El blanco

Sarah Harvey · Capítulo 3 de 16

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El blanco

Capítulo dos

Salgo finalmente del baño y mi madre, o quienquiera que sea, está sentada en la mesa de la cocina. Tiene la mantita rosada en el regazo y la vista fija en la foto. Puedo ver el helado todavía en el mueble de la cocina. De pronto quiero saborear algo dulce y frío. En silencio, me pongo cucharadas de helado en la boca, una tras otra. Cuando vacío el bol, saco el helado del congelador y continúo comiendo. Es más fácil que hablar, y pienso que es a ella a quien le corresponde decir algo. De ninguna manera voy a iniciar la conversación.

—Ella la tejió para ti, ¿sabes? —dice, mientras pasa la mano por la manta

—. Era muy joven. Tenía tu edad. ¿Te imaginas?

Me río. Suena como el ladrido de una foca. Alto y áspero. En ese momento no puedo imaginarme nada. Todo lo que pienso es en alejarme de ella y de sus mentiras.

Cuando tenía nueve años me dijo que yo era el producto de un donante de semen. Hasta ese momento no me había preocu-pado mucho por no tener padre. En algún momento me había preguntado qué le podía haber pasado al mío, pero muchas de mis amigas no tenían ninguno. El de Vanessa se había muerto, el de Rory se había ido de la casa cuando él era un bebé y el de Jason estaba en la cárcel. Nada del otro mundo. Los mejores amigos de mi madre, Richard y Chris, siempre hacían las cosas que les correspondían a los hombres: jugaban conmigo al baloncesto, arreglaban mi bicicleta, me compraban pizza e iban a la escuela los días de Hijas y Papás. No sufría por no tener papá. Fue cuando cumplí los ocho años que comencé a bombardear a mi madre sin cesar para que me hablara del asunto. Se me metió en la cabeza que mi padre había sido un millonario que había muerto en un

trágico accidente de globo. Cuando cumplí los nueve, me llevó a comer hamburguesas a mi lugar preferido, Duck Soup. Entonces me explicó sobre los bancos de semen y los donantes. Me dijo que ella deseaba intensamente tener un hijo y que como no tenía pareja, lo había planificado todo y que resultó ser una experiencia maravillosa. Dijo que mi padre era un estudiante de medicina muy inteligente y con una salud perfecta. También me dijo que cuando yo cumpliera dieciocho años, podía inscribirme en un tipo de organización que me ayudaría a encontrarlo, además de a otros medios hermanos que pudiera tener. Mi reacción fue: No gracias, ¡puaj! Por muchos años después de esa conversación, pensé que el sexo tenía que ver con vasos plásticos. Nunca hablé con ella sobre el asunto. Todavía me causa asco.

—¿Entonces, toda la historia del donante de semen no es más que una mentira? —digo—. ¿Y aquello de que deseabas tanto un hijo pero que no tenías un compañero, y la planificación y la selección del mejor donante no es más que pura porquería?

—No —me responde lentamente—. No todo lo es. Yo no tenía un compañero y deseaba con toda el alma tener un hijo, pero no planifiqué que Donna saliera embarazada ni planifiqué tu adopción. Simplemente sucedió.

—Ya lo creo —digo, y algo de helado se me va para la nariz. Resulta refrescante, en un momento como ése—. ¿Entonces por qué inventaste la enfermiza historia del donante? ¿Por qué no me dijiste, por ejemplo, y para ser original, la verdad? He pasado diecisiete años escuchándote decir que

“la verdad es siempre la mejor opción” y que “la con-fianza mutua es el secreto de una buena relación”. ¿Crees de verdad en esa basura, mamá?

¿Debo llamarte… tía Sandra?

Mi madre levanta la vista de la fotografía y me mira con ira. Por un momento creo ver un brillo en sus ojos, pero en un instante se le llenan de lágrimas.

—No me llames así, Emily. Donna te trajo a este mundo, pero yo sigo siendo tu madre. Legalmente, emocionalmente…

—Pero no biológicamente —la interrumpo—. Te olvidaste de esa parte.

¿Y qué me dices de la otra parte? ¿Quién fue mi padre? ¿Vas a insistir aún en el cuento del donante de semen? Porque ya no lo creo.

—Emily. Sé que estás enojada y herida. Lo comprendo. Por favor, déjame explicarte.

La miro. Su pelo es un desastre, se ha comido el creyón de labios y el rímel de las pestañas le corre por la cara. Estoy segura de que yo también luzco horrible. Parte de mí quiere correr hacia ella, saltar sobre sus piernas y meter la cabeza en su pecho, como cuando era pequeña. La otra parte quiere salir corriendo por la puerta de atrás. Un diablillo dentro de mí quiere pincharla con un cuchillo. Nada serio. Sólo dejar correr un poquito de sangre, de manera amistosa.

Me conformo con sentarme en el mueble de la cocina y patear con los talones los gabinetes. Algo que ella odia. Mi madre se levanta, se sirve un vaso de agua y se vuelve a sentar, acomodando la manta en sus piernas.

Toma de nuevo la foto y se le queda mirando.

—Donna nació cuando yo tenía once años. Fue un accidente, pero fue recibida con los brazos abiertos. Fue el precioso regalo de la menopausia de tu abuela. Cuando Donna tenía siete años, me fui a la universidad. Después de eso, la veía solamente una o dos veces al año, pero Nana, tu abuela, me tenía al tanto. Me decía lo bella que era, que era un amor que a los doce años ya tenía un noviecito, y de cómo usaba su máquina de coser rosada para hacer los últimos modelos. Cuando Donna cumplió quince, Nana dejó de elogiarla. Todo lo que me dijo era que Donna era muy voluble. Luego me enteré de que Donna estaba bebiendo y faltando a la escuela y que tenía demasiados novios, la mayoría mucho mayores que ella. A los diecisiete, en el último año en Northwood, me llamó. Por entonces, yo trabajaba en Calgary. Me dijo que estaba embarazada, que su estado era muy avanzado para hacerse un aborto y que quería estar lejos de nuestra madre. Me dijo que había dejado la escuela y me preguntó si podía quedarse conmigo hasta que tuviera el bebé. Tenía pensado darlo en adopción.

Mi madre hace una pausa. Levanta el vaso y derrama el agua en el tapete al llevárselo a la boca.

—Nervios —dice casi hablándose a ella misma.

—¿Quién es mi padre? —pregunto—. De seguro no es un millonario. Lo más probable es que sea un tipo desagradable de East Vancouver con tatuajes, la cabeza rapada y una coleta, y sin algunos dientes —trato de alisarme el pelo con los dedos, que seguramente nunca ha estado peor.

—De eso te iba a hablar —dice—. No me presiones.

Hasta en medio de un huracán emocional como éste, mi madre es capaz de organizarse.

—Volé desde Calgary para buscar a Donna. Fue en esa ocasión que nos tomamos la foto. Caminamos a lo largo del mar y entonces le pregunté por el padre del bebé. No quiso decirme nada. No dijo nada en ese momento y jamás le oí decir una palabra después. Sólo dijo que él supo de su embarazo y que pagó por el aborto, pero que nunca se enteró de que ella no se lo había hecho, y ella no quiso que él lo supiera. No le pregunté por qué. Me imagino que tenía sus razones. Le dije que quería quedarme contigo y aceptó con la condición de que nunca te dijera que ella era tu madre. Creo que no quería que la odiaras. Es lo que me imagino.

—¿Y por qué me lo dices ahora?

—Lo pidió en la nota que dejó antes de suicidarse. Fue su último deseo:

“Díselo a Emily”. Y así lo he hecho —una pequeña sonrisa pasa por su cara

—. Es curioso cómo no le importó en lo más mínimo que fuera a mí a quien odiaras.

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