Dingdong
Capítulo 3
Para dejar libre el departamento de mi madre y arreglar su testamento, tuve que quedarme en Corpus Christi seis días más.
Y Hal se quedó conmigo. Llamó a su jefe para decirle que necesitaba algunos días más. Alquiló un auto. Me ayudó en mis trabajos. Me acompañaba a todas partes. Comíamos juntos. Estaba constantemente a mi lado.
A pesar de todo, no fue un período desagradable. Algunas tareas eran deprimentes: revisar las pocas posesiones de mi madre; arreglar la situación con la compañía de seguros; hacer leer el testamento. Pero también había horas agradables. Recorríamos los alrededores de la ciudad, visitando los lugares que recordábamos. Caminamos a lo largo de los muelles. Compramos mallas y nos fuimos a nadar a Padre Island. Nos hartamos de camarones asados, pan de jalapeño y guisantes negros. Y un par de noches nos pusimos razonablemente borrachos.
Durante esos seis días me sentí más cerca de Hal que en cualquier otro momento de mi vida. Reconocí el hecho de que trataba de aferrarse; que en este momento en particular, afectado y con temores, necesitaba alguien a quien poder aferrarse. Reconocí el hecho de que yo también estaba tratando de aferrarme a alguien. Hal era el último vínculo con mi adolescencia, que a pesar de sus represiones había sido razonablemente feliz; y quedaba como recordatoria de que yo no siempre había tenido treinta y cuatro años y no siempre había sido un fracaso.
No dije nada más acerca de su padre, y Hal solo lo mencionó una vez. Estábamos caminando por el Shoreline Boulevard, admirando los yates de la dársena, cuando de repente dijo:
—Me pregunto si todavía estará en la ciudad.
No le pregunté a quién se refería. Lo sabía. Me había estado preguntando lo mismo: si Burt Markham se había quedado en Corpus Christi, tratando de averiguar qué había sucedido con su hijo; si por algún capricho del destino íbamos a encontrarnos con él. La posibilidad existía.
—Creo que no —dijo Hal, respondiéndose a sí mismo—. Si está en libertad bajo palabra es probable que deba presentarse ante un funcionario responsable —eso es todo lo que tenía que decir sobre el tema.
El encuentro no se produjo.
El resto de nuestra visita transcurrió sin dificultades y agradablemente. Por último, cuando volvimos en el auto al aeropuerto y tomamos el avión a Chicago, sentí una sensación de pena. Como si dejara atrás algo que nunca volvería a recuperar. Ignoro lo que sentía Hal, pero durante el vuelo estuvo muy silencioso.
Nos dijimos adiós frente al aeropuerto de Chicago y nos prometimos mutuamente que nos reuniríamos pronto. Luego él tomó por su camino y yo por el mío.
Cat no estaba en casa. Al menos no estaba en mi casa, pero todavía tenía su propio departamento. Cuando llamé, por teléfono, tampoco estaba. Hablé con una de sus compañeras de habitación, una chica llamada Gloria. Le pedí que le dijera a Cat que había regresado.
Desempaqué las pocas cosas que había traído conmigo y me di una ducha. Luego encendí el televisor. Justo estaba empezando una película. Se trataba de una enfermedad que iba a destruir el mundo si cierto equipo de científicos no hacía algo enseguida. No me pareció interesante. Busqué en otros canales. Ninguno ofrecía nada mejor. Miré a un arpista un rato en el canal educativo y luego apagué el televisor. Me sentía intranquilo y un poco solo. Tras haber estado acompañado constantemente por otra persona durante una semana, me pareció extraño quedar de pronto solo conmigo mismo.
Deseaba que Cat me llamara.
No me llamó.
No había modo de saber dónde estaba. Yo no era el único hombre con el que ella salía. En realidad, uno de sus tres compañeros de departamento era un hombre. Un muchacho llamado Kerry, que iba a la escuela de arte. Pero yo era el único, así me lo aseguraba ella, con quien se acostaba. Y yo le creía. En primer lugar, por el modo en que hacía suyos mis intereses y ocupaciones. En segundo lugar, porque se trataba de ese tipo de chica que si hubiera estado acostándose con otro, simplemente lo habría dicho.
No era el mejor vínculo posible. Sin embargo era bueno, y era el tipo de vínculo que yo sabía cómo manejar. Había tenido muchos de ellos, tal vez demasiados. Excepto Holly, no hubo ninguna con la que estuviera profundamente comprometido, ninguna con la que hubiese pasado el resto de mi vida. Había amado a Holly enteramente. Pero ella se había ido, y desde entonces no hubo ninguna otra.
Recorrí el living. Miré la correspondencia depositada sobre la mesa: cuentas impagas que habían estado allí desde antes de mi partida. Hojeé un viejo ejemplar de «Variety». Pasé algunos minutos en la ventana, mirando a la gente que estaba en el edificio de enfrente. Sentí hambre y fui a la cocina.
La vajilla sucia que estaba allí desde antes todavía seguía sin lavar. Pero sobre la mesa había una nota que no había estado antes. En una toalla de papel. No tenía fecha ni firma, pero la letra era de Cat. «Holly Simmons quiere que la llames. Estoy impresionada».