El blanco

Sarah Harvey · Capítulo 12 de 16

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El blanco

Capítulo once

El “alternativo” resulta ser un programa para jóvenes que cometen delitos por primera vez con el fin de no presentarlos a juicio. A mí me parece una buena idea, hasta el momento en que me dicen que el delincuente (es decir, yo) tiene que pedirle perdón a la víctima cara a cara, hacer trabajo comunitario y asistir a sesiones con un consejero. Creo que prefiero ir a la cárcel.

—Por lo menos recibiremos terapia gratis —dice Sandra y casi sonríe.

Como buena contadora, siempre está haciendo cálculos. Creo que dijo

“recibiremos”. ¿Las dos vamos a la terapia?

El trabajador social que me asignan se llama Jeff y tiene acento escocés.

—Emily, tu madre y yo hemos decidido que este caso requiere una disculpa en público.

Suena como un personaje de Brigadoon. Parece que tengo que presentarme ante la asamblea de la escuela y decirle a todo el mundo que estoy avergonzada de haber pintado los blancos en las paredes.

—Ella no es mi madre —le digo.

Jeff levanta una ceja y mira a Sandra. Ella levanta los hombros como diciendo: ¿Qué le dije?

Pensar en pedir perdón en público es aterrador. Honestamente, prefiero la celda con el inodoro, a exponerme a la mirada de todo el mundo.

Jeff me ignora y continúa.

—Puedes hacerlo en cualquier momento durante las próximas dos semanas. Dime cuándo te parece bien y yo voy contigo. También tienes que

limpiar tu… obra de arte y escoger el trabajo comunitario de esta lista —

toma un papel de la mesa y me lo pone delante.

Cierro los ojos y dibujo con el dedo tres círculos en el aire: Emily, Donna, Michael. Luego lo coloco sobre el papel: Blanco. Abro los ojos y veo que cayó en Limpieza, Programa Escolar Faircrest junto a un nombre y un número. Le entrego el papel a Jeff.

—¿Faircrest? Es una buena elección.

No escucho a Sandra y a Jeff hablar sobre los detalles de mi servicio comunitario y de “nuestra” terapia. Los pensamientos me dan vuelta en la cabeza como calcetines en una secadora. Todo el mundo se va a reír de mí.

No voy a tener amigos. Los niños de la escuela me van a odiar. No podré gra-duarme. Me van a echar de casa. Voy a ser una vagabunda. Voy a comenzar a beber y me voy a deprimir. En otras palabras, voy a convertirme en mi madre. En mi loca madre biológica. Los ojos se me llenan de lágrimas y comienzan a rodar por mis mejillas. Siento que alguien me pone una mano en el hombro y escucho la voz de Sandra.

—Vámonos, Emily. Esto es todo por hoy.

Me toma de la mano y me lleva fuera de la oficina de Jeff. Cuando llegamos al carro estoy doblada y lloro desconsoladamente. Los mocos me llegan a la boca abierta en una mueca de dolor. Sandra me abraza, me incorpora en el asiento, me acaricia el pelo y me canta al oído: “You are my sunshine, my only sunshine”. Está tan loca como su hermana.

Llego a la conclusión de que debo salir lo antes posible del asunto de pedir perdón, porque es lo que más me preocupa. No puedo seguir así con un dolor constante en el estómago, a pesar de que el resultado es bueno: me hace adelgazar. El segundo miércoles del mes se celebra la asamblea en la escuela, así que le digo al director que necesito unos minutos para decir algo importante. No me pregunta qué es y deduzco que ya lo sabe. Es posible que toda la escuela lo sepa. En estos días, sólo me reúno con Jared y Christa, y mis viejos amigos se mantienen alejados. Será porque no les devuelvo las llamadas.

El miércoles antes de la asamblea vomito tres veces, o para ser exacta, tengo arcadas tres veces, porque no tengo nada en el estómago. Cuando la señora Appleton me pide que suba al escenario, puedo ver a Sandra y a Jeff

en primera fila, junto a Richard y a Chris. Todos sonríen para darme ánimo, como si yo fuera a tocar el violín o a dar una conferencia sobre ayuda a los pobres. Un poco más atrás, una mano pequeña me saluda y veo a Christa y a Jared. Ellos jamás asisten a las asambleas, lo que me hace sentir honrada de una manera muy extraña.

Carraspeo para aclarar la garganta.

—Me llamo Emily Bell. Pinté blancos en la pared de atrás de la escuela y estoy arrepentida —no tengo pensado decir nada más, pero mis labios se empiezan a mover otra vez—. Voy a comenzar sesiones de terapia y voy a hacer trabajo comunitario además de pintar la pared. Sé que hay varios rumores rodando por ahí, así que aquí va la verdad: no me van a meter en la cárcel, no voy a dejar la escuela y lamento si he ofendido a alguien.

Miro a Sandra y me sonríe. De pronto todo el mundo empieza a aplaudir, a dar gritos y a dar golpes en el suelo con los pies. Parecería que acabo de anunciar cerveza gratis en el baile de la escuela.

Pintar sobre los blancos resulta tanto o más divertido que hacerlos la primera vez. Tuve que comprar la pintura y las brochas con mi propio dinero y descubrir que lo que dijo el tipo de la estación de gasolina es verdad: el rojo es el peor. La situación es como la historia de Tom Sawyer al revés: todo el mundo me quiere ayudar y tengo que decirles que no pueden.

Entonces me acompañan mientras hago el trabajo y me traen Pepsi y Reese’s Pieces. Vanessa carga mi iPod con nuevas canciones y Rory me presta sus audífonos. Jared me trae dulces de chocolate que horneó el mismo (¡quién lo diría!) y Christa me promete pagarme el arreglo de las manos y los pies cuando termine. Me toma tres capas y tres días terminar.

Los blancos han desaparecido. La señora Appleton inspecciona mi trabajo y lo califica de excelente.

Esa noche, después de cenar, le digo a Sandra que voy subir a trabajar en un proyecto de la escuela. Ya en mi habitación, escribo tres cartas de disculpa: una a la compañía dueña del contenedor, otra a la estación de gasolina y otra a los administradores del estacionamiento. Dentro de cada sobre pongo suficiente dinero para cubrir los gastos de la pintura y para pagarle a alguien que haga el trabajo. No firmo ninguna de las cartas. No estoy loca. Aún no. Lo que si estoy es, oficialmente, en la ruina.

El lunes visito al terapeuta, el doctor Byron Handel. Sandra va conmigo y quedamos en que yo iré una vez a la semana y Sandra se nos unirá una vez al mes, lo que es mucho mejor que tenerla allí todas las veces. En la primera visita, el doctor Handel no hace mucho. Sólo me pregunta si entiendo los términos del programa alternativo y si quiero, según sus palabras, darle una oportunidad a la terapia. Asiento y me sorprende darme cuenta de que así lo siento.

El martes, tomo el autobús después de clases hasta la escuela primaria Faircrest. Cuando entro, hay un cartel en la puerta: “Programa de cuidados después de clases”. Una señora sale a recibirme y me pregunta si soy Emily Bell. Cuando la saludo, una niña pelirroja viene corriendo, se detiene frente a mí y me extiende la mano.

—Yo soy April —dice—. ¿Quién eres tú?

—Eso es lo que yo quisiera saber —le digo mientras tomo su manita pegajosa.

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