Dingdong

Arthur Maling · Capítulo 1 de 37

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Dingdong

Capítulo 1

DINGDONG

Arthur Maling

Para Larry Breeding,

con agradecimiento.

CAPÍTULO 1

 

Haber encontrado a Holly fue como un puñetazo en el estómago, y todavía me estaba restableciendo de él, cuando llegó el segundo golpe: una llamada telefónica del doctor Price diciendo que mi madre había sido atropellada por un auto.

Me aturdí tanto que tardé un momento en entender sus palabras, y otro tanto en recuperar la voz.

—¿Son muy graves las heridas? —pregunté.

—Va a ser mejor que venga enseguida, Mike.

—¿Dónde está?

—En el hospital Spohn. En la sala de terapia intensiva. Estamos haciendo todo lo que podemos —su tono implicaba que todo lo que pudieran hacer no sería suficiente.

—Voy a tomar el primer avión —dije. Colgué y me quedé sentado, mirando el teléfono fijamente.

Cat entró lentamente en el living, descalza y desnuda, restregándose los ojos.

—¿Quién era? —preguntó.

—Un médico —respondí—. Mi madre fue atropellada por un auto.

Se acercó rápidamente y se arrodilló junto a la silla. Me abrazó reclinando la cabeza sobre mis piernas.

—¡Oh, Mike!

—Debo viajar a Corpus Christi.

—¿Y la audición?

Me había olvidado de la audición.

—Tendré que faltar.

Cat continuaba arrodillada junto a la silla, pero había retirado los brazos.

—No puedo evitarlo —dije—. Mamá está mal.

Cat se levantó.

—Voy a hacer café —se fue a la cocina.

Llamé a la aerolínea. El primer vuelo era a las 8:30, con un cambio de avión en Dallas. Reservé un asiento.

En mi cabeza se agolpaban las imágenes. Mamá tirada en la calle. Mamá en la cama de un hospital. Intenté borrarlas, pero eran insistentes y dolorosas.

Un momento después estaba con Cat en la cocina. Se había puesto una de mis camisas y estaba sentada a la mesa, el mentón apoyado en las manos y los ojos fijos en el frasco de café instantáneo. Me senté frente a ella. La pava comenzó a silbar. Cat se levantó, echó agua hirviendo en dos pocillos y los trajo a la mesa.

—¿Puedes permitirte faltar a la audición? —preguntó. Sabía la respuesta tan bien como yo: no podía.

Volqué varias cucharadas de café en los pocillos.

—¡Pobre Mike! —dijo—. Las cosas no te están saliendo bien, ¿no es cierto? Me molestó la tristeza de su voz, también la objetividad. Como si estuviera mirándome desde una gran distancia.

Miré de soslayo a la hermosa muchacha que había estado compartiendo mi cama y mi vida durante los últimos dos meses. En algunos aspectos la conocía. En otros no, y jamás llegaría a conocerla.

—¿Qué quieres que haga, Cat?

No me respondió.

Por supuesto tenía razón de que las cosas no me estaban saliendo bien. Al menos tenía razón acerca de los últimos cinco años. Hasta ese momento las cosas habían andado bien. Realmente muy bien.

—Algo más sucedió hoy ¿no es cierto? —preguntó Cat entonces.

La pregunta era tan inesperada y tan certera que casi dejo caer el pocillo al volver a dejarlo sobre la mesa.

—Nada especial ¿por qué?

—Es una sensación que tuve hace un rato. La sensación de que algo te estaba incomodando.

—No —dije.

Yo le había puesto el sobrenombre de Cat porque recordaba una gata, graciosa, independiente, inescrutable. Con el modo de ser peculiar de los gatos, atentos mientras pretenden no estarlo. Y ahora pensaba que le había puesto el sobrenombre apropiado.

Cat dejó el tema. Me sentí aliviado. No me hubiera importado decirle que me había encontrado accidentalmente con Holly, pero decírselo habría llevado a más preguntas y más explicaciones, hasta que al final habríamos llegado a asuntos que no quería explicar a nadie, ni siquiera a mí mismo.

—Supongo que no sabes cuánto tiempo estarás ausente —dijo.

Asentí con la cabeza. Recordé una observación que mamá había hecho ocasionalmente. «Me voy a ir cuando el Buen Señor me invite». Su relación con Dios era intensamente personal, como lo había sido la de mi padre. Morir para ella era cuestión de aceptar una invitación de ir al cielo.

—Depende —dije.

Terminamos el café en silencio, mutuamente deprimidos. Por último Cat se levantó y dio la vuelta a la mesa.

—Lo siento, Mike —dijo, acariciándome la espalda—. De veras.

Le tomé la mano y la retuve. No le pregunté si lo sentía porque mamá se había accidentado o porque yo iba a perder un trabajo que necesitaba urgentemente. Creo que lo sentía por ambas cosas.

—¿Vuelves a la cama? —preguntó.

—No en este momento —dije.

—Bueno, abrígate. Te vas a resfriar si sigues sentado desnudo.

Volvió a la cama, y yo me puse una bata. Me hice un segundo pocillo de café y me quedé sentado en la cocina un rato, bebiéndolo. Luego me fui al living y encontré un paquete de cigarrillos. Me fumé la mitad del paquete mientras me rondaban negros pensamientos sobre el futuro.

A eso de las cinco decidí llamar a Hal. Busqué el número en la libreta de direcciones, pero en ese momento cambié de idea. ¿Para qué despertarlo a estas horas? Habría suficiente tiempo para ponerme en contacto con él una vez que conociera el verdadero estado en que se encontraba mamá. Después de todo, la responsabilidad no recaía sobre Hal sino sobre mí.

A las seis y media entré en el dormitorio. Cat estaba dormida de espaldas, los cabellos desparramados sobre la almohada, como un halo negro. Me vestí tan silenciosamente como pude y metí unas pocas cosas en la valija. Cat no se despertó. Tampoco cuando levanté la frazada para cubrirle los hombros.

Suspiré. No era culpa suya no ser Holly Simmons. Cualquier falta que hubiese, era mía, por seguir deseando a Holly Simmons.

 

Era temprano en la tarde cuando llegué a Corpus Christi. La temperatura era unos quince grados más alta que en Chicago. El cielo era azul. Las jóvenes palmeras que bordeaban el camino que llevaba a la estación terminal crujían con el fuerte viento del golfo. No tenía la sensación de haber regresado al hogar sino la de haber retrocedido en el tiempo. Como si el Mike Wiley que había salido del avión fuera más joven que el Mike Wiley que entró.

La sensación persistió en el viaje a través de la ciudad hacia el hospital. La bahía, la plaza, los nuevos moteles de la costa, el mundo todo era un lugar soleado, brillante, lleno de diversiones. Hasta que no estuve dentro del hospital no regresé a la realidad.

Le pregunté a una enfermera dónde estaba la sala de terapia intensiva. Me lo dijo. Encontré el ascensor y subí. Detrás de un escritorio había un empleado de servicio. Me preguntó a quién quería ver. «A Emma Wiley», le contesté. Me dijo que me sentara. Comencé a explicarle que era su hijo y que el doctor me había dicho que viniera enseguida, pero el empleado era inflexible: todavía no era la hora de las visitas. Le pregunté si podía llamar al doctor Price. Me dijo que el doctor Price estaba con mi madre. Me dirigí hacia un banco, donde me senté junto a una pareja de mejicanos que parecían muy preocupados.

Todavía estaba sentado allí pocos minutos después, cuando por uno de los corredores apareció el doctor Price. También parecía muy preocupado, pero trató de sonreír ligeramente cuando me estrechó la mano, y me sentí tranquilizado por su sola presencia. En un tiempo había sido miembro de la congregación de mi padre y había cuidado de nosotros desde que yo tenía memoria.

—Su madre no me pidió que lo llamara —dijo—, sino que yo lo hice por mi propia cuenta, y me alegro mucho de que usted esté aquí. Su estado está desmejorando rápidamente.

Algo se retorció dentro de mí.

—¿Qué sucedió?

—No fue culpa del conductor. Había como media docena de testigos, y todos dicen lo mismo. Su madre se puso directamente frente al auto.

Eso me pareció extraño. Nunca había sido distraída.

—De todos modos, el auto la golpeó del lado izquierdo, y después que cayó al suelo, la rueda derecha le pasó por encima. Si el auto hubiese ido realmente rápido, la hubiera matado instantáneamente. Pero el conductor ya había pisado el freno, y el auto estaba patinando en el momento del impacto. Su madre todavía estaba consciente cuando la trajeron al hospital.

Me estremecí.

—¿Está consciente ahora? —pregunté con voz ronca.

—Sí, y sabe que usted venía. Pensé que lo mejor era decírselo. Está muy grave, Mike, Sufrió la rotura de tres costillas y un traumatismo considerable en el bazo. Tuvimos que operarla del bazo ayer a la noche. Fue después de la operación cuando lo llamé.

—Pero si usted operó… —dije, tratando de encontrar un rayo de esperanza.

—Hemos operado porque no había más remedio, Mike. Se produjo una hemorragia interna. Pero teníamos miedo de que después no pudiera respirar lo suficientemente hondo como para limpiar los pulmones, lo que es un peligro en este tipo de operaciones, y especialmente en el caso de su madre, con tres costillas rotas. Y eso es lo que ocurrió. Contrajo pulmonía.

No entendí lo de los pulmones, sí lo de la pulmonía. Volví a estremecerme. Visiblemente.

El doctor Price me apoyó un brazo sobre el hombro.

—Pienso mucho en su madre, Mike. Haría cualquier cosa por salvarla, pero sus pulmones se están llenando rápidamente de líquidos, y nada de lo que hemos hecho ha servido para limpiarlos.

—¿Hay alguna posibilidad de salvarla?

—Una entre mil.

Nos quedamos allí durante un momento, luego el doctor dijo:

—Venga —y me condujo al lado del lecho—. Le traigo un visitante —le dijo a mi madre.

Ella me miró y sonrió.

La besé. Su mejilla estaba muy caliente. Pero aparte de eso no parecía estar tan grave.

—Has venido desde tan lejos —dijo.

Asentí, y de repente no supe qué decir.

—¿Cómo estás, Mike? —preguntó.

—Bien —respondí, esforzándome por sacar una sonrisa—. Parece que no estás bien. No deberías andar por ahí golpeando autos.

—No fue culpa del conductor —dijo. Yo no me fije por dónde caminaba.

Debía ser la verdad si lo decía ella, pero aún me resultaba difícil creerlo.

—Los voy a dejar solos —dijo el doctor Price, y dirigiéndose hacia mí—: no puede quedarse mucho tiempo. Tenemos que usar constantemente una máquina, un aspirador, Pero podrá volver más tarde.

Salió.

—Hay tantas cosas que quisiera saber —dijo mi madre—, y hay tan poco tiempo.

—No hables así, mamá —dije.

—Tal vez no debería —agregó—, pero quiero estar preparada cuando el buen Señor me invite —hizo una pausa—. ¿Eres realmente feliz, Mike?

—Tan feliz como puedo —contesté sinceramente—. No tan feliz como cuando estaba en la cumbre.

—No deberías buscar tanto el éxito.

Yo ya había sido un éxito antes. Lástima que después no lo fui más. Había dejado de serlo en mi profesión y en todos los demás aspectos.

—Creo que tienes razón —dije.

—Creo que tu padre ha influido demasiado en ti. Él había puesto mucho énfasis en el éxito. Pero entendía por éxito otra cosa distinta.

—Por cierto que no quería que yo fuera actor —admití. Yo nunca había pensado en mi padre sino como en un beato autocomplaciente y de mente estrecha, y con una buena dosis de sadismo. Pero es cierto que exigía un esfuerzo constante.

—No lo juzgues mal —dijo mi madre—. Trató con todas sus fuerzas de vivir de acuerdo con la Biblia, y eso le resultaba difícil —comenzó a toser. La tos era terrible. Su rostro se retorcía.

Rápidamente vino una enfermera.

—¡Tranquilícese, Mrs. Wiley, tranquilícese!

Pero el espasmo pasó.

Mi madre esperó hasta recuperar el aliento, y luego dijo:

—¿Sigues viendo a esa chica bonita que te gustaba, Holly Simmons?

Durante un instante me sentí demasiado confuso como para hablar. No le había mencionado a Holly Simmons a mi madre durante años.

—Está en Chicago ahora, en una comedia —dije finalmente.

—La vi por televisión. ¡Parece tan dulce!

Intentó levantar la cabeza, pero el esfuerzo era mayor de lo que podía realizar.

—Serías más feliz, Mike, si estuvieras casado.

Era una observación que me había hecho frecuentemente en el pasado. Nunca había tenido una respuesta adecuada para ella y tampoco la tenía ahora.

—Algún día, tal vez —fue todo lo que pude decir.

—Piénsalo —dijo. Luego cambió de tema:

—¿Has hablado con Hal?

—No en los últimos tiempos.

Cerró los ojos. Pensé que estaba juntando fuerzas para continuar, pero evidentemente no era eso; simplemente no sabía cómo expresar lo que quería decirme. En varias oportunidades pareció a punto de hablar, pero luego cambiaba de idea. Por último abrió los ojos y dijo con una voz sorprendentemente firme:

—Cometí un pecado ayer.

—¡Mamá! —protesté.

—Es verdad —insistió, con la voz todavía firme—. Dije una mentira, una fea mentira. Por eso Dios me castigó.

—¡Mamá!

Su voz comenzó a vacilar.

—Le dije al padre de Hal que Hal había muerto.

La miré, preguntándome si en ese momento no estaba delirando. No parecía estarlo.

—Mamá: el padre de Hal está en la cárcel —dije—. Está cumpliendo cadena perpetua.

—No está en la cárcel —dijo, cada vez más débil—. Fue puesto en libertad bajo palabra. Vino a verme ayer. Quería saber dónde estaba Hal. Le dije que Hal había muerto. Fue terrible decir eso, y estoy arrepentida. Pensé que tal vez debía buscarlo y decirle la verdad, pero no sabía dónde encontrarlo, y entonces… —su voz se perdió casi por completo. Volvió a cerrar los ojos.

Esperé a que siguiera, pero no continuó. Parecía haberse dormido. La respiración era pesada y difícil. Sin embargo no estaba dormida, porque al rato dijo, con voz clara:

—Fue una mentira.

Cuando el doctor Price volvió, pocos minutos después, todavía no había abierto los ojos.

—Va a ser mejor que salga un momento —me dijo—. Voy a tratar de levantarla y a ver si podemos sacar un poco de fluido de sus pulmones por succión de tráquea.

Regresé al banco en el corredor. La pareja de mejicanos se había ido.

Después de una larga media hora salió el doctor y dijo que habían logrado sacar un poco de fluido. Le pregunté si podía volver a verla. Me contestó que sí, pero que mamá estaba durmiendo.

Me senté junto a la cama. Mamá no se despertó. Continué mi vigilia en el corredor.

Poco antes de las diecinueve entró en coma. El doctor Price anunció que iba a hacer una traqueotomía. La hizo, pero a las veintiuna y media me dijo que no estaba respondiendo como esperaba. No esperaba que pasara la noche.

Y su predicción resultó ser cierta. Tres minutos después de medianoche mamá recibió la invitación.