El caso Orgagna
Capítulo V
El capitán Granforte era un hombre satisfecho. Se instaló cómodamente en el salón de Su Excelencia el duque de Orgagna sosteniendo entre las manos una ancha copa de coñac y con un buen acopio de datos útiles en los archivos del cerebro.
Los datos de que había logrado hacerse le significaban un buen respaldo. Podía, pues, disponer con certeza absoluta de un mínimo de utilidades; mínimo susceptible de ampliarse considerablemente si sabía desplegarse con tino y discreción.
Si bien estaba al servicio de una administración corrompida, no podía afirmarse que fuese él mismo un funcionario deshonesto. Era hombre honrado consigo mismo -lo cual descuella como honradez máxima-y si bien cada hombre tiene su precio, el de Granforte sería seguramente más elevado que el de muchos. Aunque jamás procuró prostituir la justicia, en aquellos casos que ponían a prueba la máquina rechinante de la ley italiana fingía no percatarse de la injusticia. Aunque nunca cedió al soborno, no era remiso en aceptar presentes de algún ciudadano agradecido.
Aquí, en el centro del arco formado por Orgagna, Cósima, Harlequin y Richard Ashley, se sentía entre gente de buen trato y llevó el interrogatorio con rara afabilidad.
–Señor Ashley, no pongo en duda los vínculos de amistad que lo atan a Sus Excelencias -les hizo una venia-. Esto viene a explicar, en forma por demás satisfactoria, que transitara usted por la carretera a horas desacostumbradas, en vehículo ajeno y hasta que pusiese cierto brío al conducir.
–Modo harto gracioso de presentar los hechos -acotó Ashley.
–Sin embargo -Granforte hizo un gesto circular con copa y todo-, estamos menos satisfechos de las informaciones que tenemos sobre su asociación con el difunto.
–¿Por qué?
–Ante todo, creemos que usted hacía con él ciertos negocios.
–Eso ya se lo he dicho.
–¿Qué clase de negocios?
–Cuestiones de noticias.
–¿Podría usted precisar más, señor Ashley?
–No.
–¿Por qué no?
–Por razones de ética profesional, capitán.
El capitán Granforte sonrió con agrado, No había menester de mayores detalles, pues ya estaba enterado de cuanto le interesaba saber. Le agradaba hostigar a este norteamericano de recia complexión y tan seguro de si mismo. Sabía que sacaría buen partido impresionando al duque y a su bella e infiel esposa, Cuando se tratase de gestar una transacción, el mayor respeto que le profesaran redundaría en concesiones mayores. Volvió a interrogar al periodista.
–Por consiguiente, ¿sería acertado afirmar que usted pretendía que Garofano le procurase informes de índole confidencial?
–Sí, eso es.
–¿Qué sabe usted acerca de Enzo Garofano, señor Ashley?
–Nada. Me abordó ofreciéndome datos. Me preocupaban más los hechos que el individuo. Como me merecían confianza estaba dispuesto a pagarlos. No me preocupé de enterarme de nada sobre él.
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–Déjeme decirle, señor Ashley, que Garofano es, o, mejor dicho, era, un escribiente del Ayuntamiento de Nápoles.
–Muy interesante.
–Mucho más que interesante, señor Ashley: decisivo. Está usted expuesto a un cargo de soborno a un funcionario público, para así obtener informaciones que conciernen al Estado.
Ashley movió la cabeza sonriendo tristemente.
–No basta con eso, capitán. Los informes no salieron de los archivos del Estado. Aunque así fuera, usted no podría demostrarlo. Haga otro empeño.
–¿Niega usted -Granforte lo apuntó con el dedo-que se trataba de informes documentales?
–No, no lo niego.
–¿Querría usted enseñarme los documentos?
–No los tengo.
–¿Por qué no?
–Garofano pedía demasiado y me negué a adquirirlos.
–Entonces, señor Ashley -la voz del capitán se, hizo suave como seda-, usted se peleó con el hombre en el vestíbulo del hotel. Usted lo golpeó e incluso llegó a amenazarlo de muerte, según me han informado.
–¿Quién?
–El encargado de la taberna, Roberto. ¿Lo niega usted?
–No. Es la pura verdad.
-Allora! -El capitán se reclinó en la silla y aspiró el aroma del coñac ya casi consumido-. Ve usted el punto a donde hemos llegado, señor Ashley. Hace usted demostración pública de violencia; por añadidura, profiere amenazas. Admite usted la causa: que se hubiese negado el difunto a venderle ciertos papeles. Una hora más tarde, lo arrolla usted
en plena vía pública, me trae el cadáver junto al portadocumentos vacío. ¿Ve usted la consecuencia?
–¡Un momento, capitán!
Fue Orgagna quien habló. Se adelantó en su asiento; estaba preocupado y tenso.
El capitán alzó las manos.
–Por favor, Excelencia; permítame terminar. Sé lo que usted va a decir.
Hacer semejante imputación equivale a comprometer a su esposa en un crimen premeditado. Por cierto que eso es por completo inverosímil.
–Gracias, capitán -dijo suavemente Orgagna. Se acomodó en su sillón y siguió mirando al policía con ojos entornados.
–En consecuencia, es preciso estudiar con el mayor cuidado todos los sucesos de la tarde, las idas y venidas del señor Ashley y de la esposa de usted, los movimientos de Garofano luego de abandonar el hotel, para así mostrar claramente el carácter accidental que ha tenido su muerte.
Por otra parte…
Ashley se esmeró en que no lo sorprendieran. El capitán, de rasgos suaves, no era ningún mentecato. A su modo, reuniendo toda suerte de circunloquios, se iba aproximando a la verdad.
–…puede haber algunos datos que hasta ahora el señor Ashley no nos haya comunicado.
–Nada más tengo que decirle, capitán. Granforte hizo una mueca e inclinó a un lado la cabeza.
–¿Tiene usted alguna sugerencia que hacer para ayudarnos a completar la investigación?
–Sí.
–¿Cuáles, señor Ashley?
–Envíe a alguien a examinar el terréno en lo alto del terraplén, justo allí donde Garofano se precipitó. Pudiera hallarse algún indicio que sirviera para comprender cómo llegó a caer.
El capitán movió la cabeza.
–Ya lo habíamos pensado, señor Ashley. Por desgracia poco podemos hacer mientras no sea de día. Yo, por mi parte, no creo que encontremos nada, pero estoy dispuesto a seguir cualquier pista.
Pudo haberse explayado más.
Pudo explicar que había dos policías montando guardia al pie de los olivos con órdenes de
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arrestar a cualquiera que se acercase. Pudo añadir que había estudiado el plano catastral de la comuna para llegar a concluir que Garofano había caído desde un punto lindante con las propiedades de Orgagna.
Pero era un hombre sagaz y no gustaba de mostrar todas sus cartas. Se reclinó cómodamente en la silla a la espera de alguna otra pregunta. Le sorprendió que proviniera de George Harlequin.
–¿Dónde vivía ese sujeto… el tal Garofano?
–En Sant'Agata, en lo alto de la colina.
–¿Podría imaginarse entonces que, al abandonar el hotel, se dirigía a casa?
–Es posible.
–Se iría a pie. ¿Es un trecho largo?
–De ordinario habría tomado el autobús. Pero, dada la hora que dejó el hotel, lo habría perdido; y el siguiente no partía sino dos horas después, de modo que nada tiene de extraño que hubiese preferido caminar.
–¿Y habría debido seguir el mismo camino que el señor Ashley y la señora duquesa?
–Es el único camino, signore.
–Por lo tanto, otra gente interesada en sus andanzas no habría hallado dificultad en seguirlo.
–¿Qué otra gente?
Harlequin se alzó de hombros.
–No puedo empezar a hacer conjéturas. Pero me parece razonable
opinar que, si se negó a venderle los informes o documentos al señor Ashley, sería porque contaba con otro cliente.
El capitán clavó en el periodista una mirada interrogante.
–A este respecto podríamos tener mayores luces si el señor Ashley consintiese en indicarnos la índole de los documentos.
Ashley pesó la sugerencia. De buenas a primeras parecía tentadora.
Podría achacar la culpa a Orgagna quedando él en libertad para seguir la búsqueda de las copias fotostáticas. Otra vez se hallaría a su alcance la gran historia. No obstante, quedaban muchas cosas entregadas al azar: las influencias de Orgagna, la actitud de Cósima a quien hasta entonces ni siquiera habían interrogado, el proceder del propio Harlequin que era avezado en exceso como para brindar a su adversario una oportunidad manifiestamente favorable. El norteamericano se sintió abandonado y disminuido, sin defensa ante las artimañas de la intriga en este país antiquísimo y adverso. Negó con la cabeza.
–Lo siento. Nada más tengo que agregar.
Oyó que Orgagna daba un suspiro de alivio; vio que Cósima relajaba su gesto crispado mientras Harlequin hacía una mueca de indiferencia y Granforte se bebía el resto de coñac y se buscaba en el bolsillo la cigarrera. Se preguntó qué ocultarían aquellos ojos tranquilos y ese ancho rostro moreno. Pronto halló la respuesta.
Gran forte, tomó entre el pulgar y el índice la cigarrera; la golpeó suavemente contra el brazo de la silla. Luego se dirigió a Ashley.
–En ese caso, señor Ashley, no tengo otra alternativa que arrestarlo bajo los cargos de soborno y homicidio culpable, los que muy bien pudieran agravarse a medida que vayamos adelantando en nuestras pesquisas.
Ashley se calmó de repente. Se puso de pie.
–Usted debe cumplir su deber tal como lo entiende, capitán. Sin embargo, debo rogarle que llame de inmediato al cónsul norteamericano en Nápoles y me permita verlo a la mayor brevedad.
Cayó un silencio helado sobre la estancia. El capitán Granforte se puso a mirarse las manos. Los demás contemplaban a Ashley de pie y con gesto torvo a la luz de la lámpara de lágrimas.
Orgagna fue el primero en hablar.
–Capitán.
¿Sí, Excelencia?
–Es usted un funcionario sumamente responsable. Estoy lejos de poner en duda sus pareceres o la justicia de sus determinaciones en lo que a este asunto se refiere.
Granforte hizo una venia agradeciendo el cumplido; luego, se quedó muy quieto en su asiento.
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Orgagna prosiguió:
–Sin embargo, el caso del señor Ashley sólo está comenzando y, como usted no ignora, un proceso contra un extranjero entraña ciertos problemas legales y diplomáticos. Además, aparte de ser un corresponsal de renombre, el señor Ashley es amigo de mi esposa y mío propio; por lo tanto, quisiera yo solicitar que, hasta adelantar más las investigaciones, se le deje en libertad bajo mi custodia.
El rostro de Granforte seguía inexpresivo; sin embargo, para sus adentros, estaba refocilándose. Empezaban las negociaciones, más
adelante se hablaría del precio y, mucho después, cuando ya dispusiese de un buen caudal de pruebas, podría llegarse a un avenimiento satisfactorio. Fingió cierto escrúpulo.
–Sí…, sí… Nada me agradaría tanto como servir a Su Excelencia; pero hay ciertas dificultades.
–Quizá podamos juntos allanarlas -sugirió afablemente Orgagna.
–En primer lugar, Garofano era natural de este municipio. Todos esperan que se haga justicia y nadie vería con buenos ojos que el homicida permaneciese tranquilamente en el hotel. Podría incluso ser motivo de hablillas y complicaciones. Usted entiende a nuestro pueblo: tiene a este respecto opiniones muy primitivas…
–Ya lo tenía previsto. Iba a sugerir que el señor Ashley se trasladara a mi casa de campo por el resto de mi permanencia en Sorrento. Como usted sabe yo estaré viviendo allí hasta que pasen las elecciones. El señor Ashley estará a sus anchas y siempre dispuesto por si acaso usted tiene necesidad de él.
–Su Excelencia se echa encima una pesada responsabilidad.
–Ninguna responsabilidad es demasiado grande tratándose de dar cumplimiento a la amistad.
Sonriendo, el capitán hizo una nueva venia y preguntó a Ashley:
–¿Aprueba usted este arreglo, señor Ashley?
–Sí.
–¿Comprende que usted queda moralmente en libertad bajo palabra?
–Comprendo.
–Gracias. – Granforte, sin dejar de sonreír, se dirigió a Orgagna-.
Ahora, si Su Excelencia me concede algunos momentos, quisiera tomar declaración a su esposa. Sin duda que ella se sentirá más tranquila si usted está presente.
–Vámonos a la otra habitación. Sírvanse ustedes más coñac, Harlequin… Ashley.
Cósima y Granforte lo siguieron a la alcoba. Tras ellos se cerró la puerta y luego empezó un murmullo de voces confuso, apenas audible.
Harlequin tomó dos copas de coñac, las entibió con cuidado en el mechero de alcohol y tras escanciar el licor ofreció una al periodista.
En silencio empezaron a gustar del aroma y a saborear el tibio brebaje.
–Le había desestimado a usted, Ashley -dijo Harlequin.
Ashley clavó en él una mirada hostil.
–¡Basta, hombre! Ahórrese cumplidos. Hoy ha sido para mí un mal día y me siento fatigado.
–A eso voy. Usted ha lidiado con verdaderos expertos y logró salir airoso.
–¿De qué lado está usted, Harlequin?
–¿Lado? ¡Queridísimo amigo! – la expresión del inglés no podía ser menos maliciosa ni más inocente-. De ninguno, por supuesto. Se trata sólo de que el Gobierno inglés se interesa por el resultado de las elecciones.
–Y por Orgagna.
–Es verdad, pero con tan amplio criterio…
–¡Por Dios!
Dándole la espalda, Ashley se encaminó al ventanal, permaneció reclinado un rato mirando las lucecillas movedizas de las barcas de pesca. Del vestíbulo ascendían los acordes de una música suave y se propagaban débilmente por el aire sosegado. Sentía como magullado todo el cuerpo. Cerró los ojos para dejar que le embargaran la momentánea placidez y la nostalgia de la música
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perdida. Pero pronto sintió una voz sencilla hablándole casi a la altura del hombro.
–Si quiere usted una respuesta, Ashley, le diré que en Inglaterra el asesinato ha caído en desuso. No nos importa gran cosa el latrocinio en grande, mientras se haga con alguna discreción; pero con el asesinato no transigimos.
Ashley se incorporó para mirar con fijeza al pequeño agente.
–Entonces usted cree que Orgagna…
–No creo nada que no pueda demostrar -la voz cascada parecía reprenderle-. Me contento con sentar un principio que usted haría bien en tener presente. a propósito…
–¿Sí?
–¿Tiene usted las copias fotostáticas?
–¡Váyase al diablo! – exclamó Ashley, hastiado.
Siguió apoyado en el marco del ventanal. Todos ellos eran de la misma ralea; carecían por completo de lealtad o consideración. Apenas advertían un agujero en la coraza enfilaban allí sus puñales intentando
herir en pleno corazón. Se guardaría muy bien de confiar en ninguno de ellos.
–Si no las tiene -prosiguió con toda calma Harlequin-, no deje que Orgagna se entere. Representan su única arma.
Ashley no dijo palabra. En cuerpo y alma se sentía hastiado de la atmósfera sofocante de intriga y conspiración. Harlequin se apartó de él; oyó que sus pasos se alejaban muy amortiguados por la gruesa alfombra; luego, la puerta se abrió para volver a cerrarse en seguida.
Ashley quedó solo, perplejo y extrañado frente a los despojos del festín.
Abrió la mampara para salir al balcón. No soplaba brisa alguna. Se dejaba oír muy quedo el murmullo del mar al que se agregaban las plañideras voces de violines y mandolinas. Se veían las luces del puerto y las linternas encendidas de los barquichuelos de pescadores, alumbrando apenas los mástiles que se alzaban en el muelle. Entre las rocas se alzaban casas de verano y había fondas en todas las playas; allí los turistas se instalaban a contemplar el paisaje nocturno y eran servidos por mozos de andar cauteloso y perpetua sonrisa. Se daban los preludios de amor en los naranjales y asimismo el comercio erótico sobre las cálidas arenas y en las oscuras grutas entre los arrecifes.
Allí estaban todos los bienes por los que un hombre se afana y que sin esperar ni merecer logran los irresponsables y los perezosos. Dichos bienes quedaban ahora fuera de su alcance porque su ambición lo había impulsado demasiado lejos; porque, movido por su celo profesional, se había dado a la tarea de ponerse a hurgar entre los pecados de otro hombre, y porque, habiéndose despertado una antigua y adormilada pasión, se había precipitado como un insensato al desastre.
Cosa fare? ¿Qué podía hacer?
Nada, sino lamentarse mientras su destino quedaba librado al arbitrio ajeno.
Quien acompaña al príncipe en libaciones ha de sufrir en carne propia sus jaquecas… y mostrarse agradecido si el príncipe no decide aliviársela por intermedio del verdugo.
Carecía por completo de Aliados; no cabía esperarlos en tan aventurado riesgo. Se topaba por todas partes sólo con los más arraigados intereses. El director del diario sacrificaba gustoso la verdad en aras de la mayor circulación; los redactores, las informaciones a los titulares; los colegas se mofaban de los idealistas y aquellos que podían brindar alguna noticia se percataban muy pronto de cuán peligroso resultaba jugar con la dinamita de ciertas informaciones. De modo que estaba entregado a sus propios recursos, aguijoneado por el deseo perverso de mayor fama, de probar ser menos adocenado que muchos otros y coronar toda su carrera con el nimbo del apóstol. Pero olvidando siempre que los apóstoles suelen rematar en la cruz mientras los apóstatas pueden divertirse a sus anchas con alguna mozuela de taberna. Para llegar al martirio es menester aguardar un milagro o emplear toda la vida en ásperas luchas; veinte años tras los pupitres de las agencias de noticias constituyen sólo un pobre noviciado.
De modo que a la larga se acaba siempre por quedarse en el mayor desamparo y suspenso, como Mahoma entre el cielo y el infierno, en un limbo vacío de toda ventura.
Procuró hallar alivio para tan tristes pensamientos fumando un cigarrillo, pero el humo del tabaco le pareció acre e irritante. Arrojó el cigarrillo por el balcón y se estuvo mirando cómo caía el
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ascua al abismo hasta apagarse en las aguas oscuras.
Entonces oyó que alguien lloraba.
Era el sollozo apagado de una mujer. Si bien tenue, resultaba tan ajeno e inesperado en aquel sitio y a esa hora, que lo escuchó más claramente que los sones de la música o del mar.
Examinó el balcón. Daban allí las ventanas de unos doce aposentos; sólo cuatro estaban iluminadas: una la que acababa de abandonar; otra, aquella tras la cual Orgagna, Cósima y Granforte estaban departiendo; la tercera estaba demasiado alejada, y la última, sólo al extremo del balcón.
Sin preocuparse de lo que hacía, acaso por obtener algún alivio para sus propias cuitas, se aproximó con movimientos cautelosos a la ventana. Por entre las cortinas corridas miró la habitación.
Vio que había un lecho con cobertor dorado y tendida allí, como una muñeca, una muchacha toda llorosa. Sus rubios cabellos estaban en desorden, los hombros eran sacudidos por la convulsión de los sollozos y el rostro se ocultaba bajo la almohada. Sin embargo, advirtió que no era otra que Elena Carrese, la apuesta modelo de la tarde que por la noche se había trocado en sombría y hosca beldad.
Entró en el cuarto corriendo las cortinas y en dos zancadas se acercó al lecho. Tomó asiento y le tocó los hombros. Ella se incorporó sobresaltada y se estuvo mirándolo despavorida. Tenía la cara mustia por el dolor, pero atinó a decir con voz entrecortada:
–¡Váyase! ¡Salga de aquí!
Sonriendo, él hizo por calmarla. Le palmoteó el hombro, pero ella rechazó con violencia la mano y se apartó enfadada.
-Oí que usted lloraba. Vine por si acaso puedo socorrerla en algo.
–¡Salga o grito!
Como estaba demasiado espantada era ocioso intentar hablarle en
términos razonables… Renunció a tratar de apaciguarla y se levantó para dirigirse lentamente a la ventana. La muchacha parecía sorprendida por su fácil victoria, pero seguía atisbándolo entre temerosa y atónita. Antes de dejarla él dijo:
–Quedamos en que usted tomaría el café conmigo esta noche. No creí haberla desagradado. Pero durante la cena me miraba como si me odiase. ¿Por qué? ¿A qué se deben tantas lágrimas?
Ella hizo un ademán patético y luego empezó a imprecarlo entre sollozos convulsivos y con la cara toda descompuesta y pintarrajeada de cosméticos.
–¡Usted lo mató! ¡Usted y su putana! Lo mató antes de que pudiera encomendar su alma a Dios. Lo mató por un mísero papel que…
Su voz era presa de histeria. Él se acercó de un salto al lecho y procedió a darle de palmadas. Con esto la muchacha acalló sus lamentos, se desplomó en la cama y permaneció allí lamentando su desgracia.
Entonces el norteamericano se dio a la tarea de apaciguarla, confiando, con la mayor ansiedad, en que alguna palabra o frase suya pudiese atravesar la barrera de tal temor y derrumbamiento.
–Orgagna se lo dijo sin duda, para así lograr que usted me detestara y usarla como arma en mi contra. Pero miente. Yo guiaba el automóvil.
Iba con su esposa. No maté a Garofano. Lo arrojaron del terraplén justo cuando yo pasaba. Procuré salvarlo, corriendo riesgo de caer con auto y todo al precipicio. Pero conducía a gran velocidad. Usted debe creerme, por el bien de ambos. Orgagna lo mató porque necesitaba ciertos papeles que Garofano tenía en su poder… Papeles muy comprometedores. Deme tiempo y yo podré explicarle todo. ¡Por Dios, Jeme algún tiempo!
De súbito ella pareció calmarse y dejó de sollozar. Se estuvo quieta durante un rato, con la cabeza gacha, buscando manera de recuperarse. Se limpió la cara con el cobertor, y luego se puso de pie
lentamente y se quedó mirándolo.
El odio más feroz le apuntaba en los ojos. En seguida, con entera calma y deliberación se puso a lanzarle toda suerte de improperios en soez jerga napolitana.
–¡Que se te marchite la virilidad y se te pudran tus mujeres! ¡Que tus hijos se conviertan en
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monstruos y tus hijas en rameras! ¡Que mueras en pecado y te condenes al fuego eterno por haber
dado muerte a mi hermano!
¡Su hermano! – la miró con el más profundo asombro. Sólo atinó a repetir-: ¡Su hermano!
Alzó la cortina para salir otra vez al aire denso de la noche. La muchacha seguía profiriendo toda laya de denuestos e imprecaciones obscenas para así atraer la condenación y la ruina sobre aquel que enlutara a su familia.
Con gestos torpes y fatigados volvió al salón donde Cósima y Orgagna le aguardaban ya.
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