por ti! Todo lo hice por ti, por tu carrera…

–No finjas más. Mi carrera ha sido la razón de tu vida, que te mantuvo en pie.

Rachel meneó la cabeza.

–¿No puedes comprenderlo? Fue por ti. Sé que no he sido una mujer

maternal. Todas no hemos nacido para dedicarnos a las labores domésticas y a la crianza de los hijos. Deberías reconocer que tú siempre hiciste tu voluntad a pesar de mis esfuerzos, según dices, por gobernarte u organizar tu vida.

Miró a Cassie con franca expresión, y la malicia y el resentimiento que habían marcado sus confrontaciones anteriores se disiparon por completo.

–Siéntate -le dijo-. Por favor.

Cassie se dejó caer en una butaca.

–Hubo cosas entre tu padre y yo que tú jamás podrías entender, aunque te las explicara, pero debes comprender esto: yo apoyé a tu padre en todo lo que hizo. Tú a eso lo llamas gobernar la vida de los demás, pero existe otra cara de esa moneda. Le brindé toda la ayuda que necesitó en su carrera, del mismo modo que hice cuanto pude por ti, pero luego, cuando desaparecieron los estudios, cuando él más me necesitaba, no quiso que estuviera a su lado. Sólo conozco una forma de dar; quizá sea una mala manera de hacerlo, pero es la única que conozco. Y cuando tu padre se negó a aceptar lo que yo podía ofrecerle en aquel momento crucial, fue como si me hubiera arrojado a la cara todos los años de mi vida como su esposa. Yo no le desprecié, como tú pareces creer. – Le flaqueó la voz-. Las cosas no son tan taxativas en la vida real.

»Lo que pasó entre nosotros fue más complejo, Cassie, más vasto. Tú hablas de amor…, pero ¿dónde estaba el amor, cuando nuestros problemas financieros eran ventilados en todos los periódicos, cuando tuvimos que suspender el rodaje de las películas en curso de realización y despedir a innumerables personas? Algunas de ellas eran íntimos amigos nuestros.

Algún imbécil te dirá que lo único que se necesita para hacer frente a una situación semejante es amor; pero no es así. Tal vez lo sea para algunas personas, pero no lo fue para nosotros. De pronto te das cuenta de que ha pasado el tiempo, que ambos os habéis hecho viejos y que no habéis madurado juntos como hubiera sido de desear. Y las cosas que nos habían unido al principio habían dejado de existir. ¿Cómo crees que se siente una

ante esa realidad? Oh, sí…, soy lo suficientemente lúcida y estoy tan carente de ilusiones como para reconocerlo. O supongo que lo soy. Si hubiese sido más… más débil, habría sucumbido bajo las primeras palabras crueles.

–No tenías por qué ser débil -dijo Cassie.

Rachel se encogió de hombros.

–Lo volqué todo en ti…, tienes razón. Lo hice porque simplemente tenía que hacerlo. Aún me quedaban energías y espíritu de lucha; en cambio Joe ya no tenía ni una cosa ni la otra. Y yo quería que tú fueses una gran actriz, por supuesto que lo quería, ¿por qué no? Tenías talento. Se notaba; brillaba con luz propia en todo tu ser, ¡y qué alivio era constatarlo cuando todo lo demás parecía tan muerto y acabado! Ese talento era demasiado precioso para desperdiciarlo en muchachos y estúpidos idilios amorosos. También Joe deseaba que triunfaras. Y lo mismo querías tú. Era natural en ti. Y mira lo que ha sido de tu carrera en los últimos años. ¿Puedes honestamente afirmar que nunca deseaste ser parte de esto?

–¡Claro que no! – Cassie escrutó el rostro de su madre-. Pero… la gente tiene que vivir su propia vida. ¿No podíais haberme concedido ese favor?

–Si te refieres a los muchachos, o a las relaciones amorosas, no estoy tan segura. – Rachel la miró con severidad-. Cassie, yo quise ahorrarte todo eso, pues lo único que acarrea es frustración. Mira lo que te ha pasado con Jake.

Oh, el sexo no es todo lo que se pretende que es. Mucho ruido y pocas nueces. No proporciona ni una décima parte de la satisfacción que puede brindar el trabajo. Quizá no es así para otras personas, pero para mí…, bueno, así fue y será siempre. Soy una mujer a quien le encanta trabajar, Cassie. No me censures porque quise proporcionarte algo positivo y provechoso, en vez… en vez del fracaso que nos sobrevino a Joe y a mí.

Una sombra de tristeza oscureció sus ojos.

–Yo disfrutaba trabajando con él. Hice todo cuanto pude para ayudarle,

cuando se cerraron los estudios. Hice de escudo para él; alejaba a los entremetidos cuando él estaba tan saturado de alcohol que tenía que sostener el vaso con ambas manos. Yo me interponía en el camino, para que el resto del mundo no viera cuan asustado estaba.

–¿Asustado? Papá nunca estuvo asustado.

–¿No? – Los labios de Rachel se curvaron en una incipiente sonrisa-. ¿Por qué no? ¿Porque los hombres nunca tienen miedo, nunca se sienten inseguros ni son vulnerables como tú y yo? Joe había perdido todo. Estaba asustado, claro que lo estaba. Y yo lo sabía, y sin embargo, por alguna razón, debíamos fingir que todo estaba perfectamente bien. Yo no sé por qué. Tal vez por aquel entonces ya estábamos demasiado distanciados como para poder conversar abiertamente, y como decía, no habíamos madurado juntos como debíamos haberlo hecho. De manera que él se aferró a la imagen de gran jefe de la industria cinematográfica, y yo le ayudé a conservarla. Pero, sin duda, estaba asustado.

Rachel fijó la vista en sus manos. Se produjo un breve silencio. Luego, agregó en voz baja:

–Es muy tarde para hablar de todo eso. Mucha agua ha corrido por el río, Cassie. Lo único que pretendía era hacerte ver cómo sucedieron las cosas.

Créeme; quise a tu padre de la única manera de que era capaz…, del mismo modo como te quise a ti.

Se puso de pie.

–¡Oh, sí, yo te quiero! Tal vez no te guste mi manera de demostrártelo, pero te quiero.

Se acercó al desordenado escritorio, cogió un par de papeles de una pila y los examinó. Una profunda tristeza ensombreció su rostro un instante, pero a medida que leía se suavizaba su expresión, y luego dejó los papeles sobre la mesa.

–Voy a preparar la cena -dijo.

Cassie la siguió con la mirada hasta que salió de la sala y después sus ojos se posaron en la hilera de fotografías de la pared, para pasar acto seguido al armario donde se encontraban los majestuosos trofeos de plata que su padre había obtenido. Volvió a dirigir la mirada a las fotografías. Se levantó y se acercó a ellas.

Cuando había vuelto para visitar a Rachel después de haberse casado con Jake, no tuvo el coraje de arrancar sus propias fotos. Hubiera sido un sacrilegio. Todas aquellas fotos simbolizaban algo por lo que Rachel había luchado, sin lo cual se sentiría perdida, y de pronto no resultaba tan difícil imaginarse a Rachel perdida. Innumerables rostros le devolvían la mirada.

Martin se encontraba allí. Así como también un Freddie Chase mucho más joven, en una escena de una vieja película de guerra en el mar, de pie en la cubierta de un destructor de utilería junto a su padre, ambos riendo. Su padre y Hitchcock. Rachel con Cassie, a la edad de cuatro años, en un plató.

Y otra foto que ella había contemplado muchas veces recientemente, y que le sorprendía que su madre la hubiese colgado junto con las demás. Se veía a ella y a Jake en el día de su boda, custodiados por Michael Stone al pasar entre el grupo de fotógrafos. Cassie se fijó en su vaporoso traje de color malva, en los negros cabellos y la chaqueta de Jake, que estaba riendo, al igual que Michael. Había mucha gente a su alrededor.

La descolgó. Si cerraba los ojos, podía recordar la fragancia del agua de colonia que él llevaba, el olor de su piel; y le parecía oír el tono grave de su voz, y su risa, en algún momento del rodaje del filme, que tanto tiempo llevaba sin escuchar.

Observó la foto con atención. Los hombres, tan inseguros… y tan vulnerables como ella. Cuan extrañas le habían sonado aquellas palabras, viniendo de su madre. Y sin embargo cuan singularmente familiar le resultaba el sentimiento que despertaron en ella. Jake…

Y de pronto supo cómo era. Le pareció que le conocía mejor de lo que nunca había imaginado que podría llegar a conocerle. Sin largas charlas y

sin tener que trasladarse a ningún puerto lejano, sabía quién era y cómo era.

No había misterio alguno que desentrañar, ni ningún truco. Le conocía porque era como ella.

Volvió a mirar la fotografía, rememorando el fresco día de primavera y el sol reflejándose en las columnas del Marble Arch. Todo cuanto había sucedido entre ellos se debía a que ambos eran iguales: apasionados, indagadores, ambiciosos, afectuosos… y recelosos y sensibles en un mundo donde constantemente se tenía que decir una cosa y pensar otra.

Súbitamente comprendió la causa de sus arrebatos de ira y las escenas de violencia, que contrastaban de una manera tan asombrosa y sorprendente con el ardor que les envolvía cuando todo andaba bien. Él la había amado, y ella le había correspondido. Se habían casado obedeciendo a un impulso desatinado y luego siguieron juntos porque se necesitaban el uno al otro, porque en lo más profundo de su ser había una fuente inagotable de amor que había manado perfectamente, en mutua correspondencia.

Cassie se sentó, temblando. Le embargó la emoción y por un instante experimentó un intenso y mudo goce. En algún lugar del mundo se hallaba Jake…, y estaba vivo, estaba allí. Él era su otra mitad, y ella la había encontrado.

«Si hubiera podido hacerle saber de una manera u otra que le amaba… -

pensó-. Pero ¿cómo podía hacerlo, si apenas me conocía a mí misma, y si aún seguía viendo a Martin a mi alrededor, y su presencia me recordaba cómo habían ido las cosas con él? ¡Martin! Ni siquiera le hice saber a Jake que Martin ya no me importaba un comino. Y luego, después que tuvimos aquella riña la noche de la tormenta, yo creí que se veía con Mireille, y me puse tan furiosa y sentí tantos celos de ella y de todas las mujeres que debía de haber tenido, que ni siquiera podía pensar con cordura. Oh, pero ahora todo eso no importa. No me importa con quién se haya acostado, si soy sincera conmigo misma… Yo podría haberme acostado con otros hombres, pero ninguno significaría tanto para mí como Jake. Le amo. Y le comprendo.»

¡Cuan bien le comprendía! Le amaba y era incapaz de admitirlo; así había

seguido, levantando barreras.

Pero ahora ya no había necesidad de poner obstáculos. Jamás volvería a ser necesario. Se puso de pie en la sala silenciosa y se sintió viva y libre, y el cansancio producido por la larga jornada en el caluroso y polvoriento estudio de televisión desapareció. De alguna manera tenía que volver a estar con Jake. Posiblemente él aún se encontraba en los Estados Unidos, pero de repente nada resultaba demasiado improbable. Tenía que encontrarle porque le amaba, y él la amaba a ella. Si en verdad Jake aún la quería, nada podría lastimarles de nuevo a ninguno de los dos.

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