El caso Orgagna

Morris West · Capítulo 4 de 14

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El caso Orgagna

Capítulo IV

La cena de Orgagna resultó tan íntima y tan bien dispuesta como una recepción ofrecida a los representantes de la Prensa.

Ashley golpeó a la puerta del departamento y un mayordomo de chaqueta blanca salió a recibirle. Lo guió hasta una amplia sala alumbrada con lámparas de lágrimas y con un ancho ventanal que se abría sobre la bahía y frente a las luces de Nápoles y a los fanales de los gasógenos de Pugliano.

Una mesa muy larga estaba aderezada junto al ventanal y el maître

d'hôtel daba los últimos toques frente a dos criados y a una doble pila de platos. Allí estaban reunidos Orgagna, Harlequin y la rubia secretaria llamada Elena y a quien estaba acompañando el mismo joven que había visto en el bar. Cósima también se hallaba presente y se adelantó a saludarlo; no era por cierto la rubia beldad de cabellos desordenados por el viento con quien había tenido esa misma tarde una aventura, sino la anfitriona de una casa ducal; su cuerpo estaba recamado de oro, su rostro era una máscara risueña, y su mirar, mofa desembozada.

–Queridísimo Richard, cuánto te agradezco que hayas venido.

–Es todo un placer, Cósima.

Él le cogió una mano y se inclinó para besarla a la usanza europea. La rozó ligeramente con los labios, pero la sintió falsa, indolente y ajena.

Orgagna se aproximó. Era alto de porte, de perfil aquilino, y en los ojos campeaba la ironía; tenía cabellos grises y se mostraba fino y afable como diplomático avezado.

–¡Señor Ashley! Creo que antes ya nos hemos encontrado, pero creo

que por razones profesionales. Me alegro que le fuera posible venir. Me reconozco su deudor.

–Su Excelencia exagera -repuso el periodista con frialdad. Podía él avenirse muy bien al juego de finura que suele estilarse en el Viejo Mundo.

Orgagna, cogiéndole del brazo, procedió a hacer las presentaciones que la ocasión exigía.

–Creo que usted ya conoce a Harlequin.

–Muchas veces nos hemos encontrado.

George Harlequin clavó en él una mirada sagaz.

–Lamento lo del accidente, Ashley.

–Uno de los percances que suelen acontecer -comentó con indiferencia el norteamericano y se dejó guiar hasta Elena Carrese y el espigado joven acompañante. De buenas a primeras le chocó verla. Ella no desplegaba ya aquel aire de fácil lozanía y su mirada se había tornado algo aviesa. No podía desmentir con afeites artificiosos el que hubiese estado llorando. Con mano temblorosa sostenía un vaso de licor que estaba a punto de derramar.

–Mi secretaria, Elena Carrese.

-Signorina.

–Tullio Riccioli, uno de los jóvenes artistas con mayor porvenir en toda Roma.

-Signore.

El joven tendió una mano suave y luego de hacer un vago saludo

prosiguió ocupándose de Elena. Orgagna volvió a guiar a su huésped al lado de Cósima y Harlequin. Un sirviente le ofreció una copa de champaña y permanecieron juntos tratando de abrirse paso, entre el embrollo de la conversación discreta, hacia el asunto que les concernía a todos.

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Ashley empezó por dar cuenta de un hecho.

–He traído el automóvil de vuelta. La Policía tuvo la gentileza de hacerlo lavar; dejé las llaves en la administración.

–Usted ha sido sumamente previsor, señor Ashley -dijo Orgagna con entusiasmo-. No podría olvidar fácilmente la amabilidad que tuvo usted de ahorrar a mi esposa los disgustos de una entrevista con la Policía.

Estaba bastante maltrecha al regresar, pero ya se ha recuperado. ¿No es así, cara?

Cósima mostró de nuevo su vacua pero generosa sonrisa.

–Estoy muchísimo mejor. ¿Tuvo contratiempos, Richard?

–No. El capitán se mostró sumamente gentil.

Orgagna ofreció un cigarrillo al periodista. Harlequin le dio lumbre.

Este último, con mirada llena de interrogantes, formuló una pregunta artera:

–¿Cree usted que haya algo especialmente siniestro en todo el asunto, Ashley?

La pregunta lo cogió desprevenido, pero logró recuperarse de inmediato. Maldijo para sus adentros al diminuto aunque sagaz agente; merced a un esfuerzo logró desestimar la interpelación.

–Con los datos tengo más de lo necesario. Por consiguiente, dejo las conjeturas a los expertos.

–Me parece que es lo más atinado -anotó suavemente Harlequin.

–Quien llega por vez primera a un país extranjero encuentra todo curioso y aun lúgubre – expresó sosegadamente Orgagna-. Cuando visité Londres por primera vez me agobiaba el tañido de las campanas del Big-Ben; me parecía un toque funerario. Largo tiempo tardé en percatarme de que era un son de buen agüero que todo el mundo tenía en alta estima. Me parece que algo parecido le sucede al señor Ashley; ha sufrido una experiencia desquiciadora que se resiste a considerar como un accidente que sucede de ordinario. Tiene todavía inmediatos los recuerdos que a él le parecen como imágenes de pesadilla.

–Estamos refiriéndonos a los pareceres del capitán y no a los míos.

El norteamericano se fatigaba ya con tal cúmulo de sutileza diplomática. Le cargaba el egoísmo calculado de esta gente. Un hombre había perecido; era, sin duda, un sujeto asaz desagradable, pero, con todo, un ser humano, con cuerpo y alma, nacido de mujer, quizás amado por mujer, acaso padre de familia. Uno de los presentes había urdido su asesinato y los demás, tácitamente, le prestaban su aprobación; sin embargo, allí estaban, sonrientes y gesticulantes como actores en escena y tratando de conseguir noticias que les aquietaran en su desazón. Él habría preferido partir sacudiéndose el polvo del calzado. No obstante, también tenía necesidad de ciertas noticias y, por ende, debía permanecer allí desempeñando su papel en la farsa y escrutando los finos rostros de ellos en pos de indicios. Cósima fue quien le señaló un débil rastro cuando se dirigió a él diciéndole:

–Yo te previne, Richard. Dale a un napolitano dos líneas de drama y las inflará hasta hacer tamaña tragedia. Habrías procedido con mucho mayor acierto simplificando los hechos. El hombre marchaba por la carretera; tocaste la bocina y quisiste apartar el vehículo, pero el hombre hizo precisamente los movimientos que no debió hacer… Todo

resulta preciso y simple.

–Demasiado simple, Cósima:

–¿Por qué, Richard?

¿Por qué? La verdad le quemaba la lengua: «Porque así me expongo a que me acusen de asesinato, mientras tu precioso marido queda a cubierto de todo riesgo. Porque mi única esperanza, y muy débil por cierto, consiste en que el capitán Granforte decida examinar el terreno en el terraplén para buscar huellas de lucha. Porque…» Prefirió callar para luego ponerse a explicar pacientemente:

–En cualquier país el que mata a un hombre en plena carretera se expone a un serio cargo de conducir negligente y peligrosamente. En Italia el cargo podría ser más serio todavía: homicidio culpable. Sería mejor para ambos -hizo una cortesía-, mejor para ambos si pudiéramos evitarlo.

Un destello de interés brilló en la veloz mirada de Harlequin. Orgagna parecía preocupado; prefirió, por último, asentir:

–Por cierto que el señor Ashley tiene toda la razón, Cósima. En todo caso es preferible no

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desvirtuar la verdad, ni siquiera por razones de conveniencia.

–Muchísimo más preferible -asintió el periodista.

Se produjo un silencio. Era como si una brisa helada hubiese penetrado en el salón para perturbar la tranquila exterioridad de la conversación y remover la maraña de los pro y contras que bajo ella yacían.

Una vez más Orgagna se hizo dueño de 1 situación. a una señal suya

todos se aprestaron a dar comienzo a la cena. Los criados les señalaron sus puestos: Orgagna a la cabecera, Cósima al otro extremo, Ashley y Harlequin a un lado y, frente a ellos, Elena Carrese y el joven artista de espaldas al ventanal.

Se sirvió vino, fueron traídas las viandas y, aquello resultó como un festín de opulentos cosmopolitas de paso por las Islas Afortunadas.

Harlequin empezó a hilar una charla con Tullio y Orgagna sobre las exposiciones en Roma y las tendencias recientes de la pintura italiana.

Al norteamericano le cupo la ingrata tarea de habérselas con una antigua querida y con la mujer que remplazaba a ésta en el lecho conyugal.

Logró tan sólo un éxito bastante precario. A sus primeros gambitos Elena replicó con brusquedad y mal humor. Cósima, por su parte, se esforzaba en vano por hacer como que poseía la soltura confiada de una cónyuge virtuosa. Antes de que hubiesen concluido de despachar el pescado, la charla languideció, y prefirieron escuchar la animada discusión en que se habían engolfado los demás comensales. Ashley se sintió muy aliviado, pues tenía ya una oportunidad de reflexionar. Ante todo le preocupaba la muchacha de mustio rostro acongojado que tenía frente a él.

Le sorprendía el repentino cambio que notaba en ella. Toda su gracia de modelo se había desvanecido y parecía ya una máscara carnavalesca en desuso. Hosca y tensa era su expresión y el odio apuntaba en su mirar vacío. ¿Por qué? ¿Acaso porque él salió de paseo con la esposa de su amante? No, por cierto; antes bien, podía eso constituir motivo de alegría y triunfo, pero ciertamente no de lágrimas. ¿Porque él había dado muerte a un hombre? Pero, en tal caso, ¿qué relación podía haber entre ese rufián desastrado y aquella dispendiosa secretaria y querida habituada a los salones romanos? ¿Cómo explicar el cambio brusco de la coquetería ingenua a la animosidad más acerba? ¿Acaso Orgagna presentía que ella alentaba cierta complacencia hacia él y por eso maliciosamente se las había ingeniado para volverla en su contra? En tan insólita reunión cabía esperarlo todo.

–¿…No está usted de acuerdo, señor Ashley? – la voz de Orgagna vino a arrancarlo de su ensimismamiento.

–Perdón. No escuché la pregunta. – Hablábamos de la moral: la moral en el arte y la moral en la política.

Ashley hizo por desentenderse.

–No soy filósofo, sino periodista.

–¡Vamos, vamos! – Orgagna se puso socarrón-. En eso consiste la función de la Prensa. Lo que justifica el cuarto poder es que se tenga por censor de los usos y costumbres.

La cólera acibaró el sabor del vino. De nuevo lo tenía encima; intentaban hostigarlo y ponerlo en aprietos sin dejar de observar en todo momento sus reacciones. Pero ellos querían justamente irritarlo, pues así podría hablar más de la cuenta. Él no podría ciertamente permitírselo. Luego de apurar una copa de vino midió con entero cuidado las palabras.

–Esta noche, Excelencia, es una privilegiada ocasión. No sería lo más atinado ponernos a discutir ahora sobre la moral del periodismo… o de la política.

George Harlequin, al soltar una carcajada, casi se atragantó con el vino.

–¡Una ocasión privilegiada! En verdad la expresión es excelente.

Curioso me parece, Orgagna, pues jamás nos imaginamos que un norteamericano se pusiese a elaborar frases de esa laya. Ashley parece ser todo un aficionado.

–Nunca desestimé los talentos del señor Ashley -replicó Orgagna con fina cortesía-. Me alegro de tenerlo por amigo y no por adversario.

«Ahora -pensó Ashley-llegamos a la médula del asunto. Quiere una tregua. Si bien sabe que

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puede ponerme en aprietos, no está seguro de poder silenciarme.

Pretende un trueque. Sólo tengo que esperar que estipule las condiciones.»

Con esta consideración se sintió algo más aliviado. Sonriendo maliciosamente agradeció el cumplido, y muy pronto la tensión se aflojó. Cósima dijo una trivialidad acerca de las modas. Harlequin la cogió al vuelo y el jovenzuelo, por su parte, siguió haciendo observaciones sobre el particular. El momento de suspense pasó rápido.

Solamente Elena Carrese permanecía áspera y muda, con el mar que reflejaba la luna y las luces de la ciudad lejana a sus espaldas como un marco para su hermosura sombría.

Retiraron los platos; trajeron nuevos vinos. Los sirvientes atendían solícitos a sus quehaceres mientras los signori hacían los honores a los manjares y platicaban sobre la Banca, las modas, los escándalos del gran mundo y las intrigas en los altos círculos. Sin embargo, esos criados estaban atentos a cuanto se decía, reparando en todas las habladurías e indiscreciones posibles. Dentro del magro presupuesto propio de las familias meridionales, cualquier dinerillo ocasional podría venir muy de perlas a proveer un poco más de pasta para la comida o un abrigo para un niño de hogar casi menesteroso.

Al asado y a las bien adobadas pastas siguieron frutas y quesos.

Después hubo un café fuerte y amargo preparado en cafetera de plata.

Cuando el maître empezaba ya a entibiar las anchas copas de coñac, de pronto la campanilla del teléfono sonó, estridente.

El maître dejó la botella de coñac y se apresuró a responder la llamada en voz muy queda y llana; luego de pasear la mirada por todos los allí

presentes colgó el receptor y se acercó a Orgagna para cuchichearle algo al oído. El duque escuchó con atención; en seguida, disculpándose, se fue a la alcoba para hablar desde el otro aparato.

Desazonada e inquieta, Cósima miró cómo se alejaba.

El duque reapareció tras breve lapso. Sin decir palabra acerca de la llamada retomó la conversación donde la había dejado.

Luego de haber tomado café y, coñac se dirigió al maître:

–Puede dejarnos. Si necesitamos algo lo llamaremos.

–Sí, Excelencia.

Abandonó el salón con una reverencia, no sin antes hacerse acompañar de los sirvientes. Orgagna permaneció por algunos segundos cabizbajo y pensativo contemplando la copa de licor que sostenía entre las manos:

–Tullio, llévate a Elena al vestíbulo. Tomen allí el café; no se marchen del hotel, pues podría necesitarlos más tarde.

En silencio ambos se fueron de la estancia. Orgagna aguardó a que hubiesen cerrado la puerta tras sí. Miró a todos con expresión severa.

Cuando ya estaban empezando a desasosegarse, habló.

–Me llamó el capitán Granforte de la Questura. Deseaba verlo a usted, señor Ashley.

–No ha perdido demasiado tiempo.

Orgagna rechazó con un ademán la interrupción.

–Le expliqué al capitán que también a mí me atañe el asunto, pues concierne en parte a mi esposa. Le pedí como favor especial que tuviese

a bien reunirse con nosotros aquí para que podamos discutir en privado todo el asunto. Consintió.

–Grandísima bondad de su parte -comentó socarronamente Ashley.

–Mucho mayor de lo que usted supone, señor Ashley. – Orgagna clavó en él sus ojos de lince-. Haríamos bien en prepararnos mientras tanto para la entrevista.

–Es todo cuanto deseo.

–Bien. – Orgagna apuró su licor, gozando con fruición del rico aroma.

Dejó luego la copa y se inclinó más sobre la mesa. Con sus manos largas y expresivas iba subrayando cada una de sus frases bien medidas-. No ignoro, Ashley, las relaciones que en el pasado mantuviera usted con mi esposa. En privado, prefiero ignorarlas; públicamente, debo borrarlas a cualquier precio. Por tal razón estoy dispuesto a respaldar una ficción; es decir, que es usted mi amigo y que su excursión de

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esta tarde constituía un favor que usted me hacía a mí y una amabilidad de su parte hacia Cósima.

–Creo que es una decisión harto acertada -replicó con frialdad el periodista.

Orgagna bebió con todo cuidado otro sorbo de coñac.

–Al parecer, Granforte está perfectamente al tanto de… ciertos negocios entre usted y el hombre que mató. Por consiguiente, no es extraño que considere que hay razones siniestras en el accidente.

Creo… -bajó la mirada y dejó transcurrir el silencio durante unos instantes-por cierto que se trata sólo de conjeturas… que se las arreglará para acusarlo de cargos lo bastante graves como para que usted deba quedarse aquí mientras se dilucida más a fondo la cuestión.

–Cargos ésos que podrían comprometerlo a usted.

–Sí, debido a mi esposa.

–Dispóngalo todo a su gusto.

Orgagna ignoró la ironía y prosiguió eligiendo con el mayor tino las palabras.

–Por consiguiente, coinciden nuestros intereses. Podríamos entonces llegar a un acuerdo.

–¿Cuál es el precio? – quiso averiguar, con brusquedad, Ashley.

–Lo discutiremos más adelante; depende de si usted sale bien parado de la entrevista con el capitán Granforte.

–De si ambos salimos bien parados.

Orgagna apartó la silla de la mesa y se puso de pie. Habló con entera indiferencia.

–Quizá más adelante podamos abordar ese tópico. Piénselo, señor Ashley. No queda demasiado tiempo. Ven, Cósima.

Se acercó al otro extremo de la mesa, ayudó a Cósima a levantarse y ambos se dirigieron a la alcoba. La puerta se cerró tras ellos y Ashley quedó a solas con George Harlequin.

Tan impasible como siempre, el hombrecillo paladeaba su coñac y un fulgor de malicia se dejaba traslucir en la mirada. El norteamericano, encendiendo un cigarrillo, aguardó.

–Yo le previne, ¿verdad?

Ashley lo miró con desprecio.

–He visto que en nombre de Su Majestad suelen cometerse acciones viles, pero no esperaba que se llegara al asesinato, Harlequin.

–¿Asesinato? – En los ojos, la sorna se le apagó; sus pupilas quedaron inexpresivas como guijarros.

–Orgagna lo tramó, secundado por su mujer, y a mí me cupo la ejecución.

–No lo creo.

–Por cierto que no.

Ashley se sentía exhausto. Había llegado al límite de su paciencia.

Estaba harto de todos ellos, de sus argucias y de su hablar siempre equívoco. Pero cayó en la celada que le tendieron; no podía ya apartarse de ellos, así como no le era posible renunciar a sí mismo o desechar las ambiciones que lo movían. La gran historia se había ya deshecho, pero los escombros le habían caído encima agobiándolo penosamente.

George Harlequin lo observaba sin inmutarse. Examinó sus finos rasgos y las manos fuertes y nerviosas sobre el mantel blanco. Él también estaba atrapado y acaso lo admitiese en momentos de mayor sinceridad. Pero ahora, en esta habitación, tras el fracaso de la cena ducal, no le restaba sino seguir siendo un profesional que se atenía a los sórdidos tejemanejes de su oficio. Con voz precisa espetó:

–Orgagna está enterado de que usted guarda las copias fotostáticas.

–¿Eh? – Ashley se incorporó como si le hubiesen dado un pinchazo-.

¡Repítalo!

Ashley lo miró perplejo y luego soltó una carcajada tremenda. Orgagna

y Cósima salieron de la alcoba y permanecieron como embobados mirándolo y oyendo aquella desapacible manifestación de regocijo histérico que se alzaba haciendo ecos por los muros hasta deslizarse por entre los amorcillos de yeso que ornaban el cielo raso.

Cuando, dos minutos más tarde, llegó el capitán Granforte, Ashley parecía haber agotado ya toda su provisión de risa.

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