El blanco

Sarah Harvey · Capítulo 4 de 16

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El blanco

Capítulo tres

Los siguientes tres días los paso encerrada en mi habitación leyendo todo lo que hay en la caja. Recuesto la fotografía a mi reloj despertador para referirme a ella mientras busco información entre todas las cartas y postales. Duermo con la mantita rosada sobre mis hombros y salgo de la habi-tación solamente cuando Sandra (me niego a seguirle diciendo mamá) no está en casa. Cuando escucho que se cierra la puerta trasera, desde la ventana de mi habitación la veo subir al carro o caminar hacia la playa.

Sigue dando largas caminatas, lo que me resulta perfecto. Todas las noches sale a caminar justo después de cenar, y yo corro escaleras abajo para poner en la basura la comida que ha dejado preparada (y con mi nombre) para mí.

Registro el refrigerador y devoro toda la comida basura que pueda ponerse en el microondas: Mini-pizzas, Hot Pockets, Tater Tots. Bebo mucha Pepsi.

Jamás limpio la cocina.

De regreso en mi cuarto, trato de encontrarle sentido a todo lo que me ha enviado Donna. Las tarjetas de cumpleaños son esas tarjetas malas de Hallmark, todas iguales, con poemas estúpidos del tipo “Sopa de pollo para el alma”. Nada dirigido personalmente a mí. Cuando cumplí los quince, escribió: “Dime, ¿qué piensas hacer con tu tierna y preciosa vida?”. Qué raro. No creo que estuviera realmente esperando mi respuesta. Las cartas de Sandra a Donna están repletas de detalles extraños de mi vida. Hay cosas que ya he olvidado, como la vez que me perdí en una tienda por departamentos cuando tenía dos años. Aparentemente yo tenía obsesión con los niños, porque me encontró mientras salía de la tienda detrás de una señora con un coche y un bebé. Algunas de las cosas las recuerdo bien, como cuando gané el concurso de la mejor composición en la clase de

inglés, en séptimo grado. Otras, realmente no las quiero ni saber, como el color de mi caca cuando era bebita o lo mucho que lloraba cuando me estaban saliendo los dientes.

El libro de graduación me revela otras cosas: Donna era parte del grupo de teatro, no le gustaban los deportes, era bastante atractiva (para una chica de los años 80) y le gustaban las fiestas. Me encuentro una foto de ella vestida como Dorothy en El Mago de Oz. Tiene dos coletas y los pechos le sobresalen del escote del vestido a cuadros. Lleva un perrito negro en los brazos, se ríe con la boca completamente abierta y casi se le pueden ver las amígdalas. A lo mejor estaba cantando. En otra foto, que parece una audición, los ojos le brillan y le sonríe a un hombre mayor que ella, que reconozco como el profesor de teatro, Michael no se qué. Además, veo su foto de graduación con una breve biografía y la nota que dice: “¡Donna sueña con trabajar en Broadway!”. Me busco en su cara, pero no veo otra cosa que su enorme melena y los ojos muy maquillados.

No encuentro nada y leo de nuevo las cartas de K. No son muchas y están llenas de clichés: almas gemelas, rosas rojas, me rindo a tu amor, amor prohibido. ¡Puaj! Si este tipo K es realmente mi padre, espero que sus destrezas como escritor hayan mejorado. ¿Y cuál es el asunto del amor prohibido? ¿Sería K una mujer y Donna una lesbiana? Eso no tiene sentido.

Pongo las cartas en el suelo y me dejo caer en la cama con la vista fija en el techo. Estoy furiosísima y verdaderamente confundida. Hasta ahora, todo lo que sé es que mi madre es mi tía, mi tía es mi madre y nadie sabe quién es mi padre. No puedo hacer nada sobre las dos primeras cosas, pero es hora de que al fin haga algo sobre la tercera. Ya estoy harta de esta habitación, de esta casa y de mi vida.

A la mañana siguiente, me levanto, me ducho y bajo a desayunar. La no-madre está sentada en la mesa de la cocina tomando café y leyendo el periódico. Cuando entro en la cocina me mira y me sonríe. Tiene unas ojeras horribles y la cara roja. Desvío la vista y me sirvo un poco de cereal.

—Hola, cariño —me dice—. ¿Te sientes mejor?

No puedo creerlo. Actúa como si nada hubiera pasado, como si las cosas entre nosotras fueran a seguir igual que antes. Me sube una ira hasta la garganta a punto de traducirse en grito, pero tomo una cucharada de cereal y

lo apago. En algún momento tendré que hablarle, así que más vale que salga de eso ahora mismo.

—Sí —digo entre dientes—. Creo que estoy bien.

—Qué bueno —titubea—. Deberíamos hablar…

—No —le digo—, no debemos. Ya hiciste lo que tenías que hacer, al igual que Donna. Ahora me toca a mí.

—¿Qué quieres decir con que ahora te toca a ti? ¿Qué vas a hacer?

—Nada —le respondo—. Sólo quisiera poder alejarme de aquí. Y de ti.

Mi intención es lastimarla y veo que lo he logrado. Abre la boca lentamente y parpadea. Respira despacio. Toma aire lentamente y lo deja salir con fuerza. Luego, asiente y dice:

—Entiendo.

Lo que no entiende es que el corazón se me quiere salir del pecho. Me corre el sudor por la espalda y tengo la boca seca como si la tuviera llena de motas de algodón.

—¿Qué tienes pensado hacer hoy? —pregunta, como si fuera un sábado cualquiera. ¿Por qué no se muestra disgustada? A lo mejor estoy haciéndole el juego a su plan: deshacerse de mí.

—Nada especial. Puede que más tarde vaya con Vanessa a las tiendas.

—Está bien —dice—. ¿Necesitas dinero?

—No.

—¿Quieres que las lleve en el carro?

—Oh, creo que realmente quiere que me vaya de aquí.

—No hace falta —digo.

—Okey —dice—. Voy a hacer algunos mandados. Déjame una nota si sales. ¿Está bien?

—Okey —le digo sin ganas. En cuanto sale por la puerta, le escribo una nota que dice que salgo para Vancouver, que me voy a hospedar en el YMCA y que no vaya a buscarme. Hago las maletas lo más rápido posible.

Una hora después, estoy sentada en el asiento trasero de un taxi en camino a la estación de autobuses. Escucho a Lily Allen en mi iPod y trato de parar de temblar. No sé qué pasará en Vancouver, pero por fin estoy haciendo algo con mi tierna y preciosa vida.

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