El caso Orgagna

Morris West · Capítulo 1 de 14

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El caso Orgagna

Capítulo Primero

Debe prestarse particularísima atención a que nada hay más difícil, ni de éxito más precario, ni de más peligroso manejo, que instaurar un nuevo orden de cosas. Pues el reformador encuentra enemigos en todos los favorecidos del viejo orden y sólo tibios partidarios entre los que sacarían provecho del nuevo.

Maquiavelo, EL PRÍNCIPE

Para Joyce Con amor y gratitud

CAPÍTULO PRIMERO

Era la gran historia: la mayor de su vida. Se había instalado en el vestíbulo del «Hotel Caravino», a deleitarse, leyéndola con el máximo cuidado, sin omitir nada, como general que se anticipa al gozo de sus triunfos venideros, o mujer que se embarga repasando las cartas de un amante fiel.

Ahora dormía, encuadernada en cuero, la historia que constituye el sueño más acariciado y querido de todo periodista. De nada carecía, salvo de los testimonios que, luego de una hora, tendría a mano, cuando Enzo Garofano, el delator, viniese a cobrar sus dineros y entregarle copias fotostáticas de las cartas de Orgagna.

Entonces podría despedirse de Sorrento y de aquel deleitable paraíso de turistas con sus paredes de vidrio, sus estrafalarios murales y su terraza asoleada desde donde podía disfrutarse tanto del mar y sus arrecifes como de los bronceados cuerpos tendidos bajo unos quitasoles semejantes a flores inmensas. Haría las valijas para marcharse de regreso a Roma, a esa oficina donde las secretarias enviarían la historia por el teletipo hasta París, Londres y Nueva York; y allí habría de estallar con violencia en grandes titulares de periódicos matutinos.

Y al pie de los titulares estaría escrito su propio nombre: «De nuestro corresponsal, Richard Ashley.»

Era hombre corpulento; de elevada estatura y anchas espaldas; usaba los cabellos cortos, y ya la áspera realidad le había dejado huellas en el rostro moreno, en torno a los ojos y a la boca. Llevaba ropa estival: camisa suelta de color y pantalones de lino azul.

Precisamente aquel día cumplía cuarenta años. Aun esta circunstancia le alegraba, pues un hombre puede considerarse afortunado cuando simultáneamente llega a la madurez de sus años y al pináculo de su carrera.

Cerró el archivador para dejarlo sobre la mesa junto a la silla. Miró el reloj. Eran las tres y treinta. Dentro de una hora llegaría Garofano y durante ese mismo lapso debería obtener de la oficina de Roma la confirmación de su oferta de dos mil dólares por las copias fotostáticas, suma que habría de retirar de la sucursal de Sorrento del American

Express. Hizo una mueca de impaciencia. Hansen procedía con demasiada precisión como para que él se sintiese satisfecho.

Roberto tosió con discreción. Ashley lo miró. Roberto le dedicó una efusiva sonrisa latina indicándole la terraza. Con la mirada, el periodista siguió la señal y descubrió dos piernas bien contorneadas y de color atezado, extendidas sobre los cojines de una silla de reposo. El resto del cuerpo a que pertenecían quedaba oculto tras la cortina, a la derecha de la mampara.

Ashley sonrió meneando la cabeza. Si bien era excitante, aquella imagen carecía de todo interés para un hombre a punto de obtener su triunfo mayor.

–Atiende a tu ocupación, Roberto. Prepárame un «Martini». Si no está bien seco te lo vierto por el cuello.

Roberto asintió complacido.

–Mejor déselo a la dama y yo le preparo otro.

Ashley rechazó la insinuación.

–No puedo permitirme gastar tiempo o dinero. Además, estoy trabajando.

Roberto dejó la botella y luego hizo toda suerte de ademanes.

–¿Trabajando? ¿Con el sol que hace? ¿A esta hora? ¿Delante de tanto primor? Vergogna!

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Dando un hondo suspiro tomó a los menesteres de medir bebidas y rebanar limones, tras el mostrador de azulejos. Era un sujeto moreno, de flaca complexión, con pelo liso, finos bigotes y una sonrisa empalagosa. Era un excelente mozo de taberna. En su talante se advertían tanto la deferencia como la altanería propia del napolitano; aquélla le procuraba propina de los varones, y ésta, otra clase de moneda que las mujeres gustan ofrecer.

Ashley consultó de nuevo el reloj.

–¿A qué hora abren la oficina de correos?

–A las tres, signore.

–Espero un telegrama que ya debería haber recibido.

Roberto hizo un gesto como para recomendarle que se calmase.

-¡Pazienza, amigo! Pazienza! El telegrama debe llegar al correo; luego deben copiarlo y por fin enviar un mensajero a…

Dejó en suspenso la frase y abrió tamaños ojos cuando las tostadas pantorrillas dejaron la silla de reposo y su dueña se mostró: rubia

beldad en traje de baño que, ufana, lucía sus encantos frente a la balaustrada. Sonriendo y contorneando las caderas se alejó hasta el extremo de la terraza.

–¡Vaya!

Roberto se dio una palmada en la frente.

–¡Es demasiado, signore! ¡Es más que demasiado! Soy padre de tres hijos. Mi mujer espera otro. Hay un trabajo que debo conservar y el honor que de buena gana sacrificaría; así y todo soy víctima de tentaciones como ésta.

–Tengo sed -dijo Ashley.

-Subito, signore! -replicó Roberto, individuo prudente que muy bien sabía hasta dónde podría llegar una broma.

Se acercó con presteza a Ashley llevando la bebida en una bandejita plateada. Limpió la mesa, presentó la cuenta, dejó cuidadosamente la bebida y aguardó.

–¿Cuánto?

–Seiscientas liras, signore.

Ashley lo miró fijamente.

–¿Seiscientas? a la hora del almuerzo eran sólo cuatrocientas cincuenta.

–Me equivoco, signore -repuso sosegadamente Roberto-. Por cierto que quise decir cuatrocientas cincuenta.

–Eres un embustero, Roberto.

Éste sonrió de buena gana.

–Me obliga usted a reconocerlo, signore. Soy un grandísimo embustero.

–¿Por qué me mientes a mí? Yo te gratifico bien.

–Muy bien, signore.

–Entonces, ¿por qué has de mentirme?

–La fuerza de la costumbre, signore.

–Mala costumbre, Roberto.

–Digamos: una deformación profesional. – Roberto lo examinó con fijeza-. ¿No miente usted nunca, signore?

La pregunta lo cogió de sorpresa. Roberto seguía sonriendo, pero en su voz se advertía un dejo nuevo y en su mirada un avieso fulgor. Era como si dijese: «Podemos entendernos usted y yo. Tenemos intereses en común. Podríamos prestarnos mutuos servicios.»

Ashley procuró responder con el mayor tino:

–Sí, a veces miento. Pero jamás tratándose de dinero.

–Porque usted no necesita preocuparse por el dinero. Yo, en cambio, debo preocuparme todo el tiempo. Cada uno de nosotros miente tratándose de lo que más le interesa.

La apertura estaba dada, bien presentada al modo napolitano, con toda suerte de donaires y perífrasis. Roberto tenía algo que comunicarle, pero no lo haría gratuitamente. La próxima jugada correspondía, pues, a Ashley.

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–¿Qué crees que me interesa, Roberto?

Roberto ladeó la cabeza como suelen hacerlo los meridionales.

–El telegrama que usted espera. Los datos inscritos en aquel libro -

señaló el archivador-…y el hombre que vendrá a verlo a las cuatro y treinta.

Fue como un balde de agua fría. Se incorporó con tal premura que estuvo a punto de volcar el vaso. Logró calmarse y se instaló nuevamente en la silla. Los ojos oscuros proseguían inescrutables, tan vacuos como los de un ave. Con sumo cuidado Ashley abordó la pregunta:

–Comprendo que el libro… me viste trabajando. En cuanto al telegrama… fui yo mismo quien lo mencionó. Pero en lo que se refiere al otro… al visitante que espero… ¿Por, qué y cómo sabes de él?

–La bebida -dijo llanamente Roberto-. El signore ha olvidado pagarla.

Ashley buscó la cartera, extrajo un billete de cinco mil liras y lo depositó deliberadamente en la bandejilla. A Roberto se le iluminó la mirada. Tomó el billete y doblándolo cuidadosamente lo guardó en el bolsillo.

–Se trata de un recado, signore -informó con calma-. Dice que el sujeto que viene a verlo es felón y mentiroso. Debe usted aceptar lo que ofrece, pero sin fiarse de él.

–¿Nada más?

–Nada.

Recogió la bandeja y regresó al mesón. Ashley lo miró alejarse. No procedía entablar mayores discusiones ni tratar de sonsacarle nada.

Demasiado bien sabía que podría seguir hablándole durante toda la noche sin que de aquellos labios sutiles y sonrientes surgiera una mínima información.

Por otra parte, no se sentía demasiado inquieto. Había empleado muchísimo tiempo en sus averiguaciones como para no tomar en cuenta que el italiano es asaz propenso a las habladurías y a la intriga teatral. Durante todo el lapso que le llevó redactar su informe había estado siempre bajo el asedio de intermediarios y negociadores de inútiles noticias. Solían abordarlo en tabernas, hoteles y clubs; llegaban recomendados por amigos o sólo porque se habían enterado de que el

scrittore americano estaría bien dispuesto a pagar por sus informaciones. Hablaban dilatadamente y sin orden ni concierto de hechos cruentos o influencias peligrosas… para acabar siempre pidiéndole dinero por anticipado. De cuando en cuando alguna partícula de verdad había en tales embrollos, pero, las más de las veces, no pasaban de ser pura paja picada. Intentaban incluso venderle otros artículos, como prevenirlo de amenazas contra su vida o darle nombres y direcciones de hombres que podrían protegerlo. No los culpaba demasiado. En Italia cualquiera tenía que barajárselas con lo primero que hallaba a mano: ora vendiendo informaciones a la Prensa, ora vendiendo simpatía a las viudas acomodadas que llegaban de turistas.

No tenía motivo alguno para inquietarse. Había comprobado la firme estofa del informe: era ésta tan recia que solamente una catástrofe podría romperla.

Entregado a tales cavilaciones se instaló en su sillón a paladear su bebida y a examinar otra vez el manuscrito. Sin embargo, no dejaba de ser presa de una ligera desazón. Cierta amargura se había desleído en el sabor placentero del triunfo.

Consideró nuevamente el mensaje de Roberto:

«El sujeto que viene a verlo es felón y mentiroso.» Nada nuevo.

Garofano era un simple buhonero de documentos robados. Por cierto que había de ser felón y mentiroso. Pero no por ello los documentos

dejaban de ser auténticos. Ya los había estudiado con toda atención y encajaban perfectamente dentro de la totalidad de testimonios ya reunidos.

«Debe usted aceptar lo que ofrece, pero sin fiarse de él.» Ofrecía algo concretísimo: copias fotostáticas de papeles ya examinados y comprobados. No existía posibilidad alguna de fraude. Por lo tanto, resultaba ocioso plantearse si cabría o no confiar.

Únicamente había dos puntos de interés. La identidad del mensajero y la razón del recado. Pero podía esto explicarse a la perfección sólo a partir de una causa: ¡utilidades! Puede muy bien dividirse en dos mitades una suma de cinco mil liras. Mitad para el mozo de la taberna, mitad para el truhán que habría escuchado en alguna parte que el

scrittore americano tenía concertado cierto negocio con Enzo Garofano.

Era cuestión de formularle una oficiosa advertencia y en seguida sólo

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quedaba compartir la gratificación. ¡Nueva versión de aquel juego que los napolitanos llaman la combinazione!

Con tales pensamientos el periodista acabó de reponerse. Pronto llegó un mensajero con un telegrama.

Ashley pagó y lo despidió. Abrió el sobre de delgado papel amarillo. El telegrama estaba redactado de manera brusca y precisa:

Autorizo pago dos mil dólares por informaclones punto dinero disponible

American Express Sorrento punto dé cuenta del término de trato…

Hansen

¡Bien! Sonrió satisfecho, arrugó el telegrama y se Io guardó en el bolsillo. En Roma habían aprobado su gestión. Disponía del dinero y no le quedaba sino aguardar a que se presentase Erizo Garofano. Se bebió lo que quedaba del licor y se dirigió a la terraza.

Lo seguía la mirada de Roberto, fría y calculadora.

También estaba observándole la muchacha.

Ella contempló sus facciones cinceladas, su recia apostura, sus manos fuertes y su modo calmo de caminar. Le vio asomarse al balcón para contemplar, las casuchas de vivos colores y a los bañistas que se tostaban al sol en la playa destacándose frente a las aguas azules, y los lejanos contornos de Nápoles y las formas, envueltas en niebla sutil, de Ischia y Procida. Parecía hombre quieto, en paz consigo mismo y con el mundo, y bien dispuesto a dejar el tiempo escurrirse sin prisa. Bien podría, por tanto, dedicarle a ella algunos momentos.

Se apoyó en la barandilla, luciendo airosa las curvas de su vientre y de su busto, como una modelo que desplegase sus gracias frente a la cámara del fotógrafo. Luego se ciñó la toalla de playa para que el impacto del color atrajese la mirada del norteamericano.

Éste sonrió cuando reparó en ella, saludándola en inglés:

–¡Muy buenos días!

– Buon giorno… Va bene cosi nel sole!

Le sorprendió que ella contestase en italiano, pues siendo tan rubia y con tez color de miel, hubiese podido ser extranjera, acaso norteamericana, o quizá sueca, o tal vez una beldad de Renania.

–¿Italiana?

-Si, italiana. Da Roma.

Con una sonrisa la muchacha le invitó a acercarse al extremo de la terraza. ¿De Roma? Eso podía significar cualquier cosa. Venecia, Trento, Florencia, Pisa. La rubia raza lombarda ya se había propagado

por toda la península. Él se dejó llevar por la cadencia del habla y, el uno frente al otro, siguieron hablando en el rincón de la terraza; entretanto, las voces y la música les llegaban débilmente de la playa, doscientos pies más abajo.

Les complacía el encuentro, y ansiaban saber mayores detalles.

Pregunta a pregunta el coloquio siguió hilándose.

–¿Es usted forastera? Hasta ahora no la había visto.

–Llegué sólo anoche. ¿Y usted?

–Estoy aquí desde hace una semana… diez días.

–¿De vacaciones?

–En rigor, no. Trabajando.

–Buen sitio para trabajar. ¿Qué hace?

–Soy corresponsal. Periodista.

–Qué interesante. Eso significa que usted viaja, escribe informes, se codea con muchísima gente. Una vida grata.

–A veces.

–Ahora sí que era una vida grata, justo el día de su cuadragésimo aniversario, con su obra maestra por rematar dentro de una hora y una rubia beldad sonriéndole al sol y con la leve desazón que había experimentado ya completamente rechazada-. A propósito, me llamo Ashley… Richard

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Ashley.

–Elena Carrese.

Le agradó su manera sencilla de decirlo, carente de la afectada timidez propia de los napolitanos.

–¿También de vacaciones?

–Sólo por el día. Mi patrón llega mañana.

–¡Oh!

Una nota discordante en el preludio. Muchachas cuyos jefes las proveen de vestidos del Caravino, deben ser muy peculiares.

–Durante el invierno trabajamos en Roma y en verano aquí -informó ella sin asomo de vacilación o azoramiento.

–Felices ustedes -comentó secamente Ashley-. ¿Qué hace usted…? Es decir, ¿en qué se ocupa su patrón?

Ella hizo un amplio y cuidadoso ademán. La toalla se le deslizó de los hombros y Ashley hubo de arrimársele bastante para recogerla.

–¿Qué hace él? Oh, muchísimas cosas: política, inversiones, Banca…

Viaja mucho, y yo, como es natural, debo viajar también.

–Naturalmente. Quizá yo lo conozca.

–Es muy posible -no tenía malicia en la mirada ni desdén en el tono de voz-. Siendo usted corresponsal, quizá se lo hayan presentado. Es muy famoso en toda Italia.

–¿Cómo se llama?

–Vittorio, duque de Orgagna.

Richard Ashley, el hombre que jugaba al póquer en los escritorios de la agencia, el que había hilvanado historias con ayuda de la mecanógrafa del embajador mientras sus colegas se bebían el jerez de éste, el que en cuarenta años aprendiera a contener las expresiones faciales aguantando las náuseas del miedo, no pudo menos de hacer una pequeña farsa de sorpresa y deferencia.

–¿Orgagna? ¡Por cierto! Varias veces me ha tocado entrevistarlo.

Pudo muy bien agregar: «Conozco al tal Orgagna mejor de lo que tú jamás llegarás a conocerlo. Trabajas para él, puede que compartas su lecho. Pero yo he vivido su pasado y su presente y soy el árbitro de su incierto futuro. Sé cuánto dinero posee y cómo logró acumularlo. Sé hasta dónde alcanza su poder y conozco las lindes de su influjo. Sé a quiénes ha comprado y he negociado con aquellos que a su vez tratan de venderlo. Conozco a la mujer que hizo suya y a las otras que ha amado… a todas menos a ti, preciosa, que eres algo nuevo para mí. He ponderado sus éxitos y ahora preparo su fracaso definitivo. Mañana publicaré por todo el mundo su desgracia.»

Pudo decirlo, pero prefirió contenerse para agregar, al tiempo que ponía la toalla en los hombros a Elena Carrese, haciéndole un guiño insinuante:

–Mañana, usted le pertenece a Orgagna. Hoy me pertenece a mí. Es mi cumpleaños y he logrado hacerme de buenas noticias. Quisiera celebrarlo. ¿Puedo invitarla?

-Senz' altro, signore! ¡Por cierto! – dijo Elena Carrese y, desplegando airosamente la gracia de su cuerpo esbelto, entró en el vestíbulo.

Del receptor de radio surgían suaves las notas de A'nnamurata mia en tanto que Roberto secaba los vasos para disponerlos en las repisas de vidrio de la taberna. Advirtiendo que el periodista estaba ya en compañía de la muchacha le dirigió ancha sonrisa de aprobación.

Se instalaron en los asientos del mesón y pidieron bebidas. Con risas y bromas celebraron los brindis. Ashley hacía a la muchacha toda suerte de cumplidos en napolitano y ella fingía enfadarse diciendo a cada instante: «Vergogna!»; aún abandonó por un momento su mano en la de él. Todo parecía demasiado ameno y natural, como un encuentro en el país de las sirenas.

¿O es que todo no pasaba de ser una farsa premeditada?

Seis meses había empleado él en bucear bajo las aguas turbias de la política y de las finanzas de Italia. Resultaba de todo punto imposible hacer un secreto de sus actividades. Se le figuraba increíble que el propio Orgagna no estuviese muy al corriente del hombre que se había metido a investigar sus asuntos. Bastante improbable que transcurriera este día triunfal sin alguna gestión

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encaminada a impedir que publicase sus acusaciones. Tal vez ésta comenzaría con su encuentro con

Elena Carrese.

Pero ella continuaba sonriente, charlando y llena de donosos mimos.

–Usted me contó que había conseguido buenas noticias.

–¿Noticias? – tenía el pensamiento puesto en otra parte-. Oh… oh, sí.

–No me ha dicho de qué tratan.

«Ahora -pensó él-se está descubriendo. Piano, piano… Con suma suavidad, al modo italiano, nos allegamos a lo que realmente interesa.

Dígame sus buenas nuevas, señor, para que yo pueda transmitirlas a mi amo Vittorio, duque de Orgagna.» No pudo ocultar un gesto de

irritación.

–¿De qué trata la historia?

La mirada de ella parecía franca e inocente. – De política.

–¡Oh! – exclamó Elena Carrese y la interjección quedó suspendida en el aire como vibrante acorde de cuerdas.

–Cuando lleguemos a conocernos mejor se lo contaré todo.

–Grandísima indiscreción sería -dijo una voz monótona en inglés.

Ashley lanzó un apóstrofe de enojo y se volvió en el asiento tan precipitadamente que la bebida se le derramó en el mostrador. La muchacha también se dio vuelta y ambos vieron a un individuo pequeño, elegante, de blandas e infantiles facciones y de mirada suave.

Vestía a la usanza inglesa: chaqueta azul cruzada, pantalones grises, camisa de seda y una bufanda de la misma tela. Era de continente jovial, como suelen serlo todos aquellos nacidos bajo una estrella helada. Sin parar mientes en el ostensible desagrado de Ashley se acercó al mesón. Elena Carrese le atisbaba con molestia. El recién llegado les dio la mano.

–Ashley, querido amigo, qué gran placer es volver a verlo.

–Sí… gran placer -Ashley respondió con indiferencia al saludo procediendo a la obligada presentación-. Elena Carrese… George Harlequin.

Harlequin inclinó levemente la cabeza ante la muchacha y luego se volvió a Ashley.

–Al parecer nos andamos encontrando en todas partes.

–¡En todas partes!

–El Club de la Prensa en Viena, el festival de primavera de Florencia, la «Taberna de Joe» en Roma, Stampa, en Nápoles. Ahora aquí. Es extraño.

–Muy extraño.

Inopinadamente George Harlequin optó por el italiano. Haciendo una irónica reverencia dijo a la muchacha:

–Luce hermosísima, Lena.

–Gracias -replicó ella sin entusiasmo.

–¿Se conocían ustedes? – preguntó Ashley, suspicaz y sorprendido.

–Nos hemos encontrado -dijo secamente Elena. Con presteza se deslizó del asiento aprestándose luego a abandonar la taberna-. Perdón, debo marcharme.

–Mire: usted no puede…

–Por favor.

Ya estaba cerca de la puerta.

–¿Quiere cenar conmigo esta noche?

–Lo siento. Es imposible.

–Después de la cena entonces… ¿Café?

Ya había llegado a la puerta: Dentro de poco se habría ido. Pero se detuvo y volviéndose a él dijo:

–Muy bien, después de la cena… café.

Se marchó mientras George Harlequin inclinado sobre el mostrador reía socarronamente y Ashley ardía de indignación.

–Bueno, Harlequin, vamos al grano. Me ha estado siguiendo la pista durante meses. Ahora estamos al final del camino. ¿Qué quiere?

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–Ante todo una bebida -repuso con frialdad el inglés.

–¿Qué?

–Whisky y agua.

-Subito, signore -dijo Roberto. – Beberemos en la mesa.

Ashley se abrió paso hasta la mesita donde había dejado su manuscrito.

Harlequin lo siguió; Roberto examinaba a ambos con suspicacia mientras disponía las bebidas. El inglés encendió un cigarrillo y fumó plácidamente hasta que Roberto les trajo sendos vasos y luego se retiró a su cubil al extremo del mesón. Alzó el vaso y dedicando a Ashley una burlona zalema brindó:

–¡Buena suerte, Ashley!

–¡Maldito seas! – Ashley se bebió de un sorbo el licor y luego dejó el vaso en la mesa-: Bien, Harlequin, franquéate. ¿Quién eres? ¿Qué deseas… y por qué?

La mirada de Harlequin era tranquila y sin expresión. Hizo un gesto de disgusto.

–Creo que ya conoce las respuestas.

–Con todo, quisiera escuchártelas a ti.

El hombrecillo se alzó de hombros y depositó con gran cuidado el cigarrillo en el cenicero.

–Muy bien juntó las yemas de los dedos como manifestando hastío-.

Durante los pasados meses usted se ha ocupado en fraguar una acusación.

–En redactar un informe noticioso.

–El cual envuelve a ciertos políticos italianos en acusaciones de fraude, malversación y uso indebido de fondos de ayuda en dólares.

Exacto.

–Es una obra bien trabajada, Ashley.

–Por cierto que la has leído -dijo Ashley con abrupta ironía.

–Por cierto -repuso Harlequin con todo desparpajo-. Línea por línea y hasta las notas al margen.

Ashley lo miró con sorpresa y enfado.

–¡Vete al diablo!

–Un profesional aguerrido no debería permitirse ser tan poco cuidadoso con sus papeles.

Ashley se inclinó hacia delante sobre mesa. Adoptando una expresión tensa y mirando duramente inquirió:

–¿Qué eres?

–Un profesional.

–¿De qué clase?

Harlequin hizo un leve mohín.

–Enlace, correo, negociador…

–¿Agente?

–Llámelo como quiera.

–¿A quién representas?

–Al Gobierno de Su Majestad Británica… por cierto que no oficialmente.

–¡Ésas tenemos!

Ashley se hizo atrás en la silla y luego soltó una carcajada. Volvió a sentir el grato sabor del triunfo. La gran historia era de mayor bulto de cuanto él mismo sospechara. Hasta en Whitehall empezaban a barruntar lo que mañana leerían espantados en los titulares. Se sintió libre de dudas e incertidumbres y se dispuso a solazarse con la farsa.

–Me haces sentirme importante, Harlequin.

¿Por qué habría yo de ser interesante para el Gobierno inglés?

–Usted se propone adquirir ciertas copias fotostáticas que conciernen a Orgagna. ¿No es así?

A Ashley se le nubló la mirada. Tornó a inquietarse.

–Veo que estás bien enterado.

–Por cierto que sí.

–Pues bien, las adquiriré. De aquí a veinte minutos estarán en mi poder. Me las traen acá, a esta

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misma mesa.

–¿Entonces quedará completa la acusación?

–Completa. Débiles y poderosos serán emplazados ante el tribunal de la opinión pública. Las copias arrojan la prueba más contundente acerca de uno de los mayores escándalos político-financieros del siglo, causado por Su Excelencia el duque de Orgagna.

–Muy lamentable -acotó George Harlequin con fingido desdén-. ¡Qué lástima! Y, ¿cuándo sale a luz la historia?

–Pasado mañana. Muy oportunamente, pues estamos sólo a diez días de las elecciones.

–Los norteamericanos gozan de gran sentido teatral -prosiguió Harlequin con tono compungido. Se incorporó de su asiento para salir por la puerta a la terraza y quedarse allí contemplando la soleada marina. Luego se volvió-. ¿Quieres que hablemos allí fuera? Estaremos más en privado.

–Como quieras.

Ashley recogió el manuscrito y salió a su vez a la terraza. Harlequin empezó a pasearse lentamente junto a la balaustrada que se erguía a doscientos pies sobre la playa. Ashley marchó a su lado. Ahora el hombrecillo no sonreía. Su aire de burla discreta había desaparecido como respondiendo a un cambio de escenario. La voz se hizo más grave y reposada.

–Ashley, creo que usted entiende algo la situación política del país. Hay

una extrema izquierda vigorosa y muy bien organizada y una derecha reaccionaria escasa en número pero capaz de mover enormes capitales.

En el centro está una débil coalición de los moderados de ambas tendencias y que maneja el poder.

–Es verdad.

–Interesa a Gran Bretaña, a Europa y a América que se fortalezca y consolide la coalición del centro.

–También es verdad.

–Hasta ahora el hombre que ha logrado mantenerla es Orgagna.

–No lo creo -refutó bruscamente Ashley.

Harlequin lo tomó con absoluta calma. Parecía esforzarse por impedir una abierta ruptura en su conversación.

–Digamos que en opinión de algunos, en la de mi propio Gobierno, Orgagna representa la clave de la unidad. Posee buenas relaciones en la izquierda y en la derecha. Es un político sagaz y está dotado de cierta gracia que lo hace popular. Si lo quitaran de en medio sólo dejarían mediocridades.

Ashley se sintió colmado de enojo repentino.

–Comprendo demasiado bien. Me pides que anule la historia para que un experto en robos en grande pueda desempeñar una cartera en el Gobierno italiano -rió con amargura-. De ese modo un profesional pretende convencer a otro.

El hombrecillo de cara pueril sonrió blandamente.

–Es el único proceder que me cabe, Ashley. Si pudiera sobornarlo o presionarlo no vacilaría. Pero dadas las circunstancias, no tengo más

recurso que la verdad y lo empleo en la mejor forma posible.

Ashley dejó de caminar y se encaró con el otro.

–¡Bien! Admito tu sinceridad. Ahora te diré qué pretendes en el fondo.

Quieres que en gracia a un recurso político yo silencie actos criminales.

–Puede usted considerarlo así. Pero quisiera hacer la salvedad de que sobre dicho recurso puede descansar toda la estabilidad de la defensa europea.

Ashley guardó silencio para luego estallar:

–¡Oh, los ingleses! ¡La nación más moralista del mundo! ¡La Familia Real, la Iglesia Anglicana, la sagrada liturgia del cricket! Sin embargo, toda su historia no es sino un tejemaneje de indecencia económica y triquiñuelas políticas. Sus héroes son unos corsarios y piratas, sus santos unos excéntricos y anarquistas. En el Parlamento predican la moral para luego planear guerras en el club conservador. Dan grandes voces contra Wall Street y el imperialismo norteamericano, y son

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sus hombres de negocios auténticos bucaneros vestidos de gala. ¡Por Dios, Harlequin!

A Harlequin no le impresionó en manera alguna el estallido.

Enteramente apacible expresó:

–Todo eso no representa sino un punto de vista extremado y no es ésta la ocasión de discutirlo. Creo, querido amigo, que estamos hablando de cosas por completo diferentes.

–No lo creo.

–Usted se está refiriendo a la moral y yo a la política. Ambas se

contraponen.

–Eso es un sofisma y tú lo sabes.

–No me lo parece, Ashley. La política es el arte y la ciencia del gobierno de hombres imperfectos a través de sistemas igualmente imperfectos.

–Es mala política elevar al poder a hombres venales y falsarios.

–No siempre. Es posible dirigir a los falsarios y comprar a los venales.

La tarea del diplomático consiste en sacar partido del miedo del mentiroso como de la avidez del especulador.

–¿Y la verdad, Harlequin?

–¿La verdad? – El inglés hizo un gesto despectivo-. La verdad, querido amigo, es un lujo que solamente pueden permitirse aquellos a quienes no afectan sus consecuencias.

–¿Qué quieres decir?

–Quiero decir que a usted personalmente Italia no le preocupa para nada. Ni tampoco Europa. Su historia podría muy bien hacer caer a un Gobierno que a duras penas se sostiene y acarrear un caos financiero y político que trastornaría la labor de años enteros en la defensa europea y en la estrategia del Mediterráneo. Por su parte, usted se marcharía al cabo de una semana a la India, a Jama o a Australia sin sufrir ninguna consecuencia moral o material.

–Por cierto que tú estás comprometido -Ashley sonrió con sorna.

El hombrecillo pesó con cuidado sus palabras.

–Como profesional, sí. No soy como usted un observador. Estoy metido en el asunto. Lo estoy porque atañe a mi país, porque vivo a treinta millas de la costa europea, y a la política europea se debe el que pueda o

no tener carne que comer. Usted representa a la Prensa, a los buhoneros de la verdad. Yo, en cambio, debo transigir con la injusticia y la corrupción, porque son inherentes a toda sociedad.

–Tú y tus semejantes perpetuáis la injusticia a fuerza de transacciones.

–¿Y hombres como usted?

–También estamos comprometidos -repuso lentamente Ashley-. Lo estamos porque vemos más de cerca y más a menudo que tú los frutos de la injusticia y la mentira. Vemos el hambre en las calles; en cambio, tú te enteras por el periódico. Vemos el crimen y lo registramos en fotografías. Vemos mujeres ultrajadas y niños masacrados seis meses antes que tú leas una nota de diez líneas acerca de un incidente fronterizo. Considera bien que estamos comprometidos; y lo estamos porque a nuestro entender hoy nos cabe cierta honra por andar ofreciendo la verdad. Hasta Sócrates se hizo famoso por ello.

–Le pagaron en veneno sus afanes.

–Lo tomamos como riesgo del oficio. – Ashley, encogiéndose de hombros, se arrimó a la balaustrada-. No vamos a ninguna parte. Lisa y llanamente, tú y tu Gobierno queréis que Orgagna desempeñe una cartera, yo deseo que se lleve su merecido. Tú te mueves por conveniencia y yo por la verdad.

–¿Es la única razón, Ashley?

–Dame otra si puedes.

Con helada deliberación, George Harlequin espetó su respuesta:

–Usted está, o estaba, enamorado de la esposa de Orgagna.

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