Dingdong

Arthur Maling · Capítulo 5 de 37

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Dingdong

Capítulo 5

 

Hice un bollo con la toalla de papel y la tiré al cesto. Luego volví a sacarla.

A juzgar por el estado del departamento, Cat se había ido la misma mañana que yo y no había vuelto desde entonces. De manera que Holly había llamado esa misma mañana. La mañana siguiente a nuestro encuentro.

Intenté imaginarme lo que Cat y Holly se habrían dicho. Pasaron por mi mente algunos diálogos interesantes. Sin embargo, dudaba de que alguno de ellos hubiera tenido lugar. Holly sabía cómo hacer las cosas, y también lo sabía, a su manera, Cat.

—¿Está Mr. Wiley?

—No.

—¿Podría hacerme el favor de pedirle que llame a Holly Simmons cuando regrese?

—Sí.

Probablemente no mucho más que eso.

Me pregunté si Cat le había dicho a Holly que mi madre había tenido un accidente y que yo había viajado a Corpus Christi. Lo más probable es que no le hubiera dicho nada. En ese caso tendría que explicarle por qué había tardado diez días en responder a su llamado.

Si es que la llamaba.

Tiré la toalla de papel por segunda vez y me ocupé del sándwich y del vaso de leche que había venido a buscar a la cocina. Encontré que la leche se había puesto un poco agria, pero el pan y el queso estaban bien. Hice algunos sándwiches y me senté.

Debería haber llamado a Cat, pensé. En vez de eso le había escrito, explicando que mi madre había muerto y que me iba a quedar en Corpus Christi durante un tiempo a fin de arreglar algunos de sus asuntos. Por suerte no envié la carta a mi departamento sino al de ella, de manera que Cat la habría recibido. Pero al escribir no le di ninguna posibilidad de decirme algo. Y ella no había intentado llamar o escribirme.

Mis pensamientos volvieron a la hora que había pasado con Holly en Stouffer’s. Recordando lo sucedido, sentí vergüenza. Me había esforzado tanto en dar la impresión de que a pesar de las apariencias las cosas me iban bien. Me había comportado como un chico exhibiendo músculos que en realidad no poseía.

Miré la toalla de papel en el cesto de desperdicios.

¿Qué era lo que buscaba? ¿Decirme lo lindo que había sido haberme encontrado? ¿Ofrecerme una entrada para la función? ¿O alguna otra cosa?

Era esto último lo que me incomodaba.

En el pasado la prudencia nunca había sido mi punto fuerte. Ahora la encontraba necesaria. Y la prudencia me decía que no me metiera para nada.

Terminé el sándwich y volví al living. Volví a encender el televisor. La película de ciencia ficción continuaba aún. Esta vez hice un concienzudo esfuerzo para interesarme, y en parte lo conseguí. El papel del hematólogo era representado por Jack Barley, a quien había conocido en Hollywood. Pero el papel del piloto era representado por alguien que me recordaba a Hal, y de pronto me encontré a mí mismo preguntándome que estaría haciendo Hal en este momento.

Su vida, según lo que deduje por las conversaciones que tuvimos, no era más interesante que la mía. Le estaba yendo razonablemente bien como representante de un service de televisión y esperaba ser pronto dueño de su propio negocio, pero su divorcio lo había dejado sin dinero, y no se encontraba ahora en condiciones de emprender nada por su cuenta. Salía con una chica llamada Ann, que era taqui-dactilógrafa, pero no pensaba casarse con ella.

Me pareció raro extrañarlo. Pero así era.

La película terminó. Vinieron algunos avisos comerciales, incluso uno para la cera de Peters, para el cual me habían probado, pero que yo no había conseguido hacer. Vinieron las noticias. El dólar estaba en grandes dificultades en todo el mundo, había una seria alarma por un incendio en un depósito del West Side, y a los «Cachorros» no les estaba yendo bien en sus partidos de pretemporada. Para mañana se anunciaba lluvia o una ligera nieve.

A las once volví a llamar a Cat. Esta vez respondió Kerry. No, Cat no estaba en casa. Le daría el mensaje.

Holly. La función habría terminado. Estaría en su camarín, quitándose el maquillaje y cambiándose de ropa. Me la imaginé con una bata. Me la imaginé sin bata. Estuve un rato imaginándomela.

Cat no llamó.

Apagué el televisor.

Pensé en irme a la cama, pero no tenía sueño.

Había una terrible quietud en el departamento.

¡Al diablo con todo!, decidí finalmente, y a medianoche llamé al Ambassador East. Holly acababa de llegar.

—¡Mike, querido! ¡Cuánto me alegro de tener noticias tuyas! ¡Me dio tanta pena saber lo de tu madre! ¿Cómo está?

—Murió el día en que llegué allá.

—Oh, Mike, lo siento muchísimo. ¡Parecía tan buena! —se habían encontrado brevemente cuando Holly vino a visitarme al estar enfermo yo de hepatitis.

—No sabía que Cat te había dicho lo de mamá.

—¿Cat? Creía que su nombre es Genevieve.

—Yo la llamo Cat.

—Oh, sí, me lo dijo. Tuvimos una larga y amable conversación. Parece muy brillante. Me dijo que se proponía llegar a ser actriz.

—Está en un pequeño grupo de teatro y va a un taller teatral.

—Volví a llamar unas cuantas veces para saber cómo estaba tu madre, pero Genevieve, Cat, no se encontraba allí.

—Tiene su propio departamento.

—Oh, bien. Lo que quería era decirte lo mucho que me alegraba haberte visto e invitarte a una fiesta que iba a dar. Pero es una lástima que la fiesta ya haya pasado.

—Te agradezco mucho la invitación, Holly.

—Conozco a ciertas personas que pienso que podrías entrevistar. Tengo una lista de agentes que le puedo dar a Cat. Me pidió que la recomendara a alguno.

—¿Te lo pidió? Desgraciadamente no está aquí ahora. Acabo de regresar de Corpus esta tarde.

—¡Oh! ¿Y estás solo? Y seguro que deprimido. Eso no tendría que ser. ¿Por qué no vienes un rato?

—Es medianoche pasada. Holly.

—¿Estás cansado, querido?

—No, no es eso.

—Bueno, entonces ven. Más bien yo soy la que está deprimida. Esta es la primera vez que estoy de gira, como sabes, y puede ser triste. Voy a ordenar algo y podemos charlar, y te diré todas las cosas que no pude decirte el otro día.

Protesté un poco más, pero al final dije «sí». Después me di a mí mismo un montón de razones para ello: Cat que no está en casa, mi soledad, el deseo de dejar las cosas aclaradas, pero ninguna de ellas era válida. La verdad es que fui simplemente porque quería ir aun si las circunstancias hubiesen sido totalmente diferentes, pienso que habría encontrado el modo de volver a ver a Holly. La atracción simplemente era demasiado fuerte.

 

Holly llevaba puesta una bata. No la que me había imaginado. Una de brocato, blanca y plateada. Y acababa de ordenar algo. El tipo de Scotch que me gustaba. Sándwiches de pavo con manteca en vez de mayonesa, al modo como los prefería, y ananás frescos, mi postre favorito. Incluso los cigarrillos ingleses «Oval» que tenía la costumbre de fumar cuando podía permitirme ser exigente.

Al principio su modo de ser fue más o menos el mismo que cuando me habló por teléfono. Lleno de «oh», de «bueno» y de «querido». Pero al rato los dejó de lado y volvió a ser la Holly Simmons que yo recordaba mejor. La. Holly Simmons que había ido de una escuela de Pasadena al Clutter Inn en La Ciénaga Boulevard, que no podía coser un botón aunque su vida dependiera de ello, pero que podía nadar dos kilómetros sin cansarse, ganarle a un profesional de Las Vegas al póker y hacerlo lagrimear a uno con una simple balada.

Me dijo cosas que no me había dicho en Stouffer’s. Cosas sin mayor importancia: simplemente cosas. Y yo aclaré las cosas con respecto a mí. Holly no dijo nada acerca de eso ni me acarició la mano ni me aseguró que las cosas me volverían a ir bien.

Simplemente me escuchó, lo que era mucho mejor.

—Los examantes pueden ser amigos, ¿no es cierto? —preguntó después de un rato. Luego frunció el ceño—. ¿Eso es una frase de una película o es algo que se me ocurrió a mí?

—Tiene un sonido familiar —dije.

—Pero pueden ¿no es cierto?

—Seguro.

—Me alegro.

La rodeé con el brazo.

—Te he extrañado, Holly.

Ella dejó que su cuerpo se apoyara en el mío.

—Eso es lo más hermoso que he oído en años. Yo también te he extrañado, Mike.

Nos quedamos sentados así durante algún tiempo, sin hablar, olvidados del resto del mundo.

—No te invité aquí para que me seduzcas —dijo Holly de pronto—. Pero no me importaría que lo hicieras.

—No es por eso que vine —dije—. Pero me propongo hacerlo.

Ninguno de los dos decía la verdad, pero eso no era importante.

Fue tan bueno como siempre.