Dingdong
Capítulo 2
El número de personas no era muy grande, pero en el pequeño departamento parecía una multitud. La mayoría eran mujeres de edad. Antiguos miembros de la congregación de mi padre. Vecinos. Amigas del club de costura que mi madre había organizado años atrás.
No había esperado la visita de ninguno de ellos. Pensaba que después del entierro Hal y yo nos encontraríamos solos. Pero vinieron, de a uno o de a dos, muchos trayendo comida, hasta que el lugar se llenó y me encontré haciendo el papel de anfitrión frente a un montón de gente a quienes no había visto en años. Escuchando sus recuerdos acerca de mis padres. Respondiendo preguntas sobre mí mismo.
—Me gustó esa película en la que actuaba usted, esa de los infantes de marina. ¿Sigue actuando en el cine?
—Me gustaba ese show de televisión en el que actuaba usted. ¿Está haciendo algo en televisión ahora?
—¿Cuánto tiempo hace que vive en Chicago? Tengo una sobrina allí. Tal vez la conozca.
Parte del interés estaba concentrado en Hal, pues esta gente se acordaba también de él. Pero era tan poco comunicativo que lo dejaron solo y para informarse sobre él, recurrieron a mí. Me arreglé como pude.
Hal me había sorprendido. Normalmente se contenía y resistía las emociones, pero durante el velatorio se vino abajo completamente. Aún ahora, horas después, ensimismado en un rincón, parecía acongojado y decaído. Pensaba continuamente en que tendría que acercarme a él y decirle algo, pero cada vez que iba a hacerlo mi atención se desviaba. Y cuando el resto de la gente se fue, se quedaron dos de las amigas de mi madre y me ayudaron a poner orden. Era muy tarde cuando se fueron a sus casas.
Hal todavía estaba sentado en el rincón, absorbido por sus propios pensamientos.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Se reanimó.
—¡Brujas entrometidas! —dijo.
—Estaban bien intencionadas.
—¡Buitres! —había cólera en sus ojos. Sin embargo solo duró un momento. Luego volvió a la expresión acongojada—. Me parece que ahora nos hemos quedado nosotros dos solos, compañero.
—Así parece.
Me resultaba difícil pensar en nosotros dos como una unidad, y me sorprendió descubrir que Hal sí. En realidad, éramos una unidad. Unidos por la sangre y por recuerdos comunes. Más que primos, menos que hermanos.
Hal recorrió la habitación con la mirada.
—¡Vaya basurero!
Con la gente que se había ido, el lugar tenía un aspecto muy feo.
—Creo que ella estaba satisfecha —dije.
—Ella siempre estaba satisfecha. Jamás se quejaba de nada. Pero esto es un basurero. Tendría que haberle mandado más.
—¿Le mandabas dinero? —me sentía verdaderamente sorprendido.
—Seguro. Después que se murió tu viejo. ¿Tú le mandabas?
—Cuando podía. Pero tú… —no sabía qué decir.
—¡Qué diablos! ¡Ella me recogió, me dio un hogar y fue por ella que me quedé tanto!
Sacudí la cabeza. No había entendido a Hal de muchacho y no lo entendía de adulto. Justo cuando uno creía que en el mundo no había nadie más despreciable, hacía algo bueno. Y justo cuando uno comenzaba a quererlo de nuevo, hacía algo malo. De niños nos peleábamos terriblemente, pero hubo épocas en que no lo hicimos, y en esas épocas Hal me protegía más a mí que yo a él.
Evidentemente Hal estaba pensando lo mismo, porque dijo:
—Me parece que nos hubiéramos llevado mejor tú y yo si tu viejo no hubiese sido tan severo. Cada vez que enciendo un cigarrillo recuerdo aquella vez en que nos sorprendió fumando en el sótano de la iglesia ¡Cristo!
Asentí.
—Yo también recuerdo eso —mi padre nos había castigado severamente. Era severo e inflexible. Ese fue uno de los problemas.
—Era un vulgar hijo de perra.
—Es raro. Una de las últimas cosas que me dijo mamá fue que no debía juzgarlo duramente. Se esforzaba por vivir de acuerdo con la Biblia, y eso le resultaba difícil.
—¡Mierda! Solo creía en aquella parte de la Biblia con la que estaba de acuerdo. Yo lo odiaba. Aún ahora, cuando pienso en él, me enfurezco. Contigo, la cosa era diferente. Nunca conociste algo distinto. Yo sí.
Era cierto. Hal vino a vivir con nosotros cuando acababa de cumplir diez años. Su madre, hermana de mi madre, había muerto. No había quedado nadie para cuidarlo. Recuerdo las discusiones susurradas entre mis padres, y la tarde en la que mi madre me explicó, con gran cuidado, que iba a hacer un largo viaje, hasta Nueva Jersey, y que al regresar traería a mi primo, porque estaba solo. Me acuerdo de haber ido a la estación de ómnibus con mi padre para recibirlos cuando llegaron y de la advertencia, que aún me sonaba en los oídos, de que esperaba que me portara bien con él. Y no olvido la primera impresión que produjo el primer vistazo a este primo que tenía exactamente mi misma edad y que habría de compartir conmigo mi habitación. Parecía asustado e infeliz.
En esa época yo no sabía que el padre de Hal estaba en la cárcel Tampoco lo sabía Hal. Le habían dicho que su padre y su madre se habían divorciado, y que su padre había muerto. A mí me dijeron lo mismo. Hal no recordaba a su padre, y había pocas probabilidades de que alguna vez lo pusieran en libertad. ¿Qué razón había para que el chico tuviera que soportar la carga de saber que su padre era un ladrón y asesino convicto?
No solo convicto, según llegué a saber, sino sin duda alguna culpable.
Y aunque todavía no conocía todos los detalles del caso, sin embargo sabía bastante. Burt Markham, el padre de Hal, era contador de una gran fábrica de cojinetes en Nueva Jersey. En un período de varios años había llegado a sustraer una considerable suma de dinero de la compañía anotando asientos falsos. Una de las contadoras entró en sospechas y empezó a controlar. Encontró pruebas y le hizo preguntas. Él le ofreció ir a su casa y darle una explicación. Sin embargo, en lugar de explicarle, la mató. La estranguló con sus propias manos, quebrándole la tráquea. Pero a pesar de que era un estafador inteligente, no era un asesino hábil. Varios testigos lo habían visto entrar en la casa antes del asesinato y salir después. Además ni siquiera se le había ocurrido usar guantes. Sus impresiones digitales estaban en todas partes. Las pruebas contra él eran tan abrumadoras que al final ni siquiera hubo un juicio: confesó.
Hal no debía saber nunca la verdad. No era necesario. Pero la supo por boca de mi padre.
Nuevamente fue por culpa de la creencia obsesiva de mi padre en la disciplina, en la verdad y en la rectitud. Luego reconocí que todo era parte de una personalidad compleja y obsesiva, pero que en aquella época era simplemente uno de los tantos hechos de la vida. Insistía en que Hal y yo estuviéramos en casa todas las noches a las nueve en punto, incluso cuando teníamos dieciséis años y a todos nuestros amigos se les permitía regresar más tarde.
Esa noche en particular Hal decidió que no regresaría a casa a las nueve, sino que permanecería afuera hasta la hora que se le diera la gana. Volvió a casa a las once. Mi padre lo estaba esperando e intentó pegarle. Pero Hal había decidido que no solo tenía bastante con ese irrazonable toque de queda sino que también tenía suficiente con el modo de castigar de mi padre. Simplemente dijo «no» y le quitó de un tirón la correa de la mano, con lo cual mi padre intentó pegarle con el puño, y Hal le aplicó entonces una derecha que arrojó a mi padre al otro lado de la habitación.
En su furia mi padre llamó a Hal de muchas maneras desagradables y le describió con exactitud cuál era su origen.
Hal se fue de mi casa esa misma noche y nunca regresó. Le escribía a mi madre y continuamos nuestra relación, pero no volvió a comunicarse con mi padre.
Se dirigió a Nueva Jersey, me dijo años después, y confirmó lo que mi padre le había dicho. Incluso fue a la cárcel para ver a su propio padre. Dos veces. Después se dispuso a ganarse la vida por sus propios medios, intentando diversas ocupaciones y estableciéndose por último en Chicago.
Lo vi varias veces a través de los años. Me visitaba cuando yo estaba en el colegio (él estaba entonces en el ejército). También cuando vino a California para su luna de miel. Yo estaba viviendo con Holly en esa época, y una noche salimos con él y su mujer para recorrer distintos lugares de la ciudad. Luego, cuando las cosas me fueron mal, aterricé en Chicago y fui a verlo. Pero su mujer lo había abandonado poco tiempo antes. Hal odiaba a todo el mundo, de manera que todo trato con él resultaba imposible. La única vez que lo volví a ver después de eso, en un partido de fútbol, no tuvimos gran cosa que decirnos.
Ahora que debíamos compartir un dolor común, lamenté no haber hecho esfuerzos para mantener un mayor contacto con él. Después de todo habíamos vivido juntos seis años de nuestra juventud. Y él era el único pariente que yo tenía.
—De todos modos —dije—, todo eso pertenece al pasado.
—¿Cuántos años han transcurrido desde entonces? ¿Quince, dieciséis?
—Dieciocho.
—¡Cristo! —hizo una pausa—. ¿No has traído una botella contigo?
—No pensé en eso.
—Tampoco yo. No creo que haya bebidas en el departamento.
—Sabes que no hay nada.
Mis padres habían sido abstemios.
—No, claro que no. Pero ¡Cristo! me siento tan mal. Si pudiera poner mis manos en el hijo de perra que estaba detrás del volante del auto, lo mataría.
—No fue culpa del conductor, Hal. Todo el mundo lo dice. Mamá decidió cruzar el camino justo cuando pasaba el auto.
—No puede ser.
—Estaba distraída.
—¿Distraída? Ella nunca estaba distraída. ¿Distraída por qué causa?
Yo sabía que tenía que tomar la decisión: decirle que su padre había salido de la cárcel o no decírselo. Por mi parte no lo habría hecho. Pero mamá parecía haberme ordenado poner las cosas en su lugar. Había intentado proteger a Hal y se había arrepentido. Quería que yo corrigiese su error, esa era mi sensación.
Solo que yo no sabía cómo.
—¿Has sabido algo de tu padre últimamente? —le pregunté al fin.
Hal me lanzó una mirada que me atravesó.
—¿Por qué sacas ese tema justo en este momento? Vamos. Dime por qué.
Retrocedí.
—Me lo estaba preguntando.
Él también retrocedió.
—No, no lo he visto. Durante un tiempo después de haberlo visto recibí cartas suyas, pero nunca las contesté, y por último dejó de escribir.
—¿Cuál era su aspecto cuando lo viste? Nunca lo dijiste.
—¿Cómo podría saberlo? Fue hace dieciséis, diecisiete, dieciocho años. No lo recuerdo, —sus ojos se apartaron de mí. Estudió la pared del lado opuesto de la habitación. Su voz descendió varios decibeles.
—No, no es cierto, Mike. Lo recuerdo bien. Todos los detalles. No me gusta hablar de eso ¿entiendes?
—Seguro, Hal. Ahora debe ser un hombre bastante viejo.
—Así creo. Ha estado treinta y tres años en el calabozo. Treinta y tres años Tenía un tatuaje en la mano. Justo en el dorso de la mano derecha. Y tenía las uñas cortas Recuerdo que sus uñas estaban muy cortas. Y usaba anteojos. Pero no quiero hablar de eso. Hablemos de otra cosa.
Respiré hondo.
—Debemos hablar de eso, Hal. Lo han puesto en libertad bajo palabra.
Se le aflojó la mandíbula. Se puso pálido. Sus ojos volvieron hacia mí. Estaban muy abiertos. Tragó saliva.
—Es cierto, Hal. Fue a ver a mamá el día en que la atropelló el auto. Quería saber dónde estabas. Mamá le dijo que habías muerto. Creo que intentaba protegerte. Pero luego se arrepintió. Creyó que había hecho algo malo. Es por eso que andaba distraída.
Hal no parecía haber recuperado aún la voz. Volvió a tragar saliva dos veces más.
—Debía decírtelo, Hal. Tienes el derecho de saberlo.
Hizo una señal de asentimiento. Y por último pudo hablar.
—Me alegro de que haya hecho eso —dijo con voz ronca—. No me gusta tener un padre asesino. Dios quiera que nunca me encuentre. Nunca.