Doble filo
Capítulo 11
—¿Cómo estamos esta mañana, señor Furniss?
Nada que decir. Mattie notó que en la celda sin aire hacía más calor.
—Ha venido el médico, ¿sí?
Nada que decir. Era un ritual. Por supuesto, el investigador sabía que el médico le había hecho un reconocimiento, porque él lo había ordenado. El médico tenía órdenes de asegurarse de que el prisionero no hubiera sufrido ningún daño grave. El médico era un sujeto detestable y sus ojos en ningún momento se habían cruzado con los de Mattie, porque el cerdo estaba faltando al juramento de Hipócrates. Había echado un vistazo a los pies, tomado el pulso, y, sobre todo, había comprobado que el corazón fuese capaz de seguir soportándolo; también le había levantado los párpados para ver las pupilas y le había auscultado con el estetoscopio.
—¿Cómo están sus pies, señor Furniss?
Nada que decir. Podía permanecer en pie, aunque con esfuerzo. Al bajar, se había apoyado en los hombros de los guardias, pero sus pies podían soportar un poco de peso.
—Siéntese, por favor, señor Furniss.
Se sentó y el dolor se agudizó en sus piernas al desplazarse el peso de los pies.
—Señor Furniss, la BBC ha dicho que el doctor Matthew Owens, arqueólogo, ha desaparecido en Turquía… —la sonrisa era agua de invierno. La voz era suave como la nieve en polvo—. Intentan protegerle y no pueden. ¿Lo entiende, señor Furniss?
Nada que decir.
—No pueden protegerle.
«Eso son perogrulladas, señor. Cuénteme algo que yo no sepa…» En todo su cerebro estaba el recuerdo del dolor y el recuerdo del morir que parecía llegar cada vez que estaba a punto de perder el conocimiento. Eso había sido ayer. El arte de resistir los interrogatorios, tal como lo enseñaba el profesor Furniss, decía que había que tomarlos de día en día, paso a paso. Había soportado el día anterior, había sobrevivido…, pero no le habían interrogado. Ayer había pasado, de modo que tenía que olvidar el dolor de ayer. El dolor de ayer era lo que querían que Mattie recordase. La «vieja escuela» había conocido los rigores de los cursos de resistencia a los interrogatorios en el fuerte; la vieja escuela del servicio se tenía por una raza más dura que las últimas hornadas, sabía que era necesario resistir a toda costa, no derrumbarse jamás, aguantar hasta el final, y en los interrogatorios simulados se habían producido algunos desastres terribles. Los de la vieja escuela creían en la reina y en la patria.
Si borraba el recuerdo del dolor, su cerebro quedaba vacío, luego lo llenaban otras cosas: los nombres. Intentó encontrar a los guardias más allá del brillo de la luz en los ojos.
—¿Qué hacía usted en Van, señor Furniss?
—Ya se lo he dicho, repetidas veces, estaba visitando la fortaleza de Sardur II.
—Eso me parece especialmente idiota, señor Furniss.
—Es la verdad, no puedo evitarlo.
—Me parece una idiotez, señor Furniss, porque niega usted la realidad. La realidad es este sótano, la realidad es el poder que tengo a mi disposición. Lo de ayer fue diversión, señor Furniss, hoy empieza la realidad. Si persiste usted en contarnos ese cuento, lo pasará mal, señor Furniss.
Atente a la tapadera, aférrate a la tapadera a toda costa.
—Hace mucho tiempo, sí, es posible que me viera usted en Teherán. Pero dejé los asuntos de esa clase hace ya muchos años. Ahora soy arqueólogo. Soy una autoridad en civilización urartea.
—Eso es lo único que le interesa.
—Los urarteos, sí.
—¿En Turquía?
—La civilización urartea tenía su base en el nordeste de Turquía y al otro lado de la frontera del actual Irán, llegando hasta la orilla occidental del lago Urmia. Ése era el alcance de…
—Dígame, señor Furniss, ¿los urarteos viajaban a Dubai, Abu Dhabi, Bahrein? ¿Es necesario que un arqueólogo, que una autoridad en este campo más bien limitado, recorra el Golfo escoltado por varios responsables de estación del servicio secreto?
La luz le daba en la cara. Los guardias estaban detrás suyo. Lo más que distinguía era el ritmo de su respiración. Les habría dicho que permanecieran quietos, que no distrajeran al prisionero de las preguntas del investigador.
—Soy arqueólogo.
—Pienso que no, señor Furniss. Pienso que usted es Delfín, jefe de la sección de Irán en Century House, Londres. Fue usted militar regular y estuvo destinado en Irán en calidad de oficial de enlace en la venta de armas al régimen anterior. Fue usted el responsable de estación en Teherán de mil novecientos setenta y cinco a mil novecientos setenta y ocho. En mil novecientos ochenta y dos y mil novecientos ochenta y tres fue usted responsable superior de estación en Bahrein, encargado exclusivamente de asuntos iraníes. En mil novecientos ochenta y seis pasó cuatro meses en Ankara. Fue ascendido a jefe de sección el uno de enero de mil novecientos ochenta y seis. Es usted un oficial superior del servicio secreto, señor Furniss. A ver si me comprende: no quiero oír ni una palabra más acerca de su afición. Algún día, tal vez, tendré el gusto de leer su obra publicada. Hoy por hoy, dejaremos a un lado las aficiones, señor Furniss, y hablaremos sólo de lo que hacía usted en su viaje alrededor de nuestras fronteras.
Los nombres estaban en su cabeza, dando vueltas. Él era un hombre bajo el agua y trataba de contener la respiración, y su respiración eran los nombres. En su momento, igual que la noche sigue al día, los pulmones obligarían a la respiración a salir, el dolor escupiría los nombres. Eso lo sabían hasta los de la vieja escuela. Era sólo cuestión… de cuántas noches. De cuántos días. A esas alturas ya se habría avisado a los agentes… Pero ¿se sabía quiénes le tenían atrapado? ¿Los de Century sacarían a sus mejores hombres antes de tener confirmación de que Mattie estaba en Irán?
¿Qué habría hecho él de haber estado en su lugar? Pensó en las complicaciones de la estructura que se usaba para introducir las señales necesarias en Irán. Sabía lo complicado que era, él había creado el sistema. Mucho más complejo que sacar a los agentes para los encuentros concertados de antemano que acababa de celebrar. Oh, toda una vida de complicaciones si los agentes ya no eran útiles y no iban a volver. Londres no se apresuraría a destruir su red. Borró los nombres de su pensamiento. Alzó la cabeza. La única forma de librarse de la luz blanca e intensa era clavar los ojos en la cara del investigador.
—Es un verdadero escándalo que un arqueólogo inocente…
El investigador hizo un gesto con el brazo. Los guardias se adelantaron y levantaron violentamente a Mattie de su silla.
Charlie hizo su llamada. La misma cabina telefónica, después de pasar la noche durmiendo debajo de los mismos cartones.
Después de llamar, después de ayudar a los vagabundos a guardar las cajas de embalaje, fue a la consigna de la estación del metro y sacó su mochila.
Tenían una vista espléndida de la casa del griego.
Parrish lo había arreglado. Keeper reconocía que Parrish era un tesoro cuando se trataba de convencer a alguien para que les prestase una ventana. Era una ventana magnífica. El follaje de principios de verano aún no era lo bastante espeso como para impedirles ver más allá del jardín, de la calle y del jardín del griego, hasta posar la mirada en la entrada principal de su casa.
La casa que Parrish había elegido era antigua, de la época victoriana, de ladrillos desgastados, tres pisos y hiedra suficiente para mantener las paredes unidas. Habían escogido el piso de arriba para instalar la cámara y desde allí su línea visual pasaba muy por encima de la alta valla de enfrente. Keeper y Prenda ya conocían la vida de la mujer a esas alturas. Subía al dar la hora, cada hora, con una tetera y galletas. Era viuda. Su difunto esposo había sido general de brigada. Llevaba diecinueve años viviendo sola en la casa y cada año se resistía a los intentos de la inmobiliaria de ponerle un cheque en la mano —el de ese año había sido de tres cuartos de millón de libras— para poder derribar la casa y construir un bloque de pisos en su lugar. No creía que a sus gatos les hiciera gracia la idea de mudarse. El vecino del otro lado de la calle no le caía nada bien. Los perros del vecino eran una amenaza para sus gatos. Cualquier cosa que amenazara al propietario de los perros era bien recibida por la buena señora. Desde la ventana de arriba podían ver los perros. Dobermanes, delgados e inquietos, yendo de un lado a otro y levantando la pata contra las ruedas del Jaguar azul aparcado delante de la entrada principal. La viuda del general era una anciana astuta. Keeper había observado que les miraba a los dos con coquetería, que reparaba en el anillo que él llevaba en el dedo y observaba que Prenda no llevaba.
Se sentía cómodo con Prenda. Ella le dejaba que hablara de Colombia, de atacar el problema en su fuente. Otros coches habían pasado por la casa de la acera de enfrente. Habían fotografiado todos los movimientos pero no habían visto al griego. Tenían las fotos tomadas por los polis cuando le habían detenido por última vez. El muy cabrón vivía en una casa pistonuda. Unas veinte áreas, piscina con calefacción, pista de tenis, cinco dormitorios, quizá seis.
La viuda del general les estaba contando que al principio, cuando su esposo había comprado «The Briars», desde la casa se divisaban campos, la campiña de verdad…
La radio emitió unos ruidillos.
—Abril Uno a Abril Cinco, Abril Uno a Abril Cinco…
—Abril Cinco, adelante, Abril Uno…
—Tango Uno ha hablado por teléfono con la casa que tenéis vigilada. El texto de la llamada está en camino… Tango Uno: Aquí Charlie… Vuestra posición: el mismo lugar de ayer, la misma camioneta. Traedlo todo… Tango Uno: De acuerdo… ¿has oído eso, Abril Cinco?
—Abril Cinco a Abril Uno. Recibido, comprendido, corto.
Le temblaban la cabeza y las rodillas.
—Keeper ha vuelto de entre los muertos —dijo Prenda.
—¿Qué significa Keeper? —preguntó la viuda del general.
—Es una persona muy seria, señora, y muy vulnerable —dijo Prenda, sonriendo.
—Una vez esas bestias mataron a uno de mis gatos. Despedazaron a Disraeli.
—George, tengo que decirte algo.
El ministro de Defensa se detuvo en el pasillo ante la sala del gabinete.
—El distribuidor. Ha ocurrido algo extraño y puede que necesite tu ayuda.
—¿Qué diantres quieres decir?
—Los de la aduana tienen un sospechoso. Se sabe poco de él. Tratan de obtener información sobre el tipo y creen que puede ayudarles un individuo llamado Matthew Furniss, que oficialmente está en Exteriores y Commonwealth, pero en realidad es del servicio secreto. Los del servicio secreto no quieren saber nada del asunto y se niegan a dar información relativa al señor Furniss. Los investigadores de la aduana no pueden hablar con él —la expresión de rabia pura que se dibujó en la cara de George compensó todas las humillaciones de las últimas semanas. Al entrar por la puerta, dijo: —Pensé que te gustaría saberlo.
Parrish se encontraba sentado ante la consola en el último piso del edificio, coordinando una serie de señales de radio que requerían su atención. El asunto era lo bastante importante como para tener prioridad sobre la investigación dirigida por Harlech y para relegar la de Corintio. Lo bastante importante como para absorber todos los recursos de Abril.
Parrish a Keeper:
—Abril Cinco, recuerda en todo momento que tu única responsabilidad es Tango Uno. Nuestros hermanos se encargarán de todos los demás Tangos excepto de Tango Uno.
Harlech a Corintio:
—Abril Siete a Abril Once… Eh, narizotas, esto es fantástico, sencillamente estupendo. Lo que hacen es esto. Tienen a Tango Uno en la camioneta blanca y hay otra camioneta unos cincuenta metros detrás, la verde. Llevan la mercancía a Tango Uno de la blanca a la verde, debe de ser donde hacen las comprobaciones rápidas. ¿Me entiendes? Lo están haciendo todo sobre la marcha. El Jaguar está aparcado entre las dos, el Tango del Jaguar está en la camioneta blanca con Tango Uno. Esto debe de ser la Navidad. Es lo mejor que he visto nunca.
Keeper a Prenda:
—Abril Cinco a Abril Nueve. Prueba a dar otra vuelta. Tienes el formulario listo. Haz otra pasada, las casas que dejaste la primera vez. Quiero saber si la camioneta de Tango Uno tiene el motor en marcha. Necesito saber cuándo empezarán a rodar esas ruedas.
Corintio a Keeper:
—Abril Once a Abril Cinco. Para tu buen gobierno, Keeper, la situación es como sigue. Tango Uno está en la camioneta blanca, con el griego. La mercancía la llevan de la camioneta blanca a la camioneta verde, probablemente para analizarla. El tipo que la lleva a la camioneta verde vuelve luego con las manos vacías y da cuenta por la puerta de atrás. Un sujeto que parece peligroso, vestido con un mono azul. De modo que la mercancía está en la camioneta verde. La camioneta verde es para los polis. ¿Está claro, Abril Cinco?
Parrish a todos los componentes de Abril:
—Seguid en ello, tranquilos, sin preocuparse. El imbécil que se deje ver, pasará el resto de su carrera de uniforme. Tango Uno debe circular… Eso está confirmado. Tango Uno circulará. Sólo nos interesa Tango Uno.
Una calle tranquila que bordeaba la pared de ladrillo de Richmond Park. Dos camionetas aparcadas en la calle y un automóvil Jaguar separándolas, y una muchacha que iba llamando a las puertas del lado del parque y preguntando qué detergente se usaba en la casa. Una lente de 500 mm, en una habitación de arriba a unos 160 metros de la camioneta verde. Otros tres coches aparcados en la calle, dos de ellos de cara a la dirección que llevaría la camioneta blanca a no ser que hiciera una maniobra y se fuese en otra dirección.
—Es estupenda…
—Yo mismo vi cómo la empaquetaban.
—¿Y dices que hay más? —el griego no podía ocultar su avidez.
—Volveré con más, dentro de un par de meses —dijo Charlie.
La mano del griego se posó suavemente en el brazo de Charlie.
—Si te pescan y te vas de la lengua, eres hombre muerto, estés donde estés. No podrás esconderte.
—Amigo —dijo Charlie—, si te pescan y te vas de la lengua, te volaré la cabeza. Tómatelo como una promesa, daré contigo —Charlie pasó los dedos por los fajos de billetes de veinte libras. Los guardó en la mochila.
Se estrecharon la mano con escaso entusiasmo.
—Ten cuidado cuando vuelvas allí.
—Ten cuidado al cruzar la calle —dijo Charlie.
Hubo un destello de luz al abrirse la puerta de la camioneta. El griego dirigió a Charlie su sonrisa torcida, sin alegría, y se agachó para apearse.
En el momento en que la camioneta se ponía en marcha, Charlie oyó el estruendo del motor del Jaguar.
En una calle lateral de Hammersmith, cerca del río, un Land-Rover de la policía embistió a la camioneta blanca, por delante, aplastando la portezuela del conductor.
En Shepherd’s Bush, inspectores de la brigada de narcóticos encajonaron a la camioneta verde.
Una hora después, en Chigwell, barrio residencial del otro extremo de la ciudad, en Essex, hacía tres minutos que el griego había vuelto a casa. En la casa de enfrente, un tirador cualificado de la policía dejó su taza de té, pidió a la viuda del general que hiciera el favor de echarse para atrás y atravesó limpiamente el corazón de ambos dobermanes, con cuatro segundos entre un disparo y el otro. El tirador habló brevemente por su radio, cerró la ventana y se llevó una gran sorpresa al recibir un beso de la anciana, justo debajo de la oreja. Seguían junto a la ventana cuando un Land-Rover dotado de una especie de ariete se lanzó a toda velocidad contra la cerca de madera, haciéndola pedazos. Segundos después, la puerta principal, de estilo seudogeorgiano, se astilló al recibir el segundo golpe que un policía le asestó con una maza.
En el metro, partiendo de la estación de Wimbledon, Keeper, Prenda y Harlech siguieron a Tango Uno, y por encima de ellos, en la calle, Corintio conducía como si su vida dependiera de no perder el contacto.
Como siempre, el coche le dejó con su guardaespaldas ante la puerta de la oficina del gabinete, atravesó el edificio, bajó unos escalones y luego recorrió el pasillo subterráneo que unía la oficina del gabinete con Downing Street. Al llegar ante la última puerta, el control de seguridad antes de entrar en Downing Street, el policía armado le saludó como si fuera un viejo amigo. Conocía al agente desde siempre. Sólo Dios sabía cómo el hombre se había agenciado aquel destino, pero daba la impresión de no haber estado a más de cien metros de Whitehall durante toda su vida laboral. Aquella clase de saludos siempre le animaban.
El guardaespaldas se separó de él. Aguardaría en la sala de espera, donde le serviría una taza de café una de aquellas jovencitas orgullosas y zanquilargas que manejaban los procesadores de texto en el extremo del pasillo. El guardaespaldas se daba buena vida, casi como la del policía que vigilaba la puerta del túnel. Hicieron pasar al director general al despacho de la primera ministra.
Durante un momento se preguntó si la entrevista anterior había durado más de lo previsto. Saludó con la cabeza, fríamente, al ministro de Defensa. Se habían visto varias veces, pero el ministro era demasiado ostentoso para su gusto.
—Gracias por venir tan rápidamente, señor director general.
Como si pudiera elegir.
—Lo apreciamos mucho. ¿Ustedes se conocen? Sí. Lamento decirle que mi colega me ha formulado una queja muy seria.
No pudo por menos de fijarse en la incomodidad de la primera ministra y en la hostilidad del ministro.
—Lamento oírle decir eso, señora primera ministra.
—La hija de George, Lucy, murió hace poco a resultas de un accidente relacionado con los narcóticos…
El director general miró fijamente a la primera ministra. Él leía los periódicos. La muchacha era toxicómana.
—… Se está llevando a cabo una investigación por parte de la policía y el servicio de aduanas para tratar de identificar al contrabandista de los narcóticos en cuestión…
Y entonces vio lo que se avecinaba.
—… Su ardua labor, según tengo entendido, les ha llevado a un súbdito extranjero que actualmente posee un documento apátrida que se le expidió porque un miembro del servicio acreditó que era persona de buena conducta. El servicio de aduanas desea entrevistarse con ese miembro del servicio, lo cual me parece muy correcto, pero el servicio se ha negado.
¿Le habrían dicho a la primera ministra de quién se trataba? No era posible. Sin duda se hubiese dado cuenta de la relación.
—Es un escándalo —apostilló el ministro.
—Creo que podemos resolver este asunto rápidamente; ¿no es así, señor director general? Antes de que se salga de los límites permitidos.
No, era obvio que no tenía ninguna pista.
—No gozo de libertad para hablar de este asunto en presencia de un tercero, señora primera ministra.
—¡Vaya si hablarás! —el ministro alzó la voz y su rostro enrojeció.
El director general le miró de arriba abajo. Lo había aprendido de su maestro de clásicas en Marlborough, una mirada cortante de los tobillos a la garganta.
—Soy responsable ante la primera ministra, señor, y el ministro de Exteriores. Los asuntos relativos al servicio secreto no incumben a Defensa.
—A ver si lo dejamos bien claro. Usted está diciendo que el contrabando de heroína es una cuestión que afecta al servicio. ¿Es así? Me gustaría saber adónde diablos va a parar el servicio. ¿Importa usted heroína, señor director general? ¿Se trata de eso? ¿Es a su servicio secreto a quien debo considerar responsable de la muerte de mi única hija?
—George, creo que ya hay suficiente.
—No, señora primera ministra, puede estar segura de que no hay suficiente. Exijo que el director general permita que se hable con el tal Matthew Furniss, ¡inmediatamente, y que no haga perder más tiempo a la policía, a los de aduanas, o bien que nos diga por qué no se puede hablar con él, y que nos lo diga sin toda esa palabrería acerca de que el asunto afecta al servicio!
—Todos sabemos lo precioso que es el tiempo de la policía, George. No es necesario que insista en ello. Pero ¿ha dicho Matthew Furniss? ¿Ese es el nombre?
—Sí, señora primera ministra. Así se llama el hombre del servicio. El ministro del Interior me ha dicho que el importador es un iraní que se llama Charles Eshraq.
—Bien, señor director general, ¿qué contesta a todo esto? —parecía haberse desvanecido la ansiedad que en un principio había mostrado la primera ministra.
—Diría, señora primera ministra, que en circunstancias diferentes sencillamente le explicaría de qué manera se ve afectado el servicio y qué remota es su relación con la muerte por adicción a los narcóticos de la hija del señor ministro. Pero acabo de observar las especulaciones y acusaciones fuera de lugar de un hombre con el que no compartiré, a no ser que se me ordene, ni un ápice de información relativa a este caso o a cualquier otro. Asimismo, es preocupante que un funcionario público entregado a su trabajo sea difamado cuando, como bien sabe la señora primera ministra, no se halla en condiciones de defender su buen nombre.
—Haré que esto lo pague caro.
—Está usted en su derecho de intentarlo, señor.
—Señora primera ministra, ¿piensa tolerar esa impertinencia?
—Espero contar con su apoyo, señora primera ministra.
Una voz vacilante:
—Lo pensaré.
Muchos pensamientos se agitaban en el cerebro del director general mientras volvía por el túnel. Pensó en Mattie Furniss, prisionero, haciendo frente a la tortura. Pensó en los tres cuartos de hora que había pasado con la señorita Duggan, mujer cuya lealtad le inspiraba admiración, y en los dos vasos de jerez para que siguiera hablando, así como en la historia de Charlie Eshraq. Pensó en una muchacha ahorcada en una grúa. Y pensó en lo valioso que Eshraq podía ser para el servicio. Siempre y cuando Furniss no lo mencionara al ser torturado. Siempre y cuando antes no lo capturasen los del servicio de aduanas.
—Abril Cinco a Abril Uno, Abril Cinco a Abril Uno.
—Abril Uno, adelante, Abril Cinco.
—Es sólo un informe de situación, Bill. Está en la taberna, al parecer matando el tiempo. Tiene una cerveza delante desde hace una hora, no ha tomado nada desde la última vez que llamamos. ¿Qué dijo el jefe?
—Le hicieron pasar un mal rato, según el subjefe. Le convencí de mi idea, que es buena aunque yo lo diga. Queremos ver adonde nos lleva Tango Uno, pescar a toda la red. El jefe se sentiría más feliz si lo detuviéramos, pero puede soportarlo porque tenemos la mercancía.
—¿Cuánta había?
—Alrededor de siete kilos, eso es mucho, Keeper. ¿Sabes?, los paquetes llevan la misma marca que los de Manvers. Eso le doró la píldora al jefe.
—Conque así estamos, ¿eh?
El subdirector general estaba sentado en la butaca.
—Cuanto más ruido armemos, peor puede ser para él. Quiero decir que difícilmente podemos pedirles a los suecos que se den un garbeo hasta el ministerio de Exteriores y pregunten al funcionario del turno de noche si están interrogando a un jefe de sección británico al que tenemos buenos motivos para creer que han secuestrado al otro lado de una frontera internacional… No, tenemos que sudar por ellos y usted tiene que tomar una decisión.
—¿Avisar a los agentes? Lo decidiré por la mañana.
—Se lo debe a ellos, darles tiempo de irse. Los agentes secretos son gente valerosa. En el caso de que les echen el guante, tendrán suerte si sólo los ahorcan.
El director general pareció perder el hilo. Sus ojos se cerraron como si sintiera dolor.
—¿No sabía usted eso, cuando aceptó el cargo?
—Lo decidiré por la mañana.
—Puede que tengamos horas, horas, señor director general. Torturarán a Mattie hasta que les dé los nombres, colgado por los pies, quiera o no quiera. No se trata de si confesará o no, se trata de cuándo confesará.
—Tomaré esa decisión por la mañana… Pobre Mattie.
Durante todo el día había estado colgado del gancho de la pared. Había leído cosas sobre aquello con bastante frecuencia. Todos los que estudiaban los asuntos de Irán conocían ese método de arrancar confesiones. Le parecía que había sido un solo día, pero había perdido el conocimiento tres veces. No tenía noción del tiempo. El dolor de la espalda, los hombros, las costillas, era más agudo que el de la planta de los pies. Era como si se estuviera partiendo, como las ramitas secas que rompía contra las piernas en Bibury. Tenía el brazo izquierdo por encima del hombro izquierdo y doblado luego hacia abajo, hacia la región del sacro. El brazo derecho estaba por debajo del hombro y luego vuelto hacia arriba para encontrarse con el izquierdo. Tenía las muñecas atadas con tiras de cuero, anudadas con fuerza. Las tiras estaban enganchadas en el garfio de la pared. Sólo los dedos de los pies podían rozar el suelo. Cuando la fuerza de los dedos de los pies desaparecía y el cuerpo caía hacia abajo, el dolor en los hombros era insoportable y las costillas parecían a punto de estallar. Al principio había sido mejor. Los pies, hinchados y magullados, habían conseguido soportar la mayor parte del peso. Durante el día, prescindiendo de lo que hubiese durado, la fuerza de los pies había ido desapareciendo. Había aumentado la presión sobre los brazos doblados. Se había desmayado tres veces, se había hundido en el calor maloliente, perdido el conocimiento. No le habían descolgado. Sólo le habían arrojado agua a la cara. No se había librado del gancho de la pared durante unos momentos. Un dolor creciente que se clavaba en la espalda, los hombros y las costillas… Dios… Dios… no comprendía cómo sus músculos, cómo su cuerpo soportaba el peso, cómo su mente soportaba el dolor.
—Señor Furniss, ¿de qué sirve su obstinación? ¿Qué gana con ella?
Responda con setecientas cincuenta palabras como mínimo. Buena pregunta.
—Señor Furniss, los más firmes luchadores que hay entre los «hipócritas», los contrarrevolucionarios, aparecen en la televisión y denuncian ante el mundo a todos sus ex camaradas, todas sus antiguas actividades. ¿Cómo cree que sucede eso, señor Furniss?
—No tengo la menor idea… Un arqueólogo… no entiende… de esas cosas —oyó la ronquera de su propia voz.
—Los «hipócritas» más valientes traicionan a sus camaradas y sus ideales debido al dolor, señor Furniss.
Había visto las fotografías. Sabía lo que les hacían a sus enemigos. Había visto cintas de vídeo de las confesiones. Mujeres con túnicas negras, hombres con chándal, sentados en un estrado e iluminados por las cámaras en un gimnasio de la cárcel de Evin, y compitiendo entre sí por condenar a sus camaradas y su causa, sin que ello les librara del fusilamiento o de la horca. Sentía dolor al hablar. Llenar los pulmones de aire para poder hablar aumentaba el dolor de la espalda, hombros y costillas.
Formó las palabras con los labios. De su garganta no salió ni un ápice de voz, sólo los labios se movían. Era arqueólogo y se interesaba por la ciudad turca de Van.
Se acordó de un profesor del fuerte. Era un hombre de edad avanzada y tenía la espalda doblada como si padeciera una desviación de la columna, y las uñas nunca habían vuelto a crecerle sobre la piel sonrosada. Hablaba con un acento centroeuropeo, cerrado, orgulloso y gutural. Había una expresión de valor y orgullo en sus ojos, su traje estaba descolorido y abrillantado por el uso y llevaba un cuello de pastor luterano. Les habían dicho que el anciano había pasado los últimos dos años de la segunda guerra mundial en Dachau. Hablaba de la fe, hablaba de su Dios, hablaba de la plegaria y de la fuerza que su religión le había dado. Mattie no iba a la iglesia con regularidad, como hacía Harriet. Cuando estaba en el templo doblaba la rodilla como los demás fieles, y cantaba con buena voz, pero no se consideraba cerca de su Dios. ¡Qué maravillosa arma le había dado la fe a aquel anciano en medio del horror de Dachau! Mattie estaba solo, igual que el anciano en su celda de Dachau, igual que los discípulos ante la persecución. Mattie hubiera dicho que su religión se basaba en el conocimiento de lo que era el bien y lo que era el mal, y hubiese dicho que le tenía miedo a la muerte porque aún no se consideraba preparado para comparecer ante su Creador. Le hubiera gustado rezar, pero no podía porque el dolor le impedía concentrarse. Se preguntó cómo habría rezado aquel anciano mientras le arrancaban las uñas, mientras le lesionaban la columna.
—Señor Furniss, usted es un caballero. No debería consentirlo. Este trato es apropiado para la escoria «hipócrita». Pero es inevitable que pase por esto, señor Furniss. Ayúdeme, ayúdese a usted mismo. ¿Cuál era el motivo de su viaje? ¿Con quién se entrevistó? Es tan sencillo, señor Furniss.
En verdad, Mattie pensaba que en aquel momento no hubiese podido pronunciar los nombres. Los había olvidado. Sólo había dolor en su cerebro. La luz le daba en la cara. El dolor aumentaba cuando intentaba desviar el rostro de la luz y de la cara del investigador. Éste se hallaba sentado en un taburete colocado a no más de cuatro pasos de los labios resecos y agrietados de Mattie. Mattie pensó que el dolor era bueno, que el dolor borraba de su cerebro los nombres de sus agentes. Podía oler los cigarrillos de los guardias. Parecían fumar continuamente.
De repente el investigador chascó los dedos. Bajó del taburete, se acercó a la mesa y empezó a meter los blocs de notas en su cartera. A Mattie le pareció que su expresión no era de enfado ni de placer, sino sólo la expresión de quien ha hecho su trabajo.
—Señor Furniss, hay mañana, y pasado mañana hay otro día, y tras ese día, otro. Cada día será peor para usted. Pagará muy cara la obstinación.
—No, mamá, no hay ninguna crisis, es sólo que Mattie tarda un poco en volver… No estoy dispuesta a hablar del trabajo de Mattie contigo, mamá… No hay necesidad de que vengas, mamá. De todos modos, no puedes venir porque, si vinieras, te perderías el bridge del viernes. Estoy perfectamente, mamá… Lo siento, pero estoy demasiado ocupada para tenerte en casa, de veras. Si pasara algo malo, llamaría a las chicas. Las chicas no están aquí… Mamá, hablo en serio, no quiero que vengas a pasar unos días… ¿Quieres hacer el favor de escucharme? No te quiero aquí, no quiero a nadie aquí… No estoy llorando, mamá, sólo trato de vivir mi vida.
Colgó el auricular.
Pensó que había estado muy grosera. Volvió a ocuparse de las actas de la reunión que la noche antes había celebrado la sociedad de amigos de la naturaleza.
Procuró no pensar en dónde estaba su Mattie, cómo estaba.
En Century no esperarían que Harriet Furniss les causara problemas. Harriet pensó que seguramente en el expediente de Mattie constaba que su esposa era digna de confianza desde el punto de vista psicológico. Habrían caído en la cuenta de que sus dos hijas habían nacido en Teherán porque ella no había juzgado necesario volver a casa para dar a luz y tampoco les había causado complicaciones cuando estaban en el Golfo, ni durante su breve estancia en Ankara. Sin duda habrían anotado en el expediente que era digna de confianza, que sabía alternar con embajadores y demás, que era, en suma, una esposa apropiada para un jefe de sección.
A pesar de ello, era muy duro, mucho, no haber recibido ni una sola llamada de Century en los últimos días.
—Abril Uno a Abril Cinco, Abril Uno a Abril Cinco…
—Abril Cinco a Abril Uno…
—Bien, Keeper, acerca de esa dirección… El ocupante consta como un tal señor Brian Venables, Dios sabrá lo que Tango Uno hace allí… Venables trabaja para la compañía del agua, ocupa un cargo intermedio.
—Recibido.
—¿Cuándo quieres que te releven?
—Bill, no voy a ninguna parte…, no discutas, Bill, tendrás que utilizar fuego para despegarme de él… En mi armario hay una máquina de afeitar a pilas y unos calcetines. Me iría bien tenerlos.
—¿Y los demás?
—Necesitaremos apoyo al amanecer. Nos quedamos todos… Bill, Prenda dice que tiene una muda en su armario, en una bolsa de plástico verde.
—Que tengáis dulces sueños, campeones. Abril Uno a Abril Cinco, corto.