El círculo de papel
Capítulo IX
Nos acercamos a la puerta, donde había más luz.
—¿Qué esperaba usted? —dije—. Entro aquí y me encuentro parte del piso excavado. Aparte de eso, cuando alguien me espía en un viejo granero me pongo nervioso, especialmente si se ha cometido un asesinato en las cercanías; a lo cual hay que agregar que la gente que busca tesoros escondidos suele ser susceptible y hostil. Lamento haberme abalanzado sobre usted, pero todavía no me acostumbro a servir de muñeco a todos los que saben algunos trucos de catch. Unas caídas más y me habré aclimatado.
—La Wallace me contó el incidente que tuvo con usted.
Ben Helm no sonreía al decirlo, pero sus suaves ojos de color marrón tenían una expresión de hilaridad. Ahora que estábamos en el umbral protegiéndonos de la lluvia, pude ver a Helm claramente. Tenía un porte completamente natural y su entrenado cuerpo era ágil y delgado. La llamativa amplitud de su frente se debía en parte a las profundas entradas del cabello.
Aunque era un detective, tenía el aspecto y el modo de hablar de una persona civilizada.
—Lo que me interesa —dije—, son las historias que usted le contó a ella, a Mort Fowler y a Elmer Rubic y a qué sé yo quien más. No sólo no lo he contratado a usted, sino que no sabría qué hacer con usted si lo hubiese contratado.
—Precisamente iba a su casa cuando pasé por aquí.
—Eso sí que es coincidencia. Yo iba camino a la suya. ¿Encontró algo?
—No, ya corrí el riesgo de romperme el pescuezo al subir al henil.
—¿Y qué le movió a cavar allí?
—Yo no fui —dijo—. Alguien ha estado aquí no hace mucho. Dentro de los últimos dos días, probablemente esta misma tarde, buscando, como dice usted, tesoros escondidos.
Los labios de Helm se apretaron alrededor de la boquilla de su pipa.
—Si ésta es la cáustica espiritualidad de que me hablaron, estoy decepcionado.
—En eso me gana de mano. Yo nunca oí hablar de usted hasta que esta tarde me informaron que soy cliente suyo. ¿Siempre anda así espiando a sus propios clientes?
—No sabía dónde estaba usted y me interesaba conocer sus designios. — Helm se asomó afuera, bajo la lluvia, para vaciar su pipa—. Hace un minuto usted dijo que por lo menos se ha cometido un asesinato. ¿Espera hallar un cadáver cada día?
—¿De quién?
—Mark podría haber venido aquí para suicidarse después de haber dado muerte a Dulcy.
—En su suposición hay dos errores —dijo Helm—. Mark no asesinó a su mujer, y además, está vivo.
El ruido de la lluvia hizo que el silencio en el granero pareciera más intenso todavía.
—Ya es tiempo de dar una explicación —dije.
Helm musitó algo que sonaba como una confirmación, sacó de su bolsillo un abultado sobre y me lo entregó.
Llevaba la dirección de Ben Helm, escrita con pluma y la habían despachado “certificado”. Adentro había cinco hojas de papel blanco sin membrete, cubiertas en ambos lados por una escritura que yo conocía bien y que reflejaba un estado espasmódico.
—Parece la letra de Mark —dije.
—No hay duda de que es su letra; lo he comprobado.
El sobre no llevaba dirección de remitente; la carta tampoco; pero la estampilla tenía el matasellos de Nueva York, N. Y. Me acerqué más a la luz diurna y empecé a leer:
“Lunes, 11 horas.
Muy estimado Ben Helm:
Hace unos cinco años, usted me ahorró cinco mil dólares. Usted nada sabe al respecto y tampoco puede acordarse de mí, porque no hablamos una sola palabra en la noche en que nos encontramos. Permítame que se lo cuente ahora.
Fué en el departamento del empresario Lather Leal del Broadway en la Avenida Maison. Yo era uno de los imbéciles a quienes él trataba de convencer de que apoyasen financieramente una comedia que iba a estrenar: “El Budín de Pan”. Intentaba comprarnos con bebidas y una cena opípara, mientras nos leían la pieza. Una de las personas que leían era la despampanante actriz Greta Murdock, que no dejó de impresionarme; lo mismo que el primer acto. Lo encontré bastante divertido y ya estaba resuelto a comprar por cinco mil dólares. Sólo una cosa me molestaba: sentado en un rincón se hallaba un hombre que parecía no poder mantenerse despierto y no se reía cuando todos los demás lo hacían. Pregunté quién era y me dijeron que era el esposo de Greta Murdock. En otras palabras: usted.
Fué por eso que cambié de parecer y me quedé con el dinero. Como su mujer tenía un papel en la pieza, supongo que usted recuerda lo que sucedió: “El Budín de Pan” se representó durante cinco días… ¡y gracias! Yo no sabía cuál era su profesión, hasta que algún tiempo más tarde descubrí en una revista un artículo sobre algún tema de criminología, escrito por usted. Había un retrato suyo y unas líneas en alabanza de sus méritos como experto en la materia sobre la cual usted daba clases y publicaba libros; también se mencionaba que usted poseía licencia de detective privado y que era un as en la aclaración de casos intrincados.
Helm comentó:
—Exagera. Yo siento poco entusiasmo hasta por comedias que han sido exitazos de primera.
—¿Hasta cuando actúa en ellas su señora?
—No me casé con ella porque fuera actriz —dijo, y miró hacia el cielo. Un claro entre las nubes dejó ver algo de luz solar y la lluvia amainó. Yo reanudé la lectura de la carta:
“Y es por eso que esta noche pensé en usted. Supongo que ya se dió cuenta de que yo soy quien, hace una hora, lo llamó por teléfono para preguntarle si era el detective privado, después de lo cual corté la comunicación. Tenía que estar seguro que el Ben Helm que figura en la guía telefónica era el mismo a quien yo necesito, y que se encontraba en la ciudad.
”En el curso de mi vida he estado en dos líos serios. No voy a malgastar tiempo, contándole el primero. Si cree que es necesario informarse al respecto, diríjase al Fiscal del Distrito Sur de Nueva York, al que recuerdo demasiado bien.
”Si le escribo hoy, será en relación con el lío actual: sospechan que yo haya asesinado a mi mujer en Raventon, Nueva York. Su cadáver ha sido encontrado anoche en mi casa, que no piso desde hace tres años. Pero dicen que falleció hace mucho tiempo. No creo que usted haya leído sobre el asunto, pues el único diario de Nueva York que tomó nota, es el “Courrier-Express” y aún allí había sólo unas pocas líneas entre los avisos comerciales. Mi primer impulso fué acudir a Raventon sin demora y declarar que no la maté.
”Después que me pasó el efecto del primer shock, comprendí que antes debía averiguar algunos detalles. Llamé a la redacción del “Raventon Star”, diciendo que era un reportero del “Courrier-Express” y como Mark Lister era ciudadano de Nueva York, quería algunos detalles más sobre el asesinato. Me los dieron.
”En brevísimo tiempo se enterará usted de más por siete meses antes de ser enviado allí, me había casado con una muchacha de Raventon, Dulcy, de la cual yo estaba muy enamorado. Mientras estuve entre las rejas, recibí dos cartas anónimas, que debía haber guardado, pero no lo hice. La letra era de mujer y el modo de expresarse también. Esto es todo lo que sé acerca de la remitente”.
La primera carta, abundante en detalles, decía que Dulcy tenía relaciones con un hombre de Raventon, que la visitaba cuando la sirvienta tenía su día franco o cuando había salido de noche. Datos exactos acerca de la hora cuando él solía llegar y salir, no faltaban.
Lo único que se dejó de mencionar era su nombre.
Me imaginé que la remitente era la mujer o la amante del hombre en cuestión. Escribí a Dulcy y le comuniqué lo que me habían escrito. Contestó que aquella carta era difamatoria y que estaba enojadísima conmigo por creer la calumnia. En verdad no creí ni dejé de creer, simplemente no supe qué pensar.
La segunda carta de la mujer llegó cuatro o seis semanas más tarde y me informaba que el asunto seguía.
Un hombre atrapado entre muros, puede perder la razón, pensando en lo que ocurre afuera. Sin esposa, sin mujer alguna, su mente desborda los límites. Y yo conocía demasiado bien a Dulcy, que era una mujer apasionada. ¿Pero lo era para mí solo? Ese fué el punto decisivo: ¿sólo para mí?… A veces, cuando en alguna fiesta ella había bebido un poco, empezaba a jugar con los hombres. Repetidas veces, camino a casa, peleamos a causa de su comportamiento, pero todo eso no bastaba para destrozar nuestro matrimonio o disminuir mi amor por ella.
Pero allí estaba yo en la prisión con esas dos cartas y no podía dejar de cavilar. Ella era una mujer apasionada y yo, su marido, me encontraba tan lejos de ella como ella de mí. Pero Dulcy no estaba entre rejas y otros hombres se hallaban a su alcance. Viví un verdadero infierno.
Pero un día llegó el momento de volver a casa. Había escrito a Dulcy en qué tren iba, pero no me esperaba en la estación. Tomé un taxi, llegué a casa y encontré todo cerrado. Dulcy no estaba, pero yo tenía mis llaves. Aguardé hasta la noche y finalmente llamé a la muchacha que fuera nuestra sirvienta hasta que yo me había ido. Posiblemente usted querrá saber el nombre de ella; se llama Sadie March y sus padres viven en West Amber, a treinta millas de Raventon.
Sadie me dijo que Dulcy la había despedido hacía una semana. Creo recordar que Sadie daba la impresión de estar asustada. Quizá Dulcy la había sobornado para que se callara la boca, pero no llegué a saberlo con certeza.
Fui a ver a la hermana y a los padres de Dulcy, que poseen una quinta a pocas millas de distancia de la ciudad. Se sorprendieron al enterarse de que Dulcy no estaba en casa. Después hablé por teléfono con algunos amigos, pero nadie supo contestarme.
Luego me enteré de que algo más había desaparecido.
No le voy a detallar lo que era, pero usted se va a dar cuenta cuando empiece a investigar el asunto. Aparte de mí, Dulcy era la única persona en el mundo que sabía dónde estaba aquello.
Y se lo había llevado.
En cajones y “placearás” había gran cantidad de ropas, pero no pude calcular cuánto había llevado ella consigo y cuánto había quedado en la casa. Después del casamiento, Dulcy había ido de compras y debe haber adquirido bastante más después de mi partida. Para llevarse todo, hubiera necesitado varios baúles, pero para sus menesteres inmediatos habrán bastado dos valijas.
Además, ella tenía dinero en abundancia para comprarse nuevos vestidos. ¿Asesinato? ¿Por qué debía yo haber pensado en tal cosa? El asesinato no es coa normal en una vida normal, pero cuando hay infidelidad, engaño y robo, sí.
Nada más me ocurrió, mientras pasé aquella única noche en la casa vacía.
Lo que me trabajaba la, cabeza eran las cartas anónimas, el carácter apasionado de Dulcy y el hecho de que sólo ella podía haberse apropiado de lo que yo estaba echando de menos. Me acordé de la pobre hija de chacareros que había sido y de cómo se casara conmigo porque yo era un hombre rico de la gran ciudad, y de cómo luego se había apoderado de lo que la transformaba en mujer adinerada, para largarse al final con alguno a quien quería de veras.
Al día siguiente me fui.
Aquella casa la había construido para nosotros y creía volverme loco si me quedaba más tiempo allí. Usted verá que seguí pagando los impuestos por el edificio. Yo tampoco entiendo por qué lo hacía. Pero durante un largo año, había soñado con volver a casa y vivir con mi mujer. La idea de que alguna otra persona pudiera establecerse allí me era insoportable.
—Me consta, que esto no suena muy convincente —dijo Helm, interrumpiendo la lectura de la carta.
—Sin embargo —musité—, a mí me suena convincente.
—¿Qué? —preguntó Helm.
—Mark opina que sus motivos para pagar los impuestos parecen incomprensibles, pero a mí no me lo parecen.
—Sí, sí —dijo el detective—, los gestos sentimentales generalmente no parecen los más lógicos.
Seguí leyendo: “Yo no maté a Dulcy. Durante aquellos dos días estuve solo en la casa y revolví todo, desde el sótano hasta el techo, en busca de lo que le había dejado a ella. Su cadáver no estaba en el cuarto de baño del segundo piso, ni en ninguna otra parte del edificio. Debe haber vuelto después que yo me fui y entonces la asesinaron. Pero eso es lo que le toca averiguar a usted. A mí, la policía no me va a creer.
”De lo que me dijo el repórter del “Raventon Star” por teléfono, deduzco que la policía está absolutamente convencida de que fui yo. Entregarme sería inútil, pues metido a la sombra no tendría más facilidades para probar mi inocencia.
”Ya pasé en la prisión una buena parte de mi vida.
”Y con esto llegamos adonde entra en juego usted.
”La policía de Raventon da risa, y si ya está convencida de que fui yo, no van a gastar energía para librarme de sospecha.
”¡Encuentre usted al asesino! Supongo que ése es el único medio de probar mi inocencia. Si es tan competente como afirmaba aquel artículo de la revista, se merece alto pago.
”Los mil dólares adjuntos cubren, supongo, la seña, hasta para un hombre de sus exigencias.
Levanté la vista de la hoja.
—¿Fué un billete de mil?
—No, diez de a cien. No pertenecían al fajo de billetes de mil con que él pagaba la mensualidad de su primera mujer.
—Usted no pierde su tiempo.
—Es parte de mi trabajo —dijo Helm—. Los billetes que Lister me mandó eran recién sacados del banco, crujían entre mis dedos.
—Mark tenía, naturalmente, una buena cantidad de dinero aparte de lo escondido: las llamadas ganancias lícitas de su negocio textil.
—Sí; pude comprobar que antes de abandonar la ciudad, sacó del Banco de Raventon más de tres mil dólares. Además, puede haber tenido cuentas en bancos de Nueva York, aparte de acciones y otros valores. Pero todo eso no puede haber sido ni remotamente tanto como el importe escondido que dejó a su mujer.
—Dicen que era un millón, o la mitad.
—Parece increíble —dijo Helm—, pero conozco a un hombre que, durante la guerra, transformó un llamado telefónico a Washington, en dos millones de dólares y eso sin ser un pillo propiamente dicho. Sea como fuera, Lister tenía sus buenos motivos para mandar la seña en efectivo, y los revela.
El aguacero había terminado, pero el sol ya se estaba poniendo y yo tenía que acercar la carta a mis ojos para poder seguir leyendo.
La primera lección que aprendí en comercio fué que el dinero en efectivo no deja rastros. Por eso le mando billetes. No pregunte en los bancos por cuentas corrientes a mi nombre porque no existen.
Si usted es honesto podría ocurrir que considerase su deber, decir a la policía dónde me pueden agarrar; si no lo es, podría ocurrírsele la idea de extorsionarme. Será mejor para todos, pues, que no sepa dónde encontrarme. Le conté todo lo que sé. Dios sabe que es bastante poco.
Por intermedio del “Raventon Star” y por otros conductos estaré al tanto de lo que pasa.
Mientras usted permanezca en Raventon, alójese en el Hotel Premier; allí me pondré en contacto con usted si me parece conveniente.
A lo mejor usted no cree que yo no maté a Dulcy. Si no la maté, quizá adivine el motivo que yo podría tener para mezclarlo a usted en este asunto y pagarle. No estoy en condiciones de nombrar ese motivo.
Pero, digamos que soy culpable: ¿qué puede perder usted? Si le parece que soy culpable, diga a la policía todo lo que cree saber. No le impongo obligación alguna, sólo le pido que averigüe la verdad. Una cosa más: Tal vez necesite en Raventon a alguien en quien podamos confiar los dos. Allí vive el único verdadero amigo que jamás he tenido y que daría su brazo derecho por mí. Se llama Kip Herling.
Miré de reojo a Helm, que me observaba atentamente. La letra de Mark bailaba un poco ante mi vista.
“La última vez que lo vi, Kip vivía en casa de un primo, que también se llama Herling; en Pasaje Dawn número 84. Si no se ha mudado ni ha abandonado su empleo, estará trabajando por la Herling Corporation en la calle Del Frente.
Kip nunca aprobó mi conducta; creo que estaba furioso, porque mientras él se hacía pedazos en la inmundicia de las trincheras, yo reunía dinero a paladas. Pero el verdadero cambio de su actitud hacia mí se produjo recién después del proceso; el asunto de las vendas fué lo que lo amargó.
Su cáustico humor le hace parecer insensible, pero en el fondo tiene un corazón sentimental como pocos. Es ingenuo hasta decir basta: vive en un mundo aparte y se enoja con uno porque trata de hacer dinero: ¡Dios mío! ¿Conocerá a alguien que no aproveche la oportunidad si se le ofrece?
Le doy estos datos de Kip Herling, porque él podría estar en condiciones de ayudarle; ha estado todo este tiempo en Raventon y sabe más que yo acerca de la gente del lugar. Hará chistes maliciosos sobre mí, pero no vacilará en ayudar donde le sea posible. Puede contar con Kip.
Yo no espero que usted sea un súperdetective como los de las novelas policiales, pero me hace falta contar con alguien como usted, de mi lado. Posiblemente no tengo el derecho de descontar que usted no me dejará plantado: sin embargo, lo descuento.
—Desde ya, suyo.
Mark Lister”.
Doblé las hojas, las puse de vuelta en el sobre y se lo alcancé a Ben Helm.
—Bueno —dijo—, ¿qué piensa de todo esto?
—Mark está solo y espantado.
—Sí, parece que durante estos tres años ha andado muy amargado y sin rumbo fijo. De pronto, el lunes pasado, descubrió que la mujer de la cual creía que lo había traicionado y robado, había estado muerta todo ese tiempo; ahora quiere componer las piezas de ese rompecabezas.
—¿Y de paso no querrá también recuperar el botín?
Apoyando la espalda contra el marco de la puerta Helm chupaba el humo de su pipa.
—No tengo suficientes datos como para creer algo o no creerlo, pero puedo imaginar ciertas cosas. Lo más importante es el hecho de que el dinero y el asesino están atados uno al otro. Encuentra al asesino y encontrarás el dinero, o viceversa.
—Mark no estará tranquilo mientras lo tenga otro.
—Estaría aún menos tranquilo si lo quemaran en la silla eléctrica. El valor del dinero también tiene sus límites.
—Usted es un cínico —dije—. Su próxima afirmación será que el dinero no lo es todo en el mundo.
—¿Acaso lo es?
—Yo también soy un cínico.
Me gustó la risa de Helm, que era sonora sin ser presumida.
Observé cómo las sombras del anochecer empezaron a extenderse sobre el campo y el jardín.
—Yo era su mejor amigo y él era el mío —dije—. Quizá en este sentido nada ha cambiado. Pero no veo de qué le serviría que yo diese mi brazo derecho. ¿Qué propone usted?
—Ante todo: creo innecesario decirle que esta carta es confidencial.
—¡Pero usted podría haberme informado de mi papel de testaferro, antes de contárselo a todo el mundo!
—Tenía mucha prisa. La carta llegó ayer a las diez de la mañana. Debía escribir un informe acerca de otro caso y pasé la tarde en los Tribunales, repasando el prontuario de Mark Lister. Llegué a Raventon a las dos de la madrugada y me acosté. Lo primero que hice esta mañana fué visitar al fiscal del Distrito.
—Si le contó a Randolph que está trabajando para mí, él supondrá ahora que le contraté para ayudar a Mark.
Helm sonrió.
—O que nuestro interés principal está concentrado en el dinero.
—¿Se mostró inclinado a colaborar?
—Digamos que me toleró. Ocurre que conocí a Randolph cuando era fiscal suplente. En una oportunidad le solucioné un caso y dejé que él se adjudicara el triunfo; por eso no me echó de su despacho. Lo poco que sabía me lo dijo, aunque con desgano.
—Eso no le puede haber llevado más de dos horas, de modo que le quedó todo el resto del día para ir a verme.
—Una cosa siguió a la otra. Mort Fowler y Elmer Rubic estaban esperando en la antesala de Tribunales para ver a Randolph. Era una oportunidad demasiado buena para desperdiciarla. Fingí estar ocupado en el “hall” hasta que salieron y mantuve una charla con ellos. ¿Usted también los vió?
—Ellos me buscaron a mí y fueron los primeros en enterarme de que yo estaba empleando a un detective privado. Un poco más tarde, Peonía Joy Wallace lo corroboró.
—Sí, sí, yo necesitaba una historia sólida. Randolph me dijo que Joy estaba en Raventon; la visité esta tarde. En el ínterin tuve que ir volando a la quinta de los Jaret para asistir al entierro de Dulcy Lister. —Helm frunció las cejas—. Ojalá no se hubiesen apresurado tanto en sepultarla.
—¿No era tiempo, después de tres años?
—Hay un anticuado laboratorio policial en un rincón del sótano de la Municipalidad —dijo Helm, disgustado—, y nadie es capaz de hacer uso ni siquiera de ese poco.
—¿Cree usted que podrían haber averiguado qué la mató?
—Eso tal vez no. El médico forense se desempeñó bastante bien. Pero lo que se debía haber hecho era un análisis espectroscópico de la piel del cadáver y de la ropa. ¿Sabe cómo trabaja un espectroscopio?
—En un tiempo tuve alguna práctica en química; identifica los elementos, ¿verdad?
—Sí; su funcionamiento se basa en la refracción y dispersión de la luz. Cada elemento químico, al evaporarse, marca en un prisma un diseño característico. En un caso en que colaboré, un sospechoso fué convicto de haber estado en el lugar del hecho, a millas de distancia, gracias al polvo contenido en sus botamangas. Pero para volver al asunto de Dulcy Lister: dudo de que fuera asesinada enteramente vestida en la bañera y que después hayan clavado la puerta. Un espectroscopio podría haber revelado, si el cuerpo estuvo escondido o enterrado antes de ser llevado al cuarto de baño.
Mencioné la tierra revuelta debajo del henil.
—¿Enterrada allí?
—Es una de las posibilidades.
—Pero, quienquiera haya cavado allí, lo hizo recientemente, casi seguro después de haber sido encontrado el cadáver.
—Supongamos que alguien, buscando el tesoro esta tarde, haya descubierto que el piso de abajo del henil estaba más desparejo que el resto: debe haberle parecido un buen sitio para probar su suerte. Todo lo demás que estamos discutiendo ha ocurrido mucho tiempo antes, incluso el hallazgo del cadáver en el cuarto de baño. Pero ¿es que Lister habría escondido alguna vez el dinero allí en el granero? En su carta dice que revisó la casa desde el sótano hasta el desván, pero no menciona el granero. ¿Estaría ella muerta cuando él volvió de la cárcel? ¿Estaría escondido o enterrado su cadáver y fué llevado al cuarto de baño después de que Mark abandonó la casa? Todo eso, naturalmente, es presunción: una explicación de porqué Dulcy no fué a esperar a su marido. —Helm se encogió de hombros—. Pero la policía de Raventon no se interesa en la ciencia ni en otros procedimientos, sino en hallar a Lister. Y ayer entregaron los restos mortales a sus padres y quemaron la ropa.
—Y usted asistió al entierro —dije—. ¡Dios mío! ¿Le pareció adecuado interrogar a la familia en un momento así?
—Sólo conversé con ellos.
—Usted es un hombre de recursos.
—La profesión en la que estoy metido no siempre es grata, pero es mi profesión. Llevé en coche a Nora Jaret de vuelta del cementerio.
El jardín había quedado invisible en el crepúsculo. La luna, blanca y ligeramente segmentada, se había levantado temprano en el cielo que se estaba despejando.
—Después, en vez de buscarme a mí, fué a ver a mi prima Adela —dije —, y se cercioró primero de que yo no estaba en casa.
—Tuve una plática bastante extensa con ella.
—Con todos tuvo usted pláticas extensas, menos conmigo. ¿Qué le hizo suponer que Adela tenía algo que ver en el asunto?
—Los chismes pueden ser valiosos.
—Déjeme probar desde el lado de la deducción —dije—. Usted llegó a Raventon con el concepto que yo podría ser el asesino, o bien esa idea le vino después de una de sus conversaciones. Por eso trató de fundamentar en algo sus sospechas, para estar preparado a hablar conmigo.
—Mi mente es un libro abierto. Para mí es necesario reunir la mayor cantidad de datos acerca de la gente complicada en este asunto.
—¿Entonces, estoy complicado?
—Naturalmente; está complicado, sino directamente, sí indirectamente y por lo menos en la medida en que fui encargado de incluirle en mis actividades.
La llama de un fósforo reveló su delgada nariz, ligeramente aguileña, que en ese momento se parecía al pico de un ave de rapiña. Pero no se me ocurrió ninguna razón para sentirme incómodo en su compañía.
—Le di a usted un informe parcial, ya que no se lo puedo dar a Mark Lister —dijo—. Ahora, ¿qué es lo que usted puede decirme a mí?
—Nada que no le haya dicho ya al Fiscal.
—Deje que yo juzgue esto, por favor. —Helm movió los hombros como si se le hubiesen entumecido bajo el peso del granero—. ¿No podríamos continuar esto frente a un vaso de cerveza?
Nos pusimos en marcha. La hierba crecida estaba empapada, pero tuvimos que cruzarla para llegar a la carretera. En un tris, nuestros pantalones quedaron mojados hasta las rodillas.
Del otro lado del jardín me detuve para esperar a Helm, que se arrastraba detrás de mí.
—No veo ningún otro coche —dije—. ¿Cómo vino usted?
—Caminando. Pienso mejor cuando mis pies se mueven.
Empecé a apreciarlo. Yendo en mi coche hacia la ciudad, le conté todo lo que sabía de la vida y los tiempos de Mark Lister y luego, sentados en una de las mesas del “Bar y Grill de Billy”, terminé el relato con el hallazgo de la mujer en la bañera. De vez en cuando, pero no a menudo, me interrumpía con una pregunta. Yo no callé mucho de lo que me parecía de alguna importancia.
—Y finalmente, esta tarde —continué—, los dos exsocios de Mark me ofrecieron una participación; detrás de ellos estaba la exmujer de Mark con otra especie de cebo, vale decir, con lo que la naturaleza le ha otorgado. Usted les había informado que era mi agente, así que descontaron que yo rompería una lanza por mi amigote Mark, quien, según creen, tiene todavía ese montón de dinero.
—Sí, sí —dijo Helm, y empezó su segundo vaso.
—Parece satisfecho.
—Me gusta que las cosas sigan marchando.
—Cierto. ¿Por qué hacerse mala sangre, si marchan a costa mía?
—¿Tiene miedo?
—Helm, yo eludí demasiadas balas en demasiados campos de batalla para despreocuparme o fingir que lo estoy ante la presencia imaginada o real de un arma cargada.
—Se entiende que tendrá que andar con cuidado. —Helm tomó unos tragos más sin que su rostro revelara mayor preocupación—. Cuénteme qué es lo que tenían que decirle esos dos.
Lo hice, y al final expresé mi opinión:
—Estos hechos eliminan tres sospechosos. Por lo menos, sabemos que ninguno de ellos se apoderó del dinero.
—Supongo que es así —admitió Helm, aunque no parecía convencido del todo—. Y de Nora Jaret, ¿piensa hacer caso omiso?
—¿Qué tiene que ver ella?
—Olvida que me enteré por Randolph de algunas cositas y de otras más por Adela Herling; además, regresé del cementerio en compañía de Nora Jaret. Si entiendo bien, usted estuvo una vez comprometido con ella.
—No formalmente —dije—. No hubo anillos, y además, se trata de un asunto estrictamente personal.
—Desgraciadamente, un detective no puede respetar los asuntos personales.
Le conté a Helm aquella fiesta durante la cual Nora me había sorprendido en brazos de Dulcy.
—Y allí terminó el asunto —dije—. Ya sabe de la cita que tenía con ella para la noche del domingo y conoce los motivos por los cuales no pude acudir. La última vez que la vi fué el lunes por la tarde. Posiblemente usted estará enterado.
—Por boca de ella.
—¿Qué dijo?
—Dijo que había estado fuera de sí, y que poco menos que lo acusó a usted de asesinato; pero que no lo creía en serio.
—¿Usted le dió a entender que está trabajando para mí?
—No fué necesario. Cuando le mostré mi credencial, no pidió más detalles, igual que la señora de Herling. —Helm apuró el vaso de cerveza y contempló pensativamente los restos de la espuma adheridos al vidrio—. ¿Qué le hace sentir tan segura de la inocencia de Mark Lister?
—¿Es que está tan segura?
—¡Vamos!… ¿No se lo dijo ella misma el lunes en su oficina?
Me arrimé al respaldo de la silla.
—Usted es bueno; usted no le gastó bromas a Nora, no hizo más que llevarla en su coche al regreso del sepelio de la hermana y ya no le queda nada por averiguar. ¿Cómo lo hace?
—Hablo con la gente y la gente habla conmigo. —Helm echó una mirada a su vaso como si lamentara de verlo vacío, pero no pidió otro—. ¿No le importaría llevarme ahora mismo en su coche hasta la quinta de los Jaret?
—Nora me va a echar.
—Más que probable; ella le quiere bastante como para hacerlo.
Helm se levantó y tiró unas monedas sobre la mesa.
—Esto corre por cuenta mía —comentó—; estas cervezas son estrictamente gasto comercial. Pero si usted prefiere no estar presente cuando visite a miss Jaret…
—Me ganó —dije.
Y así fué como me encaminé, una vez más, hacia la casa de Nora Jaret, pero esta vez en buena compañía y seguro de poder entrar.