El blanco

Sarah Harvey · Capítulo 7 de 16

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El blanco

Capítulo seis

No es que jamás haya puesto un pie en un bar, sino que cuando lo hago generalmente llevo zapatos de tacón alto y una identificación falsa. Cuando llego a El Blanco al día siguiente, llevo vaqueros y una camiseta que dice: La bailadora de hula-hula de mi carro le gana al Jesús que tienes colgado en el tuyo. La única otra camiseta que tengo tiene un pensamiento de Emily Dickinson: La eternidad está hecha de instantes que llamamos ahora. Me imagino que la chica del hula-hula se ajusta mejor al ambiente del bar. El Blanco es una taberna. Una taberna oscura, angosta y con mal olor. Lo mejor que tiene es el anuncio de neón de afuera: una flecha azul volando hacia el centro de un blanco de círculos blancos y rojos. Dentro sólo se ven algunas mesas y sillas viejas y una larga barra. A pesar de ser solamentre las doce del día hay tipos recostados a la barra y otros descansando en las mesas. Absolutamente todos están fumando sin que les importe el cartel de no fumar. De camino a la barra, todos me miran y dos de ellos se ofrecen a comprarme un trago. Otro me pregunta si quiero irme con él a su casa para pasar un buen rato. Vaya una buena dosis de autoestima.

—Busco a Michael Keene —le digo al tipo que está detrás de la barra.

Está parado de espaldas fregando unos vasos.

—Soy yo —dice volteándose y secándose las manos—, pero aquí no les servimos bebida a menores, no importan cuán lindas sean —sonríe y le devuelvo la sonrisa, como buena idiota que soy.

No puede ser Michael Keene. En ese caso fue profesor de high school a los cinco años. El chico no tenía más de veinticuatro años, y unos muy buenos veinticuatro años.

—¿Tú eres Michael Keene?

—Técnicamente, sí. Soy Michael Keene hijo. Me puedes llamar Mike.

Mike, hijo. Sin duda Donna era la fruta prohibida. Michael Keene padre era casado y con un hijo.

—¿Y tú quién eres?

—Sandy —traté de no tartamudear— Sandy Dickinson. Voy a Northwood y estoy haciendo una composición sobre el grupo de teatro. La señora Mitchell me sugirió que hablara con… tu padre.

—Ah, sí, la señora Mitchell. Mi padre me habló de ella. Él le decía la mujer-ratón. Fue ella quién lo despidió —arruga la frente y agrega—.

Bueno, en realidad y para ser justos, él se lo buscó, dicen; pero ella no hizo nada para ayudarlo. Estoy seguro de que no te interesan esas cosas. Mi padre fue un instructor de teatro fenomenal. El mejor que nunca ha tenido Northwood.

—Me gustaría poder hablar con él. Quiero decir, saber lo que pasó de primera mano.

—No es posible —dice Mike.

—¿Por qué, está de viaje?

—Permanentemente. Murió el año pasado. Un accidente de tránsito.

Estaba cruzando la calle y un borracho lo atropelló.

Me siento y trato de que no note el estado en que me encuentro.

—¿Me puedes dar una Pepsi? —le pido—. Sin hielo.

—Claro —me dice—. ¿Te da igual una Coca-Cola? —cuando le digo que sí con la cabeza, continúa—. Creo que puedo ayudarte. También puedes hablar con mi madre. A pesar de que lo echaron, mi padre adoraba hablar de Northwood, de todas las obras que dirigió y de que algunos de sus alumnos llegaron a trabajar en Broadway y en películas.

En realidad, no todos, pienso. Tomo un sorbito de mi Coca-Cola y lo observo limpiar el mostrador. El año pasado tomé lecciones de ética, y puedo ver a una milla de distancia un problema ético. Éste es, definitivamente, uno bien grande. El chico guapísimo detrás de la barra es mi medio hermano y no tiene la menor idea de quién soy. ¿Estoy moralmente obligada a decírselo? ¿Debo sacarle la mayor información posible sobre mi padre y luego desaparecer? Debo de haberme quedado callada por un buen rato, porque me da unos toquecitos en el brazo.

—¿Eso es todo? Dime, porque si no quieres hablar, yo tengo mucho que hacer.

—Perdón —le digo—. ¿Puedo ver una foto de tu padre? Eso me ayudaría mucho. Sólo he visto fotos de grupo.

—Míralo ahí —dice y me señala con el pulgar hacia una foto en blanco y negro que hay detrás del bar. Una toma profesional. Muestra la cara de un hombre sonriente de unos cuarenta años. Pelo oscuro, ojos oscuros, como los míos; los dientes superiores un poco salientes (gracias, papá) y una pequeña cicatriz en la frente. Mike hijo tiene la misma sonrisa, pero es rubio y tiene unos dientes perfectos.

—Actuó en varios grupos pequeños de teatro en el pueblo, dondequiera que hubiera un musical. Después de Northwood dejó de dirigir. Decía que era un problema, no sé exactamente a qué se refería. Mi madre es también maestra, pero de los más pequeñitos. Ella piensa que un maestro en la familia es suficiente —se ríe y me pregunta:

—¿Ya les estás causando dolores de cabeza a tus padres?

—En realidad, no —no es más que la pura verdad. Nunca les he dado ni les daré a mis padres dolores de cabeza. Es técnicamente imposible.

Mientras conversamos, Mike se ocupa de los asuntos de la barra. Me cuenta todo lo que sabe de su padre y yo actúo como una buena estudiante y tomo notas. Es obvio que la familia de Mike la pasó muy mal después de que el padre dejara Northwood, pero Mike no me da detalles y yo no creo que pueda preguntarle: “¿Qué sabes de Donna Bell y el bebé?”. Lo que él sí sabe es que sus padres resolvieron el problema, cualquiera que haya sido.

No deja de repetir lo maravilloso que era su padre y lo mucho que lo echa de menos. Le quiero preguntar qué tipo maravilloso se aprovecha de una de sus estu-diantes y luego la abandona, pero no estoy segura de si es justo que lo haga. Según Donna, él pensó que ella se había hecho un aborto y hasta pagó por él. Me pregunto qué hizo Donna con el dinero. Sin duda no lo usó para comprar ropita para el bebé.

Después de tres Coca-Colas y una hora escuchando las historias de Mike, tengo que ir al baño urgentemente. Me arriesgo hasta el baño de las mujeres que, sorprendentemente, encuentro limpio. De la pared, en un marco, cuelga un simpático póster: The Sound of Music, con la actuación de Michael

Keene como el capitán von Trapp. Debe de haberle despertado viejos recuerdos de los buenos tiempos en Northwood.

Cuando salgo, recojo mis cosas y le doy la mano a Mike. Prometo enviarle una copia de mi trabajo y salgo dando tumbos a un día soleado. De camino a la parada del autobús comienzo a llorar. Cuando el autobús pasa el puente del centro de la ciudad, sigo llorando. Lloro mientras me compro un frappuccino en Starbucks y lloro de regreso al YMCA. La gente se me aleja como si les fuera a contagiar la gripe. No tengo Kleenex y me limpio la nariz con la manga. Deseo que Tina esté aquí con su pañito. Cuando por fin llego a mi cuarto, es la única persona con la que quiero hablar. La llamo, pero todo lo que obtengo por respuesta es un mensaje. Le dejo otro pidiéndole que nos encontremos mañana. Me meto en la cama entre las sábanas y lloro hasta quedarme dormida.

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