Días de Odio, Días de Amor

Christine Taylor · Capítulo 6 de 18

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Días de Odio, Días de Amor

Capítulo 6

Cassie comenzó a ir a la escuela de danza todas las mañanas y cada día memorizaba una columna del diario para ejercitar la memoria. Muy pronto conseguiría un papel y tenía que estar preparada para aprendérselo.

Necesitaba trabajar, y sabía que debía pensar en buscar un apartamento. Ni ella ni Jake se habían referido a la pelea que tuvieron después de la boda de Martin, y, aunque existía cierta tensión entre ellos, su trato volvía a ser cordial. Cassie logró dominar su orgullo y telefoneó a las oficinas de Prentiss Hammond; después de la primera vez que le dijeron que él había salido, le resultó mucho más fácil insistir, si bien recibió la misma respuesta una y otra vez.

Jake estaba constantemente ocupado en su proyecto con Tom Byron, de modo que Cassie se sorprendió cuando una mañana, hacia el término de su clase de danza, le vio a través de los cristales de las puertas de vaivén de la escuela, apoyado en la pared del pasillo. Se preguntó qué podía haberle alejado de sus ocupaciones, pero, como estaba bailando -y lo hacía muy bien, según pensó, complacida -, no pudo salir para preguntárselo. Sabía que la malla azul marino que llevaba realzaba su figura y se daba perfecta cuenta de que Jake la contemplaba con admiración, del mismo modo como no se le escapaban las miradas disimuladas que las otras muchachas le dirigían a él. Al terminar la clase, Cassie cogió la toalla, se la puso alrededor del cuello y salió al pasillo. Aún le faltaba el aliento, tenía la piel sudorosa y brillante, y se le había desprendido el pelo del rodete con que se lo había recogido.

–¿Te gustó? – le preguntó a Jake.

Él, con sus vaqueros viejos y una impecable camisa de algodón, sonreía plácidamente y la observaba con detenimiento.

–Mucho más que el Museo Británico.

–¿Allí estuviste?

–Viendo unas viejas fotografías de la guerra. En este momento hay una exposición. Luego fui al Museo de Guerra.

–Bueno, todo eso suena muy tremendo.

–Estás en muy buena forma esta mañana.

–Tú, también -repuso ella, viéndole sonreír de aquella manera tan simpática que siempre la obligaba a devolverle la sonrisa -. Es evidente que los dioses te son propicios.

–Puede ser. Al menos, tengo buenas noticias, y pensé pasar a buscarte para contártelas.

–Me preguntaba qué estabas haciendo aquí. Las otras chicas estaban encantadas de tener público, como ya lo habrás notado.

Él se esforzó por parecer indiferente.

–Yo sólo tenía ojos para ti, como dice la canción.

–Eres un mentiroso. – Realmente Jake estaba de buen humor, y como era contagioso, ella se echó a reír-. Bueno, adelante. ¿Cuáles son las noticias?

Sin embargo, no precisaba preguntarlo. Se trataba de Rebeca. Seguramente se había enterado por algún conducto que le habían otorgado el papel y había ido directamente a decírselo. ¡Cuan característico de Jake era eso -si podía decirse que algo era característico de él-: abandonar su invalorable trabajo para llevarle una buena noticia y luego fingir que eso no tenía ninguna importancia!

–¿De qué se trata? – insistió.

–Te lo diré en el camino a casa. Ve a vestirte. – Cuando ella se dio la vuelta para irse, él lanzó un suspiro-. ¡Cielos! Nunca imaginé que llegaría un día en que oiría mi propia voz diciéndote una cosa semejante.

Ella simuló un bostezo y luego le preguntó:

–¿Vas a esperarme aquí?

–No. El Morgan está enfrente. Te esperaré allí.

–Pero si tienes el coche ahí enfrente, ¿por qué no me esperaste en él?

Jake se encogió de hombros.

–Quizá deseaba ver una escuela de danza por dentro.

–¿Ah, sí? ¿No será que deseabas ver a unas cuantas chicas bailando muy ligeras de ropa?

–¿Quién, yo? – Riendo, Jake se alejaba por el pasillo-. Anda…, ve a vestirte.

Con el corazón rebosante de felicidad, Cassie traspasó las puertas de vaivén, cruzó las salas vacías con suelo de madera y entró en el vestuario.

Estaba más impaciente por marcharse y más excitada de lo que recordaba haberlo estado en mucho tiempo. Una compañera de su clase que se había quedado rezagada le salió al paso cuando se disponía a irse.

–Recientemente he visto tu película… Ocho días -le dijo-. Es fantástica.

Quiero decir que tú lo eres.

Cassie le dedicó una radiante sonrisa.

–Eres muy amable, gracias.

«Gracias, gracias, gracias», pensaba mientras bregaba con la cremallera de los vaqueros.

–Sólo espero no haberte molestado al abordarte de esta manera. Debe de ser un fastidio que te reconozcan en todos lados.

Cassie rió.

–Debe de serlo… Ojalá yo tuviera ese problema.

La muchacha también rió, sin creerla.

Se despidieron, y Cassie cogió la bolsa deportiva y se la colgó del hombro.

Abrió la puerta con el codo, salió al pasillo y enfiló la escalera. En la calle, el sol del mediodía calentaba bastante; la feria callejera estaba abarrotada de gente, y en el otro extremo, un camión cisterna avanzaba lentamente, regando la calzada. El Morgan se hallaba en el otro lado de la calle, y Jake, apoyado en un parquímetro, leía el diario.

Bajaron hacia Leicester Square con la radio del auto puesta. En los cafés y las cervecerías había un enjambre de gente; el tránsito estaba pesado y el aire se teñía de un tono azulado por los gases de combustión de los vehículos.

Jake guardaba silencio, y Cassie se moría de impaciencia.

–Bueno -dijo ella al fin-, no me tengas sobre ascuas. ¿Qué viniste a decirme?

Se habían detenido ante un semáforo, y él le sonreía.

–Se trata de un papel para ti. El papel más fantástico que nunca hayas interpretado.

A Cassie se le cortó la respiración.

–¡Lo sabía! Rebeca. ¡Oh, Jake, note imaginas…!

–No, Cass. No se trata de Rebeca, sino de un papel mucho mejor que ése.

Cambió la luz, y el coche siguió adelante. Cassie se dejó caer contra el respaldo del asiento y contempló por la ventanilla la ciudad que ahora ya no le parecía tan atractiva.

–No voy a decirte nada sobre él -prosiguió Jake -. Te llevaré a casa para que puedas leer el guión. Tu papel es el del personaje central. No es un papel estelar, ni característico como el de Ocho días, ni tampoco compartido con un actor. Es el de la protagonista.

Cassie le miró fijamente.

–¿No es un poco desconsiderado eso de hablarme de un papel principal, cuando sabes perfectamente que lo que yo espero es tener alguna noticia sobre el de Rebeca?

Andaban recorriendo las calles laterales de Oxford Street, y Jake no respondió en seguida. Luego dijo:

–No te dieron el papel de Rebeca. Se lo dieron a otra.

Más tarde, a Cassie le parecía absurdo haberse sentido tan optimista ante la posibilidad de conseguir un papel que ella misma había prácticamente echado por la borda debido a la manera en que trató a Prentiss Hammond.

Pero lo que no esperaba, y que transformó su desengaño en amarga consternación, fue la parte de la noticia que Jake se negó a darle hasta que llegaron al apartamento. La «otra» a quien le habían otorgado el papel de Rebeca era una principiante, según le dijeron. Y la principiante era nada menos que Elaine.

Cuando Jake dejó caer aquella bomba, Cassie estuvo a punto de dar rienda suelta a su ira, profiriendo una retahila de rutilantes juramentos. Pero logró contenerse y se quedó mirando a Jake, sin poder proferir palabra.

–¿Qué has dicho? – logró articular al fin.

Él extendió las manos en un gesto de resignación.

–Es cierto. Tuve que recurrir a mis influencias para averiguarlo.

–¡Elaine! ¡Oh, no puedo creerlo! – El horrible descubrimiento puso a Cassie hecha una furia -. A mí me gustaría recurrir a otros medios…, cogería una soga, se la pondría alrededor del cuello y no dejaría de apretar hasta que sacara un palmo de lengua, la muy… la muy…

Con los puños cerrados se paseaba arriba y abajo por la sala. Jake se dirigió al aparador.

–Te serviré un trago para que te calmes un poco -le dijo.

–¡Yo no quiero un trago! ¡Quiero asesinarla!

–De cualquier manera, tómate una copa.

–¡Oh, me gustaría descuartizarla, arrancarle los miembros de uno en uno, a la muy zorra! Aceptemos que yo ofendí a Hammond en la fiesta, pero y ella, ¿qué hizo? ¿Acostarse con el viejo idiota? ¿Significa eso que ella no protestó cuando le metió la mano bajo el vestido? ¡Es un bastardo! ¡Oh, es un…!

–Estoy seguro de que ambos sabrían apreciar tus cálidos sentimientos.

–¡Oh, Jake…! – Cassie se volvió hacia él muy seria-. ¡Jake, sé que estoy furiosa, pero es que ni siquiera es actriz! Haber perdido ese papel ya es bastante penoso, pero haberlo perdido por una tía que tiene todo el dinero y el bienestar del mundo…

Jake se volvió con dos vasos en la mano y le ofreció uno a Cassie.

–Ello no basta para que algunas muchachas traten de abrirse camino hacia el estréllato. Y tú y yo podríamos nombrar, probablemente, a media docena de los así llamados grandes astros y estrellas que lo único que saben hacer es lucir su cara bonita.

–Pero ¿qué es lo que hizo? – inquirió ella-. ¿Qué pasó…, cómo sucedió?

¡Oh, cómo pudo suceder! – Se sentó en el borde del sofá. Distraídamente tomó un sorbo del gin-tonic que Jake le había preparado-. ¿Tú crees…, supones acaso que fue Martin quien le consiguió el papel?

Él hizo un gesto de impaciencia.

–¿No podemos mantener una conversación sin que forzosamente tenga que surgir el nombre sagrado? No; puedo asegurarte que Martin Lowell nada tuvo que ver en esto. Por lo que pude averiguar, el hecho se produjo por dos razones. Una de ellas es que su papá posee en abundancia esa fruslería que Prentiss ama más que a su propia vida: dinero. La otra es, según parece, que Elaine siempre aspiró a ser actriz.

–¡Oh, Dios santo! – Cassie cerró los ojos-. Debo de haber estado en la luna para no darme cuenta de que pasaría esto. Y quieres decir que Prentiss Hammond está dispuesto a arriesgar una fortuna en una producción como ésa, apostando por una chica que…, bueno, por todos los diablos, ni siquiera es inglesa.

Jake sonrió.

–No seas ingenua, Cass. Para eso están las clases de dicción, y, por otra parte, Elaine tiene el cabello del color apropiado. Además, por lo que me han dicho, no carece de experiencia en las tablas. Actuó en un par de representaciones teatrales en la escuela de enseñanza media y en un espectáculo de beneficencia en Nueva York, y luego ha posado como modelo para las revistas que gozan de más fama en la alta sociedad. Todo esto parece haberle servido de incentivo para probar suerte en el loco mundo del cine.

–Pero ¿por qué en Rebeca? ¿Por qué no en alguna aventurada empresa hollywoodense, ya que seguramente su padre es persona influyente en su propio país?

–Sí, pero Rebeca será una producción muy importante, y Hollywood ya tiene un buen cupo de ingenuas que prometen. Y me inclino a creer, como tú, que Elaine es una mujer astuta. Digamos que supo aprovechar tu momentánea caída en desgracia en la fiesta, para demostrale a Prentiss cuan serena, juiciosa y digna de confianza es…

–¡Oh, mierda!

–…, y parece que él se quedó prendado. De eso, y del dinero de su papá. Es el caso típico de la dulce ingenua de ojos tiernos que aguarda entre bambalinas a que la actriz principal se rompa el pescuezo.

Cassie exhaló un profundo suspiro.

Estaba demasiado aturdida como para sentir algo más que un intenso resentimiento.

–Nace una condenada estrella -musitó-. ¡Y tú, no te rías! – espetó a Jake, fulminándole con la mirada.

–Ah, querida, a mí me parece tan disparatado como a ti. Pero así son las cosas en esta actividad…, y tú lo sabes. Probablemente, Elaine conseguirá que la película sea bastante aceptable en ambos lados del océano.

–¡Ja! No logrará nada de eso… Se moverá melindrosamente en el plato haciéndose la prima dona y quejándose de que todo es excesivamente pesado para ella, y cuando se tengan las primeras copias de las escenas filmadas aparecerá con el romántico encanto del culo de una vaca.

–Vamos, no eches a perder un saludable estallido de ira cayendo en meras conjeturas maliciosas, Cass.

Pero Jake sonreía cuando se dio la vuelta, y ella le miraba sintiéndose invadida por una inesperada oleada de afecto.

–Tú estás de acuerdo conmigo, ¿no es cierto?

Él tomó un trago de su vaso.

–Sí -repuso, guiñándole el ojo-, pero sólo en el hecho de que no encaja en el papel. Tú lo habrías hecho mejor.

Cassie suspiró malhumorada.

–Por supuesto.

Estaba sentada con los pies recogidos sobre el sofá, con la vista fija en la bebida, y él advirtió con creciente admiración que el arrebato temperamental se había esfumado y que ella no hacía más que constatar un hecho.

–Pero ésa es sólo la parte mala, Cassie. La parte buena es que no vas a estar atada a lo que realmente iba a ser tan sólo otro papel para una chica bonita.

–¿Cómo puedes decir eso? Rebeca es una gran novela.

–Sí, lo sé, y se convirtió en una buena película, pero no estoy muy seguro de lo que Prentiss pretende hacer con ella. Lo importante ahora es el guión que tengo para ti, Campos de batalla. Quiero que olvides toda la decepción y el rencor que ha engendrado este asunto y que lo leas. Ahora mismo.

–¡Oh, Jake! – Cassie se pasó los dedos por los cabellos-. No puedo, no en este momento. No estoy de humor para eso.

–Bueno, pues tendrá que ponerse de humor, señora Brodie.

Jake hablaba tranquilamente, pero con una determinación que la inquietaba.

–Pero…, pero es que no sé nada sobre ello. Quiero decir que nadie ha comentado que se estuviera planeando una nueva película, nada se ha rumoreado.

–Claro que no has oído nada. Hemos estado trabajando en el más absoluto secreto.

De repente Cassie lo vio todo claro.

–¿Hemos? ¿Te refieres a Tom Byron, Michael y tú?

–En efecto. Mira, Tom Byron seleccionó este guión hace bastante tiempo, y él y Michael Stone serán los productores. No te hablé antes de esto, porque estabas esperando que se definiera la cuestión de Rebeca, y además había otras razones, que no vienen al caso. Pero ¿recuerdas lo que te dije acerca de un guión que te llevaría al estrellato?

Cassie se puso de rodillas sobre el sofá.

–Recuerdo que hablaste de sudor y lágrimas.

–Bien. Porque vas a tener que poner mucho de eso en la película, si aceptas el papel, y estoy seguro de que no lo rechazarás. Vas a tener que poner toda tu alma en la empresa y actuar como nunca lo hiciste antes.

–Pero ¿de qué se trata? ¿Quiénes integrarán el reparto? Él se puso de pie y fue a servirse otro trago.

–La película se rodará casi totalmente en escenarios naturales, en Francia.

Tom y Michael ya han elegido los lugares y estamos prácticamente listos para empezar.

–¿Con qué…, con las deliberaciones sobre el guión?

–No. Con el rodaje.

–¡Dios mío! – exclamó ella, asombrada-. ¿Cómo os las arreglasteis para llegar tan lejos con un guión fantástico sin que se supiera?

–Vamos, Cass, ya conoces este mundillo. Habría bastado que trascendiera una sola palabra sobre este proyecto y ya tendríamos a otras tres compañías filmando juntas, en aquel lugar, una versión de segunda categoría. Incluso tuvimos que tomar precauciones al tantear a los agentes de los demás artistas que queríamos contratar. En estos momentos ya estamos alineados y listos para dar los toques finales. Tenemos un distribuidor y también el dinero. Tom y yo hemos estado trabajando en el guión, y Michael anduvo zumbando como un tábano para ultimar los demás detalles. Estamos listos para iniciar el rodaje en cuanto se hayan firmado los contratos con el personal técnico.

–Pero… el reparto, el equipo, los escenarios naturales… -balbucía Cassie, aturdida -. Es imposible que lo tengáis todo resuelto como para empezar a filmar.

–Es posible y lo hemos hecho. Pero aún quedan cosas por resolver.

–¿Y no me lo dijiste… porque esperabas la respuesta acerca del papel en Rebeca?

–Bueno, había otras razones. Se tenía que programar el resto del reparto…, buscando de equilibrar las distintas personalidades.

–¿Y habrá habido alguna otra razón más poderosa? – inquirió ella.

Jake hizo un gesto como para quitarle importancia.

–Y si la hubo, ¿qué? Ahora ya está todo resuelto.

–¿Qué pasó?

–No te gustará saberlo.

–Dímelo.

–De acuerdo. La otra razón fue que a Tom Byron no le complacía especialmente que fueses tú la protagonista.

–¡Vaya! – Cassie se hundió en el sofá, descorazonada-. Sorpresa, endemoniada sorpresa -dijo con sorna, pero se sentía herida.

–Tranquilízate, Cassie. Pensaba que yo estaba influido por ti.

Ella hizo caso omiso del tono irónico de su voz.

–No veo cómo podría trabajar con un tipo como ése -dijo.

–Algunas personas creen que posee mucho talento.

–¡Oh, yo no me refería a eso! Quiero decir que me odia a muerte. Tiene la impresión de que soy una especie de buscadora de oro, y yo no puedo hacerle cambiar de opinión, y como tú probablemente lo encuentras muy divertido, tampoco lo harás.

–¿Porqué tendría que encontrarlo divertido?

Ella se sintió molesta.

–No volvamos a empezar con eso, Jake.

Se quedó callada pensando en Tom Byron; entonces tuvo una corazonada y miró a Jake.

–¿Vas a dirigirla tú?

Él esbozó una torcida sonrisa.

–No. La dirigirá un extraterrestre.

Eso era. Ésa era la razón por la que se hallaban juntos, una de las razones por las que se había casado. Ella no se había forjado ilusiones aquel día, semanas atrás, y sin embargo allí estaba escrutándole el rostro, esperando, quizá estúpidamente, descubrir algo más que la mera satisfacción de ver culminar una transacción comercial. Pero esa tarde, la cara de Jake no dejaba traslucir sentimiento alguno.

–Para tenerlo todo listo… -vaciló unos segundos y luego prosiguió con calma -, bueno, debe de hacer un siglo que trabajas en ello.

–Sí. La mayor parte del año.

–¿Todo planeado… todo maquinado?

–¿Qué estás tratando de decir, Cassie?

Ella se levantó y se dirigió a la ventana, debatiéndose de nuevo con la idea de que era simplemente una pertenencia.

–Nada…, nada, realmente.

¿Qué importancia tenía? Ella se había metido en aquello con los ojos bien abiertos. ¿Por qué tendría que importarle? ¿Por qué tenía que parecerle tan frío aquel pacto?

–¿No te gusta la idea de que te dirija yo?

–Sí, por supuesto -repuso, maquinalmente-. Será la primera vez, ¿no? En realidad, Ocho días no cuenta para nada.

Jake se quedó observándola un instante y luego abandonó la habitación; volvió al cabo de un momento con el guión y una pila de papeles con anotaciones. Se acercó a la ventana y se lo entregó todo a Cassie.

–Será mejor que eches una ojeada a todo esto y que leas el guión. Voy a dejarte sola, para no molestarte. Tom y Michael vendrán por la noche, y

debes poder conversar con ellos sobre lo que hayas leído.

Cassie cogió los papeles y hojeó las notas sueltas, donde encontró nombres, fechas, planes… Con fascinación paulatinamente creciente, empezó a leer.

El nombre de David Garrad era famoso… Cassie había actuado con él en una película para la televisión, pero Garrad era el astro principal, y ella, una del montón. Figuraban también el actor francés Jean-Luc Gerard, que tenía en su haber una docena de éxitos en el nivel internacional, Juliet Neil, que había asistido a la fiesta del preestreno y que recientemente había realizado una gira con una obra de Tennessee Williams, el maravilloso Freddie Chase, un nombre familiar en Inglaterra, y Tom Byron, nada menos, en un breve papel de lucimiento. La lista del personal técnico no era menos brillante: Bob Lorrison, el cámara de Ocho días, figuraba entre ellos. Cassie posó la mirada en el voluminoso y pesado guión, y aun antes de leerlo sintió un dolor que la atormentaba más que el hambre, una urgencia, una necesidad que casi se tornaba irresistible. Alzó los ojos hacia Jake.

–¿Estás seguro… -dijo con voz temblorosa-, estás seguro de que tengo que interpretar el papel principal? ¿Frente a todos esos nombres?

–Por encima de todos esos nombres. El papel de Tom Byron es sólo de lucimiento, y no le importa cederte el primer lugar en el cartel.

–¡El primer lugar!

–Es tu película, si deseas hacerla.

–Pero… el argumento, ¿es bueno?

–Creo que lo es. Se trata de una historia de guerra. Sobre la Resistencia francesa. Tú interpretarás a una joven inglesa que se unió a los maquis.

Cassie estrechó el guión contra su pecho, con los ojos fijos en la ventana sin reparar en la corriente del tránsito, ni en el verde follaje de los árboles del parque, ni en la rumorosa y amada ciudad que se extendía ante ella. Dos niñas con uniforme escolar corrían por el césped entre la gente que paseaba

por el parque, y ellas trajeron a su memoria la imagen de una niñita que al salir de la escuela, se dirigía corriendo a su casa para ocultarse en su escondite secreto; corriendo hacia un futuro dolorosamente lejano.

Se volvió hacia Jake y se sorprendió al ver su amplia sonrisa. Su aprensión, su incertidumbre se desvanecieron. ¡Jake, el muy desgraciado se sentía tan complacido como ella! ¡Trato o no trato, el caso era que estaba gozoso por la oportunidad que le brindaba a ella!

–Vas a ser una estrella, nena -le dijo.

–¡Oh, Jake…, eres un…! – exclamó Cassie, riendo; impulsivamente, corrió hacia él, le echó los brazos al cuello y le besó-. Jake, gracias… Sea lo que fuere lo que hayas hecho para lograr que Tom Byron cambiara de opinión, te lo agradezco. ¡Oh, Dios mío, me pondría a cantar!

Él la cogió por la cintura.

–Espera a que me ponga los tapones en los oídos.

Riendo, Cassie se separó de él y empezó a dar vueltas por la sala girando sobre sí misma; tropezaba con los muebles; chocó contra la estantería de los libros, y finalmente se desplomó convulsionada por la risa sobre el sofá, que se inclinó peligrosamente hacia atrás y habría volcado, si Jake no lo hubiera frenado a tiempo. También él se dejó caer junto a Cassie, que seguía abrazada al guión.

–No puedo creerlo… No sé qué decir.

–Espera hasta que lo hayas leído -repuso Jake, con los ojos brillantes de satisfacción -. Ahora prosigamos lo que interrumpiste hace unos instantes.

–¿Hum?

Cassie seguía pensando en la película. Los cabellos revueltos le caían en cascada hasta los hombros; había quedado con las piernas extendidas sobre

las de Jake. De pronto comprendió lo que él insinuaba, y se sintió invadida por una cosquilleante curiosidad. Tuvo plena conciencia de la proximidad de Jake, de su mano acariciándole el tobillo, del reciente aunque breve contacto de sus labios… Confundida, se incorporó y comenzó a alisarse la falda y a ordenarse el pelo. Jake la estaba observando, y ella casi se volvió de espaldas, ligeramente asustada. «No voy a querer acostarme con él por el solo hecho de que me haya ofrecido un papel -se dijo-. Y además aún soy virgen. Santo Dios, si lo supiera, se desternillaría de risa.»

Entonces él se levantó del sofá y empezó a recoger los libros que Cassie había hecho caer de los estantes.

–Voy a dejarte sola para que leas el guión. Guarda para cuando termines las preguntas que desees hacerme.

Cuando Jake ya se encontraba en la puerta, ella le preguntó:

–¿Qué le dijiste a Tom Byron para que cambiara de opinión?

–Nada -repuso Jake con indiferencia -. Vio Ocho días y algunas otras cosas tuyas en vídeo. Eso le convenció.

Después que él hubo salido y cerrado la puerta, Cassie se olvidó de todo y se concentró en la lectura del guión, sentada en el sofá con las piernas recogidas debajo de ella.

La acción se desarrollaba en un pueblo de la Francia ocupada, durante la guerra. El rodaje se efectuaría casi por entero en una pequeña y aparentemente bien conservada población situada en el corazón de la Dordoña, con un segundo equipo trabajando en Bélgica y Holanda. La trama giraba en torno a Helen, una artista inglesa que vivía en Francia, donde la encontró la ocupación alemana; entonces se unió a un grupo de la Resistencia de la localidad. Ella mantenía una cierta relación con un oficial alemán, relación que simplemente era un útil pretexto para obtener información destinada al grupo. Al mismo tiempo había ido estableciendo

una amistad más profunda con uno de los miembros de la Resistencia -

interpretado por David Garrad -, que en una escena sería interrogado y torturado por los oficiales alemanes en presencia de Helen, quien se vería obligada a guardar silencio para no delatar a los maquis. Posteriormente esa actitud de la joven sería mal interpretada por la gente del pueblo, y en las escenas finales de la película todos los habitantes de la aldea se volvían contra ella.

Era aquél un papel femenino de gran fuerza dramática, y Cassie no recordaba muchos que pudiesen comparársele. Había algunas escenas de tremenda violencia, pero ella no dudaba que Jake sabría mitigar hábilmente su efecto.

Cassie terminó de leer el guión y permaneció inmóvil, alborozada y asimismo obsesionada por la historia. La heroína era un personaje complejo, que si bien no se hacía del todo simpático, resultaba entrañable debido a su pasión y sus fracasos, a su prolongada y agotadora lucha. Sería una película notable por su realismo, por sus diálogos vigorosos y naturales, por su trepidante ritmo. Una docena de otros elementos le otorgarían brillo; el impresionante reparto era uno de ellos. Los escenarios naturales de la cálida campiña del sur de Francia aportarían su belleza… Además la maestría con que Jake sabría sacar partido del paisaje y de las inquietantes connotaciones políticas del tema, le permitirían contar la historia con mucho sentimiento, pero sin caer en el sentimentalismo. Sin duda Jake haría una magnífica labor de dirección. Pero ¿sería ella… podría ella ser tan buena como el papel lo exigía?

Contempló el abultado guión, y unas ansias vehementes de encarnar a Helen se agitaron en su interior. «Eso es lo que siempre deseé – pensó-.

Basta de vestidos elegantes y de hombres enamorándose de mí y de frases bobas. Un nuevo comienzo. Y Jake de director. Vamos a tener que llevarnos bien. No podemos seguir enzarzándonos en esas riñas que parecen generarse cada pocos días. Y según parece todos tendremos que vivir bajo un mismo techo, en la residencia privada de Tom Byron, en Lamonzie-St.

Vincent.» Eso podría traer dificultades. Pensó en el futuro con aprensión, acariciando el guión con los dedos. Pero se sentía demasiado colmada de

satisfacción y de dicha como para permitir que nada ensombreciera el horizonte durante mucho tiempo. Todo saldría bien… aun con Tom Byron.

Ella se encargaría de que todo saliera bien.

Aquella tarde fue el último momento de calma de que gozó antes de que sobreviniera el caos.

Las semanas transcurrieron marcadas por una intensa actividad antes de que Cassie se encontrara en el avión volando hacia París en compañía de Jake, desde donde, al cabo de un par de días, debían dirigirse a la granja de Tom Byron, en la Dordoña, que se convertiría en el centro de operaciones.

Durante las semanas que pasaron en Londres, el verano se presentó nublado y gris, y la lluvia cayó a torrentes día tras día. Los taxis siempre estaban ocupados, los autobuses iban repletos y el agua corría sin cesar por los arroyos de las calles.

Tom Byron la trataba con indiferencia, y Michael no se despegaba del teléfono. Siempre había planes que discutir, decisiones que tomar y rectificaciones que hacer. Cassie conoció a David Garrad antes de que partiera hacia México para terminar otra película; las escenas en que debía actuar en Francia tendrían que posponerse varias semanas, pero se mostró muy entusiasmado y pasó mucho tiempo con Jake conversando sobre el guión. Ella tuvo que soportar las pruebas de vestuario y de fotografía; estudiar el papel y conocer a los demás integrantes del reparto. Pero algo mágico sucedió y todo el mundo comprendió que aquélla iba a ser una gran película.

Por fin, una mañana lluviosa, se trasladaron a Heathrow y fueron separados de las calles londinenses en un turbulento vuelo a través del Canal. En el aeropuerto les aguardaba un automóvil de alquiler para llevarles a los estudios. Dos días más tarde tomaban un helicóptero en Orly, que se alejó raudamente de la niebla azulada de París y tomó la ruta del sur, sobrevolando una tierra que se tornaba cada vez más cálida y polvorienta, cada vez más brillante, a medida que transcurrían los minutos.

Si Cassie aún albergaba ciertos recelos con respecto a su situación con Jake, éstos se esfumaron frente a las perspectivas que se abrían ante ella. Nunca se había sentido mejor, tan segura de que aquél era un momento decisivo en su vida.

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