Doble filo

Gerald Seymour · Capítulo 2 de 23

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Doble filo

Capítulo 1

 

Mahmud Shabro siempre invitaba a Charlie Eshraq cuando daba una fiesta en su oficina. Shabro había conocido al padre, a la hermana y al tío de Charlie. Los ventanales de su oficina daban al concurrido extremo oriental de Kensington High Street. Había un escritorio, anaqueles y archivadores, todo barnizado de teca. Había una consola con un ordenador en un rincón, una alfombra de pelo en el suelo y en su centro una buena alfombrilla traída de casa muchos años antes. Los sillones estaban arrimados a las paredes cubiertas de fotografías de un país lejano: mezquitas, paisajes, un bazar, el retrato de un oficial con uniforme de gala y dos hileras de medallas. Mahmud Shabro era un caso un tanto excepcional entre la comunidad de exiliados en Londres: las cosas le habían ido bien. Y cuando le iban mejor, cuando cerraba algún negocio ventajoso, lo celebraba e invitaba a los miembros menos afortunados de su comunidad.

Mahmud Shabro hacía de intermediario en la compra de artículos eléctricos destinados al Golfo Pérsico. No se trataba de cacharros fabricados en Taiwan y Corea, sino de artículos de gran calidad producidos en Finlandia, Alemania Occidental e Italia. Y el negocio no le iba nada mal. Le gustaba decir que hacía lo que quería con los mequetrefes de los emiratos, los que se habían enriquecido con el petróleo.

Charlie podía soportar las trivialidades y fanfarronadas de Shabro y su esposa y también podía soportar el caviar y los canapés y el champán. Mil lavadoras Zanussi iban camino del Golfo y algún cretino que se sentía más feliz a lomos de un camello estaba pagando una fortuna por el privilegio de comerciar con Mahmud Shabro. Buena razón para dar una fiesta. Charlie se encontraba junto a la ventana. Observaba a los demás y se sentía regocijado. No tomaba parte en las conversaciones alegres que eran pura comedia, ni en las falsas risas tintineantes.

Conocía a todos los presentes, exceptuando a la nueva secretaria. Uno de los hombres había sido ministro en el penúltimo gobierno nombrado por el shah Reza Pahleví cuando el techo amenazaba con desplomarse sobre el trono del pavo real. Otro había sido mayor de paracaidistas y ahora conducía un taxi por las noches, y en este momento bebía naranjada, señal de que no podía tomarse una noche libre para agarrar una trompa. Un tercero era un ex juez de Isfahán que ahora vivía de lo que les pagaba la seguridad social y se calzaba con lo que encontraba en la tienda de

Oxfam[1] Otro había sido policía y ahora se presentaba cada dos semanas en las dependencias de la brigada antiterrorista de New Scotland Yard para quejarse de que no le daban protección suficiente para alguien que corría un riesgo tan obvio.

Todos ellos habían huido. No eran los que habían estafado al sistema y se habían largado con sus dólares escondidos entre la ropa interior de la esposa, suponiendo que no hubieran sido lo bastante previsores como para guardarlos en algún banco suizo. A todos les complacía que Mahmud Shabro les invitara a sus fiestas y comían todo lo que se les ponía delante y no dejaban ni una gota en las botellas.

Charlie siempre se reía con Mahmud Shabro. Mahmud Shabro era un bribón y se enorgullecía de serlo. A Charlie le gustaba eso. Los demás eran un hatajo de comediantes que hablaban de casa como si la semana siguiente pensaran ir a Heathrow y tomar el avión para volver, hablaban del régimen como si se tratara de una aberración que duraría poco, hablaban de su nuevo mundo como si lo hubiesen conquistado. No habían conquistado nada, el régimen seguía en su lugar y ellos no volverían a casa la semana siguiente, ni el año siguiente. Mahmud Shabro había dejado atrás el viejo mundo y eso era lo que le gustaba a Charlie Eshraq. Le gustaban las personas que hacían frente a la realidad.

Charlie era realista. El mes anterior lo había sido lo suficiente como para matar a dos hombres y librarse de ser detenido.

Las conversaciones fluían a su alrededor. Todas giraban en torno a Irán. Se les había agotado el repertorio de felicitaciones para Mahmud Shabro. Conversaciones sobre Irán, todas ellas. La economía sumida en el caos, el paro en aumento, los mullahs y los ayatollahs odiándose a muerte, el creciente cansancio producido por la guerra. Les hubiera anonadado saber que el mes anterior Charlie Eshraq había vuelto al país y matado a dos hombres. Sus contactos con el país eran a distancia, una copa en el bar de un hotel con el capitán de un Jumbo de la IranAir que pasaba la noche en Londres y estaba dispuesto a chismorrear donde no pudieran oírle los encargados de vigilarle. Una conversación por el teléfono directo con un pariente que se había quedado en Irán, una conversación sobre cosas sin importancia porque les hubieran cortado la línea en el caso de hablar de política. Un encuentro con un hombre de negocios que había salido del país a comprar cosas necesarias para la guerra, provisto de las correspondientes órdenes para que el banco pagase con divisas extranjeras. Charlie pensaba que no sabían nada.

La nueva secretaria de Mahmud Shabro era guapa. Charlie y la muchacha eran más jóvenes que los demás invitados a la fiesta, 25 años más jóvenes. A Charlie le pareció que la chica se aburría mortalmente.

—Te llamé hace unas semanas… Bonita fiesta, ¿no te parece? Te llamé dos veces, pero no estabas —Mahmud Shabro se le había acercado.

Charlie se encontraba observando el trasero de la muchacha, cuando la falda se le ciñó al agacharse para recoger un hojaldre caído sobre la alfombra y que los invitados pisaban a cada momento. Calculó que la alfombra costaría quince mil.

—No estaba en el país.

—¿Viajas mucho, Charlie?

—Sí, viajo.

—¿Sigues…?

—Agente de turismo —dijo Charlie tranquilamente. Dirigió la mirada hacia la secretaria—. Esa chica es bonita. ¿Sabe escribir a máquina?

—¿Quién sabe qué talentos llevará ocultos?

Charlie vio la mirada vigilante de la señora Shabro en el otro extremo de la habitación.

—¿Estás bien, Charlie?

—Nunca he estado mejor.

—¿Deseas algo?

—Si hay algo que no pueda conseguir yo mismo, acudiré a usted.

Mahmud Shabro soltó el brazo de Charlie.

—Llévala a casa y me ahorraré el importe del taxi.

Mahmud Shabro le caía bien. Desde que se independizara de su madre y se instalara en Londres, sin familia.

Mahmud Shabro había sido un amigo, una especie de tío. Sabía por qué era amigo de Mahmud Shabro. Nunca le pedía nada.

Ahora, la secretaria se encontraba cerca de él, donde momentos antes estaba su jefe. Llevaba una botella de champán en la mano. Charlie pensó que debía de tratarse de la última botella. La chica se había acercado a él antes que a nadie para llenarle la copa casi hasta el borde antes de seguir su camino y servirles unas gotas a los demás. Al poco volvió con la botella vacía. Dijo que Mahmud Shabro le había dicho que se reservara una botella para sí misma. Y con aquellos ojos maquillados con tanto esmero agregó que no le importaría compartirla, aunque tendría que limpiar y poner orden después de la fiesta. Charlie le dio su dirección, una llave y un billete para el taxi y dijo que tenía que ver a un hombre antes de ir a casa y que hiciera el favor de esperarle.

Salió a la noche de comienzos del verano. Ya estaba oscuro. Los faros de los coches iluminaban sus rasgos. Echó a andar a buen paso. Prefería ir andando. Era más fácil comprobar si le seguían. Hizo lo de siempre, nada extraordinario. Se detuvo al doblar la esquina y esperó. Luego dio media vuelta y volvió sobre sus pasos, comprobando las caras. Era simple prudencia.

Después siguió andando hacia su cita, olvidados ya los infelices, los derrotados, los soñadores de la oficina de Mahmud Shabro.

 

La chica tenía diecinueve años.

Se inyectaba directamente en la sangre, a través de una vena.

Era tarde y la oscuridad iba en aumento. Se encontraba en la sombra junto a los lavabos del parque que había en la calle principal. Se inyectaba directamente en la sangre porque «perseguir al dragón» y «tocar la armónica» ya no eran suficientes para ella.

Lucy Barnes era una muchacha pequeñita, parecía un elfo. Tenía frío. Llevaba dos horas esperando, y al salir de casa el sol seguía brillando sobre las chimeneas de las casitas en línea. Las mangas de la blusa las tenía atadas a las muñecas. La bombilla estaba rota y la muchacha se encontraba en un lugar negro y escondido, pero llevaba unas gafas oscuras, de cristales grandes.

Dos semanas antes había vendido el televisor en color con mando a distancia, portátil, de 16 canales, que sus padres le habían regalado el día de su cumpleaños. Se había gastado el dinero, había consumido los gramos de heroína comprados con el dinero de la venta del televisor. Tenía más en el bolsillo, más billetes arrugados en el bolsillo de la cadera de los pantalones. A primera hora de la tarde había vendido una tetera de casa. Plata de la época georgiana, buen precio. Necesitaba un buen precio.

El cabrón se estaba retrasando y a ella le dolían las piernas y tenía frío y estaba sudando. Los ojos empezaban a llenársele de lágrimas, como si llorase pidiendo que viniera.

 

Mattie Furniss no hubiese compartido lo que pensaba ni siquiera con sus colegas más allegados, pero las últimas catorce semanas le habían convencido de que el director general sencillamente no estaba a la altura de su cargo. Y aquí volvían a estar. La reunión de jefes de sección, Oriente Medio/Asia Occidental, había comenzado con una hora de retraso, llevaban ya tres horas en ella y estaban encallados a menos de la mitad del orden del día. No era nada personal, desde luego, era sencillamente la impresión instintiva de que al director general deberían haberle dejado que siguiese vegetando en el cuerpo diplomático normal de Exteriores y Commonwealth, en lugar de imponérselo al servicio. Furniss era un profesional y no cabía la menor duda de que el director general no lo era. Y era igualmente indudable que el servicio secreto de Century House no podía llevarse como si fuese solamente un ramal de Exteriores y Commonwealth.

Lo peor de todo era la conclusión ineludible de que el director general, que no tenía idea de las tradiciones del servicio secreto, le andaba buscando las cosquillas a la sección de Irán. Las secciones de Israel, Oriente Medio, el Golfo y el Subcontinente (Paquistán) también recibían lo suyo, pero el grueso de los palos era para la sección de Irán.

—En resumidas cuentas, señores, sencillamente no producimos material de primera calidad. Voy a la comisión todas las semanas y me dicen: «¿Qué está pasando realmente en Irán?». Es muy lógico que la comisión conjunta me pregunte eso. Y yo les digo lo que ustedes, señores, me han dicho. ¿Saben qué me contestan entonces? Pues me contestan, y no se lo puedo reprochar, que lo que reciben de nosotros no se diferencia en nada de lo que les proporcionan los habituales conductos del golfo…

—Si usted me permite, señor director general.

—Déjeme terminar, por favor. Agradecería que…

Mattie se echó atrás en la silla. Era el único fumador entre los hombres sentados en torno a la mesa de caoba que el director general trajera consigo al ocupar el puesto. Sacó las cerillas. Los anteriores directores generales para los que había trabajado se habían mostrado partidarios de las reuniones de uno en uno donde era posible concentrarse un poco, donde los discursos hubieran parecido poco apropiados. Se escondió detrás de una cortina de humo creada por él mismo.

—No podré defender mis propuestas presupuestarias para el año próximo si el servicio, en un teatro internacional tan crítico, produce análisis del tipo que mandamos a Exteriores y Commonwealth día tras día. Eso es lo esencial del asunto, Mattie.

Era la cuarta vez que Mattie escuchaba el mismo monólogo. En las tres reuniones anteriores se había mantenido firme y había justificado su postura. Presintió que los demás rezaban en silencio para que no mordiese. En las tres ocasiones anteriores había dado su respuesta. Ninguna embajada en Teherán como tapadera de un responsable de estación residente. No había la menor esperanza de reclutar a alguien lo suficientemente allegado a las verdaderas bases de poder dentro de Irán. Cada vez eran menos las probabilidades de persuadir a técnicos británicos de que hicieran algo más que tener los ojos razonablemente abiertos mientras instalaban una refinería o lo que fuese. Tres veces le había dado los datos más significativos que sus agentes en el lugar habían podido proporcionarle…, sin producir ningún efecto…, ni siquiera lo mejor que el chico le había proporcionado la última vez, y si no terminaban pronto, sería demasiado tarde para pagarlo.

—Le escucho, director general.

El director general tosió secamente entre las espirales de humo que flotaban a su alrededor.

—¿Qué piensa hacer al respecto?

—Procuraré proporcionar material que satisfaga más que la información que actualmente facilita mi sección y que tanto cuesta obtener.

El director general se abanicó con el papel que especificaba los asuntos a tratar en la reunión.

—Debería ir usted allí, Mattie.

—Teherán, señor director general. Una magnífica idea —dijo Mattie. El encargado de la sección de Israel era el más joven de los presentes, un hombre ambicioso que aún era irreverente, que había pasado demasiado tiempo sobre el terreno y tenía que morderse el dorso de la mano para no prorrumpir en carcajadas.

—No puedo tolerar las bromas.

—¿Adónde sugiere que vaya, señor director general?

—A la frontera.

—¿Para qué? —preguntó Mattie sin alzar la voz.

—Me parece obvio. Para informar a nuestra gente de lo que ahora se espera de ella. Para aprovechar la oportunidad de sacar a sus agentes de dentro con el fin de comunicarles, en términos exactos, cuáles son nuestras necesidades.

Mattie mordió la boquilla de la pipa.

—Se olvida usted, señor director general, de que los jefes de sección no viajan.

—¿Quién dice que no?

—Desde siempre, los jefes de sección no viajan debido a las consecuencias que sus viajes tendrían para la seguridad.

—No viajan: incorrecto. No suelen viajar: correcto.

Si rompía el cañón de la pipa, al mismo tiempo se rompería los dientes.

—¿Es definitivo?

—Sí, lo es. Y me parece que aquí haremos una pausa.

Recogieron apresuradamente los papeles. El encargado de la sección de Israel ya había salido por la puerta cuando el director general dijo:

—Buenas noches, señores, y gracias por su paciencia. Lo que vale la pena hacer vale la pena hacerlo bien.

Mattie Furniss no esperó el ascensor para subir al piso decimonoveno. Se escabulló de sus colegas en dirección a la escalera de incendios. Bajó nueve tramos de escalones de dos en dos, rezando para que el chico siguiera esperándole a él y a su regalo.

Lucy Barnes había recorrido un corto camino desde su hogar en una elegante casa del barrio londinense de Belgravia hasta el desván de la casita en una población de la zona occidental del país. En esa fría noche de comienzos del verano estaba a punto de agotar sus recursos económicos. Esa semana había estado en Londres, había entrado en casa de su familia forzando la ventana de la cocina y se había llevado la tetera. Después de ello, cambiarían las cerraduras. Probablemente ya las habrían cambiado. Ahora no recordaba por qué sólo se había llevado la tetera. No tenía idea de cómo conseguiría más dinero, más heroína, después de que agotara las dosis que tenía en el suelo, a su lado.

Un camino corto. Fumar cannabis detrás del pabellón de deportes de la escuela, un acto de desafío y experimentación adolescentes. Había pasado por la fase de «perseguir al dragón», calentar la heroína en polvo a través del papel de estaño e inhalar el humo por medio de una pajita de las que se usan para beber refrescos. Había probado a «tocar la armónica», utilizar la parte superior de una caja de cerillas para inhalar los mismos humos calentados y hacerlos llegar hasta los pulmones. Un año y medio después de su expulsión —y el lío que se había armado porque su querido papá ya se había comprometido a entregar los premios el día de la fiesta de fin de curso— ya se inyectaba directamente en la sangre y necesitaba un billete de los grandes cada mes para poder hacerlo.

El camello le había dicho que lo que tenía ahora era algo nuevo, algo más puro que todo lo que había pasado antes por sus manos, lo mejor que había vendido jamás. No era la habitual mierda mezclada, la heroína cortada con talco, con tiza en polvo o con azúcar fino. Heroína pura como la de antes de que los traficantes se volvieran tan codiciosos.

Cargó la hipodérmica. Sabía calcular la dosis, sin necesidad de utilizar balanzas de precisión. Se sentó con las piernas cruzadas en la alfombra raída. El desván estaba iluminado por la luz de un farol de la calle que se filtraba por el sucio cristal del tragaluz. Podía ver lo que estaba haciendo. Las venas de los brazos ya no le servían y las de las piernas empezaban a fallarle. Se quitó los zapatos sacudiendo los pies. No llevaba leotardos ni calcetines. Tenía manchas oscuras en los pies, llevaba más de un mes sin bañarse, pero sabía dónde estaban las venas de la planta de los pies.

Apretó los dientes al clavar la aguja detrás del pulpejo del pie derecho. Tiró del émbolo de la hipodérmica y dejó que la sangre que llenó el cañoncito se mezclara con la heroína en polvo dentro de la jeringuilla. Lentamente, procurando dominar el temblor del pulgar, apretó el émbolo.

Se echó boca arriba sobre el colchón desnudo, disfrutando por adelantado de la paz y del sueño.

 

El chico estaba donde había dicho que estaría.

A Mattie Furniss le costaba romper con los viejos hábitos. La forma antigua de hacer las cosas consistía en encontrarse en los espacios abiertos de un parque, donde era relativamente fácil protegerse de miradas y oídos indiscretos. El chico era una sombra debajo de un sicómoro que crecía cerca del lago. Casi corría y la bolsa del supermercado le golpeaba la pernera del pantalón. En la calle que bordeaba el parque una camioneta hizo un viraje y sus faros delanteros iluminaron al chico. Alto, barbudo, de muy buena presencia. Mattie conocía a Eshraq desde hacía tanto tiempo, que siempre le consideraría un chico. Pero Charlie no le recordaba a ninguno de los otros chicos de 22 años que conocía, todo en él era diferente: su tipo y su estatura, su temperamento y su actitud. Era un joven espléndido, pero eso era de esperar, ya que también su padre lo había sido en vida… Llegó junto al árbol y contuvo el aliento. Había venido casi corriendo desde Century House, en la otra orilla del río, cruzando el puente y Whitehall hasta alcanzar el parque. Tendría que dedicar más tiempo a entrenarse si quería terminar el maratón de ese verano.

—Me he entretenido, querido muchacho. Perdona.

—No importa, señor.

A Mattie le gustaba la forma en que el chico le trataba. Era el sello de su padre y, justo era reconocerlo, también de su madre.

—Mucho tiempo sin verte, querido muchacho.

—Es algo nuevo para mí… aprender a escribir informes, señor. Espero que le sea de utilidad —Charlie sacó un sobre abultado del bolsillo de la chaqueta y se lo entregó a Mattie. Sin examinar el sobre, Mattie se lo guardó en un bolsillo interior de su traje, cerrándolo luego con una cremallera, otro viejo hábito. No estaría bien que a un jefe de sección le robaran lo que llevaba en el bolsillo en el metro.

—Lo estaba esperando con ilusión… ¿Has tenido noticias de tu madre?

—No —Charlie lo dijo como si no le importara que su madre nunca le escribiese ni telefoneara desde California. Como si le diera lo mismo que el campo de golf y el club de bridge y la escuela de equitación llenaran los días y las tardes de su madre, que le tuviera por una reliquia de su vida anterior en Irán, una reliquia que era mejor olvidar porque recordarla era doloroso.

—Leí la noticia de tu travesura, en el viejo Tehran Times. También lo dijeron por la radio.

Una sonrisa se esbozó lentamente en el rostro de Charlie.

—… ¿No te comprometiste?

—Organizaron una búsqueda después, muchos controles en las carreteras. No, no sabían lo que andaban buscando. Lo atribuyeron a los «hipócritas». Salió muy bien.

Mattie casi hubiera podido recitar de memoria el texto del comunicado de la IRNA reproducido en el Tehran Times. En dos incidentes acaecidos en el sur de Teherán dos guardias revolucionarios islámicos habían sido asesinados a plena luz del día por mustaqafin (hipócritas) contrarrevolucionarios de la MKO (Organización Mojahedin-e Khalq) que trabajaban en conjunción con agentes mercenarios norteamericanos. Ahora que Harry se había jubilado, hacía ya más de cuatro años, los comunicados de la IRNA le llegaban antes que las transcripciones de la BBC. Echaba de menos los servicios del mensajero.

—Hemos preparado una buena para el próximo viaje —dijo Mattie. Le dio la bolsa del supermercado, tirante a causa del peso de su contenido—. Las instrucciones van dentro.

—Gracias.

—Necesitaré otro informe.

—Por supuesto, señor. ¿La señora Furniss está bien?

—En plena forma, y las chicas también. ¿Bajarás al campo cuando vuelvas? Recogeremos a las chicas. Quédate un fin de semana.

—Me gustaría.

—¿Qué tal andas de dinero? Podría rascar el fondo del barril para darte algo.

Un regalo en una bolsa de plástico le resultaba fácil de conseguir. El dinero era más difícil. El dinero tenía que pasar por la auditoría. El regalo de la bolsa era fruto de un acuerdo personal con la sección de recursos y equipo, en el noveno piso.

—No me falta dinero, señor.

—Me alegra saberlo.

Vio que el chico titubeaba. Daba la impresión de estar a punto de pedir algo y de no saber qué cara poner para hacerlo. Mattie notó las primeras gotas de lluvia; ahora estaba sudando a causa de la carrera.

—Adelante.

—El blanco que más deseo lleva escolta y su coche está blindado.

—¿Y eso qué significa?

—Que sería difícil acercarse lo suficiente.

—¿Y…? —Mattie no iba a ayudarle.

—Necesito lo que llaman «capacidad de distanciamiento». ¿Sabe lo que quiero decir, señor?

—Sí, lo sé —Mattie clavó su mirada en los ojos del chico. Los titubeos habían desaparecido, la petición estaba hecha. Había una fría y atractiva expresión de certeza en los ojos del chico—. Tendrías que pasar más tiempo allí, tus informes tendrían que ser regulares.

—¿Y por qué no? —dijo Charlie, como si fuera un asunto sin importancia.

Mattie pensó en el padre del muchacho, un anfitrión generoso, un amigo de verdad. Pensó en el tío del chico, un gigantón, excelente cazador de jabalíes y tirador de primera. Pensó en la hermana del chico, delicada y ganando en las discusiones con la luminosidad de su sonrisa y besándole cuando él llegaba a la villa con regalos. Pensó en la madre de Charlie, frágil porque era insegura, valiente porque había tratado de integrar su condición de extranjera en la sociedad de las avenidas amplias y prósperas del norte de Teherán. Era una familia que había sido desmembrada.

—Resultaría muy caro —sequedad en la voz de Mattie. Sí, era partidario del protocolo y de seguir el procedimiento correcto. No, jamás debería haber permitido que su vida en el servicio se mezclara con la cruzada que constituía la vida del muchacho.

—Yo podría pagarlo.

Mattie Furniss tenía que irse de viaje, y eso no era asunto del chico. Y aún no conocía su plan de viaje. No sabía cuándo volvería, cuándo podrían verse de nuevo. Tenían tantas cosas para hablar. Deberían haber estado hablando cómodamente de asuntos más agradables, relajados, deberían haber estado chismorreando en vez de hablar de capacidad de distanciamiento y de armas capaces de perforar blindajes bajo un árbol del Saint James’s Park, por el amor de Dios, con la lluvia empezando a pegar fuerte. Sacó su pluma y una hoja de un bloc con tapas de cuero. Escribió brevemente en ella. Un nombre, una dirección.

—Gracias, señor —dijo Charlie.

La afirmación incisiva:

—Pasar más tiempo allí, los informes más regulares.

—Dele mis recuerdos a la señora Furniss, por favor, y a sus hijas.

—Claro que se los daré. Se alegrarán de saber que te he visto —se preguntó si el chico había sido algo más que un amigo para sus hijas, para alguna de ellas. Habían estado muy unidos, allá abajo en el campo, cuando toda su camada estaba en Londres y el muchacho era su huésped. Había sido en Londres, hacía ahora tres años, en la salita de estar, la primera vez que el chico se alejara de California y de su madre, que Mattie le había contado a Charlie Eshraq, tan sencilla y escuetamente como pudo, lo que les había pasado a su hermana, su padre y su tío. Desde entonces nunca había visto llorar al chico. Lo tenía todo reprimido, por supuesto—. ¿Cuándo te vas, querido muchacho?

—Bastante pronto.

—¿Me telefonearás a casa antes de irte?

—Sí.

—¿Estás decidido a ir?

—Sí.

La lluvia mojaba el rostro de Mattie, se detenía en su bigote plateado y recortado y oscurecía la pechera de su camisa. La cara del muchacho era una mancha borrosa ante él, enmascarada por su barba cerrada.

—Si durante el viaje te ocurriera algo, Harriet y yo, y las chicas, lo… —Mattie apretó los hombros del chico.

—¿Por qué iba a pasarme algo, señor?

Se separaron.

Mattie echó a andar hacia casa. Se sentía sucio por haber alentado la locura del muchacho y, pese a ello, no sabía de qué modo hubiera podido disuadirlo. Y llevaba el grueso sobre en el bolsillo y el muchacho había dicho que se quedaría más tiempo y que los informes llegarían con mayor regularidad. Pensó que en un mundo decente Matthew Cedric Furniss merecería que lo desollaran vivo.

Esperaba fervientemente que Harriet estuviera levantada aún, esperándole. Necesitaba hablar con ella, poner un disco y calentarse y sentirse querido. En tres años nunca había visto llorar al chico, había asesinado a dos guardias revolucionarios y ahora pensaba volver allí con su regalo en una bolsa de plástico. El chico hablaba de capacidad de distanciamiento y de perforar blindajes. Hablaba de guerra, maldita sea, y él no era menos que un hijo para él.

Mattie rezó una breve plegaria por Charlie Eshraq mientras cruzaba el paso peatonal delante de su piso de Londres. Si el chico se había llevado a sus hijas a la cama, que le aprovechara.

Estaba empapado. El agua le bañaba el rostro. Los pantalones mojados se les pegaban a las espinillas y los zapatos resonaban por el agua que llevaban dentro. Al alzar la vista, vio la luz que le daba la bienvenida detrás de la cortina.

Puede que hubiera hasta 50 000 personas adictas a la heroína en el Reino Unido.

Aquella noche una de ellas, Lucy Barnes, no había logrado asimilar la mayor pureza de la dosis que acababa de inyectarse. Sola, en coma y echada sobre un colchón pestilente, murió al atragantársele su propio vómito.