Días de Odio, Días de Amor
Capítulo 4
Jake pidió un taxi por teléfono, y Cassie bajó acompañada por él, para salir a la cegadora luz del sol y hundirse en el ruidoso clamoreo de aquella mañana sabatina en Bayswater. Su largo vestido azul estaba arrugado y lleno de manchas de la fiesta. Ella estaba pálida y exhausta, más exhausta que después de doce horas de filmación, desde las seis de la mañana.
Se puso la chaqueta de seda sobre los hombros y se volvió para mirar a Jake en tanto el taxi se adentraba en el tránsito.
Se alegró de que el taxista no fuese conversador. Deseaba permanecer eternamente sumida en aquel silencio, sin pensar. Era una extraña sensación y nada hizo para salir de aquel estado. Si lo hubiera hecho, habría empezado a sentir, lo cual le resultaría insoportable. No quería sentir nada ni pensar en lo que le depararía el futuro.
De casa de Jake a la de su madre, en Ealing, había un largo trecho. Era bastante tarde cuando el taxi se detuvo frente al edificio de portaladas de piedra y setos de siemprevivas. Descendió del vehículo y pagó con el dinero que le había dado Jake.
Rachel se hallaba sentada ante el escritorio del gabinete, escribiendo.
Cassie entró en la estancia y se quedó inmóvil unos instantes, contemplando los cuadrados hombros y la erguida espalda de su madre, que inclinaba la cabeza sobre la hoja de papel. Rachel no se movió ni dijo nada. Cassie permaneció con la mano en el tirador de la puerta, preguntándose qué iba a suceder ahora.
El sol entraba a raudales en la sala. El diseño del papel de las paredes era de
un inquietante estilo moderno, que contrastaba con el color rojo intenso de la antigua alfombra familiar sobre la cual flotaban como islas dos felpudos de piel. La pared de la ventana estaba cubierta de fotografías: escenas de las películas de Joseph Fontaine, instantáneas del rodaje, incontables retratos de Cassie en toda suerte dee papeles, muchas de ellas pertenecientes a Ocho días. Había una en la que aparecía con Martin y Lewis comentando el guión durante un ensayo; otra de su padre, tomada varios años atrás, con Alfred Hitchcock; innumerables rostros de actrices y actores famosos, de antiguos escenarios, de filmes memorables y no tan memorables. Su mirada se dirigió al armario repleto de cartas y de premios que su padre había obtenido, al largo sofá de terciopelo rojo, a las magníficas butacas, a las mesas ratonas. Aquel ambiente le resultaba opresivo.
Cassie respiró hondo. Iba a decirlo ahora, antes de que Rachel la agobiara tal como lo hacía aquel cuarto.
–¿Ma? No sé cómo decírtelo. Voy a casarme con Jake Brodie.
La estilográfica de Rachel siguió corriendo sobre el papel, se detuvo y luego fue depositada sobre la mesa. Rachel giró en redondo sobre su sillón, y sus fríos ojos se posaron en su hija; la miró de arriba abajo.
–Tu aspecto es deplorable -dijo, sin que su voz denotara emoción alguna -.
Ve a bañarte inmediatamente. Si no puedes lavarte el pelo, tendrás que recogértelo. Puedes ponerte la ropa que dejé preparada sobre tu cama.
Cassie se quedó mirándola fijamente, tratando de encontrar las palabras para replicarle, arrastrada de nuevo por la corriente indomable que fluía de la presencia de su madre.
–Dispones de una hora -prosiguió Rachel-, de modo que, yo en tu lugar, me daría prisa. Por si lo has olvidado, esta tarde tienes una prueba. Tenemos que salir de aquí dentro de una hora.
–¿Tenemos que salir…? ¡Oh, escúchame, madre! Esto es importante. Tienes que escucharme antes de que vayamos a ninguna parte. Anoche, yo…
No pudo seguir hablando. ¿Qué era lo que tenía que confesar? ¿Qué se había embriagado o que le dijo una grosería a Prentiss Hammond? ¿Que había pasado la noche fuera de casa o que había estado con Jake, aclarando haber observado un total celibato?
–Me temo que anoche bebí demasiado…
Rachel se volvió bruscamente, suspendiendo la escritura de la carta que había vuelto a reemprender.
–Ahora escúchame tú -le espetó con voz cortante-. Sé todo lo que hiciste anoche. Sé que te pusiste en ridículo…, para bochorno de Lewis…, de mí…, de Martin Lowell y su futura esposa… y sabe Dios de quién más…, delante de todas esas personas. Y no quiero hablar de ello, ¿entiendes? No quiero oír una sola palabra sobre este asunto hasta que haya terminado la prueba. ¿Está claro?
–¡No, no lo está! – replicó Cassie, airada-. Quiero hablar de esto ahora.
¡Nada cambiará porque tú no quieras escucharme!
–Tampoco hay cambio alguno en lo de la prueba -repuso Rachel con calma
-. Tal vez quieres que telefonee a los estudios para decirles que no estás preparada para hacerla.
Hecha una furia, Cassie se dirigió a su cuarto y se encerró en él dando un portazo.
Partieron en el auto de Rachel hacia los estudios situados en las afueras de Londres, más allá de Richmond. Cassie ya había hecho una prueba en ellos en otra ocasión. Llegaron antes de tiempo, por lo que entraron en la cafetería, y Rachel pidió un café para ella y un zumo de naranja para Cassie.
Rachel se comportaba como si hubiera olvidado lo sucedido. Hablaba calmosamente y le daba los habituales consejos de última hora sin olvidar detalle. Luego llamaron a Cassie para maquillarla.
Comenzó la prueba, encontrándose ella en aquel estado de ensoñación en que había caído durante el trayecto hasta su casa, después de abandonar el apartamento de Jake. Se situó ante las cámaras bajo los efectos de la falta de descanso, de la persistente resaca, sin tener conciencia de las tretas hipnóticas que le jugaban sus sentidos.
Prentiss Hammond no estaba presente, y eso era un indicio que ponía en evidencia cómo se había comportado ella la noche anterior. Hasta entonces todo hacía suponer que el papel de Rebeca era para ella. Ahora, lo que le indicaban que debía hacer era una tontería. Tenía que hablar por teléfono en una escena que no recordaba que estuviera en el guión, y se preguntó si tan sólo querían comprobar si era capaz de levantar el receptor y contestar al teléfono delante de una cámara. No conocía al hombre que dirigía la prueba, el cual se mostraba más interesado en la iluminación y la escenografía que en ella. Sabía que su madre estaba sentada en un discreto rincón de la cabina de sonido, pero a ella no le importaba. Cuando el director ordenó un cambio de escena, por primera vez en su vida Cassie perdió el control de aquellos resortes especiales e indefinibles que le permitían ser una actriz.
De pronto, advirtió que su interlocutor era un doble y no el actor que encarnaría a Max de Wynter; podía sentir el olor del polvo acumulado en los rincones del plató, podía ver el color del lápiz de labios que usaba la anotadora y podía oír los más débiles sonidos de la respiración del personal.
Cada vez eran más las cosas que atraían su atención; se debilitaba su capacidad de concentración, y comenzó a sentirse asustada. Se dio cuenta de que decía su papel en voz demasiado alta. Parecía que resonaba por todo el plató y se elevaba hasta el oscuro techo abovedado. Tenía la impresión de que la prueba se prolongaba durante horas y horas, y mucho antes de que terminara presintió que en el otro lado de las cámaras no se había producido aquel asentimiento mutuo que corroboraba la confianza de haber obtenido una buena toma.
Al cabo de largo tiempo, Cassie aún no podía recordar con precisión lo que había sucedido durante los diez días anteriores a su casamiento con Jake
Brodie. Todo aquel espacio de tiempo parecía haberse introducido en una zona gris de su memoria, que nunca se aclararía, como cuando se tiene alta temperatura en un estado febril. Jake se encargó de arreglarlo todo con celeridad y sin alboroto: obtuvo una licencia que les permitía casarse en un corto plazo y sólo la vio en un par de ocasiones antes de la fecha fijada. En ningún momento la invitó a comer, ni le mandó flores ni regalos, ni simuló sentir afecto por ella, y Cassie lo aceptó con alivio: así debía ser un casamiento de conveniencia.
Al principio, Rachel se opuso a aquella unión con todas sus fuerzas. Si bien Cassie se había dejado dominar anteriormente, esta vez no estaba dispuesta a ceder.
Rachel protestó, discutió y hasta llegó a amenazar a Cassie antes de limitarse a implorar. Pero Cassie no quiso escucharla; se casaría con Jake; era mayor de edad y por primera vez se enfrentaría a Rachel en igualdad de condiciones. Y en Jake, Rachel encontró un adversario con tanta fuerza de voluntad como la suya propia.
Él sabía lo que quería y no temía exponer sus opiniones, y Cassie se sintió complacida al constatar que poseía una virtud que no era común entre la gente del mundo en que se movía. Su franqueza, la moderación con que encaraba los problemas fueron un alivio para ella en aquellos caóticos días en los que la gente iba y venía, y el teléfono no cesaba de sonar, y todo el mundo consideraba que era una romántica impenitente.
Cassie dejó que creyeran que ella y Jake se habían enamorado en el curso de la filmación de la película y que tenían planeado casarse inmediatamente después de concluida. Se maravillaba al comprobar que no se daban cuenta de su decepción, pero entonces comprendió que todo el mundo adora a los novios y no tardó en sonreír y actuar como se esperaba de ella.
Aparecieron las críticas de Ocho días en los periódicos. En todas las páginas de espectáculos se encontraban fotografías de Cassie y palabras de elogio y de asombro relacionadas con su nombre, pero ella las leía como si se refiriesen a otra persona. Las críticas iban acompañadas de los anuncios:
el bonito cartel con un primer plano de Martin y Margo, y el nombre de Cassie en letras destacadas con la leyenda: «Y la presentación de…».
Aquella escena de la película, reducida para los periódicos y ampliada para los autobuses y estaciones del metro de todo Londres, constituía otro doloroso recordatorio de todo cuanto había salido mal.
Las gacetillas le permitieron darse cuenta con satisfacción de la niebla que la envolvía y la vida se simplificó por el hecho de que lo único que tenía que hacer era casarse con Jake.
Melia, con inocente entusiasmo, la acompañó para elegir el traje de novia.
Rachel comenzó a aceptar con una sonrisa los plácemes y buenos deseos que le ofrecían. Cassie comprendió fríamente que su madre había reconsiderado la cuestión sin encontrar nada demasiado grave en la perspectiva de que su hija se casara con un director de éxito, que ya estaba hablando de un futuro trabajo.
Los periódicos también recogían una serie de pequeñas historias en las columnas de chismes sobre Cassie y Jake, y acerca de la gran boda de Martin y Elaine, que se celebraría en el término de tres semanas. Una mañana, Cassie llegó al registro civil de Marylebone en el auto de Michael Stone, y una batería de cámaras fotográficas fueron disparadas en el instante en que ella ponía los pies sobre la acera.
Llevaba un traje de crepé, de simple pero elegante diseño, en un tono malva tan suave que le otorgaba la apariencia luminosa de un sauce; Melia había hecho maravillas con una rosa de organdí del mismo color, que colocó junto al cuello. Cassie había adelgazado, y con los altos tacones, su esbeltez y sus erguidos hombros causaba una impresión tan extraordinaria, que provocó un murmullo de admiración aun en aquellos que estaban acostumbrados a contemplar a las más despampanantes bellezas. Brillaban sus oscuros cabellos, y sus ojos, debido a su propio reflejo óptico, eran del mismo color malva pálido del traje. No respondía a las preguntas que le formulaban los periodistas, sino que se limitaba a sonreírles como a través de una bruma, y Michael, que había hecho que Melia se adelantara, la escoltó hasta el interior del edificio, al tiempo que se dirigía con afabilidad a los hombres de
la prensa y les decía:
–Después, muchachos, por favor.
Y Cassie se encontró frente al juez de paz, con Jake, alto e impasible, a su lado, y Rachel y Melia entre los sonrientes amigos que presenciaban la ceremonia; sin darse cuenta, se encontró también con que estaba repitiendo las palabras rituales con una voz que sonaba muy lejana. Jake le tomó la mano, y el anillo se deslizó en su dedo; mientras se lo ponía, ella experimentó un súbito asombro y levantó la vista hacia el rostro del hombre con quien se había casado. Él no le devolvió la mirada, y, como si se hubiera tratado de un perfecto desconocido, Cassie advirtió por primera vez los rasgos enérgicos de su cara, que denotaban un recio carácter.
No soñaba; aquello estaba sucediendo realmente. Por un instante, fue presa del pánico. Tenía que huir…, ¿qué demonios estaba haciendo? Sintió que la mano de Jake la cogía con fuerza.
Había papeles que firmar…, y de repente, como por un milagro, al igual que si despertara de un largo sueño y se encontrase en una sala repleta de gente bulliciosa, todo terminó; voces y risas sonaban en torno de ella.
–¡Felicidades!
–¡Querida, qué traje tan divino! Nunca vi…
–¡Ah, Jake, otro buen mozo que se nos va!
–Espero que te des cuenta de lo afortunado que eres…
–¡Cassie! Cassie, casi no puedo creerlo, sólo nos enteramos…
Lewis apareció ante ella y la cogió por los hombros.
–Mi dulce niña -dijo cariñosamente, meneando la cabeza-. No, no. Nada de lágrimas en el día de tu boda. Sólo deseo que me digas que eres la
muchacha más feliz del mundo.
Ella sonrió, temiendo que no le saliera la voz.
–¿Cómo…, cómo me veo?
–Como todas las muchachas más felices del mundo en el día de su boda.
Bella, bellísima.
–Oh, Lewis…, lamento tanto lo de…
–Vamos, vamos, no quiero oírte decir eso. ¿Entendido? No hay razón para que debas lamentar nada.
Cassie coreó su risa, pero todo en él le recordaba a su padre, y hubiese querido abrazarle y contarle toda aquella fantástica historia.
–Cassie…
Se volvió para encontrarse con los verdes ojos de su madre, brillantes por las lágrimas de cocodrilo.
–Estás hermosa, cariño. Felicidades.
Rachel la besó en ambas mejillas.
–Gracias, madre.
Rachel sabía sin duda representar su papel a la perfección.
–Sólo espero que no…
–¡Ah, Rachel! – la interrumpió Jake, interponiéndose entre ellas y cogiendo a Cassie del brazo-. Michael está organizando nuestra partida a través del gentío de afuera. Creo que pretende que resulte lo más espectacular posible, aunque él lo niega. ¿Querrías… ejem…?
Aguardó expectante. Rachel le miró fríamente. Jake le sonrió.
–Vamos, Rachel. Procura pensar que no pierdes una hija sino que ganas un nuevo contrato.
Rachel, con una sonrisa glacial en los labios, giró sobre sus talones.
–Eso no era necesario -le dijo Cassie-. Después de todo, en nuestras circunstancias…
–Sí, en estas circunstancias tan especiales, desearía hablar unas palabras con usted, señora Brodie. – La separó del círculo de invitados, sin soltarle el brazo-. Instrucciones para una recién casada: la novia debe verse feliz y tranquila al salir del registro civil. Segundo: debe dejar que su marido la coja del brazo sin comportarse como si tuviera una araña en la manga.
–¡Oh! – exclamó ella, dejando de forcejear para liberarse.
–Tercero: la novia debe posar con su expresión más radiante ante las cámaras y no debe pegarle una bofetada al novio si éste le da un beso en aras del periodismo. ¿De acuerdo?
–Procura que sea casto -repuso ella, dominando la tentación de sonreír-. No me fío de ti.
–La confianza no formaba parte del trato.
Resultaba imposible leer sus pensamientos.
–Creo que aún no sé cuál es tu parte del trato -replicó.
–Suponía que ya habíamos discutido eso. Tuve la idea de convertirte en una verdadera actriz, y sólo había una manera segura de arrancarte de las garras de Rachel y de esos actores medio chiflados. Además, pensé que valía la pena generar un poco de chismorreo.
Antes de que ella pudiera replicar, Michael ya estaba empujándoles hacia el vestíbulo, donde empezaron a brillar los destellos de los flashes. Michael se enzarzó en una afable discusión con un fotógrafo.
–No, no, no. ¿Cómo quiere que aparezca yo junto a una pareja tan adorable?
Oh, vamos…
Y Cassie cedió a los inevitables ruegos de que se colocase «bien apretadita»
contra Jake, apoyando con renuencia la mejilla sobre la solapa de su chaqueta.
–Excelente actuación, señora Brodie -murmuró él, junto a su oreja-.
Curioso, ¿no? Nadie me ha pedido aún que te bese.
–No es necesario que simules estar decepcionado -repuso Cassie con una estudiada sonrisa.
–Debes de estar bromeando. – Se volvió a los fotógrafos y dijo en voz alta-:
¿Nadie quiere que bese a la novia?
Consternada, ella oyó que varios gritaban alentándole a hacerlo. Jake le levantó el rostro y brevemente, pero con decisión, la besó en la boca. Luego se apartó con una sonrisa pirática y trató de adoptar un aire de inocencia.
Cassie sintió deseos de pegarle, pero al mismo tiempo se habría echado a reír por su descaro. Michael se mantenía al margen en actitud protectora, y las cámaras eran accionadas ante la aparición de Lewis y de otras figuras conocidas. Melia se acercó a ellos, elegantísima con sus pantalones negros de Yves St. Laurent y un amplio sombrero de paja.
–Perfectos, estáis perfectos, los dos.
–La verdad es que a todo el mundo le encanta el traje que tú elegiste -dijo Cassie distraídamente, abriendo en abanico la falda de seda malva.
–¡Chist! ¡Calla…! – le gritó Melia-, Lo que sucedió, Jake, es que esta muchacha estaba tan aturdida ante la perspectiva de casarse contigo, que no podía concentrarse en la elección de un traje de novia, de modo que yo la ayudé a escogerlo. Pero ella…
–Oh, a Jake no le interesa todo eso -se apresuró a decir Cassie-, de manera que cierra el pico, Melia, cariño. ¿Nos vamos ahora?
–Dentro de un segundo. Tom Byron está aquí… con Deborah -agregó con intención-, así que todos esos rumores acerca de que se separaban deben de ser una sarta de disparates.
–¿Tom? – exclamó Jake, evidentemente complacido por la noticia-. Lo hizo, pues. Dijo que lo intentaría. Acaban de llegar en avión de un lugar infernal llamado Australia, según creo… ¡Tom!
Se adelantó, sonriendo, con las manos extendidas, mientras un hombre alto avanzaba bajo una nueva andanada de destellos de flashes. Cassie le observó con interés; no conocía personalmente a aquel actor-productor, pero sabía que era amigo de Jake. Se había hecho famoso en la década de 1960 y desde entonces no había dejado de ascender en el camino de la fama; lo más reciente que recordaba de él era el éxito que había logrado en el National Theatre. La joven con quien vivía, Deborah, también era actriz, una hiératica pelirroja casi treintañera, que ahora se deslizaba junto a Tom para darle un beso a Jake.
–Aún estamos bajo los efectos del vuelo. Llegamos tarde y ni siquiera pudimos vestirnos para la ocasión -dijo Tom, aferrando con una mano el hombro de Jake -, pero por lo menos aquí estamos para veros a los dos.
–¿Cómo os fue en Australia?
–Fantástico. Increíble. Creo que esa historia es una joya…, pero ya hablaremos de eso en otro momento. Ahora preséntame a tu esposa.
Se volvió hacia Cassie, y ella pudo comprobar inmediatamente que el
renombre que se había ganado por su apostura era merecido. Encanto, magnetismo, atracción personal…, en una palabra: poseía todo lo necesario para ser la clase de actor que hasta el momento ella no solía tratar. Cassie le sonrió con auténtico placer mientras se estrechaban la mano, pero cuando Tom habló, sus ojos delataban una cierta reserva, una solapada curiosidad.
–Nos encontrábamos allí, en medio de ninguna parte, cuando recibimos el telegrama de Jake comunicándonos lo que ocurría. Espero que no te importe, pero nos procuramos unas fotografías de promoción con el fin de poder ver cómo eras.
Cassie abrió desmesuradamente los ojos, pero Deborah se reía.
–Sí, ¿no es extraordinario? Teníamos que saber cómo era la joven que a todas luces había domado al indomable. Lo siento. Claro que te había visto antes en varias películas. Y Ocho días parece que es estupenda.
–Eres muy amable.
Cassie advirtió que ella se mostró un poco turbada cuando Tom Byron mencionó abiertamente las fotos de promoción.
–Las fotos no te hacen justicia -le dijo él ahora, pero era evidente que le escrutaba los ojos.
–¿Cómo os las arreglasteis para conseguirlas, en ese lugar donde estabais?
A Jake le estaban acaparando sus amigos, y Deborah se había unido al grupo.
–No fue difícil. Telefoneé a un amigo que tengo en Sidney y me las enviaron. Como dijo Deborah, teníamos que echar un vistazo a la brillante muchacha que había logrado lo que no pudo conseguir ninguna de las otras.
Cassie estaba asombrada; rió nerviosamente, pero estaba segura de no haberse equivocado cuando le pareció advertir un tono mordaz en su voz.
–Te tomaste muchas molestias.
–Soy íntimo amigo de Jake desde hace muchos años y pensaba que le conocía como el mejor. Uno siempre cree que sabrá por anticipado que uno de sus amigos está a punto de casarse. Debo confesar que siempre pensé que Jake debería haberse casado por lo menos una vez con una chica como tú en su carrera.
Cassie se quedó mirándole fijamente, herida y conmocionada. ¿Qué podía tener contra ella un hombre como Tom Byron? Si tanto le disgustaba aquella boda, ¿por qué había venido? Ella deseaba poder decirle la verdad.
Con voz temblorosa a causa de la tensión, trató de defenderse.
–¿Quiere usted decir que debería haber hecho de ello una práctica, señor Byron? Bueno, quizá lo hará.
Él analizó la expresión de sus grandes ojos grises y luego meneó la cabeza.
–Lo lamento. Creo que te he ofendido. Llámame Tom.
En realidad no parecía lamentarlo en absoluto, y ella no tenía intención de tutearle de nuevo. Se armó un revuelo entre la gente que interrumpió su conversación y una joven con gafas, ataviada con un atuendo que no parecía muy adecuado para la ocasión, se abrió paso entre los presentes y prácticamente se arrojó a los brazos de Jake.
–¡No me lo dijeron! Acabo de regresar esta mañana y no me dijeron nada, pues de lo contrario habría venido y… ¡Oh, Jake!
Le echó los brazos al cuello y le besó, poniendo en peligro el equilibrio de su ancho sombrero. Jake se reía.
–¡Suzie-Q! – decía, estrechándola fuertemente.
–¿Qué te parece mi sombrero? ¡Lo saqué del guardarropía! Están rodando
Ella es condescendiente y quise ponerme el sombrero más extravagante que pudiera encontrar para tu boda. ¿Dónde está ella?
Se separó de Jake y miró en torno. Cassie avanzó un paso hacia ellos, y la muchacha se abalanzó sobre ella, profiriendo los mismos gritos y besándola con la misma efusión.
–¡Oh, pero, diablos! – exclamó, echándose hacia atrás y contemplando a Cassie desde su corta estatura-. Eres mucho más alta de lo que pareces en las películas, ¿no es cierto? ¡Oh, diablos! ¡Qué torpe soy! No quise decir…
–Bueno, de todos modos es original -repuso Cassie, riendo y buscando a Jake con la mirada.
–Es mi hermana -declaró él-. Susannah. La llamamos Suzie.
Tendría la misma edad que Cassie, pero su aspecto estrafalario y su aire atolondrado le hacían parecer más joven. Cassie estaba sorprendida; nunca se le había ocurrido pensar que Jake podía tener una familia. La chica se dio cuenta de su vacilación.
–¡Oh, no me lo digas! – exclamó, sin poder ocultar su decepción-. Apuesto a que se olvidó mencionar siquiera que tenía una hermana.
–Claro que no -replicó Cassie, reaccionando prestamente-. En realidad, no hace más que hablar de ti.
–¿De veras? – Parecía emocionada -. ¿Verdad que es apuesto? – Le tomó del brazo-. ¿No está elegantísimo con esta chaqueta y esta bonita camisa de seda y…?
–¡Demonios, frena esa lengua! – la interrumpió Jake, al tiempo que le tocaba la nariz con el puño.
–Pero es cierto -insistió Suzie, bajando la voz hasta ser sólo un murmullo-.
Y Cassie está de acuerdo conmigo, ¿verdad, Cassie?
La joven hablaba tan en serio y Jake se veía tan insólitamente incómodo que Cassie no pudo contener la risa.
–Bueno, sí -dijo-. Sí, es cierto, está realmente elegantísimo.
–Tú, no me vengas con ésas -la amonestó él.
–Jake te habrá explicado la situación -musitó Suzie ansiosamente-, por eso comprenderás por qué no estuve aquí para la ceremonia. Estaba de vacaciones y no leía los periódicos y tampoco me entregaron la carta de Jake… Oh, no hablemos de eso. Casi no pude entrar porque aquel ogro de la entrada no quería creerme cuando le dije quién era, pero Michael Stone se hallaba por allí cerca y me recordó de la cena de los premios, a pesar del tiempo transcurrido. ¿Te imaginas? – Observaba a Cassie a través de las gafas que le daban el aspecto de una lechuza-. Un hombre como Michael Stone acordándose de una persona insignificante como yo.
Cassie se mantuvo impasible, procurando no fijarse en el enorme sombrero ribeteado de plumas.
–Es increíble, ¿no? Michael debe de ser muy fisonomista.
–¡Diablos, sí! ¡Oh! – exclamó cuando un flash centelleó frente a ella-. ¿No es emocionante? ¿No podríais volver ahí adentro y repetir los «sí, quiero»?
–No, no podemos -contestó Jake, categórico-. Creo que tendríamos que empezar a movernos. Ahí está Michael… Él y Melia te llevarán a la recepción, Suzie, ¿de acuerdo?
Lewis y Michael les acompañaron a través de la multitud de invitados y fotógrafos hasta la salida del edificio; luego descendieron la escalinata del Registro Civil y les despidieron en el auto que aguardaban.
Jake había contratado los servicios de un elegante restaurante situado en la azotea de un edificio de Knightsbridge. Había ramos de flores en la terraza,
y en el espacio cerrado con vidrios ahumados estaba dispuesto el cava y un delicioso refrigerio, y a su alrededor Cassie podía contemplar los tejados, agujas y los altos edificios de Londres envueltos en la neblina azulada de aquella mañana primaveral. Ella no se había ilusionado con aquella celebración de su boda, pero con una copa de cava en la mano, bajo el aluvión de besos, cumplidos y buenos deseos, pronto se encontró con que lo estaba pasando muy bien. Todos se acercaban a ella para contarle absurdas anécdotas, o tratando de generar alguno de los chismes delirantes de Melia.
Nadie hizo mención del preestreno de Ocho días ni de la fiesta de Lewis; la comida y el vino eran excelentes, y si no hubiese sido por la alianza que llevaba en el dedo, Cassie se habría olvidado de que acababa de casarse con Jake. Después del refrigerio, sin embargo, él anunció que iban a marcharse.
Alguien se había ocupado de llevar el auto hasta la puerta del restaurante. El vehículo era un Morgan blanco, y una sola mirada le bastó a Cassie para sentirse aliviada al ver que no lo habían ensuciado con leyendas escritas con lápiz labial. Todos les siguieron hasta la calle, donde los transeúntes se detenían a observar cómo les arrojaban el habitual confeti. Jake la ayudó a subir al auto y él lo contorneó prestamente para instalarse en el asiento del conductor. El motor roncó al ponerse en marcha, y acompañados por los alegres gritos de los que les deseaban toda suerte de felicidades y la visión de Rachel sonriendo torvamente, se alejaron de allí.
Jake condujo largo rato por las calles de Londres, y Cassie miraba por la ventanilla, satisfecha por la oportunidad de sumirse en un reposado silencio.
Las imágenes de la boda y de la recepción comenzaron a esfumarse gradualmente, y ella pudo fijar su atención en las cosas que la rodeaban.
Ahora no tenía un hogar adonde ir. Del difuso ensueño de los últimos días persistía en ella una extraña sensación. Su enorme maleta reposaba en el baúl del Morgan, la única cosa de su antigua vida que se llevaba consigo.
Jake hacía rato que permanecía callado, y ella le miró intrigada. ¿En qué estaría pensando, ahora que había dado aquel paso? Por lo poco que sabía de él, conjeturaba que lo único que se tomaba en serio era el rodaje de sus
películas. Una profunda sensación de alivio se apoderó de ella. Por lo menos, a solas con él, no tenía necesidad de fingir. Jake aferraba el volante con firmeza y, al detenerse ante un semáforo, la miró con una sonrisa.
–¿Desapareció el nerviosismo nupcial, señora Brodie?
Cassie sonrió torciendo la boca.
–¿Dónde diablos estamos?
–En la North Circular, en pleno viaje de bodas.
Cambiaron las luces y prosiguieron su camino para doblar en seguida por una calle lateral. Jake tuvo que hacer varias maniobras similares hasta que por fin frenó y cerró el contacto.
Cassie contempló las majestuosas villas victorianas del lugar.
–¿Sabes que todo el mundo suponía que habíamos planeado marcharnos en secreto de luna de miel?
Jake se inclinó sobre ella y abrió la portezuela.
–Bájate, Cass. Pensé que deseabas terminar de una vez por todas con esa comedia.
Le sacudió los confetis que se habían acumulado sobre sus hombros. Ella descendió del auto y se sorprendió al ver lo tarde que era en el reloj de un campanario que se elevaba por encima de los tejados de las casas. Aún brillaba el sol. un pálido sol de atardecer en cuyos rayos flotaban motitas de polvo. Jake se bajó a su vez y se acercó a ella, al tiempo que se quitaba la chaqueta y la agitaba con violencia. Se encontraban en una calle tranquila del sector septentrional de la ciudad; los confetis revolotearon hasta posarse sobre la acera.
–¿No temes que venga alguien y nos denuncie por ensuciar la calle? – dijo
ella, mientras vaciaba uno de sus zapatos.
–¿Tú sí? Deja que los vecinos del lugar se sulfuren un poco. Espera…
Le hizo dar la vuelta, le pasó la mano por la parte superior de la espalda y luego, sorpresivamente, le sacudió los cabellos.
–Será mejor que te peines.
Cassie sacó el bolso de mano del auto y se acicaló un poco; luego desprendió la rosa de organdí que Melia le había colocado junto al cuello y meneó la cabeza para echarse el pelo hacia atrás.
–¿Qué lugar es éste? – preguntó.
Apoyándose en sus hombros, Jake señaló hacia una calle lateral bordeada de árboles, donde las casitas blancas se escalonaban a lo largo de la pronunciada pendiente.
–El punto más alejado del norte de Hampstead al que se puede llegar, sin que deje de llamarse Hampstead. ¿Ves aquel pico alto de allí, donde está el farol…, aquellos dos balcones juntos?
–¿Cuál…, el del ventanal despintado o el lujoso?
–El lujoso no, el otro. Es el hogar dulce hogar…, bueno, lo fue para mí cuando estudiaba en la escuela de cine. Mi viejo apartamento. – Le dio una palmadita en el hombro-. Lo recuerdo como ningún otro lugar. Tablas del piso pintadas y habas asadas.
–¡Qué magnífico ventanal! El cuarto debe de ser estupendo.
–Hacía un frío de mil demonios.
–¿Cuánto tiempo viviste ahí?
–Un par de años. Fue un invierno perpetuo. Se te congelaba el…, bueno, todo el cuerpo.
Cassie se echó a reír.
–¿Vivías solo?
–No. Lo compartía con otro tipo.
Le dijo el nombre de su ex compañero de piso, que ahora era un modisto de alta costura muy afamado y ella le miró asombrada.
–No puedo creer que haya vivido pasando penurias en una buhardilla.
–¿Bromeas? Solía comerse mis habas. Vamos.
Recorrieron el camino de vuelta a territorios más familiares; atravesaron Maida Vale y llegaron por fin, en el momento en que el tránsito era más denso, a Marble Arch, donde las fuentes lanzaban sus chorros de agua en aquel benigno atardecer. Una muchedumbre invadía las aceras y se introducía en la boca de la estación del metro. La arboleda del parque que se abría a un costado de la avenida suavizaba la perspectiva de Bayswater Road. Dobló a la derecha después de cruzar Queensway y se detuvo en una callejuela de mucho movimiento.
–No pensarás aparcar aquí, ¿verdad? – dijo Cassie.
–Un viaje de bodas muy especial, ya te lo dije. Destino, secreto.
Ella gruñó:
–No hay necesidad de seguir la farsa. Lo único que deseo es meterme en la cama. ¡Oh…!
Se habría abofeteado a sí misma mientras él le sonreía con picardía.
–Paciencia, señora Brodie.
–Sabes que no quise referirme…
–Oh, calla, Cassie, y baja del auto.
Después de cerrar el vehículo con llave y de introducir unas monedas en el parquímetro, la cogió de la mano y la llevó hasta un pasaje donde las pequeñas tiendas abrían sus puertas junto a los restaurantes y el aire estaba saturado con las apetitosas fragancias de las confterías. Penetraron en un portal pintado de verde y descendieron por los escalones que conducían a un restaurante instalado en un sótano, donde un par de camareros disponían las mesas para la cena, con un cigarrillo en los labios. Cassie comprendió que el local aún no estaba abierto al público, pero un hombrecillo rechoncho de caídos bigotes salió apresuradamente a su encuentro.
–¡Señor Brodie! Hace quince días que no le vemos por aquí.
–Lo sé, Stephen. Estuve muy ocupado. ¿Podríamos tomar un trago y comer algo? Pero primero, un buen trago.
–No faltaría más. Vengan a mi mesa, por aquí…
Les llevó a un reservado donde imperaba un verdor tropical y les instaló junto a una ventana que daba a un patio enjalbegado y, en lo alto, se veía la baranda y los pies de la gente que transitaba por Queensway.
–Con la bebida no habrá ningún problema, pero la comida… ejem, puede haber dificultades. El chef se ha retrasado.
Hablaba con un acento mezcla de italiano y norteamericano.
–Espero que no vuelva a ser por causa de su esposa.
–¿Por quién si no? – Stephen abrió los brazos con las manos extendidas-.
Esta vez piensa que tiene relaciones amorosas con el hombre que fue a
arreglar… usted sabe… -añadió, haciendo un gesto como si accionara una bomba-… el depósito del baño. Él dice, ¿cuánto les lleva a esos bastardos arreglar un baño? El tipo se ha pasado allí tres días. Yo, hace media hora conté los cuchillos de la cocina. Faltan dos. – Los bigotes se torcieron, y él extendió un almidonado mantel de hilo sobre la mesa-. No me importa siempre y cuando vuelva a trabajar. Es la última vez que contrato a un corso mal nacido.
Los bigotes se distendieron en una radiante sonrisa dirigida a Cassie, quien, divertida, intercambiaba miradas con Jake.
–No se preocupe por la cena, señor Brodie. Yo la prepararé. Primero la bebida.
Sus manos volaron por encima de la mesa distribuyendo los tenedores y cuchillos, colocando las copas y palmeando una servilleta.
Ellos se sentaron y Stephen regresó con una garrafilla de vino tinto y una botella de agua mineral, deteniéndose un instante por el camino para gritarle unos insultos a uno de los camareros, que se había puesto a silbar.
–Todo arreglado, señor Brodie. Yo prepararé su cena. Déjelo en mis manos.
–Sírvase una copa.
Stephen cogió otra copa y escanció vino en ella sin dejar caer ni una sola gota sobre el mantel. Sus ojos se posaron en Cassie.
–Discúlpeme, ¿quién es esta dama? La he visto antes, estoy seguro.
Jake, después de una breve pausa, contestó:
–Es una amiga mía.
Cassie le dirigió una mirada agradecida. Stephen desapareció en la cocina y Jake dijo:
–¿Por qué no bebes? Sé que lo estuviste deseando todo el día, pero esa molesta desazón que tú probablemente llamas conciencia no te lo permitió.
Bueno, aquí tienes una copa llena. Ahora puedes desquitarte.
–Realmente no eres dado a lisonjear a la gente, ¿verdad? – replicó ella, al tiempo que cogía la copa.
–No en lo que respecta a las cosas esenciales, querida, y hoy se te ve mucho mejor.
El vino pareció inyectar nueva vida a sus venas y le hizo una mueca a Jake.
Se quedaron contemplando los pies de los transeúntes hasta que llegó la comida: unos platos de pasta con salsa delicadamente sazonada y una cesta de pan. Cassie estaba hambrienta y comió con deleite.
–Mi hermana parecía divertirse mucho -comentó Jake.
–La encontré adorable. ¿La viste cuando tropezó con Michael Stone y le hizo derramar el cava sobre los zapatos?
–Él lo tenía bien merecido.
–Ya lo creo. A todo el mundo le hablaba de sus zapatos. Son hechos a mano. Hasta le oí contarle a Lewis que el hombrecillo que se los confecciona en Italia, enfermó el invierno pasado y el pobre Michael tuvo que conformarse con usar el modelo del año anterior. ¿No es eso trágico?
–Calla – dijo Jake -, me destrozas el corazón.
Cassie dejó el tenedor junto al plato.
–Jake, ¿por qué no me hablaste de tu familia?
Él se encogió de hombros.
–Había muchas cosas que hacer y, para ser honesto, no creí que vinieran.
Además -agregó con una sonrisa-, tú tampoco me atosigaste a preguntas.
–Oh, no nos peleemos. Lo hago ahora. Al menos, si no te importa hablar de ello. ¿Qué quiso decir Suzie cuando se refirió a que ya me habrías explicado la situación?
–Quería decir que mi padre me detesta y por eso no hubo ningún otro miembro de la familia en la boda.
–¡Oh!
Cassie lamentó haber formulado la pregunta, pero Jake meneó la cabeza.
–No, no te preocupes, Cass. Ahora ya estoy acostumbrado. Hace años que dura. Mi padre me dio la espalda cuando no quise quedarme a su lado para ayudarle a dirigir el teatro que tenía. Yo quería hacer cine. Suzie es pianista, cuando no anda cuidando al viejo y cumpliendo sus encargos. Podría llegar a ser una excelente pianista pero mi padre se encargará de interferir en sus estudios con el fin de que siga con él mientras pueda.
–Pero ¿por qué, si sabe que tiene talento?
Jake sonrió tristemente.
–Por la misma razón que no quería que yo hiciera cine. Necesita que sus hijos permanezcan en el hogar y le ayuden a mantener el negocio de la familia; por eso no quiere que se vaya y haga su propia vida.
–Pero me pareció entender que ya no tiene el teatro -argüyó Cassie.
–Es cierto. Vamos, tomemos un poco más de vino.
Llenó las dos copas y le dijo el nombre del teatro; ella lo conocía bien por su prestigio; estaba situado a una hora de coche de Londres.
–Mi padre y mi madre se hicieron cargo de él cuando mi hermano y yo éramos niños. Mi padre había sido productor y mi madre era actriz. Oh, sí, tengo un hermano que tiene una esposa pretenciosa, y a veces están de mi lado y a veces en el del viejo, pero en la mayoría de los casos hacen causa común con él porque comparten su opinión de que el teatro es arte pero el cine es sólo una porquería. Yo comprendo su punto de vista, pero el hecho es que ellos nunca han visto ni uno solo de mis engendros.
–¡Oh, Jake…! ¿Y qué me dices de tu madre?
Él tomó la copa de vino.
–Ella era todo lo contrario. Quisiera que la hubieras conocido, Cassie. Era una auténtica belleza, con una sedosa cabellera. Ahora está muerta. Pero por lo menos vivió lo suficiente como para saber que me dieron un galardón por El mundo perdido, que fue como una recompensa por todos los esfuerzos que hizo en mi favor. Era una excelente actriz pero mi padre no la alentó en absoluto, y ella fue abandonando la carrera para hacer lo mismo que Suzie está haciendo ahora: atender la casa y ayudar a mi padre. Como propietario del teatro fue un desastre. Contrataba espectáculos que costaban un dineral y no se mantenían en cartel porque no lograban atraer al público. Quería que yo me dedicara a la dirección escénica, pero en cuanto comencé a saber lo que quería hacer, sentí la necesidad de buscar otros rumbos. Mi madre, que había trabajado en el cine, me comprendió, pero él no. En casa se armaban unas peleas infernales hasta que al fin decidí marcharme. Mi padre llegó al borde de la ruina a causa de la mala administración y tuvo que dejar el teatro en manos de una empresa. Ahora él es el gerente y se desempeña realmente bien porque tiene que rendir cuentas a otras personas, pero no quiere saber nada de mí.
–Pero eso es absurdo -protestó Cassie-. ¿Qué puede echarte en cara? Has hecho buenas películas y tienes éxito.
–Eso es realmente lo que el viejo no puede tragar. Si hubiera tenido una serie de fracasos, podría haberse compadecido de mí y haberme sermoneado con su pomposa sapiencia, pero el hecho de que haya realizado
un par de cosas con éxito y ganado unas cuantas libras además, no me lo puede perdonar. Unos años atrás, antes de que tuvieran que ceder el teatro, yo empecé a salir adelante y quise invertir un poco de dinero que había ganado en el teatro, pero mi padre no quiso tocarlo ni con pinzas.
Disfrutaba con su nuevo papel de mártir, ¿comprendes? Las películas eran los parientes pobres. Así que mi nombre aún está completamente desacreditado en mi casa.
–Pero no para Suzie -señaló Cassie, y él sonrió.
–No; no para Suzie. Esa chica posee más energía y entusiasmo que ninguna de las personas que conozco.
–Está muy orgullosa de ti. ¿Vendrá a verte algún día?
–Sí. La invitaremos a venir y una noche la llevaremos a un concierto o algo por el estilo.
Cuando se hubieron terminado el vino, Jake pagó la cuenta y salieron del restaurante. Empezaron a pasear por Queensway, que se ofrecía esplendorosa con las tiendas aún abiertas, inundada de gente y por la música que se oía desde los portales. En lo alto, el cielo todavía era ligeramente azul y lo cruzaban algunas nubes. Cassie se sintió animada por toda aquella actividad, las luces resplandecientes y los músicos ambulantes que tocaban en las esquinas. Jake le compró absurdos regalos en las tiendas más curiosas: un molino de papel, una porción de quesadilla, un ratón de azúcar, y al poner éste en sus manos le advirtió:
–Si le muerdes la nariz, te daré unos azotes.
Ella le miró burlonamente. Él señaló la quesadilla.
–Será mejor que comas eso. Estás delgada como un arenque. Para ser estrella de cine necesitas muchas calorías.
Contemplando la quesadilla, Cassie comentó:
–Espero que eso no sea una indirecta a mi labor artística.
Él no dijo nada, pero sonrió; Cassie partió el pastel en dos y le dio la mitad, y ambos lo comieron mientras paseaban. De pronto, ella recordó el momento de firmar el certificado de matrimonio.
–Tienes treinta y cinco años -dijo.
–Sí. Y tú, veintiuno. Y te llamas Cassandra Josephine. Ella hizo una mueca.
–Lo sé… ¡Qué bocado!
–¿Te pusieron Josephine por tu padre?
–Sí.
Cruzaron la avenida y caminaron por la acera opuesta en dirección contraria, entre las suaves sombras de los árboles y las bonitas casitas blancas que ocultaban su decadencia envueltas en la oscuridad de la noche.
Cassie comprendió que regresaban al sitio donde había quedado aparcado el Morgan y guardó silencio, cada vez más sobrecogida ante la perspectiva de tener que poner los pies en el apartamento de Jake.
Se dio cuenta de que sus pensamientos no habían ido más allá de la boda.
En los últimos días sólo se había preocupado de llegar al momento en que, según suponía, de alguna manera se resolverían todos sus problemas.
Ahora, a pesar de saber que entre ella y Jake no había nada, se sentía inquieta. Trató de recordar con que frialdad había tratado él la cuestión.
Llegaron al alto y viejo edificio convertido en casa de apartamentos y tomaron el ascensor hasta el último piso. Aquella sombría mañana en que se despertó allí, no se había fijado mucho en el lugar ni había visto todas las habitaciones, pero al entrar ahora, después del anochecer, le pareció muy bonito. Desde la sala de estar se divisaba el parque, y los árboles enmarcaban los distantes edificios que resplandecían con sus ventanas
iluminadas. La espaciosa estancia aparecía bañada por la tenue luz de las lámparas; los alargados y bajos sofas se hallaban dispuestos frente a la chimenea de hierro colado; dos enormes e intrincadas pinturas abstractas colgaban de las paredes. En otra, se destacaba el dibujo original del cartel que había anunciado la película africana de Jake, El mundo perdido.
Ante la chimenea había una mesilla de cobre batido con una cafetera eléctrica, tazas, copas de licor y dos o tres botellas. Cassie se volvió hacia Jake.
–No me digas que preparaste todo esto antes de salir esta mañana.
–De ninguna manera -repuso él, quitándose la chaqueta-. Tengo una señora que viene a limpiar y todo eso… Le pedí que nos dejara todo preparado para cuando volviéramos.
Cassie deambuló por la amplia sala y se detuvo ante la ventana, apoyó las manos en el alféizar y contempló la ciudad que se extendía ante ella. El piso era lo suficientemente alto como para que el ruido del tránsito no les molestara, pero no tanto como para que no pudieran ver los vehículos que transitaban por las calles iluminadas.
–Será mejor que veas el resto del apartamento. Probablemente has olvidado cómo es.
Cassie se volvió. Jake se hallaba en la puerta de la sala. Recorrieron el pasillo hasta el cuarto de baño, la cocina, el estudio de Jake y luego se detuvieron ante otra puerta que él abrió; acto seguido accionó el interruptor.
Ante ella se abría una acogedora habitación, pintada de color crema, con una gruesa alfombra y una amplia cama.
–Tu cuarto -dijo Jake, y dejando la puerta abierta, abrió la de la pieza contigua-. Y el mío. ¿Recuerdas la escena del crimen?
Ella entró. Aquella estancia parecía distinta ahora, con la cama impecablemente tendida, el brillante suelo de madera, los cuadros y los
libros en los que no había reparado la vez pasada.
Jake la observaba.
–Estupendo -dijo ella-. Estupendo -repitió, asintiendo con la cabeza.
El regresó a la sala de estar y Cassie le siguió. Jake sirvió el café y el coñac.
Cassie cogió su taza y se sentó; Jake se acomodó en el sofá frente a ella. Y
entonces Cassie se sintió inquieta, mientras se estrujaba el cerebro buscando algo que decir.
–Según parece, a tu amigo Tom Byron no le simpaticé.
–¿No? ¿Qué te dijo?
–No… no lo recuerdo exactamente. Pero dio a entender que yo no era lo que él esperaba, sea lo que fuera, y que no veía con buenos ojos que te hubieras casado conmigo.
–Tom sufrió una amarga experiencia cuando se casó con Ann-Marie.
–¡Oh, Dios! – exclamó Cassie-. Ann-Marie Marcel. Pero eso fue hace muchos años. ¿No se ventiló su divorcio en todos los periódicos?
–Ella le dejó seco y la prensa arrastró por el fango cosas que no había hecho. – Calló un instante-. ¿Acaso Tom cree que me va a suceder lo mismo? ¡Demonios!
Cassie se echó el pelo hacia atrás.
–Bueno, eso no es probable. Sabes bien que no ando detrás de tu dinero.
Cassie levantó la copa de coñac y tomó un sorbo, pero las manos le temblaban ligeramente.
–Cassie -dijo él, mirándola fijamente-. Estás nerviosa.
Ella le devolvió la mirada, con los negros ojos muy abiertos.
–No; no lo estoy.
Él rió quedamente.
–¿No tienes nada en mente? ¿Ninguna pregunta, ningún temor?
–Nada en absoluto -repuso ella, mirándole francamente a la cara-. ¿Porqué?
–¿No siente un poco de curiosidad acerca de los alcances de nuestro matrimonio, señora Brodie?
–Eso ya lo decidimos -contestó ella prestamente-, y te agradeceré que dejes de insinuar cosas cuando sabes que no sentimos nada el uno por el otro. Y
también te agradeceré que no me llames señora Brodie. No me siento como la señora Brodie.
–Eso podría remediarse.
–Bien, pues no será así -replicó ella con una seguridad que no sentía.
–No; comienzo a comprender que nada está más lejos de tus deseos. Pero
¿no crees, Cass…? – agregó él, inclinándose hacia adelante-. Quiero decir,
¿no se te ha pasado por la cabeza ni por un instante cómo podría resultar, llegada la ocasión?
Él estaba muy cerca y Cassie tuvo la sensación de que la tocaba. Parecía tan nervioso como ella y al darse cuenta, se aceleraron los latidos de su corazón.
–Tú y yo, en la cama. Tú, consciente.
Cassie enrojeció, pues comprendía que desde el instante en que entró en el apartamento con él, aquella posibilidad estuvo latente, sin que ninguno de
los dos lo ignorara. Ahora no sabía cómo ocultar su confusión. Se levantó y la falda del vaporoso traje malva aleteó mientras ella se dirigía a la ventana.
De pronto se sintió atemorizada ante aquel casamiento de conveniencia en el que con tanta ligereza se había embarcado.
–Veo que Martin Lowell sin duda te hizo probar algo que nadie más podrá ofrecerte nunca.
–¿Martin? – Cassie volvió la cabeza-. Pero si él…
–Ahórrame los detalles, pero por lo menos eso explica cómo logró retenerte a su lado durante tanto tiempo. El gran amante, ¿eh?
–Pero si Martin y yo…
Cassie enmudeció; era evidente que Jake creía que ella y Martin habían sido amantes. Se quedó estupefacta. Él ignoraba que no se había acostado nunca con nadie. Se volvió rápidamente de cara a la ventana.
–¿Qué sucede?
Jake la observaba con curiosidad.
Él pensaba que habían hecho el amor… y, en realidad, si bien ella había deseado a Martin, éste nunca la había deseado a ella. Sin embargo, si esto era lo que Jake creía, entonces no podía decirle la verdad.
Una idea perversa se adueñó de ella y, a pesar de que estaba alterada, logró que su voz sonase serena y natural.
–Tienes razón. No creo que jamás llegue a olvidar a Martin. Cuando pienso en él y en todo cuanto compartimos… Bueno, lo pasamos bárbaro.
Nosotros…
Jake se puso de pie. La tensión que le dominaba momentos antes había desaparecido. Dio la vuelta en torno al sofá y cogió la chaqueta de la silla
donde la había arrojado.
–Está bien, está bien. Me aburriría oyendo hablar del viejo Martin.
Se puso la chaqueta y, cuando ella se volvió hacia él, se veía tan tranquilo e indiferente como si nunca hubiese pasado aquel mal momento.
–Tranquilízate. Sólo trataba de averiguar si tenía algún sentido que me quedara en casa esta noche.
–¿Quieres decir… quieres decir que todo este asunto de ir a la cama era sólo una broma?
–¿Una broma? – Sonrió-. Ya me conoces, Cass. O llegarás a conocerme, con el tiempo.
–¿Vas a salir?
Cassie se sintió aliviada y ofendida al mismo tiempo.
–¿Por qué no? – Jake volvía a ser el hombre tranquilo y seguro de sí mismo
-. No me espere levantada, señora Brodie. Aunque honestamente no creo que lo hicieras. Dulces sueños.
Salió por la puerta de la sala. Al cabo de un instante, ella oyó el chasquido de la cerradura de la puerta de entrada y se quedó sola.
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