Doble filo
Capítulo 18
Domingo por la mañana y la luz daba al lado este del edificio de la división. Calles desiertas alrededor del edificio, ningún camión de la basura, ningún oficinista. Circulaban pocos autobuses y muy espaciados, taxis sin esperanza de encontrar clientes.
La papelera al lado de la mesa de Park estaba llena de vasos de papel. Había usado el último hacía ya mucho rato y no volverían a llenar el armarito hasta el lunes. Ahora tenía que prepararse él mismo su café, y no había leche durante el fin de semana. Café sin leche, muy cargado, para seguir aguantando.
Parte de ello ya lo había leído antes, pero durante la noche había hecho pasar por la pantalla todo lo que el ordenador de la división podía ofrecerle acerca de Turquía e Irán. Era su forma de trabajar. Y la información había sido abundante… Y leyó lo poco que Cedric contenía en relación con Charlie Eshraq. Era propio de él armarse de información y también cavarse una trinchera cuando las circunstancias parecían a punto de aplastarle. Después de la visita a Century no hubiera podido ir a casa. Era mejor volver a la oficina y colocarse delante de la pantallita. Había estado solo hasta el amanecer, hasta que se había presentado Prenda. Había llegado y luego se había ido Dios sabía adonde y había vuelto con algo de comer.
Prenda se sentó al otro lado de la mesa, mirándole mientras él cubría la consola con la funda de plástico.
—Anoche hablé con Bill después de que volviera a casa.
—¿De veras?
—Dijo que habíais pasado un mal rato por la tarde. —Y dijo la verdad.
—Dijo que Duggie acompañó a tu mujer a casa.
—Yo le pedí que la acompañara.
—Dijo que tal vez necesitarías que te cuidasen.
No llevaba maquillaje, no se había peinado su pelo corto y había dejado el anorak colgado en el gancho de la pared entre las ventanas que daban a New Fetter Lane. Llevaba una camiseta que aparecía tensa sobre su transmisor de radio. A Park le pareció saber lo que ella estaba diciendo, lo que Parrish le había dicho.
—¿Has terminado?
—He terminado con el ordenador, no sé con qué más he terminado.
—Otro día que ha pasado, David.
—¿Sabes?, anoche nos pisotearon a conciencia. Nosotros éramos los personajillos que habían osado salirse de su esfera y nos enseñaron a comportarnos como es debido y el jefe no dijo ni pío… Todavía siento asco.
—Lo que he dicho, otro día. ¿Quieres venir a mi casa conmigo?
—¿Para qué?
—No seas cretino…
—Me voy a casa, tengo que cambiarme.
—Quizá sería mejor que no fueses a casa.
Pensó que era la chica con que debería haberse casado. Sabía por qué le ofrecía su casa, su cama. Sabía por qué se ofrecía, si había hablado con Bill Parrish por teléfono.
—Gracias —dijo.
Dio la vuelta a la mesa y cuando ella se levantó le rodeó los hombros con los brazos y la besó en la frente. Fue un beso suave, como si Prenda fuera su hermana, como si nunca pudiera ser más que una amiga.
—No dejes que esos cabrones te hagan daño, David.
Se echó la americana del traje sobre el hombro. En el ojal llevaba aún la rosa roja que Ann le había dicho que se pusiera para ir al baile. Dejó plantada a Prenda, que le hubiera llevado a su casa, a su cama. Puso el coche en marcha. Cruzó rápidamente la ciudad desierta y tardó poco más de una hora en llegar a casa, y había comprado flores en un tenderete de la estación del ferrocarril.
Ann había dejado las luces encendidas en el recibidor, el dormitorio y el cuarto de baño.
Había dejado el armario ropero abierto y dentro del armario ropero había un hueco donde antes estaban sus vestidos. La cama no estaba hecha, y el sobre se hallaba en la almohada. La almohada, por el amor de Dios.
Entró en el cuarto de baño porque le pareció que iba a vomitar. La bata de Ann estaba en la alfombra y la toalla de baño de Ann, y al lado de la toalla de Ann estaba la suya.
Quizá los matrimonios siempre terminaban así. Las flores estaban en el fregadero de la cocina y Park no supo dónde ponerlas.
Unos golpes suaves en la puerta y la señora Ferguson llamó a Carter por medio de señas. Carter sonrió a Mattie, pidiendo que le disculpara, y se acercó a la mujer.
Si había una forma de volver, Mattie no la conocía. Se puso a pasear por la habitación. Pensó en las opciones que tenía y en su futuro. No había forma de echarse atrás. Retractarse, reconocer que había mentido, significaba dimitir. Era miembro del servicio secreto y si reconocía la mentira, quedaría fuera de él.
—Perdona, Mattie, siento haberte abandonado. El teléfono es una de las grandes tiranías de la vida moderna. Las cosas están un poco más confusas. El mensaje que mandamos a nuestro hombre en Teherán, el mensaje diciéndole que huyera, no llegó a su poder.
—¿Por qué no?
—Parece ser que nuestro hombre había desaparecido, no fue posible localizarle. Es una lástima.
En la habitación se hizo un silencio largo y triste. Y los ojos de Henry no se apartaron ni un momento del rostro de Mattie. Cruzó la alfombra y se detuvo enfrente de Mattie.
—Lo que siempre he oído decir, y tú sabes que no tengo experiencia personal, es que cuando empiezas a hablar porque te presionan, no puedes parar. Si empiezas, tienes que llegar hasta el final —dijo.
La explosión.
—¡Maldito seas! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
—Me parece que bajaremos paseando hasta la taberna. Eso te gustaría, ¿no es verdad, Mattie? Le pediré a George que ate al sabueso.
El mensaje era muy débil.
El mensaje del transmisor de onda corta, que apenas era mayor que un paquete de maíz para el desayuno, viajó los más de 140 kilómetros desde Bandar-Abbas, cruzando las vías de comunicación marítima del estrecho de Ormuz y fue captado por las antenas de escucha instaladas en la cumbre del Jebal Harim, en Omán.
Sólo la altura del Jebal Harim, dos mil metros sobre el nivel del mar, permitió captar el mensaje. El servicio sabía que el transmisor podía alcanzar las antenas con mensajes cortos, y se lo habían dado al funcionario que trabajaba en la oficina del jefe de puerto para que lo usara sólo en caso de urgencia. El hombre sabía que su situación era crítica, sabía que le estaban vigilando.
Era un hombre lleno de miedo y el miedo amenazaba con dar paso al terror. Y aquella tarde pidió a su Dios que le concediera la protección del señor Matthew Furniss y de los colegas del señor Furniss.
El cabo de la policía militar hizo un gesto con la mano indicando a Park que avanzara. Un Ford Escort no justificaba un saludo militar de un cabo que se estaba perdiendo un domingo en casa. El coche avanzó por un camino sin asfaltar y lleno de baches y aparcó al lado del jeep Suzuki. Al otro lado del jeep había un Rover negro, de matrícula reciente, cuyo conductor limpiaba silenciosamente la carrocería y se ocupaba de sus propios asuntos. Park se había cambiado en casa. Después de poner orden en el cuarto de baño y hacer la cama en que había estado Harlech, se había quitado el traje, había metido la rosa del ojal en un vaso de agua y se había puesto unos tejanos y un suéter.
Echó a andar hacia Charlie Eshraq, que estaba con el hombre, el sujeto altanero que arrastraba las palabras al hablar y que había sermoneado a Park en Century.
Caminó hacia ellos y la conversación de los dos hombres no titubeó.
—… Así pues, ¿eso es todo?
—Eso es todo, señor Eshraq. El señor Park le acompañará a la frontera. Usted no debe ponerle obstáculos en su trabajo. No juegue usted con él y él no hará tonterías con usted. ¿Entendido?
—¿Y obtendré las armas?
—Señor Eshraq, si no fuera usted a obtener las armas, esto que estamos haciendo no tendría sentido.
—¿No veré al señor Furniss?
—Le dirigirán desde Ankara, tenemos un buen elemento allí.
—¿Por qué no me dejan ver al señor Furniss?
—Porque desde el interior de Irán tendrá que tratar usted con otra persona. Todo esto le será explicado cuando esté en Turquía. Buena suerte, le estaremos apoyando.
El conductor había terminado la limpieza y puesto el Rover en marcha. No hubo despedidas. El coche se alejó.
Cumpliendo con el deber… Park se acercó a Charlie Eshraq.
—Soy David Park.
—No, no lo es, usted es Abril Cinco, pero puede llamarme Charlie.
—Le llamaré como me dé la gana… Es probable que usted, al igual que yo, piense que este asunto huele a mierda.
Eshraq era Tango Uno, traficante de heroína, siempre lo sería. No hubo apretón de manos. Charlie le dio la espalda y echó a andar hacia el Land-Rover del ejército. Park le siguió, y a sus espaldas el cabo de la policía militar juzgó que podía encender un cigarrillo sin que le pasara nada. Había un oficial de pie junto al Land-Rover, y, sentados en los asientos bajos de la parte posterior, dos sargentos. David vio la caja pintada de color verde oliva en el suelo del vehículo, entre los pies de los dos sargentos.
—¿Cuál de ustedes es el interesado? —preguntó el oficial—. Me dijeron que las instrucciones eran para un solo hombre.
—Para mí —contestó Charlie.
El oficial le miró de arriba abajo.
—El LAW ochenta es bastante sencillo.
—Ah, estupendo, así no le costará explicarme su funcionamiento.
Park pensó que al oficial le hubiera gustado atizarle a Charlie.
Los sargentos rieron.
Se encaminaron hacia el campo de tiro, el oficial delante. Charlie llevaba un tubo que le habían dado y los sargentos llevaban también uno cada uno. Anduvieron una distancia que a Park le pareció larguísima, pasando junto a banderitas rojas y letreros de advertencia, hasta que llegaron a un lugar donde el terreno cubierto de brezo formaba un declive. Había huellas de tanques y delante de ellos se encontraba el casco quemado, ennegrecido, de un vehículo blindado para transportar personal.
—¿Dónde va a utilizar esto, joven?
—¿Eso es asunto suyo?
—No se haga el listo, señor Eshraq… Las instrucciones que le dé dependen de dónde vaya a utilizarlo. ¿Va a utilizarlo en un campo de batalla? ¿En terreno abierto? ¿En medio urbano? No tiene que decírmelo, pero si no me lo dice, entonces me hará perder el tiempo y también perderá su tiempo. ¿Entendido? —el oficial sonrió, pensando que tenía la sartén por el mango.
—El primero será disparado en una calle de Teherán. Eso está en Irán.
La sonrisa se borró del rostro del oficial.
—Lo único que puedo decir es que en este momento mi confianza no es total — dijo Henry, hablando por el teléfono especial—. Se muestra más agresivo que nunca cuando trato de concretar detalles… Sí, me preocupa muchísimo la posibilidad de que esté subestimando su valor… Así que supongo que sencillamente habrá que insistir. Gracias.
La casa estaba silenciosa. Habían ido a la taberna, pero no había sido una buena idea, porque las dos cervezas y el almuerzo de la señora Ferguson habían proporcionado a Mattie la excusa para retirarse a dormir la siesta en su habitación. Y era domingo por la tarde, y el director general estaba en el campo, y el agente de guardia no sabía con exactitud dónde estaba el subdirector general, y el hombre que había atendido la llamada de Carter no era más que un subalterno y Carter era un plomo y Mattie Furniss era un héroe. No iba a pasar nada hasta el lunes por la mañana.
Estaba agazapado, la rodilla izquierda flexionada hacia adelante, la derecha apoyada en el suelo.
Delante tenía las puertas de acero.
Detrás estaba la casa abandonada.
Las adelfas estaban en flor y le permitían ocultarse y contaba con la elevación de los jardines abandonados y llenos de vegetación descuidada y podía ver la otra acera y las puertas de seguridad. Empezaba a sentir rampa en las piernas, pero no hizo caso y procuró sostener el tubo apoyado en el hombro, sin que se moviera. El tubo estaba bien equilibrado y su peso de ocho kilos y pico ayudaba a mantenerlo con firmeza sobre la clavícula. La mano izquierda sujetaba con fuerza el soporte situado debajo del tubo, sosteniéndolo, y el dedo índice de la mano derecha se apoyaba en el liso plástico del gatillo y el pulgar de la misma mano se apoyaba en el dispositivo que haría que el mecanismo de disparo pasase de la bala trazadora al proyectil principal. El ojo derecho no se apartaba del punto de mira y en el centro de su visión estaban las puertas de acero del domicilio del mullah. Sabía que el mullah iba a salir porque había oído el motor del Mercedes. El tráfico de la calle era continuo y el Mercedes tendría que detenerse hasta encontrar un hueco.
Resultaba tan difícil permanecer quieto cuando la adrenalina fluía y la emoción de la venganza bullía en su interior. Las puertas se abrieron. Vio dos guardias que se adelantaban corriendo, cruzaban la acera, hacían gestos para que el tráfico se detuviera y hacían sonar sus estridentes silbatos. El morro del Mercedes asomó por las puertas. Charlie podía ver claramente el radiador y el parabrisas delantero. Un blanco de frente no era el mejor, era preferible un disparo lateral, pero un disparo lateral habría sido contra un blanco que aceleraba…, aún mejor hubiera sido la bomba imantada que el señor Furniss le había dado, y la moto, y la oportunidad de ver la cara del mullah al alejarse él, dejando al cerdo con la certeza de que avanzaba debajo de la muerte, pero no era posible porque llevaba un coche escolta detrás… No podía ver al mullah, iba en el asiento posterior, y por el punto de mira sólo podía ver el radiador y el parabrisas y la cara del chófer y la cara del guardaespaldas que iba al lado del chófer. Pasó un chico en bicicleta, sin dejarse intimidar por los silbatos, los gritos y las armas cortas que agitaban los guardias en la calzada, y el chófer esperó que el chico de la bicicleta dejase vía libre. Primero el fusil localizador. El destello de la trazadora roja que fue a estrellarse contra el punto donde el parabrisas se juntaba con la carrocería del Mercedes y en la base del parabrisas apareció una señal empañada, casi en el centro exacto. El pulgar apretó el dispositivo de cambio y el dedo volvió a apoyarse en el gatillo. Sujetando el tubo con mano firme, ajustando la puntería porque la sacudida de la trazadora había variado fraccionadamente la posición. Apretó el gatillo por segunda vez… y la explosión, y el retroceso y el destello de color blanco rugieron detrás suyo, detrás de la espalda agachada. Una luz que salió de la boca del tubo a más de 230 metros por segundo y el blanco estaba a menos de 40 metros. La explosión en la parte delantera del Mercedes, la cabeza explosiva clavándose en la carrocería del coche, y los residuos siguiéndola, y el coche se vio empujado hacia atrás, alzado por los aires, y las primeras señales de fuego… Lo que había esperado. El coche empezó a arder y la confusión se apoderó de la calle.
—Muévase, Eshraq.
El grito sonó en su oído, pero las manos seguían aferrando el tubo y la voz era débil porque el disparo seguía retumbando en sus oídos.
—¡Muévase, coño!
El oficial le tiraba del cuello de la camisa y le arrebató el tubo de las manos.
—No hay que quedarse a ver el espectáculo, hay que moverse como si le persiguieran todos los demonios del infierno, y la mitad de ellos le perseguirá.
El oficial había arrojado el tubo al suelo y Charlie se levantó. Vio por última vez que el humo surgía del vehículo blindado que hacía las veces de blanco. Echó a correr. Con el cuerpo doblado, subió corriendo unos cien metros de la ladera de la colina, alejándose del oficial y los sargentos y los tres tubos tirados y el blanco. Corrió hasta llegar junto a Park.
El oficial se le acercó sin apresurarse.
—No ha estado mal, Eshraq.
—Gracias —la excitación le hacía jadear.
—No me dé las gracias a mí. Es su pellejo lo que está en juego. Tiene que moverse más deprisa después de disparar. No debe quedarse a felicitarse a sí mismo por ser un chico listo. Usted dispara, tira el tubo al suelo y se va. Usted llevará las orejas protegidas, nadie más que usted las llevará en la zona del disparo, de modo que todos quedarán desorientados durante unos segundos. Tiene que aprovechar esos segundos.
—Sí, comprendo.
—No se habrá dado cuenta, el tiempo pasa volando, pero ha tardado cuatro segundos entre disparar la bala trazadora y disparar el misil. Demasiado tiempo. El blanco de hoy estaba inmóvil, ha sido como un juego de niños.
—¿Dentro de un Mercedes blindado…?
—Preferiría no ser el pasajero. El LAW ochenta está concebido para destruir tanques de combate desde una distancia de hasta quinientos metros. Ningún coche tiene probabilidades de salir intacto, aunque esté muy protegido contra armas cortas. No deje que esto le quite el sueño. ¿Satisfecho?
—Me acordaré de su amabilidad.
—Basta con que le dé recuerdos de mi parte al ayatollah.
Charlie rió, saludó con la mano y se alejó seguido de Park. Pensó que Park era como el perro de Terranova que tenía la señora Furniss cuando las chicas aún iban a la escuela y que el señor Furniss detestaba. Pensó que el oficial era un tío estupendo, porque no se andaba con puñetas y le había enseñado lo que sabía por experiencia, y gratuitamente.
Llegó junto al jeep.
—Vuelvo a Londres. ¿Viene usted conmigo?
—Esas son mis instrucciones, que no me separe de usted, pero tengo mi propio coche.
Captó la nota de desagrado en la voz quebradiza.
—Entonces puede seguirme.
—Eso haré.
—Voy a mi piso.
—Sé dónde está su piso.
—Voy a mi piso y voy a ducharme y luego cenaré fuera. Voy a cenar a lo grande. ¿Quizá le gustaría a usted acompañarme?
Vio la expresión huraña en la cara de Park, sus facciones eran casi graciosas.
—Comeré con usted, porque tengo que quedarme con usted, pero pagaré mi parte. A ver si nos entendemos… yo no quisiera estar aquí, pero me han ordenado que esté. Le diré dónde me gustaría estar con usted. Me gustaría estar sentado junto al banquillo de los acusados en el tribunal central de lo criminal, y me gustaría estar presente cuando un juez le condenase a pasar quince años entre rejas.
Charlie sonrió.
—Ya ganará otros casos.
Había pasado toda la tarde en su habitación y cuando Henry llamó a la puerta para decirle que la cena estaba lista le dijo que no tenía apetito y que no iba a cenar. Era ya tarde cuando bajó impulsado por su creciente soledad, que se había acentuado al caer la luz sobre los árboles del jardín.
Se encontraban en la sala de estar. No era normal que hiciese tanto frío en esa época del año y Mattie se instaló cerca de la chimenea, lo cual era una idiotez porque no estaba encendida, pero sentía el frío de su soledad y no encontraba el modo de devolverle el calor a su mente. Henry no estaba comunicativo. Era como si estuviese vigilando el reloj, como si hubiera decidido que la tarde del domingo era su tiempo libre y que el interrogatorio continuaría por la mañana. Henry le había traído un whisky, le había hecho sentarse en una silla con ejemplares atrasados del Illustrated London News y de Country Life y había vuelto a enfrascarse en la lectura de un folleto que anunciaba vacaciones para ornitólogos. Anhelaba hacer la pregunta, pero Henry estaba muy lejos de él, perdido en los pantanos del Danubio. Tenía el vaso en la mano. No había vuelto a hablar con Harriet desde la primera vez, tres minutos rápidos, y conteniendo las emociones, y ambos habían hablado por los codos porque eran demasiado viejos y estaban demasiado regimentados para llorar por teléfono, y no volvería a hablar con ella hasta después de que terminaran los interrogatorios. Harriet hubiera sabido lo que él debía hacer. Y era seguro que Henry no le daría permiso para llamarla. Oh, sí, se negaría cortésmente, pero se negaría. Carter había sacado una calculadora y seguramente estaba sumando los costes porque, al terminar, frunció el ceño. Mattie sabía que Henry no hacía nada por casualidad. También se daba cuenta de que, pese a los años que llevaba en Century, ahora era un subordinado. El viejo Henry Carter, la aspiradora que usaba Century para recoger los cabos sueltos de la administración, llevaba la batuta y había decidido dejar a Mattie Furniss a solas con sus preocupaciones hasta el día siguiente.
Henry sonrió. Cara de mosquita muerta. Sonrisa de niño de coro con la cara llena de arrugas, cuánta inocencia.
—Demasiado caro para mí. Tendré que quedarme en Inglaterra otra vez.
De pronto, Mattie dijo:
—Eshraq, Charlie Eshraq… tenía que volver a Irán. ¿Ha vuelto?
Henry arrugó la frente. Con gesto deliberado dejó la calculadora y cerró el folleto.
—Uno de estos días, volverá dentro de unos días… Pero me parece que lo que quiere hacer es superior a sus fuerzas.
Mattie pensó que con la voz de Henry se hubiera podido afilar un cuchillo.
—Es un joven excelente.
—Todos nuestros agentes secretos son jóvenes excelentes, Mattie. Pero ya hablaremos de ello por la mañana.
El director del Centro Revolucionario de los Voluntarios para el Martirio se encontraba aún en su oficina porque muchas noches ésta hacía las veces de dormitorio. Estaba sentado en una butaca, leyendo un manual del cuerpo de infantería de marina de los Estados Unidos que hablaba de las medidas de seguridad que debían tomarse en las bases y se sentía feliz de comprobar que los autores del manual no habían aprendido nada.
Tomaban café, espeso y amargo, y con el café les sirvieron zumo de naranja. Eran dos hombres pertenecientes a culturas separadas por un abismo. El director había pasado seis años en la cárcel de Qezel-Hesar en tiempos del shah de shahs y otros seis años de exilio en Irak y Francia. Si un joven mullah que era un elemento prometedor no le hubiese ofrecido su protección al investigador, el director hubiera sacado la pistola de la funda colgada de un gancho detrás de la puerta y le hubiese pegado un tiro en la nuca al ex agente de la SAVAK.
El investigador hablaba del dispositivo de vigilancia de que era objeto una barbería del distrito de Aksaray de Estambul. Hablaba de un hombre que se presentaría en la tienda. En la trastienda, Charlie Eshraq, hijo del difunto coronel Hassan Eshraq, recogería los papeles falsificados que iba a utilizar cuando volviera a Irán. Pidió un gran favor al director. Dijo que tendría vigilado al tal Eshraq desde el momento en que saliera de la barbería. Lo que pedía era un contingente reducido de hombres que se situaran en la frontera para interceptar a Eshraq cuando intentase entrar en el país. ¿Utilizaría un punto de entrada? Desde luego, porque el investigador había hecho sus indagaciones y sabía que el peso de los misiles capaces de perforar blindajes y su embalaje le obligaría a viajar por carretera. Solicitó aquel servicio como si fuera una humilde criatura a los pies de un gran hombre.
Lo que pedía no era nada. El director le facilitaría con muchísimo gusto los hombres que solicitaba, en nombre del imam. El director dijo:
—Medita sobre las palabras del ayatollah mártir Sadeq Khalkhali: «Los que sean contrarios a matar no tienen lugar en el islam. La fe exige derramamiento de sangre, estamos aquí para cumplir con nuestro deber…». Era un gran hombre.
Y un gran carnicero, y un juez verdugo sin igual. Su amo, el mullah al que servía, no era más que un crío comparado con Khalkhali, el no llorado protector de la revolución.
—Un gran hombre cuyas palabras rebosaban sabiduría —dijo el investigador. Y pidió el segundo favor: que después de que Charlie Eshraq recogiera los papeles de la barbería, ésta fuese destruida con explosivos. Agradeció profusamente al director su cooperación.
Concluido el asunto que le había llevado allí, tuvo que pasar otra hora en compañía del director, que tuvo el gusto de contarle los detalles de la eliminación en Londres de Jamil Shabro, traidor al imam y a su fe y culpable de hacer la guerra contra Alá.
Cuando se despidieron, en medio del silencio de la noche…, en la escalera de la antigua universidad, sus mejillas rozaron los labios respectivos.
Si el restaurante hubiera estado medio vacío, en lugar de lleno, Park se hubiese sentado en una mesa aparte. Pero la mesa que habían reservado era la única que estaba libre, de modo que tuvo que sentarse con Eshraq, pues quería comer.
Eshraq le dio conversación, como si fueran desconocidos que se hubieran cruzado en una ciudad extraña y necesitaran compañía. Y comió como si pensara empezar una huelga de hambre por la mañana. Empezó con fettucine, el plato principal, y luego tomó el fegato, y se sirvió la parte del león de las verduras que deberían haber compartido, y terminó con fresas y luego café y un Armagnac doble para empujar el Valpolicella, del que se había bebido dos tercios de la botella. Park no habló mucho mientras comían y el primer intercambio real de palabras fue cuando les trajeron la cuenta e insistió en que cada uno pagara la mitad. Eshraq se tomó su tiempo, pero finalmente se embolsó el dinero y pagó toda la cuenta con una tarjeta American Express.
—Pero no estará usted aquí cuando le facturen.
—Un regalo de Norteamérica.
—Eso no es honrado.
—¿Por qué no llama al jefe de camareros? —tenía una expresión de burla en los ojos.
—Y come usted como un cerdo.
Eshraq se inclinó hacia adelante y miró fijamente a Park a la cara.
—¿Cree que adonde voy podré cenar como esta noche? ¿De veras lo cree? ¿Y sabe cuál es el castigo por beber vino y coñac? ¿Lo sabe?
—No lo sé ni me importa.
—Pues podrían azotarme.
—Sería lo mejor para usted.
—Es usted un miembro generoso de la raza humana.
Hubo un titubeo y Park preguntó:
—Cuando llega allí, ¿qué hace?
—Edificarme una vida.
—¿Dónde vive?
—A veces a la intemperie y otras veces en casa de amigos, al principio.
—¿Cuánto tiempo dura?
—¿Cuánto tarda en agotarse un carrete de cordel, Abril Cinco?
—No me importa, me da lo mismo, pero es un suicidio.
—¿Qué les ofreció su hombre, hace muchos años? Les ofreció sangre, sudor y lágrimas, también les ofreció la victoria.
No acertó a encontrar palabras con que contestarle. Las palabras parecían no significar nada. La cara estaba delante de él y les envolvían el bullicio y la animación del restaurante, el batir de las puertas de la cocina, las risas.
—No volverá aquí. No puede volver, ¿verdad? Es un viaje de ida solamente, ¿no es cierto? Va a regresar allí y allí se quedará. ¿No es así?
—Ha dicho que no le importaba, que le daba lo mismo, pero no tengo la menor intención de morir.
Volvió la cuenta, con la tarjeta de plástico. Dejó la propina sobre la mesa, entre la taza de café y la copa de coñac, todo el dinero que Park le había dado.
Al llegar a la puerta, Eshraq besó a la camarera en la boca y respondió con una reverencia al aplauso de los demás clientes. Salió y Park le siguió. Eshraq estaba en la acera y hacía una especie de flexiones, como si estuviera absorbiendo el aire de las calles de Londres, como si quisiera guardarse para siempre una parte de aquel aire.
Park anduvo a su lado mientras volvían al domicilio de Eshraq, procurando seguir el ritmo de las grandes zancadas del joven. Se le veía presa de excitación. Todo lo ocurrido antes había terminado, lo de mañana era la realidad. Llegaron a la entrada del edificio de pisos.
—Eshraq, quiero decirle algo, una sola cosa.
—¿Qué? —Charlie se volvió—. ¿Qué es lo que quiere decirme, Abril Cinco?
Park había estado pensando en ello casi todo el rato mientras comían en el restaurante. Esperó a que una anciana pasara entre ellos con su perro, esperó hasta que el perro hubo levantado la pata junto a una verja y la anciana tiró luego de él.
—Sólo quiero que sepa que le seguiremos adondequiera que vaya, excepto Irán. Si sale de Irán, lo sabremos, y me refiero al resto de su vida. Haremos que circulen sus datos, Eshraq, oirán hablar de usted en París, en Bonn, en Roma, en Washington, sabrán que es traficante de drogas. Si sale de Irán, si aparece en algún aeropuerto, lo sabré, me avisarán. Usted quiere jugar con nosotros, pues pruebe, a ver qué pasa. Ésa es la verdad, Eshraq, y que nunca se le olvide.
Charlie le sonrió mientras buscaba las llaves en el bolsillo.
—Si quiere, puede dormir en el suelo.
—Prefiero mi coche.
—¿Está casado?
—¿A usted qué le importa?
—Se me había ocurrido que quizá no tenía un hogar adonde ir.
—Tengo instrucciones de permanecer pegado a usted hasta que haya cruzado la frontera.
—Le he preguntado si estaba casado.
—Lo estaba.
—¿Qué rompió su matrimonio?
—Suponiendo que esto sea asunto suyo…, usted lo rompió.
El director general estaba en la comisión conjunta del servicio secreto, el subdirector general volvía del campo. De los muchos centenares de personas que trabajaban en los diecinueve pisos y el sótano de Century, sólo ellos dos tenían una idea global del caso Furniss. Ambos estarían en sus respectivos despachos a última hora de la mañana del lunes, ninguno de ellos estaba disponible para la reacción rápida que se necesitaba con el fin de coordinar un revoltijo de información enviada por fuentes distintas. Carter había llamado desde Albury el domingo y el agente de servicio había tomado nota. Había que responder inmediatamente a un mensaje mandado por radio de onda corta y captado en Omán. Había que atender a un informe que un camionero turco había llevado a Dogubayazit, desde donde lo habían transmitido telefónicamente a Ankara. Eran asuntos interrelacionados, pero a primera hora de la mañana del lunes, mientras el edificio se esforzaba sin entusiasmo por quitarse el letargo de encima, nadie relacionó los diversos mensajes. La transcripción del mensaje de Henry Carter le fue pasada al ayudante personal del director general. El mensaje enviado por onda corta fue a parar a la mesa de un funcionario que ostentaba el título de «enlace de servicios especiales (fuerzas armadas)». El comunicado de Ankara estaba en la cubeta de entrada del jefe de la sección de Cercano Oriente.
Más adelante se nombraría una subcomisión que se encargaría de estudiar lo que había que hacer para que la información de máxima importancia fuera a parar en seguida a manos de quienes debían ocuparse de ella. Los veteranos recordaban que había habido comisiones de la misma clase desde siempre.
Ante la ausencia del director general y del subdirector, el enlace de servicios especiales tomó el coche y se fue a la otra orilla del Támesis, al ministerio de Defensa, para pedirles un favor poco frecuente a sus viejos compañeros de la marina.
Partieron en el avión de la mañana.
El billete de Charlie era de ida; el de Park, de ida y vuelta. Viajaron en clase turista. No fue necesario que hablaran durante el vuelo porque Charlie se durmió. Park no pudo dormir a causa de la rigidez que era fruto de haber pasado la noche en la parte posterior del Escort. Se alegró de que Charlie durmiera, porque ya estaba harto de conversaciones banales.
Había empezado al intervenir la policía el teléfono de un traficante, pero Parrish no lo dijo, y tampoco le dijo al equipo Abril que el lío había empezado cuando la Unidad Nacional Antidroga le había pasado el asunto a la división de investigación. Habló como no dándole importancia. No se le notó que había pasado el peor fin de semana que podía recordar desde que ingresara en el servicio de aduanas. Hubiera sido un fin de semana muy pasable si su esposa no hubiese insistido en comunicarle sus opiniones, y su informe. Dio la noticia tal como se la habían dado. El proveedor del traficante era un turco que actuaba desde el puerto de Esmirna. La heroína sería iraní y cruzaría la frontera terrestre con Turquía y seguiría el viaje por tierra hasta Esmirna. Tenía el nombre del barco que zarparía de Esmirna y sabía que haría escala en Nápoles. Se sabía, gracias a la información suministrada por el Departamento Antidroga norteamericano, que el barco debía recoger en Nápoles una partida de muebles de madera de pino fabricados en Italia. Se suponía que la heroína llegaría a Southampton escondida en las patas de las mesas. El equipo Abril tendría un contingente nutrido en Southampton. Parrish estaría allí, junto con Harlech y Corintio y Prenda y el chico nuevo de Felixstowe que había ingresado en el equipo ese mismo día y que todavía no tenía nombre en clave, por lo que le llamarían Extra, y recibirían apoyo de la división de investigación de Southampton. Parrish dijo que se alegraba de tener vigilado al traficante y al proveedor, pero que había que echarle el guante al distribuidor. Suponía que el distribuidor iba a presentarse a Southampton. Irían a Southampton esa misma mañana y no sabía cuándo volverían, así que era mejor que llevaran calcetines limpios. Bromearon diciendo que en el parque móvil no había ningún coche sano, que los transmisores de radio no funcionaban, lo de siempre… Parrish se alegraba de que les hubieran encargado otra investigación tan pronto, y más aún de que tuvieran que salir de Londres. Los miembros del equipo Abril que no iban a Southampton disfrutarían de las delicias del barrio de Bethnal Green, donde vivía el traficante, y visitarían los bancos donde éste tenía abierta alguna cuenta. El barco llegaría por la noche, ya navegaba por el Canal con un práctico de Brixham a bordo, así que había llegado el momento de despegar el trasero de la silla, por favor.
Al terminar, señaló con un dedo a Duggie Williams y se encaminó hacia su despacho después de decirle que le siguiera.
Se sentó ante la mesa, pero dejó que Harlech permaneciera de pie. Necesitaba desahogarse. A su modo de ver, Abril era el mejor equipo del servicio y no iba a permitir que nada lo echase a perder.
—Lo del sábado por la noche, Duggie, fue intolerable.
—Ella lo pidió.
—Lo único que tenías que hacer era acompañarla a casa, dejarla allí.
—¿Cómo lo has sabido?
—Lo sé, pero, aunque no lo supiera, lo hubiese leído en tu cara.
—Ella tenía ganas.
—Es la esposa de un colega.
—Yo no tengo la culpa de que la dejase plantada.
—Por el amor de Dios, es tu hermano de armas.
—Es un mojigato y un plomo y no hace feliz a su parienta. Lo siento, Bill, pero no pienso pedir disculpas.
—Si vuelvo a pillarte rondándola…
—¿Piensas sentarte ante su puerta?
—… volverás a ir de uniforme.
—Es la mujer más desgraciada a la que jamás me he cepillado, pero es una buena chica. ¿Y dónde está nuestro hermano de armas?
—No lo sé. No sé dónde está, en qué se ha metido… Vete a freír espárragos.
—Ha llamado el director general, Mattie, acaba de regresar de la sesión de la comisión conjunta. Quería que supieras que han cantado tus alabanzas.
—Gracias, lo agradezco mucho.
—Y me ha encargado que te dijera que te condecorarán.
—Creía que eso era siempre una sorpresa.
—Será la orden del Imperio Británico, Mattie. Supongo que el director general quería animarte un poco.
—¿Es que necesito que me animen, Henry?
—Tu agente en Tabriz… Los guardias revolucionarios se nos adelantaron.
—¿Se puede saber qué insinúas?
—A lo cual hay que añadir lo de tu hombre en Teherán, al que tampoco hemos podido localizar, que también se ha esfumado, aunque no podemos saber con seguridad que lo hayan detenido. Sí lo sabemos en el caso del de Tabriz.
—Te diré lo que pienso. Primero que me comprometí en cuanto puse los pies en el Golfo. Pienso que me siguieron por todo el Golfo, hasta Ankara, y de Ankara hasta Van. Pienso que me tendieron una trampa desde el principio… ¿Qué le ha pasado a mi hombre en Bandar-Abbas?
—Piensa huir esta noche. La Marina intentará recogerle en el mar. Me parece bastante arriesgado. Sabe que le están vigilando.
—Ya te lo dije. Les di sus nombres. Ahora me doy cuenta de que cuando el investigador me preguntó qué había estado haciendo por todo el Golfo, comprendí que mi tapadera era una farsa. Prácticamente me dio las direcciones donde había estado, empezando por Bahrein. Me gustaría que te ocupases de esto en seguida, que alguien comprobase quién cuenta con la protección del servicio y quién no. Pero, sí, al cabo de dos semanas, supongo que fueron dos semanas, les di sus nombres. Pero lo que me cuesta aceptar, incluso me asquea, es la inutilidad absoluta de soportar las torturas día tras día mientras el servicio no hace nada, y ahora vienes tú lloriqueando y me dices que hemos perdido otro agente. Por el amor de Dios, Henry, no lo hemos perdido, ¡lo hemos tirado!
—Estoy de tu parte, Mattie —dijo Henry—; lo he estado desde el principio. Ningún profesional hubiera dejado que ocurriese. Ya te lo he dicho. Pero ahora me gustaría dejar la cárcel, ya hablaremos de ella más adelante, y, desde luego, haremos lo que dices en relación con la estación de Bahrein. Esta tarde quiero hablar de la fuga propiamente dicha…
Estaban sentados a ambos lados de la chimenea apagada y Henry hizo de madre y sirvió el té.