El caso Orgagna
Capítulo XI
Tullio no apareció hasta mucho después de las diez. Llegó a la terraza vistiendo pantalones cortos y llevando al brazo sus bártulos de artista.
Con la gracia consciente de un pavo real que desplegase las plumas de la cola, lucía su cuerpo esbelto y tostado por el sol.
Ashley lo saludó como al desgaire y aguardó a que acomodara su tela inconclusa sobre el caballete y se pusiese a pintar. Sin prisa alguna se aproximó a decirle en voz baja:
–Siga trabajando, Tullio. Si alguien viene, estamos hablando del cuadro.
-D'accordo. -Riccioli lo miró de soslayo y siguió pintando-. ¿De qué desea hablar?
–Deseo que me haga usted un servicio, hoy mismo.
–¿Me paga?
–Por cierto que sí.
–¿Cuánto?
–Quinientos dólares para empezar y después otros quinientos.
–Parece importante.
–Para mí lo es.
¿De qué se trata?
–Deseo que vaya usted a Sorrento a entregar un recado al inglés, a George Harlequin.
–¿Cuál es el recado?
–Dígale que tengo en mi poder lo que él necesita y que deseo verlo lo más pronto posible.
Tullio se apartó un tanto del caballete para ponerse a examinar su obra con mucha afectación.
–¿Hay algo más?
–El recado solamente. ¿Puede usted salir?
–¿Por qué no? Además no me vendría mal una salida, pues este lugar se parece demasiado a un museo.
–¿Cuándo puede partir?
–Antes del almuerzo. Tendré que pedir el auto a Orgagna, pues con el calor que hace no puedo ir a pie. A propósito, ¿cuándo puedo cobrar el adelanto?
–Venga a mi cuarto antes de marcharse. Se lo daré allí
–Muy bien.
Con estas palabras concluyó el diálogo. Tullio siguió pintando y Ashley se instaló en una silla bajo un amplio quitasol de color. Hubiese preferido irse a la playa y pasar toda la mañana bañándose y solazándose al sol; pero, pensándolo mejor, era preferible desistir, pues los lugareños eran gente inquieta y temperamental y cuando se ponían a cazar codornices fuera de época, muy bien podría acaecer cualquier percance. Por cierto, era muy poco seguro embarcarse en tratos con Tullio Riccioli. Siendo caprichoso, fatuo, venal, desprovisto de amor e
incapaz de lealtad, constituía un cómplice por demás peligroso. Él y sus semejantes andan siempre en seguimiento de recursos internacionales, en busca de viudas estúpidas o invertidos opulentos. Eran diestros en todas las triquiñuelas propias de su antiguo oficio: extorsión, menudas crueldades y hurtos de que hacían víctimas a quienes no se atrevían a oponérseles. Sus habilidades eran flores de un día, y apenas pasaba la juventud, sus vicios los arruinaban a corto plazo. Sin embargo, a todos se les podía tentar
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con el mismo señuelo: el dinero fácil, el sonido de las monedas de oro en sus oídos siempre atentos. Ashley ansiaba que bastasen sus quinientos dólares para asegurarse la lealtad de Tullio, al menos mientras durase su viaje de ida y regreso a Sorrento. Pero sabía que corría un grave riesgo.
La próxima persona que bajó a la terraza fue Elena Carrese. Pese al calor, vestía falda campesina, chaleco bordado y blusa cerrada. Tullio se limitó a saludarla con una leve inclinación de cabeza y siguió pintado. Ashley la llamó muy complacido, y ella, tras ligera vacilación, vino a sentarse a su lado.
Advirtió que ahora demostraba mayor entereza, no le temblaban las manos y tenía el semblante sereno. Pero el resentimiento le ensombrecía aún la mirada y tenía la cara cubierta de afeites. Ashley le ofreció un cigarrillo. Ella fumó durante unos minutos y luego sonrió quedamente:
–¿Recibió lo que le mandé?
–Sí, gracias. ¿Quiere hablar de eso ahora?
–No. Guárdelo con cuidado. Por su seguridad y la mía.
Él le dirigió una mirada escrutadora, pero ella tenía vuelta la cabeza
hacia otro lado y contemplaba el jardín.
–¿Por qué me hace esa advertencia? ¿Hay algo que la asusta?
–¿Asustarme? – rió con amargura-. ¡No ahora! ¡Ni nunca más!
–¿Qué… qué sucedió ayer… cuando usted me dejó?
Con voz llana y opaca se lo refirió todo:
–Mi padre me castigó. Me castigó como si fuese una montañesa descalza. Llevo este vestido para ocultar las magulladuras. Me llamó
putana y otros apelativos peores porque me encontró en sus brazos en el naranjal. Amenazó con matarme si volvía a verme junto a usted.
Pero yo me reí de él en sus propias narices y él me golpeó como solía golpear a mi madre, hasta que fatigado me dejó ir. Me pregunto… me pregunto qué cara pondría si se enterase de las relaciones que mantenemos Vittorio y yo.
Ashley no pudo menos de asombrarse.
–Pero, ¿no lo sabe ya?
La muchacha rió con tristeza.
–¿Cómo podría haberse enterado? Hasta ahora nunca estuvimos en esta casa. Para él, Vittorio es el gran' signore que se ha dignado elevar a una pobre muchacha campesina a la categoría de signora y que al presente, para favorecerla todavía más, le elige un digno esposo.
Ashley no pudo contener una exclamación en inglés.
–Como usted ve, mi padre es un hombre sencillo. Cree en Dios y en la casa de Orgagna. Admite que sólo hay tres categorías de mujeres: las doncellas, las esposas… y las otras. Me castiga para que yo me resigne a permanecer dentro de la clase que Dios y Su Excelencia me han
señalado.
–¿Qué ocurriría si llegara a enterarse de la verdad?
–No lo sé. Creo que para él sería como el fin del mundo.
–¿Usted lo quiere?
–No. En cierta forma lo estimo, pero jamás lo he querido como quise a mi madre. Él nunca estuvo completamente de nuestro lado, pues pertenecía por entero a la casa de Orgagna.
–¿Sabía usted que ayer intentó matarme? Ella asintió.
–Sí. Me lo dijo mientras me castigaba. Agregó que si bien había fallado esta vez, a la próxima lograría su propósito. Creo que cuando está muy enfadado pierde sus cabales.
Fue entonces cuando él con entera calma y sobriedad le formuló una última pregunta:
–¿Sabe usted que él mató a su hermano?
Ella se volvió a mirarlo. Tenía la expresión descompuesta y los ojos muy abiertos. Con dificultad atinó a preguntar:
–¿Lo dice… lo dice usted en serio?
Ashley hubo de cogerle con fuerza una mano para calmarla. No podía arriesgarse á que se suscitase una escena teniendo encima a Tullio y estando tan próximos a las ventanas de la casa. Habló con rapidez.
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–Haga por calmarse. Que nadie advierta su turbación.
Ella intentó contenerse. Permaneció inmóvil y en seguida susurró:
–No haré ninguna sandez. Cuénteme.
A toda prisa Ashley la enteró de sus conjeturas. En cualquier momento podría aparecer Cósima u Orgagna, y perdería esta ocasión.
–Por ahora nada puedo demostrar. Creo que Orgagna previno a su padre de que Garofano guardaba las copias fotostáticas. Alguien de aquí pagó a Roberto para que diera cuenta de mis idas y venidas con Cósima. Creo que cuando terminó nuestra pendencia y su hermano abandonó el hotel, fue raptado y traído a esta casa. Debieron registrarlo para quitarle las fotografías y al no hallarlas lo llevaron al borde del tajo y aguardaron allí a que Cósima y yo regresásemos.
Debieron de vernos venir a mucha distancia y, seguros que en ese tramo de la carretera suelen todos guiar a gran velocidad, sólo tenían que esperar. Ahora bien, ¿pudo alguien hacer todo eso a espaldas de su padre y sin su concurso?
–Nadie -musitó Elena.
–Eso pensaba yo.
La muchacha se quedó mirándolo en silencio durante largo rato. Él sentía grandísima piedad por ella, sola y sin defensa como se hallaba en medio de una maraña de intrigas y pasiones. Su hermano había sido asesinado por su propio padre y por su amante. Este último la desdeñaba para empujarla en brazos de un sujeto como Tullio Riccioli.
–Ahora -prosiguió él-creo que intentarán matarme.
–Lo sé -repuso ella muy apenada-. Oí que mi padre decía a los cazadores que si usted intentaba traspasar los límites de la propiedad le disparasen y después alegaran que fue por mera casualidad. No debe usted alejarse de la casa; no se acerque a los jardines ni al olivar.
–Querría que usted estuviese cerca.
–¿Por qué?
–Porque pudiera necesitarla. Creo que tendremos gran necesidad el uno del otro.
Le ofreció otro cigarrillo. Ambos estuvieron cómodamente reclinados tomando el sol y observando cómo Tullio pintaba el cielo, los árboles y las flores de vivos colores en aquel estilo atrevido con que lograra embelesar a los extravagantes de Roma.
Media hora después bajó Orgagna. Iba vestido de playa con una gran toalla al brazo. Dedicó un leve saludo a Ashley y a Elena y se detuvo un instante para admirar la pintura de Tullio. Hablaron animadamente y Tullio pareció preguntarle algo. El duque atisbó rápidamente al periodista y a la muchacha; luego le palmoteó un hombro a Tullio y bajó de prisa por entre los olivos hacia los arrecifes. Un segundo más tarde, Tullio dio media vuelta e hizo un gesto de triunfo.
Ashley sonrió y asintió por señas. Estaba dado el primer paso. Tullio llevaría su recado a George Harlequin.
Poco antes de mediodía, Tullio recogió sus enseres y entró en la casa.
Ashley no tardó en seguirlo dejando a Elena amodorrada bajo el quitasol.
Cuando llegó a su aposento, Tullio estaba aguardándolo ya.
–Todo salió a pedir de boca. Le dije que deseaba ir a Sorrento y le pedí que me dejase el automóvil. Consintió. Parecía tan deseoso de librarse de mí que me dio licencia para quedarme fuera toda la noche.
–¿Qué le dijo usted?
Tullio sonrió con desdén.
–¿Qué otra cosa podía decirle fuera de la verdad? Me fastidia esta gente malhumorada. Quisiera darme un respiro.
–Excelente.
Ashley se dirigió al ropero y extrajo una billetera del bolsillo interior de su chaqueta. Contó cinco billetes de cien dólares y se los entregó a Tullio. El pintor, antes de guardárselos, los agitó en el aire y los cubrió de besos de alegría.
¿Y los otros quinientos? ¿Me los dará usted a mi regreso?
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–Sí. Ahora repítame el recado.
–Usted dispone de lo que él desea y necesita verlo lo antes posible. ¿Hay algo más?
–No. Eso es todo.
Tullio soltó una risilla jovial.
–¿No querría enviar un recado al capitán Granforte también?
–No, no. George Harlequin se encargará… -pero ya había hablado demasiado. Se percató de la expresión astuta de Tullio y del fruncimiento del ceño que él se apresuró a borrar con una sonrisa muy oportuna. Había incurrido en gravísimo error. Sólo cabía esperar que Tullio, codicioso de los otros quinientos dólares, fingiera no parar mientes en la frase truncada.
-Arrivederti, amico! -dijo blandamente el pintor.
–Hasta más tarde -se apresuró Ashley a despedirlo.
Ahora estaba atemorizado en serio. Aquí, en los confines de la propiedad de Orgagna, entre los cerros y el mar, estaba tan a buen recaudo como en un calabozo policial o en una mazmorra. Las puertas de rejas estaban con llave. El teléfono no funcionaba. Si aparecía por la huerta o las viñas, los cazadores no titubearían en dispararle para luego jurar que sólo fue un accidente. Si Riccioli lo traicionaba, entonces estaría de veras desamparado.
Se acercó a la ventana para mirar a la terraza. Elena seguía tendida bajo el quitasol y Cósima la acompañaba. Esta última lucía un vestido de algodón y un gran sombrero de paja; llevaba una cesta con flores que acababa de cortar. Vio que Orgagna se acercaba por entre los árboles y de vuelta del baño. Pronto habría de ser hora de almorzar y, estando ausente Tullio, sólo serían cuatro los comensales y todos ellos mutuamente recelosos y desconfiados, bajo la vigilancia del viejo mayordomo, que creía únicamente en Dios y en la casa de Orgagna.
Por cierto, que no era una perspectiva muy alentadora, pero de un modo u otro tendría que arreglárselas para salir airoso. Después, le quedaría aún por esperar la próxima jugada del duque. Éste no podría diferirla por mucho tiempo, pues quizás el capitán Granforte decidiera reclamar pronto a su prisionero, ora para acusarlo de homicidio culpable, ora para dejarlo en libertad y así publicar su informe.
Hacía muchísimo calor y se sentía sudoroso. No pudiendo nadar tranquilo en el mar, optó por una ducha que prolongó largamente.
Mientras se vestía oyó el ruido de un automóvil que partía alejándose por el camino de piedra. Se sintió ya más seguro y le vinieron ganas de comer.
El almuerzo resultó ser mucho más aparatoso que el de la víspera. Los sirvientes habían acomodado una amplia mesa redonda bajo un enorme quitasol en forma de hongo y al lado una mesa de servicio presidida por Carlo Carrese. Era como si Orgagna hubiese querido
compensar con la opulencia de los manjares la escasa conversación que habría durante el almuerzo.
El primer plato consistía en un antipasto de sorprendente despliegue y aderezo; iba regado con vino blanco seco de lo mejor de la viña del duque. En seguida, el pescado, en blancos-filetes cocidos individualmente en mecheros de alcohol y untados en espléndida salsa de ajo, tomate y no menos de una docena de especias. Trajeron un exquisito vino Barolo tinto y luego unos spiedini a la romana, carne de vaca con jamón, rebanadas de queso, ajo y pimienta, todo ello servido en pequeñas fuentes y ensartado en dorados asadores. Después, en pródiga ostentación, pasteles y quesos y frutas, como asimismo un espeso café negro, al que siguió un excelente coñac «Napoleón».
No era aquél un festín apropiado para un mediodía de verano; pero logró su objetivo, cuando las mujeres se retiraron a dormir la siesta, y Ashley y Orgagna quedaron solos bajo los grandes quitasoles.
«Ahora -pensó Ashley-, trataremos de negocios.»
Pero Orgagna no tenía prisa alguna. Sacó del bolsillo cinco billetes de cien dólares, los dobló minuciosamente por la mitad y se los pasó a Ashley sonriendo socarronamente.
–Ahí tiene su dinero, señor Ashley. Tullio procedió con mucho acierto, pues comprendió que sacaría mayor provecho entendiéndose conmigo.
Debería usted alegrarse porque le he ahorrado este
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gasto.
–Muchísimas gracias -atinó a decir el periodista.
Orgagna rió de bonísimo humor.
–Pese a toda su experiencia, Ashley, usted procede a veces de manera harto ingenua. ¿Cómo puede imaginar que un sujeto como Tullio Riccioli va a arriesgarse a caer en desgracia ante un protector tan poderoso como yo por quinientos dólares? Puede sacar eso y mucho más cortejando a alguna viuda rica en un fin de semana. Pero ¿qué sucede cuando la viuda se marcha y usted también? Vuelve a mí.
Créame que lo sabe muy bien. Ha ganado dos o tres veces más al informarme de que usted procuraba hablar con George Harlequin.
Ashley no dijo palabra. Se sentía amodorrado por la canícula y los manjares; los vinos y el coñac le causaban en el estómago intenso malestar.
Orgagna le preguntó de repente:
–¿Ha pensado usted acerca de mi proposición?
–La respuesta sigue siendo la misma: nada.
–¿Guarda las copias fotostáticas en su poder?
–Sí.
Ahora podía decirlo con absoluta confianza. Orgagna lo comprendía así, pues mirándolo fijamente le previno:
–Es su última oportunidad, Ashley.
–¡Váyase al diablo!
Orgagna se arrellanó en su silla y ocultó su mirada con unos lentes ahumados. Ashley también se arrellanó. Sentía viscosas las manos y el sudor empezaba a correrle por la frente.
Entonces le atacó el dolor. Las entrañas se le retorcían y apretaban intensamente; saltó de su asiento y tambaleándose se acercó a la
balaustrada y se estuvo allí vomitando y sufriendo hasta que pasó el ataque.
–¡Mi querido amigo! – Orgagna estaba a su lado, muy solícito y afectuoso-. Usted está enfermo. Déjeme acompañarlo a su habitación.
–Gracias… No me siento muy bien.
Orgagna lo tomó del brazo y lo guió de prisa fuera de la terraza y hacia su cuarto. Allí permaneció tendido, presa dé convulsiones y anegado en sudor. Cada vez los estremecimientos se sucedían con mayor frecuencia. Orgagna lo atendía calmado pero obsequioso, y lo llevaba de ida y vuelta al cuarto de baño. El ataque se liada más y más violento y doloroso; tenía el cuerpo por completó bañado de transpiración, y él veía cómo en torno suyo estaba girando toda la habitación. Oyó que Orgagna le hablaba desde una gran lejanía.
–¿Cómo se siente ahora, Ashley?
Sacudió con violencia la cabeza y el cuarto cesó de girar. Orgagna estaba de pie junto al lecho y sonriéndole.
–Me siento muy mal, de veras. No sé qué me ha sucedido.
–Lo han envenenado, Ashley -dijo muy atento el duque.
–¿Envenenado?
Hizo por levantarse en el lecho, pero de nuevo lo acometieron las convulsiones y tambaleándose se dirigió al cuarto de baño. Esta vez, Orgagna, en lugar de auxiliarlo, se estuvo mirándole con sonrisa burlona.
Cuando Ashley volvió sosteniéndose a duras penas para tumbarse en la cama, Orgagna le dijo con toda suavidad:
–Lo han envenenado, señor Ashley. Pusieron un tóxico en su comida.
Es simple, pero sumamente eficaz. Como ve usted los temblores van haciéndose siempre más frecuentes; en una hora a lo sumo en dos, muere usted víctima de terribles dolores. De hecho hay un antídoto tan sencillo y poderoso como el propio veneno. Estoy dispuesto a administrárselo a cambio de las copias… pero no antes de tenerlas en mis manos. Supongo que las dejaría usted en Sorrento; son veinte minutos y otros tantos de regreso. Nos deja tiempo para darle el antídoto siempre que no se
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muestre usted muy recalcitrante.
Débil y afiebrado, a la espera del próximo ataque, Ashley escrutó el semblante de Orgagna. No advertía en él ningún signo de compasión o remordimiento; comprendió que seguiría a su lado viéndolo morir con entera desaprensión. De nuevo le hostigó el dolor; le costó aún más dirigirse al cuarto de baño y volver a tropezones.
Cerró los ojos e hizo por reunir fuerzas suficientes para levantarse y expulsar a Orgagna de la habitación, pues seguía alentando la esperanza de llamar a Elena o a los sirvientes para que lo socorriesen.
Cuando trató de incorporarse la tortura se adueñó de él; le cegaron las náuseas, la fiebre le distendió los músculos.
Orgagna lo reprendía dulcemente:
–Créame que me quedaré observando su agonía, Ashley. Usted mismo me ha empujado a una decisión que ya no puedo revocar. Ha muerto un hombre, y que otro muera no tiene mucha importancia. Ahora hay menos peligro de lo que se imagina. Usted se siente débil, pero su debilidad irá en aumento sin que por eso se calmen los dolores. Cuando usted me lo pida le administraré el antídoto, pero le recomiendo que no lo deje para el último momento. El veneno es sutil y caprichoso. Sus efectos varían en cada caso.
Ashley seguía temblando y silencioso. Lo escuchaba, pero carecía de fuerzas para replicar; las gastaba todas en su lucha contra el dolor y en el descomunal esfuerzo que le exigía irse a vomitar: Ya sentía que le flaqueaba el ánimo y el miedo embargaba su cuerpo extenuado y sufriente.
Cuatro veces padeció ataques intensos y cada vez menguaban sus energías. El miedo lo transía con violencia mayor.
Orgagna creyó llegado el momento de asestar una estocada maestra:
–El periódico pagará la cuenta de los funerales, Ashley. Le dedicarán una nota funeraria de dos líneas y tal vez un articulejo en el suplemento dominical. Pero otros besarán a las mujeres de que usted no gozará jamás, beberán los vinos que nunca gustará y vivirán los años que usted se pierde sin remisión. Es usted un mentecato empecinado.
¿Dónde están las copias fotostáticas?
–Bajo… debajo del arcón… -consiguió decir con voz desmayada.
Orgagna dio un suspiro de alivio. Rápidamente se aproximó al arcón y logró alzarlo sin dificultad. Tomó el sobre y dejó caer de golpe el extremo del arcón. Examinó las copias y, acto seguido, rompió a reír estrepitosamente.
Ashley abrió los ojos y rogó:
–¡El antídoto… por Dios… el antídoto!
El duque se acercó al lecho y se quedó observándolo; sin cesar de reír, golpeaba el sobre entre las palmas. Cuando dejó de reír adoptó una expresión severa:
–¿Sabe lo que me propongo hacer ahora? Usted… usted hizo una promesa.
–La mantendré. Pero llamaré al capitán Granforte para decirle que está usted enfermo y me ha causado bastantes molestias, y que no me es posible seguir responsabilizándome de usted. Le pediré que se lo lleve bajo custodia y disponga de usted según la ley. Soborno y homicidio culpable, ¿no es eso?
–¡Por Dios! Ya tiene lo que deseaba. ¿No puede…?
Orgagna se aproximó a la repisa de la chimenea y tiró del cordón de la campanilla.
Poco después llegó una sirvienta y se quedó muy sorprendida al ver a Ashley aovillado en la cama. El duque le habló lentamente en italiano:
–Lucía, tráele al signore una dosis de aceite de castor. Le sentó mal el almuerzo. – Luego se dirigió en inglés a Ashley para expresarle con perfecta inocencia-: Es el pescado, Ashley. Le dieron un trozo descompuesto; es una vieja treta que siempre resulta con huéspedes poco gratos. Deberé felicitar a Carlo por lo bien que la preparó.
Se marchó riendo y dejando al norteamericano con la cabeza oculta en la almohada. Éste lloraba y maldecía de furia, humillación y dolor de estómago.
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