Doble filo
Prólogo
Gerald Seymour
Doble filo
ePub r1.0
Titivillus 18.09.17
Título original: Home Run
Gerald Seymour, 1989
Traducción: Jordi Beltrán Ferrer
Retoque de cubierta: Titivillus
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
A William y Rosalind, con cariño.
PRÓLOGO
[25 de junio de 1982]
La hicieron bajar por la escalera de hierro, cruzar el corredor y salir al frío de la mañana. Hubiera caminado de puntillas, para protegerse las heridas de la planta de los pies, pero los dos guardianes le sujetaban con firmeza los brazos y la obligaron a atravesar apresuradamente un patio empedrado. No profirió grito alguno. No se encogió a causa del dolor que ascendía a su cuerpo desde la planta de los pies.
En el extremo más alejado del patio había un jeep aparcado. Un poco más allá, cuatro postes frente a una pared protegida con sacos terreros. Dos grupos de soldados holgazaneaban sobre la hierba mojada y helada entre el jeep y los postes, y algunos limpiaban sus fusiles. La muchacha vio las sogas anudadas a los postes. Los soldados esperaban el momento de hacer su trabajo, pero ella no formaba parte de ese trabajo.
Al llegar junto al jeep, la esposaron y luego, sin miramientos, la hicieron subir a la parte posterior, debajo de la lona suelta. Los de la escolta subieron tras ella. La obligaron a echarse en el suelo, donde los vapores de la gasolina se mezclaban con el hedor a sudor del chador negro y provisto de capucha. El jeep arrancó bruscamente. Oyó las palabras que el conductor intercambiaba con los centinelas de la entrada y luego llegó a sus oídos el ruido del tráfico callejero de primera hora de la mañana. Cerró los ojos. No había nada que ver. Tres meses antes, cuando la llevaron a la cárcel, había aprendido que en lo sucesivo los oídos serían sus ojos.
Tardaron una hora en llegar al aeródromo.
Levantaron la lona de la parte posterior del vehículo y la hicieron bajar. Durante unos momentos permaneció echada en el suelo alquitranado, antes de que los guardianes la pusieran en pie. No vio piedad en sus rostros y le pareció que la odiaban por ser su enemiga. Sabía dónde estaba. De niña, su madre la había traído muchas veces a ese sitio, para recibir a su padre cuando volvía de maniobras militares que se realizaban lejos de la ciudad. Recordaba cómo los soldados y los oficiales de graduación inferior, con los uniformes limpios y planchados, se cuadraban para saludar a su padre cuando pasaba ante ellos. Recordaba las risas disciplinadas que se oían a su alrededor cuando ella se soltaba de la mano de su madre para echar a correr y saltar al pecho de su padre. Ahora eran recuerdos preciados. Los guardianes la hicieron subir por la rampa posterior del avión.
Cuando la llevaron hacia la parte de proa de aquella cueva cerrada que era el avión, la luz de la mañana se apagó y los soldados apartaron sus botas, sus mochilas y sus armas para que ella y sus guardianes pudieran pasar. La condujeron hasta unos asientos que habían aislado con sacos a guisa de cortinas. El guardián que le abrochó el cinturón de seguridad le dirigió una mirada impúdica y su aliento apestaba a ají. El ruido del motor se intensificó y el aparato empezó a avanzar.
El vuelo de Teherán a Tabriz, una distancia de 560 kilómetros y pico, tardó 75 minutos. La muchacha no volvió la cabeza. No intentó mirar por la ventanilla que había a sus espaldas. No necesitaba ver el sol de oro surgiendo por detrás de la gran montaña de Damavand. Permaneció inmóvil, callada. Encontró un lugar en el suelo de la cabina, frente a ella, un lugar entre las cajas de municiones y víveres, y clavó los ojos en él.
Era un avión viejo. Los motores emitían un ruido sordo y a veces se oía una especie de tos mecánica que indicaba que el motor fallaba. Oía esos ruidos por encima de la lectura del Corán al otro lado de la cortina de sacos. Sus guardianes hablaban en voz baja y no la miraban, como si el contacto con ella pudiera contaminarlos, mancharles el alma. Procuró no pensar. ¿Su corta vida había sido un éxito, un fracaso? Era mejor cerrar su mente a los pensamientos.
El avión empezó a descender. Cerró los ojos. No tenía ningún Dios y se dio valor a fuerza de voluntad.
El avión de transporte avanzó con mucho traqueteo por la larga pista del aeródromo de Tabriz y su interior se inundó de luz mientras se oía el chirrido de la rampa de cola al bajar. Después de que el piloto frenara y el aparato se detuviese, la retuvieron sentada hasta que el último soldado hubo descendido con su mochila, su fusil, sus municiones y sus víveres. Las voces de los soldados fueron alejándose de ella. Deseaba tanto ser valiente. Deseaba tanto ser digna de su padre. Los guardianes le desabrocharon el cinturón de seguridad. La hicieron levantarse. De una bolsa de plástico sacó uno de ellos una túnica blanca y holgada, con las costuras abiertas y cintas debajo de los sobacos. Le pusieron la túnica por la cabeza y ataron las cintas a los costados. Estaba sola. Dentro de cuatro días hubiera cumplido dieciocho años. La habían traído a la segunda ciudad de su país natal para ejecutarla públicamente.
La condujeron por el interior del avión hasta que salieron y la intensa luz del sol de la mañana cayó sobre ella. Se la veía pequeña y desamparada entre los hombres. Quería pensar en su padre, pero no podía porque el dolor de su cuerpo se le había metido en el cerebro. Se preguntó si su padre, en ese mismo momento, cuando lo ataron al poste en el jardín de la cárcel de Evin, habría pensado en ella, en su hija. Un pensamiento breve y confuso, y luego el final. El camión que esperaba a pocos pasos del avión les echó los gases de escape encima. Un guardián a cada lado, medio acompañándola, medio llevándola en volandas hasta la parte trasera del camión, y un grupito de hombres esperando allí su llegada. Entre ellos se encontraba el joven mullah. El día anterior había comparecido ante él en la sala de justicia, en un piso alto del primer bloque de la cárcel de Evin a última hora de la tarde. Quizá el mullah había viajado de Teherán a Tabriz durante la noche después de escuchar las acusaciones contra ella, sopesarlas, juzgarla y dictar sentencia. Quizá había subido al avión después de ella y había viajado entre los soldados. Daba lo mismo. El mullah la miró fijamente a la cara. Ella intentó devolverle la mirada, pero los guardianes la obligaron a seguir andando y la subieron al camión. El mullah había dedicado muy pocos minutos a ver su causa. Ella no había hablado en defensa propia. Quería terminar cuanto antes. No sabía cuánto tiempo podría seguir mostrándose valerosa.
El camión entró en Tabriz. La muchacha no era inocente del delito por el que la habían condenado. Sí, había lanzado la granada. Y, sí, lamentaba mucho no haber matado a más cerdos. Sabía por qué la habían traído a Tabriz, sabía que el régimen tenía por costumbre imponer el castigo en el lugar donde se hubiera cometido el crimen.
De vez en cuando el camión se veía detenido por un tráfico que ni siquiera el aullido de una sirena lograba dispersar. Avanzaban despacio, a trompicones. Se imaginó la carretera por la que circulaban. Era la misma ruta por la que había viajado con los dos chicos para entrar en la ciudad, en el corazón de la ciudad y las oficinas de los pasdaran. Para ella los pasdaran simbolizaban la esclavitud, la represión, el fanatismo. Los guardias revolucionarios islámicos eran la encarnación de un mal que había consumido su patria…
El camión se detuvo. Las manos de los guardianes sujetaron sus brazos. Se dio cuenta de que la observaban ansiando ver sus reacciones en los últimos minutos. La levantaron del asiento de madera del camión, la empujaron hacia la salida. Tenía el cerebro aturdido y le temblaban las rodillas. Oyó el retronar de un altavoz y se percató de que era la misma voz, queda y musical entonces, que el día antes la había condenado a muerte. Se detuvo ante el camión. Había gente hasta donde alcanzaba la vista. Un rugido saludó su aparición. El sonido de las voces llegaba hasta ella como olas sobre los guijarros de la orilla, repitiéndose una y otra vez. Imposible distinguir lo que gritaban, porque sus oídos seguían confundidos a causa del descenso de la presión del avión. Los rostros se lo dijeron. Los rostros le estaban gritando su odio, el placer que les producía lo que iba a sucederle. Hasta donde alcanzaba su vista, rostros de odio y rostros de placer. No podía ver al mullah, pero oía la excitación en el tono agudo de su voz.
Varias manos se tendieron hacia ella y la bajaron del camión. Esta vez no sintió dolor en la planta de los pies. Los guardianes la llevaban a rastras mientras varios hombres uniformados abrían paso ante ellos.
Vio la grúa.
Estaba instalada en una plataforma detrás de la cabina de un camión que se encontraba delante de la puerta principal de las oficinas de los pasdaran, aparcado en el sitio donde ella había lanzado la granada, donde los dos chicos que la acompañaban habían sido abatidos a tiros, donde la habían capturado. Había una mesa de madera gruesa debajo del brazo de la grúa, que estaba bajado. De la grúa colgaba una soga con un nudo corredizo, y a su lado, un hombre con el uniforme de combate de los pasdaran. Era un hombre fornido, de barba espesa. Al lado de su pierna sostenía una larga tira de cuero.
Los guardianes la alzaron con facilidad y la pusieron sobre la mesa. La muchacha miró a su alrededor. Advirtió que el verdugo se agachaba a su lado y sintió que la tira de cuero le apretaba los tobillos. Qué ridículo. Qué ridículo que tanta gente acudiera a presenciar la ejecución de una persona tan pequeña, de una persona tan joven. Qué ridículo, toda aquella gente frente a ella, debajo de ella. Era tan ridículo, que en su rostro se dibujó una sonrisa. La sonrisa de su juventud. La sonrisa de su perplejidad.
Oyó la voz del mullah por encima de los miles de voces que gritaban al unísono. Y entonces, de pronto, los gritos se apagaron.
Un silencio absoluto envolvió a todos los presentes cuando el verdugo puso alrededor del cuello de la muchacha la cuerda de la que colgaba un cartón blanco en el cual grandes caracteres proclamaban su crimen. Los dedos del hombre ajustaron torpemente el nudo de la soga. La pasó por encima de la cabeza y la tensó debajo del mentón.
El hombre nunca había conocido tanto silencio.
Todos la recordarían, todos los que contemplaban a la muchacha esposada y vestida con una túnica blanca, de pie, sola, en la mesa cuando el verdugo bajó de un salto.
El brazo de la grúa salió disparado hacia arriba.
Murió dolorosamente, forcejeando, pero con rapidez.
Durante dos horas su cuerpo permaneció colgado del brazo de la grúa, muy alto por encima de la calle.
El anciano avanzaba por el pasillo.
Era una institución en el edificio; era, en realidad, una vuelta a los tiempos en que el servicio secreto aún no había sido dotado de consolas, software y comunicaciones instantáneas. En cierto modo, el viejo era una celebridad en Century House debido al tiempo que llevaba en el servicio. Era casi el único que había conocido íntimamente el laberinto de las antiguas oficinas que abarcaban Queen Anne’s Gate y Broadway; había estado en nómina bajo siete direcciones generales y a las personas de cierta edad que trabajaban en Century les resultaba difícil imaginar cómo podrían arreglárselas sin él. Sus pasos eran lentos. Nunca había acabado de dominar la pierna artificial que llevaba debajo de la rótula derecha. Era aún joven, cabo de infantería en la guarnición de Palestina, cuando había pisado una tosca mina y había perdido la pierna. Le pagaban por una semana de 38 horas y no pasaba ninguna semana en que permaneciera en Century menos de 60 horas.
Al otro lado del Támesis, amortiguado por las ventanas cerradas herméticamente del elevado edificio, el Big Ben dio las nueve y media. Las punteras de acero de los zapatos del mensajero rascaban las baldosas. A su alrededor todo era silencio. Las puertas de los despachos estaban cerradas con llave; las habitaciones, a oscuras. Pero podía ver la luz en el extremo lejano del pasillo. Esa noche, todas las noches de los días laborables, el mensajero prestaba un servicio personal al señor Matthew Furniss. Le entregaba en mano la transcripción del principal boletín de noticias vespertino del servicio interior de radio Teherán, captado y traducido en las dependencias de la BBC en Caversham, transmitido por télex al ministerio de Asuntos Exteriores y Commonwealth y de allí a Century House.
Se detuvo ante la puerta. Sostenía la transcripción con el pulgar y un dedo manchado de nicotina. Miró a través de la penumbra de la antesala hacia el rayo de luz que señalaba la puerta del despacho interior del señor Furniss. Llamó.
—Adelante.
El mensajero consideraba que el señor Furniss tenía una voz bella, la clase de voz que habría resultado agradable por la radio. Pensaba también que era una excelente persona, el mejor miembro de la vieja guardia en Century, y un caballero de ley.
—Eres muy amable, Harry… Bendito seas, deberías haberte ido a casa hace horas.
Era una especie de ritual, porque el mensajero le traía la transcripción todas las tardes de la semana y todas las tardes de la semana el señor Furniss mostraba la misma expresión de sorpresa agradable y gratitud, pero esa noche le pareció que el señor Furniss tenía muy mala cara, como si el mundo le hubiera caído encima. El mensajero sabía lo suficiente acerca del señor Furniss, mucho, tanto como cualquiera de los que trabajaban en Century House, porque años antes la esposa del mensajero había hecho de niñera para el señor y la señora Furniss, cuidando de las niñas. La habitación apestaba a tabaco de pipa y el cenicero estaba lleno a rebosar. No era raro, como tampoco lo era la botella de Grant’s colocada sobre el escritorio, con señales evidentes de haber prestado servicio.
—No tiene importancia, señor… —el mensajero le entregó la transcripción.
Veinticuatro horas antes, ni un minuto más ni menos, el mensajero había entregado el anterior boletín de noticias del servicio interior de radio Teherán, captado y debidamente traducido. Estaba todo muy claro en el cerebro del mensajero. El señor Matthew Furniss le había dirigido su sonrisa alegre, de conspirador, y se había acomodado en la silla para leer el resumen, y la silla se había disparado hacia adelante y el papel se le había caído de las manos sobre el escritorio y había puesto una cara como si acabaran de propinarle un golpe. Aquello había ocurrido la noche anterior… El mensajero se quedó observando a través del humo de la pipa. La transcripción de la noche estaba sobre el escritorio y el señor Furniss la leía apresuradamente, línea tras línea. De pronto dejó de leer y pareció que no quería dar crédito a lo que tenía ante los ojos.
El mensajero permaneció junto a la puerta. Vio que el puño sobre la transcripción se cerraba, vio que los nudillos se volvían blancos.
—Los muy cabrones… Los muy asquerosos bastardos…
—Me sorprende oírle hablar así, señor Furniss.
—Bastardos…
—Me sorprende mucho, señor.
—La han colgado.
—¿A quién, señor?
El mensajero había presenciado el momento de debilidad, pero ya había pasado. Furniss sirvió una generosa ración de whisky en un vaso limpio y se lo ofreció al mensajero; luego llenó el vaso pequeño que tenía sobre el escritorio, hasta el borde, salpicando la superficie de madera. La posición que el mensajero ocupaba en Century House era en verdad única, pues a ningún otro empleado de uniforme se le hubiera ofrecido hospitalidad en el despacho de un alto cargo. El mensajero se inclinó para rascarse la rodilla, irritada por las correas.
—A la hija de un amigo mío, Harry… Lo que me trajiste anoche decía que su radio había informado que la habían juzgado, declarado culpable y sentenciado…, probablemente diez escasos minutos de comedia judicial. Y lo de esta noche dice que la han ejecutado. Tenía la misma edad que nuestras hijas, más o menos…, una criatura encantadora.
—Si alguien les hiciera daño a sus hijas, señor Furniss, me darían ganas de matarle.
—Sí, Harry… Te llevaré a casa en el coche. Sé buen chico y espérame fuera. Hago una llamada y basta.
El mensajero se sentó en la antesala, desde donde no pudo evitar oír al señor Furniss. Llevando papeles, correspondencia, memorándums internos por los pasillos de Century House, se enteraba de tantas cosas, oía tantas conversaciones. El señor Furniss pidió una conferencia con California. Luego oyó la voz serena a través del tabique.
—Kate, ¿eres tú, Kate? Mattie al habla. Lo siento mucho, Kate, pero tengo muy malas noticias. Se trata de Juliette, murió esta mañana en Tabriz. Ejecutada. Lo siento mucho, muchísimo, Kate, recibid nuestro pésame, tú y Charlie… ¿Le enviarás de todos modos? Por supuesto, cuidaremos de Charlie, cuando creas que esté en condiciones de venir… Kate, nuestro pésame más sincero. Oyó que colgaba el teléfono suavemente. Ahorcar a una chica era horrible, era diabólico. Harry pensó que no había motivo alguno que justificara ahorcar a jóvenes de diecisiete años. El señor Furniss apareció en la puerta, con el abrigo sobre el brazo.
—Es hora de irnos a casa, Harry.