El chico de arriba
Capítulo 2
2
Cuando entré a casa, lo primero que hice fue esconder el cubo de plástico en el armarito de la limpieza, en la lavandería. Luego entré a la cocina, con expresión seria, tratando de no parecer culpable. Mi mamá me esperaba allí, mirándome como si supiera exactamente lo que había hecho. Tenía las manos ocupadas, estaba metiendo unos bizcochitos en el horno.
—¿Has hablado con el vecino? —preguntó.
Se limpió las manos en el delantal celeste. Llevaba el pelo castaño igual que el mío, recogido en lo alto de su cabeza. Me mostró una sonrisa satisfecha.
Mamá amaba hacer postres y pasteles, era uno de sus pasatiempos favoritos, y a mí me encantaba ayudarla cada vez que podía. Solo que en esta ocasión la había abandonado únicamente para cometer mi venganza. Y
no había salido tan bien como esperaba.
—Sí —respondí sin mucha convicción.
—¿De verdad? —Mamá parecía muy sorprendida.
Ella sabía lo tímida que era, pero ese día fui más abierta que nunca, no había titubeado ni un poco al hablar con ese chico. Estaba satisfecha conmigo misma, aunque no hubiera cumplido mi verdadero cometido.
Tendría que ahorrar el dinero que me daban mis padres para comprarme el libro. Mientras tanto, dejaría que se secara al sol; y si eso no funcionaba, pues lo leería en e-book. No me entusiasmaba, prefería tener el libro físico
en las manos, poder oler las páginas, añadir notas adhesivas y sentir la textura del papel.
—No me va a pagar el libro. Ese idiota me lo ha arruinado y no me quiere comprar otro. Ha dicho que volviera a su casa más tarde o mañana, pero sé que es mentira…
Me di cuenta de que había cometido un error cuando mamá gritó de alegría.
—¡Genial! —Señaló el horno—. Son para los nuevos vecinos, puedes ir tú a llevárselos.
—No —refunfuñé, negando con la cabeza e implorando con mi mirada
—. Ni loca volveré allí.
—Ruby… —me regañó—, debemos darles la bienvenida.
Yo ya se la había dado al tal Kem arrojándole un cubo con agua, estaba segura de que ya no quería nada más de mí. Ni siquiera los deliciosos bizcochitos de mamá. Apostaba a que me los tiraría a la cara si se los regalaba. O tal vez los pisoteara. Haría cualquier cosa para vengarse. Había visto en sus ojos el mismo odio que sentí yo cuando vi mi libro mojado y arruinado. Kem iba a hacerme pagar, de eso estaba segura.
—Tal vez deberías dárselos tú, mamá, ya que tú los has preparado.
Me miró con una sonrisa conocedora.
—Tienen tres hijos de tu edad, tal vez deberías hacerte su amiga. Trata de olvidar el asunto del agua y conócelos mejor. —Se encogió de hombros—.
Podréis ir al cine o salir a pasear un poco. Solo conoces a Amber, ya es hora de que conozcas a más gente. ¿Qué mejor oportunidad que esta?
En realidad, era la peor, pero no iba a discutir con mi madre. Era una pérdida de tiempo.
—Como sea, mamá —acepté reacia, no tenía otra salida—. Cuando estén los bizcochos, me avisas.
Me alejé de la cocina para leer en mi habitación, pero cuando me acerqué al balcón, comprobé el desastre que el agua había ocasionado. Mi precioso
libro de tapa dura estaba empapado, seguía sin secarse a pesar de haberlo dejado bajo el sol. Las páginas se encontraban todas arrugadas. Mi desilusión se hizo enorme.
Ese idiota de Kem era el único responsable.
Cuanto más lo pensaba, más segura estaba de ello. Tal vez habría parecido confundido, pero eso solo afirmaba su culpabilidad. Además ¿por qué iba a mentir su hermana? Lo había delatado. Eso me tenía que bastar.
Mamá apareció en mi habitación para avisarme de que los bizcochos ya estaban listos. Por muy reacia que fuera a ir a la casa de los vecinos otra vez, nada podía salvarme de esta situación. Tenía que obedecer a mi madre a toda costa, si me negaba una vez, sería ella misma quien me llevaría de las orejas y eso aumentaría mi humillación.
Cogí la bandeja que mamá me tendió con una sonrisa.
—Llévalos cuanto antes.
Me sentía como una niña siendo forzada a hacer amigos en el jardín de infancia. Mierda. De verdad, iba a volver a ese apartamento. Había pasado solo una hora y rogaba para que Kem no estuviera. Al parecer, iba a salir y yo esperaba de corazón que lo hubiera hecho.
—Ahora vuelvo, mamá —dije con un retintín en mi voz. Intentaba parecer alegre cuando en realidad estaba molesta.
Mi mamá me palmeó el hombro al pasar mientras se quitaba el delantal.
Me había cambiado de ropa minutos atrás a algo mucho más cómodo que un vestido. Ya que iba a anochecer, había escogido ponerme un short veraniego y una camiseta sin mangas. Llevaba el pelo recogido en lo alto de la cabeza; esta era mi ropa usual para estar en casa antes de dormir.
Con las pintas que llevaba, subí al apartamento de arriba y toqué el timbre. Los diez bizcochitos con chispitas de chocolate me tentaban. No me comí ninguno porque había hecho más para nosotros. Papá y yo éramos fans de sus postres, sobre todo de estos.
Esperé unos segundos más antes de que abrieran la puerta.
Joder.
Mi sonrisa elaborada pasó a ser una mueca de rabia.
—¿Tú otra vez? —pregunto Kem mirándome con diversión. Lo primero que vio fueron los bizcochitos en la bandeja y luego sacó la cabeza por la puerta, como buscando algo—. ¿Ya no traes agua para tirármela de nuevo?
Entrecerré los ojos.
—Si quieres, espérame un ratito y vuelvo con el cubo.
—No hace falta —contestó, entornado los ojos—. Una vez ha sido suficiente.
—No sé yo… —murmuré, recordando mi libro mojado.
Nos quedamos en silencio un rato, sopesándonos con la mirada. De toda su familia, solo él podría haberme abierto la puerta. Gracias, joder. Pero supuse que no había nadie más, pues dentro no se oía ruido.
—¿Qué te trae de nuevo por aquí? —preguntó.
Levanté mi bandeja de bizcochitos.
—Mi mamá ha horneado esto para ti y tu familia. —Se la tendí, pero él no hizo amago de tomarla, sino que me miró extrañado.
—¿Para nosotros? —Asentí. Kem hizo una mueca—. No tendrán un ingrediente raro, ¿no? ¿Veneno tal vez?
Fue mi turno de entornar los ojos.
—No tienen nada, están muy buenos. Son la especialidad de la casa.
—Permíteme dudar de ti.
—¿De verdad crees que tienen algo? —Cuando asintió convencido, me reí—. Te juro que no tienen nada. Tómalo como una ofrenda de paz.
Estamos empatados, ya no quiero más problemas contigo. Así que toma, coge la bandeja.
Kem estaba tan reticente que solté un suspiro de frustración.
Tomé un bizcocho de la bandeja y le di un mordisco. Mastiqué despacio bajo su atenta mirada, mientras sentía la deliciosa esponjosidad del interior salpicado de chocolate. Creo que gemí, pero es que estaba tan rico… Con
unos bocados más me lo terminé.
Él seguía mirándome, pero esta vez divertido.
—Parece que están muy deliciosos —fueron sus primeras palabras.
Asentí.
—Y no me he muerto, así que no tienen veneno. ¿Ves? —Volví a ofrecerle la bandeja—. Ahora tómalos y dáselos a tu familia de parte de mi mamá.
Pero solo tomó uno y lo mordió. Levantó las cejas al masticar.
—En realidad, está delicioso —dijo entre bocado y bocado. En menos de un minuto, ya se lo había terminado—.Veo que tu mamá es una artesana muy talentosa.
De un momento a otro, sentí que ya no estábamos hablando de postres, sino de otra cosa. Le tendí la bandeja por tercera vez y, por suerte, la aceptó.
Quería salir de allí cuanto antes.
—De nada —dije retrocediendo para irme—. Uh, tengo que volver a mi casa, adiós.
—Adiós —se despidió.
Oí su risa detrás de mí mientras bajaba las escaleras tan rápido que tuve que sujetarme al pasamanos para no caerme. Algo en su expresión me hacía ser consciente de mi cuerpo y del suyo. Como una corriente que me invadía cada vez que sus ojos verdes contemplaban directamente los míos.
Era una calidez que no quería sentir, así que hui sin mirar atrás.
Un par de días después, mi mejor amiga y vecina anunció que haría una fiesta. ¿El motivo? Las clases comenzaban el próximo lunes y solo nos quedaba este fin de semana libre.
Había conocido a Amber varios años atrás, cuando éramos pequeñas y salíamos a jugar todos los días desde que su familia y ella se habían mudado. Como yo era la única niña en el edificio, nos hicimos grandes amigas y hasta el día de hoy somos inseparables. Íbamos al mismo colegio y estábamos juntas siempre que po díamos. Sabíamos todo la una de la otra,
éramos confidentes y compartíamos secretos todo el rato. Ella era como la hermana que nunca tuve.
Ya le había contado lo del incidente con el chico de arriba y ella solo se había reído. A mí no me había parecido nada gracioso, estaba más que furiosa. ¿Es que nadie iba a pensar en mi libro?
Amber decía que debíamos ser sus amigas y, de paso, intentaría algo con él. Ada, su hermana mayor, y ella lo habían conocido unos días antes y estaban de acuerdo en que era el chico más guapo que habían visto. Era verdad, pero no dejaba de ser un imbécil y eso contrarrestaba todo su atractivo.
Las hermanas se volvían un poco locas cuando había chicos guapos alrededor, por eso estaba segura de que su intención era otra al organizar la fiesta. Yo sabía que no solo aprovechaba que no estaban sus padres para darle la bienvenida al nuevo semestre, sino que apostaba a que era una excusa para invitar a Kem y coquetear con él. Conocía a Amber.
Todavía no les había pedido permiso a mis padres, pero estaba completamente segura de que me dejarían ir. Conocían a Amber desde hacía años y la apreciaban, se alegraban de que fuera su amiga. Sí, era obvio que mis padres no conocían a la verdadera Amber, la loca que siempre hacía travesuras o se metía en problemas.
Mi amiga bajó a mi apartamento para llevarme a rastras al suyo, no literalmente, pero tuvo que insistirme mucho. Quería que viera los nuevos vestidos que se había comprado y, de paso, ayudarla a escoger uno para la fiesta. Sus padres estaban de viaje y la habían dejado con Ada. Gran error, porque ella era mucho más alocada que Amber. Tenía veinte años, tres más que nosotras, pero se comportaba como si tuviera tres menos. Yo no le caía muy bien, pero no podía hacer nada, era la hermana de Amber y tenía que soportarla.
Ya en su habitación, mi amiga sacó sus tres últimas compras y las colocó sobre la cama. Llevaba el pelo negro recogido en una coleta bien peinada.
Parecía muy emocionada por escoger un vestido.
—He comprado estos, quiero verme bien, pero que parezca que no me he arreglado mucho, ¿entiendes? —preguntó ella mirando sus atuendos extendidos sobre la colcha.
Ya llevábamos así varios minutos y era incapaz de decidir. Tomó el vestido negro de la derecha. Tenía pequeñas lentejuelas en el escote, la espalda descubierta y la falda le llegaba hasta la mitad de los muslos.
También sacó del armario unos tacones altísimos del mismo color.
Combinaban bien, eran abiertos, perfectos para el verano. El problema era la altura. La plataforma era tan grande que, si me los hubiera puesto yo, me habría caído sin dar ni un paso. Jamás me había puesto unos tacones tan altos. Solo de verlos, me dio vértigo.
—Son altísimos, ¿podrás caminar con ellos?
—Claro que sí, no son tan altos —señaló encogiéndose de hombros. Me estremecí al verla calzándose en ellos.
—¿Están bien estos? —dudó estudiando el vestido y caminando con sus tacones como si nada.
Me encogí de hombros. Ya se había probado los tres vestidos y me había hecho la misma pregunta todas las veces. Estaba empezando a aburrirme verla probarse ropa.
—Me gusta mucho, creo que ese es el correcto —respondí sincera.
Me eché sobre su cama mirando el techo.
Asintió.
—Sí, creo que tienes razón. Me pondré este —replicó satisfecha y sonriendo. Sus ojos brillaban de emoción. Se le notaba superfeliz por la fiesta—. ¿Tú qué te pondrás?
La verdad, no tenía ni idea, pero no me preocupaba. Antes de la fiesta, escogería cualquier vestido de mi armario. No sería nada tan sofisticado ni elegante como los de Amber, pero sí suficiente, al final todos terminarían borrachos y nadie se fijaría en mi ropa.
No era la primera fiesta en casa de Amber y siempre venían nuestros compañeros de instituto. Algunos de ellos invitaban a sus amigos y, al final de la noche, ya no se podía ni respirar por la cantidad de gente. Los apartamentos no eran tan grandes como para acoger a más de treinta personas en un mismo espacio. Las cosas se descontrolaban y luego era un caos. Esa era siempre mi señal para irme y aquella vez no sería para menos.
Amber se quitó los tacones de una patada y se sentó a mi lado en la cama.
Sentí su mirada penetrante, me volví hacia ella aterrada. Cuando Amber estaba muy callada, es que quería decir algo y no sabía cómo. La conocía tanto que me preparé para ello.
—Hoy he hablado con Dan —confesó.
Gemí por dentro.
Dan era mi exnovio y también el mejor amigo de Amber. Era una completa mierda, mi mejor amiga también era la de mi ex. Nuestra situación había funcionado bien cuando Dan y yo estábamos juntos, pero cuando lo dejamos, Amber se encontró entre la espada y la pared. No sabía a quién apoyar o cómo hacer para mantener una estabilidad. Pero Dan me había hecho mucho daño y eso ella tampoco podía ignorarlo.
—No quiero hablar de él —murmuré. Me coloqué un brazo sobre la cara para escapar de su mirada.
—Es importante, Ruby. —Por su tono de voz, me temí lo peor.
Me levanté poco a poco para ganar tiempo mientras trataba de no mostrar mi dolor.
—¿Qué pasa?
No parecía querer decírmelo porque se tomó su tiempo para hablar.
Aquellos segundos se me hicieron eternos. Aunque no quería insistir, prefería que no lo alargara y lo soltara de una vez. Me estaba poniendo nerviosa.
Amber puso una mano sobre la mía. Sus ojos marrones me miraron con cierto temor y disculpa.
—Va a regresar.
—¿Qué? —pregunté sin aliento.
—Volverá a vivir con su mamá. Vendrá aquí, al edificio.
«¿Aquí? ¿Al edificio? ¡Imposible!».
Y a la vez no.
Dan se había mudado un año antes. Se fue a vivir con su papá cuando sus padres se divorciaron. Pero iba a volver…
Para vivir aquí, de nuevo.
Como en los viejos tiempos.
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