Doble filo

Gerald Seymour · Capítulo 5 de 23

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Doble filo

Capítulo 4

 

El coche había vuelto a la vida después de una especie de acceso de tos y una espesa humareda surgía del tubo de escape. Dejó el motor en marcha mientras le daba las gracias a su vecino por prestarle una batería cargada. Podía pedirle cualquier favor pequeño a sabiendas de que se lo haría. El vecino sabía cuál era su trabajo. De hecho, la mayoría de los hombres que estaban enterados de ello le trataban con respeto. Nadie se atrevía a ofenderle o maldecirle. Quizá en Tabriz nadie podía tener la seguridad de que nunca vería desde el otro lado de una celda aquellos ojos de color castaño que le observarían por las aberturas de la máscara negra y apretada que se ponía para hacer su trabajo. Los más encumbrados del país, los más humildes, todos tenían miedo de sentir en su brazo la presión de su puño de gruesos dedos. No había sido él mismo, pero conocía al hombre que había cumplido la sentencia del tribunal especial del clero contra Mehdi Hashemi, y Hashemi era el protegido del hombre al que el imán había nombrado sucesor suyo. También conocía al hombre que había ejecutado a Sadeq Ghotzbadeh, y Ghotzbadeh era el ministro de Asuntos Exteriores de la nación y el favorito del imán. Nadie en Tabriz bromeaba con el verdugo. Era experto en ahorcar, fusilar, azotar, organizar la lapidación de mujeres adúlteras y en manejar la máquina que acababa de llegar, la máquina que funcionaba con electricidad y que estaba provista de un cuchillo guillotina para cortarles los dedos a los ladrones. Hoy iba a utilizarla: con un ladrón que había robado a un hortelano. Y tres ejecuciones, todas en la ciudad: un traficante de narcóticos, un kurdo que había ayudado a los «hipócritas», y un violador de niños de corta edad.

Su esposa se encontraba lavando camisas en el patio trasero de la casa. Apenas hizo caso cuando él le gritó un adiós desde la puerta posterior. Sus hijos, los cuatro sin excepción, estaban jugando con una pelota desinflada alrededor de las piernas de su madre, demasiado enfrascados en el jugo para oírle. Dentro de la casa, de un armario que había junto a la cama en la habitación que compartía con su esposa, sacó una pistola Browning de nueve milímetros, una pistola antigua, bien cuidada, certera. Oyó el ruido del motor del coche funcionando más allá de la puerta abierta.

Salió a la mañana. Anduvo de puntillas entre los charcos de lluvia porque llevaba limpios los zapatos. Subió al coche y dejó la Browning, cargada pero no amartillada, en el asiento a su lado, y la cubrió con un ejemplar del Ettelaat del día anterior.

Al arrancar, hizo sonar la bocina. Sonrió levemente, no creía que el sonido de la bocina pudiera interrumpir el partido de fútbol.

Subió por el callejón, evitando los baches más profundos, conduciendo despacio para no estropear la suspensión del viejo Hillman Hunter. Se detuvo al llegar al cruce con la carretera principal. Pasaban muchos camiones en dirección al centro de la ciudad. Esperó a que se hiciera un hueco.

Vio a un joven un poco más abajo de la carretera principal, de cara al centro de la ciudad, montado en su motocicleta. El joven estaba junto a la carretera, vestía un chándal azul, era muy barbudo, iba con la cabeza descubierta y llevaba una bolsa colgada del cuello.

Vio que se le abría un hueco, un espacio pequeño, y lanzó el Hillman Hunter hacia adelante, bruscamente, para aprovechar la oportunidad. Oyó un largo y estridente bocinazo detrás suyo, pero el Hillman Hunter tenía poca aceleración y los frenos del camión parecieron taladrar el aire mientras la enorme rejilla se acercaba por el espejo retrovisor. Sonó otro bocinazo del camión antes de que el Hillman Hunter enfilara la ciudad. Siempre era difícil la maniobra, salir del callejón donde vivía y tomar la carretera que llevaba a Tabriz.

Se encontró encajonado. Había un burladero central a su izquierda y una camioneta Dodge a su derecha, llena de trabajadores de la construcción. Había un camión de ganado delante y un camión con carga refrigerada detrás. No podía ir más despacio ni más de prisa. Daba igual que no pudiera adelantar al camión de ganado. No llegaría tarde al trabajo.

Al mirar por el espejo retrovisor, vio al motorista. Era una forma excelente de viajar. La motocicleta era el medio de transporte más apropiado para ir a la ciudad a primera hora de la mañana, cuando el tráfico era denso.

Era la motocicleta que antes estaba parada junto a la carretera. El verdugo miró hacia adelante, luego miró en el espejo lateral y vio que el motorista había salido de detrás suyo y se disponía a adelantarle, pasando por el estrecho espacio que quedaba entre el Hillman Hunter y la camioneta Dodge. Aquello era libertad, poder sortear los camiones pesados… Vio que el joven de la moto tenía una mano dentro de la bolsa que le cruzaba el pecho, y que guiaba el vehículo sólo con la mano derecha.

Veía la figura a su lado, acercándose a la ventanilla bajada.

Se dio cuenta de que la moto virtualmente rozaba el costado de su coche.

Vio la sonrisa en la cara del motorista, el motorista le estaba sonriendo, y el motorista tenía el brazo extendido por encima del techo de su automóvil.

Oyó un golpe sordo sobre el techo.

La cara sonriente del motorista llenó la ventanilla.

Sudor frío, sudor frío bañándole el pecho, las ingles. No podía detenerse. No podía desviarse hacia un lado. Si frenaba en seco, el camión frigorífico que iba detrás lo atropellaría, sesenta kilómetros por hora y constante.

En ningún momento se le ocurrió al verdugo que tal vez era víctima de una broma inocente. Echó mano de la pistola mientras la moto se alejaba a gran velocidad, quitó el seguro, pero ¿qué podía hacer? No podía disparar a través del parabrisas. Hubo un momento en que el motorista, el joven del chándal azul, pareció volverse hacia atrás en el asiento y saludar con la mano al viejo Hillman Hunter, y luego se perdió de vista. Ya no podía verle, sólo veía la parte posterior del camión. No sabía qué hacer, hacia dónde girarse…

Miró fijamente el espejo retrovisor y vio la imagen de sus propios ojos. Tantas veces había visto ojos que miraban fijamente, llenos de temor.

Charlie había tenido que volverse una última vez para saludar con la mano y comprobar que la caja siguiera en el techo del coche de color amarillo. La caja de metal contenía cerca de un kilo de explosivo comercial, un detonador y un cronómetro de atletismo conectado para hacer estallar el detonador y la gelignita cuarenta y cinco segundos después de que el dispositivo entrara en funcionamiento. Un potente imán sujetaba la caja al techo del Hillman Hunter.

Saludó con la mano y vio la caja de herramientas pegada al techo del coche como si fuera un carbunco.

Aceleró a fondo y la moto salió disparada hacia adelante, dejando atrás el camión de ganado.

En aquellos momentos de estampida Charlie fue capaz de imaginarse el hedor del miedo dentro del coche, el mismo hedor que el hombre solía notar al tomar los brazos de las personas que le traían. Hizo una maniobra para colocarse delante del camión de ganado.

La explosión le llegó por detrás, azotándole.

El trueno sonó en sus oídos.

El viento cálido le pasó por la espalda.

Y la moto continuó avanzando velozmente.

Viró a la derecha, salió de la carretera principal. Aceleró la velocidad y dispersó a unas cabras que pacían junto al camino y huyeron asustadas. De nuevo giró a la derecha. La moto corría a toda velocidad. Se encontraba en un camino paralelo a la carretera principal, a unos doscientos metros de ella. Miró hacia la derecha y, por encima de las casas de techo bajo, pudo ver el humo que se alzaba en el aire.

Corría y silbaba al viento que le daba en la cara y bendecía el regalo del señor Matthew Furniss, su buen amigo.

 

¿Y por qué no nos lo han encargado directamente a nosotros, por qué interviene la poli?

Había una especie de democracia dentro de la división de investigación. Una estructura de mando de tipo militar nunca había formado parte de su estilo.

El subjefe de investigaciones hizo gala de su paciencia. No le molestaban las preguntas directas y francas, formaban parte del estilo de la división.

—La policía interviene, David, porque en esta fase de la investigación la muerte de Lucy Barnes sigue siendo un asunto que incumbe a la policía.

—Lo echarán todo a rodar —dijo Park. Sonaron risas apagadas en la habitación; hasta Parrish, sentado al lado del subjefe, mostró un asomo de sonrisa. Todo el equipo Abril se hallaba presente, y a ninguno de sus componentes le importaban las interrupciones de Keeper. Cuando no se distanciaba de los demás en la taberna, cuando trabajaba, Keeper era un elemento valioso, y era bueno en su trabajo.

El subjefe movió los ojos.

—Entonces tendremos que poner remedio a lo que considera un estropicio inevitable, cuando nos encarguemos de nuestro amigo, si es que nos encargamos de él.

Una de las cosas que en la división de investigación se daban por sentadas era que sus miembros eran seres superiores a los policías. Los jefes de la división poco hacían por desterrar dicha creencia. La moral era importantísima para el espíritu del cuerpo en la guerra contra los peces gordos, los traficantes y los ricachos. La mayoría de los miembros de la división se habrían puesto la mano sobre el corazón y jurado que un policía no era lo bastante bueno como para entrar en uno de sus equipos. Aunque nadie lo decía, en el fondo de la inquina que despertaban los policías estaban las diferencias salariales. Los chicos de Abril y otros equipos eran funcionarios y cobraban como funcionarios. Había subsidios que aumentaban el salario neto, pero ellos seguían siendo los parientes pobres. Circulaban numerosas anécdotas sobre las meteduras de pata de los polis. La aduana había investigado a un importador checoslovaco de nacimiento y había supervisado su detención tras la incautación de droga por valor de nueve millones de libras, los polis le estaban vigilando cuando el tipo se había fugado de un calabozo de la comisaría. Los de aduanas habían esperado que llegara a Heathrow un mensajero y todo estaba dispuesto para seguirle y echarles el guante a los auténticos peces gordos, sólo que los polis habían tomado el avión de París para detener al sujeto allí y habían echado a perder la posibilidad de practicar las detenciones que realmente importaban. Estaban a un paso de la guerra declarada. La policía había sugerido que se formase una brigada de élite para los asuntos de drogas; los de aduanas decían que la brigada de élite ya existía, la división de investigación, una brigada en la cual ningún hombre tenía un precio, que era más de lo que podía decirse de…, y así sucesivamente.

—¿Qué tiene que pasar para que nos encarguemos nosotros?

Estaban en el piso de arriba del edificio. Ningún policía con sentido de la dignidad se hubiera avenido a trabajar en semejante sitio. El yeso de las paredes estaba agrietado, los únicos adornos eran las listas de permisos anuales y las de turnos de trabajo. La moqueta de color verde claro mostraba las huellas que dejaran en ella al levantarla para colocar la nueva instalación eléctrica, así como otras del último cambio de distribución de los escritorios. Los escritorios estaban amontonados, y apenas había espacio en ellos para las terminales y los teclados. Aquello era el hogar para el equipo Abril y al fondo, detrás de un tabique de madera contrachapada y cristal, se encontraba el rincón de Parrish. El subjefe y Parrish estaban sentados sobre una mesa, compartiendo una cafetera filtradora, con las piernas colgando.

—Bueno, si habéis terminado de quejaros… Lucy Barnes era abastecida por Darren Cole, de la misma ciudad, un simple ladronzuelo. Darren Cole dice que su proveedor es un tal señor Leroy Winston Manvers, de quien nada saben aún los tribunales, de quien, felizmente, Cedric es una mina de información…

No hacía falta decirlo para causar efecto; alzó en el aire la hoja impresa por el ordenador del servicio de aduanas, al que habían puesto el apodo de Cedric. Estaban orgullosos de Cedric, verdadera mina que contenía un cuarto de millón de nombres y tenía espacio para medio millón más. Les constaba que la poli no tenía nada comparable y se quejaban cada vez que la Unidad Nacional Antidroga de Scotland Yard les pedía permiso para echar un vistazo a su material.

—… Leroy Winston Manvers, 37 años, de origen afroantillano, sin medios de vida conocidos, domicilio en Notting Hill Gate, un verdadero cabrón. No voy a leerles lo que dice la ficha, a ver si lo conseguís vosotros mismos… Los de Scotland Yard están de acuerdo en que montemos un puesto de vigilancia en la dirección que consta en la ficha de Manvers, mientras nuestros colegas de la policía investigan las demás pistas: gente con la que ha tenido trato, etcétera. Sin embargo, es importante, señores, que tengan muy presente una cosa. Nos sentiremos satisfechos si metemos a Manvers en la cárcel, más satisfechos aún si obtenemos una condena que permita embargar sus bienes, pero el motivo principal de nuestra intervención en esta fase temprana de la investigación es ir más allá de Manvers, el proveedor, y penetrar en el terreno del distribuidor. La identidad del distribuidor es nuestro quebradero de cabeza. Queremos al tipo que abastece de heroína a Leroy Winston Manvers. No les quepa duda de que esta investigación goza de máxima prioridad… ¿Alguna pregunta?

—¿Por qué? —preguntó Park.

—Maldita sea, Keeper, no empecemos otra vez —dijo Parrish.

—Las cosas de la vida, joven —dijo secamente el subjefe—. Y no me vengan con cuentos. Lo que ocurre es que la única hija del ministro de Defensa muere de una sobredosis de heroína. Éste echa mano de su autoridad y empieza a dar órdenes. Ya sabe el porqué… ¿Más preguntas? ¿No? Bill les dará todos los detalles… Finalmente, he dado prioridad al asunto, y espero que respeten esa prioridad. Gracias, señores.

Cuando el subjefe hubo salido, Parrish aclaró los primeros detalles del puesto de vigilancia que a partir de última hora de esa mañana se montaría en Notting Hill Gate, para ver quién entraba y salía de un piso situado en la tercera planta de un edificio de viviendas propiedad del ayuntamiento.

Porque había abierto la boca, porque había hablado demasiado y porque nunca parecía importarle el horario de trabajo, era prácticamente inevitable que a Park le tocase el primer turno de vigilancia. No se quejó y tampoco llamó a Ann para decirle que no sabía a qué hora volvería a casa.

No la llamó porque no estaba pensando en ella. Estaba estudiando una fotografía de Leroy Winston Manvers, una foto tomada disimuladamente hacía poco tiempo. La estudió con atención, absorbiendo los rasgos del hombre.

 

—… La totalidad de nuestro país se encuentra sumida en el dolor, la separación, la muerte, la destrucción, el desamparo, la corrupción y el desespero provocador por el antihumano gobierno de los mullahs y por su guerra catastrófica. Los mullahs han provocado la ruina de nuestro pueblo. ¿Saben ustedes, señores y señoras, que, debido a la situación crónica de la economía, en Irán han tenido que cerrar más de ocho mil fábricas? Los ingresos que nos proporcionaba el petróleo eran la envidia del mundo, pero ahora nos encontramos con que la producción ha descendido en más de la mitad, debido a la guerra… Quizá las frías cifras de la economía les interesen menos que la suerte de los seres humanos. A pesar de ello, les digo que la situación económica ha aparejado pobreza, desempleo y hambre para millones de compatriotas. Pero les hablaré del efecto que en los seres humanos ha surtido esta guerra cruel, una guerra determinada por el cinismo de los mullahs mientras ellos se encuentran a salvo lejos de la línea de fuego. ¿Saben ustedes que para continuar esta sed de sangre los mullahs envían ahora a niños al frente? No me crean a mí, lo dice un periódico: «A veces los niños se envolvían con mantas y rodaban por los campos de minas, para que los fragmentos de su cuerpo no quedaran esparcidos y pudieran recogerlos y llevarlos a retaguardia y meterlos en los ataúdes». Señoras y caballeros, ¿han oído alguna vez algo más inmoral? Ése es el régimen de los mullahs, un régimen de bancarrota, un régimen de sangre, un régimen de crueldad…

Cuando hizo una pausa, cuando se secó el sudor de la frente, le aplaudieron ruidosamente. Le sorprendía que tanta gente hubiera acudido a escucharle durante la hora del almuerzo en la City de Londres. Le entristeció no ver a su hermano entre el público. Le había instado a participar en el mundillo político de los exiliados, aunque fuera sólo de un modo marginal. Su hermano no estaba y él aceptó el fracaso.

Bebió un poco de agua.

En el fondo de la sala había un estudiante iraní, matriculado en una academia de Bayswater, que tomaba notas detalladas de todo lo que decía Jamil Shabro contra el gobierno de los mullahs.

Jamil Shabro prosiguió hablando durante veinte minutos. Cuando finalmente se sentó, le tributaron una cálida ovación y muchas personas le estrecharon la mano y le felicitaron por el valor que demostraba al hablar así.

Y aquella tarde el estudiante de inglés llevó sus notas escritas a una mezquita del oeste de Londres en la que había colgada una fotografía del imán. Tras mostrar su pasaporte de la república islámica de Irán, le hicieron pasar a un despacho interior.

 

En el pasillo contiguo a la sala del gabinete, una vez finalizado el consejo, el ministro de Defensa aprovechó la oportunidad para hablar en privado con el ministro del Interior.

—Viajo a Washington, estaré allí una semana, no volveré hasta el día antes del entierro. Ahora voy a casa, a recoger la maleta, luego al aeropuerto… ¿Qué puedo decirle a Libby? Tengo que decirle algo.

—Es una investigación policial, George. Y ya han puesto manos a la obra.

—¿Qué le digo a Libby?

—Puedes decirle que tenemos al camello —dijo en voz baja el ministro del Interior—. Y que tenemos una buena pista para dar con el proveedor. Puedes decirle que el Yard, la Unidad Nacional Antidroga y las brigadas regionales están trabajando en ello. También puedes decirle que uno de los equipos del servicio de aduanas que persigue el tráfico de heroína, un equipo bastante útil, permanece alerta con la esperanza de que el proveedor nos lleve al distribuidor. Si una sola palabra de esto trascendiera, George, una sola palabra, me vería en una situación muy embarazosa…

—Será un gran consuelo para ella… No podemos quitarnos de encima la sensación de culpabilidad. ¿Por qué no nos dimos cuenta de lo que ocurría desde el principio? Es como si la desintegración de una niña feliz pasara por nuestro lado y nosotros sin enterarnos. Libby se lo ha tomado todo muy mal…

—Espero poder darte noticias más concretas cuando vuelvas.

La conversación terminó. El canciller, el ministro de Energía y el de Educación salían de la sala del gabinete, de buen humor debido al último sondeo de opinión, que daba al gobierno seis puntos de ventaja, pese a estar en la mitad de la legislatura.

 

Otra reunión terminada, otra mesa de conferencias de Whitehall en la que quedaban tazas vacías y ceniceros llenos, la sesión semanal de la comisión conjunta del servicio secreto se había levantado. Ningún político había asistido a ella. La comisión estaba reservada a funcionarios y cargos permanentes. De haber asistido algún político, los demás se hubieran sentido muy cohibidos. Aquellos hombres creían que a los que dependían del capricho del electorado no se les podía confiar el destino de la nación. Habían asistido los directores generales del servicio secreto, del servicio de seguridad, de información militar y de comunicaciones del gobierno, cargos de Exteriores y Commonwealth y la presidencia la había desempeñado un subsecretario que ostentaba el título oficial de «coordinador de información y seguridad». Esta comisión decidía lo que los políticos debían ver y lo que no debían ver.

El coordinador había hecho un gesto con la mano al director general de Century, un gesto apenas perceptible indicándole que se quedara después de que los demás se marcharan hacia sus coches y sus guardaespaldas.

—Entre nosotros, y no quería expresar este pensamiento en presencia de los demás, no deseaba ponerte en una situación embarazosa, pienso que lo has hecho bastante bien —el coordinador sonrió ampliamente—. Se te concedió el cargo para que pusieras orden en Century y me alegra decir que has sabido detectar los problemas que hay allí. De la primera ministra para abajo, queríamos darles una sacudida a los de Century, para que no se durmieran en sus laureles, y lo estás consiguiendo.

—Manipular un muro de ladrillos sería más fácil, pero poco a poco vamos consiguiéndolo —repuso el director general con tono severo.

—Había llegado el momento de que se produjeran cambios fundamentales de actitud y dirección. Habíamos acordado que era necesario enterrar la creencia prehistórica de que la guerra fría sigue siendo lo principal, ¿de acuerdo?

—Estoy desviando recursos de las secciones de Europa oriental en beneficio de las de Oriente Medio. He encontrado cierta resistencia… ¿Conoces a Furniss?

—¿Acaso no conoce todo el mundo a Mattie Furniss? Es un buen elemento.

El director general tenía los hombros encorvados sobre la mesa.

—Sí, un elemento muy bueno, y empieza a captar la onda.

—Irán es importantísimo para nuestros intereses.

—Por eso le dije a Mattie que hiciera la maleta y se fuese al Golfo. Le he dicho lo que quiero.

—¿De veras? —el coordinador se repantigó en su silla—. Has traído material interesante a la reunión. ¿Te lo ha proporcionado Mattie?

—Tiene un agente nuevo. Lo mantiene bien escondido bajo el ala —el director general rió entre dientes—. Típico de Mattie. ¿Sabes? Le aticé un buen puntapié en el trasero y desde entonces trabaja que da gusto. Tiene un nuevo agente y se ha ido al Golfo para ver a los de allí y espabilar un poco a los observadores que tenemos en el perímetro.

—Excelente. Hoy día los iraníes creen que pueden salirse siempre con la suya. El Pentágono les dio una lección a los libios y nosotros hemos hecho lo mismo con los sirios. Ambos se portan mejor ahora. En mi opinión, ya va siendo hora de atizarles un coscorrón a los iraníes… ¿Por qué no te quedas a almorzar?

 

En Bahrein, Mattie se entrevistó con el comerciante de alfombras de Teherán. El hombre proporcionaba divisas extranjeras al país, tenía a su familia en él y dos hijos suyos estaban en el ejército, por lo que generalmente obtenía el visado para salir y volver. Y en Bahrein habló con su responsable de estación. Y empezaron a seguirle los pasos.

Mattie fue en avión de Bahrein a Dubai para ver al subalterno que tenía allí, y le observaron tanto al embarcar como al desembarcar. Despachó con él en poco más de cuatro horas, le soltó el discurso para darle ánimo, le dijo que se olvidara de su estilo universitario, que se diera un garbeo por los muelles con más frecuencia y que cultivara más asiduamente a la cofradía de las navieras.

De haber ido por la carretera de Dubai a Abu Dhabi, de haber recorrido en automóvil los ciento sesenta kilómetros de Dubai a Abu Dhabi, viendo los coches abandonados en el desierto porque los ricos del petróleo no querían tomarse la molestia de hacer reparar el motor o lo que fuese, quizá entonces se hubiera percatado de que le seguían. Viajando por aire, observado al pasar por el aeropuerto, observado al salir del aeropuerto, no se dio cuenta de que le seguían.

Y pocas oportunidades había en el Golfo de hacerse pasar por arqueólogo. Aquellas comunidades con sus hoteles Hilton dotados de aire acondicionado, sus pistas de hielo protegidas de las elevadas temperaturas, sus colonias de ingenieros británicos que evitaban los impuestos, le resultaban bastante aburridas. Van resultaría diferente, las ruinas urarteas serían una delicia.

Despistó a los que, sin él saberlo, le seguían desde Abu Dhabi. Se valió de los procedimientos habituales. Se inscribió en el hotel, le dieron una habitación del piso veinte de aquella monstruosa construcción y luego se escabulló por la escalera de incendios y la entrada del servicio. Al entrar en el hotel llevaba su traje de lino de color pardo; salió vestido con unos tejanos y una camiseta. Sudó profusamente al recorrer la corta distancia que había entre el hotel y la pequeña oficina que nominalmente era la sede de una empresa internacional de inspectores de buques. En una habitación del primer piso, con las persianas bajadas, se entrevistó con el hombre que trabajaba en la oficina del jefe de puerto en el puerto iraní de Bandar-Abbas.

Mattie tuvo que abrazar al hombre. También eso era un procedimiento habitual. No le gustaban las manifestaciones de afecto, pero la costumbre exigía abrazar como a un hijo pródigo que volviera a casa a un hombre que había cruzado secretamente las aguas del Golfo a bordo de un dhow. El hombre le besó en ambas mejillas y Mattie pudo oler lo último que había comido. A Mattie Furniss, jefe de la sección de Irán, no debía importarle que el hombre hubiera sudado de miedo a ser descubierto mientras yacía entre las redes y las guindalezas de un dhow que le había traído de Bandar-Abbas a los muelles de Abu Dhabi. Si hubiesen abordado el dhow, si los guardias hubieran descubierto al hombre, si le hubiesen llevado ante un tribunal revolucionario, le habrían torturado y él hubiera pedido a gritos que lo ejecutaran para librarse del dolor. Sin embargo, Mattie, como profesional, debía mostrarse distanciado emocionalmente.

Se sentaron. Bebieron té. El hombre escuchó mientras Mattie le soltaba el discurso que llevaba preparado.

—Queremos detalles, hechos concretos… No me basta con saber que un barco con bandera portuguesa, sueca o chipriota se dirige a Bandar-Abbas con la cubierta llena de contenedores, todo eso ya me lo dicen las fotografías de los satélites. Quiero saber qué hay dentro de los contenedores. Quiero saber las marcas de los contenedores…

Observó al hombre, vio que sus dedos movían la sarta de cuentas que tenía sobre el regazo. Si a lo largo de los años hubiese cultivado alguna clase de relación emocional con el hombre, le hubiera sido prácticamente imposible pedirle todo aquello.

—… Hay un embargo internacional que prohíbe suministrar armas a Irán. En teoría, ninguna arma de guerra debe llegar a Bandar-Abbas o a cualquier otro puerto de entrada. A pesar de ello, tenemos entendido que los iraníes gastan doscientos cincuenta millones de dólares mensuales en armamento. Queremos que su país, que su régimen, deje de recibir armas. Sin armas, el esfuerzo bélico será un fracaso, y si fracasa, entonces los mullahs tendrán que irse. Ese es el incentivo para usted.

Por supuesto, Mattie Furniss no podía compartir con un agente la exasperación que había provocado en Century la noticia de que los Estados Unidos habían despachado dos mil ochenta y seis misiles del último modelo a los mullahs, junto con un avión cargado de piezas de recambio para sus viejos Phantoms F-4. Hubiera podido recitarle la lista de los países que mandaban armas a Irán: la URSS, China, el Reino Unido (cualquier cosa desde radar antiaéreo hasta explosivos militares), Italia, España, Grecia, Corea del Norte y Corea del Sur, Taiwan, Pakistán, Siria, Libia, Checoslovaquia, Alemania Oriental, Japón, Brasil, Argentina, los Países Bajos, Israel, Portugal, Bélgica, hasta Arabia Saudita… Donde había dinero que ganar…

—… Muy bien, sabemos que poco a poco van decantándose por las armas de fabricación nacional, pero de momento esas armas no son lo bastante buenas para la guerra moderna, y deben respaldarlas con piezas de repuesto esenciales para, por ejemplo, aviones de ataque… Necesitamos información sobre eso. No niegue con la cabeza, usted puede andar sobre el agua si se lo propone. Todo cargamento de armas se recibe con medidas de seguridad, vehículos militares, pasa directamente por la aduana, sin formalidades. Necesitamos información sobre los cargamentos…

Las personas que conocían a Mattie Furniss en los Cotswolds [6], las que también pasaban los fines de semana en Bibury, las de los cócteles de los sábados por la noche, hubieran dicho de él que era un hombre muy formal, un individuo muy amable. Los que hablaban con él de senderos, de la producción de leche y de la bolsa de valores se hubieran llevado una sorpresa al ver que era capaz de empujar a un voluntario, a un espía muy valiente, a correr riesgos suicidas sin que, al parecer, ello le importara demasiado. Era un hombre duro. Era un jefe de sección en Century.

A la mañana siguiente, mientras el funcionario de la oficina del jefe de puerto volvía a Bandar-Abbas, nuevamente escondido en un dhow, Mattie fue vigilado al tomar el avión que le llevaría a Ankara, la capital de Turquía.

 

Le faltaban cuatro dientes incisivos y los demás eran fragmentos amarillos. El viejo llevaba el pelo enmarañado y sucio. Su rostro aparecía arrugado y su color era el de una nuez. En las laderas inferiores de la montaña Iri Dagh y a la sombra de la cumbre, siempre coronada de nieve, que se alzaba a más de dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, apacentaba unas cuantas cabras robustas y algunas ovejas de lana espesa. En los días claros, y a primera hora de la mañana, cuando el sol salía por detrás de la montaña, el viejo podía ver la metrópoli de Tabriz. La miraba distraídamente. No sentía ningún interés por la ciudad.

Le fortalecía la aspereza del terreno donde pacía su ganado, en el que cultivaba verduras cerca de su hogar con paredes de piedra y tejado de hojalata y le contemplaba la tristeza de la vejez.

Majid Nazeri cerró la puerta de madera y echó a andar hacia la edificación donde invernaban los animales y guardaba el forraje. Caminaba como un soldado viejo. No podía ir a ninguna parte en el mundo, por lo que era feliz viviendo aislado en aquel lugar, solo con sus perros en las laderas de Iri Dagh, lejos de Tabriz, la ciudad que el régimen había hecho suya.

Metió en la cerradura la llave que colgaba de una tira de cuero alrededor del cuello. En su rostro se pintó una mueca de dolor, porque los zapatos nuevos que le habían comprado tardarían semanas en ajustarse al contorno deformado de sus pies. No es que no agradeciese que le hubiesen comprado los zapatos, pero el invierno llegaría antes de que se sintiera cómodo con ellos. El lugar habitado más próximo era el poblado de Elehred, lejos, más allá de la montaña, hacia el norte, hacia la frontera soviética. Había querido pasar sus últimos días en un lugar desolado donde vivían en libertad las águilas, las manadas de lobos voraces y el leopardo, si tenía la suerte de verlo y el olor de su cuerpo no era arrastrado por los fuertes vientos que nunca abandonaban las laderas de Iri Dagh.

No siempre había sido un solitario. En otro tiempo había limpiado botas, había sabido preparar y servir una ginebra rosada, con las gotas justas de angostura, y había estado familiarizado con la formación de una unidad de ataque, e incluso en cierta ocasión había estado en posición de firme a pocos pasos del shah de los shahs. Majid Nazeri había llegado a sargento en el regimiento del abuelo de Charlie Eshraq y había sido asistente del padre de Charlie. El día de la detención de éste, Majid Nazeri había emprendido el viaje de Teherán a Tabriz y luego había seguido viajando, hacia el norte, en busca de un lugar donde olvidar la abominación de lo que estaba sucediendo abajo en el llano.

Hacía dos años que el joven Eshraq, el hombre silencioso que sustituía al chico ruidoso que él recordaba, había llegado a su hogar en Iri Dagh; le había encontrado.

Cada vez que Charlie venía y luego se iba, él se preguntaba si volvería a ver a aquel joven. Siempre que Charlie se iba, después de despedirse, notaba que los ojos se le humedecían. Poco le importaba que la vista, otrora penetrante, empezara a fallarle. Sus perros eran su vista, y a medida que sus ojos se apagaban, también iba desapareciendo el contorno borroso de la ciudad de Tabriz. Charlie le había dicho que era en esa ciudad, enfrente del cuartel general de los guardias revolucionarios, donde habían ahorcado a la señorita Juliette. El anciano no deseaba volver a ver el contorno gris de los minaretes de Tabriz.

Para Majid Nazeri, próximo ya su fin, Charlie era un ángel de venganza. Para el viejo soldado, leal servidor y asistente, Charlie era el último de una estirpe a la que había rendido culto.

Abrió la puerta del cobertizo. Llevaba unos trapos viejos en la mano, los restos de una camisa del ejército que se había podrido sobre su espalda.

Pasó toda la tarde limpiando el depósito de gasolina, los rayos de las ruedas y la maquinaria de la moto japonesa de Charlie. La moto no necesitaba que la limpiasen y estaría sucia la próxima vez que Charlie bajara con ella por el camino de piedra que llevaba de Ahar a Tabriz. Después de limpiar la moto, comprobó que los bloques sobre los que estaba colocada para proteger los neumáticos no se hubiesen movido de sitio. Nunca sabía, nunca preguntaba, cuándo volvería Charlie a aporrear su puerta, gritando para que le dejase entrar, estrechando su viejo cuerpo hasta cortarle el aliento.

Recogió las dos partes de un chándal azul y se las llevó al arroyo que corría junto a su casa, con la intención de lavarlas.

Empezaba a anochecer. No tenía necesidad de acostarse en su cama de trapos y pieles en cuanto oscurecía. Charlie le había traído queroseno para la lámpara que colgaba de la viga central de la habitación principal. Podía sentarse en su silla de madera, y mucho después de que la noche llegase a las laderas de Iri Dagh y los perros empezaran su coro nocturno fuera de la casa, para alejar a los lobos del corral de los animales, él contemplaría su bien más preciado. Contemplaría la foto con marco de oro del oficial del ejército y su esposa extranjera y sus dos hijos.

La alegría de la vida de Majid Nazeri era la llegada de Charlie Eshraq, y su desesperación era la partida de Charlie Eshraq.

 

Había vuelto a vestirse de pasdar.

Dormía cerca de la parte posterior del autobús Mercedes. Varias veces le despertó bruscamente el hombre que iba sentado a su lado, porque los guardias habían detenido el autobús en un control y comprobaban los papeles. Los suyos estaban en orden. Al igual que todos los iraníes, llevaba siempre encima sus Shenass-Nameh, sus papeles de identidad. Los papeles de identidad daban un nombre falso, una fecha de nacimiento falsa, y un dato también falso con respecto al cumplimiento del servicio militar. Sin embargo no levantó la más mínima sospecha. Iba desarmado, no tenía nada que temer si registraban la única y pequeña bolsa que constituía su equipaje. Había resultado herido cuando servía a su patria, por lo que pasó un período de convalecencia en casa de sus padres, en la bonita ciudad de Tabriz; ahora volvía a Teherán, donde iba a reagruparse con su unidad. Fue saludado amistosamente por los guardias que registraron el autobús.

Luego éste se detuvo en un café. Charlie siguió durmiendo. No tenía ningún deseo de hacer cola para comer algo. Había comido bien en casa de Majid Nazeri a primera hora de la mañana. Tener hambre era estar alerta, y hacía bien en dormir porque por la mañana el autobús llegaría a Teherán.

 

Tenía la firma del mullah en sus propuestas para que se tomaran medidas. El investigador solamente proponía. El investigador había escogido cuidadosamente al mullah, cuya firma y sello aparecían en el documento. Conocía a su hombre, sabía en qué mullah podía confiar, qué mullah subiría, como una trucha en un arroyo de las colinas de Elburz.

Era ya muy tarde. La oficina del investigador no estaba decorada, a excepción de un retrato del imán. Tan diferente del despacho que ocupaba cuando era servidor de confianza de un pavo real desplumado. Ahora no tenía alfombra, tampoco mueble bar, butacas ni televisor en color. En las luchas que libraban los ayatollahs y los mullahs durante los últimos meses de la vida del imán, el investigador no creía que los dados favorecieran a quienes eran calificados de pragmáticos, realistas, moderados. Creía que los vencedores serían hombres como el mullah, cuya firma tenía ahora en las dos propuestas.

La ciudad se hallaba silenciosa a sus pies. Telefoneó al campamento Manzarieh en la periferia norte de la capital. Esperó a que alguien contestara el teléfono en el edificio que en otro tiempo era la residencia de la Universidad Femenina Emperatriz Farah y que ahora era el Centro Revolucionario de los Voluntarios para el Martirio.