Días de Odio, Días de Amor

Christine Taylor · Capítulo 5 de 18

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Días de Odio, Días de Amor

Capítulo 5

A pesar de lo ocurrido esa noche, una paz aparente reinó entre ellos durante los días siguientes, y ambos trataron de no alterarla. Jake no volvió a referirse a su matrimonio y adoptó un aire desenvuelto, como si, en cierto modo, lamentara haberle hecho creer a Cassie que, por un momento, tuvo segundas intenciones. Ahora era un compañero afable, divertido cuando se le antojaba, aunque a menudo salía por la noche, y ella oía el rugido del Morgan cuando entraba en el garaje a la madrugada y, momentos después, el ruido de la llave en la cerradura y los cautos pasos de Jake en el pasillo cuando pasaba ante su puerta y entraba en su propia habitación.

Sin embargo, la vida en el apartamento de Bayswater era más ambigua de lo que había supuesto. Gozaba de la libertad que nunca había tenido cuando vivía con su madre, y Jake era fiel a su palabra; vivir con él podía resultar divertido. Asistían a fiestas y a muestras de arte, e iban al cine y al teatro.

Jake la llevaba a ver las películas mudas o muy viejas que raramente eran exhibidas, así como todas aquellas que se destacaban por su calidad o por la notable actuación de alguna excelente actriz. El apreciaba su juicio sobre todo cuanto veían. Independientemente de ello, Cassie tuvo que efectuar un par de apariciones relacionadas con la campaña publicitaria para Ocho días, que ya se había estrenado en todos los circuitos comerciales. Cassie encontró a Lewis en una de ellas, y fue a cenar con él posteriormente; la velada se vio empañada por la presencia de varios gorristas, pero aquélla era la última oportunidad que tenía de despedirse de él antes de que partiera para filmar una película en España.

Pasados varios días, Cassie telefoneó a Melia y la invitó a almorzar junto con Michael. Melia llegó primera con una botella de buen vino blanco, pero Michael y Jake se retrasaron.

Melia encontró a Cassie en la cocina donde se dedicaba afanosamente a

preparar una ensalada; al llegar ella, Cassie hizo una pausa para separar con el dorso de la mano un mechón que le caía sobre los ojos.

–Lamento todo esto…, el cocinar no es exactamente mi fuerte -se excusó, señalando las manchas de aceite de oliva en los vaqueros.

Melia la contemplaba, divertida.

–¿Cómo, no nos espera una cena preparada nerviosamente por la novia?

–Ja, ja. – Sonó una risa hueca -. No lo dudes. Y todas esas bolsas del cubo de la basura con la inscripción «Mo's Delicatessen» no tienen nada que ver con ella.

Melia tomó un sorbo de vino.

–Eres demasiado exigente contigo misma. Mira, el suelo sólo está parcialmente cubierto de pieles de cebolla y hojas de lechuga. Y ese arroz casi resulta apetitoso. Bueno…, supongo que es arroz.

–Oye, ¿por qué no te esfumas? – Cassie tomó un sorbo de vino de la copa de Melia-. Creo que lo mejor sería ir a cenar fuera, o intoxicarse con la comida… eso también es tradicional, ¿no? ¡Oh, diablos! ¿A esta ensalada no le falta un poco más de ajo o de algo?

Melia la probó, arqueando una ceja.

–¡Hum! – gruñó.

–Debí pedirle a Jake que preparara él el almuerzo -concluyó Cassie-.

Anoche hizo unos fideos como para chuparse los dedos. ¿Más pimienta negra, quizá…?

Melia andaba husmeando por la atractiva cocina con sus armarios y estantes de arce, y se entretuvo echando una ojeada al enorme tablero cubierto de notas y leyó lo que decía una de ellas que estaba parcialmente tapada:

«Querida señora Brodie, quiere hacer el favor de no…».

–Debo confesar que el hecho de que Jake Brodie sea domado por esa jovencita precoz, pero… bueno, que promete, me resulta realmente interesante.

–¿Ah, sí? – Cassie sonrió -. ¿A qué jovencita te refieres?

La mirada de Melia se posó en Cassie, que se concentraba de nuevo en la preparación de la ensalada, y sonrió, al tiempo que se preguntaba si no estaría imaginando cosas, pero no; sin duda Cassie tenía mejor aspecto que el día de la boda. Se la veía tan pálida, pobre niña, tan aturdida…

Seguramente no todo se debía al nerviosismo propio de ese día. Era probable que se debiera a una combinación de las presiones a que la sometieron durante el rodaje y la consiguiente campaña publicitaria anterior al preestreno. ¡Santo Dios, aquel preestreno! Sin embargo, todo había pasado. Melia entrecerró los ojos ante la brillante blusa azul que Cassie llevaba. El último grito de la moda, por supuesto, pero ¿quizá demasiado holgada en la parte delantera? Hum…

Melia se sentó en un taburete y empezó a picar uno tras otro pepinillo y un poco de arroz.

–¿Estás empezando a descubrir lo que se oculta en el otro lado del mundo del cine?

–Debes de querer decir el lado de los ricos y famosos. Yo aún hago buenas migas con los de éste.

–No; me refiero al hecho de que yo estoy casada con un productor, y tú, con un director. No es lo más ideal para gozar tranquilamente de la paz hogareña, ¿no te parece? Pero apuesto a que aun cuando Jake esté tramando algo con Tom Byron, no te dejará abandonada en las largas noches de invierno. Por lo menos, no todavía.

Cassie se quedó sorprendida, pues ella no sabía nada de los planes de Jake.

–¿Tom Byron? Ah, sí, ése -dijo.

–Y mi adorado, por supuesto. No quiere soltar prenda, el muy cerdo. Estoy segura de que se trata de un robo. Mike nunca se había mostrado tan reservado.

Cassie rió.

–Esperemos que sea algo medianamente honrado. No me los imagino a esos tres cosiendo sacos postales.

Michael y Jake llegaron en aquel momento, y el resto de la tarde transcurrió placenteramente.

Cuando Cassie hubo hecho acopio del coraje suficiente, fue a visitar a Rachel, con el fin de recoger algunas de sus pertenencias. Quería llevarse sus retratos de la galería de fotografías dispuestas en la pared de la ventana de la sala de estar, pero en cuanto vio a su madre comprendió que no podría hacerlo. Rachel mantenía todos sus contactos profesionales, y Cassie se dio cuenta de que, a pesar de su pasado rigor, a pesar de la suficiencia con que le hablaba ahora, su madre la echaba de menos. Pero, además, Rachel le tenía reservada una sorpresa. Lewis Johns le había pedido que asesorara a un sobrino de él que debía intervenir en su primera película y no entendía el intrincado contrato. Lewis no se consideraba capaz de ayudarle en la medida que podía hacerlo Rachel, le había dicho.

–Además se le ocurrió la idea de que podría establecerme como representante de actores. Dice que, ahora que tú te las arreglas sola, y yo aún conservo todas mis vinculaciones, sería una tontería no hacerlo.

–¡Pero eso es una idea estupenda! – exclamó Cassie.

–Es una idea estúpida -replicó Rachel-. Cuando recobres los sentidos y te des cuenta de que el hecho de estar casada con ese hombre no te reporta las ventajas que puedo ofrecerte yo, quiero disponer de todo mi tiempo para…

–Bueno, como eso no va a suceder -la interrumpió Cassie-, no discutamos.

Eran pocos los temas sobre los que podían hablar sin que se abriesen antiguas heridas, y Cassie se sintió inmensamente aliviada cuando concluyó la visita.

La única preocupación que la atormentaba constantemente era la cuestión del papel en Rebeca. Abordó a Jake con el propósito de exponerle la idea de buscarse un representante, pero él estaba demasiado ocupado en el estudio del proyecto que tenía entre manos juntamente con Michael Stone y Tom Byron, y ello le demandaba casi todo su tiempo y atención.

Jake le aconsejó que esperara.

–Hammond sabe que eres una buena actriz, o debería saberlo si tiene ojos, y los periódicos han hablado de Ocho días con gran entusiasmo. Todos se refieren a ti elogiosamente. Quédate tranquila, Cassie, y no pierdas la fe en ti misma.

Era un consejo alentador, pero ella comprendió, con frustración, que se trataba del consejo de una persona que había triunfado a otra de su misma condición. Por lo que a ella se refería, su espíritu aún seguía anclado en la época anterior al rodaje de Ocho días, la época de las salas de ensayo mal ventiladas, de las sesiones de prueba, del trabajo agotador y de las incontables decepciones. Rachel le había hecho pasar por todo aquello, y ahora se sentía libre y ansiosa por lograr algo mediante sus propios recursos. Era fantástico que Ocho días hubiese merecido tan buenas críticas y que tuviera éxito; también la llenaba de satisfacción ser reconocida por algún taxista o por alguna persona en un restaurante. Y se sentía cómoda viviendo con Jake. Pero una buena película no le garantizaba la permanencia en el mundo del cine, y no tenía ningún otro trabajo en perspectiva. Esperaba con ansiedad que Hammond la llamara.

Un sábado al mediodía, mientras almorzaban en el restaurante de Stephen, Jake le sugirió que tomara lecciones de danza y canto. Cassie se mostró

intrigada.

–Pensé que me considerabas capaz de interpretar un papel que exigiera sudor y lágrimas. ¿No estarás insinuando que debo dedicarme a la comedia musical, por casualidad?

–Idiota -repuso él cariñosamente-. Lo que pretendo es que llegues a conocerte mejor. Descubrirás la verdadera capacidad de tu cuerpo y de tu voz, lo que puedes hacer con ellos, los límites a que puedes llegar.

Cassie le escuchó, mientras él le exponía lo que a su juicio podría ser un buen plan, pero concluyó diciendo que la decisión debía tomarla ella.

–Lo de la danza me parece estupendo, pero dudo que pueda lograr algo en el canto -confesó.

–No importa. Se trata meramente de educar la voz.

–Creo que no tengo oído musical. Lo único que he hecho hasta ahora es berrear en la ducha.

–Lo sé; te he oído. Fragmentos de Oklahoma, pero, cariño, ¿no podrías, por favor, buscar una canción para sustituir Surrey with the Fringe on Top?

–¡Oh, cállate! – musitó ella, tratando de disimular el bochorno que sentía-.

De todos modos, creo que es un poco morboso eso de rondar ante la puerta del cuarto de baño cuando una chica se está duchando.

Jake estaba terminando de comer.

–Bueno, piénsalo. Así tendrías algo que hacer mientras estoy ausente.

–¿Ausente? – exclamó ella, sorprendida-. ¿Qué quieres decir? ¿Adónde vas?

Él sonrió.

–¿Significa eso que le importa que me marche, señora Brodie? Ah, ya apareció esa torva expresión en tus ojos, Cassie, por lo que supongo que no te importa.

Sintiendo un inexplicable desencanto, Cassie fijó la vista en la comida que ya no le parecía tan apetitosa.

–No me importa en absoluto que te vayas -repuso enfáticamente-. Sólo que… bueno, no lo esperaba, eso es todo.

–Sí -dijo él-, reconozco que no es muy oportuno que un hombre se marche por una semana en plena luna de miel sin decirle a su esposa dónde va, pero tú y yo nunca deseamos pasar una luna de miel, ¿no es cierto, cariño?

Esas palabras a Cassie le dolieron como si le hubiesen clavado un cuchillo.

–Espero que te diviertas -dijo, con enfado.

–Estoy seguro de que ése es tu deseo -replicó él.

Cassie se inscribió en una escuela de danza en el West End y allí pasaba las mañanas. Finalmente, decidió cambiar las clases de ballet convenidas de antemano por las de gimnasia-jazz que ella prefería por ser los movimientos más agresivos y enérgicos. Pronto comenzó a sentirse más ágil y esbelta.

Las lecciones de canto, con una profesora vienesa de recio carácter que vivía en el cercano Notting Hill, le exigían un mayor esfuerzo, pero las encontraba interesantes. Cassie descubrió que sus gorjeos en el baño nada tenían que ver con las dificultades que encontraba al tratar de sostener una nota, y la profesora vienesa se tomaba muy en serio la tarea de corregir sus defectos. Fue un par de veces al cine, llevó a Melia al teatro y un día salió a comer con la hermana de Jake, pero ella empezaba a preguntarse si alguna vez volvería a tener trabajo.

Entonces, una mañana soleada en que se despertó con el presentimiento de

que ese día la llamarían para confirmarle la asignación del papel de Rebeca, encontró entre la correspondencia una invitación para la boda de Martin y Elaine.

Al abrir el sobre, se sintió como si la hubiesen golpeado. Agradecía al cielo que Jake no hubiera regresado de su misterioso viaje. La tarjeta llevaba adherida una nota manuscrita que decía: «Mis disculpas por no habéroslo anunciado antes. Sé que a Martin le encantaría que vinierais. Y a mí también. Elaine.».

¿Le encantaría que fueran? ¿Por qué a ella? A Cassie le pareció oír la dulce y modulada voz de Elaine, y detectó un acento malicioso en ella, como si Elaine se hubiera sentido impulsada a afirmar su derecho de posesión.

¿Acaso Elaine abrigaba alguna sospecha con respecto al comportamiento de Cassie en la fiesta del preestreno? ¡Oh, maldita fiesta, los tragos, las habladurías de la gente! Maldijo a Martin también, y su boda… Ella no iría.

¿Por qué tenía que someterse a la tortura de revivir recuerdos desagradables y soportar terribles indirectas malintencionadas referidas a algo que ya había terminado, cuando había tantas otras cosas que podía hacer? No iría.

De repente el alud de pensamientos airados cesó. Se puso de pie en la habitación y contempló el parque bañado por la luz del sol que se extendía a sus pies. Martin… verle sólo una vez más. Olvidarse de aquel extraño que tan fríamente la había tratado en la recepción de Lewis durante la brevedad de una tarde.

–Pero no voy a ir -dijo en voz alta en la sala silenciosa-. No. No quiero rememorar el pasado. Sólo se sufre y ello te obliga a comportarte como una estúpida. No voy a ir.

Jake no estaría de regreso para la fecha de la boda y ella podría disculparse, tomándolo como excusa y alegando que había recibido la invitación demasiado tarde como para cancelar sus otros compromisos. No iría, y eso era definitivo.

Cuatro días más tarde Cassie se encontraba en la iglesia con su vestido nuevo de seda rojo y dorado, entre Michael y Melia. En aquel templo, enorme y suntuoso, solían celebrarse los casamientos de la alta sociedad.

Algunas de las personas que habían asistido a la boda de Cassie unas semanas atrás también se hallaban presentes, pero, aparte de ellas, había pocas caras conocidas que, elegantemente vestidas, cuchicheaban en voz lo suficientemente alta como para ahogar la música del quinteto de cuerdas que ejecutaba a Bach.

Cassie tenía la vista clavada en Martin, que, en compañía del hermano de Elaine, se encontraba frente al altar. La fragancia de los estefanotes y los lirios saturaba el ambiente; la súbita interrupción de la música y un silencio expectante anunciaron la llegada de la novia, y entonces Elaine, con el largo velo tradicional, avanzó por el pasillo central hasta situarse al lado de Martin. Cassie escuchó la voz de Elaine y aquella tan familiar, tan dolorosamente familiar, que intercambiaban solemnes promesas y votos personales.

La recepción tenía lugar en el quinto piso de un importante y fastuoso hotel.

Los ascensores funcionaban abarrotados de gente. Todo el mundo se desplazaba sobre la mullida alfombra oscura con el fin de felicitar a los novios, y luego formaban grupos con la copa de cava en la mano y se acercaban, charlando y riendo, a los amplios ventanales para contemplar el parque.

–¡Vaya, Cassie!

Elaine acercó la mejilla fabulosamente maquillada a los labios de Cassie, y acto seguido ésta le ofreció brevemente la suya a Martin. Luego se apartó de él para observarle, tan guapo y distante en su día de boda. Martin parecía contento de verla.

–Me alegro de que hayas podido venir.

Eso era más de lo que le decía a la mayoría de los invitados, y sin embargo Cassie tuvo la impresión de que sentía lo que significaban aquellas palabras

y algo más. Se alegraba de que ella no pareciera dispuesta a hacer una escena, que, en realidad, no le guardaba rencor y que se veía muy atractiva y elegante entre los demás.

Unas amigas se acercaron a ella, haciendo comentarios elogiosos sobre su vestido, bromeando y riendo acerca de las aventuras que habían corrido para llegar a la fiesta, y Cassie se alejó con ellas. La sala estaba ornamentada con arreglos florales, y el aire caliente casi se hacía irrespirable por el delicioso e intenso perfume de los claveles blancos, las azucenas y los diminutos pimpollos de las rosas de un palidísimo color rosado. Cassie se hallaba enmarcada en una tediosa conversación cuando vio entrar a Jake por la puerta principal.

Se sorprendió al comprobar que estaba más complacida de verle de lo que había imaginado. Él se dirigió directamente a felicitar a Martin y Elaine, y mientras le seguía con la mirada, Cassie se dio cuenta de que le había echado de menos durante la última semana. Jake se entretuvo charlando unos minutos con los recién casados y luego se separó de ellos, recorriendo el salón con la mirada. Al ver a Cassie, se encaminó hacia ella. Sonreía, pero había una acerada expresión de curiosidad en sus ojos. Le dio un beso en la mejilla y, cogiéndola de la mano, la alejó de sus amigas.

–Muy bien, señora Brodie. Menos mal que había una gacetilla en los periódicos de la mañana sobre esta boda, si no quizá me la habría perdido.

Su alegría de verle se esfumó.

–Y eso te habría dolido mucho, estoy segura.

–Sin duda, si tú te hubieses sentido sola y abatida como la última vez que estuviste en una fiesta con Martin y Elaine.

Cassie se mosqueó.

–No seas estúpido, Jake. No voy a dejar que eso suceda de nuevo, tanto si estás tú como si no.

–De cualquier manera -repuso él, mirándola de arriba abajo y advirtiendo cómo el rojo y el dorado del vestido de seda acentuaban el color caoba de sus cabellos-, presiento que es oportuno que haya venido. Los recuerdos del pasado podrían avivar la tentación en vosotros dos. Sería una lástima que no sirviera de nada el habernos casado tan recientemente, ¿no crees?

–¿Qué quieres decir? ¿Acaso temes que haga una escena? ¿Que me lleve a Martin a una habitación y le seduzca o algo parecido? Eres un encanto, ¿eh?

–Sólo quiero asegurarme que no tendré que volver a dar un montón de explicaciones. Y esta vez, cariño, tienes que reconocer que resultaría bastante absurdo.

Así que era eso. Estaba alerta y la vigilaba. Un hondo resentimiento la embargó. ¿Qué derecho tenía a exigirle una conducta ejemplar cuando él se había ido por una semana, probablemente con otra, y ni siquiera se había dignado decirle adónde iba? Ello le resultaba extrañamente doloroso.

–No es necesario que me espíes -le dijo-, y eres tú quien tendrías que procurar ser un poco más discreto. La próxima vez que te vayas, debes evitar que te sigan los periodistas o los chismosos, para que no publiquen habladurías sobre ti, y luego tenga que salir yo a dar explicaciones.

Jake le escrutó los ojos.

–Para que lo sepas, te diré que en ningún momento pensé que te importara un comino lo que yo hacía.

–Claro que me importa -replicó ella, tristemente-, tanto como te importa a ti lo que hago yo, y por las mismas razones.

La expresión de Jake se transformó, denotando preocupación.

–Cassie, salí en viaje de negocios. No te di detalles, porque… bueno, porque aún no puedo hacerlo. Pero escucha, cariño, no estuve…

–¡Hola, ricuras! – Melia se interpuso entre ambos y les enlazó con los brazos-. Jake… te perdiste una hermosa ceremonia… Cuéntaselo Cass.

Cassie se alegró de la interrupción y se sonrió ante la ávida expresión de Melia.

–No; cuéntaselo tú, pues es evidente que viste algo que yo no vi.

–¡Bieeen! ¿Qué te pareció todo eso de la poesía? Shakespeare, ¿no?

–Sí, lo encontré muy conmovedor.

–Mentirosa -dijo Melia -. Vi que ponías cara de vinagre.

–Bueno, los zapatos me estaban matando.

–¡Oh! Pero, en serio, ¿oíste todas las promesas que se hicieron? Sólo espero que el viejo Martin olvide sus antiguas mañas y trate de cumplir lo que prometió. El…

–Jake -terció Michael en aquel momento-, lamento interrumpiros, pero Chad Elliot está aquí y querría hablar unas palabras contigo. ¿De acuerdo?

Jake se fue con él; Melia se volvió hacia Cassie.

–El bueno de Martin. Es un encanto. ¿Sabes lo que me dijo? Me sentía fatal por lo vieja que me hace este peinado y este horrible pingajo de vestido, pero él me dijo: «¡Tonterías! ¿Dónde está tu osito de trapo?». – Se echó a reír-. ¿No es adorable?

Cassie sonrió, ocultando su pena en lo más profundo de su ser.

–De veras lo es. Tomemos otra copa de cava.

–¡Oh, Cass…! – Melia pareció vacilar-. No me digas que te dio otra vez por

emborracharte. Tuve la impresión de que Jake estaba malhumorado…

–¡Oh, estoy bien! Es que me encanta llorar en las bodas…, ya conoces la vieja canción. Vamos…, ¡que todavía no estoy llorando! tomemos otra copa y levantemos el ánimo.

–¿Os habéis peleado tú y Jake? Cassie cerró los ojos y meneó la cabeza.

–Porque si es así, tienes que pensar en los deliciosos momentos que te esperan en la reconciliación. ¡Oh, pobre chiquilla! Vamos, te conseguiré una copa del mejor cava.

–Sólo quiero entonarme un poco.

–Claro. Las bodas siempre te hacen pensar en la tuya, ¿no es cierto? Te pones romántica y recuerdas ciertas cosas.

Cassie rió.

–¡Oh, Melia!

Después de pasar otra hora charlando, comiendo y bebiendo, Cassie comenzó a sentir deseos de irse a casa. Buscó a Jake, pero él estaba enfrascado en una conversación, y cuando otra amiga se unió a su grupo, ella se excusó, abandonó el salón y salió al silencioso y alfombrado pasillo del hotel. Encontró una butaca en un recibidor, se hundió en ella y se quitó los zapatos con un suspiro de alivio.

Se había enfrentado con todas aquellas chismosas, que en última instancia no habían chismorreado, y finalmente había presenciado como Martin salía de su vida para ingresar en un mundo diferente. Él había emprendido aquel viaje hacía mucho tiempo, quizá en la época en que trabajaban juntos en la película, y sin embargo, por alguna razón, no le había dolido tanto como ella suponía.

Se abrió y volvió a cerrarse la puerta del ascensor en el otro extremo del

pasillo, y Cassie deseó que nadie se dirigiera hacia donde ella se encontraba. Pensó que tal vez debiera marcharse subrepticiamente en aquel momento; podría coger un taxi frente al hotel y regresar directamente a Bayswater. Le desagradaba aquel hotel con sus espejos de marcos dorados y sus esplendorosas arañas de cristal, y súbitamente el recuerdo del sobrio y confortable apartamento la inducía a refugiarse en él. Se agachó para recoger los zapatos.

–¿Cassie?

Ella levantó la vista.

–No estaba seguro de que fueses tú. – Martin le sonreía y avanzaba hacia ella con las manos extendidas-. Ven aquí…, dame un beso bien grande y deséame suerte de nuevo.

Cassie dejó que le cogiera las manos y se puso de pie, respondiendo a la cálida mirada de sus ojos azules con una sonrisa, pero sin hacer gesto alguno para dejar que la besara.

–Estás tan atractiva como un millón de dólares -dijo él -. No. Como dos millones.

–¿Qué estás haciendo aquí? – le pregunto ella, alegremente-. ¿No tendrías que estar allí adentro haciendo discursos?

–Creo que el padre de Elaine se encargará de eso. Mi papel consistía en mostrarme ansioso y buscar nerviosamente el anillo.

–¡Oh, Martin! No tuviste inconveniente con el anillo; lo hiciste muy bien.

–Gracias. Se lo había pegado a los dedos del padrino.

–¡Tú siempre tan práctico!

Martin se echó a reír.

–¡Oh, Cass…! – Le miró las manos que reposaban entre las de él y luego volvió a fijar la vista en su rostro-. Me alegra tanto verte así. La última vez que estuvimos juntos…, bueno, tengo un profundo sentimiento de culpa. Y

detesto la idea de separarnos con semejante resentimiento. ¿Me has perdonado ya? ¿Somos amigos?

Cassie le observaba, ligeramente absorta.

–Corazón, te traté muy mal en la fiesta de Lewis. Y lo lamento. Debí decirte lo que estaba pasando entre Elaine y yo mucho antes de cuando lo hice, pero…, pero ahora todo pasó, ¿verdad? Ambos estamos bien.

–Sí -repuso ella-, ambos estamos bien.

Escrutó su cara, preguntándose si él sabía lo que estaba pensando, maravillándose de la leve irritación que había experimentado cuando, momentos antes, le viera tan radiante como si el sol brillase en su interior.

–¿Sabes una cosa? Creo que siempre te amaré. ¿No fue grandioso lo nuestro? ¡Y ahora estás casada con Jake! Cuando me enteré, no sabía si ponerme celoso o…

–¡Oh, Martin, por el amor de Dios!

–No, en serio. Hacéis una pareja perfecta.

Ella le observaba con incredulidad. ¿Cómo podía haberle considerado una persona sensata y de claro entendimiento? Sabía tan poco de ella y de sus sentimientos como de salir volando por la ventana. Martin nunca había sido parte de ella, como en algún momento había creído. Y de pronto lo vio todo claro: comprendió el porqué de su relación y lo inevitable que había sido, pero también comprendía por qué había tenido que terminar. Mas no por ello le resultaba menos doloroso. Sin embargo, aquello ya pertenecía al pasado. Definitivamente, y nada tenía que ver el hecho de haberse casado con otra persona.

–… tener esta oportunidad de hablar contigo, Cassie. Siempre quise ser honesto contigo. – Con un sobresalto ella se dio cuenta de que Martin aún seguía hablando-. Y ahora quiero que sepas lo que sentí aquella noche, la noche del preestreno. Nunca debí permitir que pasara lo que pasó. Lo lamento.

Cassie se sintió embargada por la congoja. Él lo lamentaba…, y ella se había emborrachado, casi había arruinado su carrera profesional y se había casado con Jake. ¿No se le podía ocurrir nada mejor que decir que «lo lamento»? ¿Por qué había tenido que decirlo, además? Bruscamente se separó de él, volvió a la butaca, se sentó y se puso los zapatos.

–No hablemos más de eso.

Entonces él pareció recobrar la noción del tiempo y del lugar donde estaba.

–Sí, claro. Elaine fue a cambiarse… Debo irme, Cassie.

–Lo sé. Anda, vete. Yo tengo que empolvarme la nariz.

–¿Te veré muy pronto?

–Sí, por supuesto.

–¿Qué andas haciendo…, tienes trabajo?

–Sí, estoy haciendo muchas cosas. Trabajo arduamente.

–Cariño.

Le acarició la mejilla y se fue, caminando a grandes zancadas, bajo la hilera de apliques que iluminaban el pasillo. Ella giró sobre sus talones y se alejó en dirección opuesta; salió por las puertas de vaivén y pasó frente a los ascensores para detenerse ante la escalera de mármol.

No quiso molestarse en esperar el ascensor y descendió apresuradamente por la amplia escalera. El mundo estaba loco. Martin lamentaba lo ocurrido, pero podían seguir siendo amigos…, y por culpa de él, ella quizá no obtendría el papel que tanto deseaba, y, por si eso fuera poco, se había casado con un hombre que apenas conocía y que se consideraba dueño de ella. ¿Cómo era posible que Martin hubiese sido tan desconsiderado? Oh, pero no debía echar toda la culpa a Martin. Era ella quien se había emborrachado; era ella quien decidió casarse con Jake… Y aunque ahora se separara de él, no se libraría del vínculo legal. ¡Cuan desatinado y embrollado le parecía todo de pronto! Se detuvo en la escalera al pensar que Jake no sabía que se había marchado. Pero la idea de regresar a aquel salón sofocante, con toda aquella gente embriagada por el cava, y enfrentarse con Jake, que se mostraba frío y enigmático, era algo superior a sus fuerzas.

Bajó corriendo los últimos escalones y, después de atravesar el animado vestíbulo, salió a la calle, donde quedó aturdida por la luz del día y el fragor del tránsito.

Como no llevaba dinero, no podía coger un taxi ni el autobús, pero se alegró de poder caminar por Park Lane, mientras la suave brisa disipaba los efectos del aire acondicionado del hotel.

Cruzó la amplia calzada de Park Lane hasta la acera que bordeaba Hyde Park y aspiró el aire cargado por la fragancia del césped y de los árboles, que persistía a pesar de los gases de combustión de los automóviles y el polvo. Ante ella se extendía la suave y prolongada curva de Marble Arch, bañada por el sol del atardecer. Siguió por la acera del parque hasta Bayswater Road, donde cruzó al otro lado. Frente al cine de Marble Arch, el público formaba una larga y sinuosa cola, para la primera sesión de la noche. Llegó al edificio de apartamentos y traspasó el alto portal de piedra, flanqueado por los añosos árboles; tomó el ascensor hasta el último piso.

Dentro del apartamento permaneció inmóvil, dejando que el silencio que reinaba en las frescas habitaciones actuara como sedante sobre sus alterados nervios; el ruido de la ciudad llegaba hasta ella como un sordo rumor. El sol se ponía tras el parque. Arrojó el bolso sobre una butaca, se dirigió al aparador y cogió una botella de gin; se sirvió un trago. En la cocina

encontró una nota de la mujer de la limpieza, en la que se disculpaba por haber roto un vaso; encontró el jugo de naranja en el refrigerador y volvió a la sala llevando el frasco consigo. Se preparó otra copa. El estéreo se encontraba detrás de un biombo japonés, y Cassic puso en él un disco de Mozart. Se trataba del adagio de un concierto para piano, pero era tan triste, que lo reemplazó por algo de Bruckner.

Luego se sentó en el suelo ante la cincelada chimenea victoriana, se quitó los zapatos y, saboreando el coctel, se dejó llevar por la melancólica música de Bruckner. La sala se fue oscureciendo lentamente. La fiesta debía de estar en todo su apogeo. Melia le contó después que, en cuanto ella se hubo marchado, un numeroso grupo de invitados se había ido a Fortnum Masons, donde, eufóricos y vocingleros, tomaron el té con emparedados y petits fours. En la calle comenzaron a encenderse las farolas, cuyo resplandor se proyectaba sesgadamente sobre el cielo raso. Cassie dejó vagar su mente hacia el pasado, rememorando momentos que ya no volverían nunca más.

Se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano, mientras sus pensamientos se poblaban de dulces recuerdos de los buenos tiempos, de los chistes, de lo mucho que se divertía con Melia, de las estúpidas bromas que los del equipo de filmación le jugaban a Lewis antes de que enfermara.

Estaba demasiado absorta en sus pensamientos como para oír el ruido del ascensor al llegar al piso; pero el que hizo la llave de Jake al ser introducida en la cerradura la sacó de su meditación, e, instantáneamente, corrió a esconder la botella de gin que ya estaba casi vacía. Lo único que pensó era que no quería que Jake la abroncara por haber bebido demasiado.

Inesperadamente, las piernas le flaquearon; cayó de rodillas ante el aparador y, cuando trató de colocar la botella en su sitio, las copas y los vasos tintinearon ruidosamente.

Se abrió bruscamente la puerta de la sala de estar, y Jake apareció en el umbral. Una sola mirada a su rostro bastó para que Cassie comprendiera que nada estaba más lejos de su ánimo que el deseo de bromear. Tenía los labios apretados, pero, al verla, se distendieron en una torva sonrisa. En dos zancadas se plantó en el centro de la habitación. Su figura aparecía extrañamente alargada y amenazadora a la luz fantasmal que proyectaban

las farolas de la calle.

Apartó a Cassie de un empujón y metió la mano en el aparador; al sacar la botella de gin, una cascada de copas de licor se desparramó por el suelo.

Observó al trasluz la pequeña cantidad de gin que quedaba en la botella y la dejó sobre la mesa ratona con un golpe seco.

–Vaya. Si quieres emborracharte, hazlo con estilo, Cassie. Bebe, pero no lo ocultes, ¿me oyes? No ocultes nada.

Cassie logró incorporarse con gran esfuerzo.

–¿Qué… qué demonios estás haciendo? ¿Qué tengo…?

–No me vengas con esos aires inocentes que adoptas ante Rachel, Cassie -la interrumpió él, airado-. No me pongas en su lugar. Puedes haberte casado conmigo para salvar tu pellejo profesional, pero con eso no has cambiado un guardián por otro.

–¡No sé de qué demonios estás hablando! Llegas hecho una furia…

–Y te encuentro apurando una botella de gin de un litro.

–¿Y qué? ¿Desde cuándo te preocupa si bebo, cuánto bebo y cómo bebo?

Pensaba que ambos podíamos hacer nuestra propia vida.

Él rió brevemente.

–Anda, pues, bebe. A mí, ni me preocupa ni me importa, si con ello logras expulsar a Martin Lowell del cuerpo. No me importa que pilles una zorra.

¿Ves, Cassie? Soy muy liberal. Un esposo la mar de considerado.

–Bien -repuso ella, cogiendo su vaso.

–Pero hay dos cosas que me parecen inconvenientes. Una es que, si te prendes a la botella y no puedes dejarla, arruinarás tu carrera artística.

¿Entendido?

Cassie sonrió con enojo.

–Y eso te dolería, ¿eh?

–Y la otra, la que más me fastidia, Cassie querida, es que te escabulleras del salón a la primera oportunidad, para hacer lo que fuera que hiciste con ese bastardo de Lowell.

Ella se quedó mirándole fijo, completamente desconcertada.

–¿Con Martin? Pero yo no hice nada. Salí a tomar un poco de aire, y él vino y…

–¿Saliste a tomar un poco de aire? Cassie, ¿no te parece a ti misma una excusa demasiado rebuscada?

–Pero… ¡eso es lo que pasó! – Quería explicarse, pero estaba demasiado confundida y asombrada-. Tú no sabes absolutamente nada de lo que ocurrió… ¿Por qué te pones así?

–Te lo diré. Martin se esfumó, y Elaine anduvo buscando por todas partes a su flamante esposo, mientras Melia iba preguntándole a todo el mundo:

«¿Dónde está Cassie? ¿Dónde está Cassie?», hasta que a mí se me agotaron las excusas para justificar tu ausencia. Luego yo también te busqué…, y allí estabais los dos, en el pasillo, cogidos de las manos, con una amorosa sonrisa en los labios. ¿Qué es lo que anduvo mal?

–¿Qué quieres decir?

–Tú parecías dispuesta a acostarte en la primera cama vacía que encontraras. No me digas que, en el último momento, uno de los dos tuvo remordimientos de conciencia. – La acusación era tan injusta, que Cassie sintió que la sangre se le subía a la cabeza; tuvo un arrebato de cólera.

–¡Oh, hablemos sin tapujos…! Ahora sale todo a la luz del día, ¿no? ¡Bien, déjame que te diga que no sabes nada de nada! Eres capaz de pensar lo peor de mí porque tú mismo eres perverso…

–¡Santo Dios! Y tú eres todo dulzura y bondad, ¿no es así? No te olvides que el año pasado te vi mentirle a tu madre con la más tierna de las sonrisas, para escabullirte del estudio en compañía de Lowell, y tuviste la astucia suficiente para actuar como si no hubieses roto un plato en tu vida…

–¡Eso fue el año pasado! ¡Eso nos concernía a Martin y a mí! ¿Por qué tengo que darte explicaciones y justificarme por lo de hoy? ¡Ello nada tiene que ver con nosotros! Tú sólo te casaste conmigo porque querías tener una actriz de primera mano, ¿recuerdas? Hicimos un trato.

–Así es…, un convenio. Un endemoniado convenio. Yo tenía que ponerte a salvo de las habladurías, y tú debías evitar que se generaran más. ¡Y yo ni siquiera tendré una actriz si sigues empinando el codo de esta manera!

–¡Bastardo! – Cassie descargó un golpe con el vaso al ponerlo sobre la mesilla-. Eres tan malvado como todos los demás y aun peor. Sólo porque mi pobre padre…

–¡Si Joe Fontaine viviera te daría unos azotes en el trasero si te encontrara atizando la lámpara como lo estás haciendo estos días!

–¿Insinúas que te gustaría hacerlo tú por él?

–No me entiendes, Cassie.

–Adelante -dijo ella con aire desafiante, pero las lágrimas habían aflorado a sus ojos-, pégame…, tú eres el Gran Director, y te crees con derecho…

–¡Por todos los diablos, te…!

–Pero arruinarías tu preciosa inversión, ¿eh? No olvidemos el motivo por el que nos casamos.

–Dios mío, sería endemoniadamente difícil olvidarlo, ¿no crees? No hay nada más en él. ¿no es cierto? Cuando esa puerta se cierra por la noche, no hay nada… ni interés, ni amor…

–¡Amor! ¿Cómo puedes hablar de amor sin que se te caiga la cara de vergüenza?

–¡Y tú no lo reconocerías aunque se te presentara envuelto en una luz cegadora!

Jake salió de la sala enfurecido, y ella se arrojó sobre el sofá golpeando el almohadón con los puños. ¡Era tan injusto! Le abandonaría. ¡Le odiaba!

Martin y la boda, y Melia convencida de que ella y Jake eran muy felices, como pareja recién casada… ¡Oh, era todo tan injusto! Jake estaba en su habitación, probablemente cambiándose de ropa para salir y encontrarse con otra mujer…, y ella deseaba que así fuera. Deseaba que se marchara y no volviera en una semana…, en varias semanas. Tenía que abandonarle, encontrar un apartamento para ella sola, buscar trabajo… No podía seguir ni un minuto más con aquella farsa absurda de vivir con él.

Sintiéndose sola y confundida, y destrozada por el orgullo herido, se echó a llorar. Al cabo de un rato, su ira fue perdiendo intensidad, y por último su resentimiento empezó a disiparse. Persistía en su mente una inquietante imagen de su padre, y dirigió una mirada a la mesilla donde Jake había depositado la botella y donde reposaba su propio vaso semivacío.

«Pero yo no soy ninguna de esas cosas que él cree que soy -pensó-. Soy una actriz, y eso es lo que siempre quise ser. En esta profesión no tiene mucho sentido, pero el trabajo es el único ámbito donde me siento segura y a salvo.

Donde nunca hubo problema alguno que no me sintiera capaz de resolver, si ponía empeño en ello. ¿Lo comprendería Jake si se lo explicase? Todo lo demás es demasiado absurdo. Las personas, las emociones, el porqué haces determinadas cosas y porqué las hacen los demás. En el trabajo, sé el terreno que piso…, sé exactamente donde estoy.»

Aquello no tenía sentido, y ella estaba demasiado cansada como para hacer el esfuerzo por encontrárselo. Encogió las piernas y se quedó inmóvil acostada en el sofá, mirando la lámpara del rincón, que inundaba la sala con su suave luz dorada. La música hacía rato que había cesado, y ella no tardó en cerrar los ojos, vencida por la fatiga.

Jake entró en la sala, pasó junto a ella y se detuvo ante su escritorio. Extrajo un fajo de papeles de un cajón y, después de encender la lámpara de la mesa, leyó algunas hojas. Volvió la cabeza para echar una mirada a Cassie.

Lanzó un suspiro, guardó de nuevo los papeles en el cajón y se acercó al sofá.

–Cass…, vamos. No era mi intención…

Entonces se dio cuenta de que estaba dormida. Se sentó en el borde del sofá.

Acomodó el almohadón para que la cabeza de Cassie reposara más cómodamente sobre él.

–No era mi intención herirte -dijo con voz queda, al tiempo que apartaba de su cara unos mechones de sus negros cabellos.

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